Capítulo 30 · 31 min de lectura · 40 min de escucha
Old Calabar y las mujeres de África
Old Calabar, África Occidental, 29 de mayo de 1887. Hoy hice mi primera visita al Patio del Rey, en Duketown. La señora Lisle y yo, con una mujer nativa cristiana como intérprete, visitamos a las mujeres en el pueblo nativo. ¡Oh, qué tristeza, y qué condición tan deplorable la de estas pobres mujeres! A las esposas de los reyes y de los jefes no se les permite salir a la iglesia, ni salir en absoluto sin permiso.
El primer patio que visitamos fue el de un gran jefe que tiene unas veinte esposas y otros tantos esclavos, o más. El primer patio eran las dependencias y las casas de estos esclavos. Saliendo de allí, subiendo por un callejón lóbrego hasta un patio pequeño, y luego cruzando una puerta hasta un gran patio abierto, llegamos a las dependencias de las esposas.
A la entrada de la primera puerta hay cuatro calaveras humanas plantadas en el umbral. Traté de hacerme a un lado, pero por dondequiera que pisaba me parecía que pisaba una. Era una sensación muy desagradable, pero, en fin, yo sabía que no les había hecho nada a aquellas pobres almas.
En el centro de este gran patio había un árbol con un pequeño armazón bajo alrededor. Dentro de este armazón había una gran fuente americana, como las que usaríamos aquí para servir un pavo, con una calavera humana encima. Al mirarla pensé en Daniel Webster. Era un cráneo muy parecido al de aquel gran estadista; de una forma y unas proporciones tan maravillosas.
A la derecha, y casi enfrente, estaba la cabeza de un macho cabrío. Todos habían sido sacrificados. Pregunté: «¿Cuándo se hizo esto?».
«Oh, hace años se ofrecían hombres y mujeres en sacrificio; pero desde que están aquí los misioneros se ha acabado, y las calaveras son un recuerdo».
Mi segunda visita al Patio del Rey fue el domingo 12 de junio. Fuimos a cuatro casas. Canté, y hablé por medio de una intérprete, y oré, y les conté cómo encontré a Jesús y cómo me salvó. ¡Pobrecitas, qué interesadas parecían!; y vi los gruesos lagrimones en sus ojos.
Algunas de las mujeres eran muy bien parecidas; de buenas facciones y de formas hermosas, como también sus hijos. ¡Oh, cómo las anhelaba mi corazón para Jesús!
En casa de Ironbar, que es un gran jefe, lo primero que vimos al entrar fue, en un rincón del patio, un gran yuyu, la cabeza de un elefante, que representa una superstición en la que todos creen y que todos tienen, de una forma u otra, en sus casas. También tienen calaveras de cabras, muchas calaveras humanas, caparazones de tortuga, plumas de gallina, montones de cuerdas largas, o trapitos, colgando en ristras y atados con diversos nudos y lazos, y mucha grasa sucia derramada encima.
Este era un gran jefe. Vestía como un caballero, con ropa inglesa, y fue mi primer acompañante a la Iglesia Presbiteriana.
Llevaba detrás un séquito de criados para cargarle el paraguas, que era grande, de sedas de distintos colores —azul, amarillo, verde, rojo, etc.— y con un pomo de latón arriba del tamaño de una taza de té grande; dos hombres podían con él bastante bien; luego se turnaban. Ironbar iba a la iglesia casi todos los domingos; y, sin embargo, estaba tan lleno de superstición y de paganismo como si nunca hubiera oído el evangelio.
En el tercer patio, enterrada en el umbral, había una calavera humana sobre la que había que pasar para entrar. ¡Oh, qué horror! Un cementerio humano. ¿Pero y todos los horrores que no has visto ni oído? Dije: «¡Oh Señor! ¿Hasta cuándo durará la terrible noche del paganismo? ¡Oh, que amanezca el día, y muy de mañana! Amén».
En el cuarto patio, al pasar junto al palacio del rey para ir al patio donde vivían sus esposas, miramos adentro y vimos la mesa, con botellas de champán y de coñac; y unos ocho o más de los señores, príncipes y gobernantes reunidos alrededor, mientras sus criados estaban listos para cumplir sus órdenes; y mientras bebían su vino y fumaban, pensé en el rey Belsasar y en la escritura en la pared. Que Dios apresure el tiempo en que este reino les sea quitado y dado al Rey de reyes.
