Capítulo 6 · 8 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Dificultad para creer.
Puede que el lector sienta una dificultad para creer. Que lo considere. No podemos creer por un acto inmediato. El estado de ánimo que llamamos creer es un resultado que sigue a ciertos estados anteriores de la mente. Llegamos a la fe por grados. Puede que exista algo así como la fe a primera vista; pero por lo común alcanzamos la fe por etapas: nos interesamos, reflexionamos, oímos las pruebas, nos convencemos, y así somos llevados a creer. Si, pues, deseo creer, pero por una u otra razón hallo que no consigo alcanzar la fe, ¿qué haré? ¿Me quedaré como una vaca mirando fijamente una cerca nueva, o, como ser inteligente, emplearé los medios apropiados? Si deseo creer cualquier cosa, ¿qué debo hacer? Responderemos conforme a las reglas del sentido común.
Si me dijeran que el Sultán de Zanzíbar es un buen hombre, y ello resultara ser asunto de mi interés, no creo que tuviera ninguna dificultad en creerlo. Pero si por alguna razón albergara una duda al respecto y, sin embargo, deseara creer la noticia, ¿cómo procedería? ¿No buscaría toda la información a mi alcance acerca de su Majestad, y trataría, mediante el estudio de los periódicos y otros documentos, de llegar a la verdad? Mejor aún, si él se hallara en este país y accediera a recibirme, y yo pudiera además conversar con miembros de su corte y con ciudadanos de su nación, me ayudaría en gran manera a tomar una decisión valerme de esas fuentes de información. La evidencia sopesada y el conocimiento adquirido conducen a la fe. Es verdad que la fe en Jesús es don de Dios; pero, con todo, él suele otorgarla conforme a las leyes de la mente, y por eso se nos dice que «la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios». Si quieres creer en Jesús, oye acerca de él, lee acerca de él, piensa en él, conócelo, y así hallarás que la fe brota en tu corazón, como el trigo que asoma cuando la humedad y el calor obran sobre la semilla que ha sido sembrada. Si yo quisiera tener fe en cierto médico, pediría testimonios de sus curaciones, desearía ver los diplomas que certificaran sus conocimientos profesionales, y también me gustaría oír lo que tiene que decir sobre ciertos casos complicados. En efecto, me valdría de los medios para saber, a fin de poder creer.
Ocúpate mucho en oír acerca de Jesús. Las almas vienen por centenares a la fe en Jesús bajo un ministerio que lo presenta con claridad y constancia. Pocos permanecen incrédulos bajo un predicador cuyo gran tema es Cristo crucificado. No escuches a ningún ministro de otra clase. Los hay. He sabido de uno que encontró en la Biblia de su púlpito un papel con este texto: «Señor, querríamos ver a Jesús». Ve al lugar de adoración para ver a Jesús; y si allí ni siquiera puedes oír mencionar su nombre, márchate a otro lugar donde se le tenga más presente, y donde, por tanto, sea más probable que él esté.
Ocúpate mucho en leer acerca del Señor Jesús. Los libros de la Escritura son los lirios entre los cuales él apacienta. La Biblia es la ventana por la que podemos mirar y ver a nuestro Señor. Lee con devota atención el relato de sus padecimientos y de su muerte, y en poco tiempo el Señor hará que la fe entre secretamente en tu alma. La Cruz de Cristo no solo recompensa la fe, sino que la engendra. Más de un creyente puede decir:
«Cuando te contemplo, herido, doliente, sin aliento, en el madero maldito, pronto siento que mi corazón cree que así has padecido por mí.»Si oír y leer no bastan, entonces, deliberadamente, pon tu mente a trabajar para examinar el asunto a fondo, y resuélvelo de una vez. O crees, o sabes la razón por la que no crees. Lleva el asunto hasta el final, con toda la capacidad de que dispongas, y ruega a Dios que te ayude a hacer una investigación cabal y a llegar a una decisión honesta en un sentido o en otro. Considera quién fue Jesús, y si la constitución de su persona no le da derecho a nuestra confianza. Considera lo que hizo, y si también esto no ha de ser buen fundamento para confiar. Considéralo muriendo, resucitando de entre los muertos, ascendiendo y viviendo siempre para interceder por los transgresores; y mira si esto no le da derecho a que confíes en él. Luego clama a él, y mira si no te oye. Cuando Usher quiso saber si Rutherford era, en efecto, tan santo como se decía, fue a su casa como un mendigo, consiguió alojamiento y oyó al hombre de Dios derramar su corazón delante del Señor en la noche. Si quieres conocer a Jesús, acércate a él cuanto puedas estudiando su carácter y apelando a su amor.
