Capítulo 25 · 35 min de lectura · 45 min de escucha
La India: notas de mi diario
Zarpamos de Suez el 26 de octubre de 1879 rumbo a Bombay, y llegamos a nuestro destino el 12 de noviembre. Me quedé en Bombay hasta el 1 de enero de 1880, visitando entretanto varios lugares donde se han establecido iglesias metodistas episcopales, y celebrando reuniones según se presentaba la oportunidad.
La señorita Drake se quedó en Bombay, y durante algún tiempo después tuve por compañera de viaje a la señorita Jennie Frow, una misionera destinada en Chaculdah, que había estado de visita en Bombay y ahora regresaba a su trabajo.
1 de enero de 1880. La Palabra del Señor para mí esta mañana es: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días». Salgo para Cawnpore. Vigilia de fin de año en la iglesia del doctor Thoburn en Calcuta. Ceno con el hermano Goodwin y con los Stone, de Ohio.
Lunes 5. Cawnpore. Alabado sea el Señor por este tranquilo día de descanso. Un bonito paseo en coche a los Jardines del Memorial. ¡Qué triste la suerte de los que duermen allí! ¡Qué espantosa la historia del pozo de Cawnpore, donde tantos fueron asesinados y arrojados en el tiempo del gran motín de la India!
Miércoles 7. Hoy se abre la Conferencia. Un tiempo solemne pero bendito. El encuentro con tantos amigos. ¡Cuánto me pareció estar en casa! ¡Alabado sea el Señor! Tengo la cabeza muy cansada, pero el alma fresca.
Jueves 22. Allahabad. Paso el día con el hermano Dennis Osborn.
Sábado 24. Mi último sábado en Allahabad. Vamos al Maila. Es como lo que en este país llamaríamos una feria. ¡Oh, los cientos y cientos de personas! ¡Oh, ver el culto pagano a los ídolos!
PLAZA DEL MERCADO, BOMBAY, INDIA.
¡Qué triste ver los distintos ídolos que adoran, pintados en sus banderas y de todas las formas y maneras posibles! Me dolía el corazón, y le rogué al Señor que enviara ayuda y luz a estos pobres paganos.
Viernes 13 de febrero. La querida Jennie Frow no está tan bien hoy. ¡Dios la bendiga! Ahora es Jennie Fuller. Se casó después de aquello. Hoy salimos para Nagpore. Alabado sea Dios por su gran cuidado de nosotras durante la noche. Tuvimos que hacer en carro de bueyes estas cincuenta y una millas de vuelta a Acola. Habían estado arreglando el camino, y había una zanja grande y profunda de como un cuarto de milla de largo. Tuvimos que cambiar los bueyes tres veces; y la tercera vez pensamos que nos había tocado un conductor muy torpe; llegamos a un sitio donde los bueyes no querían seguir, y el hombre parecía atontado. La pobre señorita Frow protestó y le dijo que siguiera; pero los bueyes no querían avanzar; así que pensamos bajarnos a ver qué pasaba. Estaba muy oscuro y no había luces; y cuando nos bajamos y caminamos dos o tres yardas hacia adelante, vimos el gran peligro en que estábamos; si los bueyes hubieran seguido, de seguro se habrían roto el cuello, y nosotras podríamos haber muerto. ¡Oh, cómo alabamos al Señor cuando vimos el peligro del que Dios nos había librado! Luego tuvimos que hacer bajar los bueyes al camino de abajo.
Por lo general hay dos caminos: un camino nativo y un camino inglés; los caminos ingleses eran mejores, por regla general; solían mantener buenos caminos en sus provincias; nosotras íbamos por el camino inglés, así que tuvimos que salirnos y bajar al camino nativo, que era muy accidentado, porque nunca los arreglaban ni les hacían ninguna reparación.
Domingo 22. Una reunión en Camp te esta noche. El Señor me ayudó esta vez. Me guio a dar mi testimonio, y tuve gran libertad, y él lo hizo de bendición. Salimos para Elegepore. Siento que debería quedarme. Se manifestó tanto interés en la gran reunión posterior.
El coronel Whitlock era un caballero cristiano muy ferviente; tenía una hijita muy hermosa, y una noche, cuando estábamos celebrando una reunión en un salón grande (él siempre se interesaba por cualquier reunión religiosa, cosa no muy común entre los soldados ingleses), su hijita, de unos diez años, se interesó muchísimo, y cuando les pedí que se pusieran de pie para que oráramos por ellos, entre otros de aquella gran congregación se levantó esta niña; y el Señor la bendijo; se la veía muy feliz y radiante. Su padre estaba
encantado con su decisión; la madre también; pero aun así temía que la niña no entendiera lo que estaba haciendo. Pero la pequeña insistió, y tenía la simpatía y la ayuda de su padre. Así que hizo que su madre viniera a verme al día siguiente, y tuve con ella una conversación cristiana muy agradable, y le dije cómo podía ayudar a la niña, y ella pareció muy complacida.
