Capítulo 14 · 35 min de lectura · 45 min de escucha
Mi último llamado, y cómo lo obedecí
Era el tercer domingo de noviembre de 1890. La hermana Scott, mi hermana de grupo, y yo fuimos a la Iglesia A. M. E. de la calle Fleet, en Brooklyn. Era domingo de comunión. Antes de salir de casa le dije a la hermana Scott: «Ojalá no hubiera prometido ir a Brooklyn». Ella dijo: «¿Por qué?».
«Oh, me siento tan apagada y tan torpe».
Fuimos temprano y entramos en la escuela dominical. Al terminar la escuela dominical, los niños cantaron una pieza muy bonita. No recuerdo cuál era, pero el Espíritu del Señor me tocó el corazón y fui bendecida. Mis malos sentimientos se habían ido por unos momentos, y pensé: «Me parece que el Señor quería bendecirme aquí». Pero cuando subimos al templo empecé a sentir la misma carga y la misma opresión que antes. Y dije: «Oh, Señor, ayúdame, y enséñame qué significa esto». Y justo en ese momento vino el Tentador con esta suposición: «Ahora bien, si estás enteramente santificada, ¿cómo es que tienes estos sentimientos de pesadez?».
Empecé a examinar mi trabajo, mi vida, cada día, y no podía ver nada. Entonces dije: «Señor, ayúdame a entender lo que quieres decirme. Quiero oírte hablar».
El hermano Gould, que entonces era pastor de la iglesia de la calle Fleet, anunció su texto. Yo estaba sentada con los ojos cerrados, en oración silenciosa a Dios, y después de que él llevaba unos diez minutos predicando, al abrir los ojos, me pareció ver justo encima de su cabeza una hermosa estrella, y mientras la miraba, pareció tomar la forma de un gran tulipán blanco; y dije: «Señor, ¿es eso lo que quieres que vea? Si es así, ¿qué más?». Y entonces me recosté y cerré los ojos. En ese mismo momento vi una gran letra «G», y dije: «Señor, ¿quieres que lea en Génesis, o en Gálatas? Señor, ¿qué significa esto?».
En ese mismo momento vi la letra «O». Dije: «Vaya, eso forma “go”, que quiere decir ve». Y dije: «¿Qué más?». Y una voz me dijo claramente: «Ve a predicar».
La voz fue tan audible que me asustó por un momento, y dije: «Oh, Señor, ¿para eso querías que viniera aquí? ¿Por qué no me lo dijiste cuando estaba en casa, o cuando estaba de rodillas orando?». Pero sus sendas se conocen en el abismo poderoso, y sus caminos son inescrutables. El lunes por la mañana, como a las cuatro, creo, me despertó la aparición de una hermosa cruz blanca —blanca como la nieve recién caída—, parecida a la que describí en el capítulo anterior. Estaba fría como el mármol. Se posaba justo sobre mi frente y sobre mi pecho. Parecía muy pesada, como para aplastarme. Fueron su peso y su frialdad los que me despertaron; y al despertar dije: «Señor, ya sé lo que es eso. Es una cruz».
Me levanté y me puse de rodillas, y mientras oraba me vinieron estas palabras: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Y dije: «Señor, ayúdame, y lo haré».
Yo no sabía que estaba tan poco dispuesta. Pero el Señor me lo había mostrado cuando estuve en la reunión campestre de Oakington en julio de 1870. Había allí un caballero que vivía en Espa, Pensilvania. Me hizo una buena oferta: darme un hogar en su familia, como sirvienta, para toda la vida, a mi hijita y a mí. Dijo que su familia era pequeña; solo él, su esposa y un hijo, un joven muy apuesto, que estaba con él en la reunión y que, junto con su padre, también insistía en que fuera. Dijo que su casa era bastante nueva, recién equipada con todas las comodidades modernas, y que tenía en la finca a un hombre de color muy bueno con su familia, que era su granjero, y que era un buen cristiano y predicador local, y que en su propia casa tenían una reunión de santidad una vez por semana, así que no me sentiría sola; y como había estado pidiéndole al Señor por una persona, sentía y pensaba que yo era justamente la persona que les convenía, y quería que deshiciera mi casa y me fuera a vivir con ellos enseguida. Yo tenía un cuartito en Nueva York para mi hijita y para mí.
Era un hombre magnífico y bueno, y hablaba de una manera tan agradable, y a primera vista parecía que de veras era justo que lo hiciera, y casi decidí ir. Pero antes de decidirme, se lo presenté todo al Señor y pedí la ayuda y la dirección de su Santo Espíritu,
y pronto descubrí que no era la voluntad del Señor que me encerrara como sirvienta en ninguna familia, sino que fuera a trabajar en su viña según me dirigiera el Espíritu. Esto el Señor ya me lo había dejado muy claro una vez antes.
Trabajaba por días y tenía muchísimo que hacer, hasta que las familias para las que trabajaba se fueron al campo, y el trabajo escaseó, y no me quedaba más que un día a la semana, que era en casa de la hermana Clark, en la calle Dominick. Así que cuando se paró mi trabajo, se pararon mis ingresos. Me quedé reducida a trece centavos, y no sabía qué hacer. El enemigo me dijo: «Tú sigue hablando de confiar en el Señor, y vas a tener que mendigar antes de que acabe todo esto».
