Confesiones
Libro XI

Capítulo 11 · 47 min de lectura · 1 h 1 min de escucha

Libro XI

Capítulo I

Señor, siendo tuya la eternidad, ¿ignoras acaso lo que te digo?, ¿o ves en el tiempo lo que sucede en el tiempo? ¿Por qué, pues, pongo en orden delante de ti tantos relatos? No, en verdad, para que tú los conozcas por mí, sino para despertar hacia ti mi devoción y la de mis lectores, a fin de que todos digamos: Grande es el Señor y digno de suprema alabanza. Ya lo he dicho, y lo diré otra vez: por amor de tu amor hago esto. Porque también oramos, y sin embargo la Verdad ha dicho: Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Son, pues, nuestros afectos los que abrimos ante ti, confesando nuestras miserias y tus misericordias para con nosotros, para que nos libres del todo, ya que has comenzado a hacerlo; para que dejemos de ser desdichados en nosotros mismos y seamos bienaventurados en ti; pues tú nos has llamado a ser pobres en espíritu, y mansos, y que lloran, y hambrientos y sedientos de justicia, y misericordiosos, y limpios de corazón, y pacificadores. Mira que te he contado muchas cosas, como pude y como quise, porque tú quisiste primero que yo me confesara a ti, Señor Dios mío. Porque tú eres bueno, porque para siempre es tu misericordia.

Capítulo II

Pero ¿cómo bastaré, con la lengua de mi pluma, para referir todas tus exhortaciones, y todos tus terrores, y consuelos, y direcciones, con los que me condujiste a predicar tu Palabra y a dispensar tu Sacramento a tu pueblo? Y aun si bastara para referirlas por orden, me son preciosas las gotas del tiempo; y hace mucho que ardo en deseos de meditar en tu ley, y de confesarte en ella mi pericia y mi impericia, el alba de tu iluminación y los restos de mis tinieblas, hasta que la flaqueza sea absorbida por la fortaleza. Y no quisiera que ninguna otra cosa me robara esas horas que hallo libres de la necesidad de reparar el cuerpo y las fuerzas del espíritu, y del servicio que debemos a los hombres, o que, aun sin deberlo, les prestamos.

Oh Señor Dios mío, atiende a mi oración, y que tu misericordia escuche mi deseo; porque no arde solo por mí, sino que quiere servir a la caridad fraterna; y tú ves mi corazón, que así es. Quisiera ofrecerte en sacrificio el servicio de mi pensamiento y de mi lengua: dame tú lo que pueda ofrecerte. Porque yo estoy afligido y necesitado, y tú eres rico para con todos los que te invocan; tú, que, inaccesible a toda inquietud, cuidas de nosotros. Circuncida de toda temeridad y de toda mentira mis labios interiores y exteriores; sean tus Escrituras mis castas delicias; que no me engañe en ellas, ni engañe a otros con ellas. Señor, escucha y compadécete, oh Señor Dios mío, Luz de los ciegos y Fortaleza de los débiles, y también Luz de los que ven y Fortaleza de los fuertes; escucha a mi alma y óyela clamar desde lo profundo. Porque si tus oídos no están con nosotros también en lo profundo, ¿adónde iremos?, ¿a quién clamaremos? Tuyo es el día, y tuya es la noche; a una señal tuya vuelan los instantes. Concédenos de ellos un espacio para nuestras meditaciones en los secretos de tu ley, y no la cierres a los que llamamos. Porque no en vano quisiste que se escribieran los oscuros secretos de tantas páginas; ni carecen esos bosques de sus ciervos, que en ellos se recogen, y discurren y pasean, pacen, se echan y rumian. Perfeccióname, oh Señor, y revélamelos. He aquí que tu voz es mi gozo; tu voz sobrepuja la abundancia de los deleites. Dame lo que amo, porque amo; y esto tú me lo has dado: no abandones tus propios dones, ni desprecies a tu hierba sedienta. Que te confiese todo cuanto hallare en tus libros, y oiga la voz de alabanza, y te beba a ti, y considere las maravillas de tu ley, desde el principio, en que hiciste el cielo y la tierra, hasta el reinado eterno de tu santa ciudad contigo.

Señor, ten misericordia de mí y oye mi deseo. Porque no es, a mi juicio, de la tierra, ni de oro y plata, ni de piedras preciosas, ni de vestidos suntuosos, ni de honores y cargos, ni de los placeres de la carne, ni de lo necesario para el cuerpo y para esta vida de nuestra peregrinación: todo lo cual será añadido a los que buscan tu reino y tu justicia. Mira, oh Señor Dios mío, dónde está mi deseo. Los impíos me han contado deleites, mas no como tu ley, oh Señor. Mira dónde está mi deseo. Mira, Padre, mira, y ve y aprueba; y agrade a los ojos de tu misericordia que yo halle gracia delante de ti, para que se me abran, cuando llamo, las entrañas de tus palabras. Te lo suplico por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, el varón de tu diestra, el Hijo del hombre, a quien para ti corroboraste como Mediador tuyo y nuestro; por quien nos buscaste cuando no te buscábamos, y nos buscaste para que te buscásemos —tu Verbo, por quien hiciste todas las cosas, y entre ellas también a mí; tu Unigénito, por quien llamaste a la adopción al pueblo creyente, y en él también a mí—; te lo suplico por aquel que está sentado a tu diestra e intercede ante ti por nosotros, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Esos son los que busco en tus libros. De él escribió Moisés; esto lo dice él mismo; esto lo dice la Verdad.

Capítulo III

Quisiera oír y entender cómo «En el principio hiciste el cielo y la tierra». Esto lo escribió Moisés; lo escribió y se fue, pasó de aquí, de ti a ti; y ya no está ante mí. Porque si estuviera, lo retendría, y le preguntaría, y le suplicaría por ti que me declarase estas cosas, y aplicaría los oídos de mi cuerpo a los sonidos que brotasen de su boca. Y si hablase en hebreo, en vano heriría mis sentidos, y nada de ello tocaría mi mente; pero si en latín, sabría lo que decía. Mas ¿de dónde sabría si decía verdad? Y aunque también esto supiera, ¿lo sabría por él? En verdad, dentro de mí, dentro, en la morada de mis pensamientos, la Verdad, ni hebrea, ni griega, ni latina, ni bárbara, sin órganos de voz ni de lengua, sin ruido de sílabas, me diría: «Es verdad», y yo al punto diría con confianza a aquel hombre tuyo: «Tú dices verdad». Ya que no puedo, pues, interrogarle a él, a ti, a ti te suplico, oh Verdad, llena de la cual él dijo verdad; a ti, Dios mío, te suplico: perdona mis pecados; y tú, que a él, tu siervo, le concediste decir estas cosas, concédeme también a mí entenderlas.

