Método corto y fácil de oración ·De la conversión perfecta

Capítulo 8 · 2 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

De la conversión perfecta

“Convertíos a aquel contra quien los hijos de Israel se han rebelado profundamente” (Isaías xxxi. 6). La conversión no es otra cosa que un volverse de la criatura a Dios. La conversión no es perfecta, aunque sea necesaria para la salvación, cuando es meramente un volverse del pecado a la gracia. Para ser completa, ha de ser un volverse de lo exterior a lo interior.

El alma, vuelta hacia Dios, tiene gran facilidad para permanecer convertida a él. Cuanto más tiempo permanece convertida, más se acerca a Dios y se une a él; y cuanto más se acerca a Dios, más necesariamente es apartada de la criatura, que se opone a Dios.

Pero esto no puede lograrse por un esfuerzo violento de la criatura; todo lo que puede hacer es permanecer vuelta hacia Dios en una adhesión perpetua.

Dios tiene una virtud atrayente, que atrae el alma con más fuerza hacia sí; y al atraerla, la purifica: como vemos que el sol atrae un vapor denso, y poco a poco, sin más esfuerzo por parte del vapor que el de dejarse atraer, el sol, al acercarlo a sí, lo refina y purifica.

Hay, sin embargo, esta diferencia: que el vapor no es atraído libremente, ni sigue de buena gana, como sucede con el alma.

Esta manera de volverse hacia dentro es muy sencilla, y hace que el alma avance natural y sin esfuerzo; porque Dios es su centro. El centro tiene siempre un fuerte poder de atracción; y cuanto mayor es el centro, más fuerte es su fuerza atractiva.

Además de esta atracción del centro, se ha dado a todos los objetos naturales una fuerte tendencia a unirse con su centro. Tan pronto como algo se vuelve hacia su centro, a menos que lo detenga algún obstáculo invencible, se precipita hacia él con extrema velocidad. Apenas se suelta una piedra en el aire y se vuelve hacia la tierra, tiende a ella por su propio peso como a su centro. Lo mismo sucede con el fuego y el agua, que, ya no retenidos, corren sin cesar hacia su centro.

Ahora bien, digo que el alma, por el esfuerzo que ha hecho en el recogimiento interior, estando vuelta hacia su centro, sin ningún otro esfuerzo, sino simplemente por el peso del amor, cae hacia su centro; y cuanto más permanece quieta y en reposo, sin hacer movimiento propio alguno, más rápidamente avanzará, porque así permite que aquella virtud atrayente la atraiga.

Todo el cuidado, pues, que necesitamos tener es fomentar este recogimiento interior tanto como sea posible, sin asombrarnos de la dificultad que podamos hallar en este ejercicio, la cual pronto será recompensada con una maravillosa cooperación de parte de Dios, que lo hará muy fácil. Cuando las pasiones se levantan, una mirada hacia Dios, que está presente dentro de nosotros, fácilmente las amortigua. Cualquier otra resistencia las irritaría en lugar de apaciguarlas.

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Método corto y fácil de oración Jeanne Guyon

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