Capítulo 2 · 8 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Solo Jesús.
Nunca podremos decir con demasiada frecuencia ni demasiada claridad al alma que busca que su única esperanza de salvación está en el Señor Jesucristo. Está en él por completo, únicamente, y solo en él. Para salvar tanto de la culpa como del poder del pecado, Jesús es del todo suficiente. Su nombre se llama Jesús, porque «él salvará a su pueblo de sus pecados.» «El Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados.» Él es exaltado en lo alto «para dar arrepentimiento y remisión de pecados.» Plugo a Dios desde la antigüedad idear un método de salvación que estuviera todo él contenido en su Hijo unigénito. El Señor Jesús, para llevar a cabo esta salvación, se hizo hombre, y hallado en la condición como hombre, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Si otro camino de liberación hubiera sido posible, la copa de amargura habría pasado de él. Es de razón que el amado del cielo no habría muerto para salvarnos si hubiéramos podido ser rescatados a menor costo. La gracia infinita proveyó el gran sacrificio; el amor infinito se sometió a la muerte por amor a nosotros. ¿Cómo podemos soñar que pueda haber otro camino que el que Dios ha provisto a tan gran precio, y expuesto en la Santa Escritura tan sencilla y apremiantemente? De seguro es verdad que «en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.»
Suponer que el Señor Jesús solo ha salvado a los hombres a medias, y que se requiere alguna obra o sentimiento propio de ellos para completar su obra, es perverso. ¿Qué hay de nuestro que pudiera añadirse a su sangre y a su justicia? «Todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia.» ¿Pueden estos remendarse sobre el costoso tejido de su justicia divina? ¡Harapos y fino lino blanco! ¡Nuestra escoria y su oro puro! Es un insulto al Salvador soñar tal cosa. Ya hemos pecado bastante, sin añadir esto a todas nuestras demás ofensas.
Aun si tuviéramos alguna justicia de la cual jactarnos; si nuestras hojas de higuera fueran más anchas de lo común, y no tan del todo marchitas, sería sabiduría echarlas a un lado, y aceptar aquella justicia que ha de ser mucho más agradable a Dios que cualquier cosa nuestra. El Señor ha de ver más de aceptable en su Hijo que en el mejor de nosotros. ¡El mejor de nosotros! Las palabras parecen satíricas, aunque no fue esa la intención. ¿Qué hay de mejor en cualquiera de nosotros? «No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno.» Yo, que escribo estas líneas, confesaría de la manera más franca que no tengo ni una hebra de bondad propia. No podría reunir ni siquiera un harapo, ni el pedazo de un harapo. Estoy del todo desprovisto. Pero aunque tuviera el más hermoso traje de buenas obras que aun el orgullo pueda imaginar, lo rasgaría para no vestir sino los vestidos de salud, que el Señor Jesús da gratuitamente, del guardarropa celestial de sus propios méritos.
Es de lo más glorificador para nuestro Señor Jesucristo que esperemos de él solo todo bien. Esto es tratarle como merece ser tratado; porque siendo él Dios, y fuera de él no hay otro, estamos obligados a mirar a él y ser salvos.
Esto es tratarle como a él le gusta ser tratado, pues invita a todos los que trabajan y están cargados a venir a él, y él les hará descansar. Imaginar que no puede salvar hasta lo sumo es limitar al Santo de Israel, y poner en entredicho su poder; o si no, calumniar el corazón amoroso del Amigo de los pecadores, y arrojar una duda sobre su amor. En cualquiera de los dos casos, cometeríamos un pecado cruel y gratuito contra los puntos más delicados de su honor, que son su capacidad y su disposición para salvar a todos los que por él se allegan a Dios.
La niña, en peligro por el fuego, simplemente se aferra al bombero, y confía solo en él. No plantea pregunta alguna sobre la fuerza de sus miembros para cargarla, ni sobre el celo de su corazón para rescatarla; sino que se aferra. El calor es terrible, el humo la ciega, pero ella se aferra; y su libertador pronto la lleva a lugar seguro. Con esa misma confianza de niño aférrate a Jesús, quien puede sacarte, y te sacará, del peligro de las llamas del pecado.