Capítulo IV

He aquí que existen el cielo y la tierra; proclaman que fueron creados, porque se mudan y varían. Mientras que lo que no ha sido hecho, y sin embargo existe, nada tiene en sí que antes no tuviera; y en esto consiste mudarse y variar. Proclaman también que no se hicieron a sí mismos: «Existimos porque hemos sido hechos; no existíamos, pues, antes de existir, como para hacernos a nosotros mismos». Y la evidencia misma de la cosa es la voz de los que así hablan. Tú, pues, Señor, los hiciste; tú, que eres hermoso, pues ellos son hermosos; que eres bueno, pues ellos son buenos; que eres, pues ellos son; y, sin embargo, no son hermosos, ni buenos, ni son, como lo eres tú, su Creador; comparados contigo, ni son hermosos, ni buenos, ni son. Esto lo sabemos, gracias a ti. Y nuestra ciencia, comparada con tu ciencia, es ignorancia.

Capítulo V

Pero ¿cómo hiciste el cielo y la tierra?, ¿y cuál fue el instrumento de tan grandiosa obra tuya? Porque no fue como el artífice humano, que forma un cuerpo de otro cuerpo según el arbitrio de su mente, la cual puede de algún modo revestirlo de la forma que ve en sí misma con su ojo interior. ¿Y de dónde podría hacer esto, si tú no hubieras hecho esa mente? Además, él reviste de forma lo que ya existe y tiene ser, como el barro, o la piedra, o la madera, o el oro, o cosa semejante. ¿Y de dónde existirían estas cosas, si tú no las hubieras establecido? Tú hiciste al artífice su cuerpo; tú, la mente que manda a los miembros; tú, la materia de que hace cualquier cosa; tú, la inteligencia con que concibe su arte y ve dentro lo que realiza fuera; tú, el sentido de su cuerpo, por el cual, como por un intérprete, traslada de la mente a la materia lo que hace, y refiere a su mente lo que está hecho, para que ella consulte dentro a la verdad que la preside, si está bien hecho o no. Todas estas cosas te alaban a ti, Creador de todas. Pero ¿cómo las haces? ¿Cómo, oh Dios, hiciste el cielo y la tierra? Ciertamente, no hiciste el cielo y la tierra en el cielo ni en la tierra; ni en el aire o en las aguas, puesto que también estos pertenecen al cielo y a la tierra; ni hiciste el mundo entero en el mundo entero, porque no había dónde hacerlo antes de que fuese hecho para que existiese. Ni tenías en tu mano cosa alguna de la cual hacer el cielo y la tierra. Porque ¿de dónde tendrías esto que no hubieras hecho tú, para hacer de ello alguna cosa? Pues ¿qué existe sino porque tú existes? Por tanto, tú dijiste, y fueron hechos, y en tu Verbo los hiciste.

Capítulo VI

Pero ¿cómo dijiste? ¿Del modo en que salió la voz de la nube diciendo: Este es mi Hijo amado? Porque aquella voz pasó y se desvaneció; comenzó y acabó; las sílabas sonaron y pasaron, la segunda después de la primera, la tercera después de la segunda, y así por orden, hasta la última después de las demás, y el silencio después de la última. De donde queda harto claro y manifiesto que la expresó el movimiento de una criatura, temporal ella misma, al servicio de tu voluntad eterna. Y estas palabras tuyas, hechas para un tiempo, las transmitió el oído exterior al alma inteligente, cuyo oído interior estaba atento a tu Verbo eterno. Pero ella comparó estas palabras que sonaban en el tiempo con aquel tu Verbo eterno en el silencio, y dijo: «Es otra cosa, muy otra cosa. Estas palabras están muy por debajo de mí, y ni siquiera son, porque huyen y pasan; pero el Verbo de mi Señor permanece por encima de mí para siempre». Si, pues, con palabras que suenan y pasan dijiste que se hicieran el cielo y la tierra, y así hiciste el cielo y la tierra, ya existía una criatura corpórea antes del cielo y de la tierra, por cuyos movimientos temporales aquella voz siguiera su curso en el tiempo. Pero nada corpóreo había antes del cielo y de la tierra; o, si lo había, ciertamente sin una voz pasajera lo habías creado, para hacer de ello esta voz pasajera con la cual decir: Háganse el cielo y la tierra. Porque, fuese lo que fuese aquello de lo que se hiciera tal voz, si no hubiera sido hecho por ti, de ningún modo podría existir. ¿Con qué palabra, pues, dijiste que se hiciera un cuerpo por medio del cual se hicieran a su vez estas palabras?

Capítulo VII

Nos llamas, pues, a entender el Verbo, Dios junto a ti, Dios, que es pronunciado eternamente, y por el cual todas las cosas son pronunciadas eternamente. Porque lo que se dice no se dice sucesivamente, terminada una cosa para que pueda decirse la siguiente, sino todas las cosas a la vez y eternamente. De otro modo, tendríamos ya tiempo y mudanza, y no verdadera eternidad ni verdadera inmortalidad. Esto lo sé, Dios mío, y te doy gracias. Lo sé, te lo confieso, oh Señor, y conmigo lo sabe y te bendice todo aquel que no es ingrato con la Verdad segura. Lo sabemos, Señor, lo sabemos; porque, en la medida en que algo deja de ser lo que era y es lo que no era, en esa misma medida muere y nace. Nada, pues, de tu Verbo cede su lugar ni lo ocupa de nuevo, porque es verdaderamente inmortal y eterno. Y por eso, al Verbo coeterno contigo, dices a la vez y eternamente todo cuanto dices; y se hace todo cuanto dices que se haga; y no haces de otro modo sino diciendo; y, sin embargo, no se hacen a la vez ni son eternas todas las cosas que haces diciendo.

Capítulo VIII

¿Por qué, te lo suplico, oh Señor Dios mío? Lo veo de algún modo, pero no sé cómo expresarlo, a no ser que todo lo que comienza a ser y deja de ser, comienza y deja de ser entonces cuando en tu Razón eterna se conoce que debía comenzar o dejar de ser; Razón en la cual nada comienza ni acaba. Este es tu Verbo, que es también «el Principio, porque también nos habla». Así habla en el Evangelio por medio de la carne; y esto sonó exteriormente en los oídos de los hombres, para que fuese creído y buscado interiormente, y hallado en la Verdad eterna, donde el Maestro bueno y único enseña a todos sus discípulos. Allí, Señor, oigo tu voz que me habla; porque nos habla aquel que nos enseña; pero el que no nos enseña, aunque hable, a nosotros no nos habla. ¿Y quién nos enseña sino la Verdad inmutable? Pues aun cuando somos amonestados por medio de una criatura mudable, no hacemos sino ser conducidos a la Verdad inmutable, donde aprendemos de veras mientras estamos en pie y le oímos, y nos gozamos grandemente de la voz del Esposo, que nos restituye a aquel de quien procedemos. Y por eso es el Principio, porque, si no permaneciera, no habría adónde volver cuando nos extraviamos. Y cuando volvemos del error, es conociendo; y para que conozcamos, él nos enseña, porque es el Principio y nos habla.