En el quinto patio vimos a la reina; una mujer grande y gorda, de facciones muy regulares, una hermosa piel morena, preciosas manos y brazos, y pies muy pequeños; llevaba el pelo peinado con un estilo precioso; era muy digna, y trataba de ser agradable, pero vi que no tenía ninguna simpatía por Jesús. Me atreví a decirle unas palabras, canté un himno y la dejé. Iba con todo su atuendo: ¡unas tres yardas de una tela preciosa alrededor de la cintura era todo lo que llevaba puesto! Tiene esclavos por centenares.
Unos días antes, uno se había ahorcado; se suponía que lo habían secuestrado y traído, y el horror de la esclavitud allí es, para muchos, como lo era aquí, y a menudo se quitan la vida, ahogándose o ahorcándose; le cortaron la cabeza y se la llevaron a la reina como reliquia. Algunas de las esposas son muchachas de unos catorce años.
Duketown, Old Calabar, 20 de junio de 1887. Hoy es un gran día en Inglaterra y en las provincias: el jubileo de los cincuenta años de reinado de la buena reina. Me habría gustado estar en Inglaterra, y podría haber ido; pero pensé en cuántos pobres misioneros se habrían alegrado de estar allí, aunque solo fuera para un pequeño cambio y descanso, además de estar en el gran aniversario real, pero su trabajo, y en algunos casos la falta de medios, les impidió ir; y pensé que, aunque yo necesitaba tanto el descanso, y el doctor me había dicho que tendría que salir del país y tener un cambio completo de clima antes de poder esperar mejorar mucho, era justo negarme este gran y único privilegio que jamás tendría de ver semejante manifestación; y al hacerlo el Señor me bendijo, y confío en que responderá la pequeña oración. que él puso en mi corazón por la reina, cuyo reinado de cincuenta años ha tenido un carácter tan hermoso, de tan alta moral, tan cristiano. Que su vida y su salud sean muy preciosas a sus ojos que viva largos años para ser de bendición a todas las naciones; y que, cuando termine aquí su reinado, reine con aquel que es el Señor de todas las naciones, y que de entre todas ha redimido para sí, con la sangre de Cristo, reyes y sacerdotes para Dios. Amén. Amén.
Clay-Ashland, Liberia, África Occidental, 12 de julio de 1888. Desde hace mucho tiempo, varios cristianos han mostrado bastante interés en el tema de la santidad personal; y desde el avivamiento, que lleva tres semanas, este interés se ha intensificado, y se ha estado considerando en distintas ocasiones con varios de los miembros y con algunos de los principales mayordomos de la iglesia.
CASA DEL GENERAL SHERMAN, MONROVIA.
Sugerí la conveniencia de tener una reunión fija una vez al mes para el fomento de la santidad y en beneficio de los que estaban especial y concretamente interesados en el tema. Y para que se entendiera mejor el objeto de esta reunión, nos pareció bien organizarla como una asociación, que se llamaría «Asociación de Santidad de Clay-Ashland». Cuenta con el respaldo del pastor de la iglesia, el reverendo James Cooper, y además con el beneficio de su propio testimonio personal de la bendición de la entera santificación.
Se decidió que el pastor nombrara una ayudante para la hermana Martha Ricks, ya que ella siempre tenía una ayudante en su reunión de oración de los viernes por la tarde; y luego la hermana Ricks podría llamar a quien ella quisiera para que la ayudara.
Para poder ayudarnos más unos a otros espiritualmente, nos pareció aconsejable proponer que seamos muy vigilantes, muy dados a la oración y consagrados a Dios; y que procuremos llevar una vida de abnegación y de temor de Dios, y, en cuanto esté de nuestra parte, vivir con coherencia, y que de todos modos procuremos evitar toda apariencia de mal; al orar por la bendición, sed concretos; al testificar después de recibirla, sed concretos, y Dios fortalecerá vuestro corazón y fortalecerá vuestra fe; manteneos unidos; y con una fe firme en Dios no tenéis por qué temer; antes, confiad en el Señor perpetuamente, porque en Dios el Señor está la fortaleza de los siglos. Amén.
Yo había orado y pedido al Señor dirección acerca de ir, y me había llevado tantas decepciones; luego había caído con un fuerte ataque de fiebre y estaba bastante débil; pero se presentó la oportunidad de ir a cabo Mount, y pensé que iría. El bote del señor Sherman subía, y me dijeron que podía ir en él. Al abrir la Biblia, mis ojos cayeron en estas palabras, que tomé como seguridad para emprender el viaje: «No moriré, sino que viviré, y contaré la bondad de Dios».
