Todas las cosas para bien ·Las peores cosas obran para bien del piadoso

Capítulo 4 · 48 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Las peores cosas obran para bien del piadoso

NO me entiendan mal: no digo que, por su propia naturaleza, las peores cosas sean buenas, porque son fruto de la maldición; pero, aunque son naturalmente malas, con todo, por la mano sabia y soberana de Dios que las dispone y santifica, son moralmente buenas. Como los elementos, que, aun siendo de cualidades contrarias, Dios los ha combinado de tal manera que todos obran de modo armonioso para el bien del universo. O como en un reloj, donde las ruedas parecen moverse una contra otra, pero todas llevan adelante el movimiento del reloj: así las cosas que parecen moverse en contra del piadoso, por la maravillosa providencia de Dios obran para su bien. Entre estas peores cosas, hay cuatro tristes males que obran para bien de los que aman á Dios.

1. El mal de la aflicción obra para bien del piadoso.

Es una consideración que aquieta el corazón, en todas las aflicciones que nos sobrevienen, que Dios tiene una mano especial en ellas: “El Todopoderoso me ha afligido” (Rut i. 21). Los instrumentos no pueden moverse hasta que Dios les da comisión, así como el hacha no puede cortar por sí sola sin una mano. Job puso los ojos en Dios en su aflicción: por eso, como observa Agustín, no dice: “Jehová dió, y el diablo quitó”, sino: “Jehová quitó.” Quienquiera que nos traiga una aflicción, es Dios quien la envía.

Otra consideración que aquieta el corazón es que las aflicciones obran para bien. “Como á estos buenos higos, así conoceré la trasportación de Judá, á los cuales eché de este lugar á la tierra de los Caldeos, para bien” (Jer. xxiv. 5). El cautiverio de Judá en Babilonia fue para su bien. “Bueno me es haber sido afligido” (Salmo cxix. 71). Este texto, como el árbol de Moisés arrojado en las aguas amargas de la aflicción, puede hacerlas dulces y saludables de beber. Las aflicciones son medicinales para el piadoso. De las drogas más venenosas extrae Dios nuestra salvación. Las aflicciones son tan necesarias como las ordenanzas (I Ped. i. 6). Ningún vaso puede hacerse de oro sin fuego; así es imposible que seamos hechos vasos de honra, á menos que seamos fundidos y refinados en el horno de la aflicción. “Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad” (Salmo xxv. 10). Como el pintor entremezcla colores brillantes con sombras oscuras, así el sabio Dios mezcla misericordia con juicio. Aquellas providencias aflictivas que parecen perjudiciales son provechosas. Tomemos algunos ejemplos de la Escritura. Los hermanos de José lo arrojan á una cisterna; después lo venden; luego es echado en la cárcel; sin embargo, todo esto obró para su bien. Su abatimiento abrió camino á su encumbramiento: fue hecho el segundo hombre del reino. “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó á bien” (Gén. l. 20). Jacob luchó con el ángel, y se descoyuntó la coyuntura del muslo de Jacob. Esto fue triste; pero Dios lo tornó en bien, porque allí vio el rostro de Dios, y allí lo bendijo el Señor. “Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar Peniel: porque vi á Dios cara á cara” (Gén. xxxii. 30). ¿Quién no estaría dispuesto á tener un hueso descoyuntado, con tal de alcanzar una visión de Dios?

El rey Manasés fue atado con cadenas. Triste era de ver: una corona de oro trocada en grillos; pero obró para su bien, porque, “Cuando fue puesto en angustia, oró á Jehová y se humilló grandemente, y Jehová se dejó aplacar de él” (2 Crón. xxxiii. 11, 12). Más debió á su cadena de hierro que á su corona de oro; la una lo hizo soberbio, la otra lo hizo humilde.

Job fue un espectáculo de miseria; perdió todo cuanto tenía; solo abundaba en llagas y úlceras. Esto fue triste; pero obró para su bien: su gracia fue probada y acrecentada. Dios dio desde el cielo testimonio de su integridad, y compensó su pérdida dándole el doble de lo que antes había tenido (Job xlii. 10).

Pablo fue herido de ceguera. Esto fue penoso, pero redundó en su bien. Por medio de aquella ceguera, Dios abrió camino para que la luz de la gracia brillara en su alma; fue el principio de una feliz conversión (Hechos ix. 6).

Como las duras heladas del invierno hacen brotar las flores de la primavera, como la noche da paso al lucero de la mañana: así los males de la aflicción producen mucho bien á los que aman á Dios. Pero estamos prontos á poner en duda la verdad de esto, y decir, como dijo María al ángel: “¿Cómo será esto?” Por tanto, os mostraré de varias maneras cómo la aflicción obra para bien.

(1). Como que es nuestro predicador y ayo: “Oíd la vara” (Miq. vi. 9). Decía Lutero que nunca pudo entender bien algunos de los Salmos, hasta que estuvo en aflicción. La aflicción enseña lo que es el pecado. En la palabra predicada oímos qué cosa tan terrible es el pecado, que contamina y condena, pero no lo tememos más que á un león pintado; por eso Dios suelta la aflicción, y entonces sentimos cuán amargo es el pecado en su fruto. Un lecho de enfermedad enseña muchas veces más que un sermón. En ningún espejo vemos mejor el feo rostro del pecado que en el de la aflicción. La aflicción nos enseña á conocernos á nosotros mismos. En la prosperidad somos, en su mayor parte, extraños á nosotros mismos. Dios nos hace conocer la aflicción, para que nos conozcamos mejor á nosotros mismos. Vemos en el tiempo de la aflicción aquella corrupción de nuestros corazones que no creeríamos que estaba allí. El agua en el vaso parece clara, pero ponla al fuego, y sube la espuma. En la prosperidad, un hombre parece humilde y agradecido, el agua parece clara; pero pon á ese hombre un poco al fuego de la aflicción, y la espuma sube: aparecen mucha impaciencia é incredulidad. “Oh”, dice un cristiano, “nunca pensé que tuviera un corazón tan malo como ahora veo que tengo: nunca pensé que mis corrupciones fueran tan fuertes, y mis gracias tan débiles.”

(2). Las aflicciones obran para bien, pues son medio de hacer más recto el corazón. En la prosperidad el corazón tiende á dividirse (Os. x. 2). El corazón se adhiere en parte á Dios y en parte al mundo. Es como una aguja entre dos imanes: Dios atrae, y el mundo atrae. Ahora Dios quita el mundo, para que el corazón se adhiera más á él con sinceridad. La corrección endereza y ajusta el corazón. Así como á veces sostenemos una vara torcida sobre el fuego para enderezarla, así Dios nos sostiene sobre el fuego de la aflicción para hacernos más rectos y derechos. Oh, ¡cuán bueno es que, cuando el pecado ha torcido el alma apartándola de Dios, la aflicción vuelva á enderezarla!

