Capítulo 24 · 29 min de lectura · 38 min de escucha
Rumbo a la India
Sábado, 4 de septiembre. Salimos a ver algo de París. ¡Caramba, qué maravillas! Quizá no fueran extrañas para otros, pero para mí sí; las estatuas, los parques y los edificios eran una delicia a la vista.
Domingo, 5. Una mañana hermosa y radiante. Mi corazón rebosaba de alabanza al despertar y contemplar tanta belleza. ¡Pero qué tristeza sentí al poco rato, al ver que seguían levantando edificios, hombres acarreando piedras, las lavanderías abiertas, todo igual que un sábado! Otros iban a la iglesia.
«¡Oh! —dije—, ¿es este el París elegante y perverso, hacia el cual se vuelven los ojos del mundo cristiano en busca de las primeras modas y de qué imitar?». Y al pensarlo me sentí triste. A la hora del culto asistimos a la iglesia wesleyana. Era domingo de comunión. El ministro predicó un sermón grandioso sobre las palabras: «Cristo se entregó a sí mismo».
Lunes, 6. Salimos otra vez a ver lugares. Uno de los sitios que más me interesaron fue la fábrica de porcelana. Allí vi dónde se hace esta hermosa loza. Y mientras el hombre torneaba los distintos objetos que quería hacer, desde la tacita más fina hasta el jarrón más grande, pensé en el poder absoluto que el alfarero tenía sobre el barro. El barro no daba órdenes. El alfarero tenía pleno dominio. Unas veces tomaba un trozo de barro y hacía un tipo de objeto; luego convertía ese mismo trozo de barro en otro tipo de objeto: a veces una hermosa jarra, luego un tazón, luego una palangana; y le daba al barro cualquier forma que quería. Y luego nos mostró algunas piezas con las flores más exquisitas pintadas, que debían meterse en el horno a cierto momento, y el fuego haría resaltar todas las marcas y colores finos y bonitos.
Mientras estaba allí oyendo su explicación, mi corazón se encendió, y pensé cuánto se parece eso al bendito Maestro. A veces lo que hace resaltar un carácter hermoso es el horno. Y dije: «¡Oh, Señor, ayúdame a estar en tus manos como este barro está en las manos del alfarero; y aun cuando venga el horno, a someterme y no dar órdenes!».
«Dolores, horno, calor me estremecen;
el soplo de Dios aviva la llama;
y todo mi corazón se estremece
y tiembla ante el resplandor ardiente.
Pero digo: confía en él como Dios quiera,
y en su fuego más ardiente quédate quieta».
En una de las avenidas no lejos de este lugar (lamento no recordar el nombre), una avenida muy ancha, con hermosos árboles a ambos lados que casi formaban un arco, había largas filas de carretas de gitanos con toda clase de cosas para vender; una especie de feria: la «Feria de la Vanidad». En cuanto la vi, me vino a la mente un sueño que había tenido veintitrés años antes. ¡Oh, qué maravilla! ¡Todo era casi exactamente como lo había soñado veintitrés años antes!
Salimos de París a las dos de la tarde y viajamos toda la noche.
Martes, 7 de septiembre. Llegamos a Turín esta noche a las ocho y media.
Miércoles, 8. Salimos esta mañana para Florencia. Llegamos a las nueve de la noche. Pasamos el día siguiente viendo lugares. Como viajábamos con lo que llaman el sistema de cupones de Cook, que es muy cómodo y le da a una toda la información sobre los lugares de interés, etc., y como la señorita Drake se encargaba de toda esa parte de los preparativos, ni siquiera anoté en mi diario los nombres de los hoteles donde nos alojamos, salvo quizá una vez, aunque en aquel momento conocía bien todos los nombres y lugares.
Nos asignaron un guía. Primero visitamos la gran galería de los Uffizi, con su maravillosa colección de obras de arte como nunca antes había visto ni volveré a ver. Allí fue la primera vez que recuerdo haber oído el nombre del gran pintor Miguel Ángel.
Había tanta belleza que solo podía abarcar una pequeñísima parte del conjunto. Me impresionó muchísimo el busto y la cabeza de Nerón cuando era un muchacho de diez o catorce años. Su semblante
era hosco, y casi podía verlo en el momento en que se decidía contra los cristianos.