Después de salir, hacia las tres de la tarde, nos sorprendió una tormenta hacia las nueve de la noche, y se desató de un modo terrible; parecía que a cada minuto el bote iba a volcar; con un fuerte viento de proa, y estábamos horriblemente mareados; yo estaba tan mareada que apenas podía levantar la cabeza.
Pero todo el tiempo, mientras el botecito se zarandeaba de un lado a otro y parecía que a cada momento iba a hacerse pedazos, el Señor mantuvo mi corazón muy tranquilo trayéndome una y otra vez a la mente estas palabras: «No moriré, sino que viviré, y contaré la bondad de Dios». Y así sucedió. ¡Aleluya!
El 3 de junio de 1889 hice otro intento de ir a cabo Mount, justo antes de salir de Liberia para América. Era mi última oportunidad, y como había visitado todas las demás poblaciones de la república, sentía que tenía que ver cabo Mount. Como era un día muy hermoso, recorrí las casas para ver si conseguía que alguna buena hermana fuera conmigo. Se lo pedí a varias, pero como no era una época del año muy agradable para ir, ninguna pudo acompañarme. Fui a ver a la señora Sherman y le pregunté si podía sugerirme a alguien. Me dijo que creía que Amanda McCrumidy iría.
Amanda era buena amiga mía, y tenía una hermana que vivía en cabo Mount, y como estaba a cargo de la casa de la señora del presidente Roberts, en Monrovia, pensé que tal vez podría ir; así que fui a verla y se lo pedí, y consintió enseguida. No era una persona muy fuerte, pero sí muy valiente; no habría podido conseguir a nadie de Monrovia más adecuado para este viaje (porque íbamos en un bote abierto) que la señorita McCrumidy.
Fui a ver al señor Isaac Dixon, que era un gran comerciante de Monrovia y tenía también un negocio en cabo Mount, y le pregunté si podía mandarme en uno de sus botes; por supuesto, yo lo pagaría. Fue muy amable, y me dio un buen bote y una tripulación de sus mejores hombres. Íbamos a salir el martes por la mañana. El lunes por la tarde, hacia las cuatro, las nubes se pusieron negras y nos amenazaba una tormenta terrible. Al asomarme y ver las nubes, mi fe tembló un poquito, pero miré al Señor y en un momento todo quedó en calma. El martes por la mañana, 4 de junio, el Señor había confirmado en mi corazón la seguridad de que tenía que ir. A las seis de la mañana las nubes estaban negras y amenazadoras, retumbaba el trueno, soplaban los vientos, pero mi fe no vaciló nunca; aquella era mi hora de ir. Así que hacia las ocho llegó mi amiga Amanda y dijo: «¿Va usted?».
«Oh, sí», le dije. Unos momentos después, la señora Dixon mandó a su niño a decirme que no fuera; tenía miedo de que nos tocara una gran tormenta. Pero yo dije: «No, esta es mi hora de ir».
Cuando bajé a la orilla me encontré con que al señor Dixon le había fallado el ánimo; tenía la esperanza de que yo decidiera no ir. Pero construyeron una especie de toldo sobre el bote para protegernos un poco del sol y de la tormenta, y allá salimos para cabo Mount. Estuvimos en el mar todo el día y toda la noche, y llegamos a cabo Mount a las siete de la mañana siguiente. Alabamos al Señor una y otra vez.
Jueves, 6 de junio. Hice varias visitas, y por la noche prediqué a una
casa llena, y el Señor me dio gran libertad al hablar y ayudó a la gente.
Viernes, 7. Dispusimos una hamaca y caminamos tres millas hasta un poblado nuevo para visitar a los emigrantes; y de todas las cosas tristes que he visto, aquella pobre gente fue la peor; ¡cómo me dolía el corazón por ellos!; desamparados, enfermos e ignorantes; no había entre ellos ni una casa, de las que visité, que fuera ni remotamente cómoda.
Sábado, 8. Visité la misión de la señora Briley, la Misión Episcopal. Esta señora era una misionera blanca, ha pasado varios años en África, y supongo que estará allí el resto de sus días. Esta solía ser una misión muy próspera; pero, por lo que vi, parecía faltarle casi de todo y necesitar casi de todo.
Domingo, 9. Prediqué dos veces y hablé a la escuela dominical.
Lunes, 10. Las seis de la mañana. Volvemos a nuestros botes abiertos rumbo a Monrovia. Fuera toda la noche. ¡Oh, qué bueno es el Señor! Nos alcanza una tormenta y nos amenaza seriamente. Al levantar los ojos a mi Padre, Dios, y clamar a él para que nos ayudara, me respondió enseguida, y al poco rato el viento pareció amainar y las nubes pasaron.