«Si lo hago», dije, «no es asunto tuyo. Yo pertenezco al Señor, y si él quiere que mendigue, lo haré».
Y me dejó un ratito. Pero al cabo de un tiempo volvió y dijo: «Más te vale entrar a servir en una casa y volver a la tuya por la noche».
Y pensé: «Eso podría hacerlo. Mi hijita va a la escuela, y cuando saliera podría venir adonde yo estuviera y quedarse hasta la noche, y luego irse a casa conmigo».
Mientras pensaba en ello, mi amiga, la hermana Scott, mandó por mí para que fuera a trabajar a cierto sitio, pero se había equivocado en el número de la casa adonde tenía que ir, y no la encontré. Después vi que todo había sido obra del Señor. Anduve de arriba abajo durante una hora. Fui a la casa con el número que me dio, pero allí no vivía tal persona. De vuelta me encontré con una muchacha que buscaba una camarera para la familia donde ella vivía. Quería que fuera a ver a la señora enseguida; pero dije: «No; si voy ahora, la señora querrá que decida cuándo puedo empezar».
«Oh, sí», dijo ella, «porque necesita a alguien enseguida».
«Bueno, primero tengo que preguntárselo al Señor».
Me fui a casa, me puse de rodillas y dije: «Oh, Señor, estoy dispuesta a entrar a servir si tú lo dices. Pero, Señor, tú sabes cuánto amo el día de reposo, y si entro a servir, me lo quitarán».
Entonces se me dieron estas palabras: «Bástate mi gracia. Si confías en mí, nunca serás confundida».
«Ahora, Señor», dije, «como prueba de que no debo entrar a servir, envíame a alguien para que vaya a trabajar por días».
Y un rato después vino un niño y dijo que su madre lo había mandado a ver si yo podía ir al día siguiente a lavar;
y dije: «Sí», y tuve la prueba de que no debía entrar a servir. No tenía más que trece centavos en el mundo. Mi hijita estaba en la escuela, y cuando volvía a casa lo primero que decía era: «¡Oh, mamá, tengo tanta hambre! ¿Tienes pan?». Así que yo me había quedado sin comer y había guardado el pedazo de pan que tenía, para que cuando mi hija me pidiera un pedazo de pan, yo tuviera qué darle. Pensaba que no podría soportar que me pidiera pan y no tener nada que darle; así que, aunque tenía mucha hambre, me aguanté.
El tendero se llamaba señor Otten. Su tienda estaba en la esquina de Mannetta Lane y la Sexta Avenida. Yo siempre le compraba a él. Nunca compraba nada fiado. Cuando tenía el dinero, compraba lo que necesitaba y lo pagaba. Cuando no tenía el dinero, me pasaba sin ello. Así que tomé los trece centavos, fui a la tienda del señor Otten y le dije: «Señor Otten, le voy a decir lo que quiero: quiero una hogaza de pan, quiero un cuarto de papas, quiero tres lonchas de tocino salado y quiero un haz de leña, y este es hasta el último centavo que tengo entre mí y la muerte». Le enseñé el dinero antes de que me diera las cosas. Él me miró.
«Bueno», dijo, «trece centavos no alcanzan para pagar lo que usted quiere».
«Ya lo sé, pero eso es lo que quiero, y ese es todo el dinero que tengo».
Y entonces me miró, fue y trajo las cosas, y me devolvió tres centavos.
¡Oh, cómo alabé al Señor! Me fui deprisa a casa. Hice un buen guisito para la comida de Mazie y mía. Esperaba que me durara una semana. No pensaba comer mucho yo; pensaba que podía pasarme sin ello, pero mi hija tenía que tener suficiente; y yo tenía maña para estirar lo poco y hacer que rindiera mucho.
Pues bien, al día siguiente fui adonde tenía que hacer el lavado. No estaba lejos de donde yo vivía. Llamé, y la señora abrió la puerta. Era una mujer muy áspera y grosera. Dije: «Buenos días, señora».
«Buenos días. ¿Es usted la mujer que viene a lavar?».
«Sí, señora».
«¿Cuánto cobra por día?».
«Pues, señora, no sé; creo que el precio corriente es un dólar con veinticinco centavos».
«Bueno», dijo, «yo no voy a pagar semejante precio».
«Bueno», dije, «señora, un dólar entonces, supongo».
«No, no voy a pagar un dólar. Es la ropa de tres semanas, pero puedo conseguir que me la laven más barato».
«Bueno», dije, «señora, setenta y cinco centavos; si es la ropa de tres semanas, debería valer setenta y cinco centavos».
«Bueno», dijo ella, «no voy a pagar eso. Puedo conseguir que me la laven por cincuenta centavos».
Así que se dio la vuelta y se fue, y yo dije: «Buenos días, señora».
Y justo cuando pasaba de la calle Cuarta a la Sexta Avenida, ¡cómo me asaltó Satanás! Temblaba de pies a cabeza. Me dijo: «Ahora bien, has estado pidiéndole al Señor un día de trabajo, y el Señor te ha dado este trabajo y tú lo has rechazado».