La naturaleza del Señor Jesús debería inspirarnos la más plena confianza. Como es Dios, es todopoderoso para salvar; como es hombre, está lleno de toda plenitud para bendecir; como es Dios y hombre en una sola Persona majestuosa, se encuentra con el hombre en su condición de criatura y con Dios en su santidad. La escalera es lo bastante larga para llegar desde Jacob postrado en tierra hasta Jehová reinando en el cielo. Traer otra escalera sería suponer que él no logró salvar la distancia; y esto sería deshonrarle gravemente. Si aun añadir a sus palabras es acarrear una maldición sobre nosotros mismos, ¿qué será pretender añadir a él mismo? Recuerda que él mismo es el Camino; y suponer que debemos, de alguna manera, añadir al camino divino, es ser lo bastante arrogante como para pensar en añadir a él. ¡Fuera con semejante idea! Aborrécela como aborrecerías la blasfemia; pues en esencia es la peor de las blasfemias contra el Señor del amor.
Venir a Jesús con un precio en la mano sería una soberbia insoportable, aun si tuviéramos algún precio que pudiéramos traer. ¿Qué necesita él de nosotros? ¿Qué podríamos traer si lo necesitara? ¿Vendería acaso las inapreciables bendiciones de su redención? Aquello que forjó con la sangre de su corazón, ¿lo trocaría con nosotros por nuestras lágrimas, y votos, o por observancias ceremoniales, y sentimientos, y obras? Él no está reducido a comerciar consigo mismo: dará gratuitamente, como corresponde a su amor real; pero el que le ofrece un precio no sabe con quién trata, ni cuán gravemente contrista su Espíritu libre. Los pecadores de manos vacías pueden tener cuanto quieran. Todo lo que posiblemente puedan necesitar está en Jesús, y él lo da con solo pedirlo; pero debemos creer que él es el todo en todo, y no debemos atrevernos a musitar una palabra acerca de completar lo que él ha consumado, ni de hacernos aptos para lo que él nos da como a pecadores indignos.
La razón por la cual podemos esperar el perdón del pecado, y la vida eterna, por la fe en el Señor Jesús, es que Dios así lo ha dispuesto. Él se ha comprometido en el evangelio a salvar a todos los que verdaderamente confían en el Señor Jesús, y jamás se volverá atrás de su promesa. Se agrada tanto de su Hijo unigénito, que se complace en todos los que se asen de él como su única y sola esperanza. El gran Dios mismo se ha asido de aquel que se ha asido de su Hijo. Él obra la salvación para todos los que buscan esa salvación en el Redentor que una vez fue inmolado. Por la honra de su Hijo, no permitirá que el hombre que confía en él sea avergonzado. «El que cree en el Hijo, tiene vida eterna;» pues el Dios siempre vivo lo ha tomado para sí, y le ha concedido ser partícipe de su vida. Si solo Jesús es tu confianza, no debes temer sino que serás salvo eficazmente, tanto ahora como en el día de su venida.
Cuando un hombre confía, hay un punto de unión entre él y Dios, y esa unión garantiza la bendición. La fe nos salva porque nos hace aferrarnos a Cristo Jesús, y él es uno con Dios, y así nos pone en conexión con Dios. Me han contado que, hace años, más arriba de las Cataratas del Niágara, se volcó una barca, y dos hombres eran arrastrados por la corriente, cuando personas en la orilla lograron hacer llegar flotando una cuerda hasta ellos, cuerda que ambos asieron. Uno de ellos se sostuvo firme de ella, y fue llevado a salvo hasta la ribera; pero el otro, viendo venir flotando un gran tronco, imprudentemente soltó la cuerda, y se aferró al gran madero, pues era la cosa más grande de las dos, y al parecer mejor para aferrarse a ella. ¡Ay! el madero, con el hombre encima, se fue de lleno por el vasto abismo, porque no había unión entre la madera y la orilla. El tamaño del tronco de nada le sirvió al que se asió de él; hacía falta una conexión con la orilla para dar seguridad. Así, cuando un hombre confía en sus obras, o en sus oraciones, o limosnas, o en los sacramentos, o en cualquier cosa por el estilo, no será salvo, porque no hay enlace entre él y Dios por medio de Cristo Jesús; pero la fe, aunque parezca ser como un cordel delgado, está en la mano del gran Dios del lado de la orilla; un poder infinito recoge la línea que une, y así saca al hombre de la destrucción. ¡Oh, la bienaventuranza de la fe, porque nos une a Dios por medio del Salvador que él ha designado, Jesucristo mismo! Oh lector, ¿no hay sentido común en este asunto? Piénsalo bien, y ojalá pronto haya un lazo de unión entre tú y Dios, por medio de tu fe en Cristo Jesús.