Confesiones
Libro I

Capítulo 1 · 36 min de lectura · 47 min de escucha

Libro I

Capítulo I

Grande eres, oh Señor, y digno de suprema alabanza; grande es tu poder, y tu sabiduría, infinita. Y quiere alabarte el hombre; el hombre, pequeña parte de tu creación; el hombre, que lleva consigo su mortalidad, el testimonio de su pecado, el testimonio de que tú resistes a los soberbios; y, con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú nos despiertas para que nos deleitemos en alabarte; porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Concédeme, Señor, saber y entender qué es primero: ¿invocarte o alabarte? Y también: ¿conocerte o invocarte? Pues ¿quién puede invocarte sin conocerte? Porque quien no te conoce puede invocar, en lugar de ti, algo distinto de lo que tú eres. ¿O es más bien que te invocamos para conocerte? Pero ¿cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿O cómo creerán sin haber quien les predique? Y alabarán al Señor los que le buscan; porque los que buscan le hallarán, y los que le hallen le alabarán. Te buscaré, Señor, invocándote, y te invocaré creyendo en ti; porque nos has sido predicado. Te invocará, Señor, mi fe, la que tú me diste, la que me inspiraste por la Encarnación de tu Hijo, por el ministerio del Predicador.

Capítulo II

¿Y cómo invocaré a mi Dios, a mi Dios y Señor, si, al invocarlo, lo estaré llamando a mí mismo? ¿Y qué lugar hay en mí adonde pueda venir mi Dios? ¿Adónde puede venir a mí Dios, el Dios que hizo el cielo y la tierra? ¿Hay acaso en mí, oh Señor, Dios mío, algo que pueda contenerte? ¿Te contienen entonces el cielo y la tierra, que tú hiciste y en los que me hiciste a mí? ¿O bien, porque nada de lo que existe podría existir sin ti, todo lo que existe te contiene por eso mismo? Si, pues, también yo existo, ¿por qué pido que entres en mí, yo, que no existiría si tú no estuvieras en mí? ¿Por qué? Porque no he descendido aún al infierno, y, sin embargo, también allí estás tú. Pues si descendiere al infierno, allí estás tú. No existiría yo, pues, Dios mío, no existiría en absoluto, si tú no estuvieras en mí; o, mejor dicho, si yo no estuviera en ti, de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas. Así es, Señor, así es. ¿Adónde te llamo, si estoy en ti? ¿O de dónde podrías entrar en mí? Pues ¿adónde podría yo ir, fuera del cielo y de la tierra, para que de allí viniera a mí mi Dios, que ha dicho: Yo lleno el cielo y la tierra?

Capítulo III

¿Te contienen, pues, el cielo y la tierra, puesto que tú los llenas? ¿O los llenas y aún rebosas, puesto que no te contienen? ¿Y adónde derramas lo que sobra de ti, una vez llenos el cielo y la tierra? ¿O no tienes necesidad de que nada te contenga, tú que contienes todas las cosas, pues lo que llenas lo llenas conteniéndolo? Porque los vasos que llenas no te sostienen, ya que, aunque se quebraran, tú no te derramarías. Y cuando te derramas sobre nosotros, no caes por tierra, sino que nos levantas; no te dispersas, sino que nos recoges. Pero tú, que llenas todas las cosas, ¿las llenas con todo tu ser? ¿O, puesto que todas las cosas no pueden contenerte entero, contienen una parte de ti? ¿Y todas a la vez la misma parte? ¿O cada una la suya, las mayores más y las menores menos? ¿Es, entonces, una parte de ti mayor y otra menor? ¿O estás entero en todas partes, sin que nada te contenga entero?

Capítulo IV

¿Qué eres, pues, Dios mío? ¿Qué, sino el Señor Dios? Porque ¿quién es Señor fuera del Señor? ¿O quién es Dios fuera de nuestro Dios? Altísimo, buenísimo, poderosísimo, omnipotentísimo; misericordiosísimo y, a la vez, justísimo; ocultísimo y, a la vez, presentísimo; hermosísimo y, a la vez, fortísimo; estable, y sin embargo incomprensible; inmutable, y que todo lo mudas; nunca nuevo, nunca viejo; que todo lo renuevas y llevas a la vejez a los soberbios sin que ellos lo sepan; siempre obrando, siempre en reposo; recogiendo sin carecer de nada; sosteniendo, llenando y cubriendo; creando, nutriendo y madurando; buscando, aunque todo lo posees. Amas, sin pasión; tienes celos, sin inquietud; te arrepientes, sin dolerte; te aíras, y permaneces sereno; cambias tus obras, sin cambiar tu designio; recobras lo que hallas, sin haberlo perdido nunca; nunca necesitado, te alegras de las ganancias; nunca avaro, exiges usuras. Se te da de más, para que seas deudor; ¿y quién tiene algo que no sea tuyo? Pagas deudas sin deber nada; perdonas deudas sin perder nada. ¿Y qué he dicho ahora, Dios mío, vida mía, gozo santo mío? ¿O qué dice nadie cuando habla de ti? Pero ¡ay del que calla!, pues aun los más elocuentes son mudos.