Capítulo IX

En este Principio, oh Dios, hiciste el cielo y la tierra: en tu Verbo, en tu Hijo, en tu Poder, en tu Sabiduría, en tu Verdad; diciendo maravillosamente y haciendo maravillosamente. ¿Quién lo comprenderá? ¿Quién lo declarará? ¿Qué es aquello que resplandece a través de mí y hiere mi corazón sin lastimarlo, y me estremezco y me inflamo? Me estremezco en cuanto le soy desemejante; me inflamo en cuanto le soy semejante. Es la Sabiduría, la Sabiduría misma, la que resplandece a través de mí, rasgando mi nublado, que de nuevo me envuelve cuando desfallezco ante ella, por la oscuridad que en castigo mío se amontona sobre mí. Porque mi fuerza se ha enflaquecido en la indigencia, de tal modo que no puedo soportar mis bienes, hasta que tú, Señor, que te has mostrado propicio a todas mis iniquidades, sanes todas mis dolencias. Porque tú también rescatarás del hoyo mi vida, y me coronarás de favores y misericordias, y saciarás de bien mi deseo, porque mi juventud se renovará como la del águila. Porque en esperanza somos salvos, y por eso por paciencia esperamos tus promesas. Quien pueda, óigate hablar interiormente desde tu oráculo; yo clamaré confiadamente: ¡Cuán maravillosas son tus obras, oh Señor! Todas ellas las hiciste con sabiduría; y esta Sabiduría es el Principio, y en ese Principio hiciste el cielo y la tierra.

Capítulo X

He aquí, ¿no están llenos de su vieja levadura los que nos dicen: «¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra? Porque si estaba ocioso (dicen) y no obraba, ¿por qué no sigue así también en adelante y para siempre, como lo estuvo antes? Pues si surgió en Dios un movimiento nuevo y una voluntad nueva de hacer una criatura que nunca antes había hecho, ¿cómo sería aquella una verdadera eternidad, donde surge una voluntad que antes no existía? Porque la voluntad de Dios no es una criatura, sino anterior a la criatura, ya que nada podría ser creado si no le precediera la voluntad del Creador. La voluntad de Dios pertenece, pues, a su misma Sustancia. Y si en la Sustancia de Dios ha surgido algo que antes no existía, no puede llamarse con verdad eterna esa Sustancia. Pero si la voluntad de Dios de que existiera la criatura era desde la eternidad, ¿por qué no es también desde la eternidad la criatura?».

Capítulo XI

Los que así hablan no te entienden todavía, oh Sabiduría de Dios, Luz de las almas; no entienden todavía cómo se hacen las cosas que por ti y en ti se hacen; y, sin embargo, se esfuerzan por comprender las cosas eternas, mientras su corazón revolotea entre los movimientos de las cosas pasadas y futuras, y sigue siendo inestable. ¿Quién lo sujetará y lo fijará, para que se asiente un poco y capte por un instante el esplendor de aquella Eternidad siempre fija, y la compare con los tiempos que nunca están fijos, y vea que no admite comparación; y que un tiempo largo no se hace largo sino de muchos movimientos que van pasando, los cuales no pueden prolongarse todos a la vez; mientras que en lo Eterno nada pasa, sino que todo está presente, en tanto que ningún tiempo está presente todo entero; y que todo lo pasado es empujado por lo futuro, y todo lo futuro sigue a lo pasado, y todo lo pasado y lo futuro es creado por aquello que es siempre presente, y de ello fluye? ¿Quién sujetará el corazón del hombre para que se detenga y vea cómo la eternidad, siempre inmóvil, ni pasada ni futura, dicta los tiempos pasados y futuros? ¿Puede acaso mi mano hacer esto, o la mano de mi boca lograr con palabras cosa tan grande?

Capítulo XII

He aquí que respondo al que pregunta: «¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra?». No respondo como dicen que respondió alguien en son de burla (eludiendo el apremio de la cuestión): «Preparaba el infierno (dijo) para los que escudriñan los misterios». Una cosa es responder a las preguntas, y otra burlarse de los que preguntan. Así, pues, no respondo; pues antes quisiera responder «No lo sé» a lo que no sé, que dar ocasión a que se rían de quien pregunta cosas profundas y se alabe a quien responde cosas falsas. Sino que digo que tú, Dios nuestro, eres el Creador de toda criatura; y si bajo el nombre de «cielo y tierra» se entiende toda criatura, digo confiadamente que «antes de que Dios hiciera el cielo y la tierra, no hacía cosa alguna». Porque, si hacía algo, ¿qué hacía sino una criatura? ¡Ojalá supiera yo todo cuanto deseo saber para mi provecho, como sé que ninguna criatura fue hecha antes de que se hiciera criatura alguna!

Capítulo XIII

Pero si alguna mente vagabunda discurre por las imágenes de los tiempos pasados, y se maravilla de que tú, Dios omnipotente, creador de todo y sustentador de todo, Hacedor del cielo y de la tierra, te hayas abstenido durante innumerables siglos de tan grande obra antes de hacerla, despierte y considere que se maravilla de falsas imaginaciones. Porque ¿cómo podían pasar innumerables siglos que tú no habías hecho, siendo tú el Autor y Creador de todos los siglos? ¿O qué tiempos podían existir que no hubieran sido hechos por ti? ¿O cómo podían pasar, si nunca existieron? Siendo, pues, tú el Creador de todos los tiempos, si hubo algún tiempo antes de que hicieras el cielo y la tierra, ¿por qué dicen que te abstenías de obrar? Porque ese mismo tiempo lo habías hecho tú, y no pudieron pasar tiempos antes de que hicieras esos tiempos. Mas si antes del cielo y de la tierra no había tiempo, ¿por qué se pregunta qué hacías entonces? Pues no había «entonces» cuando no había tiempo.

Ni precedes tú al tiempo con el tiempo; de otro modo, no precederías a todos los tiempos. Sino que precedes a todas las cosas pasadas por la excelsitud de una eternidad siempre presente, y sobrepasas todas las futuras, porque son futuras, y cuando lleguen serán pasadas; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán. Tus años ni van ni vienen; los nuestros, en cambio, van y vienen, para que vengan todos. Tus años están todos juntos, porque permanecen; y los que se van no son desalojados por los que vienen, porque no pasan; pero los nuestros serán todos cuando ya no sea ninguno. Tus años son un solo día; y tu día no es cada día, sino Hoy, pues tu Hoy no cede el lugar al mañana, ni sucede tampoco al ayer. Tu Hoy es la Eternidad; por eso engendraste al Coeterno, a quien dijiste: Yo te engendré hoy. Tú has hecho todas las cosas; y antes de todos los tiempos tú eres; y en ningún tiempo dejaba de haber tiempo.