(3). Las aflicciones obran para bien, pues nos conforman á Cristo. La vara de Dios es un pincel para dibujar en nosotros con más viveza la imagen de Cristo. Es bueno que haya simetría y proporción entre la Cabeza y los miembros. ¿Querríamos ser partes del cuerpo místico de Cristo, y no ser semejantes á él? Su vida, como dice Calvino, fue una serie de padecimientos, “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isa. liii. 3). Lloró y sangró. ¿Fue su cabeza coronada de espinas, y pensamos nosotros ser coronados de rosas? Es bueno ser semejantes á Cristo, aunque sea por medio de padecimientos. Jesucristo bebió una copa amarga, que le hizo sudar gotas de sangre solo de pensarla; y, aunque es verdad que él bebió el veneno de la copa (la ira de Dios), con todo queda algo de ajenjo en la copa, que los santos han de beber: solo que aquí está la diferencia entre los padecimientos de Cristo y los nuestros: los suyos eran satisfactorios, los nuestros son solo correctivos.

(4). Las aflicciones obran para bien del piadoso, pues son destructoras del pecado. El pecado es la madre, la aflicción es la hija; la hija ayuda á destruir á la madre. El pecado es como el árbol que engendra el gusano, y la aflicción es como el gusano que se come el árbol. Hay mucha corrupción en el mejor corazón: la aflicción la va sacando poco á poco, como el fuego saca la escoria del oro. “Y este será todo el fruto, la remoción de su pecado” (Isa. xxvii. 9). ¡Qué importa que tengamos más de la áspera lima, si tenemos menos herrumbre! Las aflicciones no se llevan sino la escoria del pecado. Si un médico dijera á un paciente: “Tu cuerpo está destemplado y lleno de malos humores, que es preciso expulsar, o mueres; pero te recetaré una medicina que, aunque tal vez te ponga enfermo, se llevará las heces de tu enfermedad y te salvará la vida”: ¿no sería esto para bien del paciente? Las aflicciones son la medicina que Dios usa para arrastrar nuestras enfermedades espirituales; curan el timpanismo de la soberbia, la fiebre de la concupiscencia, la hidropesía de la codicia. ¿No obran, pues, para bien?

(5). Las aflicciones obran para bien, pues son medio de desprender nuestros corazones del mundo. Cuando se cava la tierra alrededor de la raíz de un árbol, es para soltar el árbol de la tierra: así Dios cava para quitar nuestros consuelos terrenales, á fin de desprender nuestros corazones de la tierra. Con cada flor crece una espina. Dios quiere que el mundo penda como un diente flojo, que, al arrancarlo, no nos causa mucha molestia. ¿No es bueno ser destetados? Los santos más ancianos lo necesitan. ¿Por qué rompe el Señor la cañería, sino para que acudamos á él, en quien están “todas nuestras fuentes” (Salmo lxxxvii. 7)?

(6). Las aflicciones obran para bien, pues abren camino al consuelo. “El valle de Acor por puerta de esperanza” (Os. ii. 15). Acor significa turbación. Dios endulza el dolor exterior con paz interior. “Vuestra tristeza se tornará en gozo” (Juan xvi. 20). He aquí el agua convertida en vino. Tras una píldora amarga, Dios da azúcar. Pablo tuvo sus cantos en la cárcel. La vara de Dios tiene miel en la punta. Los santos en la aflicción han tenido tan dulces arrebatos de gozo, que se creían en los confines de la Canaán celestial.

(7). Las aflicciones obran para bien, pues son un enaltecimiento nuestro. “¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que lo visites todas las mañanas?” (Job vii. 17). Dios, por medio de la aflicción, nos enaltece de tres maneras. (1.ª) En que se digna descender tan bajo como para fijarse en nosotros. Honra es que Dios se ocupe del polvo y la ceniza. Es un enaltecimiento nuestro que Dios nos juzgue dignos de ser heridos. Que Dios no hiera es un desdén: “¿Para qué habéis de ser castigados aún?” (Isa. i. 5). Si queréis seguir en el pecado, seguid vuestro camino, pecad hasta el infierno. (2.ª) Las aflicciones también nos enaltecen, pues son enseñas de gloria, señales de filiación. “Si sufrís el castigo, Dios se os presenta como á hijos” (Heb. xii. 7). Cada huella de la vara es una insignia de honra. (3.ª) Las aflicciones tienden al enaltecimiento de los santos, pues los hacen renombrados en el mundo. Nunca han sido tan admirados los soldados por sus victorias como los santos por sus padecimientos. El celo y la constancia de los mártires en sus pruebas los han hecho famosos á la posteridad. ¡Cuán eminente fue Job por su paciencia! Dios deja su nombre por memoria: “Habéis oído de la paciencia de Job” (Sant. v. 11). Job el sufriente fue más renombrado que Alejandro el conquistador.

(8.) Las aflicciones obran para bien, pues son medio de hacernos felices. “Bienaventurado es el hombre á quien Dios castiga” (Job v. 17). ¿Qué político o moralista puso jamás la felicidad en la cruz? Job lo hace. “Bienaventurado es el hombre á quien Dios castiga.”

Podría decirse: ¿Cómo nos hacen felices las aflicciones? Respondemos que, siendo santificadas, nos acercan más á Dios. La luna en su plenitud es la que está más lejos del sol: así muchos están más lejos de Dios en la luna llena de la prosperidad; las aflicciones los acercan más á Dios. El imán de la misericordia no nos atrae tanto á Dios como las cuerdas de la aflicción. Cuando Absalón prendió fuego á la cebada de Joab, este corrió á Absalón (2 Sam. xiv. 30). Cuando Dios prende fuego á nuestros consuelos mundanos, entonces corremos á él y hacemos las paces con él. Cuando el pródigo se vio apretado por la necesidad, volvió á casa de su padre (Lucas xv. 13). Cuando la paloma no halló reposo para la planta de su pie, voló al arca. Cuando Dios trae sobre nosotros un diluvio de aflicción, entonces volamos al arca de Cristo. Así la aflicción nos hace felices, acercándonos más á Dios. La fe puede servirse de las aguas de la aflicción para nadar más aprisa hacia Cristo.

(9). Las aflicciones obran para bien, pues hacen callar á los impíos. ¡Cuán prontos están á denigrar y calumniar al piadoso, diciendo que sirve á Dios solo por interés propio! Por eso Dios quiere que su pueblo soporte padecimientos por la religión, para poner un candado á los labios mentirosos de los malvados. Cuando los ateos del mundo ven que Dios tiene un pueblo que le sirve, no por una librea, sino por amor, esto les cierra la boca. El diablo acusó á Job de hipocresía, de que era un hombre mercenario, y que toda su religión se componía de retazos de oro y plata. “¿Teme Job á Dios de balde? ¿No le has tú cercado con seto?” Etc. “Pues bien”, dice Dios, “extiende tu mano, y toca su hacienda” (Job i. 9). No bien había recibido el diablo la comisión, cuando se pone á derribar el seto de Job; pero Job sigue adorando á Dios (Job i. 20), y profesa su fe en él. “Aunque él me matare, en él esperaré” (Job xiii. 15). Esto hizo callar al diablo mismo. ¡Cómo desalienta á los malvados ver que el piadoso se mantiene junto á Dios en una condición de sufrimiento, y que, cuando lo pierde todo, aun así retiene firmemente su integridad!

