Capítulo 8 · 28 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Una exhortación a amar a Dios
1. Una exhortación. Permítanme persuadir encarecidamente a todos los que llevan el nombre de cristianos a que se hagan amadores de Dios. “Amad á Jehová todos sus santos” (Salmo xxxi. 23). Pocos hay que amen a Dios: muchos le dan besos hipócritas, pero pocos le aman. No es tan fácil amar a Dios como la mayoría imagina. El afecto del amor es natural, pero la gracia no lo es. Los hombres son por naturaleza aborrecedores de Dios (Rom. i. 30). Los malos huirían de Dios; no querrían estar ni bajo sus reglas, ni al alcance de su mano. Temen a Dios, pero no le aman. Toda la fuerza que hay en los hombres o en los ángeles no puede hacer que el corazón ame a Dios. Las ordenanzas no lo harán por sí mismas, ni los juicios; solo el poder todopoderoso e invencible del Espíritu de Dios puede infundir el amor en el alma. Siendo esta una obra tan ardua, nos exige tanto más ferviente oración y esfuerzo en pos de esta angélica gracia del amor. Para excitar e inflamar nuestros deseos de ella, prescribiré veinte motivos para amar a Dios.
(1). Sin este, toda nuestra religión es vana. No es el deber, sino el amor al deber, lo que Dios mira. No es cuánto hacemos, sino cuánto amamos. Si un siervo no hace su trabajo de buena gana, y por amor, no es aceptable. Los deberes no mezclados con amor son tan gravosos a Dios como lo son a nosotros. Por eso David aconseja a su hijo Salomón que sirva a Dios con ánimo voluntario (1 Crón. xxviii. 9). Cumplir el deber sin amor no es sacrificio, sino penitencia.
(2). El amor es la más noble y excelente de las gracias. Es una llama pura encendida desde el cielo; por él nos asemejamos a Dios, que es amor. El creer y el obedecer no nos hacen semejantes a Dios, pero por el amor crecemos semejantes a Él (1 Juan iv. 16). El amor es una gracia que más se deleita en Dios, y que más deleita a Dios. Aquel discípulo que estaba más lleno de amor, reposaba en el seno de Cristo. El amor pone verdor y lustre en todas las gracias: las gracias parecen eclipsadas, a menos que el amor brille y centellee en ellas. La fe no es verdadera si no obra por amor. Las aguas del arrepentimiento no son puras si no fluyen del manantial del amor. El amor es el incienso que hace fragantes y aceptables a Dios todos nuestros servicios.
(3). ¿Es acaso irrazonable lo que Dios pide? No es sino nuestro amor. Si nos pidiera nuestra hacienda, o el fruto de nuestro cuerpo, ¿podríamos negárselo? Pero solo pide nuestro amor: solo quiere recoger esta flor. ¿Es esta una petición dura? ¿Hubo jamás deuda tan fácil de pagar como esta? En modo alguno nos empobrecemos al pagarla. El amor no es carga. ¿Es acaso trabajo para la esposa amar a su marido? El amor es deleitoso.
(4). Dios es el objeto más adecuado y completo de nuestro amor. Todas las excelencias que yacen esparcidas en las criaturas, están unidas en Él. Es sabiduría, hermosura, amor; sí, la esencia misma de la bondad. No hay nada en Dios que pueda causar hastío; la criatura antes empalaga que satisface, pero en Dios centellean siempre nuevas hermosuras. Cuanto más gozamos de Él, más somos arrebatados de deleite.
No hay nada en Dios que amortigüe nuestros afectos o apague nuestro amor; ni flaqueza, ni deformidad, como las que suelen debilitar y enfriar el amor. Hay en Dios tal excelencia que no solo puede invitar, sino mandar nuestro amor. Si hubiera en el cielo más ángeles de los que hay, y todos aquellos gloriosos serafines tuvieran en su pecho una inmensa llama de amor ardiendo por la eternidad, con todo no podrían amar a Dios en proporción a aquella infinita perfección y trascendencia de bondad que hay en Él. De seguro, pues, aquí hay bastante para inducirnos a amar a Dios; no podemos gastar nuestro amor en un mejor objeto.