Capítulo XIV

En ningún tiempo, pues, dejaste de hacer algo, porque el tiempo mismo lo hiciste tú. Y ningún tiempo es coeterno contigo, porque tú permaneces; mas si ellos permanecieran, no serían tiempos. Porque ¿qué es el tiempo? ¿Quién podrá explicarlo fácil y brevemente? ¿Quién podrá siquiera comprenderlo con el pensamiento, para decir de él una palabra? Y, sin embargo, ¿qué cosa mencionamos en la conversación con más familiaridad y conocimiento que el tiempo? Y lo entendemos cuando hablamos de él; lo entendemos también cuando oímos a otro hablar de él. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé. Con todo, digo con seguridad que sé que, si nada pasara, no habría tiempo pasado; y si nada viniera, no habría tiempo futuro; y si nada existiera, no habría tiempo presente. Esos dos tiempos, pues, el pasado y el futuro, ¿cómo son, si el pasado ya no es y el futuro todavía no es? Y el presente, si fuese siempre presente y no pasara a ser pretérito, ciertamente ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente (para ser tiempo) solo llega a existir porque pasa a ser pretérito, ¿cómo podemos decir que es aquello cuya causa de ser es que dejará de ser; de modo que no podemos decir con verdad que el tiempo es, sino porque tiende a no ser?

Capítulo XV

Y, sin embargo, decimos «tiempo largo» y «tiempo breve», y esto solo del tiempo pasado o del futuro. Llamamos largo tiempo pasado (por ejemplo) a cien años atrás, y largo tiempo futuro a cien años adelante; y breve tiempo pasado llamamos (supongamos) a diez días atrás, y breve tiempo futuro a diez días adelante. Pero ¿en qué sentido es largo o breve lo que no es? Porque el pasado ya no es, y el futuro todavía no es. No digamos, pues, «es largo», sino del pasado, «ha sido largo», y del futuro, «será largo». Oh Señor mío, luz mía, ¿no se burlará también aquí tu Verdad del hombre? Porque aquel tiempo pasado que fue largo, ¿fue largo cuando ya era pasado, o cuando todavía era presente? Porque entonces podía ser largo, cuando existía lo que podía ser largo; pero, una vez pasado, ya no era; por lo cual tampoco podía ser largo lo que en absoluto no era. No digamos, pues, «el tiempo pasado ha sido largo», porque no hallaremos qué es lo que ha sido largo, puesto que, desde que pasó, ya no es; sino digamos «aquel tiempo presente fue largo», porque, cuando era presente, era largo. Pues aún no había pasado de modo que no fuese, y por eso existía lo que podía ser largo; pero, después que pasó, dejó también de ser largo lo que dejó de ser.

Veamos, pues, alma humana, si el tiempo presente puede ser largo, porque a ti se te ha dado sentir y medir los espacios del tiempo. ¿Qué me responderás? ¿Son cien años presentes un tiempo largo? Mira primero si cien años pueden ser presentes. Porque, si corre ahora el primero de esos años, este es presente, pero los otros noventa y nueve son futuros, y por tanto aún no son; y si corre el segundo año, uno ya ha pasado, otro es presente y los demás son futuros. Y así, si suponemos presente cualquier año intermedio de estos cien, todos los anteriores a él son pasados y todos los posteriores, futuros; por lo cual cien años no pueden ser presentes. Pero mira al menos si ese único año que ahora corre es él mismo presente; porque, si corre su primer mes, los demás son futuros; si el segundo, el primero ya pasó y los demás aún no son. Por tanto, ni siquiera el año que ahora corre es presente; y si no es presente entero, no es presente el año. Porque doce meses forman el año, de los cuales solo es presente aquel que corre en este momento; los demás son pasados o futuros. Aunque ni siquiera ese mes que corre es presente, sino un solo día: los demás son futuros, si es el primero; pasados, si es el último; y, si es cualquiera de los intermedios, se halla entre pasados y futuros.

Mira cómo el tiempo presente, el único que hallamos que podía llamarse largo, se ha reducido apenas al espacio de un día. Pero examinemos también este, porque tampoco un día es presente entero. Pues se compone de veinticuatro horas de noche y de día, de las cuales la primera tiene a las demás por futuras, la última las tiene por pasadas, y cualquiera de las intermedias tiene por pasadas las anteriores y por futuras las posteriores. Y aun esa sola hora transcurre en partículas fugitivas: cuanto de ella ha volado es pasado; cuanto le resta es futuro. Si se concibe un punto de tiempo que no pueda dividirse ya en las más pequeñas partículas de momentos, solo ese es el que puede llamarse presente; el cual, sin embargo, vuela con tal rapidez del futuro al pasado, que no se extiende ni con la más mínima demora. Porque, si se extiende, se divide en pasado y futuro. El presente no tiene espacio alguno. ¿Dónde está, pues, el tiempo que podamos llamar largo? ¿Acaso el futuro? De él no decimos «es largo», porque aún no es, para que pueda ser largo; sino que decimos «será largo». ¿Cuándo, pues, lo será? Porque, si aun entonces, mientras todavía es futuro, no será largo (porque lo que puede ser largo aún no es), y si ha de ser largo cuando, del futuro que aún no es, comience ya a ser y se haya hecho presente, de modo que exista lo que pueda ser largo, entonces el tiempo presente clama, con las palabras de antes, que no puede ser largo.

Capítulo XVI

Y, sin embargo, Señor, percibimos los intervalos de los tiempos, y los comparamos entre sí, y decimos que unos son más breves y otros más largos. Medimos también cuánto más largo o más breve es este tiempo que aquel, y respondemos: «Este es doble o triple, y aquel sencillo, o tanto como aquel otro». Pero medimos los tiempos mientras pasan, percibiéndolos; mas los pasados, que ya no son, o los futuros, que todavía no son, ¿quién los puede medir? A no ser que alguien se atreva a decir que puede medirse lo que no es. Cuando el tiempo pasa, pues, puede percibirse y medirse; pero, cuando ya ha pasado, no puede, porque no es.