Capítulo V

¡Oh, si pudiera descansar en ti! ¡Oh, si entraras en mi corazón y lo embriagaras, para que olvide mis males y te abrace a ti, mi único bien! ¿Qué eres tú para mí? Por tu compasión, enséñame a decirlo. ¿O qué soy yo para ti, que me exiges que te ame y, si no lo hago, te enojas conmigo y me amenazas con grandes desdichas? ¿Es acaso pequeña desdicha no amarte? ¡Oh!, por tus misericordias, dime, oh Señor, Dios mío, qué eres tú para mí. Di a mi alma: Yo soy tu salvación. Habla de modo que yo te oiga. He aquí, Señor, mi corazón delante de ti; abre tú sus oídos y di a mi alma: Yo soy tu salvación. Corra yo tras esta voz y te alcance. No escondas de mí tu rostro. Muera yo —para no morir—, con tal de ver tu rostro.

Estrecha es la morada de mi alma; ensánchala tú, para que puedas entrar. Está en ruinas; repárala tú. Hay en ella cosas que han de ofender tus ojos; lo confieso y lo sé. Pero ¿quién la limpiará? ¿O a quién clamaré, sino a ti? Límpiame, Señor, de mis faltas ocultas, y libra a tu siervo del poder del enemigo. Creí, por tanto hablo. Señor, tú lo sabes. ¿No he confesado contra mí mis rebeliones ante ti, y tú, Dios mío, perdonaste la maldad de mi corazón? No contiendo en juicio contigo, que eres la verdad; temo engañarme a mí mismo, no sea que mi iniquidad se mienta a sí misma. Por eso no contiendo en juicio contigo; porque si tú, Señor, mirares a las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?

Capítulo VI

Permíteme, con todo, hablar a tu misericordia, a mí, que soy polvo y ceniza. Permíteme, con todo, hablar, pues hablo a tu misericordia y no a un hombre que se burla. Quizá también tú te burlas de mí; pero volverás y tendrás misericordia de mí. Porque ¿qué quiero decir, oh Señor, Dios mío, sino que no sé de dónde vine a esta vida mortal (¿así la llamaré?) o muerte vital? Enseguida me acogieron los consuelos de tu misericordia, según oí (pues yo no lo recuerdo) de los padres de mi carne, de cuya sustancia me formaste en otro tiempo. Así me recibieron los consuelos de la leche de mujer. Porque ni mi madre ni mis nodrizas se llenaban los pechos por sí mismas para mí; sino que tú, por medio de ellas, me dabas el alimento de mi infancia, conforme a tu ordenación, por la cual repartes tus riquezas a través de las fuentes ocultas de todas las cosas. Tú me concedías también no desear más de lo que me dabas, y a mis nodrizas, darme de buen grado lo que tú les dabas a ellas. Porque ellas, con un afecto enseñado por el cielo, me daban de buen grado aquello en que abundaban por don tuyo. Pues este bien mío que venía de ellas era un bien para ellas. Y, en verdad, no venía de ellas, sino por medio de ellas; porque de ti, oh Dios, proceden todos los bienes, y de mi Dios procede toda mi salud. Esto lo aprendí después, cuando tú, por medio de estos dones tuyos, dentro y fuera de mí, te me dabas a conocer. Porque entonces no sabía más que mamar, quedarme en paz con lo que me agradaba y llorar por lo que molestaba a mi carne; nada más.

Después empecé a sonreír, primero dormido, luego despierto; porque así me lo contaron de mí, y lo creí, ya que lo vemos en otros niños, aunque de mí mismo no lo recuerdo. Así, poco a poco, fui dándome cuenta de dónde estaba, y quería manifestar mis deseos a quienes podían satisfacerlos, y no podía; porque los deseos estaban dentro de mí, y ellos fuera, y no podían con ninguno de sus sentidos penetrar en mi espíritu. Así que agitaba al azar miembros y voz, haciendo los pocos signos que podía, y tales como podía, parecidos, aunque en verdad muy poco parecidos, a lo que quería. Y cuando no se me obedecía al punto (por ser mis deseos dañinos o ininteligibles), me indignaba con mis mayores porque no se me sometían, y con quienes nada me debían porque no me servían, y me vengaba de ellos llorando. Así he aprendido que son los niños, observándolos; y que yo mismo fui así me lo han mostrado ellos, sin saberlo, mejor que mis nodrizas, que lo sabían.

Y he aquí que mi infancia murió hace mucho, y yo vivo. Pero tú, Señor, vives para siempre, y en ti nada muere; porque antes de la fundación de los mundos, y antes de todo lo que puede llamarse «antes», tú eres, y eres Dios y Señor de todo lo que creaste; en ti permanecen, fijas para siempre, las primeras causas de todas las cosas que no permanecen; y de todas las cosas mudables, las fuentes permanecen en ti inmutables; y en ti viven las razones eternas de todas las cosas irracionales y temporales. Dime, Señor, a mí, tu suplicante; dime, tú que de todo te compadeces, a mí, tu miserable; dime: ¿sucedió mi infancia a otra edad mía que murió antes que ella? ¿Fue acaso la que pasé en el seno de mi madre? Porque de ella algo he oído, y yo mismo he visto mujeres encintas. ¿Y antes de esa vida, oh Dios, gozo mío, estuve en alguna parte, o fui alguien? Pues no tengo quien me lo diga: ni padre ni madre, ni la experiencia de otros, ni mi propia memoria. ¿Te burlas de mí porque pregunto esto, y me mandas que te alabe y te confiese por lo que sí conozco?

