Junto a la puerta estrecha ·La fe en la Persona del Señor Jesús.

Capítulo 3 · 11 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La fe en la Persona del Señor Jesús.

Hay entre los hombres una desdichada tendencia a dejar a Cristo mismo fuera del evangelio. Sería igual que dejar la harina fuera del pan. Los hombres oyen explicar el camino de la salvación, y consienten en él por ser conforme a la Escritura, y en todo sentido tal como conviene a su caso; pero olvidan que un plan de nada sirve a menos que se lleve a cabo; y que en el asunto de la salvación su propia fe personal en el Señor Jesús es esencial. Un camino a York no me llevará allá, he de recorrerlo yo mismo. Toda la sana doctrina que jamás se haya creído nunca salvará a un hombre a menos que ponga su confianza en el Señor Jesús por sí mismo.

El señor Macdonald preguntó a los habitantes de la isla de San Kilda cómo ha de ser salvo un hombre. Un anciano respondió: «Seremos salvos si nos arrepentimos, y abandonamos nuestros pecados, y nos volvemos a Dios.» «Sí», dijo una mujer de mediana edad, «y con corazón sincero también.» «Cierto», añadió un tercero, «y con oración»; y agregó un cuarto: «Ha de ser la oración del corazón.» «Y hemos de ser diligentes también», dijo un quinto, «en guardar los mandamientos.» Así, habiendo aportado cada uno su granito, y sintiendo que se había compuesto un credo bastante decente, todos miraban y aguardaban la aprobación del predicador; pero habían despertado en él su más honda compasión: tuvo que empezar por el principio, y predicarles a Cristo. La mente carnal siempre traza para sí un camino en el que el yo puede obrar y hacerse grande; pero el camino del Señor es todo lo contrario. El Señor Jesús lo expresa de manera muy compacta en Marcos xvi. 16: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo.» El creer y el ser bautizado no son cosas de mérito de que jactarse; son tan sencillas que la jactancia queda excluida, y la gracia gratuita se lleva la palma. Este camino de salvación fue escogido para que se viera que es solo de gracia. Puede ser que el lector no esté salvo: ¿cuál es la razón? ¿Te parece dudoso el camino de la salvación, tal como se expone en el texto que hemos citado? ¿Temes que no serías salvo si lo siguieras? ¿Cómo puede ser eso, cuando Dios ha empeñado su propia palabra en cuanto a su certeza? ¿Cómo puede fallar aquello que Dios prescribe, y acerca de lo cual él da una promesa? ¿Te parece muy fácil? Entonces, ¿por qué no le prestas atención? Su facilidad deja sin excusa a quienes lo descuidan. Si estuvieras dispuesto a hacer alguna gran cosa, no seas tan necio como para descuidar la pequeña. Creer es confiar, o apoyarse en Cristo Jesús; en otras palabras, renunciar a la confianza en uno mismo, y descansar en el Señor Jesús. Ser bautizado es someterse a la ordenanza que nuestro Señor cumplió en el Jordán, a la cual se sometieron los convertidos en Pentecostés, a la cual el carcelero prestó obediencia en la misma noche de su conversión. Es la confesión externa que siempre debería acompañar a la fe interior. La señal externa no salva; pero nos presenta nuestra muerte, sepultura y resurrección con Jesús, y, como la Cena del Señor, no ha de ser descuidada.

Lo importante es creer en Jesús, y confesar tu fe. ¿Crees en Jesús? Entonces, querido amigo, despide tus temores; serás salvo. ¿Sigues siendo un incrédulo? Pues recuerda, hay una sola puerta, y si no quieres entrar por ella, perecerás en tus pecados. La puerta está ahí; pero a menos que entres por ella, ¿de qué te sirve? Es de necesidad que obedezcas el mandato del evangelio. Nada puede salvarte si no oyes la voz de Jesús, y haces lo que él ordena de veras y en verdad. Pensar y resolverse no cumplirá el propósito; has de llegar a lo real; pues solo en la medida en que de veras creas vivirás verdaderamente para Dios.