Capítulo XVII

Pregunto, Padre, no afirmo; Dios mío, gobiérname y guíame. «¿Quién me dirá que no hay tres tiempos (como aprendimos de niños y enseñamos a los niños), pasado, presente y futuro, sino solo el presente, porque aquellos dos no son? ¿O también ellos son, y, cuando de futuro se hace presente, sale el tiempo de algún lugar escondido, y así, al retirarse, de presente se hace pasado? Porque ¿dónde vieron las cosas futuras quienes las predijeron, si todavía no son? Pues lo que no es no puede ser visto. Y quienes narran las cosas pasadas no podrían narrarlas si no las discernieran con la mente; y, si ellas no fuesen, de ningún modo podrían ser discernidas. Son, pues, las cosas pasadas y las futuras».

Capítulo XVIII

Permíteme, Señor, indagar más adelante; oh esperanza mía, no se turbe mi intento. Porque, si son los tiempos pasados y futuros, quiero saber dónde están. Y aunque no lo pueda, sé, sin embargo, que dondequiera que estén, no están allí como futuros ni como pasados, sino como presentes. Porque, si también allí son futuros, aún no están allí; y si también allí son pasados, ya no están allí. Dondequiera, pues, que esté lo que es, no es sino como presente. Aunque, cuando se narran las cosas pasadas, no se sacan de la memoria las cosas mismas que pasaron, sino palabras concebidas a partir de sus imágenes, las cuales ellas, al pasar por los sentidos, dejaron impresas en el alma como huellas. Así mi niñez, que ya no es, está en el tiempo pasado, que ya no es; pero, cuando ahora evoco su imagen y la cuento, la contemplo en el tiempo presente, porque está todavía en mi memoria. Si hay una causa semejante para predecir también las cosas futuras, de modo que de las cosas que aún no son se perciban de antemano las imágenes ya existentes, lo confieso, Dios mío, no lo sé. Esto sí sé: que generalmente premeditamos nuestras acciones futuras, y que esa premeditación es presente, mientras que la acción que premeditamos aún no es, porque es futura. Y cuando la hayamos emprendido y comencemos a hacer lo que premeditábamos, entonces existirá aquella acción, porque entonces ya no será futura, sino presente.

De cualquier modo, pues, que se produzca este misterioso presentimiento de las cosas futuras, solo puede verse lo que es. Y lo que ya es no es futuro, sino presente. Cuando, pues, se dice que se ven las cosas futuras, no se ven ellas mismas, que todavía no son (es decir, que han de ser), sino quizá sus causas o señales, que ya son. Por tanto, no son futuras, sino presentes para quienes ya las ven, y a partir de ellas se predice lo futuro, concebido de antemano en la mente. Y esas preconcepciones ya son, y quienes predicen aquellas cosas contemplan presentes ante sí tales concepciones. Que me ofrezca ahora algún ejemplo la gran variedad de las cosas. Contemplo la aurora y anuncio que el sol está a punto de salir. Lo que contemplo es presente; lo que anuncio, futuro: no el sol, que ya existe, sino su salida, que aún no es. Y, sin embargo, si no imaginara en mi mente la salida misma del sol (como ahora, mientras hablo de ella), no podría predecirla. Pero ni aquella aurora que diviso en el cielo es la salida del sol, aunque la precede, ni lo es aquella imaginación de mi mente; ambas cosas se ven ahora como presentes, para que pueda predecirse la otra, que ha de venir. Las cosas futuras, pues, aún no son; y si aún no son, no son; y si no son, no pueden ser vistas; pero pueden ser predichas a partir de las presentes, que ya son y se ven.

Capítulo XIX

Tú, pues, Gobernador de tu creación, ¿de qué modo enseñas a las almas las cosas futuras? Porque se las enseñaste a tus profetas. ¿De qué modo enseñas las cosas futuras tú, para quien nada es futuro; o, más bien, de las futuras enseñas las presentes? Porque lo que no es, tampoco puede ser enseñado. Demasiado lejos está de mi vista este camino: es más fuerte que yo, no puedo alcanzarlo; pero contigo podré, cuando tú te dignes concedérmelo, oh dulce luz de mis ojos ocultos.

Capítulo XX

Lo que ahora es claro y manifiesto es que ni las cosas futuras ni las pasadas son. Ni se dice con propiedad: «Hay tres tiempos: pasado, presente y futuro»; sino que quizá se diría con propiedad: «Hay tres tiempos: un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras». Porque estos tres están de algún modo en el alma, y fuera de ella no los veo: el presente de las cosas pasadas es la memoria; el presente de las cosas presentes, la visión; el presente de las cosas futuras, la expectación. Si se nos permite hablar así, veo tres tiempos, y confieso que son tres. Dígase también: «Hay tres tiempos: pasado, presente y futuro», según nuestra manera impropia de hablar. Mira, no me opongo, ni lo contradigo, ni lo censuro, con tal que se entienda lo que se dice: que ni lo que ha de ser es ya, ni lo que ha pasado. Porque pocas son las cosas que decimos con propiedad, y muchas las que decimos impropiamente; pero se entiende lo que queremos decir.

Capítulo XXI

Decía, pues, hace poco, que medimos los tiempos mientras pasan, para poder decir que este tiempo es doble que aquel, o que este es igual a aquel, y así de cualesquiera otras partes del tiempo que sean mensurables. Por lo cual, como dije, medimos los tiempos mientras pasan. Y si alguien me preguntara: «¿Cómo lo sabes?», podría responderle: «Lo sé, porque los medimos, y no podemos medir las cosas que no son; y las cosas pasadas y futuras no son». Pero el tiempo presente, ¿cómo lo medimos, si no tiene espacio? Se mide mientras pasa; pero, cuando haya pasado, no se mide, porque ya no habrá qué medir. Mas ¿de dónde, por dónde y hacia dónde pasa mientras se mide? ¿De dónde, sino del futuro? ¿Por dónde, sino por el presente? ¿Hacia dónde, sino al pasado? Así pues, de lo que aún no es, por lo que no tiene espacio, hacia lo que ya no es. Y, sin embargo, ¿qué medimos sino el tiempo en algún espacio? Porque no decimos sencillo, y doble, y triple, e igual, ni de ninguna otra manera semejante hablamos del tiempo, sino refiriéndonos a espacios de tiempo. ¿En qué espacio, pues, medimos el tiempo que pasa? ¿En el futuro, de donde pasa? Pero lo que aún no es, no lo medimos. ¿O en el presente, por donde pasa? Pero lo que no tiene espacio no lo medimos. ¿O en el pasado, adonde pasa? Pero tampoco medimos lo que ya no es.