Entonces pensé: «Volveré y le diré que lo haré por cincuenta centavos». Y entonces algo pareció susurrar: «Sigue adelante». Así que seguí un poco más, y Satanás volvió a atacarme, y me acusó de no ser obediente y de no andar por el camino que el Señor me había abierto, y pensé: «Volveré, le suplicaré a la mujer y le diré que lo haré».
Me detuve, y cuando fui a darme la vuelta, una voz me dijo: «No, no». Y dije: «Oh, Señor, ayúdame. No quiero ser desobediente. Solo quiero hacer tu voluntad»; ¡y lloré en plena calle!
Justo cuando entraba por la parte de atrás de mi casa, me encontré con una señora que salía, y me dijo: «Acabo de estar en el patio buscando a alguien que venga a planchar un día. ¿Puede venir usted?».
«Sí; ¿dónde es?».
«Aquí arriba, en la calle McDugal».
Tenía una casa de huéspedes. Dijo: «Quiero que venga enseguida. Estamos muy ocupados, estamos limpiando la casa, y tengo que tener el planchado hecho de inmediato».
Así que dejé mis cosas y fui. Estaba como a media cuadra de donde yo vivía. Trabajé duro todo el día. ¡Oh, qué día fue aquel! Era una de esas casas de huéspedes de lo más tacañas. Había un fueguito en un extremo de la cocina, y no se le permitía calentarse lo bastante como para cocinar nada encima, apenas. Abrías una hornilla y metías una plancha para calentarla, y quizá podías planchar una toalla; luego alguno de los huéspedes quería desayunar, y había que cerrarla para tratar de que se calentara lo bastante para cocinar algo, y así iba la cosa,
Muy poco después de entrar allí vi por qué no podía conservar a ninguna ayudante. Sin embargo, hice lo mejor que pude; a veces planchando una toalla, a veces lavando una ventana, y luego planchando una sábana o una funda de almohada, luego fregando un poco, y arreglándomelas de todas las maneras posibles. Lo aguanté dos días; y me pagó mi dinero: dos dólares.
Después de aquello nunca volví a tener problemas para encontrar trabajo por días. Tuve todo el trabajo que podía hacer, y más, a un dólar y veinticinco centavos o hasta dos dólares al día, hasta octubre de 1870, cuando dejé mi casa por mandato de Dios y comencé mi obra de evangelista. Yo no sabía entonces que significaría todo lo que ha significado. Pensaba que era solo para ir a Salem, como el Señor me había mostrado. Poco después de esto salí para Salem. Llegué hasta Filadelfia, donde me proponía dejar a mi hijita con su abuelo mientras yo seguía hasta Salem. Pero, cosa extraña, a pesar de toda la luz y de la dirección clara y definida del Señor, el corazón pareció fallarme. Me dije: «Después de todo, ir a Salem, forastera, donde no conozco a ningún ministro ni a nadie… No, haré algún trabajo aquí en Filadelfia».
Así que conseguí unos tratados y me fui lejos, a la parte baja de la ciudad, a la calle St. Mary, a la Sexta, a Lombard y por toda aquella zona. Entraba en las tabernas y repartía tratados; daba tratados a la gente en las esquinas; decía una palabra aquí y otra allá; algunos se reían y se burlaban; algunos tomaban un tratado. Luego iba a las reuniones, y cantaba, oraba y exhortaba. Visitaba a los enfermos e hice todo lo que pude. Y dije: «Después de todo, puede que el Señor no quiera que vaya a Salem».
Después de pasar una semana en Filadelfia pensé que me volvería a casa. Llegó el viernes, y me dije: «Bueno, me iré a casa el sábado». ¡Pero, oh, qué horror y qué oscuridad tan espantosos vinieron sobre mí! El viernes por la noche, después de volver de una reunión excelente, no pude dormir en toda la noche. ¡Oh, cuánto me angustié! No sabía qué hacer, porque me había gastado todo el dinero; mi padre no tenía muchos recursos, y cuando Mazie y yo estábamos en casa, por lo general era yo quien proveía, no solo para nosotras, sino para toda la familia; de modo que mis recursos se iban casi sin darme cuenta; y de todas formas, no tenía mucho. Pero me parecía que me iba a morir. Así que le dije al Señor que, si me guardaba la vida hasta la mañana, aunque no tenía ni un centavo, iría a ver a mi hermana, y si ella podía prestarme un dólar para llegar a Salem, iría.
Llegó el sábado por la mañana. Pedí prestado un dólar, volví a casa y gasté veinticinco centavos en el desayuno; luego, con lo que me costó el viaje hasta el embarcadero para tomar el barco, unos quince centavos en total, me quedaron unos sesenta centavos. El pasaje del barco costaba cincuenta centavos; yo había mandado imprimir unos himnitos; a nosotros, la gente de color, nos gustaban muchísimo las baladas para cantar.