Te confieso, Señor del cielo y de la tierra, y te alabo por los primeros rudimentos de mi ser y por mi infancia, de la que nada recuerdo; porque dispusiste que el hombre conjeturara mucho de sí mismo a partir de otros, y que creyera mucho fiado en la palabra de débiles mujeres. Ya entonces tenía ser y vida, y (al final de mi infancia) buscaba signos con que dar a conocer a otros lo que sentía. ¿De dónde podría venir un ser así, sino de ti, Señor? ¿Será alguno artífice de sí mismo? ¿O puede derivarse de otra parte alguna vena por la que fluyan a nosotros el ser y la vida, sino de ti, oh Señor, en quien el ser y la vida son una misma cosa? Porque tú mismo eres en grado sumo el Ser y la Vida. Porque tú eres altísimo y no te mudas, ni en ti termina el día de hoy; y, sin embargo, en ti termina, porque también todas estas cosas están en ti. Pues no tendrían por dónde pasar si tú no las sostuvieras. Y como tus años no se acaban, tus años son un solo hoy. ¡Cuántos años nuestros y de nuestros padres han pasado ya por este «hoy» tuyo, y de él recibieron la medida y el molde del ser que tuvieron! Y aún pasarán otros, y recibirán así el molde de su grado de ser. Pero tú eres el mismo, y todo lo de mañana y lo que está más allá, y todo lo de ayer y lo que está más atrás, hoy lo has hecho. ¿Qué me importa a mí que alguno no lo entienda? Alégrese también él y diga: ¿Qué es esto? ¡Alégrese aun así!, y conténtese más con hallarte a ti sin hallar la respuesta que con hallarla sin hallarte a ti.

Capítulo VII

Escúchame, oh Dios. ¡Ay de los pecados de los hombres! Así dice el hombre, y tú te compadeces de él; porque tú lo hiciste, pero el pecado que hay en él no lo hiciste. ¿Quién me recuerda los pecados de mi infancia? Porque delante de ti nadie está limpio de pecado, ni siquiera el niño cuya vida sobre la tierra es de un solo día. ¿Quién me los recuerda? ¿No me los recuerda cualquier niño pequeño, en quien veo lo que de mí mismo no recuerdo? ¿Cuál era, pues, mi pecado? ¿Que me colgaba del pecho y lloraba? Porque si ahora hiciera lo mismo por el alimento propio de mi edad, con razón se reirían de mí y me reprenderían. Lo que hacía entonces merecía reprensión; pero, como no podía entender la reprensión, la costumbre y la razón no permitían que se me reprendiera. Porque esos hábitos, cuando crecemos, los arrancamos y los desechamos. Y nadie, aunque pode, desecha a sabiendas lo que es bueno. ¿O era bueno entonces, siquiera por un tiempo, pedir llorando lo que, de dársele, le haría daño? ¿Indignarse amargamente porque personas libres, y mayores que él, y hasta los mismos que le dieron el ser, no le servían? ¿Porque muchos otros, más sabios que él, no obedecían al menor gesto de su capricho? ¿Esforzarse cuanto podía por golpear y hacer daño, porque no se obedecían órdenes que, de haberse obedecido, le habrían dañado? Así, pues, lo inocente en el niño es la debilidad de sus miembros, no su voluntad. Yo mismo he visto y observado a un pequeño lleno de envidia: aún no hablaba, y ya miraba pálido y con amargura a su hermano de leche. ¿Quién no sabe esto? Las madres y las nodrizas dicen que calman estas cosas con no sé qué remedios. ¿Es también inocencia, cuando la fuente de la leche mana en rica abundancia, no soportar que otro la comparta, aunque esté en extrema necesidad y aún dependa de ella su propia vida? Todo esto lo soportamos con indulgencia, no porque no sean males, o sean males leves, sino porque desaparecerán con los años; pues, aunque ahora se toleren, esas mismas inclinaciones son del todo intolerables cuando se hallan en edad más madura.

Tú, pues, oh Señor, Dios mío, que diste la vida a esta mi infancia, dotando así de sentidos (como vemos) el cuerpo que le diste, trabando sus miembros, adornando sus proporciones e infundiéndole, para su bien y conservación, todas las funciones vitales, me mandas que te alabe en estas cosas, que te confiese y cante a tu nombre, oh Altísimo. Porque eres Dios omnipotente y bueno, aunque no hubieras hecho más que esto, que nadie podía hacer sino tú: tú, cuya unidad es el molde de todas las cosas; que de tu propia hermosura haces hermosas todas las cosas, y todo lo ordenas con tu ley. Esta edad, pues, Señor, de la que no tengo recuerdo, que conozco por palabra de otros y que conjeturo haber pasado por lo que veo en otros niños, por cierta que sea la conjetura, me resisto a contarla en esta vida mía que vivo en este mundo. Pues, no menos que la que pasé en el seno de mi madre, se me oculta en las sombras del olvido. Pero si en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre, ¿dónde, te ruego, oh Dios mío, dónde, Señor, o cuándo fui yo, tu siervo, inocente? Pero he aquí que paso por alto ese tiempo; ¿y qué tengo yo que ver ahora con aquello de lo que no puedo recordar vestigio alguno?

