Capítulo 5 · 17 min de lectura · 21 min de escucha
Recuerdos de mi niñez
El casero de mi padre se llamaba John Lowe; era un granjero rico y vivía entre New Market y Shrewsburg, Pensilvania. En aquellos días casi todos los granjeros de los alrededores eran antiesclavistas: Joseph Hendricks, Clark Lowe y otros cuantos. Mi padre trabajaba mucho para Isaac Hendricks, que tenía la taberna Blueball. Los niños y yo hemos recogido muchas canastas de manzanas en el huerto, y muchos baldes de leche he ayudado a llevar a la casa, y a menudo también en casa de John Lowe; a menudo les ayudaba a batir la mantequilla. Y además el viejo Thomas Wantlen, que tenía la tienda; ¡qué bien lo recuerdo! John Lowe dejaba que mi padre hiciera lo que pudiera para esconder a los pobres esclavos que lograban escapar y acudían a él en busca de protección. En un tiempo fue magistrado y, claro, no perseguía a los pobres esclavos, y hacía cumplir la ley cuando los asuntos se le presentaban de la forma debida; pero mi padre y mi madre tenían la cabeza bien puesta y un buen sentido común, amplio y sólido, así que nunca le metieron en ningún apuro. Nuestra casa era una de las estaciones principales del Ferrocarril Subterráneo. Mi padre recibía el periódico «Baltimore Weekly Sun», que siempre traía anuncios de esclavos fugitivos. Después del grabado del pobre fugitivo, con un hatillo a la espalda y la cara vuelta hacia el norte, el anuncio decía algo así: ¡Tres mil dólares de recompensa! Fugado del condado de Anerandell, Maryland, en tal fecha, de tantos pies de estatura, cicatriz en el lado derecho de la frente o en alguna otra parte del cuerpo; propiedad del señor A. o B. Así que a veces la agitación era tan grande que
teníamos que ser muy discretos para no despertar sospechas. A mi padre lo vigilaban de cerca.
Lo he visto dirigir en el campo de la siega a quince o veinte hombres —en aquellos días era un gran segador de guadaña y de hoz—, y después de trabajar todo el día en la siega volvía a casa por la noche, dormía unas dos horas, luego salía a medianoche y caminaba quince o veinte millas para llevar a un pobre esclavo a un lugar seguro; a veces una madre con su niño, a veces un hombre y su esposa, otras veces un hombre o más; y luego llegaba a casa justo antes del amanecer. Quizá podía dormir una hora y luego se iba a trabajar, y así muchas veces burló las sospechas. Solo una vez atraparon a un pobre esclavo de los que mi padre llegó a tener en sus manos, y si aquel hombre hubiera dicho la verdad, se habría salvado, pero tuvo miedo.
Había un hermoso bosque a una milla de New Market, en el camino de peaje de Baltimore a York; lo llamaban el campamento de Lowe. Estaba a unos tres cuartos de milla de nuestra casa. Mi madre era una cocinera espléndida, así que dispusimos tener una casa de huéspedes durante el tiempo de la reunión campestre. Teníamos también melones, y pasteles y tortas y cosas así. Mi padre estaba muy ocupado y llevaba una semana o dos sin mirar los periódicos, así que no sabía que hubiera ningún anuncio de fugitivos. Vivían en New Market ciertos blancos que se ganaban la vida atrapando esclavos fugitivos y cobrando la recompensa. Un hombre llamado Turner, que llevaba la oficina de correos de New Market; Ben Crout, que tenía un auténtico sabueso sureño para ese fin; y John Hunt. Todos estos hombres vivían en New Market. Además estaban un tal Luther Amos, Jake Hedrick, Abe Samson y Luther Samson, su hijo. Los conocía bien a todos. Samson tenía varios galgos. Pues bien, estos tipos vigilaban de cerca nuestra casa, tratando por todos los medios de atrapar a mi padre. Una noche, durante la reunión campestre, entre las doce y la una, los niños estábamos todos en el jergón en el suelo. Hacía calor, y mi padre y mi madre dormían en la cama. Un hombre vino y llamó a la puerta. Mi padre preguntó quién era. Él dijo: «Un amigo. He oído que tienen una casa de huéspedes, y quiero algo de comer».
