Capítulo 3 · 14 min de lectura · 18 min de escucha
Nacimiento, familia y liberación de la esclavitud
Nací en Long Green, Maryland, el 23 de enero de 1837. Mi padre se llamaba Samuel Berry. Mi madre, Mariam. Matthews era su apellido de soltera. El amo de mi padre se llamaba Darby Insor. El amo de mi madre, Shadrach Green. Vivían en granjas colindantes. No eran dueños de tantos negros como algunos otros que vivían en la vecindad. Mi padre y mi madre tenían cada uno un buen amo y una buena ama, según se decía. Cuando murió el amo de mi padre, su joven amo, el señor E., y él quedaron a cargo de toda la finca. Se habían criado juntos de muchachos, pero como mi padre era el mayor de los dos y era un criado digno de confianza, su ama dependía de él, y se le confiaban muchas cosas. Como la distancia a Baltimore era solo de unas veinte millas, más o menos, mi padre iba allí con los productos de la granja una o dos veces por semana, vendía o compraba, y traía el dinero a casa a su ama. Ella era muy bondadosa y estaba orgullosa de él por su fidelidad, así que le dio la oportunidad de comprarse a sí mismo. Le
reconocía tanto por su trabajo y la oportunidad de ganar lo que pudiera de más para sí. Así que él hacía escobas y esteras de hojas de maíz y las llevaba al mercado con los productos de la granja. Este trabajo lo hacía de noche, después de terminar su jornada para su ama. Era un gran calero. Además, en tiempo de cosecha, después de trabajar todo el día para su ama, caminaba tres y cuatro millas y trabajaba en el campo de la siega hasta la una y las dos de la madrugada; luego volvía a casa, se acostaba y dormía una hora o dos, y otra vez arriba y a trabajar. Tenía ante sí un objetivo importante y bien definido, y estaba dispuesto a sacrificar el sueño y el descanso para lograrlo. No era solo su propia libertad, sino la libertad de su esposa y de sus cinco hijos. Por eso se afanaba día y noche. Era un hombre fuerte, de excelente constitución, y Dios lo ayudó maravillosamente en su lucha. Una vez que terminó de pagar por sí mismo, lo siguiente era comprar a mi madre y a nosotros, los niños. Fuimos trece hijos en total, de los cuales hoy solo viven tres niñas. Cinco nacieron en la esclavitud. Yo era la niña mayor, y mi hermano, William Talbart, el varón mayor. Le pusieron ese nombre por un caballero llamado Talbart Gossage, muy conocido en toda aquella parte del país. Creo que era pariente del señor Ned Gossage, que perdió la vida en Carlisle, Pensilvania, algún tiempo antes de la guerra, al intentar capturar a dos de sus muchachos negros que habían huido en busca de su libertad. Recuerdo claramente el gran revuelo de aquel tiempo. La ley decía entonces que un amo podía llevarse a su esclavo de dondequiera que lo atrapara. Aquellos muchachos llevaban fuera un año o más, y estaban en Carlisle cuando él supo de su paradero. Decidió ir tras ellos. Así que se llevó consigo al alguacil y a uno o dos más. Muchos de sus amigos no querían que fuera, pero él no quiso escucharlos. Yo pensaba lo extraño que era que él, siendo cristiano profeso y guía de clase en la Iglesia Metodista, y en aquel tiempo guía de la clase de la gente de color, estuviera tan cegado por el egoísmo y la codicia que arriesgara su propia vida por volver a meter en la esclavitud a quienes solo buscaban la libertad. ¡Cómo nos empuja el egoísmo cuando le dejamos gobernarnos, y nos hace obrar en espíritu como el gran enemigo de nuestra alma, que siempre procura volver a atrapar a los que han escapado de la esclavitud del pecado! ¡Cuánto necesitamos velar y orar, y confiar en nuestro Dios!
No capturó a los muchachos, pero en la refriega perdió su propia vida, y lo trajeron muerto a casa.