(10). Las aflicciones obran para bien, pues abren camino á la gloria (2 Cor. iv. 17). No que merezcan la gloria, sino que preparan para ella. Como el arado prepara la tierra para la cosecha, así las aflicciones nos preparan y nos hacen aptos para la gloria. El pintor pone su oro sobre colores oscuros; así Dios pone primero los colores oscuros de la aflicción, y luego pone el color dorado de la gloria. El vaso primero se cura antes de que se vierta el vino en él: los vasos de misericordia se curan primero con la aflicción, y luego se vierte en ellos el vino de la gloria. Así vemos que las aflicciones no son perjudiciales, sino provechosas, para los santos. No debiéramos mirar tanto el mal de la aflicción como el bien; no tanto el lado oscuro de la nube como la luz. Lo peor que Dios hace á sus hijos es azotarlos hasta el cielo.

2. El mal de la tentación es encaminado para bien del piadoso.

El mal de la tentación obra para bien. Satanás es llamado el tentador (Marcos iv. 15). Siempre está al acecho, continuamente ocupado con uno u otro santo. El diablo tiene su ronda, que recorre cada día: no está aún del todo echado en la cárcel, sino que, como un preso que anda bajo fianza, va de un lado á otro tentando á los santos. Esto es una gran molestia para el hijo de Dios. Ahora bien, en cuanto á las tentaciones de Satanás, hay tres cosas que considerar. (1). Su método al tentar. (2). El alcance de su poder. (3). Estas tentaciones son encaminadas para bien.

(1). El método de Satanás al tentar. Nótense aquí dos cosas. Su violencia al tentar; y así es el dragón bermejo. Se afana por asaltar el castillo del corazón, arroja pensamientos de blasfemia, tienta á negar á Dios: estos son los dardos encendidos que dispara, con los cuales quisiera inflamar las pasiones. También su astucia al tentar; y así es la serpiente antigua. Hay cinco astucias principales que usa el diablo.

(i.) Observa el temperamento y la constitución: pone cebos de tentación acomodados. Como el labrador, sabe qué grano conviene mejor á cada suelo. Satanás no tienta en contra de la disposición y el temperamento naturales. Esta es su política: hace que el viento y la marea vayan juntos; hacia donde corre la marea natural del corazón, hacia allí sopla el viento de la tentación. Aunque el diablo no puede conocer los pensamientos de los hombres, sí conoce su temperamento, y conforme á él pone sus cebos. Tienta al ambicioso con una corona, al sanguíneo con la hermosura.

(ii.) Satanás observa el tiempo más oportuno para tentar, como el astuto pescador echa su anzuelo cuando el pez picará mejor. El tiempo en que Satanás tienta suele ser después de una ordenanza: y la razón es que piensa hallarnos más confiados. Cuando hemos cumplido deberes solemnes, tendemos á pensar que todo está hecho, y nos volvemos negligentes, y abandonamos aquel celo y rigor de antes; así como el soldado que, después de una batalla, se quita la armadura, sin soñar siquiera en un enemigo. Satanás espera su momento, y, cuando menos lo sospechamos, entonces lanza una tentación.

(iii.) Se vale de los parientes cercanos; el diablo tienta por medio de un intermediario. Así entregó una tentación á Job por medio de su mujer. “¿Aún retienes tu integridad?” (Job ii. 9). Una esposa en el seno puede ser instrumento del diablo para tentar al pecado.

(iv.) Satanás tienta al mal por medio de los que son buenos; así da el veneno en copa de oro. Tentó á Cristo por medio de Pedro. Pedro lo disuade de padecer. Señor, ten piedad de ti mismo. ¿Quién hubiera pensado hallar al tentador en la boca de un apóstol?

(v.) Satanás tienta al pecado bajo pretexto de religión. Es más de temer cuando se transforma en ángel de luz. Vino á Cristo con la Escritura en la boca: “Escrito está.” El diablo ceba su anzuelo con religión. Tienta á muchos á la codicia y la extorsión bajo pretexto de proveer para su familia; tienta á algunos á quitarse la vida, para no vivir más pecando contra Dios; y así los arrastra al pecado, bajo pretexto de evitar el pecado. Estas son sus sutiles estratagemas al tentar.

(2). El alcance de su poder; hasta dónde llega el poder de Satanás al tentar.

(i.) Puede proponer el objeto; como puso una barra de oro delante de Acán.

(ii.) Puede envenenar la imaginación é infundir malos pensamientos en la mente. Así como el Espíritu Santo infunde buenas sugestiones, así el diablo infunde las malas. Puso en el corazón de Judas el traicionar á Cristo (Juan xiii. 2).

(iii.) Satanás puede excitar é irritar la corrupción interior, y producir cierta inclinación en el corazón á abrazar una tentación. Aunque es verdad que Satanás no puede forzar á la voluntad á dar su consentimiento, sin embargo, siendo un pretendiente insistente, con su continua solicitación puede provocar al mal. Así provocó á David á contar el pueblo (I Crón. xxi. 1). El diablo puede, con sus sutiles argumentos, arrastrarnos al pecado por la disputa.

(3). Estas tentaciones son encaminadas para bien de los hijos de Dios. Un árbol sacudido por el viento queda más asentado y arraigado; así, el soplo de una tentación no hace sino asentar más al cristiano en la gracia. Las tentaciones son encaminadas para bien de ocho maneras:

(i.) La tentación envía el alma á la oración. Cuanto más furiosamente tienta Satanás, tanto más fervientemente ora el santo. El ciervo, herido por el dardo, corre más aprisa al agua. Cuando Satanás dispara sus dardos encendidos contra el alma, esta corre entonces más aprisa al trono de la gracia. Cuando Pablo tuvo el mensajero de Satanás que lo abofeteaba, dice: “Por lo cual tres veces he rogado al Señor, que se quite de mí” (2 Cor. xii. 8). La tentación es medicina contra la falsa seguridad. Lo que nos hace orar más, obra para bien.

(ii.) La tentación al pecado es un medio para guardar de la comisión del pecado. Cuanto más es tentado el hijo de Dios, tanto más pelea contra la tentación. Cuanto más tienta Satanás á la blasfemia, tanto más tiembla el santo ante tales pensamientos, y dice: “Quítate de delante, Satanás.” Cuando la señora de José lo tentó á la torpeza, cuanto más fuerte era su tentación, tanto más fuerte era la oposición de él. Aquella tentación que el diablo usa como espuela para el pecado, Dios la hace freno para apartar de él al cristiano.

