Capítulo 4 · 12 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La fe es muy sencilla.
A muchos, la fe les parece algo difícil. La verdad es que solo es difícil porque es fácil. A Naamán le pareció duro tener que lavarse en el Jordán; pero si hubiera sido alguna gran cosa, la habría hecho de muy buena gana. La gente piensa que la salvación ha de ser el resultado de algún acto o sentimiento, muy misterioso, y muy difícil; pero los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, ni sus caminos son nuestros caminos. Para que aun los más débiles y los más ignorantes puedan ser salvos, él ha hecho el camino de la salvación tan fácil como el a, b, c. No hay en él nada que confunda a nadie; solo que, como todos esperan quedar confundidos por él, muchos quedan del todo desconcertados cuando lo hallan tan sumamente sencillo.
El hecho es que no creemos que Dios diga en serio lo que dice; obramos como si no pudiera ser verdad.
He oído de un maestro de escuela dominical que realizó un experimento que no creo que jamás intente con niños, pues podría resultar muy costoso. En verdad, tengo la certeza de que en mi caso el resultado sería muy distinto del que ahora describo. Este maestro había estado tratando de ilustrar qué era la fe, y, como no lograba metérselo en la cabeza a sus muchachos, tomó su reloj, y dijo: «Ahora, te voy a dar este reloj, Juan. ¿Lo quieres?» Juan se puso a pensar qué querría decir el maestro, y no se apoderó del tesoro, sino que no respondió nada. El maestro le dijo al siguiente muchacho: «Enrique, aquí tienes el reloj. ¿Lo quieres?» El muchacho, con muy debida modestia, respondió: «No, gracias, señor.» El maestro probó con varios de los muchachos con el mismo resultado; hasta que por fin un chiquillo, que no era tan sabio ni tan reflexivo como los demás, pero sí algo más crédulo, dijo de la manera más natural: «Gracias, señor», y se metió el reloj en el bolsillo. Entonces los demás muchachos despertaron a un hecho asombroso: su compañero había recibido un reloj que ellos habían rehusado. Uno de los muchachos preguntó enseguida al maestro: «¿Se lo queda?» «Por supuesto que sí», dijo el maestro, «se lo ofrecí, y él lo aceptó. Yo no daría una cosa para luego quitarla: eso sería una gran necedad. Puse el reloj delante de ustedes, y dije que se lo daba, pero ninguno lo quiso.» «¡Ah!», dijo el muchacho, «si hubiera sabido que hablaba en serio, lo habría tomado.» Por supuesto que sí. Pensó que era una especie de actuación, y nada más. Todos los demás muchachos estaban en un terrible estado de ánimo al pensar que habían perdido el reloj. Cada uno exclamaba: «Maestro, no sabía que hablaba en serio, pero pensé—« Ninguno tomó el regalo; pero cada uno pensó. Cada uno tenía su teoría, salvo el muchacho de corazón sencillo que creyó lo que se le dijo, y obtuvo el reloj. Ahora bien, ojalá pudiera yo ser siempre un niño tan sencillo como para creer literalmente lo que el Señor dice, y tomar lo que él pone delante de mí, descansando muy contento de que no está jugando conmigo, y de que no puedo equivocarme al aceptar lo que él me presenta en el evangelio. ¡Cuán felices seríamos si confiáramos, y no planteáramos preguntas de ninguna clase! Pero, ¡ay!, nos empeñamos en pensar y dudar. Cuando el Señor levanta a su amado Hijo delante de un pecador, ese pecador debería tomarlo sin vacilar. Si lo tomas, lo tienes; y nadie podrá quitártelo. ¡Extiende la mano, hombre, y tómalo de una vez!
Cuando los que indagan aceptan la Biblia como literalmente verdadera, y ven que Jesús es realmente dado a todos los que confían en él, toda la dificultad para entender el camino de la salvación se desvanece como la escarcha de la mañana al levantarse el sol.