Martes, 11. Todavía en el bote, y mareada; pero la mañana es preciosa. Alabado sea el Señor. Llegamos a Monrovia hacia las once.
A menudo me preguntan: «¿Cuál es la religión de África?». Bueno, donde yo estuve no tenían una verdadera forma de religión. Eran lo que llamaríamos adoradores del diablo. Dicen que Dios es bueno, que él no les hace ninguna jugarreta; así que no hay necesidad de orarle. Pero oran, y bailan, y cocinan grandes platos de arroz y pescado, y los dejan fuera de noche para que el diablo se dé un buen banquete. Creen que, si lo alimentan bien y se llevan bien con él, les dará buenas cosechas y buena suerte, y mantendrá alejada la enfermedad. Si la viruela, o alguna enfermedad por el estilo, llega a su pueblo, dicen que es porque alguien ha hecho enojar al diablo.
Estando en Baraka con el obispo Taylor tuve mi primera experiencia de sus leyes y costumbres. La hermana Betty Tubman, la tía Julia Fletcher y yo fuimos, en compañía del obispo, a abrir una misión en Baraka. Es un gran pueblo nativo, y hace años la Iglesia Metodista tuvo una misión floreciente justo al lado de este mismo pueblo.
Como el obispo Taylor había venido a África a ayudar a mi pueblo estableciendo misiones y escuelas, sentí que era mi deber hacer todo lo que pudiera para ayudar, y estar al lado del obispo, y hacer lo que pudiera ocupándome de las pequeñas necesidades.
Yo tenía una gran cantina, como las llaman en África; aquí diríamos una fiambrera; así que la llenaba de comida, la mejor que podía conseguir; horneaba una gran hogaza de pan, y conseguía algunas carnes en lata, y un jamón cuando podía. Cinco dólares era lo más barato que se podía conseguir un jamón, en cabo Palmas, pero aun a ese precio no se les quedaban en las manos a los comerciantes; porque cuando se trata de comida, los liberianos no son tacaños, y el jamón no es ninguna rareza, aunque no lo tienen todos los días; pero por lo general se las arreglan cuando lo quieren especialmente. A menudo pueden conseguir cosas de este tipo, que son caras, por trueque, con café o aceite de palma. Pero, naturalmente, yo no tenía nada de eso, y siempre tenía que pagar al contado lo que compraba en las tiendas.
Luego tenía una pequeña estufa de queroseno que llevaba conmigo, y cacao, y café, y una lata de leche condensada, y galletas, o galleta marinera, porque el pan no dura mucho; si uno intenta guardarlo, se agria o se enmohece; así que por lo general lo gastamos mientras está fresco, y luego recurrimos a la galleta marinera.
El Señor era tan bueno que por lo general yo tenía un poco de dinero a mano. Pero muchas veces no era cuestión de dinero, y no se podían conseguir las cosas que uno necesitaba; no las había. Pero era asombroso cómo aprendí a arreglármelas y salir adelante. Dicen que la necesidad es la madre de la invención; y África es sin duda el lugar donde puede desarrollarse.
Solíamos levantarnos temprano por la mañana; yo hervía un poco de agua y le preparaba al obispo una taza de cacao o de café, y así le daba un desayuno temprano.
Los nativos siempre eran amables y hospitalarios; tomaban su comida hacia las nueve o las diez; pero para esa hora nosotros estaríamos muy desfallecidos, por no estar acostumbrados; y como el obispo madrugaba mucho, yo sabía que lo mejor para él era comer algo antes de esa hora. Y además yo siempre tomaba al menos una taza de té, o algo, antes de que se hiciera tarde.
Los nativos traían, quizá, una gallina. No las escaldaban y desplumaban como nosotros; las mataban y las pasaban por encima del fuego; y, por supuesto, todas las plumas que no les quitaban teníamos que quitarlas nosotros; luego traían
grandes calabazas de arroz, y pimienta, porque lo usan todo muy picante; esa fue una de las cosas a las que nunca pude acostumbrarme, la pimienta picante. Pero el querido y anciano obispo se servía el arroz y el ave, y la cabra, porque muchas veces mataban una cabra por la mañana y la cocinaban para el desayuno.
