Amanda Smith: una autobiografía
En la iglesia del doctor Taylor, en Nueva York

Capítulo 17 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

En la iglesia del doctor Taylor, en Nueva York

Creo que fue en octubre de 1870, o de 1871. Era cuando la señorita Sarah Smiley, la cuáquera, era muy popular. Por entonces daba lecturas bíblicas en diferentes iglesias: la iglesia del doctor Cuyler en Brooklyn, las iglesias metodistas y otras. Yo estaba dirigiendo reuniones en la Iglesia Metodista de la calle Veinticuatro, con el reverendo doctor ——, y la señorita Smiley estaba dando una serie de lecturas bíblicas en la iglesia del doctor Taylor al mismo tiempo. Unas señoras de Brooklyn, que habían estado asistiendo a la iglesia de la calle Veinticuatro, vinieron una noche y me dijeron: «¡Oh, Amanda Smith! ¿Ha ido a oír a la señorita Smiley en la iglesia del doctor Taylor?». Y yo dije: «No».

«Pues —dijeron—, va a estar allí mañana por la tarde, y va a ser su última lectura bíblica. Es sobre tal tema» (y nombraron el tema). «¡Oh, ayer estuvo grandioso! Pensé en usted, y quise que hubiera estado allí. Así que me decidí a venir a decírselo esta noche, y quizá usted pueda ir mañana por la tarde».

Yo no estaba dirigiendo reuniones por la tarde, solo por la noche, así que les di las gracias muy amablemente y pensé ir a oír a la señorita Smiley. Y así lo hice. Fui temprano. Ya se había reunido bastante gente, aunque faltaba media hora. Había varios caballeros presentes, y señoras a las que yo había conocido, unas en Ocean Grove y otras en las reuniones de los martes del doctor Palmer, y algunas de estas señoras me dijeron: «Amanda Smith, mientras esperamos, sería lindo que cantara».

Los «Winnowed Hymns» eran muy populares entonces; eran

nuevos, y había varias piezas que yo me sabía muy bien. En aquellos días yo cantaba muchísimo, y de algún modo parecía que el Señor siempre bendecía mi canto. Así que estas señoras tenían muchas ganas de que yo cantara. Les dije que no me gustaba hacerlo; pensaba que tal vez no sería apropiado en esta iglesia nueva para mí, y no era una iglesia metodista, y quizá no les gustaría. Pero ellas me dijeron que no habría problema. Varias de estas señoras eran miembros de la iglesia. Me aseguraron que no sería ninguna falta de decoro que yo cantara. Así que, como insistieron, canté.

El Señor bendijo el canto. Cuando terminé una pieza, me pidieron que cantara otra cosa. Ellas escogían; ahora no recuerdo exactamente cuáles eran, pero canté otra pieza. Y mientras escogían otra, dije: «Creo que más vale que no cante más por ahora», y le pedí al Señor que me ayudara y no permitiera que yo estuviera cantando cuando entrara la señorita Smiley. Pensaba que ella podría creer que yo me había puesto en primer plano. Y el Señor me libró de esa humillación.

Las señoras seguían insistiendo, y decían que sabían que a la señorita Smiley más bien le agradaría. Pero yo no lo sentía así. Así que la señorita Smiley entró cuando no se estaba cantando. Un minuto o dos después, con lo que insistían, supongo que habría estado cantando. ¡Oh, qué contenta estaba de que el Señor me hubiera guardado!

La señorita Smiley terminó su lectura bíblica de una manera hermosa. Fue muy interesante, y todos parecían disfrutarla. Los caballeros se acercaron, me dieron la mano y me agradecieron el canto. Las señoras que estaban allí me agradecieron el canto, y como yo estaba muy cerca de la señorita Smiley, le agradecí su discurso y le dije cuánto me había ayudado, pero me pareció que estaba bastante fría. Entonces me asusté y me arrepentí de haberle dicho nada.

Al rato vi a una señora alta, de pelo negro, de tez muy amarillenta, con unos aires tremendos y un semblante que la dulzura no alegraba... pero en fin, pasaba. Vi que esta señora se acercaba a la señorita Smiley y empezaba a hablarle, y vi que la señorita Smiley negaba con la cabeza; pero yo no sabía qué significaba.