Capítulo XXII

Arde mi alma por conocer este enigma tan intrincado. No lo cierres, oh Señor Dios mío, Padre bueno; por Cristo te lo suplico, no cierres a mi deseo estas cosas tan usuales y a la vez tan escondidas, de modo que le impidas penetrar en ellas; antes bien, que amanezcan para mí a la luz de tu misericordia, oh Señor. ¿A quién preguntaré acerca de ellas? ¿Y a quién confesaré mi ignorancia con más fruto que a ti, a quien no son molestos estos mis estudios, tan vehementemente encendidos hacia tus Escrituras? Dame lo que amo; porque amo, y esto tú me lo has dado. Dame, Padre, que verdaderamente sabes dar buenas dádivas a tus hijos. Dame, porque me he propuesto conocerlo, y es trabajo delante de mí hasta que tú me lo abras. Por Cristo te lo suplico, en su nombre, Santo de los santos, que nadie me estorbe. Porque creí, por lo cual también hablo. Esta es mi esperanza, para esto vivo: para contemplar las delicias del Señor. He aquí que tú has hecho envejecer mis días, y pasan, y no sé cómo. Y hablamos de tiempo y tiempo, de tiempos y tiempos: «¿Cuánto tiempo hace que dijo esto?», «¿cuánto tiempo hace que hizo esto?», «¿cuánto tiempo hace que no vi aquello?», y «esta sílaba tiene el doble de tiempo que aquella sílaba breve sencilla». Esto decimos y esto oímos, y se nos entiende, y entendemos. Son cosas clarísimas y ordinarias, y esas mismas cosas están, a su vez, demasiado escondidas, y su hallazgo sería nuevo.

Capítulo XXIII

Oí una vez a un hombre docto que los movimientos del sol, de la luna y de las estrellas constituían el tiempo, y no asentí. Porque ¿por qué no serían más bien tiempos los movimientos de todos los cuerpos? ¿O es que, si cesaran las lumbreras del cielo y girara la rueda de un alfarero, no habría tiempo con que medir aquellos giros y decir que se movía con pausas iguales, o, si unas veces giraba más despacio y otras más deprisa, que unas vueltas eran más largas y otras más cortas? ¿O, mientras dijéramos esto, no estaríamos hablando también en el tiempo? ¿O habría en nuestras palabras unas sílabas breves y otras largas, sino porque aquellas sonaban en un tiempo más corto y estas en uno más largo? Dios, concede a los hombres ver en una cosa pequeña las nociones comunes a las cosas grandes y a las pequeñas. Los astros y lumbreras del cielo son también por señales, y para las estaciones, y para años, y para días; lo son; pero ni yo diría que la vuelta de aquella rueda de madera fuese un día, ni aquel docto diría que por eso no era tiempo.

Deseo conocer la fuerza y la naturaleza del tiempo, con el que medimos los movimientos de los cuerpos y decimos (por ejemplo) que este movimiento dura el doble que aquel. Porque pregunto: puesto que «día» no designa solo la permanencia del sol sobre la tierra (según la cual una cosa es el día y otra la noche), sino también todo su circuito de oriente a oriente, según el cual decimos «pasaron tantos días», incluyendo las noches cuando decimos «tantos días», sin contarlas aparte; puesto, pues, que el día se completa con el movimiento del sol y con su circuito de oriente a oriente, pregunto: ¿es el movimiento solo lo que hace el día, o la duración en que ese movimiento se completa, o ambas cosas? Porque, si lo primero fuese el día, tendríamos un día aunque el sol terminara aquel curso en un espacio de tiempo tan breve como una hora. Si lo segundo, no habría día si entre una salida del sol y otra mediara una duración tan breve como una hora, sino que el sol tendría que dar veinticuatro vueltas para completar un día. Si ambas cosas, tampoco podría llamarse día aquel en que el sol recorriera todo su giro en el espacio de una hora, ni aquel en que, estando el sol detenido, transcurriera tanto tiempo como el que suele emplear el sol en todo su curso de mañana a mañana. No preguntaré, pues, ahora qué es lo que se llama día, sino qué es el tiempo, con el cual, al medir el circuito del sol, diríamos que se completó en la mitad del tiempo acostumbrado, si se completara en un espacio tan breve como doce horas; y, comparando ambos tiempos, llamaríamos a este tiempo sencillo y a aquel doble, aun suponiendo que el sol recorriera su giro de oriente a oriente unas veces en aquel tiempo sencillo y otras en aquel doble. Nadie me diga, pues, que los movimientos de los cuerpos celestes constituyen los tiempos, porque, cuando a la oración de uno el sol se detuvo hasta que él pudiera llevar a término victorioso su batalla, el sol se detuvo, pero el tiempo siguió adelante. Porque en su propio espacio de tiempo, el que le bastó, se libró y se terminó aquella batalla. Percibo, pues, que el tiempo es una cierta extensión. Pero ¿lo percibo, o me parece percibirlo? Tú, Luz y Verdad, me lo mostrarás.

Capítulo XXIV

¿Me mandas asentir si alguien define el tiempo como «el movimiento de un cuerpo»? No me lo mandas. Porque oigo que ningún cuerpo se mueve sino en el tiempo: esto lo dices tú; pero que el movimiento mismo de un cuerpo sea el tiempo, no lo oigo: tú no lo dices. Porque, cuando un cuerpo se mueve, mido con el tiempo cuánto dura su movimiento, desde que empezó a moverse hasta que cesó. Y si no vi cuándo empezó, y sigue moviéndose de modo que no veo cuándo termina, no puedo medirlo, salvo quizá desde que empecé a verlo hasta que dejo de verlo. Y si lo miro largo rato, solo puedo declarar que es un tiempo largo, pero no cuán largo; porque, cuando decimos «cuán largo», lo decimos por comparación, como «esto es tan largo como aquello», o «el doble de largo que aquello», o cosa semejante. Pero, cuando podemos señalar las distancias de los lugares de donde y adonde va el cuerpo que se mueve, o sus partes, si se mueve como en un torno, entonces podemos decir con precisión en cuánto tiempo se ha completado el movimiento de aquel cuerpo, o de su parte, de este lugar a aquel. Siendo, pues, una cosa el movimiento de un cuerpo y otra aquello con que medimos cuánto dura, ¿quién no ve cuál de las dos ha de llamarse más bien tiempo? Porque, si un cuerpo unas veces se mueve y otras está quieto, medimos con el tiempo no solo su movimiento, sino también su quietud, y decimos: «estuvo quieto tanto como se movió», o «estuvo quieto el doble o el triple de lo que se movió», o cualquier otro espacio que nuestra medición haya determinado o estimado, más o menos, como solemos decir. El tiempo, pues, no es el movimiento de un cuerpo.

Capítulo XXV

Y te confieso, oh Señor, que todavía no sé qué es el tiempo; y de nuevo te confieso, oh Señor, que sé que digo esto en el tiempo, y que, después de haber hablado largamente del tiempo, ese mismo «largamente» no es largo sino por la duración del tiempo. ¿Cómo, pues, sé esto, si no sé qué es el tiempo? ¿O acaso es que no sé expresar lo que sé? ¡Ay de mí, que ni siquiera sé qué es lo que no sé! He aquí, Dios mío, que delante de ti no miento; sino que tal como hablo, así está mi corazón. Tú alumbrarás mi lámpara; tú, oh Señor Dios mío, alumbrarás mis tinieblas.

