Capítulo 5 · 24 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Por qué todas las cosas obran para bien
1. La gran razón por la cual todas las cosas obran para bien es el interés cercano y entrañable que Dios tiene en su pueblo. El Señor ha hecho un pacto con ellos. “Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios” (Jer. xxxii. 38). En virtud de este pacto, todas las cosas obran, y deben obrar, para bien de ellos. “Yo soy Dios, el Dios tuyo” (Salmo l. 7). Esta palabra, ‘tu Dios’, es la más dulce de la Biblia; encierra las mejores relaciones; y es imposible que existan estas relaciones entre Dios y su pueblo sin que todo obre para bien de ellos. Esta expresión, ‘Yo soy tu Dios’, implica:
(1). La relación de un médico: ‘Yo soy tu Médico’. Dios es un médico hábil. Sabe lo que es mejor. Dios observa los distintos temperamentos de los hombres, y sabe lo que obrará con más eficacia. Algunos son de índole más apacible, y son atraídos por la misericordia. Otros son piezas más ásperas y nudosas; a estos Dios los trata de manera más enérgica. Algunas cosas se conservan en azúcar, otras en salmuera. Dios no trata a todos por igual; tiene pruebas para los fuertes y cordiales para los débiles. Dios es un médico fiel, y por eso lo tornará todo para lo mejor. Si Dios no te da lo que te agrada, te dará lo que necesitas. Un médico no estudia tanto complacer el gusto del paciente como curar su enfermedad. Nos quejamos de que pruebas muy dolorosas pesan sobre nosotros; recordemos que Dios es nuestro Médico, y por eso trabaja más por sanarnos que por consentirnos. El trato de Dios con sus hijos, aunque es severo, es sin embargo seguro, y dirigido a la cura; “para hacerte bien en tu postrimería” (Deut. viii. 16).
(2). Esta palabra, ‘tu Dios’, implica la relación de un Padre. Un padre ama a su hijo; por eso, sea una sonrisa o un golpe, es para bien del hijo. Yo soy tu Dios, tu Padre, por tanto todo lo que hago es para tu bien. “Como castiga el hombre á su hijo, así Jehová tu Dios te castiga” (Deut. viii. 5). El castigo de Dios no es para destruir, sino para corregir. Dios no puede dañar a sus hijos, porque es un Padre de tierno corazón: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Salmo ciii. 13). ¿Buscará un padre la ruina de su hijo, del hijo que salió de él mismo, que lleva su imagen? Todo su cuidado y desvelo es para su hijo: ¿a quién asigna la herencia sino a su hijo? Dios es el tierno “Padre de misericordias” (2 Cor. i. 3). Él engendra toda la misericordia y bondad que hay en las criaturas.
Dios es Padre eterno (Isa. ix. 6). Fue nuestro Padre desde la eternidad; antes de que fuésemos hijos, Dios era nuestro Padre, y será nuestro Padre por la eternidad. Un padre provee para su hijo mientras vive; pero el padre muere, y entonces el hijo queda expuesto al daño. Mas Dios nunca deja de ser Padre. Tú, que eres creyente, tienes un Padre que nunca muere; y si Dios es tu Padre, jamás podrás ser deshecho. Todas las cosas han de obrar para tu bien.
(3). Esta palabra, ‘tu Dios’, implica la relación de un Esposo. Esta es una relación cercana y dulce. El esposo busca el bien de su esposa; sería desnaturalizado el que procurara destruir a su mujer. “Ninguno aborreció jamás á su propia carne” (Efes. v. 29). Hay una relación matrimonial entre Dios y su pueblo. “Tu Hacedor es tu marido” (Isa. liv. 5). Dios ama enteramente a su pueblo. Los graba en las palmas de sus manos (Isa. xlix. 16). Los pone como un sello sobre su pecho (Cant. viii. 6). Dará reinos por su rescate (Isa. xliii. 3). Esto muestra cuán cerca están de su corazón. Si es un Esposo cuyo corazón está lleno de amor, entonces buscará el bien de su esposa. O bien apartará el daño, o bien lo tornará para lo mejor.