No salí abriéndome paso entre las señoras; esperé tranquila y me quedé atrás, para no estorbar; y después de que esta señora se apartó de la señorita Smiley, me miró con el ceño fruncido y con una expresión de desprecio en la cara. Se metió en un banco, me hizo señas y me dijo: «Venga acá, venga acá».

Así que me acerqué a ella con todas las sonrisas y toda la gracia de que era capaz, y ella se irguió de la manera más digna y me dijo: «¿Quién le dijo que viniera aquí?». Y lo dijo en un tono que me asustó. Me recorrió todo el cuerpo, y empecé a tartamudear, cosa que yo nunca hago, y traté de acordarme del nombre de la señora que me había invitado, porque la conocía muy bien; pero ni por mi vida me venía su nombre. Estaba en la reunión, pero había llegado a la puerta y estaba hablando con alguien; y yo miré alrededor y dije: «La señora ——, la señora ——», pero no podía recordar el nombre. Le dije que unas señoras me habían hablado de la reunión de la señorita Smiley, y que pensé que me gustaría venir a oír a la señorita Smiley.

«Pues —dijo ella—, a la señorita Smiley la invitamos nosotros».

«¡Oh! —dije—, le ruego me disculpe, señora».

«No importa, salga, salga», dijo, señalando la puerta con la mano.

«Oh —dije—, señora...», y ella dijo: «Salga, salga», y me echó.

Algunas de las señoras iban pasando, y decían: «¡Ay, Dios mío, esto es demasiado!».

«¿Qué pasa?», decía otra. Y otra: «¡Oh, qué vergüenza!». «¿Qué ocurre?».

Para cuando llegué a la puerta, había tanta compasión y tanta lástima por mí que casi me matan. Lloré casi hasta las convulsiones. Estaba casi muerta. Si no me hubieran compadecido y no hubieran parecido sentirlo tanto por mí, lo habría llevado bastante bien.

Subí hasta la Sexta Avenida y tomé el tranvía, y algunas de las señoras subieron al mismo tranvía; se sentaron a mi lado y trataron de consolarme, y lo empeoraron. Me avergonzaba de mí misma, pero no podía evitarlo. Me parecía que había perdido todo el control de mis sentimientos. Lloré por aquello durante unos dos días, cada vez que me acordaba. E hizo bastante revuelo. Las señoras venían desde el centro a verme por eso y a preguntar sobre el asunto. Y oré mucho por aquella mujer, porque pensé que necesitaba que oraran por ella, y oré por ella de todo corazón. ¡Así que creo que al final la peor parte se la llevó ella!

A veces la gente me dice: «¡Oh, Amanda Smith, qué popular es usted!».

«Sí —digo yo—, pero lo pagué». Pagué un buen precio por mi popularidad. No sé si aquella señora vive o ha muerto. No

la he vuelto a ver desde entonces. ¡Pobrecita, cuánta lástima le he tenido! Supongo que el Señor la sacará adelante de algún modo. Pero esa es la única vez que me han echado de una iglesia, de una reunión religiosa o de cualquier otra clase.

Otra vez, fue en 1870 o 1871, cuando mi querida amiga, la señora Hannah Whitehall Smith, daba aquellas maravillosas lecturas bíblicas en Germantown y en Filadelfia que Dios bendijo tan maravillosamente. Yo había oído hablar de ellas muchas veces, y había leído sobre ellas, y pensaba cuánto me gustaría ir; pero no sabía si permitirían ir a personas de color. Muchas veces el Señor me mandaba entre los blancos donde se estaba celebrando una buena reunión, para que aprendiera más perfectamente alguna lección de su Palabra.

Un día iba yo camino a West Philadelphia cuando el señor Robert Pearson Smith, que había estado en California haciendo, creo, alguna obra de evangelización, y había vuelto a casa apenas unos días antes, subió al tranvía, y después de estar sentado un ratito miró hacia mí y me reconoció. Se acercó y me dijo: «¿Creo que esta es Amanda Smith?». Le dije: «Sí». Se sentó a mi lado, y no mostró ningún temor ni incomodidad por que yo fuera una mujer de color. ¡Qué auténtico, qué bondadoso y qué sincero era! Me dijo: «Amanda Smith, ¿has asistido a alguna de las reuniones que ha estado dirigiendo mi esposa Hannah?».

