Capítulo 32 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Entre la gente de Creektown
Un día, estando en Careysburg, oí a un pobre bebé nativo llorar de la manera más lastimera, y me asomé a ver qué pasaba. Era justo al otro lado de la calle de la casa del hermano Hagins. La madre estaba sentada delante de la casa.
Le había dado el baño a su bebé; ellos son muy cuidadosos en bañarlos y mantenerlos limpios; desde luego no llevan ropa, ni una puntada, y los bañan todas las mañanas, y a veces más a menudo durante el día; su piel por lo general está todo lo limpia que se pueda; de verdad nunca vi un bebé nativo sucio.
La madre estaba sentada con aquella cosita, de unos seis meses, supongo, y una criatura hermosa de cuerpo, de facciones regulares y bien proporcionadas; y tenía a su lado una ollita de hierro, de cosa de un cuarto de galón, llena de arroz blando y cocido, y una tacita de lata que había servido para leche condensada, llena de agua; el arroz estaba cocido muy blando, y picante de pimienta, con un poco de sal, y ella estaba atiborrando a su bebé; nosotros decimos dar de comer, pero ella literalmente lo estaba atiborrando; por lo general los atiborran hasta que se les abulta la barriguita.
Sostenía a la criaturita entre las rodillas y le llenaba la boca, y el bebé forcejeaba y chillaba, y casi se ahogaba; pero cuando se atragantaba un poco ella lo sacudía hasta que recobraba el aliento, luego le echaba un poco de agua en la boca, y el bebé se atoraba y se ahogaba y pataleaba hasta que uno pensaba que le iban a dar convulsiones.
Crucé y pensé que rogaría por él; me daba tanta lástima ver a la criaturita; a mí me parecía un castigo brutal. Me acerqué a la madre y le dije:
«Mamita, tú tratas muy mal a ese bebé; no lo hagas».
Al principio ella me miró con una especie de ceño fruncido; no
entendía bien lo que yo decía; pero cuando logré que me entendiera, se rió y dijo:
«Mamita, eso le hace bien; eso lo pone fuerte». ¡Y parecía que me compadecía, pensando que yo era tan débil como para querer impedir que un bebé se pusiera fuerte!
Me quedé de pie mirándola; cuando terminó le había metido casi hasta el último grano de aquel arroz en el estómago al bebé. Luego lo untó todo entero de la cabeza a los pies con aceite de palma, y después lo acostó en una estera al sol, y el bebé pataleó y lloró hasta que se cansó, y entonces paró y se calmó, y se puso a jugar con los dedos de los pies y las manos, ¡tan feliz como un gato en la ceniza!
«Bueno», dije, «es asombroso».
Creen que dejar que un bebé llore y patalee le da fuerza a los músculos y a los pulmones, y le ayuda a crecer. Patalea y hace ejercicio, y después de todo no sé si no habrá bastante buena lógica en ello, cuando uno ve cómo se desarrollan las criaturitas y crecen fuertes y derechas.
En otra ocasión, estando yo en Tatakai con el obispo Taylor, oía a un bebé temprano por la mañana y tarde por la noche, en la casa nativa contigua a donde me alojaba.
Una noche lloró de manera tan lastimera que estuve tentada de ir a ver qué pasaba; pero luego pensé que no podría hacer nada, porque no me entenderían; así que a la mañana siguiente le pregunté a la tía Julia, que estaba conmigo, y que era liberiana, pero hablaba y entendía bastante bien la lengua nativa, qué le pasaba al bebé; era una cosita de una semana más o menos.
Me dijo que la madre le estaba dando el baño, y que después de bañarlo lo frotaba con pimienta, y que por eso lloraba tan terriblemente. Le pregunté por qué lo hacían, y me dijo que para que no se resfriara. El tiempo era húmedo, y sus casas no tienen piso, y eso es un preventivo contra los resfriados. Y a menudo se ponen pimienta en los ojos, según dicen, para fortalecerlos.