Pero vuelvo a mi historia. Como he dicho, mi padre, después de pagar por sí mismo, ansiaba comprar a su esposa y a sus hijos; y para mostrar cómo el Señor ayudó en esto, debo contar aquí la maravillosa conversión de la joven ama de mi madre y su muerte posterior, y la asombrosa respuesta a las oraciones de mi abuela.
Se celebró una reunión campestre metodista en lo que entonces se llamaba el campamento de Cockey. Estaba, creo, a unas veinte millas, y la joven ama, con varios otros jóvenes, fue a esa reunión. Mi madre fue con ella para ayudar y atender a la señorita Celie, como siempre había hecho. Era una reunión campestre a la antigua, al rojo vivo. Aquellos jóvenes iban solo como de excursión, a divertirse mirando. Eran presbiterianos firmes y no tenían ninguna afinidad con nada de ese estilo. Iban más por curiosidad, a ver a los metodistas gritar y dar voces, que por otra cosa; porque en aquellos días sí que gritaban y daban voces, y de qué manera. Claro que eran respetuosos. Entraron a la reunión de la mañana y se sentaron en silencio a oír el sermón; luego pensaban pasear el resto del día, mirando por ahí y pasándolo bien. Mientras estaban sentados entre la congregación, el ministro predicó con demostración del poder y del Espíritu Santo. Mi madre decía que fue un tiempo maravilloso. El Espíritu del Señor se apoderó de mi joven ama, y quedó poderosamente convencida de pecado y se convirtió allí mismo, antes de dejar el campamento; maravillosamente convertida a la antigua, a la manera de los gritos y los aleluyas. Por supuesto, eso disgustó a los que iban con ella. Se enfadaron muchísimo. Todo se había echado a perder, y no sabían cómo llevarla a casa. La engatusaron, pero, gracias al Señor, ella había quedado traspasada de parte a parte. Luego se rieron un poco de ella. Después la regañaron y la ridiculizaron; pero no pudieron hacer nada con ella. Entonces le rogaron que se callara; le dijeron que si tan solo se quedaba tranquila y esperaba a llegar a casa, y esperaba hasta la mañana, ellos se darían por satisfechos. Mi madre estaba contentísima de que el Señor hubiera contestado su oración y la de la abuela. Cuando le he oído contar esta historia a mi madre, ha llorado como si hubiera ocurrido hacía apenas unos días. Mi madre se había convertido solo unos dos años antes y siempre había orado por la señorita Celie, así que el corazón le saltaba de alegría cuando la señorita Celie se convirtió. Pero, claro, tenía que aguantarse y estarse lo más callada posible; ya tenían
bastante con que lidiar con la señorita Celie. Mi madre decía que iba sentada en la parte de atrás del carruaje y que oró todo el camino. Después de engatusarla un rato, ella dijo que procuraría estarse tranquila y esperar hasta la mañana. Pero cuando llegó a casa no pudo estarse tranquila, sino que lo primero que hizo fue alabar al Señor y gritar de gozo. Despertó a toda la casa y, claro, se asustaron y pensaron que había perdido el juicio. Pero no, de ninguna manera: había recibido al Rey, y había gran gozo en la ciudad. Se levantaron preguntándose qué pasaba. Pensaron que se había exaltado terriblemente en aquella reunión. Hicieron todo lo que pudieron por calmarla, pero no lograron mucho con ella. Pero al fin consiguieron que se calmara y se fue a la cama. Pero tenía el corazón tan conmovido y tan lleno. Quería ir entonces a donde hubiera reuniones animadas. Quería ir a la iglesia metodista. ¡Ay, Dios mío! Eso era intolerable. No podían permitirlo. Luego quiso ir a la iglesia de la gente de color. No, eso no lo iban a consentir. Así que le impidieron ir. Entonces la separaron de mi madre. Pensaron que quizá mi madre