«No —le dije—, he pensado que me gustaría muchísimo ir, pero no sabía si permitirían ir a personas de color».

«Oh, sí, Amanda —me dijo—, no habría ninguna objeción a que fueras, y creo que disfrutarías mucho la reunión. Dios ha bendecido maravillosamente a Hannah, y muchísimas señoras de alcurnia han sido llevadas a consagrarse al Señor y han recibido gran bendición. Ella tendrá una reunión en el número 1018 de la calle Arch, el viernes. Tienes que ir».

Le di las gracias muy amablemente y le dije que iría.

«Ahora sí —pensé para mis adentros—, el Señor ha contestado mi oración y me ha abierto el camino, y sin duda tiene alguna bendita lección que enseñarme de su Palabra; porque la señora Smith es una maestra de la Biblia tan maravillosa».

Así que esperé el viernes con gran deleite. Cuando llegó el día, me preparé y fui, en oración. Pero de algún modo me pareció que me venía un ligero temblor al acercarme a la esquina de las calles Décima y Arch; y me dije: «Me pregunto

qué va a pasar; se me ha puesto tan triste el corazón de golpe».

Entonces empecé a orar con más fervor para que el Señor me ayudara y me guiara. A veces estos sentimientos de tristeza, aunque inexplicables, son el presagio de una gran bendición de Dios; otras veces pueden anunciar desilusión y tristeza; de modo que en uno u otro caso Dios los permite, y prepara el corazón por medio de la oración para recibir la bendición, o para soportar el dolor o la desilusión. Alabado sea su nombre por esto.

Justo cuando iba a doblar la esquina, vi venir a dos señoras. Las conocía, e iban camino a la reunión. Pensé: «Las dejaré pasar, las seguiré de cerca y entraré justo cuando ellas ya estén adentro». Siempre procuraba evitar cualquier cosa que pareciera meterme a la fuerza o ir adonde no me querían. Y además sabía lo sensibles que son muchos blancos con respecto a una persona de color, así que siempre me quedaba atrás. No creo que nadie pueda decir jamás que Amanda Smith se metió a la fuerza donde no la querían. Yo era algo así como la marmota: cuando ve su sombra, se mete en su madriguera; yo siempre alcanzaba a ver mi sombra con suficiente anticipación para quitarme del camino. Pero pensé que, como el señor Pearson Smith me había dicho tan amablemente que no habría problema en que fuera a esa reunión, no sería una intrusa; no, de ninguna manera. Cuando estas señoras llegaron a donde yo estaba, se detuvieron y me hablaron muy amablemente; me dijeron: «Vaya, Amanda Smith, ¿cómo estás? ¿Vas a la reunión?».

«Sí —les dije—, he oído y leído mucho acerca de la reunión, y pensé ir hoy».

Vi que parecían un poco nerviosas o raras, así que les dije: «Me encontré con el señor Pearson Smith el otro día, y me dijo que fuera; que no habría ninguna objeción, que las reuniones eran de muy maravillosa bendición, y que creía que yo las disfrutaría».

«Bueno, Amanda —dijo una de las señoras—, la reunión va a estar muy llena hoy, y van a venir muchas señoras muy ricas de Germantown, de West Philadelphia y de Walnut Hills, y las reuniones son especialmente para esa clase de personas, y creo que más vale que no vayas hoy; algún otro día sería mejor para ti». Y luego se inclinaron cortésmente y siguieron su camino.

No dije ni una palabra. Me quedé pasmada; y allí me quedé parada. Pensé: «¿Cómo es esto? He estado orando por esta reunión desde que vi al señor Smith, y he estado esperando un verdadero

banquete para mi alma hoy, y ahora estas señoras piensan que no conviene que yo vaya, porque soy una mujer de color y van a estar tantas de las señoras ricas. Ellas no saben si acaso el Señor ha enviado un mensaje a alguna de ellas por medio de mí». Así que dije: «Me quedaré por aquí hasta saber que la reunión ya empezó bien, y luego iré y me quedaré de pie en la puerta».