Capítulo XXVI

¿No te confiesa mi alma con toda verdad que yo mido los tiempos? ¿Mido, pues, oh Dios mío, y no sé qué mido? Mido el movimiento de un cuerpo en el tiempo; ¿y el tiempo mismo no lo mido? ¿Acaso podría yo medir el movimiento de un cuerpo, cuánto dura, y en cuánto espacio llega de este lugar a aquel, sin medir el tiempo en que se mueve? Este mismo tiempo, pues, ¿cómo lo mido? ¿Medimos acaso con un tiempo más breve otro más largo, como con el espacio de un codo el espacio de una pértiga? Pues así, en efecto, parece que con el espacio de una sílaba breve medimos el espacio de una sílaba larga, y decimos que esta es el doble de aquella. Así medimos los espacios de las estrofas por los espacios de los versos, y los espacios de los versos por los espacios de los pies, y los espacios de los pies por los espacios de las sílabas, y los espacios de las largas por el espacio de las sílabas breves; no midiéndolos en las páginas (pues entonces medimos espacios, no tiempos), sino cuando pronunciamos las palabras y estas van pasando, y decimos: «Es una estrofa larga, porque se compone de tantos versos; largos los versos, porque constan de tantos pies; largos los pies, porque se alargan en tantas sílabas; larga la sílaba, porque es el doble de una breve». Pero ni aun de este modo obtenemos medida cierta alguna del tiempo, porque puede suceder que un verso más corto, pronunciado más pausadamente, ocupe más tiempo que uno más largo pronunciado con prisa. Y lo mismo ocurre con un verso, un pie, una sílaba. De donde me pareció que el tiempo no es otra cosa que una distensión; pero de qué, no lo sé; y me maravillaría que no fuese del alma misma. Porque, ¿qué mido, te ruego, oh Dios mío, cuando digo, o de modo indefinido: «Este tiempo es más largo que aquel», o de modo definido: «Este es el doble de aquel»? Que mido el tiempo, lo sé; y, sin embargo, no mido el tiempo futuro, porque todavía no es; ni el presente, porque no se extiende por espacio alguno; ni el pasado, porque ya no es. ¿Qué mido, pues? ¿Los tiempos que pasan, no los pasados? Así lo había dicho.

Capítulo XXVII

¡Ánimo, alma mía, y avanza con vigor! Dios es nuestro amparo; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Avanza hacia donde la verdad comienza a despuntar. Supongamos, pues, que la voz de un cuerpo comienza a sonar, y suena, y sigue sonando, y he aquí que cesa; ya hay silencio, y aquella voz ha pasado, y ya no es voz. Antes de sonar era futura, y no podía medirse, porque todavía no era; y ahora no puede, porque ya no es. Entonces, pues, mientras sonaba, podía medirse, porque entonces existía lo que podía medirse. Pero aun entonces no estaba quieta, pues iba pasando y alejándose. ¿Podía, por eso mismo, medirse mejor? Porque, al pasar, se extendía por algún espacio de tiempo, de modo que pudiera medirse, ya que el presente no tiene espacio alguno. Si, pues, entonces podía medirse, supongamos también ahora que otra voz ha comenzado a sonar, y sigue sonando en un tono continuo, sin interrupción alguna; midámosla mientras suena, puesto que, cuando haya dejado de sonar, será ya pasada y no quedará nada que medir; midámosla, en verdad, y digamos cuánto es. Pero todavía suena, y no puede medirse sino desde el instante en que comenzó hasta el fin en que cesó. Porque lo que medimos es precisamente el intervalo, a saber, desde algún principio hasta algún fin. Por eso, una voz que aún no ha terminado no puede medirse, de modo que se diga cuán larga o cuán breve es; ni puede llamarse igual a otra, o doble respecto de una simple, o cosa semejante. Pero, una vez terminada, ya no es. ¿Cómo, pues, podrá medirse? Y, sin embargo, medimos los tiempos; pero no los que todavía no son, ni los que ya no son, ni los que no se prolongan por alguna duración, ni los que no tienen límites. No medimos, pues, ni los tiempos futuros, ni los pasados, ni los presentes, ni los que van pasando; y, sin embargo, medimos los tiempos.

«Deus Creator omnium»: este verso de ocho sílabas alterna sílabas breves y largas. Las cuatro breves, pues, la primera, la tercera, la quinta y la séptima, son simples respecto de las cuatro largas, la segunda, la cuarta, la sexta y la octava. Cada una de estas, frente a cada una de aquellas, tiene un tiempo doble: las pronuncio, doy cuenta de ellas y encuentro que es así, según lo percibe el sentido llano. Por el sentido llano, pues, mido una sílaba larga por una breve, y siento que tiene el doble; pero, como una suena después de la otra, si la primera es breve y la segunda larga, ¿cómo retendré la breve, y cómo, para medirla, la aplicaré a la larga, a fin de hallar que esta tiene el doble, si la larga no comienza a sonar hasta que la breve deja de sonar? Y esa misma larga, ¿acaso la mido como presente, si no la mido hasta que ha terminado? Ahora bien, su terminar es su pasar. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Dónde está la sílaba breve con la que mido? ¿Dónde la larga que mido? Ambas han sonado, han volado, han pasado, ya no son; y, sin embargo, mido, y respondo con confianza (en cuanto cabe fiarse de un sentido ejercitado) que, en cuanto al espacio de tiempo, esta sílaba es simple y aquella doble. Y, con todo, no podría hacerlo si no hubiesen ya pasado y terminado. No son, pues, ellas mismas, que ya no son, lo que mido, sino algo en mi memoria que allí permanece grabado.