El siguiente lugar al que fuimos fue el Museo Nacional y galería de bellas artes. Allí nos señalaron de nuevo el busto del gran escultor y pintor Miguel Ángel, a quien se recuerda con cariño, si no con veneración. Fue él quien proporcionó el modelo para la gran cúpula de San Pedro de Roma. Todo esto era nuevo para mí, y de algunas cosas había oído hablar de oídas. Pero ¿era posible que yo, Amanda Smith, de verdad estuviera viva y en Florencia, Italia? Muchas veces, mientras ellos hablaban y el hombre explicaba las cosas, yo me perdía en asombro, amor y alabanza ante el trato del Señor, que me concedía el privilegio de disfrutar tanto de lo que nunca esperé que pudiera llegarle a una como yo. De cierto es obra suya, y muy maravillosa.
Nuestra siguiente visita fue al Baptisterio de San Juan. Allí estaban aquellas hermosas puertas de bronce. ¡Qué magníficas! Casi puedo verlas ahora mientras lo recuerdo todo. Justo cuando llegamos, un sacerdote iba a celebrar la ceremonia del bautismo de dos bebés preciosos. Llegaron dos carruajes. En el primero venían el padre y la madre, con el bebé, y el sacerdote. En el segundo, la familia con el otro bebé. Iban vestidos exquisitamente. Pensé que nunca en mi vida había visto bebés tan preciosos. Me habría gustado tomarlos en brazos y besarlos. Parecían más ángeles que niños. No pareció importarles que miráramos. Cuando terminó, vi a los padres pagar al sacerdote una buena suma en oro. Con todo, mi corazón se entristeció por las criaturitas, porque pensé que vivirían y morirían sin la verdadera luz y el conocimiento del glorioso evangelio del Hijo de Dios.
Jueves, 9 de septiembre. Salimos esta mañana para Roma. Llegamos a eso de las cinco de la tarde. ¡Qué atentos y corteses son en el hotel! Nos fue espléndidamente. Aquí, en esta gran ciudad antigua e histórica, hay mucho que admirar y mucho por qué entristecerse. La pobreza y la riqueza parecen competir entre sí. Creo que me hice una pequeña idea de lo que significa que un país esté dominado por los curas. A dondequiera que una va, arriba y abajo, cada pocas estaciones del ferrocarril, en cada tren del que una baja o al que sube, curas; por todas las calles, en cada esquina que una dobla, ve a un cura que viene o que va; o dos, o tres, o cuatro; dispersos en todas direcciones, curas. Nunca en mi vida había visto tantos curas y monjes. Hombres viejos, de pelo canoso,
que nunca habían trabajado un solo día en su vida; hombres grandes, sanos, de aspecto fuerte. Algunos parecían casi idiotas; su cerebro, sus músculos y su pensamiento nunca se habían desarrollado. Nunca habían llevado medias ni zapatos. Llevaban sandalias y simples túnicas rectas del material más basto, con un cordón —un trozo de cuerda común de tender la ropa— a la cintura, y las puntas, anudadas para que no se destrenzaran, colgaban casi hasta el borde de la túnica; las mangas eran largas y les cubrían las manos, algo así como los chinos que vemos aquí.
Se podía ver a estos hombres, en gran número, paseándose. A veces se los veía llevando un burro con una carga de hierba que habían recogido y traían a la ciudad para vender. Por lo general visitaban los hoteles con un manojito de perejil, una cebolla y una zanahoria, para venderlos como hierbas de cocina. ¡Cuánta lástima les tuve la primera vez que los vi! Les di unos centavos. Claro que no tomé las hierbas; no las necesitaba. Pero pronto descubrí que ese era su oficio. Nunca vi a uno que pareciera limpio. ¡Oh, qué horror!
Y a estos hombres los llaman santos porque renuncian al mundo y practican una abnegación tan rigurosa. ¡Cuánto me alegro de que Dios en ninguna parte enseñe que los hombres tengan que meterse en la suciedad y la holgazanería para ser santos! Pero sí dice: «Limpiaos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor del Señor». Siempre pasa así cuando los hombres cambian la verdad de Dios por la mentira y empiezan a adorar y venerar a la criatura antes que al Creador.
Domingo, 12. La señorita Drake estaba cansada, así que no salió a la iglesia por la mañana. Pero yo quería poder decir que había ido a la iglesia en Roma. Así que salí sola hacia la iglesia inglesa más cercana. En la oficina cuelga la lista de los principales hoteles e iglesias, así que no tuve dificultad en encontrarla. Y allá fui.
