Amanda Smith: una autobiografía
Liberia: su gente y sus escuelas

Capítulo 33 · 28 min de lectura · 36 min de escucha

Liberia: su gente y sus escuelas

Los emigrantes que van a Liberia creen que podrán alquilar una casita, o unas habitaciones, como pueden hacerlo en este país. Llega allí gente que ha dejado atrás un hogar cómodo, y piensan alquilar una casita por seis meses o un año, hasta que puedan construir la suya; pero rara vez pueden hacerlo. La razón de esto, creo, es que el clima es muy duro con la madera, y una casa que se queda desocupada por algún tiempo pronto se destruye.

El bug-a-bug es una hormiga muy grande, que se come la madera hasta dejarla hueca del todo, y es el insecto más destructivo del país en ese sentido. Si se meten en un baúl o en un arcón de ropa, y no se descubren a tiempo, lo atraviesan todo, libros, papeles, etc.; nada les resiste. Una vez que uno sabe esto, un poco de vigilancia puede ahorrarle muchísimos problemas.

De modo que la mayor parte de la gente en Liberia, o en cualquier otra parte de la república, construye sus propias casas y vive en ellas. Las casas hechas de piedra o de ladrillo son las más duraderas; y las mejores casas de allí están construidas así. Pero las casas de madera son las que peor lo pasan.

El techo de pizarra, en cierto sentido, sería mejor que el de tejas de madera, sobre todo para la temporada de lluvias, porque la lluvia y el sol no lo afectan tanto como a las tejas de madera.

Durante la temporada de lluvias allí, literalmente diluvia. A menudo he pensado en Noé en el arca cuando he visto la lluvia caer sin misericordia durante dos o tres días seguidos, con apenas pequeños intervalos de una ligera tregua entre medio. Luego salía el sol, a veces durante medio día, quizá por la mañana o

por la tarde, y después llovía de noche; pero esos pequeños intervalos ayudan a la gente a moverse y hacer su trabajo. Nadie parece detenerse especialmente. Después de estar aquí un tiempo, ya no parece importarle a uno. Es más bien agradable, porque entonces no hace tanto calor, y se puede aguantar un buen fueguito en la casa para absorber la humedad.

Por regla general hay muchas enfermedades y fiebres entre los nativos durante esta temporada; pero la gente que tiene casas cómodas sufre muy pocas molestias.

Cuando termina la temporada de lluvias, y el sol ardiente y abrasador cae a plomo, las tejas de madera se abarquillan y se rajan, de modo que casi todos los años es necesario hacer alguna reparación. Por otra parte, el techo de pizarra se calienta tanto que hace casi imposible dormir, a menos que el techo sea alto y esté bien forrado por debajo de la pizarra.

Hay algunas casas grandes, para tiendas; estas las ocupan comerciantes blancos, o traficantes, de modo que si por casualidad hay una buena casa de cierto tamaño para alquilar, generalmente ellos tienen la preferencia, porque siempre tienen el dinero, y esa es la primera consideración en África igual que en cualquier otra parte.

Ahora bien, en este sentido Sierra Leona es diferente. Allí casi siempre hay buenas casas para alquilar; construyen casas con ese fin. Así que si uno quiere una casa con una tienda abajo, o una casa particular grande, o una no tan grande, se puede conseguir a un precio razonable, por regla general, y en una calle buena y ancha.

Las casas de Sierra Leona están construidas muy sólidamente, por lo general de piedra o ladrillo, con patios cercados por un muro bueno y alto, al estilo inglés, y bien amuebladas por dentro. He visto en Sierra Leona y en Lagos casas tan finamente acabadas como las que he visto en América o en Inglaterra.

La gente de Sierra Leona está muy mezclada en cuanto a tribus; tanto, que creo que sería difícil decir a qué tribu en particular pertenecen realmente.

