Todas las cosas para bien ·Las mejores cosas obran para bien del piadoso

Capítulo 3 · 20 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Las mejores cosas obran para bien del piadoso

CONSIDERAREMOS, primero, qué cosas obran para bien del piadoso; y aquí mostraremos que tanto las mejores cosas como las peores obran para su bien. Comenzamos con las mejores cosas.

1. Los atributos de Dios obran para bien del piadoso.

(1). El poder de Dios obra para bien. Es un poder glorioso (Col. i. 11), y está empeñado en el bien de los escogidos.

El poder de Dios obra para bien, sosteniéndonos en la tribulación. “Debajo están los brazos eternos” (Deut. xxxiii. 27). ¿Qué sostuvo á Daniel en el foso de los leones? ¿Á Jonás en el vientre del pez? ¿Á los tres hebreos en el horno? Solo el poder de Dios. ¿No es admirable ver crecer y florecer una caña cascada? ¿Cómo puede un cristiano débil, no solo soportar la aflicción, sino gozarse en ella? Es sostenido por los brazos del Todopoderoso. “Mi fortaleza se perfecciona en la flaqueza” (2 Cor. xii. 9).

El poder de Dios obra por nosotros supliendo nuestras necesidades. Dios crea consuelos cuando faltan los medios. Aquel que llevó alimento al profeta Elías por medio de los cuervos, dará sustento á su pueblo. Dios puede conservar “el aceite de la vasija” (I Reyes xvii. 14). El Señor hizo retroceder diez grados el sol en el reloj de Acaz: así, cuando nuestros consuelos exteriores declinan y el sol está casi por ponerse, muchas veces Dios obra un reavivamiento y hace retroceder el sol muchos grados.

El poder de Dios sujeta nuestras corrupciones. “Él sujetará nuestras iniquidades” (Miqueas vii. 19). ¿Es fuerte tu pecado? Dios es poderoso; quebrantará la cabeza de este leviatán. ¿Está duro tu corazón? Dios disolverá esa piedra en la sangre de Cristo. “El Todopoderoso ablanda mi corazón” (Job xxiii. 16). Cuando decimos como Josafat: “no hay en nosotros fuerza contra tan grande multitud”, el Señor sube con nosotros y nos ayuda á pelear nuestras batallas. Corta las cabezas de aquellas concupiscencias gigantescas que son demasiado fuertes para nosotros.

El poder de Dios vence á nuestros enemigos. Mancha la soberbia y quebranta la confianza de los adversarios. “Los quebrantarás con vara de hierro” (Salmo ii. 9). Hay furia en el enemigo, malicia en el diablo, pero poder en Dios. ¡Con cuánta facilidad puede desbaratar todas las fuerzas de los impíos! “No es nada para ti, Señor, dar ayuda” (2 Crón. xiv. 11). El poder de Dios está de parte de su iglesia. “Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu excelencia?” (Deut. xxxiii. 29).

(2). La sabiduría de Dios obra para bien. La sabiduría de Dios es nuestro oráculo para instruirnos. Así como es el Dios fuerte, también es el Consejero (Isa. ix. 6). Muchas veces estamos á oscuras, y en asuntos intrincados y dudosos no sabemos qué camino tomar; aquí Dios interviene con su luz. “Te guiaré con mis ojos” (Sal. xxxii. 8). “Ojos”, allí, se pone por la sabiduría de Dios. ¿Por qué pueden los santos ver más lejos que los políticos más perspicaces? Prevén el mal y se esconden; descubren los sofismas de Satanás. La sabiduría de Dios es la columna de fuego que va delante y los guía.

(3). La bondad de Dios obra para bien del piadoso. La bondad de Dios es un medio para hacernos buenos. “La benignidad de Dios te guía á arrepentimiento” (Rom. ii. 4). La bondad de Dios es un rayo de sol espiritual que derrite el corazón en lágrimas. Oh, dice el alma, ¿tan bueno ha sido Dios conmigo? ¿Me ha librado tanto tiempo del infierno, y aún he de contristar á su Espíritu? ¿He de pecar contra la bondad?