Mi padre le dijo que entrara. Tenía de todo menos café caliente, así que se puso a prepararlo. Mi padre conversó con él. El hombre iba bien vestido. Se había cambiado de ropa, dijo, porque había estado de viaje y había mucho polvo, y se dirigía a la reunión campestre. Eso fue lo que le dijo
a mi padre. Así que al rato el café estuvo listo, y mi padre lo sentó a cenar. Aquel hombre había pasado por New Market, y Ben Crout y John Hunt, que habían leído el anuncio, vieron que respondía a la descripción y, con la esperanza de atrapar a mi padre, le dijeron que viniera a nuestra casa y le contaron todo eso de que mi padre tenía casa de huéspedes y todo lo de la reunión campestre. Era una reunión campestre de blancos, pero también iba gente de color; solía ser el antiguo campamento de Baltimore, como lo llamaban, y por eso el pobre hombre sabía tan bien qué decir. Venía huyendo de Luisiana y llevaba dos semanas escondiéndose de día y viajando de noche, pero tenía tanta hambre que se aventuró a entrar en aquel pueblo, y esos hombres lo andaban buscando, pero él no lo sabía. Cuando lo vieron, supieron que respondía al anuncio publicado en el periódico, porque siempre se daba con todo detalle: el color, la estatura y las cicatrices en cualquier parte del cuerpo. Pues bien, justo cuando el hombre terminaba de cenar, alguien gritó: «¡Eh, los de la casa!». Mi padre fue a la puerta. Había seis o siete blancos, y dijeron: «Queremos a ese negro que estás escondiendo; es un negro fugitivo».
«No estoy escondiendo a nadie», dijo mi padre. Entonces empezaron a maldecir y a blasfemar y se abalanzaron sobre él. El hombre dio un salto y corrió escaleras arriba. Mi madre tenía un bebé pequeño. Claro, se asustó y se levantó de un salto, y ellos le pegaban a mi padre y nos pisoteaban a los niños en el suelo. Gritábamos. En medio de la habitación había una estufa antigua de diez placas. No tenía fuego, claro, y cuando mi pobre madre, asustada, pasó corriendo junto a ella tratando de defender a mi padre, se le enganchó la bata en la portezuela, justo cuando un hombre le lanzó una cuchillada con una navaja de resorte; el golpe resbaló en la portezuela en vez de dar a mi madre. Muchas veces he dado gracias a Dios por aquella portezuela de la estufa. Si no hubiera sido por ella, mi pobre madre habría muerto aquella noche. El pobre hombre saltó por la ventana de arriba y corrió unas doscientas yardas, hasta que el sabueso de Ben Crout lo alcanzó y lo sujetó hasta que llegaron ellos. Cuando vieron que el hombre se había ido, dejaron de pegarle a mi padre y fueron tras el hombre. Ese fue el primer y último negro que jamás le arrancaron de las manos a Sam Berry. Aquello le infundió a mi madre un espíritu nuevo. Lloró amargamente, pero, ¡oh, cuando todo pasó, cuánto valor y cuánta fuerza había reunido! La buena gente blanca de toda la vecindad se indignó, pero estaba tan cerca de la frontera de Maryland que a las pocas horas ya lo tenían en Baltimore. Y, pobre hombre, nunca más supimos de él.
Algún tiempo después, unos tres o cuatro meses más tarde, ya entrado el otoño, dormíamos en el piso de arriba. Una noche, hacia las doce, llamaron en la cerca. Mi padre respondió, bajó y abrió la puerta. Mi madre escuchó y les oyó decir «negro fugitivo». Se levantó de un salto y, mientras bajaba corriendo las escaleras, descolgó el bastón de mi padre, que llevaba dentro un pequeño puñal; fue y abrió la puerta de par en par, apartó a mi padre de un empujón, aunque él la agarró, pero, ¡ay, cuando terminó con aquellos hombres! Retrocedieron y trataron de disculparse, pero ella no quiso oír nada.