No tienen una lengua propia y definida. Hablan una jerga de inglés chapurreado que todos parecen entender; y cuando hay dos o tres docenas de ellos juntos, sobre todo las mujeres y las muchachas en los mercados, a quien no esté acostumbrado le recordaría el parloteo de mil golondrinas. ¡Vaya si saben hablar! Pero hay cientos que hablan buen inglés.

Hay muchos comerciantes ricos, tanto en Sierra Leona como en Lagos, que a menudo envían a sus hijos e hijas a Inglaterra, y

a veces a Francia, para que se eduquen. Pero de algún modo nunca parecen perder esa peculiar manera de hablar de Sierra Leona; de modo que se distinguen tanto de los liberianos y de los americanos en sus costumbres y en su manera de hablar como los italianos se distinguen de los americanos en este país; así que no se asimilan con facilidad. A veces se casan entre sí, pero no a menudo, y cuando lo hacen, rara vez se llevan bien, tan completamente distintas son su formación y su educación.

Pero el país no está mejor por esta educación. Desde luego, no vuelven a casa para hacer obra misionera entre la gente; pertenecen a la clase alta; y así los de la misma clase forman una sociedad entre ellos; y la segunda y la tercera clase de su propio pueblo nunca salen ganando con su educación superior, salvo en cuanto puedan servirles, como criados o de otra manera.

Si se trata de una dama, o bien está comprometida, antes de volver a casa, para casarse con algún caballero rico, o muy poco después de llegar a casa uno oye que ha recibido una propuesta; a veces habrá pretendientes rivales que se disputan su mano, y uno espera con el mayor interés, porque seguro que se entera, a ver cuál de ellos gana el pleito. Esto depende del peso de sus bolsillos tanto como de cualquier otra cosa.

Y luego, cuando se celebra una de estas bodas, le da a uno una idea de lo que es la verdadera aristocracia negra. Se compararía favorablemente con un acontecimiento de la misma clase en la Quinta Avenida de Nueva York, o en Washington, D. C. Tarjetas finas y regalos de boda, y todo el ajuar para cuatro o cinco damas de honor, así como para la novia y el novio, y el padrino, etc., etc., todo importado de Inglaterra y de Francia. Esta gente no ignora nada en cuanto al estilo más elevado y la etiqueta más exquisita.

Por regla general, creo que la gente de Sierra Leona es generalmente trabajadora; hay entre ellos comerciantes, sastres, carpinteros, etc. Tienen grandes mercados adonde uno puede ir y conseguir, dos o tres veces por semana, toda clase de productos a buen precio. Además tienen mercados regulares de carne de res, desde donde abastecen la Casa de Gobierno y los grandes cuarteles de los soldados ingleses.

Son grandes comerciantes, hombres, mujeres, muchachos y muchachas; las mujeres a menudo superan a los hombres. Suben y bajan por los ríos, y van al interior, comprando aceite de palma, caucho, palo de cam, y muchachos y muchachas, si es necesario. Me dijeron que hacen esto a veces, pero con el propósito de liberarlos, ya que la ley inglesa

ESTACIÓN MISIONERA BAUTISTA, LIBERIA.

no permite que nadie posea esclavos, cuando se llega a saber de verdad. Gracias a Dios por eso.

Antes había buenas escuelas en Freetown. Esto es algo que admiro del gobierno inglés: por lo general cuida bien de la educación de sus colonos. Desde luego, hay mucho margen para mejorar, aun en Sierra Leona y en Lagos.

Por toda la costa, arriba y abajo, dondequiera que uno vaya donde ondea la bandera inglesa y ha habido algo de civilización, encontrará decenas y cientos de personas que tienen una educación liberal y están preparadas para casi todas las profesiones y oficios.

La Escuela Superior Wesleyana de Niñas, en Freetown, fue en otro tiempo un hermoso edificio, con dormitorios bien amueblados y un cuerpo de maestras de primera clase; pero ya pasaron sus mejores días, a menos que ocurra un gran cambio. Desde hace varios años ha venido decayendo tristemente en fuerza e influencia, por estar casi por completo bajo el control de una o dos personas. Me dijeron que cuando se fundó estaba bajo la dirección de gente blanca; la directora y las maestras eran todas blancas, e hicieron una obra grandiosa. Y luego la escuela superior de varones, que también visité, y a la que tuve el privilegio, por invitación del director, el señor M., de dirigir la palabra, no era lo que había sido, ni lo que debería ser. La escuela episcopal, tanto de niñas como de varones, es buena. Los varones tienen un edificio magnífico, grande y espacioso, y un buen cuerpo de maestros.