La niña puso en práctica su decisión empezando a hacer algo. Su madre tenía un derzy hindú; un hombre que hace toda la costura y los remiendos y todo lo de ese tipo en una familia. Algunas tienen dos o tres. Los encontrará usted en casi todas las familias de la India. Toda la ropa que hay que hacer o remendar se les da a estos hombres, y ellos se sientan en un rincón que se les prepara, y cosen. Vienen y se van, mañana y tarde, y son muy callados. Nunca andan por la casa salvo para su trabajo. Este llevaba mucho tiempo viviendo con ellos, y era un hindú pucka; es decir, lo que nosotros llamaríamos firme, o cerrado, o acérrimo en su fe.
Así que la pequeña Ethel empezó a hablarle de lo que Jesús podía hacer; y como ella hablaba la lengua nativa tan bien como un nativo, él la escuchaba; y ella siguió así hasta que él se interesó tanto que le pidió un Nuevo Testamento; y ella consiguió un Nuevo Testamento, e hizo que el anciano le prometiera que lo leería. Él quedó muy contento con él.
Quién sabe si aquella niña, aunque solo tenía diez años, y que fue el medio para que ese hindú leyera el Nuevo Testamento, no fue enviada por Dios con luz para esa pobre mente a oscuras.
«Quizá no sea a mi manera,
quizá no sea a tu manera;
pero, a su propia manera,
el Señor proveerá».
Cuando íbamos a marcharnos, la señora Whitlock me regaló un chal de la India muy hermoso, y nos preparó un almuerzo precioso, y de muchas maneras fue amable. En el almuerzo puso dos panes, media docena de huevos duros, seis botellas de limonada, una botella de champán, una botella de vino y no sé cuántas cosas más; y me envió un hombre con una nota el domingo por la tarde, y esta preciosa cesta de almuerzo.
¡Válgame! La que pasé por eso. No podía devolverlo. El chal era una cosa elegantísima. Era un chal de unos veinticinco
dólares. La única pega que le ponía era que era escarlata. Pero, en fin, eso no era mucho, porque podía mandarlo teñir. Pero pensé para mis adentros: «¿Qué voy a hacer con este vino y este brandy?». Sabía que la señorita Frow no lo tocaría, y yo era abstemia acérrima. «Si lo acepto y no digo nada, ella puede pensar, y contarle a alguien, que yo era una buena mujer, y sin embargo lo acepté», y no sabía qué hacer.
Así que oré por ello con mucho fervor. El enemigo quería hacerme creer que ella se ofendería muchísimo, y que ahora yo echaría a perder toda la buena obra que hubiera podido hacer. ¡Oh, qué terriblemente tentada fui con aquello!
El domingo por la noche era mi última noche. Hablé en el salón.
Y esa era la noche en que había prometido hablar más especialmente sobre la templanza. Pero resulta que yo había recibido una botella de vino y una botella de champán. Así que el Diablo me sugirió que nadie lo sabría, y que si el coronel y la señora Whitlock estaban allí, sería mejor que yo no dijera nada de eso, después de lo amables que habían sido, y que ellos no lo veían como yo. Así razonaba yo.
Por fin resolví, por la gracia de Dios, decirle a la señora Whitlock que no podía quedármelo, y seguir adelante y hablar sobre la templanza en la reunión, como tenía pensado. Así que, cuando llegó la hora, fui a la iglesia.
Justo cuando llegaba a la puerta para entrar, me encontré con el coronel y la señora Whitlock, y la pequeña Ethel; así que le di las gracias a la señora muy amablemente por el chal tan elegante y por el almuerzo que me había enviado; pero luego le dije: «Ahora, ¿qué voy a hacer con la botella de champán y con el vino? Porque soy abstemia acérrima; nunca lo pruebo».
«La señorita Frow está tan pálida —dijo ella—, que pensé que un poco de vino le haría bien».
«Pero, oh —dije yo—, ella no lo tocaría por nada del mundo. Ella también es abstemia acérrima».
Entonces ella se rio y dijo: «Haga usted con ello lo que quiera, señora Smith».
Le di las gracias muy amablemente y le dije que así lo haría.
El Señor me dio libertad para hablar aquella noche, y estuve muy firme en el tema de la templanza. Nadie se ofendió. Todo el mundo parecía muy interesado y complacido.
De allí subimos a Chaculdah. Esa era la estación de la señorita Frow. El señor y la señora Sibley estaban allí a cargo de esta estación, y ella era su ayudante.
¡Qué tiempo tan agradable pasamos en Chaculdah! Había una pobre anciana cristiana nativa que estaba muy enferma. Había sido durante años una criada muy fiel en una familia euroasiática; pero por la gran persecución de su propia gente a causa de la casta, aunque creía en el cristianismo, nunca se declaró. Pero cuando se puso débil, y enferma, y muy mal, se fue a casa de la señora Sibley en vez de ir con su propia gente; quería ser cristiana; y la pusieron en una casita donde estaba muy cómoda.
Quería mucho a la señorita Frow. Así que lo primero que hicimos, después de llegar a casa y descansar un poco, fue entrar a ver a esta anciana. ¡Oh, qué demacrada estaba!, tan consumida; y se estaba muriendo; pero parecía feliz. La señorita Frow habló con ella y oró con ella.