Descubrí que era una iglesia de la Iglesia Alta, casi católica romana. Tenían velas y niños de coro, y se volvían hacia el oriente haciendo reverencias, y el ambiente parecía el de una cripta. Todo esto era nuevo para mí, porque nunca antes había estado en una iglesia protestante de la Iglesia Alta. ¡Qué poco satisface todo esto a quien conoce a Cristo! Para él no hay sustituto.
Lunes, 1. Un gran día de turismo. Teníamos nuestro carruaje y nuestro guía. Lo que más ansiaba ver era San
Pedro. Así que allí fuimos primero. Yo no soy capaz de describir la magnificencia de esta gran iglesia antigua e histórica. Al recorrer sus amplios corredores y salones, y al quedarme mirando la gran cúpula, me sentí casi sobrecogida. Parecía estar a una milla de distancia, en el cielo. ¡Qué pensamiento tan prodigioso se había puesto en su arquitectura, su colorido y sus estatuas!
Un poco a la derecha de la entrada principal había una estatua de San Pedro, de bronce, de tamaño natural. Yo había oído que la habían visitado miles de personas y que el dedo gordo del pie derecho había sido besado hasta quedar completamente gastado y liso. Me acerqué a examinarlo y comprobé que su lisura era un hecho; pero si era resultado de los besos constantes o de alguna otra causa, no sabría decirlo. No tenía la menor inclinación a besar el dedo; pero puse mi mano derecha sobre él, y lo sentí frío. Me dije, al ver a muchos entrar, detenerse delante de él, santiguarse y orar: «Eso es todo lo que reciben a cambio de sus largas peregrinaciones, sus oraciones y sus lágrimas». ¡Qué triste! ¡Cuánto me alegro de que las cuerdas me hayan caído en lugar más deleitoso, y de que sea hermosa la heredad que me ha tocado! ¡Alabado sea el Señor!
La siguiente visita fue al Vaticano; recorrimos los grandes corredores y admiramos las estatuas y las pinturas, y me dolía la cabeza de ver tanto. Al pasar por un hermoso paseo, oímos a alguien gritarnos en un idioma que no entendíamos; pero nos hacían señas para que nos apartáramos, y nos hicimos a un lado, y allí venía el papa en su silla de manos, con su guardia personal de siete u ocho hombres, de regreso de su salida matutina; unos caminaban delante de él, otros a su lado y otros detrás. Y pensé para mis adentros: «Hace apenas unos años oí que se había declarado la infalibilidad del papa». Y pensé que, si la infalibilidad tenía que estar custodiada de esa manera, ¿qué seguridad tendría yo confiando en ella? No. Mi fe está solo en la infalibilidad de Dios.
Lo siguiente fue el Coliseo, con sus muros en ruinas. Mientras el hombre seguía contándonos las grandes historias, señalando las cosas de interés y explicándolas, a veces me preguntaba si todo lo que decía era cierto en cada caso. Pero nadie pone en duda la veracidad de los guías cuando está haciendo turismo. Se supone, por supuesto, que saben todo lo que una les pregunta.
Nos habló de la gran arena donde arrojaban a los cristianos para que los devoraran los leones hambrientos, mientras miles de espectadores
se reunían en el anfiteatro para mirar con deleite. Y entonces pensé en el Libro de los mártires de Foxe, que recuerdo haber leído cuando era muy jovencita, y a veces me pregunto si gran parte del espíritu de esta época no se le parece. El cristianismo ha hecho maravillas. ¡Aleluya!
Luego nos señalaron la Vía Apia, y el guía dijo: «Ese es el mismísimo camino por el que llevaron a Pablo de la cárcel al tribunal». Allí estaba el suelo mismo, con incrustaciones de mármol, como un pavimento, sobre el cual, según dijo, Pablo compareció ante Nerón.
Lo siguiente fueron las catacumbas. Bajamos unos seis pies bajo tierra y entramos en un pasadizo pequeño y estrecho, y entonces él encendió unas velillas y nos dio una a cada uno. Luego entramos en una sala muy grande; y en la pared lisa y sólida estaban hermosamente pintados un púlpito y un altar, y casi todo el ritual de un culto de la iglesia anglicana. Los colores estaban tan perfectos como si los hubieran pintado hacía muy poco; y sin embargo tenían más de doscientos años. Había repisas o nichos excavados en la roca, donde ponían a sus muertos; luego los cerraban con mampostería. Los amigos habían sacado varios de los cuerpos, y esos huecos estaban abiertos; pero algunos seguían cerrados. Tenían que entrar y salir por estos pasadizos subterráneos, en silencio. ¡Cuánto debieron de sufrir por su nombre en aquellos días oscuros de persecución! Al pensarlo todo, dije: «¡Oh! ¿Se repetirá la historia? Que Dios en su misericordia nos libre».