Varias de las familias liberianas que no han podido enviar a sus hijos e hijas tan lejos como Inglaterra para educarse, los enviaron a Freetown. Tuve el gusto de recorrer todo este edificio el día de la dedicación del nuevo dormitorio y de las aulas, que se habían añadido al edificio principal, con cabida, creo, para unos doscientos en total. Su Señoría el obispo presidía, y dio un discurso excelentísimo, como también el señor N., que, creo, estaba entonces a cargo del departamento teológico, y que era un noble caballero cristiano. Su hermana era la directora de la escuela superior de niñas, que también visité, y tuve el gusto de decir unas palabras a las señoritas. Todo estaba en buen orden.

Me encantó muchísimo esta escuela, sobre todo el departamento de economía doméstica, donde, además de sus estudios, cada muchacha tomaba su turno en barrer, sacudir el polvo, hacer pan, galletas, pasteles o tortas, y en lavar los platos y atender el comedor. Esto, me parecía, era lo más esencial de todo; sin duda sería

una de esas cosas de las que se dice: «Una cosa es necesaria». Porque si, teniendo las cualidades intelectuales, las muchachas en África descuidan esto, lo primero queda perdido en gran medida, ya que sus hogares no serían lo que podrían ser de otro modo.

Luego hay escuelas particulares. Visité la escuela de un señor Leapol, que era una escuela muy buena para varones. Supongo que tenía cabida para unos cuarenta. El señor L. era un caballero cristiano de muy alto nivel; creo que antillano de nacimiento. Esta escuela era de grado superior. Los maestros y ayudantes, creo, eran todos de color.

Había una buena escuela del gobierno que, según mis ideas americanas, debería haber seguido existiendo. Pero cuando vino el nuevo obispo, que era un caballero inglés muy conservador e investido de autoridad, le pareció mejor, según me dijeron, disolver la escuela del gobierno y construir una gran escuela parroquial. De modo que muchos de los niños pobres, que no podían pagar, quedaron excluidos. Esto abrió una buena cosecha para los católicos romanos, que no perdieron tiempo en asegurársela.

A menudo me preguntan si creo que la obra misionera en África prospera y se desarrolla mejor bajo el control total de la gente de color, o si creo que es mejor bajo el control de los blancos.

Para responder a esto lo mejor que pueda, daré mi experiencia y lo que observé en los diversos lugares donde he estado.

Las escuelas de Old Calabar bajo la Sociedad Misionera Presbiteriana Escocesa, y las escuelas y misiones de Lagos, y las escuelas episcopales, bautistas y wesleyanas de la República de Liberia, y luego en Sierra Leona los Metodistas Libres Unidos, los episcopales, la Sociedad de Lady Huntington, la Misión U. B. y la Misión Bautista Inglesa, todas fueron establecidas, sostenidas y supervisadas por misioneros blancos; pero justo en la medida en que estos han muerto, o por mala salud han tenido que retirarse de la obra, las escuelas y las propiedades de la misión han decaído.

Muchos de ellos en la obra han formado buenos maestros y predicadores nativos, que son leales, y fieles, y sinceros; y el misionero blanco siente que él, o ella, no podría arreglárselas sin esos ayudantes nativos. Pero cuando se les deja toda la obra a ellos, el interés parece decaer, y los nativos mismos parecen perder el interés, cosa que el maestro siente, pero no puede remediar.