Sea esto verdad o no, hay una cosa: rara vez se ve a un nativo pagano con los ojos irritados o débiles; casi nunca se ve uno ciego; a veces, es cierto, pero no son ni con mucho tan frecuentes como se ven en los países civilizados.
Ahora bien, en cuanto a prevenir los resfriados, yo estoy de acuerdo; pero, Señor, ¡líbrame de ese método!
En Old Calabar solían sacrificar a los gemelos, pero eso se ha detenido, de modo que si pueden llevarlos a un misionero los salvan. La querida
anciana madre Goldie, cuyo hogar está en Creektown, y que ha pasado tantos años de su vida en África, fue una de las primeras que empezaron a salvar a los niños gemelos. ¡Qué tristes, y sin embargo qué interesantes, fueron algunas de las experiencias que me contó!
Se considera señal de muy mala suerte que la madre tenga gemelos, y el padre y la madre piensan lo mismo al respecto, y creen que está muy bien dejarlos morir.
En Duketown llevaron a la casa de la misión, a la señorita McFunn, un par de gemelitos en una canasta pequeña cubierta con hojas de plátano; hacía unas cuatro horas que habían nacido, y nadie los había tocado; uno estaba muerto, y el otro vivo, y ambos yacían juntos en la canasta, el muerto y el vivo. La señorita McFunn tomó al niño vivo, lo lavó y lo vistió, y lo envolvió en una linda manta; trataron de alimentarlo, pero la pobre criaturita estaba tan débil que no podía mamar; así que vivió unas tres horas y murió, lo cual fue un gran alivio para la madre y el padre, que se sentaron los dos a lamentarse juntos de que el Señor les mandara tan mala suerte.
Un tal señor Henderson, uno de los principales comerciantes, que era muy bondadoso con todos los misioneros, y que siempre tenía botes muy buenos y grandes, con tripulación completa, nos llevó a la señorita McFunn, a la señora Lisle, a la señora Jaret y a su esposo, y a mí, a una pequeña excursión de unas doce millas, supongo, hasta Creektown.
Era la primera vez que veía al querido y anciano padre Goldie y a la madre Goldie, como los llamaban, los héroes de treinta y cinco o cuarenta años. ¡Qué contenta estaba de verlos! Dios los bendiga.
Creektown es un poblado muy bonito; una iglesia muy linda y grande, una escuela, la casa de la misión, dependencias y otras casas donde viven los misioneros, además de algunas casas nativas muy lindas y grandes.
La señorita McFunn y yo fuimos invitadas a comer con el señor y la señora Goldie. La señora Lisle fue invitada a comer con la señorita Slicer, que también es una misionera escocesa y ha hecho una obra grandiosa. Dios la bendiga.
Tiene unos veinte o treinta niños a quienes enseña. Habla la lengua tan bien como si fuera nativa de nacimiento. Es absolutamente asombroso. Se le podría llamar una experta. Me contó la historia de un bebé que tenía consigo desde hacía solo tres meses.
El padre robó un perro, lo mató y lo cocinó, y desde luego la esposa le ayudó a comérselo. Lo descubrieron bastante pronto; porque
justo cuando habían terminado de comer, el hombre que era dueño del perro vino y arrojó su maldición al suelo delante de ellos, y dijo que quien se hubiera comido su perro moriría. La pobre mujer, asustada, supongo, cayó enferma y murió en pocas horas; y el pobre bebé, de solo unas semanas, quedó solo. Desde luego, nadie quería tocarlo. El padre hizo lo que pudo durante una semana, y luego lo llevó, moribundo según pensaban, a la señorita Slicer y le rogó que se quedara con él. Ella lo hizo, y con mucho cuidado y una fe firme en Dios, le salvó la vida, y estaba creciendo estupendamente. Había engordado, y estaba tan despierto, y la señorita Slicer le tenía tanto cariño, como si hubiera sido su propio hijo.
La señorita Slicer es la clase de misionera que África necesita. Que el Señor la bendiga, y envíe a decenas como ella. Amén. Amén.