Fui lo bastante tonta como para echar a andar sola en otra dirección distinta de la de los demás, aunque el guía me había dicho al entrar: «Ahora, manténgase cerca de mí»; pero mientras él estaba explicando y hablando con la señorita Drake, me metí en lo que creí que era otra sala. Pero las vueltas eran muy intrincadas para quien no las conoce. A mí todo me parecía el mismo pasillo. Pero cuando me di cuenta, estaba completamente fuera del alcance de la voz de los demás. Seguí dando vueltas, pero no parecía acercarme a ellos. Entonces empecé a asustarme. Luego pensé que me quedaría quieta donde estaba; y así lo hice, y le pedí al Señor que me ayudara. Al poco rato llegaron buscándome.
El guía dijo que había hecho muy bien en detenerme, porque así ellos pudieron venir y encontrarme. Si hubiera seguido dando vueltas, podrían haberme perdido del todo.
¡Caramba! Me estremezco al pensarlo. Pero después de aquello nunca tuvo que decirme que me mantuviera cerca. ¡Qué lección aprendí! Nunca la
olvidaré. Yo tenía la vela encendida en la mano, pero debí haber obedecido a mi guía y haberme mantenido cerca, como él me había dicho. Dios nos da su Espíritu, pero debemos andar en la luz del Espíritu; entonces no satisfaremos la concupiscencia de la carne yendo por nuestro propio camino. Que él nos ayude. ¡Amén!
Miércoles, 15 de septiembre. Hoy salimos de Roma para Nápoles. La pequeña oración que susurré justo al partir fue: «¡Oh, Dios, por amor de Cristo, envía sobre Roma el gran poder del Espíritu Santo! Que el pueblo despierte».
Llegamos a Nápoles a eso de las cinco y media o las seis de la tarde. El hotel donde nos alojamos era muy bueno. Preferíamos alojarnos en un hotel donde se hablara sobre todo inglés, ya que ni la señorita Drake ni yo dominábamos el francés. Notamos que la ciudad abundaba en iglesias; y de camino desde la estación, en el ómnibus, al pasar por varias, con las puertas abiertas como es costumbre, podíamos ver a personas en los confesionarios; unas salían y otras entraban; y tanta gente pobre parecía ir de acá para allá; y monjes que iban y venían, como habíamos visto en Roma. Después de cenar, como estábamos muy cansadas, pronto nos retiramos.
Jueves, 16. Me levanté temprano esta mañana, bastante descansada del viaje. Como solo teníamos un día, pensamos ver algunos lugares; así que conseguimos un carruaje y un guía y fuimos a algunos de los principales puntos de interés. Lo más interesante para mí fue el gran museo, que está bastante en alto, y a lo lejos podíamos ver con toda claridad el monte Vesubio. En un día despejado se veía muy bien; pero se ve mucho mejor en una noche despejada. Parece un gran horno ardiendo a la distancia. Luego recorrimos el museo, y allí vimos Pompeya en estatuas, tal como era y tal como está, en ruinas.
Yo había oído hablar de las excavaciones de Pompeya y había leído un poco sobre ellas, pero ahora estaba junto a ellas. Muchas de las cosas que nos explicaron se me han ido de la memoria desde entonces, pero algunas las recuerdo muy claramente. Recuerdo que una figura mostraba a un panadero; allí estaba junto al horno, al parecer en el acto mismo de meter el pan; allí estaba la mesa, con el pan y las bandejas, todo perfecto. Otra era una persona dormida, tendida en un sofá. Había guardias de pie junto a las puertas de entrada a la ciudad, todo perfecto. Todo esto me parecía tan maravilloso; y cuando el hombre nos explicaba todas estas cosas, a veces me estremecía de tristeza.