(iii.) La tentación obra para bien, pues rebaja la hinchazón de la soberbia. “Para que no me enalteciese sobremanera, me es dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee” (2 Cor. xii. 7). El aguijón en la carne era para pinchar la hinchazón de la soberbia. Mejor es aquella tentación que me humilla que aquel deber que me ensoberbece. Antes que un cristiano sea altivo de mente, Dios permitirá que caiga por un tiempo en manos del diablo, para ser curado de su apostema.

(iv.) La tentación obra para bien, pues es una piedra de toque para probar lo que hay en el corazón. El diablo tienta para engañar; pero Dios permite que seamos tentados para probarnos. La tentación es una prueba de nuestra sinceridad. Da muestra de que nuestro corazón es casto y leal á Cristo cuando podemos mirar de frente una tentación y volverle la espalda. También es una prueba de nuestro valor. “Efraím es como paloma incauta, sin corazón” (Oseas vii. 11). Así puede decirse de muchos que están sin corazón; no tienen ánimo para resistir la tentación. No bien llega Satanás, cuando ya ceden; como el cobarde que, en cuanto se acerca el ladrón, le da su bolsa. Pero el cristiano valeroso es el que blande la espada del Espíritu contra Satanás, y antes morirá que ceder. Nunca se vio más el valor de los romanos que cuando fueron asaltados por los cartagineses: nunca se ve más el valor y la pujanza de un santo que en el campo de batalla, cuando pelea contra el dragón bermejo, y por el poder de la fe pone en fuga al diablo. Aquella gracia es oro probado, que puede resistir en la prueba de fuego y soportar los dardos encendidos.

(v.) Las tentaciones obran para bien, pues Dios hace á los que son tentados aptos para consolar á otros en la misma angustia. Un cristiano debe él mismo estar bajo los golpes de Satanás, antes de poder decir una palabra oportuna al que está cansado. San Pablo era versado en tentaciones. “No ignoramos sus maquinaciones” (2 Cor. ii. 11). Así pudo dar á conocer á otros las malditas artimañas de Satanás (1 Cor. x. 13). Un hombre que ha atravesado un lugar donde hay ciénagas y arenas movedizas es el más apto para guiar á otros por aquel camino peligroso. El que ha sentido las garras del león rugiente, y ha yacido sangrando bajo aquellas heridas, es el hombre más apto para tratar con uno que es tentado. Nadie puede descubrir mejor las tretas y ardides de Satanás que quienes han estado largo tiempo en la escuela de esgrima de la tentación.

(vi.) Las tentaciones obran para bien, pues despiertan en Dios una compasión paternal hacia los que son tentados. Al hijo que está enfermo y magullado es al que más se atiende. Cuando un santo yace bajo el magullamiento de las tentaciones, Cristo ora, y Dios el Padre se compadece. Cuando Satanás pone al alma en fiebre, Dios acude con un cordial; lo cual hizo decir á Lutero que las tentaciones son los abrazos de Cristo, porque entonces se manifiesta él más dulcemente al alma.

(vii.) Las tentaciones obran para bien, pues hacen que los santos anhelen más el cielo. Allí estarán fuera del alcance de los tiros; el cielo es lugar de reposo, allí no vuelan balas de tentación. El águila que remonta á lo alto del aire, y se posa en los árboles altos, no es molestada por la picadura de la serpiente: así, cuando los creyentes hayan ascendido al cielo, no serán molestados por la serpiente antigua. En esta vida, cuando pasa una tentación, viene otra. Esto hace que el pueblo de Dios desee que la muerte toque á retirada y lo llame á salir del campo donde las balas vuelan tan aprisa, para recibir una corona victoriosa, donde no el tambor ni el cañón, sino el arpa y la vihuela, sonarán para siempre.

(viii.) Las tentaciones obran para bien, pues ponen en acción la fuerza de Cristo. Cristo es nuestro Amigo, y cuando somos tentados, pone todo su poder á obrar por nosotros. “Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer á los que son tentados” (Heb. ii. 18). Si una pobre alma hubiera de pelear sola con el Goliat del infierno, de seguro sería vencida; pero Jesucristo hace entrar sus fuerzas auxiliares, da nuevas provisiones de gracia. “Y por medio de él somos más que vencedores,” (Rom. viii. 37). Así el mal de la tentación es encaminado para bien.

Pregunta. Pero á veces Satanás vence á un hijo de Dios. ¿Cómo obra esto para bien?

Respuesta. Concedo que, por la suspensión de la gracia divina y la furia de una tentación, un santo puede ser vencido; sin embargo, este ser vencido por una tentación será encaminado para bien. Por esta derrota Dios abre camino al aumento de la gracia. Pedro fue tentado á la confianza en sí mismo, presumió de su propia fuerza; y cuando se empeñó en sostenerse solo, Cristo lo dejó caer. Pero esto obró para su bien, le costó muchas lágrimas. “Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Mat. xxvi. 75). Y ahora se vuelve más modesto. No se atrevió á decir que amaba á Cristo más que los otros apóstoles. “¿Me amas más que estos?” (Juan xxi. 15). No se atrevió á decirlo; su caída quebró el cuello de su soberbia. El ser vencido por una tentación produce más circunspección y vigilancia en el hijo de Dios. Aunque Satanás lo había antes atraído al pecado con señuelo, en adelante será más cauto. Tendrá cuidado de no entrar más dentro del alcance de la cadena del león. Es más recatado y temeroso de las ocasiones de pecado. Nunca sale sin su armadura espiritual, y se ciñe la armadura por medio de la oración. Sabe que anda sobre terreno resbaladizo, por eso mira con prudencia sus pasos. Mantiene estrecho centinela en su alma, y cuando divisa venir al diablo, se pone sobre las armas y despliega la destreza de la fe (Ef. vi. 16). Este es todo el daño que hace el diablo. Cuando vence á un santo por la tentación, lo cura de su descuidada negligencia; le hace velar y orar más. Cuando las fieras saltan el seto y dañan la mies, el hombre hace más fuerte su cerca: así, cuando el diablo salta el seto por una tentación, el cristiano de seguro reparará su cerca; se volverá más temeroso del pecado y más cuidadoso del deber. Así el ser derrotado por la tentación obra para bien.

Objeción. Pero si el ser vencido obra para bien, esto puede hacer que los cristianos se despreocupen de si son o no vencidos por las tentaciones.

Respuesta. Hay mucha diferencia entre caer en una tentación y correr á una tentación. El caer en una tentación obrará para bien, no el correr á ella. El que cae en un río es capaz de recibir ayuda y compasión, pero el que desesperadamente se arroja á él es culpable de su propia muerte. Es locura meterse corriendo en la guarida de un león. El que corre por sí mismo á una tentación es como Saúl, que se echó sobre su propia espada.

De todo lo dicho, ved cómo Dios frustra á la serpiente antigua, haciendo que sus tentaciones redunden en bien de su pueblo. Ciertamente, si el diablo supiera cuánto provecho reciben los santos por la tentación, se abstendría de tentar. Dijo una vez Lutero: “Tres cosas hacen al cristiano: la oración, la meditación y la tentación.” San Pablo, en su viaje á Roma, halló un viento contrario (Hechos xxvii. 4). Así, el viento de la tentación es un viento contrario al del Espíritu; pero Dios se sirve de este viento contrario para empujar á los santos hacia el cielo.