Dos personas que indagaban vinieron a verme a mi sacristía. Habían estado oyendo el evangelio de mis labios por solo un breve tiempo, pero habían quedado hondamente impresionadas por él. Expresaron su pesar de estar a punto de mudarse muy lejos, pero añadieron su gratitud por haberme oído siquiera. Me animaron sus amables palabras de agradecimiento, pero sentí ansiedad de que se obrara en ellas algo más eficaz, y por eso les pregunté: «¿Han creído de veras en el Señor Jesucristo? ¿Están salvas?» Una de ellas respondió: «He estado esforzándome mucho por creer.» Esta afirmación la he oído muchas veces, pero jamás la dejaré pasar sin ponerla en cuestión. «No», dije, «eso no sirve. ¿Alguna vez le dijiste a tu padre que tratabas de creerle?» Después de haberme detenido un rato en el asunto, admitieron que semejante lenguaje habría sido un insulto a su padre. Entonces les expuse el evangelio con toda claridad, en el lenguaje más sencillo que pude, y les rogué que creyeran a Jesús, que es más digno de fe que el mejor de los padres. Una de ellas respondió: «No logro hacerlo mío: no logro sentir que estoy salva.» Entonces proseguí diciendo: «Dios da testimonio de su Hijo, de que todo el que confía en su Hijo es salvo. ¿Le harás ahora mentiroso, o creerás su palabra?» Mientras así hablaba, una de ellas se sobresaltó como asombrada, y nos sobresaltó a todos al exclamar: «¡Oh señor, lo veo todo; estoy salva! ¡Oh, bendiga a Jesús por mí; él me ha mostrado el camino, y me ha salvado! Lo veo todo.» La estimada hermana que había traído a estas jóvenes amigas se arrodilló con ellas mientras, con todo nuestro corazón, bendecíamos y engrandecíamos al Señor por un alma traída a la luz. Una de las dos hermanas, sin embargo, no pudo ver el evangelio como lo había visto la otra, aunque tengo la certeza de que lo hará dentro de poco. ¿No parecía extraño que, oyendo ambas las mismas palabras, una saliera a la luz clara, y la otra permaneciera en la penumbra? El cambio que sobreviene al corazón cuando el entendimiento aprehende el evangelio a menudo se refleja en el rostro, y brilla allí como la luz del cielo. Tales almas recién iluminadas suelen exclamar: «¡Vaya, señor, es tan claro; ¿cómo es que no lo había visto antes de ahora? Ahora entiendo todo lo que he leído en la Biblia, aunque antes no lograba comprenderlo. Todo ha venido en un minuto, y ahora veo lo que nunca antes pude entender.» El hecho es que la verdad siempre fue clara, pero ellos buscaban señales y prodigios, y por eso no veían lo que tenían cerca. Los ancianos a menudo buscan sus anteojos cuando los tienen sobre la frente; y es cosa común observar que no vemos lo que tenemos derecho delante. Cristo Jesús está delante de nuestro rostro, y solo tenemos que mirarle, y vivir; pero hacemos de ello toda suerte de enredo, y así fabricamos un laberinto de lo que es más claro que el agua.
El pequeño incidente de las dos hermanas me trae a la memoria otro. Una amiga muy estimada vino a mí un domingo por la mañana después del culto, para estrecharme la mano, «pues», dijo ella, «cumplí cincuenta años el mismo día que usted. Me parezco a usted en esa sola cosa, señor; pero soy todo lo contrario de usted en las cosas mejores.» Yo observé: «Entonces debe de ser usted una mujer muy buena; pues en muchas cosas quisiera yo también poder ser lo contrario de lo que soy.» «No, no», dijo ella, «no quise decir nada de esa clase: no estoy nada bien.» «¡Cómo!», exclamé, «¿no es usted creyente en el Señor Jesús?» «Bueno», dijo ella, con mucha emoción, «yo, yo trataré de serlo.» Le tomé la mano, y dije: «Mi querida alma, ¿no irá usted a decirme que tratará de creer en mi Señor Jesús? No puedo admitir de usted semejante lenguaje. Significa pura incredulidad. ¿Qué ha hecho ÉL para que hable usted de él de esa manera? ¿Me diría a mí que trataría de creerme? Sé que no me trataría con tanta descortesía. Me tiene usted por un hombre veraz, y por eso me cree al instante; y de seguro no puede hacer menos con mi Señor Jesús.» Entonces, con lágrimas, exclamó: «¡Oh, señor, ore por mí!» A esto respondí: «No siento que pueda hacer nada de eso. ¿Qué puedo pedirle al Señor Jesús que haga por quien no quiere confiar en él? No veo motivo por el cual orar. Si usted quiere creerle, será salva; y si no quiere creerle, no puedo pedirle a él que invente un camino nuevo para complacer su incredulidad.» Entonces dijo de nuevo: «Trataré de creer»; pero le dije solemnemente que no aceptaría nada de su tratar; porque el mensaje del Señor no mencionaba el «tratar», sino que decía: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salva.» Le insistí en la gran verdad de que «el que cree en él, tiene vida eterna»; y en su terrible reverso: «el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios.» La urgí a la plena fe en el Señor una vez crucificado pero ahora ascendido, y el Espíritu Santo la capacitó allí mismo para confiar. Con la mayor ternura dijo: «¡Oh, señor, he estado mirando a mis sentimientos, y este ha sido mi error! Ahora confío mi alma a Jesús, y estoy salva.» Halló paz inmediata por medio del creer. No hay otro camino.
