Amanda Smith: una autobiografía
Recuerdos de la reunión campestre

Capítulo 15 · 24 min de lectura · 31 min de escucha

Recuerdos de la reunión campestre

Mi primera reunión campestre nacional de santidad fue en Oakington, Maryland, en julio de 1870. Cuando vi el aviso de esta reunión en el periódico, pensé que me gustaría ir. Pero yo era una pobre lavandera, ¿y cómo iba a ir? Fui a hacer unos días de trabajo para la señora Margaret Clark, cuando vivía en la calle Dominick y era uno de los miembros más fervientes de la Iglesia Metodista de Duane, una mujer de reuniones campestres de las de antes. Un día me dijo: «Hermana Smith, usted debería ir a la reunión campestre de Oakington».

Le dije: «Me gustaría ir si pudiera conseguir algún trabajo, como cuidar la tienda de alojamiento, o tener la oportunidad de servir de mesera en la tienda de comidas, para ganar algo». Mi alquiler era de seis dólares al mes, y si perdía dos semanas de trabajo, ¿entonces qué iba a hacer? Así que le dije: «Escriba usted y consígame un empleo».

«Bueno, sí —dijo ella—, pero así no vas a sacar mucho provecho de la reunión».

«Pues —le dije—, no puedo ir de ninguna otra manera». Y ella dijo: «Muy bien».

Me fui a casa, oré para que el Señor me abriera el camino, y quedé esperando.

La semana siguiente, cuando fui, esperaba tener buenas noticias de la carta de la señora Clark. Me dijo que todavía no había tenido respuesta a su carta, pero añadió: «Hermana Smith, ¿por qué no confía en el Señor y va a aprovechar la reunión?». Me impresionó la idea; era justo lo que me habría gustado hacer. Luego pensé: «¿Qué? ¿Confiar en el Señor para el alquiler?». Nunca había oído de tal cosa, y desde luego nunca lo había hecho. Lo pensé un momento y luego dije: «Lo haré».

Entonces la señora Clark dijo: «Puede llevar su propio colchón para rellenarlo allá, y tendrá lugar para dormir en nuestra tienda, y solo tendrá que cuidar de nuestra tienda». ¡Cómo me saltó el corazón de alegría! Luego me explicó cómo arreglármelas, y yo me puse a trabajar, junté lo que pude, y así reuní lo suficiente para pagar mi pasaje de ida y vuelta y me sobraron justo diez centavos. Cuando llegó el momento, la señora Clark me dijo: «Mande su baúl a nuestra casa y puede ir con nuestras cosas por la mañana».

Así lo hice, pero cuando el hombre llegó allí, poco después de las seis de la mañana, ya se habían ido todos. Cuando llegué al transbordador de la calle Cortlandt, vi que mi baúl no estaba allí; el hombre lo había llevado al transbordador de la calle Debrosses, así que el viejo me dijo que más valía que fuera hasta la calle Debrosses, como a dos millas. El corazón me latía; no sabía qué hacer. Pensé: «No puedo ir caminando, está tan lejos, y estoy tan cansada». Pensé que tal vez alcanzaría el tren, y tomé el tranvía. Luego pensé: «Si pago los diez centavos de ida y vuelta, ¿cómo voy a pagar el transbordador?».

Volví, pero por supuesto perdí el tren. Tuve que esperar desde las ocho más o menos hasta las diez y media. Parecía que todo estaba en mi contra. ¡Oh, con qué fervor oré! Cuando fui a comprar mi boleto, descubrí que me faltaban veinticinco centavos, es decir, si sacaba un boleto de excursión, así que no sabía qué hacer. Le pedí al Señor que me dejara ver a alguien conocido para pedirle que me los prestara. Había muchísimas personas esperando para ir en el mismo tren; entre ellas estaba el reverendo Henry Belden, con quien me había encontrado a menudo en las reuniones de los Palmer; el reverendo señor Wells, pastor de la Iglesia Metodista de la calle Diecisiete; el señor Faulkner, y varios otros miembros de la iglesia. Todos fueron muy amables conmigo. Pensé: «¿Le pediré los veinticinco centavos al hermano Belden?».

Justo cuando miré a mi alrededor, ¿quién había de estar allí sino el hermano Clark?