«No puedo irme a la cama a dormir por la noche sin que ustedes, demonios, me anden acosando», dijo.
A la mañana siguiente mi padre se fue a trabajar, pero mi madre se vistió y fue a New Market; por el camino le contaba a todo el que encontraba cómo la habían acosado esos hombres. Dijo todos sus nombres sin rodeos, y toda la gente rica y respetable gritó «¡qué vergüenza!» y la respaldó. El doctor Bell, el médico principal de New Market, que era él mismo dueño de tres o cuatro esclavos, se puso de parte de mi madre y le dijo que lo contara públicamente; así que ella se subió al escalón de montar de la casa del doctor Bell, justo enfrente de la taberna más grande del lugar. Había un montón de esos hombres sentados fuera leyendo las noticias. Era una hermosa mañana de otoño, y ella abrió la boca y durante una hora les declaró todas las palabras que tenía en el corazón. No se dijo una palabra contra ella, sino que, mientras los espectadores y otros miraban y escuchaban, se oía el grito de «¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!», y los hombres se escabulleron por aquí y por allá. Cuando ella terminó, no se veía a uno solo de aquella tribu. Aquella mañana, cuando mi madre iba a New Market, ese mismo sabueso de Bell Crout estaba echado en la acera, y mientras mi madre avanzaba, una señora para quien ella solía trabajar, una tal señora Rutlidge, vio al perro y vio venir a mi madre. Levantó la mano para señalarle el animal peligroso. Por lo general la tenían atada, pero aquella mañana no. Mi madre no le hizo caso y siguió adelante. La señora R. juntó las manos y se dio la vuelta, esperando oír en cualquier momento gritar a mi madre. Miró alrededor, y mi madre estaba junto a la perra y pasó por encima de ella. La señora estaba tan asustada que le dijo: «¡Oh, Mary!, ¿cómo pudiste pasar junto a ese perro espantoso de Ben Crout?».
Mi madre estaba furiosa y dijo: «No me paré a pensar en ese perro», y siguió su camino. Y eso fue el asombro de todos los alrededores. Fue la gran comidilla del día por toda la comarca,
cómo la esposa de Sam Berry había pasado junto al sabueso de Ben Crout sin que le pasara nada. Luego empezaron a decir que debía de tener algún tipo de amuleto, y la miraban con recelo. Desde entonces, nadie, ni negro ni blanco, molestó a la esposa de Sam Berry. No fue ningún amuleto, sino una liberación maravillosa de Dios.
Unos dos años o más después de esto, los periódicos estaban llenos de avisos sobre un esclavo muy valioso que se había fugado. Se ofrecía una gran recompensa. Por la misericordia de Dios había llegado hasta nosotros y, llevando al pobre hombre de un lugar a otro, lo habían mantenido a salvo unas dos semanas, porque no había ninguna posibilidad de que mi padre ni nadie lo sacara de allí, tan de cerca nos vigilaban. Mi padre madrugaba muchísimo; siempre estaba levantado y fuera hacia el alba. Nuestra casa estaba en el valle entre dos colinas, de modo que en cuanto uno llegaba a lo alto de la colina, por cualquier lado, viniendo o yendo, podía ver todo movimiento alrededor de nuestra casa. Justo al otro lado del camino había antes dos grandes castaños, pero algún tiempo antes los había derribado una gran tormenta, así que no había nada que ocultara la casa a la vista. Aquella mañana, mientras estaba en el patio dando de comer a los cerdos, vio venir a cuatro hombres a caballo. Supo que eran forasteros. No podía entrar en la casa a avisar a mi madre, así que la llamó y le dijo: «Madre, veo venir a cuatro hombres; haz lo mejor que puedas».
