Todas las cosas para bien ·El llamamiento eficaz

Capítulo 9 · 26 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El llamamiento eficaz

LA segunda condición de las personas a quienes pertenece este privilegio del texto es que son los llamados de Dios. Todas las cosas obran para bien “á los que son llamados.” Aunque esta palabra llamados aparece en el orden después del amar á Dios, en la realidad va antes que él. El amor se nombra primero, pero no se obra primero; hemos de ser llamados por Dios antes de poder amar á Dios.

El llamamiento es puesto (Rom. viii. 30) como el eslabón central de la cadena de oro de la salvación. Se sitúa entre la predestinación y la glorificación; y si tenemos firme este eslabón central, estamos seguros de los otros dos extremos de la cadena. Para ilustrar esto con mayor claridad, hay seis cosas dignas de notar.

1. Una distinción acerca del llamamiento. Hay un doble llamamiento.

(i.) Hay un llamamiento externo, que no es otra cosa que el bendito ofrecimiento de la gracia que Dios hace en el evangelio, su trato con los pecadores, cuando los invita á entrar y aceptar la misericordia. De esto habla nuestro Salvador: “Muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mat. xx. 16). Este llamamiento externo es insuficiente para la salvación, mas suficiente para dejar á los hombres sin excusa.

(ii.) Hay un llamamiento interno, cuando Dios sobrepuja maravillosamente el corazón y atrae la voluntad para que abrace á Cristo. Este es, como dice Agustín, un llamamiento eficaz. Dios, por el llamamiento externo, toca la trompeta en el oído; por el llamamiento interno, abre el corazón, como abrió el de Lidia (Hech. xvi. 14). El llamamiento externo puede llevar á los hombres á una profesión de Cristo; el llamamiento interno los lleva á una posesión de Cristo. El llamamiento externo refrena al pecador; el llamamiento interno lo transforma.

2. Nuestra deplorable condición antes de ser llamados.

(i.) Estamos en un estado de servidumbre. Antes que Dios llame á un hombre, éste está al llamado del diablo. Si le dice: Ve, va; el pecador engañado es como el esclavo que cava en la mina, labra en la cantera ó rema en la galera. Está bajo el mando de Satanás, como el asno está bajo el mando del arriero.

(ii.) Estamos en un estado de tinieblas. “En otro tiempo erais tinieblas” (Efes. v. 8). Las tinieblas son muy desconsoladoras. El hombre que está á oscuras se llena de temor, tiembla á cada paso que da. Las tinieblas son peligrosas. El que está á oscuras pronto puede salirse del buen camino y caer en ríos ó remolinos; así, en las tinieblas de la ignorancia, pronto podemos caer en el remolino del infierno.

(iii.) Estamos en un estado de impotencia. “Cuando aún éramos flacos” (Rom. v. 6). Ninguna fuerza para resistir una tentación ni para luchar contra una corrupción; el pecado cortó la guedeja donde residía nuestra fuerza (Jue. xvi. 20). Más aún, no sólo hay impotencia, sino obstinación: “Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo” (Hech. vii. 51). Además de la indisposición para el bien, hay oposición.

(iv.) Estamos en un estado de contaminación. “Te vi hollada en tu sangre” (Ezeq. xvi. 6). La imaginación acuña pensamientos terrenales; el corazón es la fragua del diablo, donde saltan las chispas de la concupiscencia.

(v.) Estamos en un estado de condenación. Nacemos bajo maldición. La ira de Dios permanece sobre nosotros (Juan iii. 36). Esta es nuestra condición antes que Dios tenga á bien, por un llamamiento misericordioso, acercarnos á sí mismo y librarnos de aquella miseria en que antes estábamos hundidos.

3. Los medios de nuestro llamamiento eficaz. El medio ordinario que el Señor emplea para llamarnos no es por arrobamientos ni revelaciones, sino que es,

(i.) Por su Palabra, que es “la vara de su fortaleza” (Salmo cx. 2). La voz de la Palabra es el llamado de Dios á nosotros; por eso se dice que nos habla desde el cielo (Heb. xii. 25). Es decir, en el ministerio de la Palabra. Cuando la Palabra nos llama á apartarnos del pecado, es como si oyésemos una voz del cielo.