«¡Oh! —le dije—, creía que ya se había ido».

«No me iré —dijo— hasta el sábado» (esto era, creo, el miércoles por la mañana); «la señora Clark olvidó algo y me volví corriendo a buscarlo, y cuando llegué aquí el tren acababa de salir, así que usted lo llevará».

«Señor Clark, ¿me haría el favor de prestarme veinticinco centavos?».

«No tengo cambio —me dijo—, solo un billete de dos dólares; se lo daré y me lo devuelve cuando yo llegue».

Así que conseguí mi boleto sin problema. Ahora se abren las puertas, y el gentío y el ruido... todo era tan nuevo para mí entonces. Por fin subí y tomé mi asiento, y me quedé pensando y preguntándome cómo le pagaría al buen hermano Clark sus dos dólares cuando llegara el sábado. «Señor, ayúdame —dije—, y ábreme el camino».

Entonces Satanás me dijo: «Si no hubieras comprado ese paquete de folletos, no habrías tenido que pedir prestados esos dos dólares».

Uno o dos días antes, yo había comprado en la Casa de la Biblia un paquete de folletos sobre la santidad; costaron treinta centavos. Sabía que andaba corta de dinero, pero la santidad me era tan dulce que quería que todo el mundo la alcanzara, y estos folletos presentaban la verdad con una luz tan clara y razonable que pensé que podría hacer una pequeña obra para el Señor repartiéndolos a la gente; por eso los compré. Al Diablo, de todos modos, no le gusta la santidad, y yo ignoraba sus maquinaciones, y estaba entre desconocidos. Hizo todo lo posible por pelearse conmigo. Al cabo de un rato tomé mi bulto, saqué los folletos y me puse a leer, y a pesar de todo me sentí feliz, y sentí que había hecho bien en comprarlos. El tren siguió adelante. Al poco rato alguien empezó a cantar. Me pidieron que me uniera al canto, y tuvimos un viaje a la reunión campestre de lo más agradable. Cuando terminó el canto, el señor Faulkner vino hasta el asiento donde yo estaba sentada y me dijo: «¿Qué está leyendo, tía?». Le di el paquete de folletos.

«Ah, ¿usted sabe algo de la santidad?», me dijo.

El corazón se me encendió al instante, y empecé a contarle las grandes cosas que el Señor había hecho por mí, y después de escuchar un rato, me dijo: «Quiero darle algunos de estos folletos a nuestro pastor, el hermano Wells», y creo que dijo que su hija y otras señoras se interesaban por el tema.

«Muy bien, señor —le dije—, me alegra mucho que se lleve todos los que quiera». Cuando terminó, me devolvió los que no usó.

«Son muy buenos, y usted tiene que orar para que Dios los bendiga».

Luego me dio un billete de dos dólares. «Yo no los vendo, señor», le dije.

Sonrió y me contestó: «¿Pero usted no los compra?».

«Sí, pero no pagué eso por ellos, señor».

«No importa —me dijo—, supongo que le vendrán bien, ¿no?».

«¡Oh, sí, señor, gracias, alabado sea el Señor!». Y se fue.

Vi cómo Dios había contestado mi oración y había pagado los dos dólares que le había pedido prestados al querido hermano Clark. «Y será que antes que clamen, responderé yo; aun estando ellos hablando, yo habré oído». Isaías 65:24. Así que, cuando el hermano Clark llegó el sábado, me alegré de entregarle los dos dólares.

Nunca olvidaré aquella reunión campestre. Cómo me dio Dios amigos y me bendijo. Era la primera vez que yo iba a una reunión de esa clase. Nunca había oído testimonios así ni una predicación así sobre la santidad. El ágape del domingo por la mañana nunca se olvidará. El Señor me puso en el corazón dar mi testimonio de cómo encontré la gran salvación, y mientras hablaba, él me bendijo grandemente, y también a la gente. Al final, el hermano Inskip dijo que necesitaban quinientos dólares (creo que era esa la cantidad) para los gastos de la tienda grande. Alguien propuso dividir la suma en partes, y hubo una respuesta pronta y de buena gana, porque todo el mundo parecía tan feliz, y en unos diez o quince minutos ya tenían la cantidad, y más. Yo quería dar algo; estaba tan contenta y tan feliz que pensé que me gustaría dar diez dólares si los tuviera, así que dije: «Tú sabes, Señor, que si los tuviera los daría; pon en el corazón de alguien que los dé por mí».