Poco después de subir al barco, ¿quién había de entrar sino el hermano Holland, que había sido mi pastor ocho años antes en Lancaster, Pensilvania? Todo esto había sucedido en los años posteriores a cuando yo lo conocía, así que él no sabía absolutamente nada. Se alegró mucho de verme y me preguntó adónde iba. Le dije que el Señor me había enviado a Salem. Entonces empecé a contarle mi historia. Cómo el Señor me había guiado. Cómo me había llamado a su obra. El querido anciano me escuchó con paciencia, y cuando terminé, me dijo:
«Bueno, hermana Smith, usted sabe que yo no creo en que las mujeres prediquen. Pero aun así, cariño, no tengo nada que decir en contra de usted. Siga adelante. El Señor la bendiga».
Me quedé pasmada, porque yo creía que él simpatizaba muchísimo con la obra de las mujeres, aunque nunca le había oído expresarse al respecto. Pero me alegré de la segunda parte de lo que dijo.
Era un día bastante frío, y el barco llegó a eso de las dos de la tarde. Entonces no había tranvías como ahora. Había un ómnibus grande. En aquellos días no dejaban que la gente de color viajara dentro del ómnibus. Así que tomé mi bolsa de viaje y tuve que sentarme afuera, en el techo del ómnibus.
No dejaban bajar a la gente de color hasta que se hubieran bajado todos los blancos, aunque tuvieran que pasarse del lugar donde querían bajarse; así que tuve que dar vueltas en el ómnibus por lo menos tres cuartos de hora antes de que me llevaran adonde quería ir.
La mujer a cuya casa me habían dicho que fuera se llamaba señora Curtis. Era viuda y tenía casa y terreno propios; tenía una casita muy linda y cómoda. Pero era un personaje raro. El anciano padre Lewis, que había sido pastor de la Iglesia A. M. E. en Salem y en ese tiempo era pastor de la iglesia de Jersey City Heights, Nueva Jersey, me había recomendado a la hermana Curtis, porque vivía sola y tenía mucho espacio, y él pensaba que sería muy bueno para mí. Quedaba a más de media milla del lugar donde estaba la iglesia de color,
y donde vivía la mayoría de la gente de color. Pero la hermana Curtis parecía como asustada de mí. Le dije quién me había mandado a su casa, cómo el Señor me había llamado a su obra, y toda mi historia de lo que el Señor había hecho. Me escuchó, pero estaba muy nerviosa. Luego dijo que no sabía qué rayos iba a hacer, porque no tenía más que un poco de pan duro para darme de comer, y no tenía azúcar; y yo le dije: «Bueno, eso no importa. Puedo comer pan duro y puedo tomar té sin azúcar, con tal de que pueda usted alojarme hasta el lunes, por lo menos».
Pues dijo que podía tenerme esa noche, pero que no le gustaba dejar a nadie en la casa el lunes, porque normalmente salía a lavar; y que generalmente le daban las sobras frías del hotel donde iba a lavar platos, y eso era todo lo que podía darme de comer.
Ella sabía cómo somos la gente de color con la comida; de verdad nos gusta comer; así que creo que me lo dijo pensando que me iba a espantar; pero yo acepté todo. Luego le pregunté si podía decirme dónde vivía el hermano Cooper, que era entonces el pastor. Me dijo: «Sí, como a una milla y media».
Le pregunté si me podía indicar por dónde ir. Lo hizo, pero no me dio nada de comer. Yo tenía mucha hambre, pero no le pedí nada. Así que salí como a las tres, o un poquito después, y fui a ver al hermano Cooper.
Estaba cansada y caminaba despacio, y eran como las cuatro y media cuando llegué al pueblito de más arriba. Pregunté el camino, y me dijeron que la hermana Johnson vivía muy cerca de la casa del hermano Cooper, y que si iba a su casa, ella me podría indicar, porque para llegar a la casa del hermano Cooper bastaba con cruzar su patio. Así que fui. Toqué a la puerta. La hermana estaba en casa; varios niñitos muy lindos jugaban por ahí, y una olla espléndida de repollo hervía sobre el fuego. ¡Ay, qué bien olía! Y yo deseaba y le pedía al Señor que le pusiera en el corazón invitarme a comer algo. Le eché todas las indirectas que supe, pero ella no las captó. ¡Yo sabía por el ruido que ya estaba listo y que había que quitarlo del fuego!
Le conté mi historia; le hablé del hermano Lewis; se alegró mucho de tener noticias de él. Le pregunté si podía quedarme esa noche, porque estaba tan cansada que pensaba que no podría caminar de vuelta hasta lo de la hermana Curtis. Me dijo enseguida que de ninguna manera podía dejarme
quedar esa noche. Su madre había muerto hacía unos tres meses, y ella había desarmado las camas, y estaba tan agobiada por el dolor que nunca las había vuelto a armar, y estaban todas tiradas en el suelo.
Le dije que eso no importaba; que yo podía dormir en el suelo igual de bien. No, no tenía lugar. De ninguna manera podía hacerlo.
Pues me quedé hasta que estuvo bastante oscuro. Eran más de las seis. Cuanto más hablaba yo, más me daba a entender que no me iba a invitar a comer repollo ni a quedarme esa noche.
Así que le dije: «¿Me quiere decir dónde vive el hermano Cooper, el ministro?».