3. El mal del desamparo obra para bien del piadoso.

El mal del desamparo obra para bien. La esposa se queja del desamparo. “Mi amado se había apartado, ya se había ido” (Cant. v. 6). Hay un doble apartamiento: o bien en cuanto á la gracia, cuando Dios suspende la influencia de su Espíritu y retiene los vivos obrares de la gracia. Si el Espíritu se ha ido, la gracia se congela en frialdad y desidia. O bien un apartamiento en cuanto al consuelo. Cuando Dios retiene las dulces manifestaciones de su favor, no mira con semblante tan agradable, sino que vela su rostro y parece haberse ido del todo del alma.

Dios es justo en todos sus apartamientos. Nosotros lo desamparamos antes de que él nos desampare. Desamparamos á Dios cuando abandonamos la estrecha comunión con él, cuando desamparamos sus verdades y no osamos declararnos por él, cuando dejamos la guía y dirección de su palabra y seguimos la engañosa luz de nuestros propios afectos y pasiones corrompidas. Por lo común, somos nosotros los que primero desamparamos á Dios; por tanto, no tenemos á quién culpar sino á nosotros mismos.

El desamparo es muy triste, porque, así como al retirarse la luz sigue la tiniebla en el aire, así, cuando Dios se aparta, hay tiniebla y tristeza en el alma. El desamparo es una agonía de la conciencia. Dios tiene al alma suspendida sobre el infierno. “Las saetas del Todopoderoso están en mí, cuyo veneno bebe mi espíritu” (Job vi. 4). Era costumbre entre los persas, en sus guerras, mojar sus flechas en el veneno de las serpientes para hacerlas más mortíferas. Así disparó Dios la envenenada saeta del desamparo en Job, bajo cuyas heridas yacía sangrando su espíritu. En tiempos de desamparo, el pueblo de Dios tiende á abatirse. Disputan contra sí mismos, y piensan que Dios los ha desechado del todo. Por eso recetaré algún consuelo al alma desamparada. El marinero, cuando no tiene estrella que lo guíe, tiene con todo luz en su linterna, que le ayuda algo á ver su brújula; así, expondré cuatro consolaciones, que son como la linterna del marinero, para dar alguna luz cuando la pobre alma navega en la oscuridad del desamparo y echa de menos el resplandeciente lucero de la mañana.

(1). Solo el piadoso es capaz de desamparo. Los malvados no saben qué significa el amor de Dios, ni qué es carecer de él. Saben qué es carecer de salud, de amigos, de negocio, pero no qué es carecer del favor de Dios. Temes no ser hijo de Dios porque estás desamparado. No puede decirse que el Señor retire su amor de los malvados, porque nunca lo tuvieron. El estar desamparado da testimonio de que eres hijo de Dios. ¿Cómo podrías quejarte de que Dios se ha extrañado de ti, si no hubieras recibido á veces de él sonrisas y muestras de amor?

(2). Puede haber la semilla de la gracia donde no está la flor del gozo. La tierra puede carecer de una cosecha de trigo, y con todo tener dentro una mina de oro. Un cristiano puede tener gracia dentro, aunque no crezca el dulce fruto del gozo. Las naves en el mar, ricamente cargadas de joyas y especias, pueden estar á oscuras y ser zarandeadas en la tormenta. Un alma enriquecida con los tesoros de la gracia puede, sin embargo, estar en la oscuridad del desamparo, y tan zarandeada que piense que va á perderse en la tormenta. David, en un estado de abatimiento, ora: “No quites de mí tu santo Espíritu” (Salmo li. 11). No ora, dice Agustín, “Señor, dame tu Espíritu”, sino “No quites tu Espíritu”, de modo que aún permanecía en él el Espíritu de Dios.

(3). Estos desamparos son solo por un tiempo. Cristo puede apartarse y dejar el alma por un rato, pero volverá. “Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; mas con misericordia eterna tendré compasión de ti” (Isa. liv. 8). Cuando la marea está en su punto más bajo, volverá á subir. “No contenderé para siempre, ni para siempre me enojaré; pues decaería delante de mí el espíritu, y las almas que yo he criado” (Isa. lvii. 16). La tierna madre deja en el suelo á su niño con enojo, pero volverá á tomarlo en sus brazos y á besarlo. Dios puede apartar al alma con enojo, pero volverá á recogerla en sus amados abrazos, y desplegará sobre ella la bandera del amor.

(4). Estos desamparos obran para bien del piadoso.

El desamparo cura al alma de la pereza. Hallamos á la esposa caída en el lecho de la pereza: “Yo duermo” (Cant. v. 2). Y al punto Cristo se había ido. “Mi amado se había apartado” (Cant. v. 6). ¿Quién hablará á uno que está adormilado?

El desamparo cura el afecto desordenado al mundo. “No améis al mundo” (I Juan ii. 15). Podemos tener el mundo como un ramillete en la mano, pero no debe estar demasiado cerca del corazón. Podemos usarlo como una posada donde tomamos una comida, pero no debe ser nuestro hogar. Quizá estas cosas seculares roban demasiado el corazón. Los hombres buenos á veces enferman de un hartazgo, y se embriagan con los deleites empalagosos de la prosperidad: y habiendo manchado sus alas de plata de la gracia, y desfigurado mucho la imagen de Dios de tanto frotarla contra la tierra, el Señor, para restablecerlos de esto, esconde su rostro en una nube. Este eclipse tiene buenos efectos: oscurece toda la gloria del mundo y hace que desaparezca.

El desamparo obra para bien, pues hace que los santos aprecien el rostro de Dios más que nunca. “Tu misericordia es mejor que la vida” (Salmo lxiii. 3). Con todo, lo común de esta misericordia la rebaja en nuestra estima. Cuando las perlas se hicieron comunes en Roma, comenzaron á ser despreciadas. Ningún medio mejor tiene Dios para hacernos apreciar su amor que retirarlo por un tiempo. ¡Si el sol brillara una sola vez al año, cómo se apreciaría! Cuando el alma ha estado largo tiempo entenebrecida por el desamparo, oh, ¡cuán bienvenido es ahora el retorno del Sol de justicia!

El desamparo obra para bien, pues es medio de amargarnos el pecado. ¿Puede haber mayor miseria que tener el desagrado de Dios? ¿Qué hace el infierno, sino el ocultarse el rostro de Dios? ¿Y qué hace que Dios oculte su rostro, sino el pecado? “Han llevado á mi Señor, y no sé dónde le han puesto” (Juan xx. 13). Así, nuestros pecados se han llevado al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. El favor de Dios es la mejor joya; puede endulzar una cárcel y quitar el aguijón á la muerte. Oh, ¡cuán odioso es, pues, aquel pecado que nos roba nuestra mejor joya! El pecado hizo que Dios desamparara su templo (Ezeq. viii. 6). El pecado hace que se muestre como enemigo y se vista de armadura. Esto hace que el alma persiga el pecado con un santo encono, y busque vengarse de él. El alma desamparada da al pecado á beber hiel y vinagre, y, con la lanza de la mortificación, le deja salir la sangre del corazón.