A Dios le ha placido hacer que las necesidades de la vida sean asuntos muy sencillos. Debemos comer; y aun un ciego puede hallar el camino a su boca. Debemos beber; y aun el más diminuto bebé sabe cómo hacerlo sin que se le enseñe. Tenemos una fuente en los terrenos del Orfanato de Stockwell, y cuando corre en el tiempo caluroso, los niños acuden a ella con naturalidad. No tenemos ninguna clase de instrucción para beber de la fuente. Muchos pobres niños han llegado al Orfanato, pero ni uno solo tan ignorante que no supiera beber. Ahora bien, la fe es, en las cosas espirituales, lo que el comer y el beber son en las cosas temporales. Por la boca de la fe recibimos las bendiciones de la gracia en nuestra naturaleza espiritual, y son nuestras. Oh, tú que quisieras creer, pero piensas que no puedes, ¿no ves que, así como se puede beber sin fuerza, y se puede comer sin fuerza, y por el comer se cobra fuerza, así podemos recibir a Jesús sin esfuerzo, y al aceptarlo recibimos poder para todo esfuerzo ulterior que se nos llame a realizar?
La fe es asunto tan sencillo que, cada vez que trato de explicarla, temo mucho no vaya a nublar su sencillez. Cuando Thomas Scott hubo impreso sus notas sobre «El Progreso del Peregrino», le preguntó a una de sus feligresas si entendía el libro. «Oh sí, señor», dijo ella, «entiendo bastante bien al señor Bunyan, y espero que algún día, por la gracia divina, llegue a entender sus explicaciones de usted.» ¿No habría de sentirme mortificado si mi lector supiera qué es la fe, y luego se confundiera con mi explicación? No obstante, haré un intento, y pediré al Señor que la haga clara.
Me han contado que en cierto camino de las tierras altas había un derecho de paso en disputa. El propietario deseaba preservar su dominio, y al mismo tiempo no deseaba incomodar al público: de ahí un arreglo que dio ocasión al siguiente incidente. Al ver a una dulce muchacha campesina de pie junto al portón, un viajero se le acercó, y le ofreció un chelín para que le permitiera pasar. «No, no», dijo la niña, «no debo aceptar nada de usted; pero ha de decir: 'Por favor, permítame pasar', y entonces podrá pasar y bienvenido.» El permiso había de pedirse; pero podía obtenerse con solo pedirlo. Justamente así, la vida eterna es gratuita; y puede tenerse, sí, se tendrá de inmediato, confiando en la palabra de aquel que no puede mentir. Confía en Cristo, y por esa confianza asirás la salvación y la vida eterna. No filosofes. No te sientes a atormentar tu pobre cabeza. Simplemente cree a Jesús como creerías a tu padre. Confía en él como confías tu dinero a un banquero, o tu salud a un médico.
La fe no te parecerá por mucho tiempo una dificultad; ni debería serlo, pues es sencilla.
La fe es confiar, confiar por entero en la persona, la obra, el mérito y el poder del Hijo de Dios. Algunos piensan que este confiar es un asunto novelesco, pero en verdad es la cosa más sencilla que pueda haber. Para algunos de nosotros, verdades que antes eran difíciles de creer son ahora hechos que nos costaría mucho poner en duda. Si uno de nuestros bisabuelos se levantara de entre los muertos, y llegara al estado presente de las cosas, ¡cuánto habría de confiar! Diría mañana por la mañana: «¿Dónde están el pedernal y el eslabón? Quiero una luz»; y le daríamos una cajita con diminutas piezas de madera dentro, y le diríamos que frotara una de ellas contra la caja. Mucho tendría que confiar antes de creer que así se produciría fuego. Luego le diríamos: «Ahora que tienes una luz, abre esa llave, y enciende el gas.» Él no ve nada. ¿Cómo puede venir luz a través de un vapor invisible? Y sin embargo así es. «Ven con nosotros, abuelo. Siéntate en esa silla. Mira esa caja que tienes enfrente. Tendrás tu retrato en un momento.» «No, hijo», diría, «es ridículo. ¿El sol tomar mi retrato? No puedo creerlo.» «Sí, y viajarás cincuenta millas en una hora sin caballos.» No lo creerá hasta que lo subamos al tren. «Mi querido señor, hablarás con tu hijo en Nueva York, y él te responderá en unos minutos.» ¿No dejaríamos atónito al buen anciano? ¿No necesitaría toda su fe? Sin embargo, estas cosas las creemos nosotros sin esfuerzo, porque la experiencia nos ha familiarizado con ellas. Vosotros que sois extraños a las cosas espirituales tenéis gran necesidad de la fe; parecéis perdidos mientras hablamos de ellas. Pero, oh, ¡cuán sencillas son para quienes tenemos la vida nueva, y tenemos comunión con las realidades espirituales! Tenemos un Padre a quien hablamos, y él nos oye, y un bendito Salvador que oye los anhelos de nuestro corazón, y nos ayuda en nuestras luchas contra el pecado. Todo es claro para el que entiende. ¡Que ahora sea claro para ti!