Oí hablar de un amigo que deseaba profundamente ser el medio para la conversión de un joven, y alguien le dijo: «Puedes ir a él, y hablarle, pero no lo harás avanzar más; porque conoce sobradamente bien el plan de la salvación.» Y así era en grado eminente; y por eso, cuando nuestro amigo empezó a hablar con el joven, recibió por respuesta: «Le agradezco mucho, pero no sé si podrá decirme gran cosa, pues hace tiempo que conozco y admiro el plan de la salvación por el sacrificio sustitutorio de Cristo.» ¡Ay! descansaba en el plan, pero no había creído en la Persona. El plan de la salvación es de lo más bendito, pero de nada nos aprovecha a menos que personalmente creamos en el mismo Señor Jesucristo. ¿De qué sirve el plano de una casa si no entras en la casa misma? El hombre de nuestro grabado, que está sentado afuera bajo la lluvia, no saca mucho consuelo de los planos que tiene extendidos ante sí. ¿De qué sirve el patrón de un vestido si no tienes ni un harapo con que cubrirte? ¿Nunca has oído hablar del jeque árabe de El Cairo, que estaba muy enfermo, y fue al misionero, y el misionero le dijo que podía darle una receta? Se la dio; y una semana después halló al árabe nada mejor. «¿Tomaste mi receta?» le preguntó. «Sí, me comí hasta la última migaja del papel.» Soñó que iba a ser curado devorando el escrito del médico, al que podría llamar el plan de la medicina. Debió haber hecho que le prepararan la receta, y entonces habría podido hacerle bien, si hubiera tomado la poción: de nada podía servirle tragarse la fórmula. Así ocurre con la salvación: no es el plan de la salvación lo que puede salvar, es la ejecución de ese plan por el Señor Jesús en su muerte a nuestro favor, y nuestra aceptación de la misma. Bajo la ley judía, el oferente traía un becerro, y ponía sus manos sobre él: no era un sueño, ni una teoría, ni un plan. En la víctima para el sacrificio hallaba algo sustancial, que podía manejar y tocar: así también nosotros nos apoyamos en la obra real y verdadera de Jesús, la cosa más sustancial que hay debajo del cielo. Venimos al Señor Jesús por la fe, y decimos: «Dios ha provisto aquí una expiación, y yo la acepto. Creo en el hecho consumado en la cruz; estoy seguro de que el pecado fue quitado por Cristo, y descanso en él.» Si quieres ser salvo, has de ir más allá de la aceptación de planes y doctrinas, hasta un descansar en la persona divina y en la obra consumada del Señor Jesucristo. Querido lector, ¿recibirás ahora a Cristo?

Jesús invita a todos los que trabajan y están cargados a venir a él, y él les hará descansar. No promete esto a quienes meramente sueñan con él. Han de venir; y han de venir A ÉL, y no meramente a la Iglesia, al bautismo, o a la fe ortodoxa, o a cualquier cosa que se quede corta de su persona divina. Cuando la serpiente de bronce fue levantada en el desierto, el pueblo no había de mirar a Moisés, ni al Tabernáculo, ni a la columna de nube, sino a la serpiente de bronce misma. El mirar no bastaba a menos que miraran al objeto correcto: y el objeto correcto no bastaba a menos que miraran. No les bastaba con saber acerca de la serpiente de bronce; cada uno debía mirarla por sí mismo. Cuando un hombre está enfermo, puede tener un buen conocimiento de la medicina, y sin embargo morir si no toma de hecho la poción que sana. Debemos recibir a Jesús; porque «a todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios.» Pon el énfasis en dos palabras: Debemos recibirLE A ÉL, y debemos RECIBIRle. Debemos abrir la puerta de par en par, y hacer entrar a Cristo Jesús; porque «Cristo en vosotros» es «la esperanza de gloria.» Cristo no ha de ser para nosotros ningún mito, ningún sueño, ningún fantasma, sino un hombre real, y verdaderamente Dios; y nuestra recepción de él no ha de ser una aceptación forzada y fingida, sino el asentimiento y consentimiento cordial y gozoso del alma que él sea el todo en todo de nuestra salvación. ¿No vendremos de inmediato a él, y le haremos nuestra única confianza?