(5). El amor facilita la religión. Engrasa las ruedas de los afectos, y los hace más vivos y alegres en el servicio de Dios. El amor quita lo tedioso del deber. Jacob tuvo por pocos siete años, por el amor que tenía a Raquel. El amor hace del deber un placer. ¿Por qué son los ángeles tan raudos y alados en el servicio de Dios? Porque le aman. El amor nunca se cansa. El que ama a Dios, nunca se cansa de decirlo. El que ama a Dios, nunca se cansa de servirle.
(6). Dios desea nuestro amor. Hemos perdido nuestra hermosura, y manchado nuestra sangre, y sin embargo el Rey del cielo nos pretende. ¿Qué hay en nuestro amor, para que Dios lo busque? ¿Qué gana Dios con nuestro amor? No lo necesita, Él es infinitamente bienaventurado en sí mismo. Si le negamos nuestro amor, tiene criaturas más sublimes que le pagan el alegre tributo del amor. Dios no necesita nuestro amor, y sin embargo lo busca.
(7). Dios ha merecido nuestro amor; ¡cómo nos ha amado! Nuestros afectos debieran encenderse al fuego del amor de Dios. ¡Qué milagro de amor es que Dios nos amara, cuando no había nada amable en nosotros! “Cuando estabas en tu sangre, te dije: Vive” (Ezeq. xvi. 6). El tiempo de nuestro aborrecimiento fue el tiempo del amor de Dios. Teníamos algo en nosotros para provocar la ira, pero nada para excitar el amor. ¡Qué amor, que sobrepuja el entendimiento, fue darnos a Cristo! ¡Que Cristo muriera por pecadores! Dios ha puesto a todos los ángeles del cielo a maravillarse de este amor. Dice Agustín: “La cruz es un púlpito, y la lección que Cristo predicó en ella es el amor.” ¡Oh el vivo amor de un Salvador moribundo! Me parece que veo a Cristo en la cruz, sangrando por todas partes. Me parece oírle decirnos: “Extended acá vuestras manos. Metedlas en mi costado. Palpad mi corazón sangrante. Ved si no os amo. ¿Y no me daréis vuestro amor? ¿Amaréis al mundo más que a mí? ¿Aplacó el mundo por vosotros la ira de Dios? ¿No he hecho yo todo esto? ¿Y no me amaréis?” Es natural amar allí donde somos amados. Habiéndonos dado Cristo un modelo de amor, y escrito con su sangre, esforcémonos por escribir conforme a un modelo tan hermoso, y por imitarle en amor.
(8). El amor a Dios es el mejor amor propio. Es amor propio procurar la salvación del alma; amando a Dios, adelantamos nuestra propia salvación. “El que mora en amor, en Dios mora, y Dios en él” (1 Juan iv. 16). Y está seguro de morar con Dios en el cielo, aquel que tiene a Dios morando en su corazón. De modo que amar a Dios es el más verdadero amor propio; el que no ama a Dios, no se ama a sí mismo.
(9). El amor a Dios evidencia la sinceridad. “Los rectos te aman” (Cant. i. 4). Muchos hijos de Dios temen ser hipócritas. ¿Amas a Dios? Cuando Pedro estaba abatido por el sentimiento de su pecado, se juzgaba indigno de que Cristo alguna vez reparara en él, o le empleara más en la obra de su apostolado; mira cómo Cristo procura consolarle. “Pedro, ¿me amas?” (Juan xxi. 15). Como si Cristo hubiera dicho: “Aunque me has negado por temor, con todo, si puedes decir de corazón que me amas, eres sincero y recto.” Amar a Dios es mejor señal de sinceridad que temerle. Los israelitas temían la justicia de Dios. “Cuando los mataba, entonces le buscaban, y madrugaban á buscar á Dios” (Salmo lxxviii. 34). Pero ¿en qué vino a parar todo esto? “Mas le lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían; pues sus corazones no eran rectos con él” (versículos 36, 37). Aquel arrepentimiento no es mejor que lisonja, el cual nace solo del temor de los juicios de Dios, y no tiene amor mezclado en él. Amar a Dios evidencia que Dios tiene el corazón; y si el corazón es suyo, eso mandará todo lo demás.