La bondad de Dios obra para bien, pues introduce todas las bendiciones. Los favores que recibimos son los arroyos de plata que fluyen de la fuente de la bondad de Dios. Este divino atributo de la bondad trae dos clases de bendiciones. Bendiciones comunes: de estas todos participan, los malos tanto como los buenos; este dulce rocío cae sobre el cardo lo mismo que sobre la rosa. Bendiciones coronadoras: de estas solo el piadoso participa. “El que nos corona de misericordia y benignidad” (Salmo ciii. 4). Así, los benditos atributos de Dios obran para bien de los santos.

2. Las promesas de Dios obran para bien del piadoso.

Las promesas son pagarés de la mano de Dios; ¿no es bueno tener una garantía? Las promesas son la leche del evangelio; ¿y no es la leche para el bien del niño? Se las llama “preciosas promesas” (2 Ped. i. 4). Son como cordiales para un alma que está á punto de desfallecer. Las promesas están llenas de virtud.

¿Estamos bajo la culpa del pecado? Hay una promesa: “Jehová, misericordioso y clemente” (Éxodo xxxiv. 6), donde Dios, por decirlo así, se reviste de su gloriosa vestidura bordada y extiende el cetro de oro para animar á los pobres pecadores temblorosos á que vengan á él. “Jehová, misericordioso.” Dios está más dispuesto á perdonar que á castigar. La misericordia se multiplica más en él que el pecado en nosotros. La misericordia es su naturaleza. La abeja da miel por naturaleza; solo pica cuando se la provoca. “Pero”, dice el pecador culpable, “no puedo merecer misericordia.” Con todo, él es clemente: muestra misericordia, no porque merezcamos misericordia, sino porque se deleita en la misericordia. Mas ¿qué es eso para mí? Quizá mi nombre no está en el perdón. “Que guarda la misericordia á millares”: el tesoro de la misericordia no se agota. Dios tiene tesoros guardados; ¿y por qué no habrías de recibir tú la parte de un hijo?

¿Estamos bajo la contaminación del pecado? Hay una promesa que obra para bien. “Yo sanaré sus rebeliones” (Os. xiv. 4). Dios no solo concederá misericordia, sino gracia. Y ha hecho la promesa de enviar su Espíritu (Isa. xliv. 3), el cual, por su naturaleza santificadora, en la Escritura se compara á veces al agua, que limpia el vaso; á veces al aventador, que avienta el grano y purifica el aire; á veces al fuego, que refina los metales. Así, el Espíritu de Dios limpiará y consagrará el alma, haciéndola participante de la naturaleza divina.

¿Estamos en gran tribulación? Hay una promesa que obra para nuestro bien: “Con él estaré yo en la angustia” (Salmo xci. 15). Dios no lleva á su pueblo á las tribulaciones para dejarlo allí. Estará á su lado; sostendrá sus cabezas y sus corazones cuando desfallezcan. Y hay otra promesa: “Y él es la fortaleza de ellos en el tiempo de la angustia” (Salmo xxxvii. 39). “Oh”, dice el alma, “desfalleceré en el día de la prueba.” Pero Dios será la fortaleza de nuestros corazones; unirá sus fuerzas á las nuestras. O aligerará su mano, o hará más fuerte nuestra fe.