(ii.) Por su Espíritu. Este es el llamado fuerte. La Palabra es la causa instrumental de nuestra conversión; el Espíritu es la causa eficiente. Los ministros de Dios son sólo las flautas y los órganos; es el Espíritu, soplando en ellos, quien transforma eficazmente el corazón. “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón” (Hech. x. 44). No es la diligencia del labrador en arar y sembrar lo que hará fructífero el suelo, sin la lluvia temprana y tardía. Así, no es la semilla de la Palabra lo que convierte eficazmente, á menos que el Espíritu manifieste su dulce influjo y caiga como lluvia sobre el corazón. Por tanto, se ha de implorar la ayuda del Espíritu de Dios, para que haga oír su voz poderosa y nos despierte de la sepultura de la incredulidad. Si un hombre llama á una puerta de bronce, no se abrirá; pero si viene con una llave en la mano, se abrirá: así, cuando viene Dios, que tiene en su mano la llave de David (Apoc. iii. 7), abre el corazón, por muy cerrado que esté contra él.

4. El método que Dios usa al llamar á los pecadores.

El Señor no se ata á una manera particular, ni sigue el mismo orden con todos. Viene á veces en un silbo apacible y delicado. Aquellos que han tenido padres piadosos y han estado bajo el cálido sol de una educación religiosa, muchas veces no saben cómo ni cuándo fueron llamados. El Señor secreta y gradualmente infundió la gracia en sus corazones, como el rocío que cae inadvertido en gotas. Saben por los efectos celestiales que son llamados, mas el tiempo ó la manera no lo saben. La aguja avanza en el reloj, pero ellos no perciben cuándo se mueve.

Así trata Dios con algunos. Otros son pecadores más tercos y endurecidos, y Dios viene á ellos en un viento recio. Emplea más cuñas de la ley para quebrantar sus corazones; los humilla profundamente y les muestra que están condenados sin Cristo. Entonces, habiendo arado el barbecho de sus corazones por la humillación, siembra la semilla de la consolación. Les presenta á Cristo y la misericordia, y atrae sus voluntades no sólo á aceptar á Cristo, sino á desearlo apasionadamente y á descansar fielmente en él. Así obró en Pablo, y lo llamó de perseguidor á predicador. Este llamamiento, aunque es más visible que el otro, no por eso es más real. El método de Dios al llamar á los pecadores puede variar, pero el efecto es siempre el mismo.

5. Las propiedades de este llamamiento eficaz.

(i.) Es un llamamiento dulce. Dios llama de tal modo que atrae; no fuerza, sino que trae. La libertad de la voluntad no es quitada, pero su obstinación es vencida. “Tu pueblo será voluntario en el día de tu poder” (Salmo cx. 3). Después de este llamamiento ya no hay disputas; el alma obedece de buena gana el llamado de Dios: como cuando Cristo llamó á Zaqueo, éste lo recibió gozoso en su corazón y en su casa.

(ii.) Es un llamamiento santo. “El cual nos llamó con llamamiento santo” (2 Tim. i. 9). Este llamamiento de Dios saca á los hombres de sus pecados: por él son consagrados y apartados para Dios. Los vasos del tabernáculo eran tomados del uso común y apartados para un uso santo; así, los que son eficazmente llamados son separados del pecado y consagrados al servicio de Dios. El Dios á quien adoramos es santo, la obra en que estamos ocupados es santa, el lugar á donde esperamos llegar es santo; todo esto reclama santidad. El corazón del cristiano ha de ser la sala de audiencias de la bendita Trinidad; ¿y no se escribirá en él Santidad al Señor? Los creyentes son hijos de Dios Padre, miembros de Dios el Hijo y templos de Dios el Espíritu Santo; ¿y no serán santos? La santidad es la insignia y la librea del pueblo de Dios. “El pueblo de tu santidad” (Isaías lxiii. 18). Como la castidad distingue á la mujer virtuosa de la ramera, así la santidad distingue á los piadosos de los impíos. Es un llamamiento santo; “porque no nos ha llamado Dios á inmundicia, sino á santidad” (1 Tes. iv. 7). Que nadie diga que es llamado por Dios si vive en pecado. ¿Te ha llamado Dios á ser blasfemo, á ser borracho? No; ni diga tampoco el hombre meramente moral que es eficazmente llamado. ¿Qué es la civilidad sin la santidad? No es más que un cadáver rociado de flores. El retrato del rey estampado sobre el bronce no correrá como oro. El hombre meramente moral parece llevar estampada la imagen del Rey del cielo, mas no es mejor que un metal falso, que no pasará como corriente ante Dios.