No intento dar ninguna explicación de esto; simplemente

MUCHACHOS DE LA ESCUELA DE LA MISIÓN, ROTIFUNK, ÁFRICA.

expongo los hechos tal como los encontré. Y al mezclarme con la gente, viejos y jóvenes, y como los mayores, que sabían más del asunto, me contaban lo que había sido en años anteriores, cuyos restos quedaban en la casa y los terrenos de la misión, no era difícil ver la diferencia.

Además, los misioneros blancos, por regla general, dan más satisfacción, tanto a los nativos como a la iglesia o sociedad que los envía.

Supongo que ninguna iglesia ni sociedad le ha dado jamás a un hombre de color, por eficiente que fuera, un salario tan grande como el que dan a un hombre o a una mujer blancos, por ineficientes que sean al principio; y creo que por lo general se espera de ellos que trabajen más. Esto creo que es un gran error.

Creo que la muerte del misionero negro más grande que he conocido, el reverendo Joseph Gomer, de la Misión Shanghái, se apresuró por el exceso de trabajo y la necesidad apremiante, y por los recortes de su salario y de los medios para la obra, y por la gran ansiedad debida a la urgente demanda de la obra.

En pura integridad cristiana y carácter moral sin mancha, y en compasión y amor paternales por los pobres paganos, tenía pocos iguales en África, si es que tenía alguno.

«Entonces usted cree, señora Smith, que es mejor que vayan a África misioneros blancos».

Sí, si son de la clase adecuada. Si están cabalmente convertidos y plenamente consagrados y enteramente santificados a Dios, de modo que sus prejuicios hayan sido extirpados por completo, y sus corazones estén llenos de amor y compasión, y tengan firmeza de carácter, y un sentido común bueno, amplio y equilibrado, y posean gran paciencia y una fe fuerte, tenaz y perseverante, y luego mantengan el espíritu de oración ferviente al Dios Todopoderoso, día y noche. No digo que sea necesario estar en tensión agotadora todo el tiempo, en absoluto; pero mi propia experiencia personal es que cuanto más ora uno y confía en Dios, mejor puede salir adelante, sobre todo en África.

Todo es tan distinto de como uno lo tiene en casa, que esto es una necesidad absoluta; y la persona que no tiene la constancia de perseverar en estas cosas, especialmente, tenga lo que tenga, no será un buen misionero en África, sea blanco o negro.

He conocido a algunos misioneros blancos que han ido a

África tan llenos de prejuicio contra la gente negra como lo están en este país, y que no tenían gracia suficiente para disimularlo; sino que parecían pensar que estaban en África, y que allí no había ninguna sociedad que les importara, y que la gente negra tenía poco entendimiento, de modo que nunca se darían cuenta si ellos se portaban con mezquindad y hacían cosas mezquinas.

Y he conocido a algunos que han hecho cosas vergonzosas, y eso ha repercutido en cómo se juzgan los motivos y principios de los buenos misioneros, hasta que estos han tenido tiempo de borrarlo con paciencia viviendo de otro modo, y han demostrado a los liberianos y a los nativos que hay diferencia, aun entre los misioneros blancos.

Pero gracias a Dios, él ha enviado a algunos que han respondido plenamente a lo que he dicho antes. Hay uno o dos que me vienen ahora a la mente que, creo, cumplen en todo punto con lo que se requiere. Me refiero a la señorita Lizzie McNeil, que, me parece, es una misionera nata, y a la señorita Whitfield. Hay muchos otros; pero hablo de estas porque las conozco personalmente, y conozco su obra.

Recuerdo el primer grupo de misioneros del obispo Taylor que llegó a cabo Palmas mientras yo estaba allí. El vapor llegó el sábado por la tarde; seis de los hombres desembarcaron el sábado al anochecer; los demás, con sus familias, se quedaron hasta la mañana, y todos desembarcaron a tiempo para la iglesia el domingo por la mañana.

El querido hermano Harnard predicó un sermón grandioso. Él era el líder, u obispo, del grupo. Estaban todos tan llenos de esperanza y de ánimo. ¡Qué radiantes y felices parecían todos! El hermano Harnard tenía dos niños preciosos, de unos dos y cuatro años, supongo; y la gente, nativos y todos, estaba encantada con ellos. Algunos de ellos nunca habían visto niños blancos tan pequeños; y además estaban tan bien educados; y el hermano y la hermana Harnard eran tan buenos y amables con todos.