(10). Por nuestro amor a Dios, podemos concluir el amor de Dios hacia nosotros. “Nosotros le amamos á él, porque él nos amó primero” (1 Juan iv. 19). ¡Oh!, dice el alma, si supiera que Dios me ama, podría regocijarme. ¿Amas a Dios? Entonces puedes estar seguro del amor de Dios hacia ti. Como sucede con los vidrios ustorios: si el vidrio arde, es porque el sol ha brillado primero sobre él, de otro modo no podría arder; así, si nuestro corazón arde en amor a Dios, es porque el amor de Dios ha brillado primero sobre nosotros, de otro modo no podríamos arder en amor. Nuestro amor no es sino el reflejo del amor de Dios.
(11). Si no amas a Dios, amarás alguna otra cosa, o el mundo o el pecado; ¿y son estos dignos de tu amor? ¿No es mejor amar a Dios que a estos? Es mejor amar a Dios que al mundo, como aparece en los siguientes puntos.
Si pones tu amor en las cosas del mundo, no te satisfarán. Tanto podrías saciar tu cuerpo con aire, como tu alma con tierra. “En la plenitud de su abundancia padecerá estrechez” (Job xx. 22). La abundancia tiene su penuria. Si el globo del mundo fuera tuyo, no llenaría tu alma. ¿Y pondrás tu amor en aquello que nunca te dará contentamiento? ¿No es mejor amar a Dios? Él te dará lo que te satisfaga. “Cuando despertare, me saciaré á tu semejanza” (Salmo xvii. 15). Cuando despierte del sueño de la muerte, y me sean puestos algunos de los rayos y destellos de la gloria de Dios, entonces me saciaré a su semejanza.
Si amas las cosas del mundo, no pueden quitar la turbación de la mente. Si hay una espina en la conciencia, todo el mundo no puede arrancarla. El rey Saúl, angustiado en su mente, no pudo ser consolado por todas las joyas de su corona (1 Sam. xxviii. 15). Pero si amas a Dios, Él puede darte paz cuando nada más puede; puede tornar la “ sombra de muerte en mañana” (Amós v. 8). Puede aplicar la sangre de Cristo para refrescar tu alma; puede susurrar su amor por el Espíritu, y con una sola sonrisa disipar todos tus temores y desasosiegos.
Si amas el mundo, amas aquello que puede dejarte fuera del cielo. Los contentamientos mundanos pueden compararse a los carros de bagaje de un ejército; mientras los soldados se abastecían junto a los carros, perdieron la batalla. “¡Cuán dificultosamente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” (Marcos x. 23). La prosperidad, para muchos, es como la vela para la barca, que pronto la vuelca; de modo que, amando el mundo, amas aquello que te pondrá en peligro. Pero si amas a Dios, no hay temor de perder el cielo. Él será una Roca para esconderte, mas no para herirte. Amándole, llegamos a gozar de Él.
Puedes amar las cosas del mundo, pero ellas no pueden amarte a ti. Amas el oro y la plata, pero tu oro no puede amarte a ti. Amas un cuadro, pero el cuadro no puede amarte a ti. Das tu amor a la criatura, y no recibes amor a cambio. Pero si amas a Dios, Él te amará a cambio. “Si alguno me ama, mi Padre le amará, y vendremos á él, y haremos con él morada” (Juan xiv. 23). Dios no se quedará atrás en amor hacia nosotros: por nuestra gota, recibiremos un océano.
Cuando amas el mundo, amas aquello que es peor que tú mismo. El alma, como dice Damasceno, es una chispa de resplandor celestial; lleva en sí una idea y semejanza de Dios. Mientras amas el mundo, amas aquello que está infinitamente por debajo del valor de tu alma. ¿Gastará alguien su hacienda en cilicio? Cuando gastas tu amor en el mundo, cuelgas una perla de un cerdo, amas aquello que es inferior a ti mismo. Como dice Cristo, en otro sentido, de las aves del cielo: “¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?” (Mat. vi. 26), así digo yo de las cosas del mundo: ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas? Amas una hermosa casa, un bello cuadro; ¿no eres tú mucho mejor que ellos? Pero si amas a Dios, pones tu amor en el objeto más noble y sublime: amas aquello que es mejor que tú mismo. Dios es mejor que el alma, mejor que los ángeles, mejor que el cielo.