(iii.) Es un llamamiento irresistible. Cuando Dios llama á un hombre por su gracia, éste no puede menos que venir. Puedes resistir el llamado del ministro, pero no puedes resistir el llamado del Espíritu. El dedo del bendito Espíritu puede escribir sobre un corazón de piedra, como una vez escribió sus leyes sobre tablas de piedra. Las palabras de Dios son palabras creadoras; cuando dijo “Sea la luz, y fué la luz”; y cuando dice “Sea la fe”, así será. Cuando Dios llamó á Pablo, éste respondió al llamado. “No fuí rebelde á la visión celestial” (Hech. xxvi. 19). Dios cabalga triunfante en el carro de su evangelio; hace que los ojos ciegos vean y que el corazón de piedra sangre. Si Dios ha de llamar á un hombre, nada se interpondrá para estorbarlo; las dificultades serán desatadas, los poderes del infierno se dispersarán. “¿Quién resistirá á su voluntad?” (Rom. ix. 19). Dios doblega el nervio de hierro y rompe las puertas de bronce (Salmo cvii. 16). Cuando el Señor toca el corazón de un hombre por su Espíritu, todas las altivas imaginaciones son derribadas, y la fortaleza real de la voluntad se rinde á Dios. Puedo aludir al Salmo cxiv. 5: “¿Qué tuviste, oh mar, que huiste? ¿y tú, oh Jordán, que te volviste atrás?” El hombre que antes era como un mar embravecido, espumando maldad, ahora de repente huye atrás y tiembla, cae postrado como el carcelero: “¿Qué he de hacer para ser salvo?” (Hech. xvi. 30). ¿Qué tuviste, oh mar? ¿Qué le pasa á este hombre? El Señor ha estado llamándolo eficazmente. Ha estado obrando una obra de gracia, y ahora su corazón obstinado es vencido por una dulce violencia.

(iv.) Es un alto llamamiento. “Prosigo al blanco, al premio del alto llamamiento de Dios” (Fil. iii. 14). Es un alto llamamiento, porque somos llamados á altos ejercicios de la religión — á morir al pecado, á ser crucificados al mundo, á vivir por la fe, á tener comunión con el Padre (1 Juan i. 3). Este es un alto llamamiento: he aquí una obra demasiado alta para que la ejecuten los hombres en un estado de naturaleza. Es un alto llamamiento, porque somos llamados á altos privilegios, á la justificación y á la adopción, á ser hechos coherederos con Cristo. El que es eficazmente llamado es más alto que los príncipes de la tierra.

(v.) Es un llamamiento de gracia. Es el fruto y producto de la gracia gratuita. Que Dios llame á unos y no á otros; que unos sean tomados y otros dejados; que sea llamado uno de índole más áspera y sombría, y otro de más agudo entendimiento, de más dulce temperamento, sea desechado, he aquí la gracia gratuita. Que los pobres sean ricos en fe, herederos de un reino (Santiago ii. 5), y que los nobles y los grandes del mundo sean en su mayor parte desechados, “no muchos nobles son llamados” (1 Cor. i. 26); esto es gracia gratuita y rica. “Así, Padre, porque así agradó en tus ojos” (Mat. xi. 26). Que bajo un mismo sermón uno sea eficazmente obrado, y otro no se conmueva más que un muerto ante el sonido de la música; que uno oiga la voz del Espíritu en la Palabra, y otro no la oiga; que uno sea ablandado y humedecido por el influjo del cielo, y otro, como el vellón seco de Gedeón, no tenga rocío sobre sí: ¡he aquí la gracia que hace diferencia! La misma aflicción convierte á uno y endurece á otro. La aflicción es para uno como el majar de las especias, que despiden fragante aroma; para otro es como el machacar de la maleza en un mortero, que la hace más hedionda. ¿Cuál es la causa de esto, sino la gracia gratuita de Dios? Es un llamamiento de gracia; está todo esmaltado y entretejido con gracia gratuita.