(4). Esta palabra, ‘tu Dios’, implica la relación de un Amigo. “Este es mi amigo” (Cant. v. 16). Un amigo es, como dice Agustín, la mitad de uno mismo. Está atento y anhelante de cómo hacer bien a su amigo; promueve su bienestar como el suyo propio. Jonatán arriesgó el enojo del rey por su amigo David (1 Sam. xix. 4). Dios es nuestro Amigo, por tanto tornará todas las cosas para nuestro bien. Hay falsos amigos; Cristo fue traicionado por un amigo: pero Dios es el mejor Amigo.
Es un Amigo fiel. “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut. vii. 9). Es fiel en su amor. Nos dio su mismo corazón cuando dio al Hijo de su seno. Aquí hubo un modelo de amor sin paralelo. Es fiel en sus promesas. “Dios, que no puede mentir, ha prometido” (Tito i. 2). Podrá cambiar su promesa, pero no puede quebrantarla. Es fiel en su trato; cuando aflige, es fiel. “En fidelidad me afligiste” (Salmo cxix. 75). Nos está cribando y refinando como plata (Salmo lxvi. 10).
Dios es un Amigo inmutable. “No te dejaré, ni te desampararé” (Heb. xiii. 5). Los amigos a menudo fallan en el aprieto. Muchos tratan a sus amigos como las mujeres tratan las flores: mientras están frescas las ponen en su pecho, pero cuando comienzan a marchitarse las arrojan lejos. O como el viajero con el reloj de sol: si el sol brilla sobre el cuadrante, el viajero se apartará del camino para mirarlo; pero si el sol no brilla sobre él, pasará de largo, y nunca le prestará atención. Así, si la prosperidad brilla sobre los hombres, entonces los amigos los mirarán; pero si hay sobre ellos una nube de adversidad, no se acercarán a ellos. Mas Dios es un Amigo para siempre; Él ha dicho: “No te dejaré.” Aunque David anduvo en sombra de muerte, sabía que tenía un Amigo a su lado. “No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo xxiii. 4). Dios nunca retira del todo su amor de su pueblo. “Los amó hasta el fin” (Juan xiii. 1). Siendo Dios tal Amigo, hará que todas las cosas obren para nuestro bien. No hay amigo que no busque el bien de su amigo.
(5). Esta palabra, ‘tu Dios’, implica una relación aún más cercana, la relación entre la Cabeza y los miembros. Hay una unión mística entre Cristo y los santos. Él es llamado “la cabeza de la iglesia” (Efes. v. 23). ¿No procura acaso la cabeza el bien del cuerpo? La cabeza guía al cuerpo, simpatiza con él, es la fuente de los espíritus vitales, envía influencia y consuelo al cuerpo. Todas las partes de la cabeza están puestas para el bien del cuerpo. El ojo está colocado como en una atalaya, hace de centinela para divisar cualquier peligro que pueda venir al cuerpo, y prevenirlo. La lengua es a la vez catadora y oradora. Si el cuerpo es un microcosmos, o pequeño mundo, la cabeza es el sol en este mundo, del cual procede la luz de la razón. La cabeza está puesta para el bien del cuerpo. Cristo y los santos forman un solo cuerpo místico. Nuestra Cabeza está en el cielo, y de seguro no permitirá que su cuerpo sea dañado, sino que velará por su seguridad, y hará que todas las cosas obren para el bien del cuerpo místico.