Nápoles está situada en la cabecera de la bahía del mismo nombre. La bahía tiene una forma preciosa, algo así como una herradura. Todo alrededor es bastante montañoso; de modo que en ciertos puntos, a medida que uno sube esas montañas, al llegar a la cima puede mirar a lo lejos, y alrededor, y ver toda la gran ciudad abajo y en torno suyo. Me pareció muy hermoso; y tuve el gran monte Vesubio en la mente y en el pensamiento durante días enteros. Cuando me hablaron de la lava al rojo vivo que este monte histórico vomitaba y hacía rodar por sus laderas, me pregunté cómo era posible que la gente pareciera vivir en tanta paz y tranquilidad como vivía. Había casas muy cerca de la base de la montaña, según la veíamos a lo lejos, con parcelas verdes que se habían labrado para huertos, o qué sé yo.
Nadie parecía molesto ni preocupado por ello; y pensé qué fácil es que nos acostumbremos a los horrores y a la tristeza.
Después de haber andado mucho de aquí para allá, volvimos en coche a nuestro hotel, almorzamos y descansamos un poco, y luego dimos otro paseo corto; pero se juntaron las nubes y cayó una llovizna menuda, así que no fuimos muy lejos. Entonces la señorita Drake empezó a inquietarse un poco por saber cuándo saldría el vapor para Alejandría, aunque nos habían dicho que nos avisarían; pero como estábamos fuera, fuimos a ver, y allí perdí mi hermoso paraguas. Una señora en Inglaterra me había dado un soberano y me había dicho: «Señora Smith, tiene usted que comprarse un buen paraguas»; así que, estando en Eastbourne, vi un paraguas muy bonito, y pensé que debía hacer lo que me habían dicho, y lo compré, aunque no pagué del todo esa cantidad por él.
Después de ir a la oficina y averiguar lo del vapor, y quedar satisfechas, volvimos al hotel. Había dejado de llover, aunque todavía no estaba despejado, así que dejé mi paraguas en el coche a mi lado, y cuando me bajé ni me acordé de él. Al día siguiente, justo cuando subíamos a bordo del vapor para salir hacia Alejandría, me acordé de mi paraguas. Le pagué a un hombre un dólar para que volviera a buscarlo. Faltaban una o dos horas para que zarpara el vapor. Él fue muy cortés y amable, y de seguro iba a traerlo; pero cuando volvió dijo que no había podido encontrar al hombre, ¡pero que si le daba otro dólar iría adonde él creía que el hombre se había ido! Pero vi que en ese arreglo había trampa, así que le dije que no se molestara. Entonces dijo que me lo enviaría, y vi que había más trampa todavía. Sentí mucho perder mi buen paraguas, pero fue tan bueno que el Señor me guardara el corazón muy tranquilo.
Viernes 17 de septiembre de 1879. Estamos en el vapor rumbo a Alejandría. Decían que si uno se proponía no marearse, no se marearía; y así me lo propuse, y mi propósito se propuso no quedarse quieto, y me mareé todo lo que se puede uno marear.
Domingo 19. Una mañana preciosa; tan tranquila. Estoy mejor, alabado sea el Señor. Cuando salíamos de París nos dijeron que no debíamos tocar el agua en el continente; que el agua era muy mala y que todo el mundo bebía vino. Y en el vapor bebían vino como si fuera agua; los niños y todos bebían vino; yo esperaba ver a todo el mundo borracho, y me vino una sensación un poco rara. Pensé: «¡Ay, Dios mío, la que vamos a pasar si a esta gente le da por pelearse!».
Señoras y caballeros, niños, padres y madres, todos bebían vino, pero no parecía que se salieran de sus casillas. Cuando nos sentábamos a la mesa y escogíamos agua en vez de vino, nos miraban con asombro. Entonces pregunté cómo era que todos podían beber tanto vino y no emborracharse. Dijeron que era vino ligero y que no embriagaba. Y entonces me pregunté si no era esa la trampa en que caían tantos: empezar con el inocente vino ligero y acabar con aquello que está lleno de pesos que los tienen sujetos abajo, de modo que, cuando quieren levantarse, no pueden.
Pues bien, la señorita Drake y yo salimos adelante sin probar ni el vino ligero ni el más fuerte, y nunca tuvimos un momento de enfermedad, aparte del simple mareo, con todo nuestro cansancio y fatiga, porque ver sitios es agotador, sobre todo cuando se hace a la carrera, como lo hicimos nosotras, y cosa semejante no quiero volver a hacerla nunca. Nuestro vapor debía llegar el día veinticuatro, así que no teníamos tiempo que perder.
Lunes 20. La mañana está clara y agradable. Mi pensamiento de esta mañana es: «Oh, Cristo, tú eres una realidad; hazme más semejante a ti».