Ahora bien, sentía en mi corazón que era correcto hacer esto en vez de volverme a casa. Así lo hice. «Y después de todo, puede que oiga la palabra que el Señor tiene para mí; porque él quiso decir algo con que yo viniera». Así que me deslicé adentro en silencio y me quedé de pie en la puerta; había varios otros de pie. Justo cuando la señora Smith estaba en medio de su buen discurso bíblico, efectivamente el Señor tenía un mensaje para mí, y recibí una gran bendición allí de pie en la puerta. ¡Alabado sea el Señor!

Y ahora el cambio es que, en vez de que la presencia de Amanda Smith, la lavandera de color, tenga un mal efecto en una reunión donde se reúnen señoras de fortuna y alcurnia para orar y cantar su bendición, piensan que es más probable un fracaso si esa misma Amanda Smith, la mujer de color, no puede estar presente. Todo esto es obra del Señor, y es maravilla en nuestros ojos.

Al final de esta reunión, cuando las señoras iban saliendo, una tras otra se me acercaban, me hablaban y me daban la mano: «Pero, si es Amanda Smith».

«Sí».

«¡Oh, aquí está Amanda Smith! ¿Por qué no cantó?». Y otra: «¡Oh, yo la he oído!». Y otra: «¡Oh, ojalá hubiera cantado tal pieza!». Y otra: «¿Por qué no habló?». Y otra: «La oí cantar tal pieza en Ocean Grove en tal ocasión», o «en Round Lake». Me alegré de esto, porque pensé: «Después de todo, no eché a perder el espíritu de la reunión».

Pero claro, entonces yo no era tan conocida, y mucha gente me esquivaba, y todavía lo hace. Pero yo pertenezco a la realeza, y conozco muy bien al Rey de reyes, y soy mejor conocida y mejor comprendida en la gran familia de arriba que en la tierra. Pero doy gracias a Dios porque viene el tiempo, y «nos conoceremos mejor cuando se hayan disipado las brumas». ¡Aleluya! Amén.

En mayo del 70, o del 71, se celebró la Conferencia General de la Iglesia A. M. E. en Nashville, Tennessee. Era la primera vez que celebraban una Conferencia General al sur de la línea Mason-Dixon. Yo

había estado trabajando en Salem, adonde el Señor me envió primero, y me había bendecido ganando almas; la gente no era rica; me dieron un hogar y algo de comer, pero muy poco dinero. Así que, antes de poder volver a Nueva York, mi casa, tomé un puesto de sirvienta en casa de la señora Mater, en Filadelfia, en la esquina de las calles Coach y Brown, mientras su criada, Mary, iba a Wilmington a ver a su hijo; iba a ausentarse un mes, pero se quedó cinco semanas; y entonces la Conferencia Anual estaba reunida en la iglesia Union de la A. M. E., cerca de donde yo estaba, así que tuve ocasión de asistir.

La elección de delegados para la Conferencia General del año siguiente fue uno de los asuntos más destacados de la Conferencia; por supuesto, todo ministro quería, o esperaba, ser elegido delegado. Mientras escuchaba, el corazón me latía con fuerza. Era la primera vez en todos esos años que este cuerpo religioso de hombres negros, con una iglesia negra de principio a fin, iba a reunirse al sur de la línea Mason-Dixon.

Pero la gran batalla se había librado y la victoria se había ganado; la esclavitud había sido abolida; éramos libres de verdad. Se pronunciaron discursos entusiastas sobre estos puntos. ¡Oh, cuánto deseaba poder ir! Un profundo deseo se apoderó de mí; pero, ¿quién era yo? No tenía dinero, ni ninguna posición en aquel tiempo, salvo la de ser una sencilla mujer cristiana, de la que habían oído y a la que conocían unos pocos hermanos como mujer predicadora, cosa que la mayoría temía, sobre todo los de arriba. Por fortuna tenía un buen amigo en el obispo Campbell, pues lo había conocido muy bien años antes de que fuera elegido para ese cargo. También el obispo Wayman, el obispo Brown y el obispo Quinn eran amigos míos. Creo que siempre conté con su simpatía y su amistad. Pero no tuve oportunidad de hablar con ellos personalmente. Así que me atreví a pedirle a uno de los hermanos, que había sido elegido delegado, que me dijera cuánto costaría ir a Nashville; me gustaría ir si no costaba demasiado.