¿Tememos las carencias exteriores? Hay una promesa. “Los que buscan á Jehová no tendrán falta de ningún bien” (Salmo xxxiv. 10). Si nos es bueno, lo tendremos; si no nos es bueno, entonces el que se nos niegue es bueno. “Bendeciré tu pan y tus aguas” (Éxodo xxiii. 25). Esta bendición cae como el rocío de miel sobre la hoja; endulza lo poco que poseemos. Que me falte el manjar, con tal que tenga la bendición. Pero ¿temo que no lograré el sustento? Repasa aquella Escritura: “Mozo fuí, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan” (Salmo xxxvii. 25). ¿Cómo hemos de entender esto? David lo dice como observación propia; nunca contempló semejante eclipse, nunca vio á un hombre piadoso tan abatido que no tuviera un bocado de pan que llevarse á la boca. David nunca vio al justo ni á su simiente pasar necesidad. Aunque el Señor tal vez pruebe por algún tiempo con la escasez á los padres piadosos, no así también á su simiente; se proveerá para la simiente del piadoso. David nunca vio al justo mendigando pan y desamparado. Aunque pueda verse reducido á grandes estrecheces, no así desamparado; sigue siendo heredero del cielo, y Dios lo ama.

Preg. ¿Cómo obran las promesas para bien?

Resp. Son alimento para la fe; y lo que fortalece la fe obra para bien. Las promesas son la leche de la fe; la fe extrae de ellas su nutrimento, como el niño del pecho. “Jacob tuvo gran temor” (Gén. xxxii. 7). Sus fuerzas estaban á punto de desfallecer; entonces acude á la promesa: “Señor, tú has dicho que me harás bien” (Gén. xxxii. 12). Esta promesa fue su alimento. Cobró tanta fortaleza de esta promesa, que pudo luchar con el Señor toda la noche en oración, y no lo dejó ir hasta que lo hubo bendecido.

Las promesas también son manantiales de gozo. Hay más en las promesas para consolar que en el mundo para turbar. Ursino fue consolado por aquella promesa: “Nadie las arrebatará de la mano de mi Padre” (Juan x. 29). Las promesas son cordiales en un desmayo. “Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido” (Salmo cxix. 92). Las promesas son como el corcho en la red, que sostiene el corazón para que no se hunda en las aguas profundas de la angustia.

3. Las misericordias de Dios obran para bien del piadoso.

Las misericordias de Dios humillan. “Y entró el rey David, y púsose delante de Jehová, y dijo: ¿Quién soy yo, Señor Jehová, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?” (2 Sam. vii. 18). Señor, ¿por qué se me confiere tal honra, que llegue á ser rey? ¿Que yo, que seguía las ovejas, entre y salga delante de tu pueblo? Así dice un corazón agraciado: “Señor, ¿qué soy yo, para que me vaya mejor que á otros? ¿Para que yo beba del fruto de la vid, mientras otros beben, no solo una copa de ajenjo, sino una copa de sangre (esto es, padecer hasta la muerte)? ¿Qué soy yo, para tener esas misericordias que faltan á otros mejores que yo? Señor, ¿por qué es que, á pesar de toda mi indignidad, una nueva marea de misericordia entra cada día?” Las misericordias de Dios hacen soberbio al pecador, pero humilde al santo.

Las misericordias de Dios tienen una influencia que enternece el alma; la derriten en amor á Dios. Los juicios de Dios nos hacen temerle; sus misericordias nos hacen amarle. ¡Cómo obró la bondad en Saúl! David lo tenía á su merced, y pudo haberle cortado, no solo la orilla del manto, sino la cabeza; sin embargo, le perdona la vida. Esta bondad derritió el corazón de Saúl. “¿No es esta tu voz, hijo mío David? Y alzó Saúl su voz, y lloró” (1 Sam. xxiv. 16). Tal influencia enternecedora tiene la misericordia de Dios; hace que los ojos derramen lágrimas de amor.

Las misericordias de Dios hacen fructífero el corazón. Cuando se invierte más en un campo, este da mejor cosecha. Un alma agraciada honra al Señor con sus bienes. No hace con sus misericordias como Israel con sus joyas y zarcillos, que hicieron un becerro de oro; sino que, como hizo Salomón con el dinero echado en el tesoro, edifica un templo para el Señor. Los dorados aguaceros de la misericordia producen fertilidad.

