Todas las cosas para bien ·Acerca del propósito de Dios

Capítulo 11 · 5 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Acerca del propósito de Dios

1. El propósito de Dios es la causa de la salvación.

LA tercera y última cosa del texto, á la que sólo aludiré brevemente, es el fundamento y origen de nuestro llamamiento eficaz, en estas palabras: “según su propósito” (Efes. i. 11). Anselmo lo traduce: Según su buena voluntad. Pedro Mártir lo lee: Según su decreto. Este propósito, ó decreto de Dios, es el manantial de nuestras bendiciones espirituales. Es la causa impulsora de nuestra vocación, justificación y glorificación. Es el eslabón más alto en la cadena de oro de la salvación. ¿Cuál es la razón de que un hombre sea llamado, y no otro? Proviene del eterno propósito de Dios. El decreto de Dios da el voto decisivo en la salvación del hombre.

Atribuyamos, pues, toda la obra de la gracia al beneplácito de la voluntad de Dios. Dios no nos escogió porque fuésemos dignos, sino que, escogiéndonos, nos hace dignos. Los hombres soberbios son propensos á atribuirse y arrogarse demasiado á sí mismos, haciéndose partícipes con Dios. Mientras muchos claman contra el sacrilegio de la iglesia, ellos, entre tanto, son culpables de un sacrilegio mucho mayor, robando á Dios su gloria, al ir á poner la corona de la salvación sobre su propia cabeza. Pero hemos de resolverlo todo en el propósito de Dios. Las señales de la salvación están en los santos, mas la causa de la salvación está en Dios.

Si es el propósito de Dios lo que salva, entonces no es el libre albedrío. Así, los pelagianos son enérgicos defensores del libre albedrío. Nos dicen que el hombre tiene un poder innato para efectuar su propia conversión; mas este texto lo refuta. Nuestro llamamiento es “según el propósito de Dios.” La Escritura arranca de raíz el libre albedrío. “No es del que quiere” (Rom. ix. 16). Todo depende del propósito de Dios. Cuando el preso es condenado en el tribunal, no hay salvarlo, á menos que el rey tenga el propósito de salvarlo. El propósito de Dios es su prerrogativa real.

Si es el propósito de Dios lo que salva, entonces no es el mérito. Belarmino sostiene que las buenas obras expían el pecado y merecen la gloria; pero el texto dice que somos llamados según el propósito de Dios, y hay una Escritura paralela: “El cual nos salvó, y llamó con llamamiento santo, no conforme á nuestras obras, mas según su propósito y gracia” (2 Tim. i. 9). No existe tal cosa como el mérito. Nuestras mejores obras tienen en sí tanto deficiencia como corrupción, y así no son sino pecados relucientes; por tanto, si somos llamados y justificados, es el propósito de Dios el que lo lleva á cabo.

Objeción. Pero los papistas alegan aquella Escritura en favor del mérito: “Me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Tim. iv. 8). Esta es la fuerza de su argumento. Si Dios en justicia recompensa nuestras obras, entonces éstas merecen la salvación.

Réplica. Á esto respondo: Dios da la recompensa como Juez justo, no á la dignidad de nuestras obras, sino á la dignidad de Cristo. Dios, como Juez justo, nos recompensa, no porque lo hayamos merecido, sino porque lo ha prometido. Dios tiene dos tribunales, un tribunal de misericordia y un tribunal de justicia: el Señor condena en el tribunal de justicia aquellas obras que corona en el tribunal de misericordia. Por tanto, lo que lleva el peso principal en nuestra salvación es el propósito de Dios.

Además, si el propósito de Dios es el manantial de la bienaventuranza, entonces no somos salvos por una fe prevista. Es absurdo pensar que algo en nosotros pudiera tener el menor influjo sobre nuestra elección. Algunos dicen que Dios previó que tales personas creerían, y por eso las escogió; y así harían depender el negocio de la salvación de algo que hay en nosotros. Mientras que Dios no nos escoge por la fe, sino para la fe. “Nos escogió, para que fuésemos santos” (Efes. i. 4), no porque fuésemos santos, sino para que fuésemos santos. Somos elegidos á la santidad, no por ella. ¿Qué podría prever Dios en nosotros, sino contaminación y rebelión? Si algún hombre es salvo, es según el propósito de Dios.

Pregunta. ¿Cómo sabremos que Dios tiene el propósito de salvarnos?

Respuesta. Por ser eficazmente llamados. “Procurad hacer firme vuestra vocación y elección” (2 Ped. i. 10). Hacemos firme nuestra elección haciendo firme nuestro llamamiento. “Dios os haya escogido para salud, por la santificación” (2 Tes. ii. 13). Por la corriente llegamos al fin á la fuente. Si hallamos la corriente de la santificación corriendo en nuestras almas, podemos por esto llegar al manantial de la elección. Cuando un hombre no puede mirar hacia el Ornamento, con todo puede saber que la luna está allí al verla brillar sobre el agua: así, aunque no puedo mirar dentro del secreto del propósito de Dios, con todo puedo saber que soy elegido, por el brillar de la gracia santificadora en mi alma. Todo aquel que halla la palabra de Dios transcrita y copiada en su corazón puede concluir innegablemente su elección.

2. El propósito de Dios es el fundamento de la seguridad.

He aquí un soberano elixir de consuelo inefable para los que son los llamados de Dios. Su salvación descansa sobre el propósito de Dios. “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor á los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Tim. ii. 19). Nuestras gracias son imperfectas, nuestros consuelos menguan y crecen, mas el fundamento de Dios está firme. Los que están edificados sobre esta roca del eterno propósito de Dios no tienen por qué temer caer; ni el poder del hombre, ni la violencia de la tentación, podrán jamás derribarlos.

(Esta obra fué publicada por primera vez en 1663. Al preparar esta edición se juzgó conveniente alterar expresiones y puntuación anticuadas, correcciones que el autor mismo, de haber vivido, sin duda habría aprobado.

T. E. Watson.

Fin.

Todas las cosas para bien Thomas Watson

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