El desamparo obra para bien, pues pone al alma á llorar por la pérdida de Dios. Cuando el sol se va, cae el rocío; y cuando Dios se va, caen lágrimas de los ojos. ¡Cómo se turbó Micas cuando hubo perdido sus dioses! “Me habéis quitado mis dioses, ¿y qué más me queda?” (Jueces xviii. 24). Así, cuando Dios se ha ido, ¿qué más nos queda? No son el arpa y la vihuela los que pueden consolar cuando Dios se ha ido. Aunque sea triste carecer de la presencia de Dios, es bueno lamentar su ausencia.

El desamparo pone al alma á buscar á Dios. Cuando Cristo se hubo apartado, la esposa va tras él, lo busca “por las calles de la ciudad” (Cant. iii. 2). Y no habiéndolo hallado, alza el clamor tras él. “¿Habéis visto al que ama mi alma?” (Cant. iii. 3). El alma desamparada lanza descargas enteras de suspiros y gemidos. Llama á la puerta del cielo con la oración; no puede tener reposo hasta que brillen los dorados rayos del rostro de Dios.

El desamparo lleva al cristiano á la indagación. Indaga la causa de la partida de Dios. ¿Cuál es la cosa maldita que ha irritado á Dios? Quizá la soberbia, quizá el hartazgo en las ordenanzas, quizá la mundanalidad. “Por la iniquidad de su codicia me enojé, y me escondí” (Isa. lvii. 17). Quizá hay algún pecado secreto consentido. Una piedra en la cañería estorba la corriente del agua; así, el pecado en que se vive estorba la dulce corriente del amor de Dios. Así la conciencia, como un sabueso, habiendo descubierto el pecado y alcanzádolo, este Acán es apedreado hasta la muerte.

El desamparo obra para bien, pues nos da una visión de lo que Jesucristo padeció por nosotros. Si el sorber la copa es tan amargo, ¿cuán amarga fue la que Cristo bebió en la cruz? Bebió una copa de veneno mortal, que le hizo clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. xxvii. 46). Nadie puede apreciar tanto los padecimientos de Cristo, nadie puede arder tanto en amor á Cristo, como aquellos que han sido humillados por el desamparo, y han sido suspendidos por un tiempo sobre las llamas del infierno.

El desamparo obra para bien, pues prepara á los santos para el consuelo futuro. Las mordientes heladas preparan las flores de la primavera. Es el modo de proceder de Dios: primero abatir, luego consolar (2 Cor. vii. 6). Cuando nuestro Salvador hubo ayunado, entonces vinieron los ángeles y le sirvieron. Cuando el Señor ha tenido á su pueblo largo tiempo en ayunas, entonces envía al Consolador y lo alimenta con el maná escondido. “Luz está sembrada para el justo” (Salmo xcvii. 11). Los consuelos de los santos pueden estar escondidos como la semilla bajo tierra, pero la semilla va madurando, y crecerá, y florecerá en cosecha.

Estos desamparos obran para bien, pues nos harán el cielo más dulce. Aquí nuestros consuelos son como la luna: unas veces están llenos, otras menguantes. Dios se nos muestra por un rato, y luego se retira de nosotros. ¡Cómo realzará esto el cielo tanto más, y lo hará más deleitoso y arrebatador, cuando tengamos un semblante constante de amor de parte de Dios (1 Tes. iv. 17)!

Así vemos que los desamparos obran para bien. El Señor nos mete en lo profundo del desamparo, para no meternos en lo profundo de la condenación. Nos pone en un infierno aparente, para guardarnos de un infierno real. Dios nos está preparando para aquel tiempo en que gozaremos de sus sonrisas para siempre, cuando no habrá nubes en su rostro ni sol que se ponga, cuando Cristo venga y se quede con su esposa, y la esposa nunca vuelva á decir: “Mi amado se ha apartado.”

4. El mal del pecado obra para bien del piadoso.

El pecado, por su propia naturaleza, es condenable, pero Dios, en su infinita sabiduría, lo encamina, y hace que surja bien de aquello que más parece oponerse á él. En verdad, es cosa de admiración que salga miel alguna de este león. Podemos entenderlo en un doble sentido.

(1). Los pecados de los demás son encaminados para bien del piadoso. No es pequeña aflicción para un corazón agraciado vivir entre los malvados. “¡Ay de mí, que peregrino en Mesech!” (Salmo cxx. 5). Sin embargo, aun esto lo torna el Señor en bien. Porque,

(i.) Los pecados de los demás obran para bien del piadoso, pues producen santa tristeza. El pueblo de Dios llora por lo que no puede remediar. “Ríos de aguas descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley” (Salmo cxix. 136). David era un doliente por los pecados de los tiempos; su corazón se tornó en manantial, y sus ojos en ríos. Los malvados se divierten con el pecado. “Cuando haces mal, entonces te alegras” (Jer. xi. 15). Pero los piadosos son palomas que lloran; se afligen por los juramentos y las blasfemias de la época. Los pecados de los demás, como lanzas, traspasan sus almas. Este afligirse por los pecados de los demás es bueno. Muestra un corazón de hijo el resentir con dolor las injurias hechas á nuestro Padre celestial. Muestra también un corazón semejante al de Cristo. “Entristecido por la dureza de sus corazones” (Marcos iii. 5). El Señor toma especial nota de estas lágrimas: le agrada que lloremos cuando su gloria padece. Arguye más gracia el afligirse por los pecados de los demás que por los propios. Podemos afligirnos por nuestros propios pecados por temor del infierno, pero el afligirse por los pecados de los demás nace de un principio de amor á Dios. Estas lágrimas caen como el agua de las rosas, son dulces y fragantes, y Dios las pone en su redoma.

(ii.) Los pecados de los demás obran para bien del piadoso, pues lo mueven más á orar contra el pecado. Si no hubiera tal espíritu de maldad extendido, quizá no habría tal espíritu de oración. Los pecados clamorosos causan oraciones clamorosas. El pueblo de Dios ora contra la iniquidad de los tiempos, para que Dios ponga freno al pecado, para que haga que el pecado se avergüence. Si no pueden abatir el pecado con la oración, oran contra él; y esto lo recibe Dios con agrado. Estas oraciones serán á la vez registradas y recompensadas. Aunque no prevalezcamos en la oración, no perderemos nuestras oraciones. “Mi oración se revolvía en mi seno” (Salmo xxxv. 13).

