Capítulo 10 · 8 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Exhortaciones á los que son llamados
SI, después de examinarte, hallas que eres eficazmente llamado, tengo tres exhortaciones para ti.
1. Admira y adora la gracia gratuita de Dios al llamarte — ¡que Dios pasara por alto á tantos, que pasara de largo á los sabios y á los nobles, y que la suerte de la gracia gratuita cayera sobre ti! ¡Que te sacara de un estado de servidumbre, de moler en el molino del diablo, y te pusiera sobre los príncipes de la tierra, y te llamara á heredar el trono de gloria! Cae de rodillas, prorrumpe en un agradecido triunfo de alabanza: sean tus corazones instrumentos de diez cuerdas, para hacer resonar el memorial de la misericordia de Dios. Ninguno tan endeudado con la gracia gratuita como tú, y ninguno debería estar tan alto encumbrado en el pináculo de la acción de gracias. Di como el dulce cantor: “Ensalzarte he, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre todos los días; y para siempre bendeciré tu nombre” (Salmo cxlv. 1, 2). Los que son dechados de misericordia deberían ser trompetas de alabanza. Oh, anhela estar en el cielo, donde tus acciones de gracias serán más puras y se elevarán una nota más alto.
2. Compadece á los que aún no son llamados. Los pecadores vestidos de grana no son objeto de envidia, sino de compasión; están bajo “la potestad de Satanás” (Hech. xxvi. 18). Pisan cada día el borde del pozo sin fondo; ¡y qué será si la muerte los arroja en él! Oh, compadece á los pecadores no convertidos. Si te compadeces de un buey ó de un asno que se extravía, ¿no te compadecerás de un alma que se extravía de Dios, que ha perdido su camino y su juicio, y está sobre el precipicio de la condenación?
Más aún, no sólo compadece á los pecadores, sino ora por ellos. Aunque maldigan, ora tú; orarías por personas dementes; los pecadores están dementes. “Y volviendo en sí” (Luc. xv. 17). Parece que el pródigo, antes de la conversión, no estaba en sí. Los hombres malvados van al patíbulo . el pecado es el dogal que los estrangula, la muerte los arroja de la escalera, y el infierno es su lugar de ardor; ¿y no orarás por ellos cuando los ves en tal peligro?
3. Vosotros que sois eficazmente llamados, honrad vuestro alto llamamiento. “Yo, pues, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que sois llamados” (Efes. iv. 1). Los cristianos han de guardar el decoro, han de observar lo que es honesto. Este es un consejo oportuno, cuando muchos que profesan ser llamados de Dios, sin embargo, por su andar suelto é irregular, echan una mancha sobre la religión, por lo cual los caminos de Dios son mal hablados. Es dicho de Salviano: “¿Qué dicen los paganos cuando ven á los cristianos vivir escandalosamente? Seguramente Cristo no les enseñó nada mejor.” ¿Reprocharás á Cristo, y le harás padecer de nuevo, abusando de tu llamamiento celestial? Es uno de los espectáculos más tristes ver á un hombre alzar las manos en oración, y con esas mismas manos oprimir; oír que la misma lengua alabe á Dios en un momento, y en otro mienta y calumnie; oír á un hombre que en palabras profesa á Dios, y en obras lo niega. Oh, ¡cuán indigno es esto! El tuyo es un llamamiento santo, ¿y serás impío? No pienses que puedes tomarte licencia como hacen los demás. El nazareo que tenía un voto sobre sí se separaba para Dios y prometía abstinencia; aunque otros bebiesen vino, no le convenía al nazareo hacerlo. Así, aunque otros sean sueltos y vanos, no conviene esto á los que son apartados para Dios por el llamamiento eficaz. ¿No son las flores más dulces que la maleza? Habéis de ser ahora “un pueblo adquirido” (1 Ped. ii. 9); no sólo peculiar en cuanto á dignidad, sino en cuanto á porte. Aborreced todo movimiento de pecado, porque desacreditaría vuestro alto llamamiento.
Pregunta. ¿Qué es andar como es digno de nuestro llamamiento celestial?
Respuesta. Es andar ordenadamente, pisar con pie firme y andar conforme á las reglas y axiomas de la Palabra. El verdadero santo es de obediencia canónica, sigue el canon de la Escritura. “Cuantos anduvieren conforme á esta regla” (Gál. vi. 16). Cuando dejamos las invenciones de los hombres y nos apegamos á las instituciones de Dios; cuando andamos según la Palabra, como Israel tras la columna de fuego; esto es andar como es digno de nuestro llamamiento celestial.
Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar singularmente. “Noé fué varón justo en su generación” (Gén. vii. 1). Cuando otros andaban con el diablo, Noé andaba con Dios. Se nos prohíbe seguir á la multitud (Éxod. xxiii. 2). Aunque en las cosas civiles la singularidad no es recomendable, en la religión es bueno ser singular. Melanchton fué la gloria de la edad en que vivió. Atanasio fué singularmente santo; se levantó por Dios cuando la corriente de los tiempos corría en otra dirección. Es mejor ser un dechado de santidad que un compañero en la maldad. Es mejor ir al cielo con unos pocos que al infierno con la muchedumbre. Hemos de andar por un rumbo opuesto al de los hombres del mundo.
Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar alegremente. “Gozaos en el Señor siempre” (Fil. iv. 4). Demasiado abatimiento de espíritu desacredita nuestro alto llamamiento, y hace que otros sospechen que la vida piadosa es melancólica. Cristo ama vernos gozándonos en él. Casino, en sus jeroglíficos, habla de una paloma cuyas alas, perfumadas con dulces ungüentos, atraían tras de sí á las demás palomas. La alegría es un perfume que atrae á otros á la piedad. La religión no destierra todo gozo. Así como hay una seriedad sin aspereza, también hay una alegre vivacidad sin liviandad. Cuando el pródigo fué convertido, “comenzaron á regocijarse” (Luc. xv. 24). ¿Quiénes deberían estar alegres, si no el pueblo de Dios? No bien han nacido del Espíritu, ya son herederos de una corona. Dios es su porción, y el cielo es su morada, ¿y no se regocijarán?
Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar sabiamente. Andar sabiamente implica tres cosas.
(a) Andar cautamente. “El sabio tiene sus ojos en su cabeza” (Ecl. ii. 14). Otros acechan nuestro tropiezo, por tanto tenemos necesidad de mirar á nuestra firmeza. Hemos de guardarnos, no sólo de los escándalos, sino de todo lo que es indecoroso, no sea que con ello abramos la boca de otros con un nuevo clamor contra la religión. Si nuestra piedad no convierte á los hombres, nuestra prudencia puede hacerlos callar.
(b) Andar cortésmente. El espíritu del evangelio está lleno de mansedumbre y candor. “Sed corteses” (1 Ped. iii. 8). Guárdate de un comportamiento hosco y altanero. La religión no quita la civilidad, sino que la refina. “Y levantándose Abraham, inclinóse al pueblo de aquella tierra, á los hijos de Heth” (Gén. xxiii. 7). Aunque eran de raza pagana, Abraham les mostró un respeto civil. San Pablo era de temple afable. “Á todos me he hecho todo, para que de todo punto salve á algunos” (1 Cor. ix. 22). En los asuntos menores el apóstol cedía á otros, para que por su manera complaciente pudiera ganarlos.
(c) Andar magnánimamente. Aunque hemos de ser humildes, no por eso bajos. Es indigno prostituirnos á los apetitos de los hombres. Lo que pecaminosamente se impone debe ser celosamente resistido. La conciencia es la diócesis de Dios, donde nadie tiene derecho á visitar, sino aquel que es el Obispo de nuestras almas (1 Ped. ii. 25). No hemos de ser como el hierro caliente, que puede ser batido en cualquier forma. Un cristiano de bravo espíritu preferirá padecer antes que dejar violar su conciencia. He aquí unidas la serpiente y la paloma, la sagacidad y la inocencia. Este andar prudente conviene á nuestro alto llamamiento, y no poco adorna el evangelio de Cristo.
Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar de modo que se derrame influencia — hacer bien á otros y ser ricos en actos de misericordia (Heb. xiii. 16). Las buenas obras honran la religión. Como María derramó el ungüento sobre Cristo, así por las buenas obras derramamos ungüentos sobre la cabeza del evangelio, y hacemos que despida un fragante aroma. Las buenas obras, aunque no son causas de la salvación, sí son evidencias. Cuando, con nuestro Salvador, andamos haciendo el bien, y esparcimos el influjo refrescante de nuestra liberalidad, andamos como es digno de nuestro alto llamamiento.
Aquí hay materia de consolación para vosotros que sois eficazmente llamados. Dios ha engrandecido su rica gracia para con vosotros. Sois llamados á una gran honra: á ser copartícipes con los ángeles, y coherederos con Cristo; esto debería reanimaros en los peores tiempos. Que los hombres os reprochen y os denuesten; poned el llamamiento que Dios os hace frente al vituperio de los hombres. Que los hombres os persigan hasta la muerte: no hacen sino daros un pasaporte, y enviaros al cielo tanto más pronto. ¡Cómo puede esto curar el temblor del corazón! Aunque el mar brame, aunque la tierra se conmueva, aunque las estrellas sean sacudidas de sus lugares, no tenéis por qué temer. Sois llamados, y por tanto tenéis segura la corona.