Una cosa peculiar de la gente de Sierra Leona es que rara vez sueltan sus supersticiones. Llevan el fetiche en amuletos sobre su persona, o escondido en sus casas. Me dijeron que había muy pocas casas que no tuvieran algún amuleto enterrado en el patio o bajo el umbral de la puerta.
Un día yo admiraba una hermosa cadena de oro que un caballero llevaba dispuesta con buen gusto sobre su persona. Una amiga me dijo: «¿Creería usted que ese caballero lleva cuatro fetiches de amuleto en oro? Tiene la más firme creencia en el fetiche».
Así es dondequiera que uno vaya. Visité el hospital estando en Bunth. Allí vi a un anciano que era cristiano, y había sido sacristán en la Iglesia Episcopal durante veinte años, y comulgante asiduo. Era muy inteligente, y daba gusto conversar con él; hablaba buen inglés, y aunque estaba débil, se bajaba de su catre y se arrodillaba mientras yo oraba con él. Cuando fui a ayudarle a levantarse después de la oración, vi bajo su bata suelta, o camisa, una sarta de cauris alrededor de la cintura. ¡Pobre anciano!
En esto los liberianos son diferentes. Allí se ve muy poco de esto, aunque aquí y allá quedan algunas reliquias. Además, por regla general, todos los liberianos hablan buen inglés americano, lo cual es bastante notable.
A menudo me preguntan cuáles son los productos del país, de qué vive la gente, y si la tierra es buena.
En Liberia la tierra es generalmente rica; en unos lugares mejor que en otros; y se puede cultivar allí casi toda clase de hortaliza que se daría en California o en Florida. He visto allí repollos, melones, pepinos, tomates, frijoles y batatas tan buenos como los que he visto cultivar en cualquier parte.
Luego hay diversas clases de frutas. Son distintas de las que tenemos aquí. No hay manzanas, ni duraznos, ni bayas como las nuestras. La ciruela mango es abundantísima, y es muy rica de cualquier manera que se la prepare. Estando en cabo Palmas sequé algunas, igual que secamos las manzanas.
Algunos pensaron que yo estaba loca: ¡la idea de secar ciruelas! Pero no fue muy difícil; el sol es tan fuerte que en dos días estaban secas como huesos. Me resultaron de lo más útiles cuando llegó la temporada de lluvias; y algunos de los que se rieron de la idea aprendieron una buena lección.
Por regla general no secan ninguna de las frutas. A veces hacen conservas, pero no a menudo. Simplemente usan las cosas a medida que llegan en su temporada, y cuando la temporada se acaba se quedan sin ellas, ¡hasta que el Señor les vuelve a traer la temporada!
Hay una fruta rica llamada petanga, algo parecida a la cereza, bastante ácida. Con ella se hace una jalea muy rica, algo parecida a la jalea de grosella. No vi crecer papas irlandesas, pero me dijeron que se habían cultivado allí, aunque generalmente salían pequeñas. Para las papas dependen de los vapores ingleses que las traen, por lo general de Madeira.
Si consiguen semilla fresca importada cada año, sus repollos y melones y otras hortalizas crecen grandes, y con la misma perfección que aquí; pero si siembran de la misma semilla, salen un tamaño más pequeños cada año. Parecen degenerar. Nadie parece poder explicarlo. Tienen la misma tierra y el mismo cuidado, pero son más pequeños.
Al traer semilla a través del océano, a menos que se ponga en latas selladas, herméticas, sea lo que sea, el aire salado la afecta, y muy a menudo no brota en absoluto; y si brota, se muere.
La época del año apropiada para la huerta es septiembre. Todo el que hace una huerta, o pone semilla en la tierra, tiene que hacerlo entonces, para que en Navidad y Año Nuevo tengan la mejor clase de hortalizas y melones.
Luego hay cocos, plátanos, naranjas, piñas y cosas así. Nadie los planta especialmente; crecen casi en todas partes. Yo, justo antes de irme, conseguí unos retoños de cocotero, o plantitas, y los planté, unos cinco o seis, en el solar de Mamá Payne. Les puse nombre a todos. Lo último que supe es que estaban creciendo muy bien, y el que llamé «Amanda Smith» estaba floreciente.