En otro tiempo quizá habría necesitado pruebas para creer en el Señor Jesús; pero ahora lo conozco tan bien, por haberlo probado, que necesitaría muchísimas pruebas para llegar a dudar de él. Ahora me resulta más natural confiar que desconfiar: es la nueva naturaleza triunfando; no era así al principio. La novedad de la fe es, al comienzo, fuente de debilidad; pero acto tras acto de confianza convierte la fe en un hábito. La experiencia trae a la fe una fuerte confirmación.
No me atormenta la duda, porque la verdad que creo ha obrado en mí un milagro. Por medio de ella he recibido, y aún conservo, una vida nueva que antes me era ajena; y esta es la confirmación más fuerte que existe. Soy como aquel buen hombre y su esposa que durante años cuidaron de un faro. Un visitante que vino a ver el faro, mirando por la ventana sobre la inmensidad de las aguas, preguntó a la buena mujer: «¿No tiene miedo por las noches, cuando arrecia la tormenta y las grandes olas rompen justo por encima de la linterna? ¿No teme que el faro, y todo lo que hay en él, sea arrastrado? Estoy seguro de que a mí me daría miedo confiarme a una torre tan endeble en medio de semejante oleaje». La mujer respondió que esa idea ya nunca se le pasaba por la cabeza. Había vivido allí tanto tiempo que se sentía tan segura sobre la roca solitaria como cuando vivía en tierra firme. En cuanto a su marido, cuando le preguntaron si no se sentía angustiado cuando el viento soplaba con fuerza de huracán, respondió: «Sí, me angustio por mantener bien recortadas las mechas y la luz encendida, no sea que algún barco naufrague». En cuanto a la inquietud por la seguridad del faro, o por su propia seguridad dentro de él, ya la había dejado atrás para siempre. Así también sucede con el creyente maduro. Puede decir humildemente: «Yo sé a quién he creído, y estoy persuadido de que es poderoso para guardar lo que le he confiado para aquel día». De aquí en adelante, que nadie me moleste con dudas y cuestionamientos; llevo en mi alma las pruebas de la verdad y del poder del Espíritu, y no quiero saber nada de vuestros astutos razonamientos. El evangelio, para mí, es la verdad: me conformo con perecer si no es verdad. Arriesgo la suerte eterna de mi alma sobre la verdad del evangelio, y sé que no hay riesgo alguno en ello. Mi único afán es mantener las luces encendidas, para así beneficiar a otros. Solo que el Señor me dé aceite suficiente para alimentar mi lámpara, de modo que pueda proyectar un rayo sobre el oscuro y traicionero mar de la vida, y quedaré bien contento.
Ahora bien, atribulado buscador, si es así que tu ministro, y muchos otros en quienes confías, han hallado paz y descanso perfectos en el evangelio, ¿por qué no habrías de hallarlos tú? ¿Se ha acortado el Espíritu del Señor? ¿No hacen bien sus palabras a los que caminan rectamente? ¿No probarás tú también su virtud salvadora?
Verdadero en sumo grado es el evangelio, porque Dios es su Autor. Créelo. Poderoso en sumo grado es el Salvador, porque es el Hijo de Dios. Confía en él. Poderosísima es su preciosa sangre. Acude a ella en busca de perdón. Amantísimo es su bondadoso corazón. Corre a él ahora mismo.
Así instaría yo al lector a buscar la fe; pero si no está dispuesto, ¿qué más puedo hacer? He llevado el caballo al agua, pero no puedo obligarlo a beber. Esto, sin embargo, quede bien grabado: la incredulidad es voluntaria cuando se le pone a un hombre la evidencia delante, y él se niega a examinarla con cuidado. Quien no desea conocer y aceptar la verdad, a sí mismo ha de culparse si muere con una mentira en su mano derecha. Es cierto que «el que creyere y fuere bautizado, será salvo»; igual de cierto es que «el que no creyere, será condenado».