Apenas había pronunciado la oración cuando el querido anciano hermano John McGlynn se puso de pie y dijo: «Diez dólares por esa hermana de color que acaba de hablar».

«¡Alabado sea el Señor! ¡Gracias, señor!», grité. ¡Oh, sentí que podía volar!

Fue allí donde empecé a aprender el profundo significado del texto: «Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá».

Por la tarde entré en la tienda donde el hermano Purdy dirigía una reunión; estaba sondeando y probando a los que buscaban la salvación plena, porque todos los que conocen al hermano Purdy y sus métodos saben que nadie que busque el perdón o la pureza se le escurre fácilmente entre los dedos. Sondea hondo, alabado sea el Señor. Yo escuchaba. Sabía que mi propio corazón estaba a la altura de cada una de esas pruebas, y podía decir: «¡Alabado sea el Señor!». Mi alma ardía toda de santo triunfo. Me adelanté y le dije: «Hermano Purdy, ¿le gustaría probar su sonda conmigo?».

Se quedó desconcertado, pero con su manera agradable me dijo: «Sí, ¿podrás aguantarlo, Amanda?».

«Sí, señor»; y tomé las diferentes pruebas que él había dado

y las fui pasando una por una. El poder del Señor descendió sobre nosotros, y ¡oh, qué reunión!: se convirtieron pecadores, fueron santificados creyentes. La reunión duró hasta mucho después de que empezara la predicación de la noche. Venía gente de todas partes del campamento.

Allí conocí por primera vez al señor y la señora Martyr, de Filadelfia, que después fueron muy buenos amigos míos. Los dos están ahora en el cielo.

Fue la primera vez que vi al reverendo B. F. Adams. Predicó un sermón maravilloso el domingo por la mañana y dio su testimonio de cómo recibió la bendición de la santificación. El poder del Espíritu se hizo manifiesto. El hermano Adams se sentó en medio de una tempestad de gloria. Era precisamente el domingo en que Roma declaraba la infalibilidad del papa. El hermano Boole se puso de pie de un salto, como por inspiración, y dijo, como solo él sabía decirlo:

«Hoy en Roma están coronando al papa como infalible; levantémonos y cantemos: “Saludad el poder del nombre de Jesús, y coronadlo Señor de todo”, en nuestro corazón para siempre».

Y toda la congregación se puso de pie al instante como un solo hombre, y creo que nunca he oído cantar así; nunca oí cantar aquel viejo himno «Coronación» como se cantó aquel día. ¡Sí, lo coronamos Rey de reyes y Señor de señores! ¡Aleluya!, porque reinó el Señor nuestro Dios Todopoderoso.

Como en Oakington había aprendido a confiar en el Señor para las cosas materiales, y él me había bendecido tan maravillosamente, empecé a orar para poder ir a Sing Sing, y el Señor envió ayuda. Unos días antes de que empezara la reunión, el hermano Munson, de la Iglesia Metodista de la calle Veinticuatro, a cuya clase mi amiga, la hermana Scott, y yo íbamos a veces, estaba en el centro una mañana, y el Señor lo mandó al número 135 de la calle Amity, donde yo vivía, en Nueva York.

«Bueno, hermana Smith —me dijo—, ¿está lista para la reunión campestre?».

«Le estoy pidiendo al Señor que me abra el camino».

«Bueno, aquí tiene dos dólares para ayudarla».

Alabé al Señor por otra muestra de su misericordia. Mencionando a un hermano que era miembro de su clase, me dijo que su familia me daría un lugar para dormir en su tienda, si yo quería, o que podía tener un rincón en la tienda grande de reuniones. «¡Alabado sea el Señor! —dije—. Bien lo ha hecho todo. Ahora dígame cómo ir y todo lo demás».