2. Inferencias de la proposición de que todas las cosas obran para el bien de los santos.
(1). Si todas las cosas obran para bien, de aquí aprende que hay una providencia. Las cosas no obran por sí mismas, sino que Dios las pone a obrar para bien. Dios es el gran Disponedor de todos los sucesos y desenlaces; Él pone todo a obrar. “Su reino domina sobre todos” (Salmo ciii. 19). Se entiende de su reino providencial. Las cosas del mundo no son gobernadas por causas segundas, ni por los consejos de los hombres, ni por las estrellas y los planetas, sino por la divina providencia. La providencia es la reina y gobernadora del mundo. Hay tres cosas en la providencia: el previo conocimiento de Dios, la determinación de Dios, y la dirección de Dios de todas las cosas hacia sus términos y desenlaces. Cualesquiera cosas que obran en el mundo, Dios las pone a obrar. Leemos en el capítulo primero de Ezequiel de ruedas, y de ojos en las ruedas, y del movimiento de las ruedas. Las ruedas son todo el universo; los ojos en las ruedas son la providencia de Dios; el movimiento de las ruedas es la mano de la Providencia, que tuerce todas las cosas aquí abajo. Lo que algunos llaman azar no es otra cosa que el resultado de la providencia.
Aprende a adorar la providencia. La providencia tiene influencia sobre todas las cosas aquí abajo. Es ella la que mezcla los ingredientes, y compone todo el conjunto.
(2). Observa la dichosa condición de cada hijo de Dios. Todas las cosas obran para su bien, las mejores y las peores. “Resplandece en las tinieblas luz á los rectos” (Salmo cxii. 4). Las providencias de Dios más oscuras y nubladas tienen algún rayo de sol en ellas. ¡Qué condición tan bienaventurada la del verdadero creyente! Cuando muere, va a Dios; y mientras vive, todo le ha de hacer bien. La aflicción es para su bien. ¿Qué daño hace el fuego al oro? Solo lo purifica. ¿Qué daño hace el aventador al trigo? Solo separa la paja de él. ¿Qué daño hacen las sanguijuelas al cuerpo? Solo chupan la sangre mala. Dios nunca usa su vara sino para sacudir el polvo. La aflicción hace lo que muchas veces la Palabra no hace: “abre el oído á la corrección” (Job xxxvi. 10). Cuando Dios tiende a los hombres de espaldas, entonces miran al cielo. Que Dios hiera a su pueblo es como cuando el músico pulsa el violín, lo cual le hace emitir un sonido melodioso. ¡Cuánto bien viene a los santos por la aflicción! Cuando son machacados y quebrantados, despiden su más dulce fragancia. La aflicción es raíz amarga, mas lleva fruto dulce. “da fruto apacible de justicia” (Heb. xii. 11). La aflicción es la calzada al cielo; aunque sea pedregosa y espinosa, es con todo el mejor camino. La pobreza matará de hambre a nuestros pecados; la enfermedad hará la gracia más provechosa (2 Cor. iv. 16). El vituperio hará que “el Espíritu de Dios y de gloria repose sobre nosotros” (1 Pe. iv. 14). La muerte cerrará la redoma de las lágrimas, y abrirá la puerta del Paraíso. El día de la muerte de un creyente es su día de ascensión a la gloria. De ahí que los santos hayan puesto sus aflicciones en el inventario de sus riquezas (Heb. xi. 26). Temístocles, desterrado de su propia patria, creció después en favor con el rey de Egipto, por lo cual dijo: “Habría perecido, si no hubiera perecido.” Así puede decir un hijo de Dios: “Si no hubiera sido afligido, habría sido destruido; si no hubiera perdido mi salud y mi hacienda, mi alma se habría perdido.”
(3). Mira, pues, qué aliento hay aquí para hacerse piadoso. Todas las cosas obrarán para bien. ¡Oh, que esto mueva al mundo a enamorarse de la religión! ¿Puede haber imán más poderoso hacia la piedad? ¿Puede algo prevalecer más en nosotros para ser buenos que esto: que todas las cosas obrarán para nuestro bien? La religión es la verdadera piedra filosofal que todo lo convierte en oro. Toma la parte más agria de la religión, la parte del sufrimiento, y aun ahí hay consuelo. Dios endulza el sufrimiento con gozo; nos confita el ajenjo con azúcar. ¡Oh, cómo puede esto sobornarnos a la piedad! “Amístate ahora con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien” (Job xxii. 21). Ningún hombre salió jamás perdiendo por su trato con Dios. Por esto te vendrá bien, abundancia de bien, las dulces destilaciones de la gracia, el maná escondido; sí, todo obrará para bien. ¡Oh, pues, traba amistad con Dios, abraza su causa!