Las misericordias de Dios hacen agradecido el corazón. “¿Qué pagaré á Jehová por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salud” (Salmo cxvi. 12, 13). David alude al pueblo de Israel, que en sus ofrendas de paz solía tomar una copa en las manos y dar gracias á Dios por las liberaciones. Cada misericordia es una limosna de pura gracia; y esto ensancha el alma en gratitud. Un buen cristiano no es una tumba para sepultar las misericordias de Dios, sino un templo para cantar sus alabanzas. Si cada ave, á su manera, como dice Ambrosio, gorjea su gratitud á su Hacedor, mucho más lo hará un cristiano noble, cuya vida está enriquecida y perfumada de misericordia.

Las misericordias de Dios vivifican. Así como son imanes que atraen al amor, así son piedras de afilar para la obediencia. “Andaré delante de Jehová en la tierra de los vivientes” (Salmo cxvi. 9). Quien pasa revista á sus bendiciones se considera á sí mismo como una persona comprometida con Dios. Del dulzor de la misericordia arguye la prontitud del deber. Se gasta y se desgasta por Cristo; se dedica á Dios. Entre los romanos, cuando uno había rescatado á otro, este quedaba obligado después á servirle. Un alma rodeada de misericordia es celosamente activa en el servicio de Dios.

Las misericordias de Dios producen compasión hacia los demás. Un cristiano es un salvador temporal. Alimenta al hambriento, viste al desnudo y visita á la viuda y al huérfano en su aflicción; entre ellos siembra las doradas semillas de su caridad. “El hombre de bien tiene misericordia, y presta” (Salmo cxii. 5). La caridad brota de él con largueza, como la mirra del árbol. Así, para el piadoso, las misericordias de Dios obran para bien; son alas para elevarlo al cielo.

Las misericordias espirituales también obran para bien.

La palabra predicada obra para bien. Es olor de vida, es palabra que transforma el alma, asemeja el corazón á la imagen de Cristo; produce certidumbre. “Nuestro evangelio no fué á vosotros en palabra solamente, mas también en potencia, y en el Espíritu Santo, y en mucha certidumbre” (I Tes. i. 5). Es el carro de la salvación.

La oración obra para bien. La oración es el fuelle del afecto; aviva los santos deseos y ardores del alma. La oración tiene poder para con Dios. “Mandadme” (Isa. xlv. 11). Es una llave que abre el tesoro de la misericordia de Dios. La oración mantiene el corazón abierto á Dios y cerrado al pecado; aplaca los corazones desenfrenados y los ímpetus de la concupiscencia. Fue consejo de Lutero á un amigo que, cuando percibiera que empezaba á surgir una tentación, se entregara á la oración. La oración es el arma del cristiano, que descarga contra sus enemigos. La oración es la medicina soberana del alma. La oración santifica toda misericordia (I Tim. iv. 5). Es la que disipa la tristeza: al desahogar el dolor, alivia el corazón. Cuando Ana hubo orado, “se fué su camino, y no estuvo más triste” (I Sam. i. 18). Y si tiene estos raros efectos, entonces obra para bien.

La Cena del Señor obra para bien. Es emblema de la cena de las bodas del Cordero (Ap. xix. 9), y arras de aquella comunión que tendremos con Cristo en gloria. Es un banquete de manjares suculentos; nos da pan del cielo, tal que conserva la vida y aparta la muerte. Tiene gloriosos efectos en los corazones de los piadosos. Aviva sus afectos, fortalece sus gracias, mortifica sus corrupciones, reanima sus esperanzas y acrecienta su gozo. Dice Lutero: “Tan grande obra es consolar á un alma abatida como resucitar á un muerto”; y esto puede hacerse, y á veces se hace, en las almas de los piadosos en la bendita cena.