Puedes amar el mundo, y tener odio por tu amor. “Porque no sois del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Juan xv. 19). ¿No sería una vejación gastar dinero en un pedazo de tierra que, en lugar de dar trigo o uvas, no produjera sino ortigas? Así es con todas las cosas de aquí abajo: las amamos, y resultan ortigas que pican. No encontramos sino desengaño. “Salga fuego de la zarza, y devore los cedros del Líbano” (Jue. ix. 15). Mientras amamos la criatura, sale fuego de esta zarza para devorarnos; pero si amamos a Dios, Él no devolverá odio por amor. “Yo amo á los que me aman” (Prov. viii. 17). Dios podrá castigar, pero no puede aborrecer. Todo creyente es parte de Cristo, y tan pronto podría Dios aborrecer a Cristo como aborrecer a un creyente.
Puedes amar en exceso la criatura. Puedes amar el vino demasiado, y la plata demasiado; pero no puedes amar a Dios demasiado. Si fuera posible excederse, el exceso aquí sería una virtud; pero es nuestro pecado que no podamos amar a Dios lo bastante. “¡Cuán flaco es tu corazón!” (Ezeq. xvi. 30). Así puede decirse: ¡Cuán flaco es nuestro amor a Dios! Es como el agua de la última destilación del alambique, que tiene menos espíritu en ella. Aunque pudiéramos amar a Dios mucho más de lo que le amamos, con todo no sería proporcionado a su valor; de modo que no hay peligro de exceso en nuestro amor a Dios.
Puedes amar las cosas del mundo, y ellas mueren y te dejan. Las riquezas toman alas, los parientes se van cayendo. Nada hay aquí permanente; la criatura tiene un poco de miel en su boca, pero tiene alas, pronto volará lejos. Pero si amas a Dios, Él es “ porción para siempre” (Salmo lxxiii. 26). Así como se le llama Sol para consuelo, así también Roca para la eternidad; permanece para siempre. Así vemos que es mejor amar a Dios que al mundo.
Si es mejor amar a Dios que al mundo, de seguro también es mejor amar a Dios que al pecado. ¿Qué hay en el pecado, para que alguien lo ame? El pecado es una deuda. “ Perdónanos nuestras deudas” (Mat. vi. 12). Es una deuda que nos entrega a la ira de Dios; ¿por qué habríamos de amar el pecado? ¿Ama algún hombre estar endeudado? El pecado es una enfermedad. “Toda cabeza está enferma” (Isa. i. 5). ¿Y amarás el pecado? ¿Abrazará alguien una enfermedad? ¿Amará sus llagas pestilentes? El pecado es una contaminación. El apóstol lo llama “inmundicia” (Sant. i. 21). Se compara a la lepra y al veneno de áspides. El corazón de Dios se subleva contra los pecadores. “Mi alma los aborreció” (Zac. xi. 8). El pecado es un monstruo deforme: la concupiscencia hace al hombre brutal, la malicia lo hace diabólico. ¿Qué hay en el pecado que amar? ¿Amaremos la deformidad? El pecado es un enemigo. Se compara a una “serpiente” (Prov. xxiii. 32). Tiene cuatro aguijones: vergüenza, culpa, horror, muerte. ¿Amará un hombre aquello que busca su muerte? De seguro, pues, es mejor amar a Dios que al pecado. Dios te salvará, el pecado te condenará; ¿no se ha vuelto necio el que ama la condenación?
(12). La relación en que estamos con Dios reclama amor. Hay cercano parentesco. “Tu Hacedor es tu marido” (Isa. liv. 5). ¿Y no amará una esposa a su marido? Él está lleno de ternura: su esposa es para Él como la niña de sus ojos. Se regocija sobre ella, como el esposo sobre la novia (Isa. lxii. 5). Ama al creyente, como ama a Cristo (Juan xvii. 26). El mismo amor en cualidad, aunque no en igualdad. O amamos a Dios, o damos motivo de sospecha de que aún no estamos unidos a Él.