Así lo hizo, y se fue. Pasé un rato muy bueno después de que se fue,

dando gracias a Dios por su maravilloso amor para conmigo. Todo era una experiencia nueva, pero tan hermosa, porque yo veía la mano del Señor en todo. Llegó el día, y mi hijita Mazie y yo partimos a la reunión campestre. El Señor me dio muchos amigos y me enseñó lecciones nuevas. Recuerdo a muchos seres queridos de aquellos días, aunque tantos se han ido a estar con Dios. Allí estaban el reverendo John Cookman, que entonces era pastor de la Iglesia de la calle Bedford; el reverendo hermano Hedstrom, aquel maravilloso hombre de Dios; el hermano Moorehouse, y varios otros. ¡Qué bien me acuerdo del querido John Cookman! Era entonces un poder. No tengo nada que objetar a que se fuera al cielo cuando terminó su obra, pero en cierto modo sentía que podría haber llegado igual de seguro por la querida y vieja Iglesia Metodista, a la que su padre y su hermano Alfred, de bendita memoria, amaron y sirvieron tanto tiempo; pero, alabado sea el Señor, de todos modos en el cielo no hay sectas. ¡Aleluya! ¡Oh, la Ciudad estará llena de almas lavadas en la sangre, de todo linaje y lengua y pueblo! «¡Qué reunión de gente será aquella!».

Luego estaban el hermano Tom Sherwood, el hermano Knox y King. ¡Qué tiempos pasábamos en las reuniones de la tienda de la policía! La tienda del hermano John McClain era donde los jóvenes tenían sus reuniones. Allí vi y oí por primera vez a Laura Bowden (después la señora Crane); estaba entonces en la plenitud de su poder. ¡Cómo usó el Señor su testimonio y su exhortación para la salvación de muchos, jóvenes y mayores! Nunca había visto ni oído hablar de una reunión de jóvenes y de niños hasta entonces. Todo esto era tan nuevo para mí, y sin embargo era grandioso.

Un día la señora del doctor Butler iba a hablar sobre la obra de las zenanas en la India, donde ella y su esposo pasaron tantos años. La señorita Bowden iba a estar a cargo de la reunión de jóvenes. La reunión de la señora Butler era en una tienda en otra parte del campamento, y solo para señoras. Yo tenía muchísimas ganas de oír a la señorita Bowden, porque era tan clara en el tema de la santidad, que era la delicia de mi corazón; y además quería oír a la señora Butler hablar de la India. Nunca en mi vida había oído un discurso misionero. En aquel tiempo no teníamos en nuestra iglesia una obra femenina de misiones extranjeras; pero hoy es distinto, gracias a Dios.

Lo pensé bien y decidí ir a la reunión de la señora Butler; ella se iba a ir, y la señorita Bowden iba a estar allí más tiempo, así que tendría otra oportunidad de oírla. Entré a la reunión de la señora Butler; era en una tienda grande, llena de señoras muy finas, muchas

de ellas ricamente vestidas. Me deslicé por la entrada y me senté detrás de ellas. La señora Butler tenía delante una mesita, y sobre ella varios dioses paganos diferentes, como los que se adoraban en la India; yo nunca había visto nada parecido, y pensaba que no podía ser que seres humanos adoraran cosas tan horribles como dioses. Se me derritió el corazón, lloré amargamente y pensé: «¡Oh, si tan solo pudiera ir allá y cantar aquel viejo himno tan conocido: “¡Qué alegre estoy de que Jesús me ama!”». Entonces era nuevo, y yo lo había cantado muchísimo, y Dios lo había bendecido para muchas almas. Pensaba: «Si pudiera ir y cantar este himno, se convertirían todos de inmediato»; pero, ¡oh, qué poco sabía yo de las supersticiones y costumbres paganas!

Pues bien, yo no tenía más que dos dólares y medio en el mundo, y eran para comprarle un par de zapatos a mi hijita. Había andado por el pasto y se le habían estropeado los zapatos por dentro. Ella cuidaba al niñito de la señora Vico, y a mí no me gustaba que anduviera con esos zapatos de calle tan incómodos, así que a la mañana siguiente iba a mandar a buscar otros al pueblo. Estaba sentada escuchando a la señora Butler. Hizo un llamado a las señoras a favor de la obra de las zenanas, y contó qué suma tan pequeña bastaba para mantener a una mujer bíblica en el campo durante un año. «¡Oh! —pensé—, si yo tuviera, daría veinte dólares».