«Ah, sí —dijo ella—, mandaré a uno de los niños con usted».
Cuando llegué a casa del hermano Cooper, toqué, y el hermano Cooper vino a la puerta; era un hombre tremendamente tímido; así que se quedó en la puerta, sosteniéndola entreabierta y asomándose un poquito, y me preguntó quién era yo. Le dije que era Amanda Smith; que el Señor me había enviado a Salem. Luego seguí, allí parada en la puerta, contándole cómo el Señor me había guiado, y todo lo demás. Su esposa, que era un poco más considerada que él, me oyó, y lo llamó y le dijo: «Cooper, ¿por qué no le dices a la hermana que pase?». Entonces él dijo: «Pase, hermana».
Me alegré muchísimo, así que entré. La hermana Cooper estaba preparando la cena. La mesa estaba puesta, y pensé: «A lo mejor ahora me dan algo de comer».
Así que seguí y terminé mi historia, y parecían muy interesados; y cuando la cena estuvo lista, ella me dijo: «¿Quiere cenar, hermana Smith?». Le di las gracias y le dije que sí.
Mientras cenaba, ¿quién había de entrar sino el buen hermano Holland, el del barco? Les dijo al hermano y a la hermana Cooper: «Me alegro de que tengan aquí a la hermana Smith. No tienen por qué tenerle miedo, ella es de fiar; la conozco desde hace años. No la había visto desde que fui pastor en Lancaster».
Entonces se animaron un poquito y parecieron un poco más naturales. Mi corazón se alegró. Era la reunión trimestral, y el hermano Holland iba a predicar en la mañana y el hermano Cooper en la tarde. Así que el hermano Holland, como era el anciano presidente, dijo que yo podía hablar en la noche y contar mi historia.
«Muy bien», le dije.
Después de conversar un poco, el hermano Holland se fue. La hermana Cooper dijo que con mucho gusto me dejaría quedar esa noche, pero que no tenían lugar. No hacía mucho que estaban allí y solo habían arreglado un cuarto para ellos. Pensaban arreglárselas con eso durante el invierno. Así que no me quedó más remedio que caminar una milla y media de vuelta hasta lo de la hermana Curtis. Cómo me costó hacerlo, pero el Señor me ayudó.
Así que pasé esa noche en lo de la hermana Curtis, y ella me dio un poco de desayuno el domingo por la mañana, ¡pero fue bien escaso! ¡Pero descubrí que mucha oración te llena bastante bien cuando no puedes conseguir otra cosa! El domingo por la mañana fuimos al ágape y lo pasamos muy bien. Antes de esto yo le había estado pidiendo al Señor que me diera un mensaje para dar cuando fuera a Salem. Le dije: «Señor, no quiero ir a Salem sin un mensaje. Y ya que me envías a Salem, dame el mensaje. ¿Qué diré?».
Dos o tres veces me había presentado ante el Señor con esta oración, y su palabra era: «Cuando llegues al lugar se te hará saber lo que has de decir». Y yo le dije: «Muy bien, Señor». Así que no lo molesté más hasta aquel domingo por la mañana. El Señor ayudó al hermano Holland a predicar. Cuando terminó de predicar y se recogió la ofrenda, el hermano Cooper anunció que yo estaba allí; dijo: «Aquí hay una dama, la señora Amanda Smith» (nunca me había visto ni había oído hablar de mí, y era un hombre más bien bromista, y al hacer este anuncio habló medio en sarcasmo y medio en broma), «la señora Smith viene de Nueva York; dice que el Señor la envió»; con una especie de sacudida de cabeza que daba a entender que no lo creía mucho. ¡Oh, se me cayó el corazón! Y dije: «¡Oh, Señor, ayúdame! Dame el mensaje».
El Señor vio que yo ya tenía todo lo que podía soportar, y me dijo: «Di: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?”» (Hechos 19:2). Ese era el mensaje; el primer mensaje que el Señor me dio. Temblé de pies a cabeza.
Una buena hermana me llevó a su casa a comer. Toda la gente parecía muy amable. Me sentí como en casa cuando estuve con ellos. Volvimos en la tarde y tuvimos una reunión maravillosa.
En la noche, después de que el hermano Holland predicó un sermón corto, me llamó para que exhortara. Sentada en el púlpito a su lado, él vio que yo tenía miedo. Se inclinó hacia mí y me dijo: «Vamos, hija mía, no tengas miedo. Apóyate en el Señor. Él te ayudará».
Y él sí me ayudó. Había una congregación grande. La galería estaba llena, y cada rincón del templo estaba repleto. Me puse de pie temblando. Me corrían escalofríos. El corazón parecía habérseme parado. ¡Oh, qué noche fue aquella! Pero el Señor me dio gran libertad para hablar. Después de hablar un ratito se me pasaron los escalofríos, el corazón empezó a latirme normalmente y todo el miedo se fue, y parecía que ya no veía a nadie ni nada sino mi responsabilidad ante Dios y mi deber para con la gente. El Espíritu Santo cayó sobre la gente y tuvimos un tiempo maravilloso. Hubo almas redargüidas y algunas convertidas aquella noche. Pero la reunión no continuó a partir de allí.
