Junto a la puerta estrecha ·El despertar.

Capítulo 1 · 7 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El despertar.

Un gran número de personas no se preocupa en absoluto por las cosas eternas. Les importan más sus gatos y sus perros que sus propias almas. Es una gran misericordia ser llevado a pensar en nosotros mismos, y en cómo estamos delante de Dios y del mundo eterno. Esto es, muy a menudo, una señal de que la salvación se acerca a nosotros. Por naturaleza no nos gusta la inquietud que nos causa la preocupación espiritual, y tratamos, como los perezosos, de volver a dormirnos. Esto es una gran necedad; porque es a riesgo nuestro que jugamos con las cosas cuando la muerte está tan cerca, y el juicio es tan seguro. Si el Señor nos ha escogido para la vida eterna, no nos dejará volver a nuestro sueño. Si somos sensatos, oraremos para que nuestra ansiedad por nuestras almas no llegue jamás a su fin hasta que estemos real y verdaderamente salvos. Digamos de todo corazón:—

«Aquel que sufrió en mi lugar, será mi Médico; no me dejaré consolar, hasta que Jesús me consuele.»

Sería algo espantoso descender soñando hasta el infierno, y allí alzar los ojos con un gran abismo fijado entre nosotros y el cielo. Igualmente terrible será ser despertado para huir de la ira que ha de venir, y luego sacudirse la influencia de la advertencia, y regresar a nuestra insensibilidad. He observado que quienes vencen sus convicciones y continúan en sus pecados no son movidos tan fácilmente la vez siguiente: cada despertar que se desperdicia deja al alma más adormecida que antes, y menos propensa a ser de nuevo estremecida hacia un sentimiento santo. Por eso nuestro corazón debería turbarse en gran manera ante la idea de deshacerse de su turbación de cualquier otra forma que no sea la correcta. A cierto hombre que tenía la gota le fue curada por una medicina de charlatán, que hundió la enfermedad hacia adentro, y el paciente murió. Ser curado de la angustia del alma por una falsa esperanza sería un asunto terrible: el remedio sería peor que la enfermedad. Mucho mejor es que la ternura de nuestra conciencia nos cause largos años de congoja, a que la perdamos, y perezcamos en la dureza de nuestro corazón.

Sin embargo, el despertar no es cosa en la que descansar, ni que se deba desear prolongar mes tras mes. Si me levanto sobresaltado, y hallo mi casa en llamas, no me siento en el borde de la cama, y me digo: «¡Espero estar verdaderamente despierto! ¡En verdad, estoy profundamente agradecido de no haber sido dejado dormir!» No, quiero escapar de la muerte que me amenaza, y por eso me apresuro a la puerta o a la ventana, para poder salir, y no perecer donde estoy. Sería un beneficio muy dudoso ser despertado, y con todo no escapar del peligro. Recuerda: el despertar no es la salvación. Un hombre puede saber que está perdido, y sin embargo no ser salvo jamás. Puede ser hecho reflexivo, y sin embargo morir en sus pecados. Si descubres que estás en bancarrota, el considerar tus deudas no las pagará. Un hombre puede examinar sus heridas todo el año, y no por ello estarán más cerca de sanar por más que sienta su escozor, y cuente su número. Es una treta del diablo tentar al hombre a contentarse con un sentimiento de pecado; y otra treta del mismo engañador insinuar que el pecador no puede contentarse con confiar en Cristo, a menos que pueda aportar cierta medida de desesperación para añadirla a la obra consumada del Salvador. Nuestros despertares no son para ayudar al Salvador, sino para ayudarnos a nosotros a llegar al Salvador. Imaginar que mi sentimiento de pecado ha de contribuir a quitar el pecado es absurdo. Es como si yo dijera que el agua no puede limpiar mi rostro a menos que hubiera mirado más largo rato en el espejo, y hubiera contado los tiznes de mi frente. Un sentido de la necesidad de ser salvo por gracia es una señal muy saludable; pero uno necesita sabiduría para usarla bien, y no hacer de ella un ídolo.