Ella tenía que actuar en un instante sin poder decirle una palabra más a mi padre. El pobre esclavo estaba arriba. Lo bajó y lo metió entre las cuerdas del catre y el colchón de paja. Como era temprano por la mañana, la cama no estaba hecha. En las casas antiguas del campo no teníamos sala. La habitación delantera de abajo se usaba a menudo como dormitorio. Mi hermanito, de dos años, dormía a los pies de la cama. Los hombres llegaron a caballo y hablaron con mi padre. Él era un hombre muy cortés. «Buenos días, caballeros, buenos días; madrugan ustedes mucho esta mañana».
«Sí, andamos buscando a un negro fugitivo». En ese momento mi padre reconoció en el alguacil mayor al señor E., que había sido su joven amo. «¡Vaya!, ¿no es usted el señor E.?».
«Sí, Sam, ¿no me conocías?».
Mi padre le hizo grandes fiestas, se rio de buena gana y dijo: «¿Qué demonios pasa?».
«¿Sabes algo de ese fugitivo?».
Otro intervino y dijo: «Tenemos una orden de registro y
vamos a llevarnos a ese negro. Queremos saber si lo tienes escondido».
«Bueno», dijo mi padre, «si les digo que no, no me van a creer; si les digo que sí, no los dejará satisfechos; así que pasen y miren».
Él no sabía en absoluto lo que había hecho mi madre, pero sabía que tenía buena cabeza y que podía confiar en ella en un apuro. Los hombres vacilaron y dijeron: «No hace falta que entremos, si tan solo nos dices si lo tienes o si sabes algo de él». Y mi padre dijo: «Pasen, caballeros, y miren».
Dijeron: «Hemos oído que tu mujer es el mismísimo diablo», y luego, hablando muy amablemente: «Ya sabes, Sam, no queremos problemas con ella; nos lo puedes decir tú igual».
«No, caballeros, quedarán más satisfechos si entran y lo ven por sí mismos».
En ese momento mi madre, del modo más digno y cortés, abrió la puerta de par en par y dijo: «Buenos días, caballeros, pasen, pasen». Así que se rieron de buena gana. Dos desmontaron y entraron, subieron las escaleras, miraron por todas partes mientras otro miraba en la cocina, detrás de la chimenea, en el armario de las ollas; y mi madre fue a la cama y echó atrás la colcha (sabía qué colcha echar atrás, claro); allí estaba mi hermanito. Dijo: «Miren por todas partes; ¿será este?».
«¡Caramba, Sam!», dijo uno de ellos, «aquí hay un negrito; ¿cuánto quieres por él?».
«No, no tienen ustedes dinero suficiente para comprarlo», dijo mi padre. Entonces mi madre dijo: «Vamos, caballeros, miren también debajo de la cama; no lo han revisado todo aquí», y ellos se rieron, salieron corriendo y dijeron: «Bueno, Sam, ya vemos que no lo tienes».
Y mi padre dijo: «Bueno, ahora quedan más satisfechos después de haber mirado ustedes mismos». Así que no dijo ninguna mentira, ¡pero tenía al negro escondido de todos modos!
Montaron en sus caballos y se fueron a toda carrera hacia York. Los niños éramos lo bastante listos para no dar nunca la menor señal de alarma. ¡Pobre de mí, los ojos se me sentían como dos lunas nuevas! El hombre estaba a salvo. Cuando se hubieron alejado, mi madre sacó al pobre hombre, y estaba tan débil que apenas podía tenerse en pie. Temblaba de pies a cabeza y lloraba como un niño. Pobre hombre, creía que estaba perdido, y si no hubiera sido por mi noble madre, lo habría estado. Pronto lo enviamos al Canadá, donde, confío, vivió para dar gracias y alabar a Dios, que lo libró de la mano de sus amos.