(13). El amor es la gracia más perdurable. Esta permanecerá con nosotros cuando las demás gracias se despidan. En el cielo no necesitaremos arrepentimiento, porque no tendremos pecado. En el cielo no necesitaremos paciencia, porque no habrá aflicción. En el cielo no necesitaremos fe, porque la fe mira a las cosas que no se ven (Heb. xi. 1). Pero entonces veremos a Dios cara a cara; y donde hay visión, no hay necesidad de fe.
Pero cuando las demás gracias hayan caducado, el amor continúa; y en este sentido dice el apóstol que el amor es mayor que la fe, porque perdura más tiempo. “La caridad nunca deja de ser” (1 Cor. xiii. 8). La fe es el báculo con que caminamos en esta vida. “Por fe andamos” (2 Cor. v. 7). Pero dejaremos este báculo a la puerta del cielo, y solo el amor entrará. Así el amor se lleva la corona de entre todas las demás gracias. El amor es la gracia de más larga vida, es un capullo de eternidad. ¡Cómo debiéramos esforzarnos por sobresalir en esta gracia, que es la única que vivirá con nosotros en el cielo, y nos acompañará a la cena de las bodas del Cordero!
(14). El amor a Dios nunca dejará que el pecado prospere en el corazón. Algunas plantas no prosperan cuando están juntas: el amor de Dios marchita el pecado. Aunque el viejo hombre vive, con todo, como un hombre enfermo, está débil, y respira entrecortadamente. La flor del amor mata la mala hierba del pecado; aunque el pecado no muere del todo, sin embargo muere cada día. ¡Cómo debiéramos trabajar por aquella gracia que es el único cáustico para destruir el pecado!
(15). El amor a Dios es un excelente medio para el crecimiento de la gracia. “Antes creced en la gracia” (2 Pe. iii. 18). El crecimiento en la gracia es muy agradable a Dios. Cristo acepta la verdad de la gracia, pero encomia los grados de la gracia; ¿y qué puede promover y aumentar más la gracia que el amor a Dios? El amor es como regar la raíz, que hace crecer el árbol. Por eso usa el apóstol esta expresión en su oración: “El Señor enderece vuestros corazones en el amor de Dios” (2 Tes. iii. 5). Sabía que esta gracia del amor nutriría y sustentaría todas las gracias.
(16). El gran beneficio que nos vendrá, si amamos a Dios. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni han entrado en corazón de hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor. ii. 9). El ojo ha visto raros espectáculos, el oído ha oído dulce música; pero ni ojo vio, ni oído oyó, ni puede el corazón del hombre concebir lo que Dios ha preparado para los que le aman. Tan gloriosos galardones están reservados que, como dice Agustín, la fe misma no es capaz de comprenderlos. Dios ha prometido una corona de vida a los que le aman (Sant. i. 12). Esta corona encierra en sí toda bienaventuranza — riquezas, gloria y deleite: y es una corona que no se marchita (1 Pe. v. 4). Así quiere Dios atraernos a Él con galardones.
(17). El amor a Dios es armadura probada contra el error. Por falta de corazones llenos de amor, tienen los hombres cabezas llenas de error; las opiniones impías nacen de la falta de santos afectos. ¿Por qué son entregados los hombres a poderosos engaños? Porque “no recibieron el amor de la verdad” (2 Tes. ii. 10, 11). Cuanto más amamos a Dios, más aborrecemos aquellas opiniones heterodoxas que quisieran apartarnos de Dios hacia el libertinaje.
(18). Si amamos a Dios, tenemos todos los vientos soplando a favor nuestro, todo en el mundo conspirará para nuestro bien. No sabemos qué pruebas de fuego podremos encontrar, pero a los que aman a Dios todas las cosas obrarán para bien. Aquellas cosas que obran contra ellos, obrarán para ellos; su cruz abrirá camino a una corona; todo viento los llevará al puerto celestial.