Hubo una pausa, y solo unas pocas respondieron a este llamado, de entre el gran número que había en la tienda. Me pareció muy extraño. Al rato, dos señoras elegantemente vestidas se levantaron y salieron. Llevaban finos sombreros de paja de Livorno, adornados con encaje negro ancho, y elegantes chales de encaje negro. «¡Oh! —me dije—, esas señoras deberían dar veinte dólares; deben de ser ricas». Luego, mientras la señora B. seguía hablando, otras se levantaron y se fueron sin dar nada. ¡Qué tristeza sentí! En ese momento el Espíritu me dijo claramente: «Da tú esos dos dólares», y yo dije: «Los daré».

«Sí —dijo el Diablo—, vas a quedar muy bien subiendo allá con apenas dos dólares; si tuvieras cinco, ya sería algo».

Entonces me dio vergüenza dar dos dólares, y pensé: «Si tan solo pudiera salir de aquí».

Luego él me sugirió: «Si hubieras ido a esa reunión de jóvenes, no te sentirías tan mal».

«Sí —dije—, ojalá hubiera ido».

«Da los dos dólares», volvió a decir el Espíritu.

«Tu hija necesita los zapatos y no tienes más —dijo el Diablo—. Tu primer deber es para con tu hija».

¡Qué preocupado estaba él por ella entonces!

Pensé que me saldría, y cuando me dispuse a hacerlo, el Espíritu me dijo: «Dios sabe por qué te vas; es porque no quieres dar esos dos dólares».

¡Oh, sentí que podía ponerme a gritar! Así que me acerqué a la señora Butler, sollozando como una niña, y le dije: «Señora Butler». Ella me miró y yo le dije: «¿Puedo ir a la India?».

«Ojalá pudieras», me dijo con mucha bondad.

«Bueno —le dije—, ¿aceptaría usted dos dólares?».

«Sí, los acepto —dijo ella—, y también te daré un periódico».

Era el «Heathen Woman's Friend» («La Amiga de la Mujer Pagana»). Nunca lo había visto. Así que me fui a sentar, y, ¡oh, qué ola de gloria inundó mi alma! Y dije: «Señor, te doy gracias, porque creo que he hecho bien».

En ese mismo momento el Diablo me dijo: «El que no tiene cuidado de los de su casa es peor que un infiel». Fue como un balazo, porque eso estaba en la Biblia, y yo lo había leído, y no sabía qué hacer. Cerré los ojos, elevé mi corazón a Dios y dije: «Señor, no lo entiendo, pero de algún modo siento que he hecho bien». Entonces el Señor mandó otra lluvia de bendición a mi alma. ¡Oh, me recorrió toda como aceite y miel! ¡Qué bueno fue el Señor conmigo, y justo en ese momento! ¡Aleluya! ¡Qué Salvador!

A las dos y media sonó la campana en la plataforma para la predicación. Bajé más bien despacio, y cuando llegué, alguien estaba pidiendo veinte dólares o más para poner los tanques de agua en lo alto de la colina, para que le quedaran más a mano a la gente. Me llegó un suave susurro: «Da esos cincuenta centavos».

«Serás una tonta si das eso —me sugirió el Diablo—, porque alguien podría darte dos dólares; entonces tendrías los cincuenta centavos para poder comprar los zapatos».

«Sí —me dije—, creo que me he dejado llevar por las cosas, de tanto verlas y oírlas». Así que cerré los ojos y me di vuelta para no levantar la vista cuando pasara la canasta. Pero el hombre vino y me pasó la canasta justo bajo la cara, y yo me levanté, eché los cincuenta centavos en la canasta y dije: «¡Gloria a Dios por nada, y aleluya por todo, porque todavía tengo a Jesús!»; y, ¡oh, qué ola de salvación inundó mi alma! Y dije: «Señor, te doy gracias por ayudarme a hacer lo correcto».

Al rato empezó el predicador. Escuché. El reverendo John Cookman predicó uno de sus vigorosos sermones sobre la santidad. Fui

grandemente bendecida; pero de vez en cuando el Diablo me asaltaba, y yo decía: «Señor, ayúdame; creo que he hecho bien». Y él me bendecía todavía más. Fue una pelea; pero gracias a Dios, que nos da la victoria.