(vi.) Es un llamamiento glorioso. “El cual nos ha llamado á su gloria eterna” (1 Ped. v. 10). Somos llamados al gozo del Dios siempre bendito: como si un hombre fuese llamado de una prisión para sentarse sobre un trono. Quinto Curcio escribe de uno que, mientras cavaba en su huerto, fué llamado á ser rey. Así Dios nos llama á gloria y virtud (2 Ped. i. 3). Primero á la virtud, luego á la gloria. En Atenas había dos templos, el templo de la Virtud y el templo del Honor; y nadie podía ir al templo del honor sino á través del templo de la virtud. Así Dios nos llama primero á la virtud y después á la gloria. ¿Qué es la gloria entre los hombres, que tantos tanto persiguen, sino una pluma que sopla el viento? ¿Qué es ella comparada con el peso de gloria? ¿No hay gran razón para que sigamos el llamado de Dios? Nos llama á un ascenso; ¿puede haber en esto pérdida ó perjuicio? Dios no quiere que nos desprendamos de nada por él, sino de aquello que nos condenará si lo retenemos. No tiene otro designio sobre nosotros que hacernos felices. Nos llama á la salvación, nos llama á un reino. Oh, ¿cómo, pues, no habríamos, con Bartimeo, de arrojar nuestro andrajoso manto de pecado y seguir á Cristo cuando llama?

(vii.) Es un llamamiento raro. Pocos son salvíficamente llamados. “Pocos son los escogidos” (Mat. xxii. 14). Pocos, no colectiva, sino comparativamente. La palabra ‘llamar’ significa escoger á algunos de entre otros. Á muchos les es traída la luz, pero pocos tienen los ojos ungidos para ver esa luz. “Tienes unas pocas personas en Sardis que no han contaminado sus vestiduras” (Apoc. iii. 4). ¡Cuántos millones se sientan en la región de las tinieblas! Y en aquellos climas donde brilla el Sol de justicia, hay muchos que reciben la luz de la verdad sin el amor de ella. Hay muchos formalistas, pero pocos creyentes. Hay algo que parece fe, y no lo es. El diamante de Chipre, dice Plinio, centellea como el verdadero diamante, mas no es de la clase legítima, se quiebra con el martillo: así la fe del hipócrita se quebrará con el martillo de la persecución. Pero pocos son verdaderamente llamados. El número de piedras preciosas es pequeño comparado con el número de guijarros. La mayoría de los hombres amoldan su religión conforme á la moda de los tiempos; son por la música y el ídolo (Dan. iii. 7). El pensamiento serio de esto debería hacernos ocupar en nuestra salvación con temor, y esforzarnos por estar en el número de aquellos pocos que Dios ha trasladado á un estado de gracia.

(viii.) Es un llamamiento inmutable. “Sin arrepentimiento son los dones y el llamamiento de Dios” (Rom. xi. 29). Es decir, como dice un docto escritor, aquellos dones que fluyen de la elección. Cuando Dios llama á un hombre, no se arrepiente de ello. Dios no hace como muchos amigos, que aman un día y aborrecen otro; ni como los príncipes, que hacen favoritos á sus súbditos y después los arrojan á la prisión. Esta es la bienaventuranza del santo; su condición no admite mudanza alguna. El llamado de Dios se funda en su decreto, y su decreto es inmutable. Los actos de gracia no pueden ser revocados. Dios borra los pecados de su pueblo, mas no sus nombres. Aunque el mundo cambie á cada hora, la condición del creyente es firme é inalterable.

6. El fin de nuestro llamamiento eficaz es la honra de Dios. “Para que seamos para alabanza de su gloria” (Efes. i. 12). El que está en el estado de naturaleza no es más apto para honrar á Dios que un bruto para ejercer actos de razón. El hombre, antes de la conversión, refleja continuamente deshonra sobre Dios. Como los negros vapores que se levantan de los terrenos pantanosos y cenagosos anublan y oscurecen el sol, así del corazón del hombre natural se levantan negros vapores de pecado, que echan una nube sobre la gloria de Dios. El pecador es diestro en la traición, pero no entiende nada de lealtad al Rey del cielo. Pero hay algunos sobre quienes cae la suerte de la gracia gratuita, y éstos serán tomados como joyas de entre los escombros y serán eficazmente llamados, para que enaltezcan el nombre de Dios en el mundo. El Señor tendrá en todas las edades algunos que se opongan á las corrupciones de los tiempos, den testimonio de sus verdades y conviertan á los pecadores del error de sus caminos. Tendrá sus valientes, como los tuvo el rey David. Los que han sido monumentos de las misericordias de Dios serán trompetas de su alabanza.