(19). La falta de amor a Dios es la causa de la apostasía. La semilla de la parábola, que no tenía raíz, se secó. El que no tiene el amor de Dios arraigado en su corazón caerá en el tiempo de la tentación. El que ama a Dios se allegará a Él, como Rut a Noemí. “Adondequiera que tú fueres, iré yo, y donde tú murieres, moriré yo” (Rut i. 16, 17). Pero el que carece de amor a Dios hará como Orfa con su suegra: la besó, y se despidió de ella. Aquel soldado que no tiene amor a su comandante, cuando vea la ocasión, lo dejará, y se pasará al bando enemigo. El que no tiene amor en su corazón a Dios, ya puedes tenerlo por apóstata.
(20). El amor es lo único en que podemos corresponder a Dios. Si Dios se enoja con nosotros, no debemos enojarnos a nuestra vez; si nos reprende, no debemos reprenderle a nuestra vez; pero si Dios nos ama, debemos amarle a nuestra vez. No hay nada en que podamos responder a Dios, sino el amor. No debemos darle palabra por palabra, pero debemos darle amor por amor.
Así hemos visto veinte motivos para excitar e inflamar nuestro amor a Dios.
Pregunta. ¿Qué haremos para amar a Dios?
Respuesta. Estudia a Dios. Si le estudiáramos más, le amaríamos más. Contempla sus excelencias superlativas, su santidad, su incomprensible bondad. Los ángeles conocen a Dios mejor que nosotros, y contemplan claramente el esplendor de su majestad; por eso están tan profundamente enamorados de Él.
Procura tener parte en Dios. “Oh Dios, tú eres mi Dios” (Salmo lxiii. 1). Ese pronombre ‘mío’ es un dulce imán para el amor; el hombre ama lo que es suyo. Cuanto más creemos, más amamos: la fe es la raíz, y el amor es la flor que crece sobre ella. “La fe que obra por el amor” (Gál. v. 6).
Haz tu ferviente petición a Dios, de que te dé un corazón para amarle. Esta es una petición aceptable, de seguro Dios no la negará. Cuando el rey Salomón pidió sabiduría a Dios, “Da, pues, á tu siervo corazón entendido” (1 Reyes iii. 9), “esta palabra agradó al Señor” (versículo 10). Así, cuando clames a Dios: “Señor, dame un corazón para amarte. Es mi dolor no poder amarte más. ¡Oh, enciende este fuego desde el cielo sobre el altar de mi corazón!”, de seguro esta oración agrada al Señor, y Él derramará de su Espíritu sobre ti, cuyo óleo dorado hará arder brillante la lámpara de tu amor.
2. Una exhortación a preservar tu amor a Dios.
Tú que tienes amor a Dios, trabaja por preservarlo; no dejes que este amor muera y se apague.
Como querrías que el amor de Dios te fuese continuado, sea continuado tu amor hacia Él. El amor, como el fuego, estará pronto a apagarse. “Has dejado tu primer amor” (Apoc. ii. 4). Satanás se afana por apagar esta llama, y por descuido del deber la perdemos. Cuando un cuerpo delicado deja las ropas, está propenso a resfriarse: así, cuando dejamos el deber, por grados nos enfriamos en nuestro amor a Dios. De todas las gracias, el amor es la más propensa a decaer; por tanto, tenemos necesidad de ser tanto más cuidadosos en preservarlo. Si un hombre tiene una joya, la guarda; si tiene tierras de heredad, las guarda; ¡qué cuidado, pues, debiéramos poner en guardar esta gracia del amor! Es triste ver a los que hacen profesión declinar en su amor a Dios; muchos están en una consunción espiritual, su amor va decayendo.
Hay cuatro señales por las cuales los cristianos pueden conocer que su amor está en consunción.
(1). Cuando han perdido el gusto. El que está en una profunda consunción no tiene gusto; no halla en su comida aquel sabor grato de antes. Así, cuando los cristianos han perdido el gusto, y no hallan dulzura en una promesa, es señal de una consunción espiritual. “Si empero habéis gustado que el Señor es benigno” (1 Pe. ii. 3). Hubo un tiempo en que hallaban consuelo en acercarse a Dios. Su Palabra era como miel que gotea, muy deliciosa al paladar de su alma, pero ahora es de otro modo. No pueden gustar más dulzura en las cosas espirituales que en la “clara del huevo” (Job vi. 6). Esta es señal de que están en consunción; perder el gusto arguye la pérdida del primer amor.