Me miró sorprendido, con algo de desdén; ¡la sola idea de que alguien con mi aspecto quisiera ir a la Conferencia General! Miraban de reojo mi gran capota cuáquera, sin una flor, sin una pluma. Me dijo: «Le digo una cosa, hermana: costará dinero ir allá abajo; y si usted no tiene bastante, no vale la pena ir»; y se dio la vuelta sonriendo; otro dijo:

«¿Y para qué quiere ir ella?»

«Mujer predicadora; quieren que las ordenen», fue la respuesta.

«Yo pienso combatir eso», dijo el otro. «Sí, por cierto, y yo también», dijo otro.

Luego una miradita para ver si me había enterado. Me había enterado; pero, a pesar de todo, creía que Dios quería que yo fuera. Él sabía que la idea de la ordenación jamás me había pasado por la mente, porque yo había recibido mi ordenación de Él, que dijo: «No me elegisteis vosotros a mí, mas yo os elegí a vosotros; y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca».

Hablé con algunas de las buenas hermanas que esperaban ir; dijeron que no sabían cuánto costaría. Así que me fui a casa, oré y le pedí al Señor que me ayudara; y la convicción de que debía ir se hizo más profunda, y sin embargo parecía tan imposible. Justo antes de que se clausurara la Conferencia me atreví a preguntarle a otro buen hermano, que había sido elegido delegado y a quien conocía muy bien, y era tan amable que pensé que me lo diría. «Hermano S.», le dije, «¿cuánto cree que costará?». Ese era entonces mi pensamiento principal: lo que costaría ir a Nashville. «Oh, hermana mía», contestó, «no lo sé; costará por lo menos cien dólares»; y con un significativo movimiento de cabeza salió disparado por la puerta, y no lo volví a ver hasta que me lo encontré al año siguiente en Nashville; y aquello fue una sorpresa, pero se las arregló para dirigirme la palabra, pues los dos nos hospedamos en la Casa Sumner y nos sentábamos a la misma mesa.

Yo era toda una curiosidad para la mayoría de los visitantes, sobre todo para los hermanos del Sur, con mi sencillísimo vestido cuáquero; me miraban con recelo crítico, como si estuviera allí para agitar la cuestión de la ordenación de las mujeres. Por todas partes, en los grupitos que se juntaban a conversar, se oía: «¿Quién es esa?».

«Una mujer predicadora».

«¿Qué quiere aquí?».

«Yo pienso combatir eso».

«¿Qué día se tratará el asunto?».

Por supuesto, yo era una perfecta desconocida para la mayoría de ellos; los obispos, y todos los que sí conocía, habían llegado antes que yo y ya estaban instalados, y yo no iba a molestarlos por nada. Además, las damas que conocía, esposas de ministros o de obispos, iban vestidas con todo el lujo que podían; yo no podía ponerme a su altura; así que estaba completamente sola; «Ni aun sus hermanos creían en él». «El siervo no es más que su Señor».

Nadie sino Dios sabe lo que pasé los tres primeros días. Dios, en respuesta a la oración, me había abierto maravillosamente el camino

para ir; gracias a la bondad de mi querida amiga, la señora Kibbey, de Albany, Nueva York, que ahora está en el cielo, tenía mi ropa: un bonito vestido color canela, con chal y capota pardos a juego. Yo me creía muy elegante; pero, ¡válgame!, descubrí que en aquella tierra no lucía ni cinco centavos; porque mi gente, por lo general, es amiga de la ostentación.

Antes de salir de Nueva York para Nashville, había oído que los obispos iban a tener cierto número de billetes a precio reducido; así que le escribí al obispo Campbell y le pregunté si me conseguiría un billete. Unas dos semanas después pasó por Nueva York, vino a verme y me explicó el asunto. ¡Qué bondadoso fue! Dios bendiga su memoria. Le di el dinero —treinta y tantos dólares— y al cabo de uno o dos días me envió el billete. Ahora pensé que todo estaba en orden, y le di gracias al Señor. Hasta entonces había contestado a mis oraciones en todo lo que le había pedido.

Esperaba encontrar en Filadelfia a varias señoras que me habían dicho que pensaban ir sin falta; pero cuando llegué allí no había más que una: la hermana Burley, con su esposo; había unos veinte o treinta predicadores, y solo dos damas.