4. Las gracias del Espíritu obran para bien.

La gracia es al alma lo que la luz al ojo, lo que la salud al cuerpo. La gracia hace al alma lo que una esposa virtuosa á su marido: “Le hará bien todos los días de su vida” (Prov. xxxi. 12). ¡Cuán incomparablemente útiles son las gracias! La fe y el temor van de la mano. La fe mantiene el corazón alegre; el temor lo mantiene serio. La fe guarda al corazón de hundirse en la desesperación; el temor lo guarda de flotar en la presunción. Todas las gracias despliegan su hermosura: la esperanza es “el yelmo” (I Tes. v. 8), la mansedumbre “el adorno” (I Ped. iii. 4), el amor “el vínculo de la perfección” (Col. iii. 14). Las gracias de los santos son armas para defenderlos, alas para elevarlos, joyas para enriquecerlos, especias para perfumarlos, estrellas para adornarlos, cordiales para reanimarlos. ¿Y no obra todo esto para bien? Las gracias son nuestras pruebas para el cielo. ¿No es bueno tener nuestras pruebas á la hora de la muerte?

5. Los ángeles obran para bien de los santos.

Los buenos ángeles están prestos á rendir todos los oficios de amor al pueblo de Dios. “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio á favor de los que serán herederos de la salud?” (Heb. i. 14). Algunos de los padres opinaban que cada creyente tiene su ángel guardián. Este asunto no necesita acalorado debate. Bástenos saber que toda la jerarquía de los ángeles está empleada para el bien de los santos.

Los buenos ángeles sirven á los santos en la vida. El ángel consoló á la virgen María (Lucas i. 28). Los ángeles cerraron la boca de los leones, para que no pudieran dañar á Daniel (Dan. vi. 22). El cristiano tiene á su alrededor una guardia invisible de ángeles. “Él mandará á sus ángeles acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos” (Salmo xci. 11). Los ángeles son la guardia personal de los santos, sí, los más excelsos de los ángeles: “¿No son todos espíritus ministradores?” Los ángeles más altos cuidan de los santos más humildes.

Los buenos ángeles sirven en la muerte. Los ángeles rodean los lechos de enfermedad de los santos para consolarlos. Como Dios consuela por su Espíritu, así también por sus ángeles. Cristo en su agonía fue confortado por un ángel (Lucas xxii. 43); así también los creyentes en la agonía de la muerte: y cuando expira el aliento de los santos, sus almas son llevadas al cielo por una escolta de ángeles (Lucas xvi. 22).

Los buenos ángeles sirven también en el día del juicio. Los ángeles abrirán las sepulturas de los santos y los conducirán á la presencia de Cristo, cuando sean hechos semejantes á su cuerpo glorioso. “Y enviará sus ángeles, y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro” (Mat. xxiv. 31). Los ángeles, en el día del juicio, librarán al piadoso de todos sus enemigos. Aquí los santos son atormentados por enemigos. “Me son contrarios, porque sigo lo bueno” (Salmo xxxviii. 20). Pues bien, en breve darán los ángeles al pueblo de Dios carta de descanso, y lo pondrán libre de todos sus enemigos: “La cizaña son los hijos del malo; la siega es el fin del mundo; y los segadores son los ángeles. De manera que como es cogida la cizaña, y quemada en el fuego, así será en el fin de este siglo: el Hijo del hombre enviará sus ángeles, y cogerán de su reino todo lo que ofende, y á los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego” (Mat. xiii. 38-42). En el día del juicio, los ángeles de Dios tomarán á los impíos, que son la cizaña, los atarán en manojos y los arrojarán al horno del infierno, y entonces el piadoso no será molestado más por enemigos: así los buenos ángeles obran para bien. Mira aquí la honra y dignidad del creyente. Tiene el nombre de Dios escrito en él (Ap. iii. 12), al Espíritu Santo morando en él (2 Tim. i. 14), y una guardia de ángeles que lo asiste.