(2). Cuando los cristianos han perdido el apetito. El hombre que está en una profunda consunción no tiene aquel gusto por la comida que antes tenía. Hubo un tiempo en que los cristianos tenían “hambre y sed de justicia” (Mat. v. 6). Atendían a las cosas de aspecto celestial, la gracia del Espíritu, la sangre de la cruz, la luz del rostro de Dios. Anhelaban las ordenanzas, y venían a ellas como el hambriento a un banquete. Pero ahora el caso ha cambiado. No tienen apetito, ya no estiman tanto a Cristo, no tienen tan fuertes afectos por la Palabra, su corazón no arde dentro de ellos; triste presagio: están en consunción, su amor va decayendo. Fue señal de que la fuerza natural de David había menguado el que le cubrieran de ropa, y con todo no se calentaba (1 Reyes i. 1). Así, cuando a los hombres se les cubre de ropas calientes (me refiero a las ordenanzas), y con todo no tienen calor de afecto, sino que están fríos y rígidos, como si estuvieran listos para ser amortajados; esta es señal de que su primer amor ha declinado, están en una profunda consunción.
(3). Cuando los cristianos se enamoran más del mundo, arguye la disminución del amor espiritual. Fueron una vez de un temple sublime y celestial, hablaban la lengua de Canaán: pero ahora son como el pez del evangelio, que tenía dinero en la boca (Mat. xvii. 27). No pueden balbucear tres palabras, sin que una sea acerca de las riquezas. Sus pensamientos y afectos, como Satanás, andan aún rodeando la tierra, señal de que van cuesta abajo a toda prisa, su amor a Dios está en consunción. Podemos observar que, cuando la naturaleza decae y se debilita, las personas andan más encorvadas: y en verdad, cuando el corazón anda más encorvado hacia la tierra, y está tan doblado que apenas puede levantarse a un pensamiento celestial, es que ahora declina tristemente en su primer amor. Cuando el orín se adhiere al metal, no solo le quita el brillo, sino que lo corroe y lo consume: así, cuando la tierra se adhiere al alma de los hombres, no solo estorba el brillo resplandeciente de sus gracias, sino que por grados las corroe.
(4). Cuando los cristianos hacen poco caso del culto de Dios. Los deberes de la religión se cumplen de una manera muerta y formal; si no se dejan sin hacer, con todo se hacen mal. Este es un triste síntoma de una consunción espiritual; la flojedad en el deber muestra un decaimiento en nuestro primer amor. Estando flojas las cuerdas de un violín, el violín nunca puede hacer buena música; cuando los hombres se vuelven flojos en el deber, oran como si no oraran; esto nunca puede hacer sonido armonioso alguno en los oídos de Dios. Cuando el movimiento espiritual es lento y pesado, y el pulso del alma late débil, es señal de que los cristianos han dejado su primer amor.
Guardémonos de esta consunción espiritual; es peligroso menguar en nuestro amor. El amor es una gracia sin la cual no sabemos cómo pasar. Tan bien puede estar un soldado sin sus armas, un artista sin su pincel, un músico sin su instrumento, como puede un cristiano estar sin amor. El cuerpo no puede carecer de su calor natural. El amor es al alma lo que el calor natural es al cuerpo, no hay vida sin él. El amor influye en las gracias, excita los afectos, nos hace dolernos del pecado, nos hace alegres en Dios; es como aceite para las ruedas; nos aviva en el servicio de Dios. ¡Cuán cuidadosos debiéramos ser, pues, en mantener vivo nuestro amor a Dios!
Pregunta. ¿Cómo podremos guardar nuestro amor de apagarse?
Respuesta. Vela sobre tu corazón cada día. Advierte los primeros declives en la gracia. Obsérvate cuando comiences a volverte apagado y desganado, y usa todos los medios para avivarte. Sé constante en la oración, la meditación y la santa conferencia. Cuando el fuego se está apagando, echas más leña: así, cuando la llama de tu amor se está apagando, sírvete de las ordenanzas y de las promesas del evangelio, como leña para mantener ardiendo el fuego de tu amor.