No sé decir exactamente cuánto tiempo después de este suceso fue, pero era tiempo de cosecha. Mi padre había vuelto a casa del trabajo y estaba sentado fuera, en el patio delantero, descansando; empezaba a oscurecer. Los niños estábamos alrededor jugando. Un hombre alto y bien plantado se acercó a la cerca. Mi padre dijo: «Buenas tardes, amigo mío». El pobre hombre temblaba, y dijo: «No sé si es usted amigo o enemigo, pero estoy a su merced».
«No tema», dijo mi padre, «está usted a salvo». Entonces se sentó un rato en la cerca y empezó a contar su triste historia. Tenía los pies tan lastimados que no podía seguir el viaje. Venía huyendo de Nueva Orleans. Dijo que su amo tenía una gran plantación de caña de azúcar y que él era uno de los jefes de las calderas de melaza. Su amo era un hombre muy colérico y había amenazado varias veces con venderlo porque era cristiano y oraba, pero era un hombre valioso, y por eso lo conservaba; pero esta vez había cometido una gran falta. Dijo que estaba muy cansado y, cosa que nunca antes había hecho en su vida, se quedó dormido de puro agotamiento, y así se quemaron muchos toneles de melaza, y eso enfureció tanto a su amo que decidió venderlo. Tenía esposa y tres hijos, si mal no recuerdo. Su amo lo hizo esposar y lo metió en el sótano, bajo la casa, hasta que llegaran los traficantes de Georgia. Cuando se pagaba el dinero, solían celebrarlo a lo grande, bebiendo y jugando. Dijo que no podía ver a su esposa. ¡Oh, cómo oró todo el día y toda la noche! Su joven ama, a quien él había cuidado muchas veces cuando era pequeña y a quien solía llevar en brazos de un lado a otro, le tenía mucho cariño, como pasaba a menudo. Había estado en el Norte, en la escuela, y era cristiana, y quizá eso explique lo que sucedió. Justo entonces estaba en casa de vuelta de la escuela y, como la reina Ester cuando intercedió por su pueblo, había llegado a reina justo a tiempo. La noche antes de la mañana en que se lo iban a llevar, estaban de gran jolgorio. Ella esperó a que todos estuvieran bien excitados y, como era la gran preferida de su padre, se las arregló para conseguir las llaves del sótano; entró, le abrió las esposas y le hizo jurarle de rodillas que, si alguna vez lo atrapaban, nunca la traicionaría. Luego le dijo por dónde ir: que siguiera la Estrella del Norte, que la mayoría de los esclavos parecían entender y por la que se guiaban. Le dio un poco de dinero y algo de comer. Él pidió la bendición de Dios sobre ella y le dijo que moriría si lo atrapaban, pero que nunca
la traicionaría; y así lo habría hecho. Nunca olvidaré cómo lloraba mientras le contaba esta historia a mi padre. Dijo que había viajado durante tres semanas y que, cuando se le acabó la comida, vivió de bayas; las moras acababan de madurar. Se escondía de día y viajaba de noche; se mantenía en los bosques, nunca viajaba de día, solo cuando llovía. Enseguida lo hicimos entrar, trajimos agua y le lavamos los pies. Mi madre le preparó una buena cena. ¡Oh, cómo comió el pobre hombre; estaba casi muerto de hambre! Lo tuvimos unas dos semanas, y luego logramos enviarlo a nuestro querido Canadá. ¡Oh, cuánto pasó este pobre esclavo solo por la libertad de su cuerpo, y, sin embargo, qué pocos hay dispuestos a hacer algún sacrificio para asegurar la libertad del alma que Jesús ofrece tan gratuitamente! Porque si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. Gracias a Dios, esos días de tristeza han pasado, para no repetirse jamás, confío. El pobre hombre, supongo, nunca supo de su esposa y sus hijos, porque esto fue años antes de la guerra y no era probable que volvieran a encontrarse en la tierra; pero confío en que se encontrarán al otro lado del río, donde las olas dejan de batir.
Capítulo 5 completado
Recuerdos de mi niñez