Amanda Smith: una autobiografía
Traslado a Pensilvania

Capítulo 4 · 16 min de lectura · 20 min de escucha

Traslado a Pensilvania

Después de que mi padre nos hubo liberado a todos y nos hubo establecido, quiso ir a ver a su hermano, que había huido en busca de su libertad varios años antes de que mi padre se comprara a sí mismo. Las leyes de Maryland de aquel tiempo decían que si un hombre libre salía del estado y se quedaba fuera más de diez días, perdía su residencia y podía ser apresado y vendido, a menos que interviniera algún blanco prominente; y aun así, a veces, con dificultad lograban librarlo. Pero muchas veces secuestraban a pobres hombres negros y los quitaban de en medio rápidamente. Porque los hombres que se dedicaban a ese negocio solían estar al acecho de buenas oportunidades. Toda la familia de mi madre vivía en Maryland. A ella le dolía dejar a su madre, mi querida abuela, y por eso nunca quiso consentir en irse al Norte. Pero cuando mi padre se fue a ver a su hermano y se quedó más de los diez días, ella pensó que lo mejor era irse. ¡Pobre madre! ¡Qué bien la recuerdo! Pasada una semana, ¡qué ansiosa estaba! Se sentaba junto al fuego casi toda la noche. Sé que era en el otoño, pero no puedo decir exactamente en qué año. Después de la muerte de mi padre, mi hermana, sin saber el valor de los papeles de libertad, dejó que los destruyeran todos. Todos estábamos inscritos en el juzgado de Baltimore. Muchas veces había visto a mi padre mostrar los papeles a la gente. Tenían un gran sello rojo —el sello del condado—, y mi padre, o cualquiera de nosotros cuando viajaba, tenía que mostrar los papeles de libertad. Pero esos no los tengo, así que no puedo decir el año ni la fecha. Pero, poco a poco, llegó el noveno día. Veía a mi madre pasearse por la habitación, mirar por la ventana y suspirar. Yo me levantaba de la cama y me sentaba en el rincón junto al fuego a observarla, y veía las grandes lágrimas cuando se las secaba con el delantal. Ella me decía: «Amanda, ¿por qué no te quedas en la cama?».

Yo ponía alguna excusa para quedarme con ella. A veces lloraba y decía que estaba enferma. Entonces me llamaba a su lado y me dejaba recostar la cabeza en su regazo; y no hay lugar en la tierra tan dulce para un niño como el regazo de su madre. Casi puedo sentir ahora, mientras escribo, el regazo tierno, cálido y suave como plumón de mi madre, porque así me parecía. Yo quería a mi padre y pensaba que era el hombre más grande que jamás había existido. Siempre fui la preferida de mi padre, y bien que lo sentía cuando él estaba fuera, y cuando veía llorar a mi madre, yo también lloraba. Habían pasado diez días, y mi padre todavía no había vuelto.

Cada día alguno de los buenos granjeros de los alrededores pasaba a preguntar si «Sam» había vuelto ya. Mi padre era muy respetado por todos los mejores blancos de aquella vecindad, y muchos de ellos no le habrían dicho nada; pero: «Si no se le decía nada a Sam, el de Insor, por salir del estado y quedarse fuera más de diez días, ¡todos los negros del condado harían lo mismo!».

Esa era, pues, la causa de las preguntas. ¡Ay, nadie sabe la tristeza y la angustia del corazón de mi pobre madre! Por fin llegó el día en que mi padre volvió. Entonces los amigos, blancos y negros, que le deseaban bien, le aconsejaron que se marchara lo más pronto posible. Y ahora, a deshacer la casa. Nos iba bien, y mi padre y mi madre tenían todo el trabajo que podían hacer. Los blancos de la vecindad eran amables y le daban a mi madre muchas cosas, así que los niños siempre teníamos de sobra qué comer y qué ponernos. Teníamos una casa, un buen terreno grande y un buen huerto, cerdos, gallinas y pavos. Y además mi madre era una gran administradora. Sabía hacer rendir lo poco muchísimo. Lavaba y planchaba de maravilla, y nunca levantó una olla mejor cocinera. Si yo tengo alguna habilidad en eso, la saqué de mi querida madre. Y además era una cristiana ferviente y tenía una fe firme en Dios, como también mi abuela. Era profundamente piadosa, una mujer de fe y oración maravillosas. Por la razón dicha, mis padres decidieron mudarse de Maryland, y así fueron a vivir a una granja propiedad de John Lowe, situada en el camino de peaje de Baltimore a York, en el estado de Pensilvania.