El algodón se da muy bien, con poco cuidado. Podrían cultivar acres de él; pero nunca vi una docena de plantas o arbustos en ningún lugar. Lo más que vi en un mismo sitio fueron cuatro arbustos lindos y grandes que crecían en el patio de la anciana hermana S., en Sinoe. Usan mucho de esto para colchas. Todo el mundo tiene colchas. No les ponen tanto como a las colchas de casa; no necesitan ser tan pesadas; aun así no cultivan suficiente algodón para abastecer a toda la gente que lo usaría.
Todas estas cosas de que he hablado son posibilidades en Liberia que aún han de desarrollarse a mayor escala. Porque, ¿por qué no habrían de fabricar mercancías allí como lo hacen en Inglaterra y en América? En los buenos tiempos que vienen lo harán.
Además crían muchísimas aves de corral. También los nativos. Tienen huevos para su propio uso. Luego tienen ganado, cerdos y cabras; y aunque son necesarios, y una bendición para quienes los poseen, para otros son una gran molestia y un gran problema.
Por ejemplo: uno tiene una buena huerta hecha, y alrededor la cerca de palos más fuerte que pudo conseguir. Estas cercas nativas de palos no duran más de una temporada, por regla general. Después del primer año casi siempre hay alguien que las rompe para leña, y en cuanto empiezan a romperlas es solo cuestión de tiempo que desaparezcan del todo.
Luego, como estos cerdos y cabras y vacas andan todos sueltos, justo cuando uno tiene la huerta hecha, o justo cuando las cosas empiezan a llegar a su punto, sale uno una mañana y una cabra o una vaca o un cerdo ha entrado, y toda la huerta ha desaparecido.
Si los que los poseen en los distintos vecindarios se pusieran de acuerdo para tenerlos encerrados, entonces la gente que hace huertas tendría bastante para sí misma, y podría ayudar a sus vecinos. Pero este es uno de los inconvenientes. Luego, si uno no tiene más semilla que sembrar, lo cual es muy probable, se queda sin nada; a menudo es así. En distintas partes de Liberia, en cada condado en que estuve, la gente se quejaba del mismo problema; por consiguiente, muchos que podrían tener huertas espléndidas no se molestaban en hacerlas.
Les aconsejé que formaran compañías, como hacen en la India; que cada hombre que tuviera tierra diera tanto para pastos durante dos o tres meses cada vez, y luego contrataran a un hombre o a un muchacho para que se llevara el ganado y lo trajera de vuelta cada día. Hablé de esto dondequiera que fui, y les pareció una buena cosa; pero ¿quién la empezaría, y quién sacaría más dinero de ella? Pero estoy segura de que sería
lo mejor para todos. Creo que llegará el tiempo en que lo vean así. Pero el tiempo no ha llegado todavía.
El señor Johnson, en cuya casa me quedé varias semanas, en Bassa, me dijo que había perdido ocho o nueve novillos en pocos años; y cerdos y cabras también. Era comerciante, y tenía lo que allí llaman una granja, a unas dos o tres millas de donde vivía. Pero dejaba su ganado andar suelto, igual que los demás; si hacía una cerca, la destruían en poco tiempo, y a su ganado le disparaban, o lo tajaban con un machete, y lo mutilaban de tal modo que había que matarlo.
Un día, estando yo allí, una de sus vacas (una que la señora Johnson había criado desde ternerita) llegó a casa con tres flechas grandes que le habían disparado, todavía clavadas en el cuerpo. Así fue como el señor Johnson llegó a contarme lo que acabo de decir.
En Sierra Leona, y costa abajo, creo que están más adelantados. Tienen grandes mercados tanto en Sierra Leona como en Lagos, de modo que los vapores se abastecen allí. Luego, a lo largo de toda la costa después de dejar Liberia, se les surte de aves, huevos, palomas, plátanos, piñas, pimientos, berros y toda clase de hortalizas en abundancia; aves grandes, a seis peniques cada una.