El hermano Pratt, agente del obispo Taylor en cabo Palmas, sea lo que sea ahora, fue sin duda el mejor hombre que el obispo Taylor pudo haber conseguido en cualquier parte para ocupar el puesto en aquel tiempo. ¡Oh, con qué fidelidad trabajó aquel hombre! ¡Cómo sacrificó su hogar, y todo, por la obra! Su pobre esposa estaba enferma todo el tiempo; sufría... ¡oh, cuánto sufría!; pero era la segunda en todo por el éxito y el bien de la obra del obispo Taylor.

Él llevó a su casa al hermano Harnard, a su esposa y a sus dos niños, y a dos de los otros hombres, el hermano Johnson y el hermano Miller. La hermana Harmon y yo habíamos acordado atender a tres

ESCUELA DE LA MISIÓN, ROTIFUNK, ÁFRICA.

de los hermanos: el hermano Cadle, el hermano Ortlit y el hermano Garwood. Yo les daba el desayuno y el té, y la hermana Harmon los alojaba y les daba la comida.

El lunes por la tarde invité al hermano Johnson y al hermano Miller a tomar el té con los demás hermanos. Desde luego, estos eran gente de mi propio país; habían dejado su hogar y se habían ido a trabajar entre mi pueblo en África. Así que hicimos lo mejor que pudimos por ellos.

Conseguí que la hermana Harmon hiciera unos ricos bizcochos de Maryland a la antigua (que ella sabía hacer tan bien como yo misma, y a mí en otros tiempos me tenían por experta), y tuvimos un rico pollo frito, y todo lo demás que pudimos conseguir, y en abundancia: ¡así lo hacíamos generalmente en África cuando nos lanzábamos a algo grande!

Desde luego, no podíamos ir a ese ritmo todos los días. Pero gracias a Dios, nunca vi en África un día en que no tuviera comida de sobra. Y cuando estaba en casa de Mamá Payne, en Monrovia, durante días me mandaban las comidas a mi cuarto, cuando no podía bajar, y tan bien servidas en una bandeja como si hubiera estado en una buena casa de huéspedes, o en mi propio hogar en América.

Terminado el té, estábamos todos conversando y pasándolo bien; los hermanos parecían haber disfrutado tanto de su té, y todos estábamos contentos.

El hermano Johnson había estado expresando en los términos más halagüeños su deleite y aprecio por el espléndido té, y sobre todo por los bizcochos. Dijo que la dama que los había hecho debía de ser una dama maravillosamente buena, y que si no estaba casada, debería estarlo; porque una dama que sabía hacer tales bizcochos merecía tener un buen esposo. Bueno, todos nos reímos, y lo tomamos en broma. Yo me sentía bastante segura, ya que no había hecho los bizcochos.

La hermana Harmon era una mujer de buen parecer, pero era mayor que yo, y tenía hijos ya crecidos y casados, y nietos; así que no tenía nada que temer, salvo la incomodidad de la pregunta y la respuesta, si de verdad se llegaba a eso. Entonces el hermano Johnson me dijo:

«Señora Smith, me gustaría hablar con usted en privado».

«Muy bien», le dije; «disculparemos a estos hermanos, y usted puede hablar conmigo aquí mismo».

Así que los tres hermanos se levantaron y se retiraron a la sala. Yo había observado y escuchado al hermano Johnson, y le había tomado bien la medida mientras hablaba, y sentía en mi interior que iba a hacer el tonto.

«Ahora, hermano Johnson», dije yo, «adelante. ¿Qué es lo que quiere decir?».

Se enderezó y sonrió, y se mostró un poco cohibido; luego se puso colorado en la cara y por todo el cuello, hasta que su hermosa corbata blanca parecía que también se iba a poner rosada.