Cuando terminó la reunión, fui a mi tienda a preparar el té. Eran ya como las seis, y justo cuando nos sentábamos y habíamos empezado a comer, una voz llamó desde afuera:

«¡Señora Smith, señora Smith, dice el abuelo que usted y Mazie tienen que venir a cenar!».

Era el nietecito del buen anciano padre Brummel.

«Billy, dile a tu abuelo que se lo agradezco, pero estamos cenando y vendremos en otra ocasión».

Pensé que ya se había ido, pero a los pocos minutos volvió a llamar:

«¡Señora Smith, dice el abuelo que usted y Mazie tienen que ir a cenar!».

Entonces Mazie dijo: «Bueno, mamá, más vale que vayamos».

Teníamos unos duraznos cortados. Le dije: «¿Qué hacemos con los duraznos?».

«Ah —dijo ella—, dejémoslos para mañana».

«Muy bien», le dije. Así que, cuando entramos en la tienda del querido hermano Brummell, él dijo: «Venga, hermana Smith, siéntese aquí», señalando el asiento. Nunca olvidaré su cara amorosa y bondadosa. Pasamos y tomamos asiento a la mesa. Cuando di vuelta a mi plato, había debajo tres billetes de un dólar, cincuenta centavos más de lo que yo había dado. ¡Así que el viejo Satanás salió apaleado esa vez! ¡Alabado sea el Señor! Por eso me había asaltado tanto durante la predicación; pero ¡con qué dulzura me libró Jesús de su mano! ¡Alabado sea su nombre para siempre!

Y esta es solo una de las muchas veces que él me ha librado. Oh, Señor, te alabaré.

Después de darle los dos dólares a la señora Butler, a la mañana siguiente mandé al pueblo y compré los zapatos para mi hijita, tal como me lo había propuesto. A la una, la hermana Jane Fee me dijo: «Vamos a algún lugar donde podamos tener un poco de quietud y orar juntas».

Tomamos nuestras Biblias y nos fuimos lejos del campamento, a un viejo huerto de manzanos. Encontramos un árbol grande, fuera de la vista de la gente y casi fuera de su alcance auditivo. Allí nos sentamos y leímos la Palabra. ¡Oh, qué dulce fue! Lloramos juntas, oramos, alabamos al Señor, le presentamos nuestras peticiones, y él nos

oyó. Después de pasar allí una hora, volvimos al campamento. Como solo había tomado un desayuno ligero, y eran ya las dos, ¡tenía bastante hambre!

Mientras bajábamos por una de las avenidas, había dos caballeros de pie conversando. Cuando llegamos a donde estaban, uno de ellos me tendió la mano y me dijo: «Esta es la hermana Amanda Smith, si no me equivoco».

«Sí —le dije—, ese es mi nombre, señor».

«He oído hablar de usted muchas veces. Y bien, hermana Smith, ¿cómo le va?».

«Oh, muy bien; el Señor me cuida».

«Bueno, ¿ya almorzó?», me preguntó.

«No —le dije—, todavía no».

«Aquí tiene dos dólares. Vaya allá (señalando una tienda); esa es la tienda del hermano C. Acabo de almorzar allí, y tienen buena mesa».

Le di las gracias de corazón y alabé al Señor.

«Pero —le dije—, no me voy a comer los dos dólares enteros; habrá cambio. ¿Dónde puedo encontrarlo?».

«Oh, no se preocupe por eso —me dijo—, puede quedárselo; hágalo rendir todo lo que pueda».

Así el Señor fue mi pastor aquel día.

A las seis hubo una reunión de oración en lo que se llamaba la tienda de la vieja calle Segunda, o tienda de los policías. El hermano King, el hermano Smith y varios otros participaron. Dios estaba en medio de nosotros. El Señor nos ayudó en el canto, en la oración y en la exhortación. ¡Qué bendición es recordar a nuestros viejos amigos! El hermano Tom Sherwood, con su grandioso «¡Amén!», y «¡Bendito sea el Señor!», y «¡Gloria a Dios!», con los que tantas veces hacía resonar el bosque cuando los gritaba.