Cuando salimos le dije a la señorita Frow:
«¿Qué le parecería darle a esta mujer (de todas maneras se está muriendo) un poco de ese vino?».
«Oh —dijo ella—, yo no me atrevería a hacerlo. Antes le gustaba mucho. Lo tenían, claro, en las familias donde ella estuvo tanto tiempo, y le había tomado el gusto, y podría ser el medio de distraer su mente. Prefiero que muera sin él».
Así que ahí tenía yo con qué lidiar.
A los pocos días la anciana falleció. Ese fue el primer funeral cristiano nativo que vi. La vistieron bien, y luego vinieron los nativos y la embalsamaron, y luego la llevamos a la tumba.
Nunca olvidaré lo bonito y lo bien que se veía en la tumba. Ella fue la primera cristiana nativa que se había enterrado en aquella parte del país hasta entonces, así que causó bastante sensación. La fosa se cavó hasta cierta profundidad, y luego se excavó por un lado para formar una especie de nicho, o repisa, y la pusieron en ese nicho, y luego echaron la tierra; de modo que la tierra no se le echaba encima, como hacemos aquí, y pensé qué bonito era; no me importaría que me enterraran allí a mí. Creo que es una manera mucho mejor que echar la tierra directamente encima del ataúd.
Allí la dejamos, para que descansara hasta la mañana de la resurrección, cuando suene la trompeta y los muertos en Cristo resuciten. La tumba no parecía tener tristeza ni pesadumbre, aun en la India, con Cristo.
PREPARANDO UNA COMIDA, BOMBAY, INDIA.
De Chaculdah fui a Lenoula. Guardé este vino y este champán en mi cesta del almuerzo, bien tapados. Tenía tanto miedo de que alguien los viera, y si los nativos los veían, no podría explicarlo. Pensé que los llevaría a Bombay y se los daría a la anciana hermana Miles, que era una mujer grande y buena, en el hospital de Bombay, y que, como Dorcas, estaba «llena de buenas obras todo el tiempo».
«Bueno —me dije—, la señora Whitlock dijo que podía hacer con ello lo que quisiera, y se lo daré a la hermana Miles. Es tan juiciosa y tan cuidadosa que sabrá a quién dárselo: a los muy débiles y desfallecidos que están a punto de morir; no creo que haya ningún mal en dárselo a ellos».
El hermano Fox era anciano presidente, y había Reunión Trimestral en Lenoula. Así que, después de descansar todo el día, tuvieron reunión el viernes por la noche. Al principio pensé no salir, porque había un buen trecho a pie de la casa a la iglesia. Pero la luna estaba tan hermosa y la tarde tan agradable que decidí ir.
La mano del Señor estaba en ello. Tenía una gran lección que enseñarme. Predicó el hermano Fox. Se recibió a varios nativos. Luego tuvimos una reunión posterior. Estuvo llena de interés y de espíritu.
Justo cuando el hermano Fox iba a cerrar la reunión, se levantó un hombre al fondo de la iglesia, un inglés de buena presencia; ¡qué bien lo recuerdo!, todavía lo estoy viendo. Era un hombre que pesaría unas ciento cincuenta libras, y medía cinco pies y algo; iba vestido de blanco puro, y tenía una cara inglesa llena, redonda y colorada, con el pelo negro y los ojos negros. Yo había notado que había estado sentado, mirando y escuchando muy serio, durante todo el culto. Pero ahora estaba de pie, y dijo en voz alta:
«Hermanos, quiero decir una palabra».
«Adelante, por supuesto», dijo el hermano Fox.
Y dijo, de la manera más lastimera y suplicante: «Oh, hermanos, hermanos, hagan lo que hagan, tengan cuidado con la bebida fuerte. Nunca le aconsejen a nadie que la tome, bajo ninguna circunstancia», etc.
¡Válgame! Me eché a temblar. Pensé: «Ya está, ahora todo el mundo sabe que tengo esas botellas».
Estaban en la cesta del almuerzo, bien tapadas, al fondo, debajo de la cama de mi cuarto. Pero me parecía que alguien lo había descubierto.
Pues bien, escuché la historia de este hombre. Dijo: «He sido un hombre dado a la bebida fuerte, y me ha vencido. Ha sido mi ruina. Pero vine aquí y me convertí,
y durante dos años seguí adelante, y el Señor me bendijo. Pero no estuve aquí en la última Reunión Trimestral; ¿y por qué? Porque había caído. Estaba enfermo de diarrea, muy mal, y un buen hermano vino a verme y me dijo que si tomaba brandy de zarzamora me curaría. Lo tomé. La diarrea se me quitó, pero me volvió el viejo apetito, y durante seis semanas anduve tirado en el arroyo. Por amor de Dios, no le aconsejen a nadie que la tome. Más vale dejarlos morir».
Y entonces se sentó.
«Señor —dije—, ayúdame».
Una sensación de tristeza recorrió toda la casa. Entonces el hermano Fox se levantó y recalcó lo que el hombre había dicho, y contó un caso parecido que él conocía, y luego otro, y otro.