Capítulo VIII

Pasando de aquí, de la infancia, llegué a la niñez, o más bien ella llegó a mí, sucediendo a la infancia. Y no se fue aquella —pues ¿adónde se fue?—, y, sin embargo, ya no existía. Porque ya no era un infante que no habla, sino un niño que hablaba. Esto lo recuerdo; y después he observado cómo aprendí a hablar. No fue que mis mayores me enseñaran las palabras con algún método fijo (como poco después las demás letras); sino que yo mismo, deseando expresar mis pensamientos con gritos, voces entrecortadas y diversos movimientos de mis miembros, para que se hiciera mi voluntad, y no pudiendo expresar todo lo que quería ni a quienes quería, ejercitaba en la memoria los sonidos, con el entendimiento que tú, Dios mío, me diste. Cuando nombraban alguna cosa y, al hablar, se volvían hacia ella, yo lo veía y retenía que a aquello que querían señalar lo llamaban con el nombre que pronunciaban. Y que querían decir esa cosa y no otra se veía por el movimiento de su cuerpo, que es como el lenguaje natural de todos los pueblos, expresado con el semblante, las miradas de los ojos, los gestos de los miembros y el tono de la voz, que indica los afectos del alma cuando busca, posee, rechaza o evita algo. Y así, oyendo una y otra vez las palabras según aparecían en diversas frases, iba coligiendo poco a poco de qué cosas eran signos; y, una vez acostumbrada mi boca a estos signos, expresaba con ellos mi voluntad. Así intercambié con quienes me rodeaban estos signos usuales de nuestras voluntades, y me adentré más en la tempestuosa convivencia de la vida humana, dependiendo aún de la autoridad de mis padres y de la voluntad de mis mayores.

Capítulo IX

¡Oh Dios, Dios mío, qué miserias y qué burlas experimenté entonces, cuando se me proponía, como cosa propia de un niño, obedecer a mis maestros, a fin de prosperar en este mundo y sobresalir en las artes de la lengua, que habían de servir para la «alabanza de los hombres» y para las riquezas engañosas! Luego me enviaron a la escuela a aprender las letras, cuya utilidad yo, pobre de mí, ignoraba; y, sin embargo, si era perezoso en aprender, me azotaban. Porque así lo juzgaban acertado nuestros antepasados; y muchos que habían recorrido antes que nosotros la misma carrera nos trazaron caminos fatigosos por los que nos veíamos obligados a pasar, multiplicando el trabajo y el dolor a los hijos de Adán. Pero, Señor, hallamos hombres que te invocaban, y aprendimos de ellos a pensar en ti (según nuestra capacidad) como en alguien grande que, aunque oculto a nuestros sentidos, podía oírnos y socorrernos. Así empecé, siendo niño, a orarte a ti, mi auxilio y mi refugio; y rompía las ataduras de mi lengua para invocarte, y te pedía, pequeño, pero con no pequeño fervor, que no me azotaran en la escuela. Y cuando no me escuchabas (no por eso entregándome a la necedad), mis mayores, y aun mis propios padres, que no me deseaban ningún mal, se reían de mis azotes, que eran entonces mi grande y grave mal.

¿Hay, Señor, alguien de alma tan grande, y unido a ti con un afecto tan intenso (pues cierta insensibilidad lo logra también en cierto modo); pero ¿hay alguien que, por adherirse piadosamente a ti, esté dotado de un espíritu tan grande que pueda tener en tan poco los potros, los garfios y demás tormentos (contra los cuales, en todas las tierras, los hombres te invocan con extremo pavor), burlándose de quienes más amargamente los temen, como nuestros padres se burlaban de los tormentos que padecíamos de niños a manos de nuestros maestros? Porque no temíamos menos nuestros tormentos, ni te pedíamos menos que nos libraras de ellos. Y, sin embargo, pecábamos escribiendo, leyendo o estudiando menos de lo que se nos exigía. Porque no nos faltaban, oh Señor, memoria ni ingenio, que tu voluntad nos dio en grado suficiente para nuestra edad; pero nuestro único deleite era el juego, y por ello nos castigaban quienes, sin embargo, hacían otro tanto. Pero a la ociosidad de los mayores se la llama «negocios»; la de los niños, siendo en realidad la misma, la castigan esos mismos mayores; y nadie se compadece ni de los niños ni de los hombres. ¿Aprobará, pues, alguien de sano juicio que me azotaran de niño porque, por jugar a la pelota, adelantaba menos en los estudios que debía aprender, solo para que, ya hombre, jugara a juegos más indecorosos? ¿Y qué otra cosa hacía el mismo que me azotaba? Él, que, si era vencido en alguna disputa insignificante por un colega maestro, se consumía de más amargura y envidia que yo cuando un compañero de juego me ganaba a la pelota.

Capítulo X

Y, sin embargo, pecaba en esto, oh Señor Dios, Creador y ordenador de todas las cosas de la naturaleza, pero del pecado solamente ordenador; oh Señor Dios mío, pecaba al transgredir los mandatos de mis padres y de mis maestros. Porque aquello que ellos, con cualquier intención que fuese, querían que yo aprendiera, habría podido después emplearlo bien. Pues desobedecía, no por haber elegido algo mejor, sino por amor al juego, amando el orgullo de la victoria en mis competiciones, y que me cosquillearan los oídos con fábulas mentirosas, para que me escocieran todavía más; y esa misma curiosidad me brillaba cada vez más en los ojos ante los espectáculos y juegos de los mayores. Y, sin embargo, quienes ofrecen esos espectáculos gozan de tal estima que casi todos desean lo mismo para sus hijos, y con todo consienten de muy buen grado que se les azote si esos mismos juegos los apartan de los estudios con los que esperan que lleguen a ser ellos quienes los ofrezcan. Mira con piedad, Señor, estas cosas, y líbranos a los que ya te invocamos; libra también a los que aún no te invocan, para que te invoquen y tú los libres.