En ti, alma mía, mido los tiempos. No me interrumpas; es decir, no te interrumpas a ti misma con el tumulto de tus impresiones. En ti mido los tiempos; la impresión que las cosas, al pasar, producen en ti, permanece aun cuando ellas se han ido; y es esta, que sigue presente, la que mido, no las cosas que pasaron para producirla. Esta es la que mido cuando mido los tiempos. O bien esto es el tiempo, o bien no mido los tiempos. ¿Y qué sucede cuando medimos el silencio y decimos que este silencio ha durado tanto tiempo como duró aquella voz? ¿No extendemos nuestro pensamiento a la medida de una voz, como si sonara, para poder dar cuenta de los intervalos de silencio en un espacio de tiempo determinado? Porque, aunque callen la voz y la lengua, recorremos con el pensamiento poemas y versos y cualquier otro discurso, o las dimensiones de los movimientos, y damos cuenta de los espacios de tiempo, de cuánto es este respecto de aquel, no de otro modo que si los pronunciáramos de viva voz. Si alguien quiere emitir un sonido prolongado y ha fijado de antemano en su pensamiento cuán largo ha de ser, ya ha recorrido en silencio un espacio de tiempo y, confiándolo a la memoria, comienza a emitir aquel sonido, que va sonando hasta llegar al término propuesto. Más aún: ha sonado y sonará; pues la parte de él que se ha cumplido ya sonó, y lo restante sonará. Y así va pasando, hasta que la atención presente traslada lo futuro al pasado; creciendo lo pasado con la disminución de lo futuro, hasta que, consumido lo futuro, todo es pasado.

Capítulo XXVIII

Pero ¿cómo disminuye o se consume lo futuro, que todavía no es? ¿O cómo crece lo pasado, que ya no es, sino porque en el alma que obra esto se dan tres cosas? Porque el alma espera, atiende y recuerda; de modo que lo que espera, a través de aquello a que atiende, pasa a ser lo que recuerda. ¿Quién niega, pues, que las cosas futuras todavía no son? Y, sin embargo, hay ya en el alma la espera de las cosas futuras. ¿Y quién niega que las cosas pasadas ya no son? Y, sin embargo, hay todavía en el alma la memoria de las cosas pasadas. ¿Y quién niega que el tiempo presente carece de espacio, puesto que pasa en un instante? Y, sin embargo, perdura la atención, a través de la cual lo que ha de estar presente se encamina a estar ausente. No es, pues, largo el tiempo futuro, que todavía no es; sino que un futuro largo es «una larga espera del futuro»; ni es largo el tiempo pasado, que ya no es, sino que un pasado largo es «una larga memoria del pasado».

Voy a recitar un salmo que sé. Antes de comenzar, mi espera se extiende al salmo entero; pero, una vez comenzado, cuanto de él voy separando hacia el pasado se extiende a lo largo de mi memoria; así, la vida de esta acción mía se distiende en la memoria, por lo que ya he recitado, y en la espera, por lo que voy a recitar; pero la «atención» está presente conmigo, para que por ella lo que era futuro sea trasladado y se haga pasado. Y cuanto más se hace esto una y otra vez, tanto más se acorta la espera y se alarga la memoria, hasta que la espera entera se agota por fin, cuando, terminada toda aquella acción, haya pasado a la memoria. Y lo que sucede en el salmo entero sucede también en cada una de sus partes y en cada una de sus sílabas; lo mismo vale para aquella acción más larga de la cual este salmo es quizá una parte; lo mismo vale para la vida entera del hombre, cuyas partes son todas las acciones del hombre; lo mismo vale para toda la edad de los hijos de los hombres, cuyas partes son todas las vidas de los hombres.

Capítulo XXIX

Pero, porque tu misericordia es mejor que todas las vidas, he aquí que mi vida no es más que distracción, y tu diestra me ha sostenido en mi Señor, el Hijo del hombre, el Mediador entre ti, el Uno, y nosotros, los muchos, muchos también por nuestras múltiples distracciones en medio de muchas cosas, para que por él alcance a aquel en quien he sido alcanzado, y, recogido de mi antigua manera de vivir, siga al Uno, olvidando lo que queda atrás, y no distendido, sino extendido, no hacia las cosas que han de ser y pasar, sino hacia lo que está delante, no con distracción, sino con atención, prosigo al premio de mi soberana vocación, donde oiga la voz de tu alabanza y contemple tus delicias, que ni vienen ni pasan. Pero ahora mis años se gastan en gemidos. Y tú, oh Señor, eres mi consuelo, mi Padre eterno; pero yo me he disipado en los tiempos, cuyo orden ignoro, y mis pensamientos, las entrañas más íntimas de mi alma, son despedazados por tumultuosas variedades, hasta que, purificado y derretido en el fuego de tu amor, me funda enteramente en ti.

Capítulo XXX

Y ahora me mantendré firme y me afianzaré en ti, en mi molde, tu verdad; y no soportaré las preguntas de los hombres que, por una enfermedad que es castigo, tienen sed de más de lo que pueden contener, y dicen: «¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra?», o: «¿Cómo le vino a la mente hacer algo, si nunca antes había hecho nada?». Concédeles, oh Señor, pensar bien lo que dicen, y hallar que no puede decirse «nunca» donde no hay «tiempo». Así pues, cuando se dice que él «nunca había hecho», ¿qué otra cosa se dice sino que «en ningún tiempo había hecho»? Vean, por tanto, que no puede haber tiempo sin la criatura, y dejen de decir esa vanidad. Extiéndanse también ellos hacia lo que está delante, y entiendan que tú eres, antes de todos los tiempos, el Creador eterno de todos los tiempos, y que ningún tiempo es coeterno contigo, ni criatura alguna, aun cuando hubiera alguna criatura anterior a todos los tiempos.

Capítulo XXXI

Oh Señor Dios mío, ¡qué profundo es el abismo de tus misterios, y cuán lejos de él me han arrojado las consecuencias de mis transgresiones! Sana mis ojos, para que participe del gozo de tu luz. Ciertamente, si hubiese un espíritu dotado de tan vasta ciencia y presciencia que conociera todas las cosas pasadas y futuras como yo conozco un salmo muy sabido, ese espíritu sería sobremanera admirable y asombroso hasta el temor; pues nada pasado ni nada por venir en los siglos futuros le estaría más oculto que me estaba oculto a mí, cuando cantaba aquel salmo, qué parte y cuánto de él había pasado desde el principio, y qué parte y cuánto quedaba hasta el fin. Pero lejos de ti, Creador del universo, Creador de las almas y de los cuerpos, lejos de ti conocer de ese modo todas las cosas pasadas y futuras. De modo mucho, mucho más admirable, y mucho más misterioso, las conoces tú. Porque no como los sentimientos de quien canta lo que sabe, u oye un canto conocido, varían por la espera de las palabras que vienen y el recuerdo de las que pasaron, y se divide su sentido,—no es así como te sucede cosa alguna a ti, inmutablemente eterno, es decir, el eterno Creador de los espíritus. Así como en el Principio conociste el cielo y la tierra sin variación alguna en tu conocimiento, así en el Principio hiciste el cielo y la tierra sin distracción alguna en tu acción. El que lo entienda, confiéselo a ti; y el que no lo entienda, confiéselo a ti. ¡Oh, cuán alto eres, y, sin embargo, los humildes de corazón son tu morada! Porque tú levantas a los que están abatidos, y no caen aquellos cuya altura eres tú.

Capítulo 11 completado

Libro XI

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