Un hombre contó otro caso: dijo que conocía a un hombre que estaba muy enfermo. Lo llevaron al hospital. Estaba casi muerto, según pensaban, así que oró y se entregó al Señor, y estaba muy en paz y feliz. Al cabo de un tiempo le agradó al Señor restablecerlo, de modo que llegó a estar bastante convaleciente, y un día un amigo fue a verlo, y lo vio tan débil y pálido que pensó que un poquito de vino podría reanimarlo y fortalecerlo, así que consiguió vino y se lo llevó. Le despertó el viejo apetito con tanta fuerza que esa misma noche este hombre se escabulló del hospital y se fue al pueblo, consiguió whisky barato y se emborrachó tan terriblemente que a la mañana siguiente, cuando lo encontraron, estaba en el arroyo, muriéndose.
«Señor, líbrame —pensé—, ¿será que saben que yo iba a llevarle este vino a la hermana Miles? Por la gracia de Dios, nunca lo haré. Aunque ella es juiciosa y cuidadosa, puede que no sea lo correcto».
El lunes por la mañana, como a las cinco, salí de Lenoula para Bombay. Nunca le conté a nadie lo que llevaba. Todos suponían que en mi cesta no había más que el almuerzo, porque todo el mundo llevaba una cesta de almuerzo. Y después de que el tren salió de la estación y ya íbamos bien en marcha, y no había nadie en el compartimiento más que yo (el Señor me ayudó a quedarme sola, porque yo le dije: «Ahora, Señor, ayúdame a deshacerme de este champán y de este vino»), tomé la botella de champán, y justo cuando cruzábamos una trinchera muy honda, de unos cincuenta o cien pies de profundidad, tiré la botella y la oí retumbar y gorgotear mientras caía.
«Polvo al polvo, ceniza a la ceniza», dije, y fuera fue la otra botella.
Nadie me vio, y supongo que todavía están allí, porque la trinchera era tan honda que ningún mortal bajaría nunca a buscarlas, creo yo. Y así fue como me libré de mi champán y de mi vino.
El día que salimos para Chaculdah oramos por turno: la señorita Wheeler, la señorita Frow, y yo la última. Me había conmovido tan profundamente ver el sacrificio y la necesidad de estas pobres muchachas. Estaban allí solas. La estación de ferrocarril más cercana estaba a cincuenta y una millas. Y no había más que dos o tres familias inglesas a menos de dos millas de ellas, aparte de un cuartel de oficiales ingleses.
Dos de estos oficiales tenían allí a sus esposas parte del tiempo, pero muchas veces ellos, tanto maridos como esposas, están lejos de ser cristianos, y tienen poca simpatía por los misioneros y su obra. Así que a estas dos muchachas, por estar allí solas, se las miraba con una especie de sospecha. Nunca se había sabido de una mujer que construyera una casa. Pero la señorita Wheeler había sido su propia arquitecta y había dirigido su obra, había comprado su cal, y sus tejas, y la paja para el techo, y todo.
Mientras estuve allí la vi estar fuera contando tejas desde las seis de la tarde hasta las nueve, y a veces hasta las diez de la noche.
Los hombres nativos con quienes tenían que tratar pensaban como algunos de los oficiales ingleses que había allí. Creían que una mujer no tenía bastante juicio para construir una casa, y que, si lo tenía, no debía hacerlo, porque rebajaba su dignidad de mujer.
Así que los hombres les daban muchísimos problemas. Venían y hacían bonitas promesas, y luego había que pagarles tanto dinero antes de que trajeran las cosas que uno necesitaba o había encargado. Luego se iban, y uno podía volver a verlos a los dos o tres días, o a la semana, o quizá nunca. Y en todo ese tiempo no se podía hacer nada, sino que había que esperar.
Una cosa así podía pasar dos o tres veces en un mes. Así que la obra se retrasaba, y tenían mucho con qué lidiar.
Había tres millas hasta el pueblo más cercano, de más de dos mil habitantes, adonde la señorita Wheeler iba casi todos los días a hacer su obra misionera en las zenanas, o a predicar a una multitud en algún espacio abierto del pueblo, o debajo de un árbol. Además tenían un cuarto donde ella repartía medicinas dos o tres veces por semana, según el caso.
La señorita Lucy Drake, ahora señora de William B. Osborn, de Hacketstown, fue con la señorita Wheeler la primera en comenzar la obra en Bassim, bajo los auspicios del doctor Cullis, de Boston; pero al cabo de un año o así la salud de la señorita Drake falló y regresó a América, pero la señorita Wheeler se quedó. No ha vuelto a casa desde que se fue. Es una maravilla. Su aguante y su tesón y su profunda lealtad de corazón a Dios han hecho que con razón se la llame una de las nobles mujeres de Dios.
Si necesitaban un pan, o una libra de azúcar o de harina, o el artículo más insignificante, y daba la casualidad de que no lo tenían en casa, tenían que ir, o mandar, a cincuenta y una millas a buscarlo, lo cual solía llevar unos tres días, en una carreta de bueyes lenta, como diríamos nosotros, o en un carro de bueyes, como dicen en la India.