Poníamos una caja en medio del suelo, y yo extendía un paño encima, y ellos colocaban sobre ella estas calabazas, y nos sentábamos. A veces traían tres o cuatro calabazas; teníamos que comer un poco de cada una; no les habría parecido nada bien que devolviéramos una sin haber comido de ella; así que por lo general teníamos de sobra, si tan solo pudiéramos comérnoslo; muchas veces uno tiene que adquirir el gusto antes de que algo le guste de verdad. Estuve en África un año entero antes de disfrutar o saborear de verdad la comida. Todo parece saber distinto; pero algunos se acostumbran muy pronto, y otros tardan algún tiempo. En África siempre tuve comida de sobra. Nunca vi un día en que no tuviera de sobra, aunque no siempre fuera lo que mi apetito saboreaba.
Yo pensaba que, cuando llegáramos a Baraka, haríamos fuego afuera y tendríamos un verdadero día de pícnic. Cocinaríamos todo como quisiéramos, igual que se hace en los pícnics; porque la tía Julia y Betty, eran las dos buenas cocineras, y en ese terreno yo esperaba mostrarle al obispo lo bien que podíamos atenderlo.
Pero, ¡he aquí!, cuando llegamos no nos permitieron hacer fuego afuera en absoluto; todo lo que se cocinara tenía que cocinarse dentro de la casa nativa que ocupábamos. No se permitía ningún fuego afuera, salvo una especie de horno donde cocían su alfarería: toda clase de vasijas hechas de barro que se meten en el fuego y se cuecen.
Es asombroso lo hábiles que son en esas cosas; hacen todos sus utensilios de cocina; nosotros lo llamaríamos loza de barro; algunos son muy bonitos; son fuertes y están bien hechos, y los hay de todos los tamaños; tinajas que caben uno, dos, tres y cinco galones de agua; y luego hay utensilios más pequeños.
Nos alojamos en la mejor casa del rey; una casa nativa grande; suelo de barro, pero seco; sin ventanas, sin chimenea; había un hueco en el suelo donde hacíamos el fuego y cocinábamos, y el humo subía y se iba por toda la paja del techo. No sé cómo lo aguanté, pero me fue de maravilla. Cuando la leña estaba mojada y echaba mucho humo, sufría con el humo en los ojos; pero, no sé por qué, ¡tengo la idea de que el humo era sano en África!
La costumbre era que por la tarde cada casa del pueblo tenía un fueguito afuera, delante de la puerta, y muchas veces se dejaba junto a él un pedazo de tabaco y una pipa; eso era para alguno de sus amigos que hubiera muerto, o para que el diablo pudiera venir a encender su pipa (por supuesto, suponen que el diablo fuma); creían que era algo bueno y que le agradaría. Por eso no nos permitían hacer fuego afuera. A mí me parecía una tontería; pero me dijeron que más valía que no insistiera. Así que, cuando mandé recado al rey y él dijo que no, que no podíamos hacer fuego afuera, y cuando yo misma di un paseo por todo el pueblo, justo al anochecer, y vi, efectivamente, junto a cada choza un montoncito de leña que ya había ardido y estaba lista para encenderse otra vez, hice simplemente lo que me dijeron, y cociné dentro de mi propia casa nativa.
Estando nosotras allí, la esposa principal del viejo rey, que era la esposa reina, fue juzgada y condenada por bruja. Eso significaba que tenía que morir bebiendo palo sassy.
Otra de las esposas del rey acusó a la esposa principal de haber embrujado a su hija. La niña era una muchacha de unos catorce años, y estando en el campo de yuca arrancando yuca, la mordió lo que llaman la serpiente de la yuca, que es tan venenosa como la cobra de la India. Cuando esta niña murió, dijeron que era porque la esposa principal la había embrujado; y cuando a alguien se le acusa de bruja, tiene que morir.
Aquella pobre mujer huyó y estuvo tres meses fuera, con su gente. Y siendo la esposa principal del rey, era lo que llamaban un gran «palabreo de vergüenza»; que le pasara algo a la esposa del rey era algo muy malo de veras.
Como la esposa del rey era de una familia muy alta, se reunieron todos, y les llevó tres meses poder arreglarlo. Pero se arregló, y ella había decidido beber el palo sassy.
Tenía dos hijos, unos jóvenes espléndidos; eran altos y apuestos, igual que su padre, el rey; eran muchachos muy despiertos, y uno de ellos hablaba buen inglés. Así que el viernes nos dijeron que su madre iba a beber de nuevo el palo sassy el sábado; tenía que beberlo dos veces. Les pedimos que vinieran a avisarnos cuando llegara el momento, y dijeron que lo harían.