(iii.) Los pecados de los demás obran para bien, pues nos hacen enamorarnos más de la gracia. Los pecados de los demás son un realce que hace resaltar más el brillo de la gracia. Un contrario realza al otro: la deformidad realza la hermosura. Los pecados de los malvados los desfiguran mucho. La soberbia es un pecado que desfigura; pues bien, ¡el contemplar la soberbia ajena nos hace enamorarnos más de la humildad! La malicia es un pecado que desfigura, es el retrato del diablo; cuanto más de ella vemos en otros, tanto más amamos la mansedumbre y la caridad. La embriaguez es un pecado que desfigura, convierte á los hombres en bestias, los priva del uso de la razón; cuanto más destemplados vemos á otros, tanto más hemos de amar la sobriedad. El negro rostro del pecado hace resaltar tanto más la hermosura de la santidad.

(iv.) Los pecados de los demás obran para bien, pues obran en nosotros una más fuerte oposición contra el pecado. “Han invalidado tu ley; por tanto, he amado tus mandamientos” (Salmo cxix. 126, 127). David nunca habría amado tanto la ley de Dios, si los malvados no se hubieran opuesto tanto á ella. Cuanto más violentos son otros contra la verdad, tanto más valientes son los santos por ella. El pez vivo nada contra la corriente; cuanto más sube la marea del pecado, tanto más nadan los piadosos contra ella. Las impiedades de los tiempos provocan santas pasiones en los santos; aquel enojo está sin pecado, que es contra el pecado. Los pecados de los demás son como piedra de afilar para sacarnos filo más agudo; aguzan tanto más nuestro celo é indignación contra el pecado.

(v.) Los pecados de los demás obran para bien, pues nos hacen más diligentes en labrar nuestra salvación. Cuando vemos á los malvados tomarse tanto trabajo por el infierno, esto nos hace más laboriosos por el cielo. Los malvados no tienen nada que los aliente, y sin embargo pecan. Se exponen á la vergüenza y al deshonor, se abren paso á través de toda oposición. La Escritura está contra ellos, y la conciencia está contra ellos, hay una espada encendida en el camino, y con todo pecan. Los corazones piadosos, viendo á los malvados así enloquecidos por el fruto prohibido, y consumiéndose en el servicio del diablo, se envalentonan y avivan tanto más en los caminos de Dios. Tomarán el cielo como por asalto. Los malvados son ligeras dromedarias en el pecado (Jer. ii. 23). ¿Y nos arrastraremos nosotros como caracoles en la religión? ¿Harán los pecadores impuros más servicio al diablo que nosotros á Cristo? ¿Se darán ellos más prisa hacia una cárcel que nosotros hacia un reino? ¿No se cansan nunca de pecar, y nos cansamos nosotros de orar? ¿No tenemos un Amo mejor que ellos? ¿No son placenteras las sendas de la virtud? ¿No hay gozo en el camino del deber, y el cielo al final? La actividad de los hijos de Belial en el pecado es una espuela para el piadoso, que le hace apretar el paso y correr más aprisa hacia el cielo.

(vi.) Los pecados de los demás obran para bien, pues son espejos en los que podemos ver nuestros propios corazones. ¿Vemos á un pecador infame é impío? He ahí un retrato de nuestros corazones. Tales seríamos nosotros, si Dios nos dejara. Lo que está en la práctica de otros hombres, está en nuestra naturaleza. El pecado en los malvados es como el fuego en una almenara, que llamea y arde á la vista; el pecado en los piadosos es como el fuego en el rescoldo. Cristiano, aunque no estalles en una llama de escándalo, no tienes por qué gloriarte, porque hay mucho pecado amontonado en el rescoldo de tu naturaleza. Tienes en ti la raíz de amargura, y darías tan infernal fruto como cualquiera, si Dios no te refrenara con su poder, o no te cambiara con su gracia.

(vii.) Los pecados de los demás obran para bien, pues son medio de hacer más agradecido al pueblo de Dios. Cuando ves á otro contagiado de la peste, ¡cuán agradecido estás de que Dios te haya preservado de ella! Buen uso puede hacerse de los pecados de los demás, para hacernos más agradecidos. ¿Por qué no habría podido Dios dejarnos en el mismo exceso de disolución? Piensa contigo mismo, oh cristiano, ¿por qué habría de ser Dios más propicio contigo que con otro? ¿Por qué habría de sacarte á ti del acebuche silvestre de la naturaleza, y no á él? ¡Cómo puede esto hacerte adorar la gracia gratuita! Lo que el fariseo dijo jactándose, podemos decirlo nosotros con gratitud: “Dios, gracias te doy que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, etc.” (Lucas xviii. 11). Así debiéramos adorar las riquezas de la gracia por no ser como otros: borrachos, blasfemos, profanadores del día de reposo. Cada vez que veamos á hombres apresurándose en el pecado, hemos de bendecir á Dios por no ser tales. Si vemos á una persona enloquecida, bendecimos á Dios de que no sea así con nosotros; mucho más, cuando vemos á otros bajo el poder de Satanás, debiéramos hacer nuestro agradecido reconocimiento de que no es esa nuestra condición. No tengamos el pecado por cosa liviana.

(viii.) Los pecados de los demás obran para bien, pues son medio de hacer mejor al pueblo de Dios. Cristiano, Dios puede hacerte salir ganancioso del pecado ajeno. Cuanto más impíos son los demás, tanto más santo debieras ser tú. Cuanto más se entrega al pecado un malvado, tanto más se entrega á la oración un hombre piadoso. “Mas yo me doy á la oración” (Salmo cix. 4).

(ix.) Los pecados de los demás obran para bien, pues nos dan ocasión de hacer el bien. Si no hubiera pecadores, no estaríamos en tal disposición para el servicio. Los piadosos son muchas veces el medio de convertir á los malvados; su prudente consejo y su piadoso ejemplo son un señuelo y un cebo para atraer á los pecadores á abrazar el evangelio. La enfermedad del paciente obra para bien del médico; al vaciar al paciente de humores nocivos, el médico se enriquece: así, al convertir á los pecadores del error de su camino, nuestra corona viene á acrecentarse. “Los que enseñan justicia á muchos, resplandecerán como las estrellas por siempre jamás” (Dan. xii. 3). No como lámparas ó candelas, sino como las estrellas para siempre. Así vemos que los pecados de los demás son encaminados para nuestro bien.

(2). El sentimiento de su propia pecaminosidad será encaminado para bien del piadoso. Así, nuestros propios pecados obrarán para bien. Esto ha de entenderse con cautela: cuando digo que los pecados del piadoso obran para bien, no que haya el menor bien en el pecado. El pecado es como un veneno, que corrompe la sangre, infecta el corazón y, sin un antídoto soberano, acarrea la muerte. Tal es la naturaleza venenosa del pecado: es mortal y condenatorio. El pecado es peor que el infierno; y con todo, Dios, por su poderoso y soberano gobierno, hace que el pecado, á la postre, redunde en bien de su pueblo. De ahí aquel dicho de oro de Agustín: “Dios nunca permitiría el mal, si no pudiera sacar bien del mal.” El sentimiento de pecaminosidad en los santos obra para bien de varias maneras.