Aquellos eran los días de los pioneros. Dios ha obrado maravillas desde entonces. Alabado sea su nombre. ¡Cuánta lástima y cuánta compasión sentía yo por estas pobres muchachas!
Así que, mientras oraba la mañana antes de irme, el Espíritu del Señor vino sobre mí de una manera maravillosa, y fui guiada a orar: «Oh, Señor, pon en el corazón de alguien construir un ferrocarril a través de esta parte del país, para que no les resulte tan difícil a los que están aislados conseguir las cosas que tan a menudo necesitan».
Nunca olvidaré lo que sentí mientras oraba. Y me vinieron estas palabras: «Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis con fe, creyendo, lo recibiréis». Y vi un ferrocarril, por la fe, tan de verdad como jamás he visto un ferrocarril.
Cuando me levanté se rieron de mí y dijeron: «¿Usted cree que vamos a tener un ferrocarril?».
«Sí —dije—, Dios lo hará. Ya lo verán».
Y así sucedió, en menos de dos años, que la Compañía del Ferrocarril de las Indias Orientales tendió un ferrocarril justo a través de esa región del país y, según me dijeron, una estación a menos de dos millas de la Casa de la Misión de Fe de Bassim. Ese era el nombre inscrito en la fachada del edificio.
Estando yo en África, una tal señora Wills, de Bassa, Liberia, estaba de visita en Londres. Fue a una reunión en la Casa de Reposo de la señorita Mason, y allí conoció a una señora que le dijo que, cuando volviera a África, me dijera que la oración que yo había hecho en la India pidiendo un ferrocarril a Bassim había sido contestada, y que el ferrocarril estaba terminado.
Esa fue la primera noticia que tuve de ello desde que oré, y dije: «Alabado sea el Señor. ¿Hay para Dios alguna cosa difícil?».
Naini Tal, India, miércoles 15 de septiembre de 1880. La mañana está preciosa. La señorita Fannie Sparks y yo tomamos a nuestros hombres y subimos a lo que llaman el mirador de las nieves. Son unas dos millas, supongo, cuesta arriba. Los hombres que la llevan a una en los dandies, cuando llegan a cierto punto de la colina, le dan la vuelta y la suben de espaldas. No sé por qué hacen esto, pero creo que tienen la idea de que así una no pesa tanto. La señorita Sparks tenía cuatro hombres y yo tenía cuatro. Cuando llegamos a lo alto de la colina la encontramos muy ancha, una especie de meseta. Se puede mirar a millas de distancia, y los montes están cubiertos de nieve.
Cuando nos bajaron, y salimos de nuestras sillas y nos dimos la vuelta, miramos directamente a la gran cordillera nevada, de una blancura preciosa, con el sol brillando sobre ella como plata. ¡Oh! Pensé que nunca había visto nada tan hermoso. Me dieron ganas de gritar allí mismo y de agitar el sombrero.
Pero es que una tiene que tener mucho cuidado, porque los nativos la observan, y piensan que eso quiere decir que una está adorando la nieve o las grandes montañas. Así que tuve que contenerme para no gritar y bailar.
¡Oh, qué gloriosa era aquella vista! La señorita Sparks y yo anduvimos un rato, y luego nos sentamos y tuvimos juntas una linda lectura bíblica, y luego nos arrodillamos y tuvimos una reunión de oración tan bendita. Nunca olvidaré aquella mañana.
Esa noche, el miércoles por la noche, tuvimos nuestra reunión de oración. No estábamos muy espirituales, pero aun así tuvimos una buena reunión.
Jueves 16 de septiembre. El día en que empezó la gran inundación. Llovió todo el jueves. A veces aclaraba un poco, y parecía que iba a despejar; luego se echaban encima una nube espesa y la niebla, y llovía a cántaros. Todo el día del jueves, toda la noche del jueves, todo el día del viernes y toda la noche del viernes.
Para entonces empezamos a ponernos serios; nos preguntábamos qué pasaría; porque el agua corría a torrentes; grandes zanjas se hundían en el suelo; los taludes se desplomaban; y no sabíamos si el peligro no venía hacia nosotros.
La señorita Sparks y la querida señorita Leighton, que hace poco ha ido a su descanso, estaban alojadas en la Casa de la Misión con el señor y la señora Mudge, y pensábamos volver a las llanuras la semana siguiente. El señor G. N. Cheney era pastor de la iglesia metodista. El reverendo señor Buck era pastor de la obra nativa. Yo me alojaba
con el señor y la señora Buck, en su casa. Nunca olvidaré su bondad conmigo.
El viernes por la noche no dormimos mucho. El señor Buck estuvo levantado la mayor parte de la noche, trabajando; él y los muchachos. Yo tenía cuatro muchachos y la señorita Swain tenía cuatro. Por lo general teníamos que tener a estos muchachos por meses, para disponer de ellos cuando queríamos ir a alguna parte; porque no podíamos subir las colinas a pie, eran tan empinadas y tan largas. No les pagábamos mucho salario; no teníamos nada que ver con buscarles la comida ni nada por el estilo. Les dábamos un traje, que era su uniforme.