Tanto mi padre como mi madre sabían leer. Pero no recuerdo haberles oído contar nunca cómo aprendieron. Mi padre leía mejor de los dos. Siempre, el domingo por la mañana después del desayuno, nos llamaba a los niños a su alrededor y nos leía la Biblia. Yo

nunca lo vi sentarse a comer, por escasa que fuera la comida, sin pedir la bendición de Dios antes de comer. Mi madre era muy previsora y escrupulosamente ahorradora. Sabía preparar la mejor comida casi de la nada, mejor que nadie que yo haya visto en mi vida. Muchas veces alegraba el corazón de mi padre cuando él llegaba a casa por la noche y decía: «Bueno, madre, ¿cómo te ha ido hoy?».

«Muy bien», decía ella. A veces costaba mucho arreglárselas; pero los niños nunca tuvimos que acostarnos con hambre. Después de la cena, tantas veces de buena leche con gachas, nos llamaba a los niños y nos hacía rezar nuestras oraciones antes de acostarnos. No recuerdo ni una sola vez que me haya ido a la cama sin decir el Padrenuestro tal como me lo enseñó mi madre. Aun antes de ser libres me enseñaron a decir mis oraciones.

Fui a la escuela por primera vez a los ocho años, con la hija de un anciano ministro metodista llamado Henry Dull; mi maestra se llamaba Isabel Dull. Daba una pequeña escuela particular enfrente de donde vivía mi madre, en una casa particular que pertenecía a Isaac Hendricks (el abuelo del obispo Hendricks). Era muy amiga de mi madre, muy bonita y muy buena con nosotros, los niños. Ella me dio mi primera lección de deletreo. Solo había escuela en el verano. Tuve unas seis semanas. Primero aprendí a leer yo sola recortando letras grandes de los periódicos que mi padre traía a casa. Luego las ponía en la ventana y le pedía a mi madre que me las juntara para formar palabras, para poder leer. Nunca olvidaré lo contenta que me puse cuando leí por primera vez: «La casa, el árbol, el perro, la vaca». Creí que ya lo sabía todo. Llamaba a los otros niños a mi alrededor y les enseñaba cómo sabía leer. No volví a ir a la escuela hasta que tuve unos trece años. Entonces teníamos que caminar unas cinco millas, mi hermano y yo. En aquel tiempo había pocas personas de color en aquella parte del país que fueran a la escuela (escuela de blancos), solo unas cinco, y no iban con regularidad; pero mi padre y mi madre tenían tantas ganas de que fuéramos que nos animaban, y yo también tenía muchas ganas. Nunca olvidaré una fría mañana de invierno. El sol brillaba, la nieve estaba muy honda y hacía un frío cortante. Mi hermano no fue aquel día, pero yo quería ir. Mi madre pensaba que hacía demasiado frío; temía que me congelara; pero le dije que podía ir y, tras discutirlo un poco, me dijo que fuera. Me dijo que me pusiera las botas gruesas de mi hermano. Llevaba un buen par de medias gruesas,

un vestido abrigado de lana y lino, e iba bien envuelta. Allá me fui, a mi escuela a dos millas y media: la escuela de John Rule, en el camino de peaje. La primera media milla la hice bastante bien, buena parte cuesta arriba, pero, ¡oh, qué frío empecé a sentir!, y como iba tan envuelta no podía avanzar tan bien como había creído. Estuve a punto de morir congelada. Lo primero que pensé fue volverme, pero tenía demasiado coraje; temía que, si se lo decía a mi madre, no me dejara volver a ir, así que me callé y seguí. Cuando llegué a la puerta de la escuela, vi que no podía abrirla ni hablar, y un muchacho blanco se acercó y me dijo: «¿Por qué no entras?». Entonces me di cuenta de que no podía hablar, porque lo intenté y no pude. Él abrió la puerta, entré, alguien vino a quitarme las prendas de abrigo y me estuvieron atendiendo no sé cuánto tiempo, hasta que me recobré del entumecimiento. En invierno había muchísimas hijas de granjeros, muchachas grandes, y muchachos, así que la escuela se llenaba, de modo que, después de caminar dos millas y media, muchos días recibía una sola lección, y eso mientras los demás alumnos bajaban sus fiambreras y se ponían los abrigos. Todos los niños blancos tenían que recibir sus lecciones completas, y si sobraba tiempo, a los niños de color les tocaba su oportunidad. En total recibí unos tres meses de escuela.