(4). Advierte la mísera condición de los malos. Para los piadosos, las cosas malas obran para bien; para los malos, las cosas buenas obran para daño.
(i.) Las cosas buenas temporales obran para daño de los malos. Las riquezas y la prosperidad no son beneficios, sino lazos, como dice Séneca. Las cosas del mundo se dan a los malos, como Mical fue dada a David, por lazo (1 Sam. xviii. 21). Se dice que el buitre saca enfermedad de un perfume: así los malos, del dulce perfume de la prosperidad. Sus misericordias son como pan envenenado dado a los perros; sus mesas están suntuosamente puestas, pero hay un anzuelo bajo el cebo: “Sea su mesa delante de ellos por lazo” (Salmo lxix. 22). Todos sus goces son como las codornices de Israel, sazonadas con la ira de Dios (Núm. xi. 33). El orgullo y el lujo son los gemelos de la prosperidad. “Engordaste” (Deut. xxxii. 15). Entonces abandonó a Dios. Las riquezas no solo son como la tela de araña, inútiles, sino como el huevo de basilisco, perniciosas. “Las riquezas guardadas para su dueño, para su mal” (Ecl. v. 13). Las misericordias comunes que tienen los malos no son imanes que los atraigan más cerca de Dios, sino piedras de molino que los hunden más hondo en el infierno (1 Tim. vi. 9). Sus deliciosos manjares son como el banquete de Amán; después de todos sus festines señoriales, la muerte traerá la cuenta, y habrán de pagarla en el infierno.
(ii.) Las cosas buenas espirituales obran para daño de los malos. De la flor de las bendiciones celestiales chupan veneno.
Los ministros de Dios obran para su daño. El mismo viento que empuja un barco al puerto, arroja otro barco contra las rocas. El mismo soplo del ministerio que empuja al piadoso al cielo, empuja al pecador profano al infierno. Quienes vienen con la palabra de vida en su boca, para muchos son, sin embargo, olor de muerte. “Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos” (Isa. vi. 10). El profeta fue enviado con un mensaje triste, a predicar su sermón fúnebre. Los malos empeoran con la predicación. “Aborrecieron al que reprendía en la puerta” (Amós v. 10). Los pecadores se afianzan más en el pecado; diga Dios lo que dijere, ellos harán lo que se les antoje. “En cuanto á la palabra que nos has hablado en nombre de Jehová, no te obedeceremos” (Jer. xliv. 16). La palabra predicada no sana, sino que endurece. ¡Y cuán espantoso es esto, que los hombres sean hundidos al infierno con sermones!
La oración obra para su daño. “El sacrificio de los impíos es abominación á Jehová” (Prov. xv. 8). El malo está en gran aprieto: si no ora, peca; si ora, peca; “Y su oración sea para pecado” (Salmo cix. 7). Sería triste juicio que todo el alimento que un hombre comiese se convirtiera en malos humores, y engendrara enfermedades en el cuerpo: así es con el malo. Aquella oración que debería hacerle bien, obra para su daño; ora contra el pecado, y peca contra su oración; sus deberes están contaminados de ateísmo, corrompidos de hipocresía. Dios los abomina.
La Cena del Señor obra para su daño. “No podéis comer de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿Provocaremos á celos al Señor?” (1 Cor. x. 21, 22). Algunos que hacían profesión guardaban sus banquetes idolátricos, y aun así venían a la mesa del Señor. Dice el apóstol: “¿Provocáis á ira al Señor?” Personas profanas festejan con sus pecados; y con todo vienen a festejar a la mesa del Señor. Esto es provocar a Dios. Para el pecador hay muerte en la copa; “come y bebe su propia condenación” (1 Cor. xi. 29). Así la Cena del Señor obra para daño de los pecadores impenitentes. Después del bocado, entra el diablo.