La pobre hermana Burley se alegró de que yo fuera, porque estaba sola; y yo me alegré de que ella fuera, porque yo estaba sola. Ella y yo anduvimos juntas todo lo que su marido le permitía; el hermano Burley era un hombre notablemente egoísta, y gordo en proporción; si se le caía el pañuelo, su esposa tenía que estar a su lado para atraparlo antes de que tocara el suelo, o recogerlo enseguida, o traerle uno limpio.

Por supuesto, yo no era más que una visitante. Llegamos tres días antes de la apertura de la Conferencia. Era para dar tiempo a que llegaran todos los delegados. Pensé que no tendría dificultad en encontrar dónde alojarme, y tal vez no habría sido tan difícil si yo hubiera tenido un aspecto más elegante.

Llegamos, creo, hacia las dos de la tarde del viernes; nos llevaron a una iglesia grande donde se repartían boletos con el nombre y la dirección donde cada uno debía alojarse. Había cinco o seis señoras, pero ninguna a quien yo conociera; parecían mirarme con dureza, pero no me hicieron más caso; al rato quedaron arreglados los planes, y dos o tres de esas señoras y seis u ocho ministros subieron a un ómnibus y los llevaron a sus alojamientos. Pregunté a los encargados, pero dijeron que solo tenían los nombres de los que eran delegados. ¡Pobre de mí! Casi lloré, y estuve tentada a desear no haber venido.

La hermana Burley se compadeció de mí y le preguntó a su marido si no podía ayudarme; pero él dijo que yo no debía haber venido sin saber algo de cómo estaban las cosas.

«Así es», le contesté; «pero estoy dispuesta a pagar mi pensión, si encuentro una casa de huéspedes».

Para entonces el ómnibus ya estaba allí otra vez, y el siguiente grupo partió hacia sus alojamientos; unos minutos más y vino otro ómnibus, y mi única amiga, la hermana Burley, se fue. Eran ya casi las cinco; el ómnibus vino por última vez; el hombre me preguntó adónde iba; le dije que no lo sabía.

«Este es el último viaje, y más vale que suba; llevo a esta gente a la Casa Sumner; cuando llegue allí, tal vez puedan decirle adónde ir».

Le di las gracias y subí. Cuando llegamos vi a la señora Sumner y le expliqué lo que pasaba; me dijo que estaban llenos, pero que si yo me conformaba, haría lo mejor que pudiera. Dios la bendiga. Le di las gracias, y di gracias al Señor. Era tan bondadosa y maternal.

Ahora bien, en todo ese tiempo nadie me había prestado la menor atención, como si yo no existiera en el mundo; todos eran desconocidos para mí, y estaban muy agitados; así que estaba completamente sola.

Salía a caminar por la tarde sola, e iba y volvía de la iglesia sola. Varias veces me arreglé a tiempo, pasé por el salón y pregunté si alguna de las señoras estaba lista; «todavía no», era la respuesta habitual; así que yo me iba caminando. Al rato, con la mayor elegancia, llegaban estas señoras con los buenos hermanos.

Las mañanas temprano y las tardes eran muy agradables; así que el lunes, hacia las seis de la tarde, pensé dar un pequeño paseo; y, sin saberlo, tomé la calle que lleva a la Universidad Fisk. Mientras caminaba vi a una señora que venía hacia mí; empezó a sonreír; yo pensé: «Esa cara la debería conocer, pero ¿quién es?». Se acercó a mí y dijo:

«¿No es usted la señora Amanda Smith?».

«Sí», le dije.

«¡Oh, cómo está usted!», dijo; «me alegro tanto de verla. Acabamos de volver a casa hace unos días, y anoche estuvimos hablando de usted; estábamos todos en el salón cantando un poco, y hablábamos de la pieza que cantó con nosotros en el Music Hall de Boston».

«Oh», dije, «los Jubilee Singers». Justo entonces

la reconocí. «Pero ¿estoy yo cerca de la Universidad Fisk, de donde vinieron los Jubilee Singers?».

«Sí», dijo, «estamos justo por aquí; y tiene que venir a vernos. El profesor White va a invitar a la Conferencia el miércoles, y usted tiene que venir».

Era la señorita Ella Sheppard, ahora señora Moore, esposa del fiel pastor de la iglesia Lincoln Memorial, en Washington, D. C.