A los trece años vivía en Strausburg —a veces la llamaban Shrewsbury—, a unas trece millas de York, en el camino de peaje de Baltimore a York. Vivía con una tal señora Latimer. Era una dama sureña, nacida en Savannah, Georgia. Era viuda, con cinco hijos. Era una buena colocación; la señora Latimer era muy buena conmigo y me iba muy bien. Fui a vivir allí en la primavera, y en algún momento del invierno estalló un gran avivamiento que duró semanas en la iglesia Allbright. Me interesó profundamente y me impresionó el espíritu de la reunión. Era un avivamiento a la antigua; se convirtieron decenas. Ninguna persona de color pasó adelante para que oraran por ella; había pocas en toda la vecindad. Un anciano llamado Moses Rainbow y sus dos hijos, Samuel y James, eran las únicas personas de color que vivían en tres o cuatro millas a la redonda del pueblo. Aquella reunión duró cuatro o cinco semanas. Cuando terminó, comenzó una serie de reuniones en la Iglesia Metodista.

Uno de los miembros era la señorita Mary Bloser, hija de George Bloser, muy conocido en toda aquella comarca por su profunda piedad y su carácter cristiano, como también lo era la señorita Mary. Ella era

poderosa en la oración. Nunca oí a una persona joven que supiera aferrarse así a Dios por las almas. Era un poder para bien dondequiera que iba. ¡A cuántas almas la he visto llevar a la Cruz!

Una noche, mientras hablaba con las personas de la congregación, se acercó a mí, una pobre muchacha de color sentada allá atrás junto a la puerta, y con ruegos y lágrimas, que de veras me llegaron, me pidió que pasara adelante. Yo era la única muchacha de color allí, pero fui. Ella se arrodilló a mi lado, me rodeó con el brazo y oró por mí. ¡Oh, cómo oró! Yo era ignorante, pero oré como mejor supe. La reunión terminó. Quise levantarme, pero vi que no podía tenerme en pie. Me sujetaron y me pusieron de pie. Parecía que me volvían las fuerzas, pero estaba asustada. Me daba miedo dar un paso. Me sentía tan ligera. En mi corazón había paz, pero no sabía ejercer la fe como debía. Volví a casa y resolví que sería del Señor y viviría para él. Todos los días eran felices y luminosos. Cantaba y trabajaba y pensaba que eso era todo lo que tenía que hacer. Luego me uní a la Iglesia. No recuerdo el nombre del ministro, pero recuerdo bien que mi guía de clase se llamaba Joshua Ludrick. Me gustaba por la fuerza de sus pulmones, porque entonces pensaba que había mucha religión en las oraciones a voz en cuello y en los gritos. Cuando se entusiasmaba como es debido, se le oía orar a media milla. Era el guía de la clase del domingo por la mañana, que se reunía después de la predicación matutina. Mi padre y mi madre, para animarme en mi nueva vida, se unieron a la Iglesia y a la misma clase, para que yo no tuviera que salir de noche. Tres de los hijos de la señora Latimer iban a la escuela dominical, y yo tenía que llegar a casa a tiempo para tener la comida lista y que los niños salieran a su hora; pero yo era negra, así que no podían atenderme en la clase antes que a una persona blanca: tenía que esperar a que terminaran los blancos, y cuando llegaba a casa me caía cada regañina, los niños se enfadaban tanto conmigo, y la señora Latimer también, y empezaron mis problemas. Oraba y pensaba que era mi cruz. Pensé: «Cambiaré de asiento en la clase; quizá eso me ayude», y me senté en la primera punta del banco, porque el guía siempre empezaba por esa punta y seguía hacia abajo. Cuando me sentaba en la primera punta, entonces empezaba por la punta de abajo, subía y me dejaba para el final. Luego me senté entre dos, pensando que atendería a los dos de arriba y luego a mí en mi turno, pero atendía a los dos y luego saltaba por encima de mí, atendía a todos los demás y me dejaba para el final. Le dije a mi

padre que me regañaban por llegar tan tarde a casa y hacer que los niños llegaran tarde a la escuela. Mi padre dijo que hablaría de ello con el señor Ludrick, pero si lo hizo, no cambió nada, y llegó el punto en que tuve que decidir entre dejar mi clase o dejar mi colocación. Éramos una familia numerosa, y mi padre y mi madre pensaban que yo debía conservar mi puesto, así que tuve que dejar mi clase. De todos modos, no me hacía mucho bien que me regañaran cada vez que iba, así que me volví descuidada y perdí toda la gracia que tenía, si es que de veras tenía alguna. Era alegre y despreocupada, pero siempre decía mis oraciones y leía mi Biblia y buenos libros, y pensaba hacerme religiosa cuando supiera que podía mantenerme. Yo no iba a ser hipócrita, no, yo no; así que seguí adelante, encerrada en mí misma. Entonces empecé a fijarme en los defectos de los que profesaban la fe, lo cual es un mal negocio para cualquiera. Ese no es el camino para acercarse a Dios. Vi muchas cosas y oí decir y hacer muchas cosas a los que profesaban la fe que yo no haría; yo era mucho mejor que ellos, así que seguí un tiempo a mi manera.