Pensé: «¡Ay, Dios mío!, ¿qué irá a decir?». Porque yo lo miraba directamente a los ojos, y con la mirada del peñón de Gibraltar, si es que Gibraltar alguna vez miró. Me dije: «No puede ser que me vaya a proponer matrimonio; acaba de llegar; no lleva aquí ni tres días». Después de aclararse la garganta, dijo:

«Bueno, hermana Smith, o señora Smith» (recalcando lo de señora).

«Sí», le dije.

«Bueno, he venido a África, y espero hacer de ella mi hogar futuro. No he venido para volverme. Espero morir aquí».

Entonces hablé y le dije: «No creo que usted tenga que morir aquí más pronto de lo que moriría en los Estados Unidos. Basta con usar el sentido común, e ir un poco despacio mientras uno se aclimata». Luego esperé el siguiente disparo.

«Pensé», continuó, «preguntarle si conoce usted a alguna buena mujer de color que crea que podría ser una buena esposa para mí. Podría haberme casado antes de salir de mi país, o de América» (era sueco); «pero preferí esperar hasta llegar aquí; y pensé que sería mejor para mí casarme con una mujer del país, que ya esté aclimatada. Si me casara con una mujer blanca, estaría todo el tiempo llorando por volver a casa a ver a su tía o a su tío, o a su madre», con una linda sonrisa.

Gemí, agobiada, para dar salida a mis sentimientos encontrados. Pero luego me contuve; porque, mientras él hablaba, yo lo estaba leyendo, y me dije: «No hay nada en este hombre; está tan lleno de sí mismo como se puede estar, y va a ser un fracaso, si no una deshonra, para la misión del obispo Taylor aquí». Porque la obra apenas comenzaba, y era nueva, y necesitaba mucha dirección y manejo cuidadosos, con todos los prejuicios americanos y africanos contra este nuevo movimiento que se sostenía a sí mismo.

«Señor Johnson, conozco aquí a algunas mujeres muy buenas que, creo, serían buenas esposas para alguien; pero yo no le recomendaría a nadie que conozco que hiciera lo que yo no haría; y yo, por mi parte, no me casaría con usted, ni con ningún otro hombre, aunque fuera de oro; un perfecto desconocido, recién llegado de otro país, que no lleva aquí ni tres días; nadie sabe nada de usted; usted

no sabe nada de la gente. Es usted completamente prematuro. Tendrá que estar aquí algún tiempo, y conocer África y a la gente. Además, la misión del obispo Taylor que se sostiene a sí misma está en su infancia, y todos los ojos están puestos en estos primeros misioneros, aquí y en casa, y debemos tener cuidado de no hacer nada que la estorbe o la perjudique desde el comienzo».

Vi que mi manera de ver las cosas no le cayó muy bien al hermano Johnson. Pero no supe hasta el miércoles lo que había pasado antes.

La hermana de la esposa del señor Pratt, una muchacha muy buena, había ido a ayudar en la casa, ya que la señora Pratt estaba enferma. Le tomó mucho cariño a la señora Harnard y a los niños, y se había ofrecido a la señora Harnard para irse con ella a cuidar de los niños.

Resultó que cuando el señor Johnson desembarcó el sábado y vio a esa muchacha en casa de la señora Pratt, quedó flechado a primera vista, y se le había declarado; y ella, pobrecita, pensó que era espléndido. Juzgó por las apariencias; porque el señor Johnson era un hombre muy bien parecido, bien vestido, con botas de charol, cuello de camisa y corbata exquisitamente hermosos, y ella pensó que había pescado un pez de primera calidad. Supongo que así era; pero tenía muchas espinas.

Iban a casarse el jueves, y lo habrían hecho si el señor Pratt lo hubiera permitido. Cuando él se enteró, mandó a la muchacha a casa de su padre, y se las arregló para contener al hermano Johnson durante dos semanas.