Estas consideraciones nos muestran la necesidad del llamamiento eficaz. Sin él no hay entrada al cielo. Hemos de ser “hechos aptos para la herencia” (Col. i. 12). Así como Dios hace el cielo apto para nosotros, así nos hace á nosotros aptos para el cielo; ¿y qué da esta aptitud, sino el llamamiento eficaz? El hombre que permanece en la inmundicia y la basura de la naturaleza no es más apto para el cielo que un muerto para heredar una hacienda. El alto llamamiento no es cosa arbitraria ó indiferente, sino tan necesaria como la salvación; y sin embargo, ¡ay, cómo se descuida esta única cosa necesaria! La mayoría de los hombres, como el pueblo de Israel, andan de aquí para allá recogiendo paja, pero no atienden á las evidencias de su llamamiento eficaz.

¡Reparad en qué poderosa fuerza despliega Dios al llamar á los pecadores! Dios llama de tal modo que atrae (Juan vi. 44). La conversión se llama una resurrección. “Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección” (Apoc. xx. 6). Es decir, un levantarse del pecado á la gracia. Un hombre no puede convertirse á sí mismo, como tampoco un muerto puede resucitarse á sí mismo. Se llama una creación (Col. iii. 10). Crear está por encima del poder de la naturaleza.

Objeción. Pero dicen algunos que la voluntad no está muerta, sino dormida, y que Dios, por una persuasión moral, sólo nos despierta, y entonces la voluntad puede obedecer el llamado de Dios y moverse por sí misma á su propia conversión.

Respuesta. Á esto respondo: Todo hombre está por el pecado atado con grillos. “Veo que estás en hiel de amargura, y en prisión de maldad” (Hech. viii. 23). Á un hombre que está con grillos, si empleas argumentos y lo persuades á que ande, ¿basta eso? Es menester romper sus grillos y ponerlo en libertad antes que pueda caminar. Así es con todo hombre natural; está aherrojado con la corrupción; ahora bien, el Señor, por la gracia que convierte, ha de limar sus grillos, más aún, darle también piernas para correr, ó de lo contrario nunca podrá alcanzar la salvación.

Uso. Una exhortación á asegurar vuestro llamamiento.

“Procurad hacer firme vuestro llamamiento” (2 Ped. i. 10). Este es el gran negocio de nuestras vidas: obtener sólidas evidencias de nuestro llamamiento eficaz. No os conforméis con privilegios externos, no claméis como los judíos: “¡El templo del Señor!” (Jer. vii. 4). No descanséis en el bautismo; ¿qué es tener el agua y carecer del Espíritu? No os contentéis con que Cristo os haya sido predicado. No os satisfagáis con una profesión vacía; todo esto puede darse, y sin embargo no ser vosotros mejores que cometas fugaces. Antes bien, esforzaos por evidenciar á vuestras almas que sois llamados de Dios. No seáis atenienses que sólo inquieren novedades. ¿Cuál es el estado y semblante de los tiempos? ¿Qué mudanzas es probable que sucedan en tal año? ¿De qué sirve todo esto si no sois eficazmente llamados? ¿Qué importa que los tiempos tomen un aspecto más favorable? ¿De qué sirve que la gloria more en nuestra tierra, si la gracia no mora en nuestros corazones? Oh hermanos míos, cuando las cosas estén oscuras por fuera, que todo esté claro por dentro. Procurad hacer firme vuestro llamamiento; es cosa hacedera y probable. Dios no falta á los que le buscan. No dejéis este gran negocio pendiente por más tiempo. Si hubiese un litigio acerca de vuestra tierra, emplearíais todos los medios para aclarar vuestro título; ¿y la salvación no es nada? ¿No aclararéis aquí vuestro título? Considerad cuán triste es vuestro caso si no sois eficazmente llamados.

Sois extraños á Dios. El pródigo se fué á una provincia apartada (Luc. xv. 13), lo cual da á entender que todo pecador, antes de la conversión, está lejos de Dios. “En aquel tiempo estabais sin Cristo, extraños á los pactos de la promesa” (Efes. ii. 12). Los hombres que mueren en sus pecados no tienen más derecho á las promesas que los extraños al privilegio de los ciudadanos libres de nacimiento. Si sois extraños, ¿qué lenguaje podéis esperar de Dios sino éste: “¡No os conozco!”?