Capítulo XI

Siendo, pues, todavía niño, había oído ya hablar de una vida eterna que se nos prometía por la humildad del Señor nuestro Dios, que se abajó hasta nuestra soberbia; y desde el seno mismo de mi madre, que esperaba mucho en ti, fui marcado con la señal de su cruz y sazonado con su sal. Tú viste, Señor, cómo, siendo yo aún niño, al sobrevenirme un día un repentino ahogo de estómago que me puso a las puertas de la muerte —tú viste, Dios mío (pues eras ya mi guardián)—, con qué ansia y con qué fe pedí, a la piadosa solicitud de mi madre y de tu Iglesia, madre de todos nosotros, el bautismo de tu Cristo, mi Dios y Señor. Entonces la madre de mi carne, muy turbada (pues, con un corazón puro en tu fe, estaba de parto de mi salvación con un amor aún mayor), se habría apresurado con afán a disponer que fuese yo consagrado y lavado en los sacramentos de salvación, confesándote a ti, Señor Jesús, para remisión de los pecados, si yo no hubiera sanado de repente. Y así, como si por fuerza hubiera de mancharme de nuevo si seguía con vida, se difirió mi purificación, porque las manchas del pecado, después de aquel lavamiento, acarrearían una culpa mayor y más peligrosa. Yo, pues, creía ya, y también mi madre y toda la casa, excepto mi padre; mas no pudo él prevalecer en mí contra el poder de la piedad de mi madre, para que, así como él no creía todavía, tampoco creyese yo. Porque ella ponía todo su empeño en que fueses tú, Dios mío, mi padre, antes que él; y en esto la ayudabas a prevalecer sobre su marido, a quien ella, siendo mejor, obedecía, obedeciéndote también en ello a ti, que así lo has mandado.

Te suplico, Dios mío, quisiera saber, si así lo quieres, con qué fin se difirió entonces mi bautismo. ¿Fue para mi bien que se me soltara, por así decirlo, la rienda para pecar? ¿O no se me soltó? Si no, ¿por qué resuena todavía en nuestros oídos por todas partes: «Déjalo, que haga lo que quiera, pues aún no está bautizado»? Y, en cambio, tratándose de la salud del cuerpo, nadie dice: «Que lo hieran más, pues aún no está sanado». ¡Cuánto mejor habría sido, pues, que se me sanara enseguida, y que después, con el cuidado de los míos y el mío propio, la salud recobrada de mi alma se hubiese guardado segura bajo tu custodia, tú que me la diste! Mejor, en verdad. Pero ¡cuántas y cuán grandes olas de tentación parecían cernerse sobre mí pasada la niñez! Mi madre las preveía, y prefirió exponer a ellas la arcilla con que después podría yo ser modelado, antes que la figura ya formada.

Capítulo XII

En la niñez misma, sin embargo (que tanto menos se temía para mí que la adolescencia), no amaba yo el estudio y aborrecía que se me obligase a él. Con todo, se me obligaba; y eso se hacía bien conmigo, pero yo no obraba bien, pues, de no forzarme, no habría aprendido. Pero nadie obra bien contra su voluntad, aunque sea bueno lo que hace. Tampoco obraban bien quienes me obligaban, sino que el bien me venía de ti, Dios mío. Porque a ellos no les importaba en qué emplearía yo lo que me obligaban a aprender, como no fuera en saciar los insaciables apetitos de una rica mendicidad y de una gloria vergonzosa. Pero tú, para quien están contados aun los cabellos de nuestra cabeza, usabas para mi bien el error de todos los que me apremiaban a aprender; y el mío, que no quería aprender, lo usabas para mi castigo: pena bien merecida para quien, siendo tan pequeño, era tan gran pecador. Así, por medio de quienes no obraban bien, tú obrabas bien conmigo; y por mi propio pecado me castigabas con justicia. Porque tú lo has ordenado, y así sucede, que todo afecto desordenado sea su propio castigo.

Capítulo XIII

Pero ¿por qué aborrecía tanto el griego, que estudié de niño? Ni aun ahora lo sé del todo. Porque el latín lo amaba; no el que me enseñaron mis primeros maestros, sino el que me enseñaron los llamados gramáticos. Pues aquellas primeras lecciones —leer, escribir y contar— me parecían una carga y un castigo tan grandes como cualquier griego. Y, sin embargo, ¿de dónde venía también esto, sino del pecado y de la vanidad de esta vida, porque yo era carne, soplo que va y no vuelve? Porque aquellas primeras letras eran sin duda mejores, por ser más ciertas; por ellas adquirí, y aún conservo, la facultad de leer lo que encuentro escrito y de escribir yo mismo lo que quiero; mientras que en las otras se me obligaba a aprender los extravíos de un tal Eneas, olvidado de los míos, y a llorar a Dido muerta, porque se quitó la vida por amor; y entretanto, con ojos secos, soportaba que yo mismo, miserable, muriese entre aquellas cosas, lejos de ti, oh Dios, vida mía.