Más abajo en la costa los nativos hacen telas muy hermosas. Son muy hábiles para hacer sus tintes; es asombroso cómo los hacen. Tienen tintes muy fuertes, de colores firmes, verde, azul, rojo, amarillo y diversos colores; es maravilloso cómo los combinan; y algunas de las telas nativas son de verdad hermosas. Las traen a los vapores y las venden a distintos precios, diez, veinte, veinticinco, veintiséis chelines, y algunas por más. Yo compré una tela elegante por diez chelines; pero uno de los oficiales consiguió una por veinte, y dijo que era muy barata.
Chillicothe es el lugar donde generalmente se consiguen estas hermosas telas del país. También conseguí una o dos piezas muy lindas en Monrovia; pero nada comparable a las que se consiguen costa abajo. Tejen la tela en tiras de unas cuatro o cinco pulgadas de ancho; luego las cosen unas con otras hasta el largo o el ancho que quieran.
Los nativos son grandes genios en este sentido; y es asombroso ver la cantidad de cosas que saben hacer.
Además, los liberianos tienen otros productos aparte de los que he nombrado. Su café es muy fino, y de sabor rico. Hay algunos grandes plantadores que cultivan y embarcan miles de libras. Entre ellos están el señor Moses Ricks y el senador Coleman, de Clay-Ashland;
Sanders Washington, de Virginia; June Moore y Saul Hill, de Arthington; y Jesse Sharpe. Todos ellos están sobre el río St. Paul o cerca de él. Son hombres que se fueron de este país hace años, cuando eran jóvenes; hombres de valía a toda prueba y de empuje. Los Ricks eran tres hermanos —Moses, Henry y John—; eran bautistas firmes, y hombres buenos. Siempre se mantuvieron unidos, y eran el sostén y la columna vertebral de la iglesia de Clay-Ashland.
En el desarrollo de la obra misionera entre los nativos, hasta donde alcanzó mi observación, los bautistas iban a la cabeza. Y sus iglesias y su obra misionera se sostienen todas por sí mismas, es decir, no reciben ayuda extranjera, como solían recibir. Además, en Arthington, June Moore y Saul Hill se contaban entre los hombres de grandes recursos. Ambos eran cristianos fervientes, y diáconos de la Iglesia Bautista.
El señor Moore, en su apariencia exterior, era muy sencillo, pero un hombre de inteligencia más que ordinaria, y de veracidad y carácter moral fuera de toda duda; y un firme defensor de la templanza. El suyo es un carácter hermoso; ojalá lo hubiera encontrado con más frecuencia.
El señor Moore era muy buen predicador. Tenía a su cargo la Iglesia Bautista de Arthington, y tenía la confianza de la gente, liberianos y nativos. Gracias a su simpatía y cooperación celebramos una reunión de templanza en la Iglesia Bautista de Arthington, y organizamos una Banda Evangélica de Templanza, y, creo, lo nombramos presidente. Desde luego, la mayoría allí no estaba muy adelantada en cuanto a que las mujeres predicaran. En otras iglesias estaba muy bien, y ellos iban a oír, y sacaban el provecho que podían. Pero en general estaban a favor de la afirmación de Pablo: «Vuestras mujeres callen en las congregaciones».
Los más liberales creen que también debe tenerse en cuenta la otra afirmación de Pablo, a saber: cómo debe ir ataviada una mujer cuando ora o profetiza.
El Señor me bendijo muy grandemente, y yo tenía mis amigos entre todos ellos. Mientras estuve allí nunca se me pidió en una iglesia bautista que dirigiera un culto; solo que hablara a una escuela dominical.
Pasé un tiempo muy agradable en el hogar del señor June Moore, y disfruté inmensamente de las conversaciones que tuvimos. Estaba lleno de información sobre todos los asuntos de interés de la república y del país, tanto de los nativos como de los liberianos.