A la mañana siguiente, al terminar la reunión de oración de la madrugada, estaba yo de pie conversando con alguien, cuando un caballero se me acercó y me dijo: «¿Ya desayunó?».

«No —le dije—, todavía no».

«Bueno, yo me voy a casa; tengo unos boletos de comida, y creo que el Señor quiere que se los dé a usted. Le alcanzarán hasta que termine la reunión campestre».

«Le doy gracias a Dios, y se las doy a usted —le dije—; pero como soy una mujer de color, puede que se opongan a que tome mis comidas en esa tienda».

«No creo que se opongan —me dijo—; no creo que haya ninguna objeción, pero iré a ver».

Y así lo hizo; y todo estuvo bien. Nos trataron a mí y a mi hija con la mayor bondad; y el secreto era que eran cristianos fervientes.

Estas son algunas de las obras del Señor, y son maravillosas. ¡Aleluya! Y de verdad cantaba con el espíritu y con entendimiento:


«De una manera u otra el Señor proveerá;
quizá no a mi manera, quizá no a tu manera,
pero aun así, a su manera, el Señor proveerá».

Y empecé a confiar en él para las bendiciones materiales tanto como para las espirituales, como nunca lo había hecho antes. ¡Y oh, qué fiel fue mi Señor! ¡Cómo me ha bendecido a mí y lo poquito que he hecho por él!

No estaba acostumbrada a participar en las reuniones, sobre todo cuando había blancos presentes, y tenía una timidez y una vergüenza que me cohibían mucho; pero siempre que me pedían participar, le pedía al Señor que me ayudara y me quitara la timidez; y él me ayudó todas las veces.

Recuerdo un domingo, entre el culto de la mañana y el de la noche, que había una gran multitud. En aquel tiempo yo tenía buena voz y podía cantar muy fuerte. La señora L. me pidió que fuera a su tienda, y por el camino muchos se agolparon a mi alrededor y me pidieron que cantara. Cerca había un tocón grande. El hermano Smith, guía de clase de la vieja iglesia de la calle Segunda, de Nueva York, gritó: «Hermana Smith, súbase a ese tocón para que la gente la oiga mejor. Para entonces había a mi alrededor una multitud de unas cuatrocientas personas. Después de cantar una o dos piezas, una de las cuales era muy conocida y había sido de bendición para muchos:


«Todo lo que quiero, todo lo que quiero,
es un poco más de fe en Jesús».
El hermano Smith dijo: «Hermana Smith, ¿por qué no le cuenta a la gente su testimonio, cómo la convirtió el Señor?».

Y le pedí al Señor que me ayudara, si era su voluntad que yo lo honrara reconociendo lo que había hecho por mí. Y sentí que me ayudaría, así que confié en él y me atreví a hablar. A medida que avanzaba, mi corazón se fue encendiendo, y el poder del Espíritu reposó sobre mí, y mucha de la gente lloraba y parecía

profundamente conmovida e interesada, como nunca antes. Creo que Dios bendijo aquella reunión junto a aquel tocón grande, en el viejo campamento de Sing Sing. ¡Qué real me parece todo ahora al recordarlo, aunque fue hace tanto tiempo! Uno o dos días más y la reunión campestre terminó, y Mazie y yo íbamos en el barco de vuelta a Nueva York, a mi querido hogar, que eran dos cuartitos al fondo del número 135 de la calle Amity, que ahora se llama calle Tercera, justo más arriba de la Sexta Avenida. Lo llamo mi querido hogar porque allí el Señor había contestado tantas veces mi oración, había bendecido mi propia alma y lo había hecho el lugar de nacimiento de muchas almas. Esos dos cuartitos de la buhardilla me serán siempre queridos, y me dan ganas de decir, como uno de antaño: «Si me olvidare de ti, mi diestra sea olvidada; si no te prefiero por encima de todos los hermosos montes de América, Inglaterra, Escocia, Roma, Egipto o África».


«Aquí levanto mi Ebenezer;
hasta aquí por tu ayuda he llegado,
y espero, por tu buena voluntad,
llegar a salvo al hogar». Amén.

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