El jueves en la noche era la noche habitual de la reunión de oración. El hermano Cooper anunció que yo estaba allí y que predicaría el jueves en la noche. Iba a darme la oportunidad de predicar, y quería que toda la gente viniera.
No había nieve, ¡pero, oh, qué frío hacía! La tierra estaba helada. La luna brillaba con fuerza, y el viento soplaba como un verdadero vendaval. Una cosa buena: no tuve que volver a lo de la hermana Curtis. Otra buena hermana me invitó a quedarme en su casa. Me atendió muy bien, pero me dijo que tendría que estar sola la mayor parte del día, porque ella iba a casa de unos vecinos a ayudar con la matanza de los cerdos, como se hace en el campo. Me alegré mucho, porque eso me dio oportunidad de orar. Así que ayuné, oré y leí mi Biblia casi todo el día. ¡Oh, qué tiempo tan bueno tuve! Y luego pensé que visitaría a una vecina de al lado, otra amiga. Y así lo hice; y era una buena anciana, una madre en Israel. Le conté un poco de mi testimonio, y luego le conté el mensaje que el Señor me había dado para hablar, y cómo me llevaría al tema de la santificación.
«Hija mía —me dijo enseguida—, no digas ni una palabra de santificación aquí. Cariño, si lo haces, te van a perseguir hasta la muerte. Mi pobre marido predicaba esa doctrina, y durante años conoció esta bendición. Pero, ¡ay, cariño!, lo persiguieron hasta la muerte. No debes decir ni una palabra de eso».
¡Pues ahí estaba yo otra vez! Así que me fui a casa, y al día siguiente oré a Dios todo el día. Le pedí que me diera algún otro mensaje. Si este mensaje iba a hacer tanto daño, yo no lo quería. Pero no, el Señor me mantuvo firme en él. Ni un rayo de luz sobre ninguna otra cosa más que esa. No sabía qué hacer, pero me decidí: si eso era lo último que hiciera en la vida, obedecería a Dios y aceptaría
las consecuencias. Por lo que me había dicho la querida anciana, estaba segura de que los resultados serían fatales; no sabía si no me echarían. Pero no fue así. «Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grasa de los carneros».
El jueves fue un día hermoso y luminoso; ¡pero, oh, qué frío, qué frío tan cortante! Así que me arrodillé y oré, y dije: «Señor, tú me has enviado a Salem y me has dado el mensaje. Ahora, como prueba de que de verdad me has enviado tú, concédeme que el viento deje de soplar con esta furia espantosa. Tú sabes, Señor, que quiero que la gente oiga tu mensaje, el que tú me has dado. No les importará el frío, pero el viento es tan terrible. Haz ahora que el viento deje de soplar, y haz que la gente venga».
El viento sopló todo el día; toda la tarde. Salí a cruzar el campo, como a media milla de donde yo estaba, para conversar y orar con una amiga. A la vuelta, como a las cinco, al cruzar una zanja que atravesaba el campo, bordeada a cada lado por una hilera de árboles de seto, con una tablita encima que hacía de puentecito, el viento me envolvió y me tiró dentro de la zanja. No podía agarrarme, no podía dominarme. Esperaba que me lanzara contra los árboles, y clamé a él, allí sola: «¡Oh, Señor, tú que mandaste al viento que cesara en el mar de Galilea, haz que este viento cese y déjame llegar a casa!».
En ese mismo momento vino una gran calma, y salí de aquella zanja y corrí hasta la casa. Para cuando fuimos a la iglesia, estaba tan sereno como una tarde de verano; hacía frío, pero ni pizca de viento: una noche hermosa, de luna.
La iglesia estaba repleta, atestada. Comencé mi plática sobre el capítulo que se me había dado, con gran temblor. Apenas había avanzado un poco cuando sentí que el Espíritu del Señor venía sobre mí poderosamente. ¡Oh, cómo me ayudó! Mi alma estaba libre. El Señor redarguyó a los pecadores y a los descarriados, y a los creyentes para que buscaran la santidad, y cuando pedí que pasaran al altar, en un ratito se llenó con gente que bajaba de la galería y venía de todas partes del templo.
Estalló un avivamiento que se extendió veinte millas a la redonda. ¡Oh, qué tiempo fue aquel! Pasó de la gente de color a los blancos. A veces entrábamos en la iglesia a las siete de la tarde. Yo no podía predicar. Toda la planta baja se cubría de gente que buscaba: ancianos, jóvenes, ancianas, muchachas, niños y niñas. ¡Oh, gloria a Dios! Cómo puso su sello
sobre esta primera obra para animar mi corazón y afirmar mi fe en que él de verdad me había escogido, ordenado y enviado. No sé si alguna vez he visto algo que iguale aquella primera obra, el primer sello que Dios puso a su obra en Salem. Algunos de los jóvenes que se convirtieron están en el ministerio. Algunos han muerto en el triunfo de la fe. Otros siguen en el camino. Seguí dos semanas, día y noche. Nos quedábamos en la iglesia hasta la una y las dos de la madrugada. La gente no podía trabajar. Algunos de los jóvenes alquilaban una carreta, se iban al campo a diez millas y traían una carga de gente, los veían convertirse y luego los llevaban de vuelta.