le hablaría y mantendría viva la exaltación. Así que nunca las dejaban estar juntas, si podían evitarlo. Como a un cuarto de milla estaba la gran lechería, y la señorita Celie se escabullía hasta allí cuando tenía ocasión y pasaba un buen rato orando con mi madre y mi abuela. Al fin vieron que no podían hacer nada con la señorita Celie. Así que los jóvenes decidieron reunirse y dar un baile para quitarle aquella idea de la cabeza. Planearon, pues, un baile y lo prepararon todo. Los caballeros visitaban a la señorita Celie, que de todos modos era muy admirada, y conversaban, e hicieron todo lo que pudieron. A ella no parecía atraerle. Pero al fin un día le dijo a mi madre: «Bueno, Mary, no hay nada que hacer; no me dejan ir a ninguna reunión adonde yo quiero ir, y más me vale rendirme e ir a ese baile». Pero mi madre le dijo: «Aguante, querida mía, el Señor la librará». Ella se ponía su gorro de sol, se escabullía por el huerto y bajaba a la lechería a contárselo a mi madre y a mi abuela; mi madre ayudaba a mi abuela en la lechería. Un día, contaba mi madre, bajó y dijo:
«¡Ay, Mary, no puedo resistir más; insisten en que vaya a ese baile, y he decidido ir. No hay nada que hacer». Así que lloraron juntas a gusto, se apartaron a orar, y esa fue la última oración acerca del baile. ¡Qué extraño! Y, sin embargo, Dios lo tenía todo previsto en su infinita misericordia: abrir la cárcel a los
presos. Justo una semana antes de que se celebrara el baile, la señorita Celie cayó enferma de fiebre tifoidea. Cuando cayó enferma no pensaron que fuera a morir, pero mandaron llamar a los médicos, los mejores del país. Cuatro de ellos la velaban día y noche. Se hizo por ella todo lo que se podía hacer. Siempre quería tener a mi madre a su lado, sentada en la cama sosteniéndola; solo así parecía descansar a gusto. Parecía tener desfallecimientos. La pericia de los médicos quedó burlada, y dijeron que no podían hacer más. Así que un día, después de uno de esos desfallecimientos, los llamó a todos alrededor de su cama y dijo: «Quiero hablarles. Tengo un ruego que hacerles».
Le dijeron: «Lo que quieras, querida mía».
«Quiero que me prometan que dejarán que Samuel se quede con Mariam y los niños». Entonces hicieron que mi madre se levantara de la cama enseguida. Claro, no querían que oyera aquello; y dijeron:
«Vamos, querida, si te quedas tranquila, quizá te pongas un poco mejor». Y entonces ella cayó en una especie de desfallecimiento. Cuando dijo aquello y mandaron salir a mi madre, ella corrió con todas sus fuerzas a contárselo a la abuela, y la fe de la abuela vio abrirse la puerta para la libertad de sus nietos; y salió corriendo al monte y se lo contó a Jesús. Claro que mi madre tuvo que volver deprisa para que no la echaran de menos en la casa. La señorita Celie siguió así tres días, y ellos la calmaban. Cuando llegó el segundo día e hizo el mismo ruego, y mandaron salir a mi madre, ella corrió a decirle a la abuela que la señorita Celie había hecho el mismo ruego; luego volvió corriendo a la casa, y la abuela salió y se lo contó a Jesús. Por fin llegó el tercer y último día, y el médico dijo: «Solo puede durar tanto tiempo, a menos que haya un cambio; así que lo que hayan de hacer, háganlo pronto».
Mi madre estaba en la cama detrás de ella, sosteniéndola. Ella los volvió a llamar a todos y dijo: «Quiero que me hagan una promesa; y es que dejarán que Samuel se quede con Mariam y los niños».
«¡Oh, sí, querida mía!», dijeron, «haremos lo que sea».
Mi madre era una gran cantora. Cuando la señorita Celie obtuvo la promesa, juntó las manos y, apoyando la cabeza en el pecho de mi madre, dijo: «Ahora, Mary, canta».