La madre estaba en otro pueblecito nativo, a una media milla de este pueblo grande. Así que el sábado por la mañana, hacia las ocho, vino el joven a avisarnos. La tía Julia había
salido a buscar leña; así que Betty y yo fuimos con el joven. Betty Tubman entendía la lengua nativa y la hablaba muy bien.
Justo al llegar a este pueblecito, encontramos a los hombres y a la mujer que iban al lugar de la ejecución. El pueblo estaba cercado por una valla de palos. La anciana salió por la puerta al espacio abierto que había justo afuera.
Era una mujer no muy alta, pero muy negra, de miembros hermosos, muy bien formada, de pies pequeños, como los de una dama, y manos y brazos preciosos; tenía la cabeza rapada y untada con algo negro; y llevaba un pequeño taparrabos de hierba, como una faldita, justo alrededor de la cintura.
Al cruzar la puerta pensé en el Señor Jesús, que nos ha dicho que salgamos llevando su vituperio. Fuera de la puerta había una especie de arboleda, y un espacio abierto justo más allá de esa arboleda. Cuando llegaron al lugar, se detuvieron. Había cuatro o cinco ancianos y dos jóvenes.
Los ancianos estaban como testigos. Pusieron en el suelo un mortero. Uno llevaba una calabaza, y otro cargaba el palo sassy, que es un cocimiento líquido. No sé si alguien ha llegado a descubrir de qué se compone realmente este palo sassy; pero me dicen que es una mezcla de ciertas cortezas. Allí hay un árbol que crece muy alto, llamado el árbol del palo sassy; pero con esto se mezcla algo que es muy difícil de averiguar, y los nativos no dicen qué es. Dicen que es una de sus medicinas, que usan para cumplir su ley de castigar a las brujas; así que no se puede averiguar qué es.
Aunque hacía tanto calor, sentí que me quedaba fría al mirar la escena. Parecía que el corazón se me paraba. ¡Oh, cómo oré a Dios que salvara a aquella mujer! No podíamos hacer nada para ayudarla; su marido no podía ayudarla; sus hijos no podían ayudarla; su gente no podía ayudarla. No, la habían acusado de bruja, y tenía que pagar la pena; y la pena era beber el palo sassy. Si lo vomita, ha ganado el caso.
A veces sí lo vomitan, y entonces quedan muy bien considerados; se les eleva a un rango de dignidad más alto que el que jamás habían tenido. Así que oré por la pobre y querida mujer, para que Dios hiciera que lo vomitara.
En un momento pensé que no soportaría verlo; pero aguanté. Recuerdo cómo me agarré a la rama de un árbol cercano cuando
ella estaba a punto de tomarlo; y me agarré y oré. Su hijo estaba con nosotras y vio a su madre beber la primera dosis; y luego salió corriendo. Los dos jóvenes sacaban este cocimiento del mortero a la calabaza, y la dejaban en el suelo, y luego ella tenía que levantarla y bebérsela.
Cuando llenaron la vasija, ella se quedó mirándola, y luego recogió tres piedrecitas y dijo algo como una pequeña oración; después golpeó el costado de la vasija. Entendí cuando dijo «Niswa, oh, Niswa», que quería decir «Oh, Dios». No supe qué más dijo. Pero golpeó con una de las piedras el costado de la vasija, echó otra dentro y tiró la otra. Luego se bebió el palo sassy. Tenía que beberse dos galones.
Me volví a Betty y le dije: «¿Qué dice, Betty?». Y ella me dijo la parte que yo no había podido entender. La oración entera era esta: «Oh, Niswa, si yo he hecho brujería y por eso ha muerto esta niña, cuando beba este palo sassy no lo vomitaré. Pero si no he hecho brujería para que muriera esta niña, entonces vomitaré el palo sassy».
Eso era lo que decía todo el tiempo mientras bebía el palo sassy. Después de que se tragó la primera dosis, sacaron otra vasija llena. ¡Oh, cómo temblaba yo! Dije: «Señor, haz que lo vomite». Y justo cuando iba a agacharse para levantar la segunda vasija, la vi sacudir un poquito los hombros y abrir la boca, y si alguna vez han visto una boca de riego en la calle echar agua... ¡así echó ella aquel palo sassy, en un chorro perfecto!
¡Pues bien, habría podido gritar de júbilo! Dije: «Gracias a Dios». Pero no lo dije muy alto, porque aquellos tipos tenían cara de venganza, y temí que nos echaran de allí.
Luego se bebió la segunda vasija, y después la tercera, y la vomitó, y quedó victoriosa. ¡Vaya! ¿Y no salí yo de aquel lugar dando saltos? No puedo describir cómo me sentía.