Una noche estaba tan cansada que me dijeron que se arreglarían sin mí y que yo podía descansar. Un tal señor Huff me había invitado a su casa. Dos de sus hijos se habían convertido. Él había sido miembro de la iglesia, pero se había enfriado y descarriado. Su esposa estaba más o menos en la misma condición. Tenían tres hijos menores, de diez y trece años. Así que fui a su casa a descansar. Antes de acostarnos esa noche tuvimos el culto familiar. Habían perdido esa costumbre, me dijo la señora Huff. Ella se había avivado, y por eso estaba preocupada por su marido. Leí la Biblia y expliqué la Palabra lo mejor que pude; luego canté; luego me arrodillé para orar. Había con ellos en la casa un joven llamado Williams, sobrino del señor Huff, de unos veintiún años. Nos arrodillamos para orar. Le dije a la hermana Huff que ella debía orar en su familia. La pobrecita había orado tan poco durante tanto tiempo que le costaba bastante; pero lo hizo. Después de que ella oró, canté una estrofa y luego oré. Archie Huff, el hijo, se había convertido dos o tres días antes, de manera maravillosa. Le pedí que orara. Y oró, como un nuevo convertido, sencilla y fervientemente, aunque estaba muy ronco; pero el Señor lo ayudó. Cuando terminó de orar canté otro himno; y para entonces el viejo señor Huff se había desplomado en el suelo y estaba orando en voz alta para que el Señor lo salvara; así que yo empecé a orar; y mientras yo oraba, el joven sobrino, Williams, cayó al suelo y estremeció la casa. Y ahí estábamos. Y mientras estos dos hermanos oraban, y Archie y yo orábamos, y la anciana oraba (como era en el campo, no susurrábamos para nada; hablábamos bien fuerte), estos niños menores, una niñita de diez años y los chicos, gemelos, de unos trece años, se convirtieron. La niñita estaba sentada en la cama al otro
lado del cuarto (su madre la había acostado), orando para que el Señor la bendijera. Los dos chicos se habían levantado y habían bajado, y estaban orando para que el Señor los bendijera. Yo dije: «¡Oh, Señor! ¿Qué voy a hacer? No tengo más ayuda que tú solo. ¡Ayúdame, Señor!». Pensé que si al menos tuviera a alguien que cantara... pero no había nadie, solo Archie y yo; y estábamos tan roncos que no podíamos hacer gran cosa. ¡Pero era hermoso ver sencillamente cómo Dios lo hacía todo!
Los cinco se convirtieron aquella noche. ¡Oh, qué tiempo aquel! Y así seguimos hasta eso de las doce o la una. Entonces me escabullí y me acosté un ratito.
La noticia corrió por el vecindario, así que al día siguiente mandaron a buscarme para que fuera a otra casa, como a una milla y media. El viejo Huff enganchó sus caballos, y él, su sobrino, Archie y yo fuimos a casa del vecino. Este hombre era un hombre muy moral. Había estado buscando al Señor, pero se había desanimado un poco, así que pensaron que si yo iba a hablar con él, le ayudaría. Pensé: «Aquí voy a tener un rato tranquilo».
Llegué como a las cuatro de la tarde. Conversamos y pasamos un rato agradable, y cenamos; y pensé que después de un rato tendríamos oración. Pues como a las ocho entraron una o dos personas, vecinos; con eso éramos cinco o seis.
«¡Dios mío! —pensé para mis adentros—, ya no tengo fuerzas para seguir hablando, así que voy a anunciar un himno, cantaremos y tendremos oración».
Así lo hice, y nos arrodillamos para orar. Le pedí a alguien que orara. Mientras orábamos, entraron tres o cuatro más. Cuando terminamos esa oración, otro se puso a orar, y entraron dos o tres más; así que éramos doce o trece personas, apretados como sardinas en lata. Y muy pronto este hombre que había estado buscando clamó pidiendo salvación. ¡Oh, cómo oraba! No pasó mucho tiempo antes de que empezara a creer; y lo que siempre sigue a la fe ferviente es la victoria. Cuando gritó victoria, eso llenó de terror a los otros que no estaban convertidos, y aquella noche se convirtieron cinco o seis en esa casa. ¡Oh, qué victoria!
Al día siguiente recorrimos el vecindario de visita. ¡Parecía que los gritos de alabanza y de aleluya a Dios estaban por todas partes adonde íbamos! Así que volví a la iglesia, porque allí no conseguía descansar nada, y seguimos dos o tres semanas más. De allí fui a Millville, Nueva Jersey, con resultados parecidos. Recuerdo una
noche en Millville, después de que el hermano Leonard Patterson predicó, dijo que yo me encargaría de los cultos y seguiría por tiempo indefinido.
Había habido algún pequeño malentendido entre dos o tres de los miembros, así que no reinaba muy buen ambiente entre todos; y aunque teníamos buenas reuniones, llegábamos justo hasta cierto punto y nos atascábamos. Así que, después de seguir tres o cuatro noches, propuse un día de ayuno y oración, a lo que todos accedieron de buena gana. Dije: «Ahora bien, no quiero que nadie que no pueda prometa ayunar; hay gente que no lo aguanta; pero solo ustedes, los que piensen que pueden ayunar un día y orar a Dios para que derrame su Espíritu, quiero que se pongan de pie».