El mismo Cristo obra para daño de los pecadores empedernidos. Él es “piedra de tropiezo, y roca de escándalo” (1 Pe. ii. 8). Lo es por la depravación del corazón de los hombres; pues en vez de creer en Él, se ofenden de Él. El sol, aunque en su propia naturaleza es puro y agradable, es sin embargo dañino para los ojos enfermos. Jesucristo está puesto para caída, como para levantamiento, de muchos (Luc. ii. 34). Los pecadores tropiezan en un Salvador, y arrancan muerte del árbol de la vida. Como los aceites químicos recobran a unos pacientes, pero destruyen a otros, así la sangre de Cristo, aunque para algunos es medicina, para otros es condenación. Aquí está la miseria sin igual de los que viven y mueren en pecado. Las mejores cosas obran para su daño; los cordiales mismos los matan.
(5). Mira aquí la sabiduría de Dios, que puede hacer que las peores cosas imaginables se tornen para bien de los santos. Puede, por una química divina, extraer oro de la escoria. “¡Oh profundidad de la sabiduría de Dios!” (Rom. xi. 33). Es el gran designio de Dios manifestar la maravilla de su sabiduría. El Señor hizo de la prisión de José un peldaño para su encumbramiento. No había modo de que Jonás fuese salvo sino siendo tragado. Dios permitió que los egipcios aborreciesen a Israel (Salmo cvi. 41), y esto fue el medio de su liberación. San Pablo fue atado con una cadena, y aquella cadena que lo ataba fue el medio de ensanchar el evangelio (Fil. i. 12). Dios enriquece empobreciendo; hace crecer la gracia por la disminución de la hacienda. Cuando la criatura se aleja más de nosotros, es para que Cristo se acerque más a nosotros. Dios obra de manera extraña. Saca orden de la confusión, armonía de la discordia. Con frecuencia se sirve de hombres injustos para hacer lo que es justo. “Él es sabio de corazón” (Job ix. 4). Puede cosechar su gloria del furor de los hombres (Salmo lxxvi. 10). O bien los malos no harán el daño que pretenden, o harán el bien que no pretenden. Dios a menudo socorre cuando hay menos esperanza, y salva a su pueblo por aquel camino que ellos piensan que los destruirá. Se sirvió de la malicia del sumo sacerdote y de la traición de Judas para redimir al mundo. Por indiscreta pasión, somos propensos a hallar falta en las cosas que suceden: lo cual es como si un hombre iletrado censurara la filosofía, o un ciego hallara falta en la obra de un paisaje. “El hombre vano se hará entendido” (Job xi. 12). Necios animalillos se pondrán a fiscalizar la Providencia, y a llamar la sabiduría de Dios al banquillo de la razón. Los caminos de Dios son “inescrutables” (Rom. xi. 33). Más bien han de ser admirados que sondeados. Nunca hay una providencia de Dios que no tenga en sí, o una misericordia, o una maravilla. ¡Cuán portentosa e infinita es aquella sabiduría que hace que las dispensaciones más adversas obren para el bien de sus hijos!
(6). Aprende cuán poca razón tenemos, pues, para descontentarnos ante las pruebas y contingencias externas. ¡Cómo! ¿Descontentos por aquello que ha de hacernos bien? Todas las cosas obrarán para bien. No hay pecados a los que el pueblo de Dios sea más propenso que la incredulidad y la impaciencia. Están prontos, o a desmayar por incredulidad, o a irritarse por impaciencia. Cuando los hombres se lanzan contra Dios con descontento e impaciencia, es señal de que no creen este texto. El descontento es un pecado ingrato, porque tenemos más misericordias que aflicciones; y es un pecado irracional, porque las aflicciones obran para bien. El descontento es un pecado que nos empuja al pecado. “No te enojes en manera alguna para hacer lo malo” (Salmo xxxvii. 8). El que se irrita estará pronto a hacer lo malo: el Jonás que se enojaba era el Jonás que pecaba (Jonás iv. 9). El diablo sopla las brasas de la pasión y del descontento, y luego se calienta al fuego. ¡Oh, no alimentemos a esta víbora airada en nuestro pecho! Que este texto produzca paciencia: “Todas las cosas obran para bien á los que aman á Dios” (Rom. viii. 28). ¿Nos descontentaremos por aquello que obra para nuestro bien? Si un amigo arrojara a otro un saco de dinero, y al arrojarlo le rozara la cabeza, no se afligiría mucho, viendo que por este medio había ganado un saco de dinero. Así el Señor puede magullarnos con aflicciones, pero es para enriquecernos. Estas aflicciones obran para nosotros un peso de gloria, ¿y hemos de descontentarnos?