(i.) El pecado los hace hastiarse de esta vida. Que haya pecado en el piadoso es triste, pero que le sea una carga es bueno. Las aflicciones de San Pablo (perdóneseme la expresión) no eran para él sino un juego, en comparación de su pecado. Se gozaba en la tribulación (2 Cor. vii. 4). ¡Pero cómo lloraba y se lamentaba esta ave del paraíso bajo sus pecados! “¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (Rom. vii. 24). Un creyente lleva sus pecados como el preso sus grillos; oh, ¡cómo anhela el día de la liberación! Este sentimiento del pecado es bueno.

(ii.) Esta presencia interior de la corrupción hace que los santos aprecien más á Cristo. El que siente su pecado, como el enfermo siente su enfermedad, ¡cuán bienvenido le es Cristo el médico! El que se siente picado por el pecado, ¡cuán preciosa le es la serpiente de bronce! Cuando Pablo hubo clamado por causa de un cuerpo de muerte, ¡cuán agradecido estuvo por Cristo! “Doy gracias á Dios por Jesucristo Señor nuestro” (Rom. vii. 25). La sangre de Cristo salva del pecado, y es el sagrado ungüento que mata este azogue.

(iii.) Este sentimiento del pecado obra para bien, pues es ocasión de poner al alma en seis deberes especiales:

(a) Pone al alma á examinarse á sí misma. Un hijo de Dios, consciente del pecado, toma la vela y la linterna de la Palabra, y escudriña su corazón. Desea conocer lo peor de sí mismo; como el que está enfermo del cuerpo desea conocer lo peor de su enfermedad. Aunque nuestro gozo está en el conocimiento de nuestras gracias, hay con todo algún provecho en el conocimiento de nuestras corrupciones. Por eso ora Job: “Hazme conocer mis transgresiones” (Job xiii. 23). Es bueno conocer nuestros pecados, para que no nos lisonjeemos, ni tengamos nuestra condición por mejor de lo que es. Es bueno descubrir nuestros pecados, no sea que ellos nos descubran á nosotros.

(b) La inherencia del pecado pone al hijo de Dios á abatirse á sí mismo. El pecado se deja en el hombre piadoso, como un cáncer en el pecho, ó una joroba en la espalda, para guardarlo de la soberbia. La grava y el lastre son buenos para lastrar un barco y guardarlo de volcar; el sentimiento del pecado ayuda á lastrar el alma, para que no vuelque con la vanagloria. Leemos de las “manchas de los hijos de Dios” (Deut. xxxii. 5). Cuando un hombre piadoso contempla su rostro en el espejo de la Escritura, y ve las manchas de la incredulidad y la hipocresía, esto hace caer las plumas de la soberbia; son manchas que humillan. Buen uso puede hacerse aun de nuestros pecados, cuando dan ocasión á tener bajos pensamientos de nosotros mismos. Mejor es aquel pecado que me humilla que aquel deber que me ensoberbece. El santo Bradford dijo estas palabras de sí mismo: “Soy un hipócrita pintado”; y Hooper dijo: “Señor, yo soy infierno, y tú eres cielo.”

(c) El pecado pone al hijo de Dios á juzgarse á sí mismo; pronuncia sentencia contra sí mismo. “Ciertamente soy yo más rudo que ningún hombre” (Prov. xxx. 2). Es peligroso juzgar á otros, pero es bueno juzgarnos á nosotros mismos. “Si nos juzgásemos á nosotros mismos, no seríamos juzgados” (I Cor. xi. 31). Cuando un hombre se ha juzgado á sí mismo, Satanás queda destituido de su oficio. Cuando le imputa algo á un santo, este puede replicar y decir: “Es verdad, Satanás, soy culpable de estos pecados; pero ya me he juzgado á mí mismo por ellos; y habiéndome condenado en el tribunal inferior de la conciencia, Dios me absolverá en el tribunal superior del cielo.”

(d) El pecado pone al hijo de Dios á combatir consigo mismo. El yo espiritual combate con el yo carnal. “El espíritu codicia contra la carne” (Gál. v. 17). Nuestra vida es una vida de peregrinación, y una vida de guerra. Cada día se libra un duelo entre las dos simientes. Un creyente no dejará que el pecado tenga posesión pacífica. Si no puede echar fuera el pecado, lo tendrá sujeto; aunque no puede vencer del todo, va venciendo. “Al que vence” (Ap. ii. 7).

(e) El pecado pone al hijo de Dios á observarse á sí mismo. Sabe que el pecado es un traidor de casa, por eso se observa cuidadosamente á sí mismo. Un corazón sutil necesita un ojo vigilante. El corazón es como un castillo que corre peligro á toda hora de ser asaltado; esto hace que el hijo de Dios sea siempre un centinela, y monte guardia en torno á su corazón. Un creyente tiene un ojo estricto sobre sí mismo, no sea que caiga en alguna escandalosa enormidad, y abra así una compuerta por donde se escape todo su consuelo.

(f) El pecado pone al alma á reformarse á sí misma. Un hijo de Dios no solo descubre el pecado, sino que expulsa el pecado. Un pie pone sobre el cuello de sus pecados, y el otro pie lo “vuelve á los testimonios de Dios” (Salmo cxix. 59). Así los pecados del piadoso obran para bien. Dios hace de las dolencias de los santos sus medicinas.

Pero nadie abuse de esta doctrina. No digo que el pecado obre para bien de una persona impenitente. No, obra para su condenación; pero obra para bien de los que aman á Dios; y en cuanto á vosotros los piadosos, sé que no sacaréis de esto una conclusión errónea, ni para tener el pecado por cosa liviana, ni para atreveros con el pecado. Si tal hicierais, Dios haría que os costara caro. Acordaos de David. Se aventuró presuntuosamente al pecado, ¿y qué sacó? Perdió su paz, sintió los terrores del Todopoderoso en su alma, aunque tenía todos los auxilios para la alegría. Era rey; era diestro en la música; y sin embargo nada podía administrarle consuelo: se queja de sus “huesos quebrantados” (Salmo li. 8). Y aunque al fin salió de aquella nube oscura, algunos teólogos son de la opinión de que nunca recobró su gozo pleno hasta el día de su muerte. Si alguno del pueblo de Dios se pusiera á jugar con el pecado, porque Dios puede tornarlo en bien, aunque el Señor no lo condene, puede enviarlo al infierno en esta vida. Puede ponerlo en tan amargas agonías y convulsiones del alma, que lo llenen de horror y lo hagan acercarse á la desesperación. Sea esto una espada encendida para guardarlo de acercarse al árbol prohibido.

Y así he mostrado que tanto las mejores cosas como las peores, por la mano soberana del gran Dios, obran juntamente para el bien de los santos.

De nuevo lo digo: no tengas el pecado por cosa liviana.

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Todas las cosas para bien Thomas Watson

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