Porque ¿qué hay más miserable que un miserable que no se compadece de sí mismo, que llora la muerte de Dido por amor a Eneas y no llora su propia muerte por falta de amor a ti, oh Dios? Luz de mi corazón, pan de lo más íntimo de mi alma, poder que das vigor a mi mente y vivificas mis pensamientos: yo no te amaba. Fornicaba contra ti, y en torno a mí, que así fornicaba, resonaba: «¡Bien, bien!», porque la amistad de este mundo es fornicación contra ti; y el «¡Bien, bien!» resuena hasta que uno se avergüenza de no ser así hombre. Y por todo esto no lloraba yo, yo que lloraba a Dido muerta, «buscando con la espada el golpe y la herida postrera», mientras yo mismo buscaba entretanto un extremo peor, lo más ínfimo y bajo de tus criaturas, habiéndote abandonado a ti, tierra que va a la tierra. Y si se me prohibía leer todo esto, me dolía no poder leer lo que me dolía. Una locura semejante se tiene por enseñanza más alta y más rica que aquella con la que aprendí a leer y escribir.

Pero ahora, Dios mío, clama tú en mi alma, y que tu verdad me diga: «No es así, no es así. Mucho mejor era aquella primera enseñanza». Porque, he aquí, de mejor gana olvidaría los extravíos de Eneas y todo lo demás que el leer y el escribir. ¡Pero sobre la entrada de la escuela del gramático cuelga un velo! Cierto; pero no es tanto emblema de algún misterio cuanto encubrimiento del error. Que no clamen contra mí aquellos a quienes ya no temo, mientras te confieso, Dios mío, lo que mi alma quiere, y acepto la condenación de mis malos caminos para amar tus buenos caminos. Que no clamen contra mí ni los compradores ni los vendedores de gramática. Porque si les pregunto si es verdad que Eneas llegó un día a Cartago, como cuenta el poeta, los menos doctos responderán que no lo saben, y los más doctos, que nunca llegó. Pero si les pregunto con qué letras se escribe el nombre «Eneas», todo el que lo haya aprendido me responderá acertadamente, conforme a los signos que los hombres han fijado por convenio. Y si además les pregunto qué podría olvidarse con menor perjuicio para los asuntos de la vida, el leer y el escribir o estas ficciones poéticas, ¿quién no prevé lo que han de responder todos los que no se hayan olvidado enteramente de sí mismos? Pecaba, pues, cuando de niño prefería aquellos estudios vanos a estos más provechosos, o, mejor dicho, cuando amaba aquellos y aborrecía estos. «Uno y uno, dos»; «dos y dos, cuatro»: esto era para mí una cantinela odiosa; mientras que «el caballo de madera preñado de hombres armados», y «el incendio de Troya», y «la sombra de Creúsa, triste imagen», eran el espectáculo predilecto de mi vanidad.

Capítulo XIV

¿Por qué, pues, aborrecía los clásicos griegos, que cuentan fábulas semejantes? Porque también Homero tejió con arte ficciones parecidas, y es dulcísimamente vano; y, sin embargo, resultaba amargo a mi gusto de niño. Y supongo que lo mismo sería Virgilio para los niños griegos, si se les obligase a aprenderlo como a mí se me obligaba con Homero. La dificultad, en verdad, la dificultad de una lengua extranjera, rociaba, por así decirlo, con hiel toda la dulzura de la fábula griega. Porque no entendía ni una sola palabra, y para hacérmelas entender se me apremiaba con vehemencia mediante crueles amenazas y castigos. Hubo también un tiempo (cuando era infante) en que no sabía latín; pero lo aprendí sin miedo ni tormento, con solo prestar atención, entre las caricias de las nodrizas y las bromas de los amigos, que me sonreían y me animaban jugando. Esto lo aprendí sin que ninguna presión de castigo me apremiara, porque mi propio corazón me apremiaba a dar a luz sus concepciones, cosa que solo podía hacer aprendiendo palabras, no de quienes me enseñaban, sino de quienes hablaban conmigo, en cuyos oídos daba yo a luz también lo que concebía. No hay duda, pues, de que para aprender estas cosas tiene más fuerza una curiosidad libre que una coacción temible. Solo que esa coacción refrena los vagabundeos de aquella libertad, por tus leyes, oh Dios mío, tus leyes, que, desde la palmeta del maestro hasta las pruebas de los mártires, saben templarnos un amargor saludable que nos vuelve a llamar hacia ti, apartándonos de aquel deleite mortífero que nos aleja de ti.

Capítulo XV

Escucha, Señor, mi oración; que no desfallezca mi alma bajo tu disciplina, ni desfallezca yo al confesarte todas tus misericordias, con las que me sacaste de todos mis malísimos caminos, para que llegaras a ser para mí un deleite superior a todos los halagos que antes perseguía; para que te ame con toda plenitud, y estreche tu mano con todo mi afecto, y aún me libres de toda tentación hasta el fin. Porque he aquí, oh Señor, Rey mío y Dios mío, sea para tu servicio todo cuanto de útil aprendí en mi niñez; para tu servicio sea que hable, escriba, lea y cuente. Pues tú me diste tu disciplina mientras aprendía vanidades, y me has perdonado el pecado de deleitarme en esas vanidades. En ellas, ciertamente, aprendí muchas palabras útiles, pero también pueden aprenderse en cosas que no son vanas; y ese es el camino seguro para los pasos de la juventud.