Si no sois eficazmente llamados, sois enemigos. “Extraños y enemigos” (Col. i. 21). No hay nada en la Biblia á que podáis apelar, sino á las amenazas. Sois herederos de todas las plagas escritas en el libro de Dios. Aunque podáis resistir los mandamientos de la ley, no podéis huir de las maldiciones de la ley. Los que son enemigos de Dios, lean su sentencia. “Y aun á aquellos mis enemigos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y degolladlos delante de mí” (Luc. xix. 27). Oh, ¡cómo debería importaros, pues, hacer firme vuestro llamamiento! ¡Cuán miserable y condenable será vuestra condición si la muerte os llama antes que os llame el Espíritu!

Pregunta. ¿Pero hay alguna esperanza de que yo sea llamado? He sido un gran pecador.

Respuesta. Grandes pecadores han sido llamados. Pablo fué un perseguidor, y sin embargo fué llamado. Algunos de los judíos que tuvieron mano en crucificar á Cristo fueron llamados. Dios ama mostrar su gracia gratuita á los pecadores. Por tanto, no te desanimes. Ves un cordón de oro descendido del cielo para que las pobres almas temblorosas se asgan de él.

Pregunta. ¿Pero cómo sabré que soy eficazmente llamado?

Respuesta. El que es salvíficamente llamado es llamado fuera de sí mismo, no sólo fuera del yo pecaminoso, sino también del yo justo; niega sus deberes y sus dotes morales. “No teniendo mi justicia” (Fil. iii. 9). Aquel cuyo corazón Dios ha tocado por su Espíritu pone el ídolo de la propia justicia á los pies de Cristo, para que él lo huelle. Se vale de la moralidad y de los deberes de piedad, pero no confía en ellos. La paloma de Noé se valió de sus alas para volar, mas confió en el arca para su seguridad. Esto es excelente: cuando un hombre es llamado fuera de sí mismo. Esta renuncia de sí, como dice Agustín, es el primer paso hacia la fe salvadora.

El que es eficazmente llamado tiene obrado en sí un cambio visible. No un cambio de las facultades, sino de las cualidades. Está alterado de lo que era antes. Su cuerpo es el mismo, mas no su mente; tiene otro espíritu. Pablo quedó tan cambiado después de su conversión que la gente no lo reconocía (Hech. ix. 21). Oh, ¡qué metamorfosis obra la gracia! “Y esto erais algunos; mas ya sois santificados, mas ya sois justificados” (1 Cor. vi. 11). La gracia cambia el corazón.

En el llamamiento eficaz se obra un triple cambio:

(1). Se obra un cambio en el entendimiento. Antes había ignorancia, tinieblas estaban sobre la faz del abismo; pero ahora hay luz, “ahora sois luz en el Señor” (Efes. v. 8). La primera obra de Dios en la creación del mundo fué la luz: así es en la nueva creación. El que es salvíficamente llamado dice con aquel hombre del evangelio: “Habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan ix. 25). Ve tal mal en el pecado, y tal excelencia en los caminos de Dios, como nunca antes había visto. En verdad, esta luz que trae el bendito Espíritu bien puede llamarse una luz admirable. “Para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado á su luz admirable” (1 Ped. ii. 9). Es una luz admirable en seis respectos. (i.) Porque es extrañamente transmitida. No viene de los orbes celestes donde están los planetas, sino del Sol de justicia. (ii.) Es admirable en su efecto. Esta luz hace lo que ninguna otra luz puede. Hace que el hombre perciba que él mismo es ciego. (iii.) Es una luz admirable, porque es más penetrante. Otra luz puede brillar sobre el rostro: esta luz brilla dentro del corazón é ilumina la conciencia (2 Cor. iv. 6). (iv.) Es una luz admirable, porque pone á maravillar á los que la tienen. Se maravillan de sí mismos, de cómo pudieron contentarse con estar tanto tiempo sin ella. Se maravillan de que sus ojos hayan sido abiertos, y no los de otros. Se maravillan de que, á pesar de haber aborrecido y resistido esta luz, ella haya brillado en el firmamento de sus almas. Esto es lo que los santos contemplarán con asombro por toda la eternidad. (v.) Es una luz admirable, porque es más vital que cualquier otra. No sólo alumbra, sino que vivifica; da vida á los que “estaban muertos en sus delitos y pecados” (Efes. ii. 1). Por eso se llama la “luz de la vida” (Juan viii. 12). (vi.) Es una luz admirable, porque es el principio de la luz sempiterna. La luz de la gracia es el lucero de la mañana que introduce la luz solar de la gloria.