6. La comunión de los santos obra para bien.

“Somos ayudadores de vuestro gozo” (2 Cor. i. 24). Un cristiano que conversa con otro es un medio para confirmarlo. Así como las piedras de un arco se ayudan á sostenerse unas á otras, un cristiano, al comunicar su experiencia, enardece y aviva á otro. “Provoquémonos unos á otros al amor y á las buenas obras” (Heb. x. 24). ¡Cómo florece la gracia por la santa conversación! Un cristiano, con buen discurso, derrama sobre otro aquel aceite que hace arder con más brillo la lámpara de su fe.

7. La intercesión de Cristo obra para bien.

Cristo está en el cielo, como Aarón con su plancha de oro sobre la frente y su precioso incienso; y ruega por todos los creyentes lo mismo que rogó por los apóstoles. “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí” (Juan xvii. 20). Cuando un cristiano está débil y apenas puede orar por sí mismo, Jesucristo está orando por él; y ruega por tres cosas. Primera, que los santos sean guardados del pecado (Juan xvii. 15). “Ruego que los guardes del mal.” Vivimos en el mundo como en una casa apestada; Cristo ruega que sus santos no se contagien del mal contagioso de los tiempos. Segunda, por el progreso de su pueblo en la santidad. “Santifícalos” (Juan xvii. 17). Que tengan continuas provisiones del Espíritu, y sean ungidos con aceite fresco. Tercera, por su glorificación: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo” (Juan xvii. 24). Cristo no se da por satisfecho hasta que los santos estén en sus brazos. Esta oración, que hizo en la tierra, es el traslado y modelo de su oración en el cielo. ¡Qué consuelo es este: cuando Satanás está tentando, Cristo está orando! Esto obra para bien.

La oración de Cristo quita los pecados de nuestras oraciones. Como un niño, dice Ambrosio, que queriendo presentar á su padre un ramillete, va al jardín y allí recoge juntas algunas flores y algunas malas hierbas, pero al llegar á su madre, ella entresaca las malas hierbas y ata las flores, y así se le presenta al padre: así, cuando hemos elevado nuestras oraciones, viene Cristo, entresaca las malas hierbas, el pecado de nuestra oración, y no presenta á su Padre sino flores, que son de olor suave.

8. Las oraciones de los santos obran para bien del piadoso.

Los santos oran por todos los miembros del cuerpo místico; sus oraciones prevalecen mucho. Prevalecen para la recuperación de la enfermedad: “La oración de fe salvará al enfermo, y el Señor le levantará” (Sant. v. 15). Prevalecen para la victoria sobre los enemigos. “Levanta pues oración por las reliquias que aún han quedado” (Isa. xxxvii. 4). “Y salió el ángel de Jehová, é hirió en el campo de los Asirios ciento ochenta y cinco mil” (Isa. xxxvii. 36). Prevalecen para la liberación de la cárcel. “Mas la iglesia hacía sin cesar oración á Dios por él. Y he aquí, el ángel del Señor sobrevino, y una luz resplandeció en la cárcel; é hiriendo á Pedro en el lado, le despertó, y sus cadenas se le cayeron” (Hechos xii. 5-7). El ángel sacó á Pedro de la cárcel, pero fue la oración la que trajo al ángel. Prevalecen para el perdón del pecado. “Mi siervo Job orará por vosotros, porque á él atenderé” (Job xlii. 8). Así, las oraciones de los santos obran para bien del cuerpo místico. Y no es pequeño privilegio para un hijo de Dios que haya un continuo comercio de oración movido en su favor. Cuando llega á cualquier lugar, puede decir: “Aquí tengo alguna oración; más aún, por todo el mundo tengo un caudal de oración que corre por mí. Cuando estoy indispuesto y desafinado, otros oran por mí, que están vivos y fervientes.” Así, las mejores cosas obran para bien del pueblo de Dios.

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Todas las cosas para bien Thomas Watson

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