Y ella cantó como mejor pudo. Le costó mucho, porque tenía el corazón casi destrozado, pues la quería como a una de sus propias
hijas. Mientras cantaba, el dulce espíritu de la señorita Celie cruzó la puerta, lavado en la sangre del Cordero. ¡Aleluya! ¡Qué Salvador! ¡Qué maravilloso que Dios guiara de esta manera misteriosa para lograr este fin!
Muchas veces le digo a la gente que tengo derecho a gritar de gozo más que otros; me han comprado dos veces y me han liberado dos veces, así que siento que tengo todo el derecho a gritar. ¡Aleluya!
Yo era muy pequeña cuando mi padre nos compró, así que no sé nada de lo que es la esclavitud, porque era demasiado pequeña para sufrir sus pruebas. ¡Qué bien recuerdo a mi vieja ama! Vestía muy a la manera de los Amigos. Era muy buena conmigo, y yo estaba bastante consentida, para ser una negrita. Si quería un pedazo de pan y no tenía mantequilla y azúcar por los dos lados, no lo quería; y cuando mi madre perdía la paciencia conmigo e iba por una vara, yo corría a mi vieja ama y me envolvía en su delantal, y estaba a salvo. ¡Y ay, cuánto la quería por eso! Me estaban preparando para el mercado, pero yo no lo sabía. Supongo que por eso me permitían hacer muchas cosas que de otro modo no me habrían permitido. Me llevaban con ellos en el carruaje a la iglesia los domingos. ¡Qué bien recuerdo mi linda capotita de raso verde, forrada de rosa por dentro! ¡Qué contenta me ponía cuando me llevaban! Además, las señoritas solían hacer cositas lindas y dárselas a mi madre para mí. Mi madre era buena costurera; nos hacía toda la ropa a nosotros, y toda la ropa de diario de mi padre: chaquetas, pantalones y chalecos. Tenía un talento asombroso para eso; le bastaba ver una cosa de cualquier estilo, un vestido o una chaqueta o lo que fuera, y volvía a casa y la cortaba. La gente se maravillaba. No había entonces patrones Butterick a los que ella pudiera echar mano. Así que había que tener buena cabeza para no quedarse muy atrás. Pero de algún modo mi madre siempre estaba a la altura de cualquier situación. Mi querida vieja ama solía hacer punto. Yo la seguía a todas partes. A veces salía al patio y se sentaba bajo los árboles, y yo arrastraba la silla detrás de ella; era demasiado pequeña para llevarla en brazos. Se sentaba un rato, y yo recogía flores bonitas. Cuando se cansaba, se iba a otro sitio, y yo volvía a arrastrar la silla. Así pasábamos varias horas. Mi padre había propuesto comprarnos algún tiempo antes, pero no podía insistir mucho. Tenía que pedirlo y luego esperar un largo intervalo antes de poder pedirlo otra vez.
Dos de las señoritas de nuestra familia iban a casarse, y como mi hermano y yo éramos los mayores de los niños, uno de nosotros habría ido con una, y el otro con la otra, como dote. Pero Dios obra de manera misteriosa para realizar sus maravillas. Mi abuela era una mujer de profunda piedad y gran fe. Muchas veces le he oído decir a mi madre que a las oraciones y a la poderosa fe de mi abuela debíamos nuestra libertad. ¡Cómo alabo al Señor por una abuela piadosa, y también por una madre piadosa! Ella había orado muchas veces para que Dios abriera un camino para que sus nietos fueran libres. Las familias con las que iban a casarse aquellas señoritas no eran consideradas por los negros tan buenos amos y amas como los que teníamos nosotros; y esa era una de las inquietudes de mi abuela. Así que oraba y creía que de algún modo Dios abriría un camino para nuestra liberación. Muchas veces lo había puesto a prueba y lo había hallado nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Y así, de la manera que ya he contado, el Señor proveyó, y a mi padre se le permitió comprar nuestra libertad.
«De una manera u otra
el Señor proveerá;
quizá no a mi manera,
quizá no a tu manera,
pero a su propia manera
el Señor proveerá».
Capítulo 3 completado
Nacimiento, familia y liberación de la esclavitud