Hace ya años de esto. Mientras vivía en el hotel de Black, en Columbia, recuerdo haber leído un libro. Olvidé el título, pero era una discusión entre un incrédulo y un ministro cristiano. A medida que leía, me interesaba muchísimo. «¡Oh!», pensaba yo, «sé que el ministro cristiano ganará». Empieza con el incrédulo haciendo una pregunta. La respuesta del ministro ocupaba dos páginas, mientras que la pregunta solo ocupaba página y media. A medida que avanzaban, el ministro ganaba tres páginas con su respuesta, y el incrédulo parecía perder. Y luego seguía, y poco a poco el ministro empezaba a perder y el incrédulo a ganar. Así siguió hasta que el incrédulo pareció ganar todo el terreno. Sus preguntas y argumentos eran tan bonitos y estaban planteados de tal manera que, antes de darme cuenta, ya estaba atrapada; y para cuando terminé el libro, tenía todo el escrito del incrédulo grabado en la memoria y en el espíritu, y el argumento del cristiano se había perdido; apenas podía recordar nada de él. Pues bien, me daba miedo decírselo a nadie. ¡Ay, si alguien se enteraba de que yo no creía en la existencia de Dios! Ansiaba alguien con quien hablar para poder vaciar el buche de la carga de necedad que había recogido. Y leía todo lo que caía en mis manos, para afirmarme en mi nueva luz, según yo pensaba. Y, sin embargo, quería olvidarlo y salir de aquello. Pero era como un lazo; no podía. Pasó un año. Yo hablaba con grandes aires y de vez en cuando soltaba un poquito. ¡Qué hermoso el viejo himno!:


«Cuando Jesús me vio desde lo alto,
vio mi alma tendida en ruinas,
me miró con ojos compasivos,
y al pasar me dijo:
“Con Dios no tienes unión”».

¡Oh, qué cierto! Ansiaba la liberación, pero ¿cómo librarme? El Señor envió ayuda de esta manera: mi tía, media hermana de mi madre, que ahora vive en Baltimore y a quien yo quería mucho, vino a York y luego a Wrightsville, a visitar a mi padre y a nosotros. Yo vivía en Columbia, y fui a verla y la convencí de que viniera conmigo. «Ahora», pensé, «esta será mi oportunidad de desahogar el corazón. Mi tía vive allá lejos en el campo, en Quaker Bottom, o por la zona de Hereford, Maryland, y no conozco a nadie allí, y nadie me conoce a mí; nunca estaré allí; y con tal de que nadie lo sepa por aquí, no me importa más».

Mi tía era, por naturaleza, muy inclinada a la religión. Se parecía mucho a mi madre en el espíritu. Así que, mientras caminábamos cruzando el puente largo, que en aquel tiempo medía una milla y cuarto, nos detuvimos y nos quedamos mirando el agua. Mi tía dijo: «¡Qué maravillosamente lo ha creado Dios todo, el cielo, y las grandes aguas, etc.!».

Entonces disparé mi cañón más gordo; le dije: «¿Cómo sabes que hay un Dios?», y seguí con exactamente los aires que un pobre incrédulo, ciego e ignorante, es capaz de darse. Mi tía se volvió y me miró con una mirada que me atravesó como una flecha; luego, dando una patada en el suelo, dijo:

«No me vuelvas a hablar nunca. ¡Que alguien que ha tenido una madre tan buena cristiana como la tuya, y que se ha criado como tú, me hable así! No quiero hablar contigo». Y Dios rompió el lazo. Lo sentí. Me sentí libre desde aquella hora. ¡Cuántas veces he dado gracias a Dios por la ayuda de mi tía! Si se hubiera puesto a discutir conmigo, no creo que jamás hubiera salido de aquel lazo del diablo. Y yo diría a mis lectores: «Cuidado con leer libros manchados de error». Hay bastantes de los ortodoxos que les ayudarán si se contentan con ellos y con el Libro de los libros. Amén.

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