La mañana siguiente era domingo; y hacia las ocho oímos tantos cantos y música y redoble de tambores que nos preguntamos qué demonios pasaba. Nos asomamos, y por el pueblo venían todas las mujeres, y esta misma mujer, la esposa del rey, con dos acompañantes a cada lado, y vestida preciosamente; llevaba envuelta una hermosa tela del país, de toda clase de colores, como la túnica de José; estaba bañada y
untada de aceite; llevaba aretes en las orejas y pulseras en las muñecas; tenía los dedos cubiertos de anillos, y anillos en los dedos de los pies y en los tobillos. ¡Estaba preciosa!
Tienen una especie de hierba que tiñen de negro, y que se parece mucho al cabello; y llevaba un tocado de esto, rizado preciosamente, y estaba todo lo hermosa que se puede estar. Además llevaba un gran paraguas enorme, de rayas rojas, azules, verdes y amarillas. ¡Oh, qué elegante iba! Y la pasearon por el pueblo; bailaban y cantaban; niños, niñitos y niñitas, y mujeres.
Al día siguiente, el lunes, los hombres quemaron pólvora, como ellos decían. Hacia las cinco de la mañana oímos disparar un gran cañón. Pensamos que quizá había empezado una guerra. Pero era el día de los hombres para su jolgorio por la victoria que había obtenido la esposa del rey.
Nunca olvidaré cómo el pobre viejo rey vino a pedirme que bebiera vino.
«No, rey —le dije—, usted sabe que soy mujer de la templanza. Yo no bebo vino».
Pareció bastante indignado. Dijo: «¿Qué pasa? ¿Mi mujer no muere y tú no puedes beber un poquito de vino conmigo cuando mi corazón está contento porque mi mujer no muere?».
«Bueno —le dije—, rey, yo estoy muy contenta, y sí oré, y creo que Dios ayudó a su mujer para que no muriera. Pero yo, vino no bebo».
Entonces, cuando iba a darse la vuelta, casi con disgusto, le dije: «Le digo una cosa, rey: le doy una taza de cacao. Yo se lo hago. Así usted bebe cacao conmigo».
«Sí», dijo, y entonces sonrió.
Así que me puse a trabajar e hice un buen tazón de cacao, y le eché azúcar y leche condensada, y le di una galleta marinera y algo de carne, lo cual le agradó muchísimo. Y así quedamos amigos.
Las pobres mujeres de África, como las de la India, lo pasan muy mal. Por regla general, a ellas les toca todo el trabajo duro. Tienen que cortar y acarrear toda la leña, llevar toda el agua sobre la cabeza y sembrar todo el arroz. Los hombres y los muchachos cortan y queman el monte, con ayuda de las mujeres; pero sembrar el arroz y plantar la yuca les toca a las mujeres.
A menudo verán a un hombre grandote caminando delante, sin nada en la mano más que un machete (porque siempre llevan eso o una
lanza), y a una mujer, su esposa, que viene detrás con un niño grandote a la espalda y una carga en la cabeza.
Por cansada que esté, a su señor ni se le ocurriría traerle una tinaja de agua para cocinarle la cena, ni descascarar el arroz; no, eso tiene que hacerlo ella. Un muchachote no le traería agua a su madre; diría:
«Muchacho no carga agua; eso es trabajo de mujer».
Si viven con misioneros, o con liberianos, o con cualquiera de fuera de su propio pueblo nativo, entonces sí hacen esas cosas; pero no unos por otros.
En el momento en que nace una niña, ya pertenece a alguien. El padre que tiene un hijo pone la meta más alta de su vida en procurar que su hijo tenga esposa; así que hace el trato y empieza a pagar una dote por una niña para su hijo. A veces no tienen más que unos meses cuando ya se las ve con sus joyas de compromiso puestas.
Si el que compra a la niña tiene buena posición, ella llevará alrededor de su cinturita un grueso rollo de cuentas, a veces cinco o seis sartas juntas; o llevará pulseras en sus muñequitas, a veces de latón, a veces hechas solo de hierro corriente por el herrero nativo; llevará lo mismo en los tobillos, con un tintineo dentro, como una campanilla, para que haga ruido cuando camina.
A medida que crecen, tienen sus gustos, y sus simpatías y antipatías. La edad de casarse es de trece a catorce años, y a veces menos. Durante todos esos años, el padre del muchacho, o el hombre mismo, va pagando por la niña. Por eso es difícil conseguir a las niñas. Son las niñas las que traen mucho dinero; así que cuantas más hijas tiene un padre, tanto más rico es.