Así que ese era el significado de la conversación privada que el señor Johnson quería tener conmigo el lunes por la noche. Pero no vino derecho a decírmelo. Después me alegré de no haber sabido nada de ello, y de haber hablado justo como hablé. Y, a pesar de todo eso, trataron de decir que yo estaba a favor.

Se casaron en la Iglesia Metodista, los casó alguien, ahora no recuerdo quién; pero sé que no los casó el hermano Harnard. Yo ni me acerqué; porque estaba muy ocupada con mis misioneros enfermos, y de todos modos no me interesaba ver el comienzo del asunto; me interesaba más cómo iba a terminar.

Pues bien, resultó tal como yo dije. Después de una semana o algo así, él se llevó a la pobrecita tierra adentro, a su estación. Ella no tenía nada, y él no tenía nada, salvo sus provisiones de la misión; y habían usado la mayor parte de ellas para su banquete de bodas; nadie

les hizo ningún banquete, ni les dio ningún regalo, como se hace en este país. En esto ambos parecieron llevarse una gran decepción.

El señor Johnson parecía pensar que con solo casarse con una muchacha de color, siendo él un hombre blanco, sería una prueba tan permanente para la gente de color de que de verdad los amaba, que lo recibirían con los brazos abiertos y derrocharían sobre ellos sus riquezas y regalos; sobre todo porque se había casado con una de las familias más respetables de cabo Palmas: la hija del honorable señor H. Gibson. ¡Vaya, creía que ya lo tenía! Y vaya si lo tuvo.

¡Pobre muchacha! La conocía bien. Se había convertido y santificado en una de las reuniones que yo había celebrado, y había crecido en la gracia, y se estaba desarrollando tan bien, y era una de nuestras buenas obreras en la obra de templanza de la Banda de la Esperanza.

Cuando supe que estaba decidido que se casara con el señor Johnson, confieso que me decepcionó; porque de verdad le había dado crédito de tener más juicio. Así que nunca le abrí la boca sobre el tema.

Su gozo y su deleite duraron poco. Él cogió fiebre y cayó enfermo. Volvieron al Cabo. Fui a verlo, e hice lo que pude.

Cuando se mejoró, volvieron a subir a su estación. Los nativos los recibieron con alegría, y les dieron un novillo. Tenían construida su casa de la misión para instalarse. Pero todo era tan distinto de como era en América. Volvió a caer con fiebre, y otra vez regresaron al Cabo. Yo, con el hermano Pratt, hice todo lo que pude por él hasta que me fui.

Después de algunos meses de ir y venir, y de caer con fiebre, volvió otra vez al Cabo, y tomó el primer vapor rumbo a casa, y dejó allí a su esposa, a que viviera o muriera. ¡Pobrecita! En menos de un año murió.

Y el hermano Johnson... aunque se hizo por él todo lo que se pudo hacer, lo vi después de esto en Monrovia, yendo de casa en casa, y lo peor que podía decir del obispo Taylor y de su misión que se sostenía a sí misma le parecía poco.

Desde luego, él y el señor Hillman, y el señor Astley, se habían pasado todos a la Iglesia Episcopal; y, al parecer, una de las señales más seguras de verdadera fidelidad a esa iglesia es despreciar y denunciar a todos y todo lo de la iglesia que los preparó para que esta iglesia los recibiera.

La última vez que vi al hermano Johnson fue en julio del 91, en la

Misión Episcopal de cabo Mount; y de todas las pobres criaturas de aspecto desamparado que había visto en mucho tiempo, él parecía la más digna de lástima.

He dicho que no siempre era cuestión de tener el dinero contante para salir adelante en África, porque había ocasiones en que no se podían conseguir las cosas ni aun con el dinero en la mano.

«Entonces, ¿qué hacían cuando no podían conseguir en las tiendas las cosas que querían?».

Pues bien, simplemente teníamos que esperar, y hacer lo mejor que podíamos, hasta que llegara un vapor, o un barco americano; a veces era una semana, o dos, o tres, según el caso.

«¿Y cómo se arreglaban?».