Terminado el culto familiar de la noche, nos quedamos sentados
conversando hasta las doce. Me contó todo acerca de la tan mentada escuela de Richard Morris, que estaba entonces a su cargo. Yo tenía muchos deseos de saber de ella, pues había conocido al señor Richard Morris en Inglaterra, antes de ir a África, y había oído algunas de sus interesantes conferencias, y acerca de la escuela que estaba estableciendo para la educación y formación de los hijos de los jefes nativos. Pero cuando llegué allí, y vi y oí por mí misma, ¡oh, qué diferente! En cuanto a que hubiera hijos de jefes nativos en la escuela, nunca había habido uno. Los muchachos nativos que sí iban a la escuela eran los muchachos que vivían en las distintas familias del vecindario. El señor June Moore tenía varios muchachos nativos. Estos iban a la escuela durante la temporada de lluvias; cuando esta terminaba tenían que trabajar en la granja.
La pequeña escuela había sido antes una iglesia metodista, con cabida para unas cincuenta personas cuando estaba repleta.
El pobre señor Morris tenía la intención de hacerle bien a Liberia; y sin duda ayudó grandemente a la gente al dar a conocer su café en la gran Exposición del Centenario. Pero el lindo vaporcito, que costó seiscientas libras, y que él envió desde Inglaterra, y las tres grandes calderas de hierro para jabón, terminaron más o menos como la instalación de la desmotadora en Virginia; aquello fue un triste fracaso.
Creo que a menudo estas cosas engañan a los que se proponen emigrar. Oyen de estas cosas, y suenan bien; han juntado un poco, a fuerza de duro trabajo y mucha abnegación; lo sacrifican y se van a Liberia. Cuando encuentran las cosas tan distintas de lo que se les había presentado, se desaniman, y se decepcionan, y a menudo se hastían. No tienen medios para volver a este país, y aunque los tuvieran, no podrían recuperar lo que han sacrificado, y tendrían que empezar de nuevo por completo; así que muchos se rinden y mueren, o se resignan a hacer lo mejor que puedan, y eso a menudo resulta un pasar penosamente pobre.
Recuerdo que cuando llegó a cabo Palmas aquella gran emigración, los ciudadanos convocaron una reunión pública en el salón de la escuela episcopal, a la que fueron invitados aquellos forasteros. Se leyeron escritos y discursos de bienvenida.
Como era a poca distancia de donde yo vivía, cuando me enteré dije que iría. Me alegré de ello, y pensé que animaría y ayudaría a los forasteros. Pero poco después me dijeron que no debían ir mujeres; que era solo para hombres. Entonces
tuve más ganas que nunca; y, como buena mujer, me volví recelosa, además de curiosa. Pensé: «¿Por qué no puedo ir? Estos emigrantes son de mi país, y tengo derecho a ir, e iré».
Justo antes de la reunión alguien vino a verme y me preguntó si iba a ir.
«Sí», le dije.
«Ay, mi esposo dice que no va ninguna mujer, y no me deja ir».
«Bueno», le dije, «usted tiene un esposo a quien obedecer; pero yo no; así que voy a ir».
«Los asientos van a estar todos ocupados», dijo ella.
«Está bien, llevaré mi propia silla».
Y así lo hice. Todos sabían que yo era una especie de personaje privilegiado, de todos modos, y que generalmente llevaba a cabo lo que emprendía.
Noté, al entrar, que empezaron a mirarse unos a otros. En efecto, yo era la única mujer allí.
Fui y me senté en medio del pasillo. Creo que pensaron que yo quería hablar; pero era un error. Se habló lo suficiente como para haber construido una torre, si hubiera habido algo de sustancia en ello. El señor James Tuning fue el orador de la noche. Tenía un escrito larguísimo sobre Jacob recibiendo a sus hermanos. Y de toda la palabrería altisonante que nadie haya escuchado jamás, la hubo en aquella reunión.