En esto el Señor fue bueno conmigo, porque la querida señora Fleming les dio a mis muchachos sus trajes, y se los hizo; y no me costaron nada. Recuerdo muy bien cómo eran y qué bien se veían; eran de una especie de franela marrón; los pantalones les llegaban justo a las rodillas; las chaquetas tenían ribete rojo alrededor del borde y de las mangas; y un gorrito ribeteado de rojo; eran muy pintorescos. Siempre hay dependencias donde se quedan los criados. Estos muchachos solían recoger leña y venderla los días que no tenían otra cosa que hacer; así se arreglaban muy bien; yo a veces les compraba la leña.
Pues bien, el señor Buck y los muchachos trabajaron casi toda la noche. Cuando el señor Buck entró por la mañana, estaba agotadísimo. ¡Qué pálido se le veía! No pudimos desayunar nada; nadie parecía querer comer.
Dijo que tendríamos que amontonar todas las cosas de la casa. Así que empezamos. La gente de arriba, en la Casa de la Misión, había apilado sus baúles afuera. El agua empezó a entrarles encima.
Entre las tres y las cuatro de la madrugada, la señorita Sparks y la señorita Leighton bajaron a nuestra casa. Habíamos sacado nuestras cosas de una parte de la casa y las habíamos amontonado en la sala; luego las sacamos de allí y las amontonamos en la galería de afuera.
Cuando llegó la mañana estábamos todos en la sala descansando un poco. Alguien dijo que debíamos tener una reunión de oración; así que nos arrodillamos y oramos lo mejor que pudimos; luego nos levantamos y nos quedamos pensando en silencio qué era lo siguiente que había que hacer.
Me fui a mi cuarto, porque sentía que podía orar un poco mejor a solas. Al rato entró la señorita Sparks, y se arrodilló junto a la cama a mi lado, y oramos. Nunca olvidaré la oración de la señorita Sparks.
MONTAÑESES, NAINI TAL, INDIA.
Cuando nos levantamos, ella dijo: «El Señor me ha dado la seguridad de que esta casa no se vendrá abajo». Yo dije: «Amén».
Después de que salimos, el ingeniero, que había estado examinando la ladera, pasó por allí y le dijo al señor Buck: «Creo que este extremo de su casa se va a ir; pero el otro extremo está sobre la roca, y creo que es más seguro».
Como a las nueve vino el panadero. Compramos varios panes, porque eso era casi lo único que podíamos conseguir para comer. Compré dos panes para mis hombres; no habían comido nada, y estaban tiritando de frío, y estaban mojados y hambrientos; pero su sentimiento de casta era tan hondo que, con toda el hambre que tenían, no querían tocar el pan. Uno de ellos pareció olvidarse por un momento; y justo cuando tomé un pan y se lo alcancé, el otro le gritó: «¡No lo hagas!», y lo tiró como si hubiera tenido una culebra en la mano.
¡Pobres muchachos, qué lástima me daban! Un día uno de mis muchachos tenía un dolor de estómago, y vino a pedirme alguna medicina, dijo. Yo tenía un poco de jengibre de Jamaica, y mezclé un poco con agua y azúcar y se lo llevé; nunca se me ocurrió que no se lo fuera a tomar de un trago; pero no, dijo que no podía.
«Bueno —le dije—, ¿y qué vas a hacer?». Y él fue a un árbol, tomó una hoja y le dio forma, y yo tuve que echar el líquido en la hoja, y luego él se lo bebió de la hoja. Si se lo hubiera bebido del vaso, habría quebrantado su casta.
¡Oh, cómo están anclados a ese sentimiento de casta! Pero Dios los está librando. La puerta está abierta. La luz está llegando. Alabado sea el Señor.
El hotel estaba a muy poca distancia de la Casa de la Misión: quizá a media manzana. Había una señora, cuyo nombre he olvidado, que había subido de las llanuras unos días antes y se alojaba en el hotel (de su padre), con sus dos niños y su niñera nativa. El menor tendría como un año; el otro como dos años. La niñera estaba bañando al bebé en su cuarto, y la madre había tomado al otro niñito y había salido al comedor a desayunar. Apenas había salido del cuarto cuando se vino abajo la ladera de la colina y sepultó a la niñera y al bebé.
El señor Buck y yo estábamos de pie en la galería. El señor Buck dijo: «Bueno, hermana Smith, esto es terrible».
«¿Qué vamos a hacer?», dije yo.
A ratos se ponía casi tan oscuro como a las seis de la tarde. Luego aclaraba, y uno esperaba que fuera a salir el sol; pero no.
Al rato el señor Buck miró colina arriba hacia la Casa de Gobierno. La Casa de Gobierno era una casa grande donde vivía el gobernador. Estaba sobre una colina preciosa; y, aunque había un buen trecho hasta la Casa de Gobierno, era hermoso mirar desde allí; la vista, cuando uno llegaba arriba, era encantadora, mirara uno hacia donde mirara.
