Capítulo 5 · 8 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El temor a creer.
Es un extraño producto de nuestra naturaleza enferma: el temor a creer. Y sin embargo lo he encontrado muchas veces; tantas que quisiera no volver a verlo jamás. Tiene apariencia de humildad, y pretende hacerse pasar por el alma misma de la modestia, y no obstante es algo infamemente orgulloso: en realidad, es la presunción haciendo de hipócrita. Si los hombres temieran descreer, habría buen sentido en ese temor; pero temer confiar en su Dios es, en el mejor de los casos, un absurdo, y en verdad es una manera engañosa de negar al Señor la honra que se debe a su fidelidad y a su verdad.
¡Qué inútil es la diligencia que se afana en hallar razones por las que, en nuestro caso, la fe no habría de salvarnos! Tenemos la palabra de Dios que asegura que todo aquel que cree en Jesús no perecerá, y nosotros buscamos argumentos de por qué nosotros habríamos de perecer si creyéramos. Si alguien me regalara una propiedad, ciertamente no me pondría a suscitar dudas sobre el título. ¿De qué sirve inventar razones para no quedarme con mi propia casa, o para no poseer cualquier otro bien del que disfruto? Si el Señor se da por satisfecho con salvarme por los méritos de su amado Hijo, sin duda yo puedo darme por satisfecho de ser salvado así. Si tomo a Dios por su palabra, la responsabilidad de cumplir su promesa no recae sobre mí, sino sobre Dios, que hizo la promesa.
Pero temes no ser uno de aquellos para quienes está destinada la promesa. No te alarmes por esa vana sospecha. Ningún alma vino jamás a Jesús de manera indebida. Nadie puede venir en absoluto si el Padre no le trae; y Jesús ha dicho: «Al que a mí viene, no le echo fuera». Ningún alma se apodera de Cristo a manera de robo; quien lo tiene, lo tiene por derecho divino; porque el darse el Señor a sí mismo por nosotros y a nosotros es tan gratuito, que toda alma que lo recibe tiene un derecho, dado por gracia, para hacerlo. Si te aferras a Jesús por el borde de su manto, sin permiso y por detrás de él, aun así fluirá de él virtud hacia ti tan ciertamente como si te hubiera llamado por tu nombre y te hubiera mandado confiar en él. Desecha todo temor cuando confíes en el Salvador. Recíbelo, y bienvenido sea. El que cree en Jesús es uno de los escogidos de Dios.
¿Insinuabas que sería algo horrible confiar en Jesús y, con todo, perecer? Lo sería. Pero como has de perecer si no confías, el riesgo, en el peor de los casos, no es muy grande.
«No puedo sino perecer si voy; resuelto estoy a intentarlo; pues si me quedo alejado, sé que he de morir para siempre.»Supón que te quedas para siempre en el Pantano del Desaliento; ¿de qué te serviría? ¡Sin duda sería mejor morir luchando por la calzada del Rey rumbo a la Ciudad Celestial, que hundirse cada vez más en el lodo y la inmundicia de oscuros pensamientos de desconfianza! No tienes nada que perder, pues ya lo has perdido todo; por tanto, lánzate, y atrévete a creer en la misericordia de Dios para contigo, sí, para ti.
Pero alguien gime: «¿Y si vengo a Cristo, y él me rechaza?». Mi respuesta es: «Pruébalo». Échate sobre el Señor Jesús, y mira si te rechaza. Serías el primero contra quien haya cerrado la puerta de la esperanza. ¡Amigo, no cruces ese puente hasta que llegues a él! Cuando Jesús te eche fuera, ya habrá tiempo de sobra para desesperar; pero ese momento nunca llegará. «Este a los pecadores recibe»: ni siquiera ha comenzado a echarlos fuera.
¿Nunca has oído hablar de aquel hombre que una noche perdió el camino y llegó, según creía, al borde de un precipicio, y en su propio pavor se figuró caer por el despeñadero? Se agarró a un viejo árbol y allí quedó colgado, aferrándose con todas sus fuerzas a su frágil sostén. Estaba persuadido de que, si soltaba su asidero, quedaría hecho pedazos sobre unas rocas espantosas que le aguardaban allá abajo. Allí colgó, con el sudor en la frente y angustia en cada miembro. Cayó en un estado desesperado de fiebre y desfallecimiento, y al fin sus manos no pudieron sostener más su cuerpo. ¡Aflojó su asidero! ¡Se soltó de su sostén! Cayó… cosa de un pie, o poco más, y fue recibido sobre un blando talud cubierto de musgo, donde quedó tendido, del todo ileso y perfectamente a salvo hasta la mañana. Así, en la oscuridad de su ignorancia, muchos piensan que una destrucción segura les aguarda si confiesan su pecado, abandonan toda esperanza en sí mismos y se entregan en las manos de Dios. Tienen miedo de soltar la esperanza a la que ignorantemente se aferran. Es un temor vano. Suelta tu asidero de todo lo que no sea Cristo, y déjate caer. Suéltate de toda confianza en tus obras, tus oraciones o tus sentimientos. ¡Suéltate ya! ¡Suéltate ahora! Blando y seguro será el talud que te reciba. Jesucristo, en su amor, en la eficacia de su preciosa sangre, en su perfecta justicia, te dará descanso y paz inmediatos. Deja de confiar en ti mismo. Cae en los brazos de Jesús. Esta es la mayor parte de la fe: soltar todo otro asidero y sencillamente dejarse caer sobre Cristo. No hay motivo de temor: solo la ignorancia causa tu pavor ante aquello que será tu eterna seguridad. La muerte de la esperanza carnal es la vida de la fe, y la vida de la fe es vida eterna. Que muera el yo, para que Cristo viva en ti.