Algunos parecen como si se hubieran enamorado de sus dudas, y temores, y angustias. No hay manera de apartarlos de sus terrores: parecen casados con ellos. Se dice que la mayor dificultad con los caballos cuando sus establos se incendian es que no hay forma de hacerlos salir de sus casillas. Si tan solo siguieran tu guía, podrían escapar de las llamas; pero parecen paralizados por el miedo. Así, el miedo al fuego les impide escapar del fuego. Lector, ¿acaso tu mismo miedo a la ira que ha de venir te impedirá escapar de ella? Esperamos que no.

Cierto hombre que había estado mucho tiempo en prisión no quería salir. La puerta estaba abierta; pero suplicaba, incluso con lágrimas, que se le permitiera quedarse donde había estado tanto tiempo. ¡Aficionado a la prisión! ¡Casado con los cerrojos de hierro y la comida de la cárcel! ¡De seguro el preso debía de estar un poco tocado de la cabeza! ¿Estás dispuesto a seguir siendo un despertado, y nada más? ¿No estás ansioso por ser perdonado de inmediato? Si te empeñas en permanecer en la congoja y el pavor, de seguro tú también debes de estar un poco fuera de tu juicio. Si se puede tener paz, tenla de inmediato. ¿Por qué demorarte en la oscuridad del pozo, donde tus pies se hunden en el cieno del lodo? Hay luz para tener; luz maravillosa y celestial; ¿por qué yacer en las tinieblas y morir en la angustia? No sabes cuán cerca de ti está la salvación. Si lo supieras, de seguro extenderías tu mano y la tomarías, pues allí está; y se puede tener con solo tomarla.

No pienses que los sentimientos de desesperación te dispondrían para la misericordia. Cuando el peregrino, camino de la Puerta Estrecha, cayó en el Pantano del Desaliento, ¿crees que, cuando el sucio fango de aquel pantano se le pegó a las vestiduras, aquello fuera una recomendación para él, que le procurase una entrada más fácil a la cabecera del camino? No es así. El peregrino no lo creyó de ningún modo; ni tampoco lo creas tú. No es lo que sientes lo que te salvará, sino lo que Jesús sintió. Aun si hubiera algún valor sanador en los sentimientos, tendrían que ser buenos; y el sentimiento que nos hace dudar del poder de Cristo para salvar, y nos impide hallar en él la salvación, no es de ningún modo bueno, sino un cruel agravio al amor de Jesús.

Nuestro amigo ha venido a visitarnos, y ha atravesado nuestra atestada Londres en tren, o en tranvía, o en ómnibus. De repente palidece. Le preguntamos qué le pasa, y responde: «He perdido mi cartera, y contenía todo el dinero que tengo en el mundo.» Repasa la cantidad hasta el último centavo, y describe los cheques, las letras, los billetes y las monedas. Le decimos que debe de ser un gran consuelo para él conocer con tanta exactitud la magnitud de su pérdida. No parece ver el valor de nuestro consuelo. Le aseguramos que debería estar agradecido de tener una noción tan clara de su pérdida; pues muchas personas podrían haber perdido su cartera y haber sido del todo incapaces de calcular sus pérdidas. Nuestro amigo, sin embargo, no se anima en lo más mínimo. «No», dice, «conocer mi pérdida no me ayuda a recuperarla. Dime dónde puedo encontrar mi propiedad, y me habrás hecho un verdadero servicio; pero conocer mi pérdida sin más no es consuelo alguno.» De igual manera, creer que has pecado, y que tu alma está confiscada a la justicia de Dios, es algo muy correcto; pero no salvará. La salvación no consiste en conocer nuestra propia ruina, sino en asir plenamente la liberación provista en Cristo Jesús. Una persona que se niega a mirar al Señor Jesús, pero persiste en detenerse en su pecado y su ruina, nos recuerda a un muchacho que dejó caer un chelín por la reja abierta de una alcantarilla de Londres, y se quedó allí horas, hallando consuelo en decir: «¡Rodó justo por ahí! Justo entre esas dos barras de hierro lo vi bajar del todo.» ¡Pobre alma! Bien podría recordar largo tiempo los detalles de su pérdida antes de que de este modo recobrara un solo centavo en su bolsillo, con que comprarse un pedazo de pan. Ya ves el sentido de la parábola; sácale provecho.


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Junto a la puerta estrecha Charles H. Spurgeon

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