(7). Mira aquí cumplida aquella Escritura: “Bueno es Dios á Israel” (Salmo lxxiii. 1). Cuando contemplamos providencias adversas, y vemos al Señor cubrir a su pueblo de ceniza, y “embriagarlos de ajenjo” (Lam. iii. 15), podemos estar prontos a poner en duda el amor de Dios, y a decir que trata con dureza a su pueblo. Pero, ¡oh, no!, con todo Dios es bueno para con Israel, porque hace que todas las cosas obren para bien. ¿No es acaso un Dios bueno el que todo lo torna para bien? Extirpa el pecado, e infunde la gracia; ¿no es esto bueno? “Somos castigados del Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1 Cor. xi. 32). La hondura de la aflicción es para librarnos de la hondura de la condenación. Justifiquemos siempre a Dios; por mala que sea nuestra condición externa, digamos: “Con todo, Dios es bueno.”
(8). Mira qué motivo tienen los santos para ser frecuentes en la obra de acción de gracias. En esto los cristianos son deficientes: aunque abundan en súplica, poco abundan en gratitud. Dice el apóstol: “Dad gracias en todo” (1 Tes. v. 18). ¿Por qué? Porque Dios hace que todo obre para nuestro bien. Damos gracias al médico, aunque nos dé una medicina amarga que nos hace sentir mal, porque es para dejarnos bien; damos gracias a cualquier hombre que nos hace un favor; ¿y no seremos agradecidos a Dios, que hace que todo obre para nuestro bien? Dios ama al cristiano agradecido. Job dio gracias a Dios cuando se lo quitó todo: “Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job i. 21). Muchos darán gracias a Dios cuando da; Job le da gracias cuando quita, porque sabía que Dios sacaría bien de ello. Leemos de santos con arpas en sus manos (Apoc. xiv. 2), emblema de alabanza. Encontramos a muchos cristianos que tienen lágrimas en los ojos, y quejas en la boca; pero hay pocos con sus arpas en las manos, que alaben a Dios en la aflicción. Ser agradecido en la aflicción es obra propia de un santo. Toda ave puede cantar en primavera, mas algunas aves cantarán en lo muerto del invierno. Casi todos pueden ser agradecidos en la prosperidad, pero el verdadero santo puede ser agradecido en la adversidad. Un buen cristiano bendecirá a Dios, no solo al salir el sol, sino al ponerse. Bien podemos, en lo peor que nos sobrevenga, tener un salmo de agradecimiento, porque todas las cosas obran para bien. ¡Oh, abundemos en bendecir a Dios! Daremos gracias a Aquel que nos favorece.
(9). Piensa: si las peores cosas obran para bien de un creyente, ¿qué harán las mejores: Cristo y el cielo? ¡Cuánto más obrarán estas para bien! Si la cruz tiene tanto bien en ella, ¿qué tendrá la corona? Si racimos tan preciosos crecen en el Gólgota, ¿cuán delicioso es el fruto que crece en Canaán? Si hay alguna dulzura en las aguas de Mara, ¿qué habrá en el vino del Paraíso? Si la vara de Dios tiene miel en su punta, ¿qué tendrá su cetro de oro? Si el pan de la aflicción sabe tan sabroso, ¿qué será el maná? ¿Qué será la ambrosía celestial? Si el golpe y azote de Dios obran para bien, ¿qué harán las sonrisas de su rostro? Si las tentaciones y los sufrimientos tienen en sí materia de gozo, ¿qué tendrá la gloria? Si hay tanto bien sacado del mal, ¿qué será entonces aquel bien donde no habrá mal alguno? Si las misericordias con que Dios castiga son tan grandes, ¿cuáles serán las misericordias con que corona? Por tanto, consolaos unos a otros con estas palabras.