La paloma es acosada por el halcón, y no halla seguridad frente a su inquieto enemigo. Ha aprendido que hay refugio para ella en la hendidura de la peña, y allí se apresura con ala gozosa. Una vez del todo resguardada dentro de su refugio, no teme ave de rapiña alguna. Pero si no se escondiera en la peña, sería apresada por su adversario. La peña de nada le serviría a la paloma, si la paloma no entrara en su hendidura. Todo el cuerpo ha de esconderse en la peña. ¿Qué importaría que otras diez mil aves hallaran allí una fortaleza, si ese hecho no salvaría a la única paloma que ahora es perseguida por el halcón? Ha de meterse toda entera en el refugio, y sepultarse dentro de su amparo, o su vida quedará entregada al destructor.

¡Qué cuadro de la fe es este! Es entrar en Jesús, esconderse en sus heridas.

«Roca de la eternidad, hendida para mí, déjame esconderme en ti.»

La paloma está fuera de vista: solo se ve la peña. Así se lanza el alma culpable, por la fe, al costado herido de Jesús, y queda sepultada en él fuera de la vista de la justicia vengadora. Pero ha de haber esta aplicación personal a Jesús en busca de amparo; y esto es lo que tantos aplazan día tras día, hasta que es de temer que «morirán en sus pecados.» ¡Qué palabra tan espantosa! Es lo que nuestro Señor dijo a los judíos incrédulos; y lo mismo nos dice a nosotros en esta hora: «si no creyereis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.» A uno le hace estremecer el corazón pensar que aun alguno que lea estas líneas pueda todavía ser de la desdichada compañía que así perecerá. ¡Que el Señor lo impida por su gran gracia!

Vi, el otro día, un cuadro notable, que usaré como ilustración del camino de salvación por la fe en Jesús. Un delincuente había cometido un crimen por el cual debía morir, pero era en los tiempos antiguos, cuando las iglesias se consideraban santuarios en los que los criminales podían esconderse, y así escapar de la muerte. ¡Mira al transgresor! Corre hacia la iglesia, los guardias lo persiguen con las espadas desenvainadas, sedientos de su sangre. Lo siguen hasta la misma puerta de la iglesia. Sube corriendo los escalones, y justo cuando están a punto de alcanzarlo, y de hacerlo pedazos en el umbral de la iglesia, sale el Obispo, y alzando la cruz, exclama: «¡Atrás, atrás! ¡No manchéis con sangre los recintos de la casa de Dios! ¡Atrás!» Al instante los fieros soldados respetan el emblema, y se retiran, mientras el pobre fugitivo se esconde tras las vestiduras del Obispo. Así es también con Cristo. El pecador culpable huye derecho a Jesús; y aunque la Justicia lo persigue, Cristo levanta sus manos heridas, y clama a la Justicia: «¡Atrás! Yo amparo a este pecador; en lo secreto de mi tabernáculo lo escondo; no permitiré que perezca, porque ha puesto su confianza en mí.» ¡Pecador, huye a Cristo! Pero respondes: «Soy demasiado vil.» Cuanto más vil eres, más lo honrarás al creer que él es capaz de proteger aun a ti. «Pero soy un pecador tan grande.» Entonces más honra se le dará a él si tienes fe para confiar en él, por gran pecador que seas. Si tienes una pequeña dolencia, y le dices a tu médico: «Señor, tengo plena confianza en su pericia para sanar», no hay gran cumplido en tu declaración. Cualquiera puede curar un dolor de dedo, o una dolencia insignificante. Pero si estás gravemente enfermo con una complicación de males que te atormentan penosamente, y dices: «Señor, no busco mejor médico; no pediré otro consejo que el suyo; me confío a usted con gozo», ¡qué honra le has conferido, al poder confiar tu vida en sus manos mientras está en peligro extremo e inmediato! Haz lo mismo con Cristo; pon tu alma a su cuidado: hazlo deliberadamente, y sin duda alguna. Atrévete a dejar todas las demás esperanzas: arriésgalo todo en Jesús; digo «arriésgalo» aunque en realidad no hay nada de arriesgado en ello, pues él es abundantemente poderoso para salvar. Échate sencillamente sobre Jesús; que nada sino la fe haya en tu alma hacia Jesús; créele, y confía en él, y jamás serás avergonzado de tu confianza. «El que creyere en él, no será confundido» (1 Pedro ii. 6).


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Junto a la puerta estrecha Charles H. Spurgeon

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