Ahora bien, lector, ¿puedes decir que esta luz admirable del Espíritu ha amanecido sobre ti? Cuando estabas envuelto en la ignorancia, y no conocías ni á Dios ni á ti mismo, de repente una luz del cielo resplandeció en derredor tuyo. Esta es una parte de aquel bendito cambio que se obra en el llamamiento eficaz.

(2). Se obra un cambio en la voluntad. “El querer está en mí” (Rom. vii. 18). La voluntad, que antes se oponía á Cristo, ahora lo abraza. La voluntad, que era un nervio de hierro, es ahora como cera que se derrite: recibe fácilmente el cuño y la impresión del Espíritu Santo. La voluntad se mueve hacia el cielo, y arrastra tras de sí todos los orbes de los afectos. La voluntad regenerada responde á cada llamado de Dios, como el eco responde á la voz. “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hech. ix. 6). La voluntad se hace ahora voluntaria, se alista bajo el Capitán de la salvación (Heb. ii. 10). Oh, ¡qué feliz cambio se obra aquí! Antes, la voluntad mantenía á Cristo fuera; ahora, mantiene al pecado fuera.

(3). Hay un cambio en la conducta. El que es llamado de Dios anda directamente al contrario de lo que hacía antes. Antes andaba en envidia y malicia, ahora anda en amor; antes andaba en soberbia, ahora en humildad. La corriente es llevada por un camino enteramente distinto. Así como en el corazón hay un nuevo nacimiento, así en la vida hay una nueva edición. Vemos, pues, qué poderoso cambio se obra en aquellos que son llamados de Dios.

¡Cuán lejos están de este llamamiento eficaz los que jamás tuvieron cambio alguno! Son los mismos que eran hace cuarenta ó cincuenta años, tan soberbios y carnales como siempre. Han visto muchas mudanzas en sus tiempos, mas no han tenido ninguna mudanza en su corazón. No piensen los hombres saltar del regazo de la ramera (el mundo) al seno de Abraham; ó han de tener un cambio de gracia mientras viven, ó un cambio maldito cuando mueran.

El que es llamado de Dios estima este llamamiento como la más alta bendición. Un rey á quien Dios ha llamado por su gracia estima más el ser llamado á ser santo que el ser llamado á ser rey. Valora más su alto llamamiento que su alta cuna. Teodosio tenía por mayor honra ser cristiano que ser emperador. Una persona carnal no puede apreciar las bendiciones espirituales, como tampoco un niño de pecho puede apreciar un collar de diamantes. Prefiere su grandeza mundana, su comodidad, su abundancia y sus títulos de honor á la conversión. Preferiría ser llamado duque antes que santo, señal de que es extraño al llamamiento eficaz. El que es iluminado por el Espíritu tiene la santidad por su mejor blasón, y mira su llamamiento eficaz como su ascenso. Cuando ha recibido este grado, es candidato al cielo.

El que es eficazmente llamado es llamado fuera del mundo. Es un “llamamiento celestial” (Heb. iii. 1). El que es llamado de Dios atiende á las cosas de aspecto celestial; está en el mundo, mas no es del mundo. Dicen los naturalistas de las piedras preciosas que, aunque tienen su materia de la tierra, su lustre centelleante proviene del influjo de los cielos: así es con el hombre piadoso; aunque su cuerpo sea de la tierra, el centelleo de sus afectos proviene del cielo; su corazón es atraído á la región superior, tan alto como Cristo. No sólo se despoja de toda obra malvada, sino de todo peso terrenal. No es un gusano, sino un águila.

Otra señal de nuestro llamamiento eficaz es la diligencia en nuestro llamado ordinario. Algunos se jactan de su alto llamamiento, pero yacen ociosos al ancla. La religión no extiende licencias á la ociosidad. Los cristianos no han de ser perezosos. La ociosidad es el baño del diablo; la persona perezosa viene á ser presa de toda tentación. La gracia, aunque cura el corazón, no deja tullida la mano. El que es llamado de Dios, así como trabaja por el cielo, también trabaja en su oficio.

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Todas las cosas para bien Thomas Watson

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