(10). Considera que, si Dios hace que todas las cosas se tornen para nuestro bien, cuán justo es que nosotros hagamos que todas las cosas tiendan a su gloria. “Hacedlo todo á gloria de Dios” (1 Cor. x. 31). Los ángeles glorifican a Dios, cantan divinos himnos de alabanza. ¿Cuánto más, pues, debe el hombre glorificarle, por quien Dios ha hecho más que por los ángeles? Nos ha dignificado por encima de ellos al unir nuestra naturaleza con la Deidad. Cristo ha muerto por nosotros, y no por los ángeles. El Señor nos ha dado, no solo del caudal común de su liberalidad, sino que nos ha enriquecido con las bendiciones del pacto, nos ha otorgado su Espíritu. Estudia nuestro bienestar, hace que todo obre para nuestro bien; la gracia libre ha trazado un plan para nuestra salvación. Si Dios busca nuestro bien, ¿no buscaremos nosotros su gloria?
Pregunta. ¿Cómo puede decirse propiamente que glorificamos a Dios, siendo Él infinito en sus perfecciones, y no pudiendo recibir aumento alguno de nosotros?
Respuesta. Es cierto que, en sentido estricto, no podemos dar gloria a Dios, pero en sentido evangélico sí podemos. Cuando hacemos cuanto está en nosotros para ensalzar el nombre de Dios en el mundo, y para mover a otros a tener altos y reverenciales pensamientos de Dios, esto lo interpreta el Señor como un glorificarle; así como se dice que un hombre deshonra a Dios cuando hace que el nombre de Dios sea mal hablado.
Se dice que promovemos la gloria de Dios de tres maneras: (i.) Cuando aspiramos a su gloria; cuando le hacemos el primero en nuestros pensamientos, y el último en nuestro fin. Como todos los ríos corren al mar, y todas las líneas se juntan en el centro, así todas nuestras acciones terminan y confluyen en Dios. (ii.) Promovemos la gloria de Dios siendo fructíferos en gracia. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto” (Juan xv. 8). La esterilidad refleja deshonra sobre Dios. Glorificamos a Dios cuando crecemos en hermosura como el lirio, en altura como el cedro, en fecundidad como la vid. (iii.) Glorificamos a Dios cuando damos a Dios la alabanza y la gloria de todo cuanto hacemos. Fue excelente y humilde el dicho de un rey de Suecia: temía que el atribuirle el pueblo aquella gloria que era debida a Dios lo hiciese ser quitado antes de que la obra estuviese concluida. Cuando el gusano de seda teje su primorosa obra, se esconde bajo la seda, y no se le ve. Cuando hayamos hecho lo mejor, debemos desvanecernos en nuestros propios pensamientos, y transferir a Dios la gloria de todo. Dijo el apóstol Pablo: “He trabajado más que todos ellos” (1 Cor. xv. 10). Se pensaría que este dicho sabe a orgullo; pero el apóstol se quita la corona de su propia cabeza, y la pone sobre la cabeza de la gracia libre: “Empero no yo, sino la gracia de Dios que fué conmigo.” Constantino solía escribir el nombre de Cristo sobre la puerta; así debiéramos nosotros sobre nuestros deberes.
Esforcémonos, pues, por hacer glorioso y renombrado el nombre de Dios. Si Dios busca nuestro bien, busquemos nosotros su gloria. Si Él hace que todo tienda a nuestra edificación, hagamos nosotros que todo tienda a su exaltación. Basta ya de lo tocante al privilegio mencionado en el texto.