¡Qué suave el aire, y qué brillante el sol! Tan distinto de Inglaterra. Los pasajeros a bordo son muy amables y corteses. Creo que en esto los franceses ocupan el primer puesto entre todas las naciones. Por lo que he visto, parece que les sale natural, niños y todo. No les cuesta ningún esfuerzo ser corteses y atentos. Hasta en Roma noté, en el ómnibus del ferrocarril, que iba bastante lleno, que cuando subí un hermoso muchachito se levantó y, con una sonrisa y tocándose el sombrero, me señaló su asiento.
En París iba yo un día paseando por el parque y había muchos niños jugando, y un chiquillo sentado en un banco cerca, y mientras yo estaba mirando la belleza que me rodeaba, enseguida se levantó y, con un aire precioso y tocándose el sombrero, me ofreció su asiento. Fue tan hermoso, tan distinto de lo que uno ve en casa. ¡Por poco grito ahí mismo: «¡Alabado sea el Señor!»!
Martes 21.
«Preciosa promesa nos ha dado Dios
al cansado caminante».
¡Alabado sea el Señor! «Alma mía, en Dios reposa. De él es mi esperanza». Nos vamos acercando a Alejandría, en Egipto. ¡El grande y antiguo Egipto histórico! ¡El Egipto del que he leído en la Biblia! ¿Será posible?
Las diez de la mañana. Aquí estamos en la bahía. Alabado sea el Señor. ¿Y quiénes son esos hombres que vienen en las barcas? Hay cuatro o cinco barcas, todas tripuladas, cada una con seis, ocho, diez o doce hombres: hombres negros, de mi propia raza. ¡Llevaba tanto tiempo sin ver a nadie de mi gente que me dieron ganas de lanzar tres hurras!
En mi vida he visto remar con tanta ciencia. Remaban de pie en vez de sentados, pero, ¡oh, con qué perfección se inclinaban sobre los remos! Llevaban unos gorritos rojos ceñidos a la cabeza, con borlas negras arriba, y pulcras chaquetas negras de alpaca. Supongo que eran mahometanos, porque vestían igual que los mahometanos de la India. Muchos eran hombres de buena presencia, negros como la seda y derechos como flechas, bien formados, e independientes como reyes. Se movían y hacían su trabajo con inteligencia, con prontitud y soltura. No sabían lo que era agacharse ante ningún hombre. Me sentí orgullosa de pertenecer a esa raza cuando vi tanta nobleza en ébano. Entonces pensé en el pasaje de la historia del Antiguo Testamento: «Vendrán príncipes de Egipto». Luego recordé que fue el lugar donde nació Moisés, y el escondite del niño Jesús frente a la crueldad del rey Herodes. Y de todo el mundo entero le agradó a Dios conceder este gran honor a la raza negra, que debería tenerse en memoria eterna. Y prefiero ser negra, aunque no fuera por otra razón que la de compartir este gran honor con mi raza.
Después de una buena noche de descanso fuimos a visitar las grandes pirámides, que quedaban a unas cuatro millas, creo, de la ciudad de Alejandría. Hicimos todos nuestros preparativos la noche antes.
A la mañana siguiente todo fue puntual y nos llamaron a tiempo, y el desayuno estuvo listo a las cinco en punto, de modo que tuvimos tiempo de sobra, y a las seis ya estábamos en camino. Alejandría, lo que vimos de ella, me pareció una ciudad hermosa. Muchas de las casas eran grandes y espaciosas, y había hoteles grandes y elegantes. No recuerdo el nombre del hotel donde paramos, ni en qué avenida estaba, pero era una avenida ancha que atravesaba el centro de la ciudad. Justo enfrente de este hotel había otro mucho más grande; ocupaba casi media manzana. Abajo había grandes heladerías, y los toldos salían por encima de la acera. Estaba hermosamente iluminado y tenían una música exquisita, y señoras y caballeros ingleses estaban sentados afuera alrededor de las mesas de helados, y de verdad parecía más Inglaterra o América que Egipto. ¡Cuánto lo sentí, estando en África, al enterarme del saqueo y del incendio de Alejandría en tiempos de la gran guerra afgana!
Nos dijeron que había algunos misioneros que se habían establecido bastante bien y que estaban haciendo una buena obra. Pero, ¡oh, la guerra es tan destructora y desmoralizadora en su paso! Y probablemente todo lo que se había ganado hasta entonces se perdió otra vez.