Así que, de pie en la galería, podíamos mirar hacia el este y ver la Casa de Gobierno con bastante claridad, aunque estaba a unas dos millas y media o tres. Y, mientras el señor Buck estaba mirando, me dijo: «Vaya, hermana Smith, mire esos árboles».
Y justo cuando me volví a mirar, los árboles se balanceaban primero para un lado y luego para el otro, y de repente hubo un estruendo, y se vinieron abajo con tanta gracia, y la tierra se abrió como una gran avalancha.
Pues bien, cundió el pánico. Todo el mundo salió de la casa lo más rápido que pudo; la noticia se extendió deprisa, y al poco rato había ciento cincuenta o doscientos hombres, muchos de ellos soldados ingleses, cavando para tratar de sacar a este niño y a la niñera; y mientras cavaban con todas sus fuerzas, y nosotros nos lamentábamos y sentíamos la tristeza que había caído sobre esta familia, la tierra volvió a ceder y los sepultó.
Ellos no vieron el peligro, y nosotros no podíamos avisarles; tenían la cabeza agachada mientras cavaban; y el derrumbe golpeó la otra parte del hotel y siguió arrasando, y luego avanzó como una gran montaña en movimiento; nunca vi semejante cosa; ¡avanzaba llevando enormes peñascos por delante!
Lo siguiente fue la gran sala de lectura y la oficina de correos que estaban junto al lago, el templo hindú y el gran almacén de Bell.
Yo acababa de ver desde la galería entrar en la sala de lectura a algunas señoras y caballeros, y no habían salido; y en el almacén de Bell había personas a quienes yo conocía; una de ellas, una señora que era una cristiana muy ferviente. Le dije al señor Buck: «¡Oh, el almacén de Bell!», ¡y apenas me habían salido las palabras de la boca cuando fue arrasado! Luego: «¡La sala de lectura!», ¡y no había terminado de decirlo cuando se la llevó! «Y ahí va el templo ahora», ¡y allí estaba ya en el lago!
El lago tenía como media milla de ancho y quizá tres millas de largo; pero todo aquello fue a parar al lago, y el ruido fue como el estampido de un cañón, y el humo subía hacia lo alto; lo arrasó todo por completo; y no quedó ni un ladrillo de la chimenea ni un pedazo de madera. ¡El horror de aquella hora no quiero volver a verlo nunca!
Entonces vinieron los hombres y dijeron que todos tendríamos que dejar la casa; así que nos pusimos en marcha. Pensamos ir a la iglesia metodista; pero la iglesia de los cristianos nativos había sido arrasada, y por eso ellos se habían refugiado en la iglesia.
La primera cristiana nativa había muerto el viernes por la noche. Llevaba bastante tiempo enferma, y la señora Buck y todos fueron e hicieron por ella todo lo que pudieron.
Estaba en una de las dependencias de la colina. Así que la señora Buck y yo subimos y la preparamos para su entierro. La señora Buck la vistió con un bonito vestido blanco, la peinó, la lavó y la dejó lista para enterrarla, y la dejamos tendida en su cama y bajamos a la casa; y como una hora y media después pareció que el Señor mismo enterró a esta mujer; porque la casa cedió, el suelo se abrió, y ella se hundió, con cama y todo, y quedó cubierta. ¡Nunca supe que tuviera ningún otro entierro!
Pues bien, cuando nos dijeron que tendríamos que dejar la casa, pensamos ir a casa del señor Sasha; era fotógrafo. Cada uno tenía que mirar por sí mismo; y yo sentía que estaba sola, y que todos tenían muchas más preocupaciones, así que tenía que arreglármelas lo mejor que pudiera. La señorita Sparks y yo fuimos las últimas en salir de la casa.
Cuando íbamos bajando hacia la casa de Sasha, pensé pasar a casa de la señora Fleming, que estaba como un cuarto de milla más allá de donde vivíamos. La señora Fleming tenía un gran taller de costura. Sus hombres, que trabajaban para ella (porque allí los hombres nativos hacen casi toda la costura), se llaman derzies; a veces tenía doce hombres, todos sentados en el suelo en fila, cosiendo. Ella cortaba y probaba, y estos derzies hacían todo lo demás: los adornos y los arreglos de toda clase.
Sus hombres se habían ido todos. Habían mandado lejos a los niños, y el señor y la señora Fleming eran los dos últimos en dejar la casa, e iban a caballo. Le dije a la señora Fleming: «No sé qué hacer ni adónde ir».
«Bueno —dijo ella—, venga con nosotros hasta la casa de Sasha».
La desaparición del templo hindú había enojado mucho a los hindúes; sentían y pensaban que los dioses estaban airados con los misioneros, y que por eso habían destruido su templo; y había una expresión de indignación en el rostro de cada uno.
Recuerdo que, mientras iba andando, ponía el pie en lo que parecía un pedazo de césped, pero cedía, y a veces me hundía casi hasta la rodilla; a veces, al pisarlo, me quedaba atascada; una o dos veces pensé que me había quedado clavada; pasaron dos o tres de estos hombres, y con una mueca de desprecio sonreían como si esperaran que yo no pudiera salir.