Pero lo malo es que no logramos llevar a los hombres a ese único acto de fe en Jesús. Antes adoptarán cualquier recurso que acabar con el yo. Rehúyen el creer, y temen la fe como si fuera un monstruo. Oh, necios temblorosos, ¿quién os ha fascinado? Teméis aquello que sería la muerte de todos vuestros temores y el comienzo de vuestro gozo. ¿Por qué habéis de perecer por preferir tercamente otros caminos al plan de salvación que Dios mismo ha dispuesto?
¡Ay! hay muchas, muchísimas almas que dicen: «Se nos manda confiar en Jesús, pero en lugar de eso asistiremos con regularidad a los medios de gracia». Asiste al culto público, por supuesto, pero no como sustituto de la fe, o se convertirá en una vana confianza. El mandato es: «Cree y vive»; atiende a eso, hagas lo que hagas además. «Bueno, me dedicaré a leer buenos libros; quizá por ahí saque provecho». Lee los buenos libros, sin duda, pero eso no es el evangelio: el evangelio es: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». Supón que un médico tiene a un paciente a su cuidado, y le dice: «Debes tomar un baño por la mañana; será de gran provecho para tu enfermedad». Pero el hombre, en lugar del baño, toma por la mañana una taza de té, y dice: «Esto servirá igual, no me cabe duda». ¿Qué le dice su médico cuando pregunta: «¿Seguiste mi indicación?». «No, no la seguí». «Entonces, claro está, no esperes que mis visitas den ningún buen resultado, ya que no haces caso de mis instrucciones». Así, en la práctica, le decimos a Jesucristo, cuando estamos bajo el escrutinio del alma: «Señor, tú me mandaste confiar en ti, ¡pero yo preferiría hacer otra cosa! Señor, quiero tener convicciones espantosas; quiero ser sacudido sobre la boca del infierno; ¡quiero ser alarmado y angustiado!». Sí, quieres cualquier cosa menos lo que Cristo te receta, que es que simplemente confíes en él. Sientas o no sientas, échate sobre él, para que él te salve, y solo él. «Pero no querrás decir que hablas en contra de orar, de leer buenos libros y demás». Ni una sola palabra digo en contra de ninguna de esas cosas, como tampoco, si yo fuera el médico que cité, hablaría en contra de que el hombre bebiera una taza de té. Que beba su té; pero no si lo bebe en lugar de tomar el baño que se le ha recetado. Así también, que el hombre ore: cuanto más, mejor. Que el hombre escudriñe las Escrituras; pero recuerda que, si estas cosas se ponen en el lugar de la simple fe en Cristo, el alma se arruinará. Cuídate de que nuestro Señor no diga de alguno de vosotros: «Escudriñáis las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis la vida eterna; pero no queréis venir a mí para que tengáis vida».
Ven por la fe a Jesús, porque sin él pereces para siempre. ¿Te has fijado alguna vez en cómo un abeto logra afianzarse entre las rocas que parecen no ofrecerle tierra alguna? Envía una raicilla a cualquier pequeña grieta que se abre; se aferra hasta a la roca desnuda como con la enorme garra de un ave; se sostiene firme y se ata a la tierra con cien amarras. Nuestro pequeño dibujo es muy fiel. A menudo hemos visto árboles así de firmemente arraigados sobre masas sueltas de roca desnuda. Ahora, alma querida, que esto sea un retrato de ti mismo. Aférrate a la Roca de la Eternidad. Con la raicilla de tu poca fe, agárrate a él. Deja que ese diminuto zarcillo crezca; y, entretanto, echa otro que tome un nuevo asidero de la misma Roca. Échate mano de Jesús, y no sueltes a Jesús. Crece en él. Enreda en torno a él las raíces de tu naturaleza, las fibras de tu corazón. Él está tan a tu disposición como las rocas lo están para el abeto: quédate tú tan firmemente amarrado a él como el pino a la ladera del monte.