De camino a las pirámides, nuestro paseo fue por el mismo camino que se había construido especialmente para el príncipe de Gales cuando visitó Alejandría uno o dos años antes, y de no haber sido por esa visita real, nuestro viaje a las pirámides habría sido muy accidentado.
Fue la primera vez que oí hablar del eucalipto, o que vi uno. A lo largo de toda la carretera real, a uno y otro lado, había estos árboles; habían crecido y formado una arcada alta; era muy hermoso, y a uno le daban ganas de quedarse a su sombra, lejos del sol ardiente.
Creo que entendí un poquito lo que Pablo quería decir cuando dijo: «Dejando todo el peso, corramos con paciencia la carrera». En mi vida he visto correr con tanta gracia y tanta ciencia como corrían ciertos hombres de allí. Eran tipos altos, de aspecto larguirucho; en la cabeza llevaban un sencillo gorrito blanco, y alrededor del cuerpo una tela blanca y liviana de unas tres o cuatro yardas de largo, que pesaría muy poco más de una libra; debajo de ella llevaban, bien ceñida al cuerpo, una chaquetita de manga larga, hecha del mismo material, o quizá de uno un poquito más fuerte. Su oficio, o profesión, era pedir limosna. Cuando nuestro coche acababa de salir de la ciudad, salieron tras nosotros media docena o más de estos caballeros, gritando mientras corrían: «¡Bakshish!» (deme un centavo), «¡bakshish, bakshish!».
Nuestro guía, que iba sentado con el cochero para señalarnos y explicarnos todo, nos advirtió que no les diéramos nada a estos caballeros. Dijo que, si los animábamos lo más mínimo, nos molestarían tanto que no podríamos quitárnoslos de encima.
Pero es que eran tan corteses, y se inclinaban con tanta gracia, y corrían tan bien, y se daban palmaditas en el estómago y abrían la boca para decir que tenían hambre y que tenían el estómago vacío, y me dieron lástima. El guía vio que me habían conquistado bastante, y me estuvo vigilando de cerca un rato; pero volvió la cabeza, cuando pensó que yo estaba ya bien convencida después de todo lo que había dicho y explicado, y yo les eché unos centavos a estos pobres hombres, unos cinco centavos de nuestro dinero, ¡y jamás he visto ni oído semejante carrera y semejante griterío! Entonces sí que me asusté un poco. Él dijo: «Les dije que si les daban algo los iban a molestar».
La pobre señorita Drake no sabía lo que yo había hecho; ella aseguraba que no les había dado ni un centavo; y yo trataba de poner cara de extrañeza y de no saber nada. Ella dijo: «¿Les diste algo, Amanda?».
«Oh, solo les eché unos cuantos centavos», contesté.
Así que se descubrió el pastel; y aunque nuestros caballos iban a buen paso, el cochero los arreó y fuimos más deprisa; y estos caballeros también se arrearon y vinieron más deprisa, pero lo hacían con tanta gracia y tanta hermosura.
«Bueno —pensé—, ya la he hecho».
Por fin empezaron a quedarse atrás uno a uno, hasta que solo nos quedaron dos; estos nos acompañaron hasta las pirámides y se ofrecieron a subir corriendo hasta la cima por seis peniques, si se los dábamos. Pensé que valía más o menos eso subir hasta lo alto de aquel enorme montón de piedras, porque eso es lo que parecía; pero no podía hacer la oferta, porque ya había hecho bastante; así que subieron corriendo un trecho y volvieron.
Anduvimos un poco alrededor, y miramos dentro de la tumba donde decían que estaba enterrada la esposa de un rey; no había nada en su aspecto que fuera especialmente interesante.
Luego vi la gran esfinge. Yo solía preguntarme qué sería; pero ahora quedó satisfecha mi curiosidad. Pasamos allí unas dos horas, y luego volvimos en coche a Alejandría, y a las dos de la tarde salimos para Suez.
Suez, Egipto. El hotel donde paramos lo llevaba un inglés, y la mayoría de los huéspedes eran ingleses. No tuve ninguna dificultad
a causa de mi color; todo el mundo se portó con naturalidad y con sentido común.
En la cena me fijé en dos caballeros que estaban sentados frente a nosotras; me resultaban conocidos. Pensé que podían ser americanos. Noté que me miraban muy fijamente, como si quisieran hablarme, pero no lo hicieron, y a mí me daban ganas de hablarles; pero luego pensé: «Son unos desconocidos; parece que me conocen; pero ¿cómo va a ser que alguien en Egipto conozca a Amanda Smith?».