Yo sabía que más de la mitad de lo que había en aquellos escritos solo valía el papel en que estaba. Estaba bien segura de que no significaba más que eso; pero los forasteros no lo sabían. Todos los hombres prominentes del lugar estaban presentes: Su Señoría, el obispo Ferguson, el honorable J. Gibson, el señor J. Thorne, el señor Ashton y otros muchos.
Cuando todos terminaron de expresarse, y de dar una calurosa bienvenida a los emigrantes a su país, este país libre donde no estaban oprimidos por los blancos; el país donde podían ser hombres; donde tenían los derechos de la ley, y eran independientes, y todas las demás cosas grandiosas que podemos decir, entonces pidieron a los emigrantes que hablaran.
Como se hacía tarde, solo tres de aquellos emigrantes pronunciaron discursos. El jefe era un joven, un tal señor Massie, que había sido el principal en organizar esta emigración y en sacarlos. Él era el Moisés. Habló bien, aunque su discurso
no fue largo. ¡Pero cómo despellejaron a los blancos! Parecía como si su principal propósito fuera decir todas las cosas duras y desahogar todos sus malos sentimientos contra los blancos; lo cual admiran mucho los liberianos, y es señal de verdadera lealtad a la raza.
Cada uno, por turno, se expresó de la misma manera. La gente de allí se reía y sonreía y me miraba. Esto me dio mucha pena. Es un espíritu equivocado para alimentarlo y cultivarlo y perpetuarlo. Nunca he visto que traiga ningún bien. De algún modo, aunque no lo sé explicar, no es el espíritu que tiene la aprobación de Dios. Está mal en quienes han causado esos agravios, pero no nos ayuda en nada estar siempre mirando los agravios, y nunca ver nada del bien, que siempre ha ido lado a lado con el mal. El bien no siempre ha sido lo más fuerte ni lo más visible, pero ha estado allí.
No pude menos que pensar, mientras escuchaba, que antes de que aquellos pobres emigrantes llevaran allí la mitad del tiempo que yo llevaba, si necesitaban compasión o ayuda, la encontrarían más pronto precisamente entre aquellos a quienes habían señalado esa noche como sus peores enemigos que entre los que se levantaron allí a decir cosas tan grandiosas.
Y yo estaba allí para ver a ese mismo hombre, antes de seis meses, llegar a una necesidad tan absoluta que vino a pedirme prestados dos galones de arroz. Su esposa estaba enferma, su bebé había muerto, y él tenía unas llagas terribles en los pies y en las piernas por efecto de las niguas; y estaba en una condición lastimosa y desamparada. La semana anterior había ido a uno de los comerciantes blancos y le había pedido prestado algo de arroz. No pudo conseguirlo de ninguno de sus hermanos y amigos que habían leído tan nobles escritos y les habían dado tan calurosa bienvenida.
No le gustaba venir a mí, porque yo no había dejado de decirles que cuando llegaran a estar en gran necesidad, lo más probable sería que aquellos amigos les fallaran. Así que se mantuvo alejado todo lo que pudo.
Cuando vino, me alegré de poder ayudarle. Le dije: «Lo siento por usted. Yo se lo podría haber dicho aquella misma noche en que estaban hablando; pero si se lo hubiera dicho entonces, no me lo habría creído».
Pobre hombre, tenía lágrimas en los ojos. Dijo: «Ah, hermana Smith, he aprendido una lección».
Y así era. Pero como dice el viejo refrán: «Más vale lo aprendido a costa propia que lo enseñado», cuando no se paga demasiado caro. El propósito de este pobre hombre era, una vez establecido en Liberia, volver a América y traer una gran emigración. ¡Vaya, qué cosas tan maravillosas iba a hacer! Pero aquella pequeña experiencia lo coció bien a fondo; de modo que sus ambiciones ya no eran tan altas.
¡Pobre Massie! Me pregunto cómo le habrá ido. Hablo de esto simplemente como lo que supe y vi cuando estuve allí. Todo puede haber cambiado desde entonces, que yo sepa. Había posibilidades, pero no muchas probabilidades.
Capítulo 32 completado
Entre la gente de Creektown