Capítulo XVI

Pero ¡ay de ti, torrente de la costumbre humana! ¿Quién te resistirá? ¿Hasta cuándo no te secarás? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva a ese mar inmenso y espantoso, que apenas logran atravesar los que suben a la cruz? ¿No leí yo en ti de Júpiter, que truena y que adultera? Ambas cosas, sin duda, no podía serlo; pero así el trueno fingido daba autoridad y servía de alcahuete al adulterio verdadero. Y ahora, ¿cuál de nuestros maestros togados presta oído sobrio a uno que, salido de su misma escuela, clama: «Ficciones eran estas de Homero, que trasladaba lo humano a los dioses; ¡ojalá hubiera traído lo divino hasta nosotros!»? Pero con más verdad habría dicho: «Ficciones suyas son, en efecto; pero atribuyendo naturaleza divina a hombres perversos, para que los crímenes dejaran de ser crímenes, y quien los cometiera pareciera imitar, no a hombres perdidos, sino a los dioses celestiales».

Y, sin embargo, torrente infernal, a ti se arroja a los hijos de los hombres con ricas recompensas para que adquieran tal saber; y se hace de ello gran solemnidad cuando esto se trata en el foro, a la vista de las leyes que asignan un salario además de lo que pagan los alumnos; y tú azotas tus rocas y ruges: «De aquí se aprenden las palabras; de aquí la elocuencia, tan necesaria para alcanzar vuestros fines o sostener vuestras opiniones». Como si nunca hubiéramos conocido palabras como «lluvia de oro», «regazo», «engañar», «templos del cielo» u otras de aquel pasaje, si Terencio no hubiera sacado a escena a un joven disoluto que se pone a Júpiter por ejemplo de seducción.

«Mirando una pintura, donde estaba la historia

de Júpiter, que en lluvia de oro desciende

al regazo de Dánae para engañar a una mujer».

Y mirad luego cómo se excita a la lujuria como por autoridad celestial:

«¿Y qué dios? El gran Júpiter,

que sacude con su trueno los más altos templos del cielo,

¡y yo, pobre hombre mortal, no haría lo mismo!

Lo hice, y lo hice con todo mi corazón».

Ni un ápice más fácilmente se aprenden las palabras por toda esta vileza; pero por medio de ellas se comete la vileza con menos vergüenza. No culpo a las palabras, que son como vasos escogidos y preciosos, sino al vino del error que en ellos nos dan a beber maestros ebrios; y si no bebemos también nosotros, se nos azota, sin que haya juez sobrio a quien apelar. Y, sin embargo, oh Dios mío (en cuya presencia puedo ya recordar esto sin daño), todo esto lo aprendí, desdichado de mí, de buena gana y con gran deleite, y por ello se me tenía por un niño que prometía.

Capítulo XVII

Sopórtame, Dios mío, mientras digo algo de mi ingenio, don tuyo, y de los desvaríos en que lo malgasté. Porque se me impuso una tarea harto penosa para mi alma, a cambio de alabanza o de deshonra, y bajo el miedo a los azotes: decir las palabras de Juno, cuando, airada y dolida, se lamentaba de no poder

«apartar de Latio a este príncipe troyano».

Palabras que yo había oído que Juno nunca pronunció; pero se nos obligaba a extraviarnos siguiendo las huellas de estas ficciones poéticas, y a decir en prosa poco más o menos lo que el poeta había expresado en verso. Y era más aplaudido aquel en cuya declamación sobresalían más las pasiones de la ira y del dolor, revestidas del lenguaje más apropiado y guardando la dignidad del personaje. ¿Qué me importa a mí, oh vida mía verdadera, Dios mío, que mi declamación fuera aplaudida por encima de tantos de mi edad y condición? ¿No es todo esto humo y viento? ¿Y no había otra cosa en que ejercitar mi ingenio y mi lengua? Tus alabanzas, Señor, tus alabanzas habrían podido sostener el tallo aún tierno de mi corazón con el rodrigón de tus Escrituras; y así no se habría arrastrado entre estas vaciedades, como presa inmunda de las aves del cielo. Porque de más de una manera se ofrecen sacrificios a los ángeles rebeldes.

Capítulo XVIII

Pero ¿qué tiene de extraño que así me dejara arrastrar a las vanidades y me alejara de tu presencia, oh Dios mío, cuando se me ponían por modelo hombres que, si al referir alguna acción suya, de suyo nada mala, incurrían en algún barbarismo o solecismo, se avergonzaban al ser censurados; pero, cuando en un discurso rico, adornado y bien ordenado contaban su propia vida desordenada, se gloriaban al ser colmados de alabanzas? Estas cosas las ves tú, Señor, y callas; lento para la ira y grande en misericordia y verdad. ¿Callarás para siempre? Y aun ahora sacas de este horrible abismo al alma que te busca, que tiene sed de tus delicias, cuyo corazón te dice: He buscado tu rostro; tu rostro buscaré, oh Señor. Porque estar en afectos entenebrecidos es estar lejos de ti. Pues no es con los pies ni mudando de lugar como los hombres se apartan de ti o vuelven a ti. ¿Acaso aquel hijo tuyo menor buscó caballos, o carros, o naves, o voló con alas visibles, o hizo camino moviendo sus miembros, para desperdiciar en una provincia apartada, viviendo perdidamente, todo lo que tú le diste al partir? Padre amoroso cuando se lo diste, y más amoroso aún con él cuando volvió con las manos vacías. Así pues, en los afectos lascivos, es decir, entenebrecidos, está la verdadera distancia de tu rostro.