Le dije a la señorita Drake: «Estoy segura de que conozco a esos caballeros, pero no me atrevo a hablarles».
A la mañana siguiente nos volvimos a encontrar, y el señor Leech (pues así se llamaba uno de los caballeros) se acercó y me habló, y dijo: «¿No es usted Amanda Smith?».
«Sí», le dije.
«Anoche pensé que era usted; de hecho, estaba casi seguro; pero después de la cena fui a la oficina, miré el registro y vi su nombre». Eran dos ministros de Newcastle-on-Tyne; uno presbiteriano y el otro congregacionalista. Los dos me habían ayudado en las reuniones que celebré en Newcastle, en el salón del señor Lambert. Se los presenté a la señorita Drake, y fueron tan amables que nos hicieron la estancia muy agradable.
Habían estado en Alejandría, y ahora estaban en Suez, de regreso a casa, a Inglaterra. Hacían este viajecito de dos o tres semanas en sus vacaciones. Nos hablaron de la gran escuela mahometana de Alejandría, que habían visitado, con ochocientos estudiantes que estudiaban el Corán. Es el colegio más grande del mundo donde todos los estudiantes estudian una sola cosa. Dijeron que era un espectáculo maravilloso verlos; todos se sientan en esteras en el suelo (todos hombres o muchachos), y se mecen hacia adelante y hacia atrás, y estudian en voz alta, ¡de modo que el estruendo es algo espantoso! Se supone que deben aprenderse de memoria el Corán entero. ¡Cuánto me habría gustado ver esa escuela! Pero no teníamos mucho tiempo. Así que esa fue una de las cosas que nos perdimos.
Estos caballeros que he mencionado pasaron un día con nosotras antes de que llegara su vapor; así que salieron a pasear con nosotras y nos enseñaron distintos lugares. Lo que me resultó muy interesante fue su manera de regar. Nunca lo había visto hacer de esta forma
Había grandes parcelas de tierra trazadas hasta donde alcanzaba la vista. Había bombas a la antigua, como las que tenían hace cien años, supongo; luego había largas canaletas de madera que llevaban a las zanjas, a unos cinco y diez pies de distancia; bombeaban el agua a esas canaletas, y corría y llenaba todas las zanjas, y luego las mujeres y los niños se ponían a uno y otro lado de los bancales, y con las manos echaban el agua, y así regaban los bancales. ¡Oh, qué duro y qué pesado! Pero es que a ellos nunca se les ocurría hacerlo de otra manera que como lo hacían sus padres. Eso era todo lo que les interesaba saber.
Las cebollas y las lechugas y los berros que se cultivaban en estos huertos eran muy verdes y hermosos. ¡Cómo se volvió mi corazón a Dios en oración por el pobre Egipto! Solo Dios puede cambiar el corazón de esta gente de aquí, y hacer que el desierto florezca como la rosa. ¡Señor, una vez más, envía luz y ayuda a Egipto!
Cuando Dios llamó a Jesús de Egipto, lejos de la ira del rey Herodes, y cuando la luz se hubo apagado, las tinieblas se asentaron sobre Egipto, y todavía persisten. ¡Si la luz que hay en ti se vuelve tinieblas, cuán grandes serán las tinieblas!
Nuestro vapor debía llegar a Suez el jueves, pero no llegó hasta el domingo. Tuvimos que esperar esos días. Yo me alegré bastante, porque pensé que nunca en mi vida había estado tan cansada. Pero aun así, si hubiéramos sabido que el vapor no llegaría hasta el domingo, podríamos haber subido a Jerusalén. Estos caballeros nos dijeron que se podía ir en veinticuatro horas en diligencia.
Muchos grupos subían por ese camino; pero hacían todos los preparativos con uno o dos días de antelación; cosa que nosotras podríamos haber hecho, y estar de vuelta el sábado por la noche. Eso fue lo más cerca de Jerusalén que he estado nunca, y que estaré jamás, hasta que llegue a la Jerusalén de arriba, supongo. Sin embargo, no hay nada imposible, y ahora que hay ferrocarril no me sorprendería encontrarme algún día subiendo en el tren, sobre todo si Dios así lo dispusiera.
Capítulo 24 completado
Rumbo a la India