Las muchachas que se compran con un novillo son de alta categoría; esa es más o menos la categoría más alta. La siguiente es la de las ollas de latón, y la tela y las cuentas. La tercera es más corriente: tabaco, tela, pólvora, y no se ve mal un poco de ginebra. A todo esto él puede añadir cuanto más quiera; pero lo que he nombrado son las cosas principales que se usan para comprar a una muchacha nativa por esposa.
¡Pobrecitas, a ellas no se les consulta; no tienen elección en el asunto! Si no les gusta el hombre, están obligadas a irse con él de todos modos, por mal que las trate; y a veces las tratan con crueldad. Pero su propio padre no podría protegerlas. Las leyes en esto son muy estrictas. La esposa de un hombre es su esposa, y nadie se atreve a entrometerse.
Una mañana en Sinoe, hacia las seis —yo solía levantarme
FRANCES, MI NIÑA NATIVA BASSA.
a esa hora, y a menudo antes, sobre todo cuando lavaba; las cinco o las seis de la mañana eran la parte más hermosa del día en África, sobre todo si uno tenía por delante un gran día de lavado o de planchado, o cualquier otra cosa; entonces está muy agradable y fresco, pero a medida que sube el sol se hace más fuerte, hasta que a veces es casi insoportable—, oí a alguien llorar de la manera más lastimera en la calle, y parecía haber varias voces gritando y hablando; pero, mezclado con todo, oía aquel llanto hondo y lastimero.
Fui y me asomé a la ventana, y allí había una pobre muchacha, de unos quince o dieciséis años, supongo, y tan bonita muchacha de color como jamás he visto; tenía la piel morena oscura, era de estatura mediana y de formas hermosas; llevaba el pelo peinado con gracia, como ellas saben hacerlo, y tenía las manos y los brazos tan llenitos y de forma tan delicada como si hubiera nacido reina.
Había cinco o seis hombres, y otros tantos muchachos. El viejo era feo como un mono; era su marido; la tenía agarrada del brazo, y la arrastraba a tirones y le pegaba; luego los muchachos corrían y le daban una bofetada en los hombros desnudos que se oía con toda claridad.
Bajé corriendo las escaleras y llamé al señor R., y le rogué que fuera a ver si podía hacer algo por la pobre criatura. Él dijo que suponía que era un palabreo de mujeres, y que ese es el palabreo más grande que hay en África, y nadie puede ayudar a arreglarlos sino ellos mismos. Sin embargo, se lo rogué tanto que fue.
Volvió al cabo de una hora más o menos y dijo que ella era la esposa de aquel viejo horrible, y que había huido de él porque le pegaba, y llevaba varias semanas fuera; y que estos otros hombres la habían encontrado y la habían retenido para el viejo, pero ella no quería ir con él.
«Bueno —le dije—, ¿no se puede hacer nada para ayudarla?».
«No —dijo—, solo hay una cosa; si alguno de estos hombres más jóvenes convenciera al viejo de que se la vendiera, y él consintiera y le pagaran una buena dote, podrían quedarse con ella. Pero si el viejo se pusiera terco y se negara, la torturaría hasta matarla delante de su propio padre, y este no podría ayudarla».
Pero dijo que el viejo era más bien de buen carácter, y que creía que uno de estos muchachos la compraría.
A veces estos viejos hacen estas tretas para sacar dinero. De veras espero que la compraran.
Por eso es mucho mejor que el misionero compre a las muchachas, al precio de un novillo, que son veinte o veinticinco dólares; ese es el precio de una muchacha. Y en esto son muy honrados. Si a una muchacha la ha comprado un misionero, es libre mientras viva; nadie la reclamará jamás; pero si no, puede ser reclamada años después por cualquiera de su gente que quiera crear problemas. Aunque estuviera casada y asentada, eso no la salvaría, si no pudiera decir que había sido comprada.
A mí no me pidieron pagar nada por mi Frances, una muchacha bassa, aunque esa era su costumbre. Su padre me la dio, y también la señora Brown, a quien él se la había dado primero sin ninguna dote. Su madre murió, y yo le dije al señor Brown que, si su gente la quería, tenía que pagarme dos novillos; porque eso me había costado, con el cuidado y las molestias que había tenido con ella. Después de aquello no volví a oír nada más del asunto.
Los muchachos son libres; no hay dote por ellos. Pueden ir a vivir con misioneros, casarse y asentarse, como quieran.
Capítulo 30 completado
Old Calabar y las mujeres de África