Bueno, esa es una pregunta difícil de contestar: cómo nos arreglábamos. Pero nos arreglábamos; simplemente llamábamos a la vieja madre de la invención, y ella siempre tenía algún plan para sacarnos del apuro; así que no había ninguna necesidad de sentir nostalgia ni de apartarse del Señor.

Nunca sentí nostalgia más que unos cinco minutos en todos los ocho años que estuve en África; y fue un día en que estaba leyendo en el «Christian Standard» la crónica de una maravillosa reunión de santidad celebrada en la vieja iglesia de John Street, en Nueva York, y yo tenía tanta hambre de un banquete espiritual así; y mientras leía me sorprendí diciendo: «¡Cómo quisiera estar allí!».

Cuando pensé en lo que había dicho, me puse en pie de un salto y exclamé: «¡Ahora, Señor, ayúdame, porque sé que estoy justo en el lugar donde tú me quieres, y todo está bien!». Y en un momento se me fue la nostalgia.

Luego, una vez, estando en casa de la señorita Sharpe, casi sentí nostalgia. Estaba pasando por mi primer ataque de fiebre, y padecía por un trago de agua fresca. Acostumbrada a tener hielo en este país, o a ir a un manantial o a una bomba y conseguir un trago fresco, sentí que tenía que conseguir hielo. En la India fabrican hielo; así que estando allí podía conseguir agua con hielo; pero en África no lo fabrican. A veces podíamos conseguir un pedazo del vapor; pero solo un pedazo pequeño, que no podía durar mucho; y por lo general, cuando uno más lo quería, no había ningún vapor en el puerto; así que había que arreglárselas sin él.

Y el agua siempre está tibia. La única vez que se consigue fresca es muy temprano por la mañana, o durante la temporada de lluvias. Por la mañana estaba un poco fresca, pero si uno la bebe tan temprano es muy probable que le den escalofríos; así que hay que tener cuidado en ese sentido.

Estaba bastante abrasada por la fiebre, y a medida que pasaban los días y las noches, sin nada fresco que beber, y sin apetito para comer nada de lo que podía conseguir, ansiaba lo que no podía conseguir.

Se podía conseguir mucho, pero no lo que yo quería. Yo quería una rica chuleta de cordero asada a la parrilla, untada con una buena mantequilla dura, no esa cosa blanda y aceitosa que venía en las latas. Quería un buen panecillo de panadería, con mantequilla dura recién sacada del hielo, y una buena taza de té, con crema fresca, no leche condensada.

Me vinieron a la mente todas las cosas ricas que yo había hecho para los enfermos cuando vivía en la casa de un caballero rico. Sabía exactamente cómo hacerlas; las había hecho para otros. Y cuando cerraba los ojos, allí estaban todas esas cosas delante de mí. Las veía tan claras como se pueda imaginar. Cuando caía en una pequeña modorra me perseguían. Cuando despertaba, ¡oh, qué hambre tenía de justamente eso!; no quería ninguna otra cosa.

No era cuestión de dinero; yo tenía un poco, y habría conseguido todas esas cosas, pero allí no había dónde conseguirlas.

Así que una noche oré casi toda la noche, y le pedí al Señor que me quitara todo deseo de cuanto no podía conseguir, y me ayudara a que me gustara y apeteciera justamente lo que podía conseguir. Como a las cuatro de la mañana me quedé dormida, y desperté como a las seis; y todo el deseo de chuleta de cordero, y panecillos, y mantequilla dura, y crema fresca había desaparecido, y estaba tan libre de ese deseo como si nunca lo hubiera tenido. Me reí, y lloré, y alabé al Señor por su amorosa misericordia.

Nadie que no haya pasado por la experiencia puede decir nada de lo que significa estar débil, y enfermo, y con hambre, y donde no se puede conseguir ni un poquito de lo que el apetito ansía. Pero nuestro Dios es un libertador maravilloso. Y luego, el grandioso y viejo texto que él me dio cuando empecé: «Mi Dios suplirá todo lo que os falta»... ¡qué verdad es! Alabado sea su nombre. Amén.

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