Entre los que se pusieron de pie estaba un anciano, el hermano Cooper; le llamaban «el padre Cooper». Había disfrutado de la bendición de la santificación durante unos cuarenta años. ¡Oh, qué hombre tan grande era! Cuando aquel anciano oraba, algo cedía. Había varios hermanos ancianos que yo no esperaba que ayunaran en absoluto. Así que el padre Cooper se levantó, y yo le dije: «Hermano Cooper, usted no lo va a aguantar. No me refiero a usted».
«Ah —dijo él—, cariño, no pienso dejar que los muchachos me dejen atrás».
Otro anciano se levantó y dijo: «No, señor, los muchachos no me van a ganar; yo voy con ellos». Así que una o dos de las hermanas y yo visitamos de casa en casa. Orábamos, conversábamos y cantábamos. Me sentí guiada a visitar a dos familias blancas. Eran gente pobre. El Diablo trató de asustarme; me dijo que eran católicos romanos y que me echarían. Tuve una buena lucha, pero por fin obtuve la victoria y fui. No sé si eran católicos romanos o no; pero el Señor me ayudó a hablarles y a orar. Una mujer se alegró muchísimo; tenía un hijo enfermo. Hablé con ella y la consolé.
Aquella noche, cuando nos reunimos, el Señor me ayudó a hablarles, y envió su Espíritu. Cuando les pedí que pasaran al altar, los que buscaban la pureza y los que buscaban el perdón, le pedí al padre Cooper que dirigiera la oración. Nunca olvidaré aquella oración. Me parece verlo todo, y todavía la oigo.
Había dos que habían sido hermanas principales en la iglesia, que no se hablaban y eran vecinas, y estaban de pie en bancos muy cerca la una de la otra. No pasaron al altar cuando pasaron los demás, pero yo vi que el Espíritu del Señor
las tenía agarradas; y mientras el padre Cooper oraba, el Espíritu Santo cayó sobre la gente, y estas dos hermanas fueron alcanzadas por el poder de Dios como por un rayo. Una de ellas salió de su banco, se fue hasta el banco de la otra, le dio la mano y lloró; y una de ellas, unos minutos después, dio una vuelta por encima del respaldo del banco y cayó al suelo, y fue de espaldas por todo el pasillo hasta un costado y entró en el altar. Creo que si alguien le hubiera dicho que lo hiciera, nunca habría podido hacerlo.
Fue un tiempo maravilloso. Nunca he visto nada igual, ni antes ni después. Había un hombre que llevaba ocho años buscando al Señor. Todos pensaban que estaba convertido. Vivía con su madre, que era viuda. Todo el mundo, blancos y gente de color, lo quería y lo respetaba. Era un buen hombre, siempre iba a la iglesia, y por eso la gente decía que estaba convertido; pero él no lo sabía. Así que, cuando me contaron esto un día o dos antes del día de ayuno y oración, tuve a este hombre, con algunos otros, especialmente en mi corazón. Después de esta gran victoria, trabajamos hasta las once o las doce. Dije: «Bueno, vamos a atender a los que están buscando. Que se levanten ahora».
Nosotros, la gente de color, no solíamos levantarnos de rodillas tan rápido como los blancos; cuando nos poníamos de rodillas para conseguir algo, por lo general lo conseguíamos antes de levantarnos. Pero somos un pueblo muy imitador, así que veo que hemos empezado a imitar a los blancos, aun en eso. Que el Señor nos ayude.
Este pobre joven se levantó, se puso el abrigo y se quedó sentado, con una cara tan triste, como si tuviera el corazón casi destrozado. Yo había hablado, orado y tratado de ayudarle todo lo que pude; y jamás un alma oró con más fervor y sinceridad que él. Pero ahí se quedaba atascado. Me quedé mirándolo un momento. ¡Oh, cómo cantaban! Por fin me acerqué a él y le dije: «Mira, Charlie D., ¿por qué no te sueltas y gritas de gozo?».
«¡Oh! —lloraba él—, ¡Señor, sálvame!».
«Pues —le dije—, el Señor sí te salva; pero tú no le quieres creer». Y le dije: «¡Suéltate y grita de gozo!».
Y el Espíritu del Señor pareció caer sobre él, tal como si a uno le rociaran brasas encendidas. Se puso de pie de un salto, y la luz lo cubrió por completo como fuego, y por un minuto pareció que se iba a hacer pedazos. «¡Oh —dijo—, lo encontré, lo encontré, lo encontré!».
Esto hizo estremecer a toda la iglesia, y otra vez hubo un grito de júbilo; un grito como nunca se ha oído ni visto. Era como la una cuando salimos aquella noche. Nunca olvidaré aquella reunión en Millville. ¡Alabado sea el Señor! Bien lo ha hecho todo. Amén. Amén.
Capítulo 14 completado
Mi último llamado, y cómo lo obedecí