3. Una exhortación a acrecentar tu amor a Dios. Permítanme exhortar a los cristianos a acrecentar su amor a Dios. Sea vuestro amor elevado más alto. “Y esto pido, que vuestro amor abunde aún más y más” (Fil. i. 9). Nuestro amor a Dios debiera ser como la luz de la mañana: primero rompe el alba, luego brilla más y más hasta el pleno mediodía. Los que tienen unas pocas chispas de amor debieran avivar esas divinas chispas hasta hacerlas llama. El cristiano no debiera contentarse con una porción tan pequeña de gracia, que le haga dudar si tiene alguna gracia o no, sino que debiera aumentar siempre el caudal. El que tiene un poco de oro, quisiera más; tú que amas a Dios un poco, trabaja por amarle más. El hombre piadoso está contento con muy poco del mundo; y sin embargo nunca está satisfecho, sino que quisiera más de la influencia del Espíritu, y se afana por añadir un grado de amor a otro. Para persuadir a los cristianos a poner más aceite en la lámpara, y acrecentar la llama de su amor, permítanme proponer estos cuatro divinos incentivos.
(1). El crecimiento del amor evidencia su verdad. Si veo el almendro brotar y florecer, sé que hay vida en la raíz. La pintura no crece; un hipócrita, que no es sino un cuadro, no crecerá. Pero donde vemos el amor a Dios aumentar y agrandarse, como la nube de Elías, podemos concluir que es verdadero y genuino.
(2). Por el crecimiento del amor imitamos a los santos de la Biblia. Su amor a Dios, como las aguas del santuario, subía más alto. El amor de los discípulos a Cristo al principio era débil, huyeron de Cristo; pero después de la muerte de Cristo se hizo más vigoroso, e hicieron abierta profesión de Él. El amor de Pedro al principio era más endeble y lánguido, negó a Cristo; pero después, ¡con cuánta osadía le predicó! Cuando Cristo lo puso a prueba de su amor, “Simón, ¿me amas?” (Juan xxi. 16), Pedro pudo hacer a Cristo su humilde y a la vez confiada apelación: “Señor, tú sabes que te amo.” Así, aquella tierna planta que antes fue derribada por el viento de una tentación, ahora ha crecido hasta ser un cedro, que todos los poderes del infierno no pueden sacudir.
(3). El crecimiento del amor amplificará el galardón. Cuanto más ardamos en amor, más resplandeceremos en gloria: cuanto más alto nuestro amor, más brillante nuestra corona.
(4). Cuanto más amemos a Dios, más amor recibiremos de Él. ¿Querríamos que Dios nos descubriera los dulces secretos de su amor? ¿Querríamos las sonrisas de su rostro? ¡Oh, entonces esforcémonos por grados más altos de amor! San Pablo tuvo por estiércol el oro y las perlas por amor de Cristo (Fil. iii. 8). Es más, estaba tan inflamado de amor a Dios, que hubiera querido ser él mismo maldito, apartado de Cristo, por sus hermanos los judíos (Rom. ix. 3). No que pudiera ser apartado de Cristo; pero tal era su ferviente amor y piadoso celo por la gloria de Dios, que se habría contentado con sufrir, aun más allá de lo que es lícito decir, con tal que Dios pudiera recibir más honra.
Aquí estuvo el amor llevado al más alto punto a que le fuera posible llegar a un mortal: y he aquí cuán cerca yacía él del corazón de Dios. El Señor lo lleva al cielo por un tiempo, y lo pone en su seno, donde tuvo tan gloriosa visión de Dios, y oyó aquellas “palabras inefables, que al hombre no le es lícito hablar” (2 Cor. xii. 4). Nunca hubo hombre alguno que saliera perdiendo por su amor a Dios.
Si nuestro amor a Dios no aumenta, pronto disminuirá. Si el fuego no se aviva, pronto se apagará. Por tanto, los cristianos debieran, sobre todas las cosas, esforzarse por avivar y excitar su amor a Dios. Esta exhortación habrá caducado cuando lleguemos al cielo, pues entonces nuestra luz será clara, y nuestro amor perfecto; pero ahora es oportuno exhortar, para que nuestro amor a Dios abunde aún más y más.