Le rogué al Señor que me ayudara, y por fin llegué a casa de Sasha. Entré. La señorita Sparks, y la señorita Leighton, y algunos otros se habían reunido allí. La señora Sasha tenía un bebé muy enfermo; pero había hecho que la criada les preparara una taza de té, y se estaban reanimando un poco; así que cuando entré me dieron una taza de té, y la señora Sasha me consiguió un par de medias secas; y justo cuando me había puesto las medias, y me había tomado parte del té, llegó el señor Mooney, un inglés, y dijo: «Tienen que salir de aquí lo más rápido que puedan; todas las casas de esta ladera se están viniendo abajo».
La señora Sasha tomó en brazos a su bebé, al que creían moribundo, y echó a andar; le rogamos que esperara un poco. Ella dijo: «Para ustedes es fácil; ustedes tienen religión, y algo que los consuela; pero yo no».
Luego, apretando a su bebé contra sí, echó a correr. El señor Sasha tomó la hamaca y mandó a los muchachos tras ella, con algunas otras cosas, porque se había ido sin sombrero.
Yo fui la última en salir de la casa. Estaba tan débil que temblaba de pies a cabeza. No estaba alterada; estaba sencillamente débil; y me parecía que nunca iba a poder ponerme mis cosas. Pero cuando por fin me las puse, el señor Mooney (Dios bendiga a ese hombre; todos los demás ya se habían ido) me tomó del brazo y literalmente me arrastró. Era un hombre muy fuerte. Al pensarlo ahora, me parece que todavía siento la presión de su mano en mi brazo derecho.
De allí fuimos a casa de un tal señor Frazier, como a una milla, del otro lado de la colina del todo.
Mientras iba andando, me dije: «¡Qué ocurrencia, huir de Dios!». Le dije al señor Mooney: «No pienso dar ni un
NAINI TAL, ANTES DEL DESPRENDIMIENTO DE TIERRAS.
paso más; que se vaya toda la gente que quiera irse; pero yo ya no corro más; por la gracia de Dios no voy a huir a ninguna parte. ¡Huir de Dios! Señor, ayúdame». Y él me ayudó.
Llegamos a casa del señor Frazier, supongo que como a las cinco de la tarde.
El señor Frazier era escocés; un hombre muy agradable. Tenía una casa grande, y él y sus hijos estaban allí en algún asunto del gobierno. Así que todos estábamos muy cómodos. Nos prepararon una cena muy buena, y todos la estábamos disfrutando. Pero el dolor y la tristeza entre las pobres esposas de los soldados y sus compañeros, y el llanto, eran muy conmovedores.
Después de cenar, mientras estábamos sentados conversando, cada uno contando cómo había salido, qué había pensado, qué había hecho, etc., el señor Buck empezó a inquietarse por saber qué había sido de los pobres cristianos nativos, y dijo que estaba tan oscuro que no sabía qué hacer. El señor Mooney dijo: «Iré a ver qué ha sido de ellos». El señor Buck dijo que se lo agradecería muchísimo. Así que el señor Mooney salió. Como media hora o más después de que se había ido, de repente vino sobre mí un horror de tinieblas y una tristeza espantosa. No podía explicármelo. Salí del cuarto y me aparté a solas, y me arrodillé y oré. ¡Oh, cómo oré! Dije: «Señor, no sirve de nada ir a ninguna parte, pero alguien está en un peligro terrible».
Era como si me viniera la idea de que alguien estaba en peligro; y así le rogué al Señor que librara a alguien del peligro. Entonces mi corazón pareció aquietarse un poco, y me levanté y volví a salir a la sala. Miré a todos, pero nadie parecía afligido; estaban en paz y tranquilos; así que me quedé sentada un rato, y ellos siguieron conversando.
Por fin esta agonía vino sobre mí otra vez; entonces les dije a los hermanos y amigos: «Oremos; siento que alguien está en gran peligro; ¡oh, oremos!», y todos nos arrodillamos y empezamos a orar. Cuando terminamos nos levantamos, y como media hora después volvió el señor Mooney y contó de cuán poco se había escapado de la muerte; y mirando su reloj, y comparando la hora del peligro con la hora en que yo había tenido la agonía, la hora era la misma.
Un relámpago lo salvó de caer en el lago; aunque conocía muy bien el camino, los árboles y los peñascos se habían amontonado de tal manera a través del camino que perdió el rumbo, y justo cuando
iba a meter el pie en el lago vino un relámpago, y en vez de dar el paso hacia adelante dio un paso atrás, y hacia un lado, y así se salvó.
Ahora bien, aquello parecía una extraña coincidencia, pero era Dios. Nunca podré contarle a nadie la agonía terrible que vino sobre mí para orar por alguien que estaba en peligro. Este hombre había sido mi salvador unas horas antes; y, en respuesta a la oración, Dios me ayudó a ser su salvadora unas horas después. ¡Alabado sea el Señor! Él todavía obra de maneras misteriosas para realizar sus maravillas.
Capítulo 25 completado
La India: notas de mi diario