Cuando llegó el día hubo bastante revuelo sobre quiénes iban. Se contrataron coches; ofrecí pagar un asiento en uno, pero no había sitio; mandé pedir mi propio coche y lo pagué yo misma.

Mientras me estaba arreglando, cierto hermano tomó a una dama y la sentó en mi coche; cuando salí a subir, me dijo riéndose: «Señora Smith, la señorita Fulana y yo queremos ir, y como usted tiene sitio en su coche, pensé que podíamos subir»; pero ninguno de los dos ofreció pagar un centavo. Casi me dieron ganas de no permitirlo; pero era una buena ocasión para devolver bien por mal.

Cuando llegamos, el buen hermano, como era ministro, llevó a su dama hasta bien adelante y allí se sentó. Yo tomé asiento donde pude, atrás, entre la congregación. Uno o dos de los obispos estaban en la plataforma, junto con varios ministros y el excelente coro de los Jubilee Singers.

La reunión se abrió de la manera acostumbrada: un discurso de uno de los obispos, luego un canto del coro, que cantaba como solo ellos sabían cantar. La señorita Sheppard me divisó entre el público y se lo dijo al profesor White. Él miró y miró, y al principio no podía verme. Luego fue y habló otra vez con la señorita Sheppard. Entonces ella le señaló la capota sencilla. Entonces me divisó, bajó enseguida, me estrechó la mano y se alegró muchísimo. Todos se quedaron atónitos. Llevándome de la mano, me acompañó a la plataforma y me presentó al gran auditorio, que, en medio de un asombro abrumador, aplaudió. Luego el buen profesor contó cómo me habían conocido en Boston, y cómo yo había cantado el grandioso himno antiguo «Todo lo que quiero es un poco más de fe en Jesús», y qué estallido de entusiasmo había causado. Y de todos los hombres y mujeres sorprendidos y atónitos que usted haya visto jamás, aquellos hombres y mujeres fueron los que más.

Mientras él decía estas palabras, yo oraba y le pedía a Dios que me ayudara. Entonces dijo: «Voy a pedirle a la señora Smith que cante la misma canción que cantó en Boston, y los Jubilee Singers la acompañarán en el coro».

Si alguna vez el Señor me ayudó, me ayudó aquel día. Y el Espíritu del Señor pareció caer sobre toda la gente. Los predicadores se llenaron de gozo. Lloraban y gritaban «¡Amén!», «¡Alabado sea el Señor!». Al terminar, varios de ellos vinieron a estrecharme la mano y me dijeron: «Dios la bendiga, hermana. ¿De dónde ha salido usted? Me gustaría que viniera a mi circuito». Otro decía: «Oiga, hermana, ¿cuándo se vuelve a casa? Dios la bendiga. Me gustaría que viniera a mi lugar». Y así sucesivamente. De modo que, después de aquello, muchos de mis hermanos creyeron en mí, sobre todo porque la cuestión de la ordenación de las mujeres nunca se planteó en la Conferencia.

Pero ¡cuánto han avanzado desde entonces! La mayoría de ellos creen en la ordenación de las mujeres, y creo que algunas han sido ordenadas. Pero yo estoy satisfecha con la ordenación que el Señor me ha dado. ¡Alabado sea su nombre!

No tuve más problemas después de recibir el amable reconocimiento del profesor White y del profesor Spence, y tuve el placer de pasar una semana o más en la Universidad con aquella buena gente. Y como hablé en varias de las reuniones, el Señor bendijo a los queridos maestros y estudiantes. También pasé una semana en casa del doctor Braden. Fueron muy bondadosos, y el Señor nos dio bendición en algunas reuniones. Han hecho, y siguen haciendo, una obra grandiosa entre mi gente. Que Dios los bendiga a todos».

Cuento esta pequeña historia con detalle para mostrar que aun entre mi propia gente, en este país, no siempre me he encontrado con las cosas más agradables. Pero con todo no he retrocedido, ni me he sentido llevada a dejar la iglesia. Su gracia siempre ha sido suficiente. Y todo lo que necesitamos hoy es confiar en Él.


«Confiando simplemente cada día,
confiando en el camino tormentoso,
aun cuando mi fe es pequeña,
confiando en Jesús, eso es todo».

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