Mira, oh Señor Dios, sí, mira con paciencia, como sueles, con qué cuidado observan los hijos de los hombres las reglas convenidas de las letras y las sílabas, recibidas de quienes hablaron antes que ellos, y descuidan el pacto eterno de la salvación perdurable, recibido de ti. Tanto es así que quien enseña o aprende las leyes heredadas de la pronunciación ofenderá más a los hombres si, contra las leyes de la gramática, dice «ombre» sin aspirar, que si él, siendo «hombre», odia a un «hombre» contra las tuyas. Como si algún enemigo pudiera ser más dañino que el odio mismo con que se enciende contra él, o pudiera herir más hondamente a aquel a quien persigue de lo que hiere su propia alma con su enemistad. Ciertamente, ninguna ciencia de las letras puede estar tan dentro de nosotros como lo escrito en la conciencia: «que está haciendo a otro lo que no querría padecer de otro». ¡Qué profundos son tus caminos, oh Dios, el único grande, que habitas en silencio en las alturas y, por una ley incansable, repartes la ceguera como castigo a los deseos sin ley! En busca de la fama de la elocuencia, un hombre que está ante un juez humano, rodeado de una muchedumbre humana, y que declama contra su enemigo con el odio más feroz, se guardará con la mayor vigilancia de asesinar, por un desliz de la lengua, la palabra «hombre»; pero no se guarda de asesinar, por el furor de su espíritu, al hombre de verdad.

Este era el mundo a cuya puerta yacía yo, desdichado, en mi niñez; este el escenario donde más temía cometer un barbarismo que, habiéndolo cometido, envidiar a quienes no lo cometían. Estas cosas te digo y te confieso, Dios mío; por ellas recibía alabanzas de aquellos a quienes entonces creía que agradar era toda la virtud. Pues no veía el abismo de vileza en que había sido arrojado lejos de tus ojos. ¿Qué había ya ante ellos más torpe que yo, que desagradaba aun a los que eran como yo? ¡Con innumerables mentiras engañaba a mi ayo, a mis maestros, a mis padres, por amor al juego, por el afán de ver espectáculos vanos y por la inquietud de imitarlos! Cometía también hurtos de la despensa y de la mesa de mis padres, esclavo de la glotonería, o para tener qué dar a otros muchachos, que me vendían su juego, el cual, con todo, les gustaba no menos que a mí. En ese juego, además, buscaba a menudo victorias tramposas, vencido yo mismo entretanto por el vano deseo de sobresalir. ¿Y qué cosa podía yo soportar tan mal, o qué reprendía con tanta dureza cuando la descubría, como lo que yo mismo hacía a los demás? Y si a mí me descubrían y me reprendían por ello, prefería reñir antes que ceder. ¿Y es esta la inocencia de la niñez? No lo es, Señor, no lo es; clamo a tu misericordia, Dios mío. Porque estos mismos pecados, al llegar los años más maduros, estos mismos pecados pasan de los ayos y maestros, de las nueces, las pelotas y los pajarillos, a los magistrados y los reyes, al oro, las haciendas y los esclavos, del mismo modo que a la palmeta suceden castigos más severos. Fue, pues, la pequeña estatura de la niñez lo que tú, Rey nuestro, encomendaste como emblema de humildad cuando dijiste: De los tales es el reino de los cielos.

Y aun así, Señor, a ti, Creador y Gobernador del universo, excelentísimo y bonísimo, a ti, Dios nuestro, se te debían gracias aunque no me hubieras destinado más que a la niñez. Porque ya entonces existía, vivía y sentía; y tenía un cuidado instintivo de mi propio bienestar, huella de aquella misteriosa Unidad de la que procedía; guardaba con el sentido interior la integridad de mis sentidos, y en estas menudas ocupaciones, y en mis pensamientos sobre cosas menudas, aprendí a deleitarme en la verdad; aborrecía ser engañado, tenía una memoria vigorosa, estaba dotado de palabra, me consolaba la amistad, huía del dolor, de la bajeza, de la ignorancia. En una criatura tan pequeña, ¿qué no era maravilloso, qué no era digno de admiración? Pero todo son dones de mi Dios: no fui yo quien me los di; y buenos son, y todos ellos juntos son yo mismo. Bueno es, pues, el que me hizo, y él es mi bien; y ante él me regocijaré por todo el bien que tuve siendo niño. Porque mi pecado consistía en que buscaba los placeres, las grandezas y las verdades no en él, sino en sus criaturas —en mí mismo y en los demás—, y así caía de cabeza en los dolores, las confusiones y los errores. Gracias a ti, gozo mío, gloria mía y confianza mía, Dios mío; gracias a ti por tus dones; pero consérvamelos tú. Pues así me conservarás a mí, y se acrecentarán y perfeccionarán las cosas que me diste, y yo mismo estaré contigo, ya que aun el existir me lo diste tú.

Capítulo 1 completado

Libro I

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