Método corto y fácil de oración ·Sufrimiento, misterios y virtud

Capítulo 7 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Sufrimiento, misterios y virtud

Conténtate con todo el sufrimiento que Dios quiera imponerte. Si le amas con amor puro, estarás tan dispuesto a seguirle al Calvario como al Tabor.

Se le debe amar tanto en el Calvario como en el Tabor, pues es allí donde hace la mayor manifestación de su amor.

No hagas, pues, como esas personas que se entregan en un momento y se retoman en otro. Se entregan para ser acariciadas, y se retoman cuando son crucificadas; o bien buscan consuelo en la criatura.

Solo puedes hallar consuelo en el amor de la cruz y en el completo abandono. Quien no ama la cruz no ama a Dios (véase Mateo xvi. 24). Es imposible amar a Dios sin amar la cruz; y un corazón que ha aprendido a amar la cruz halla dulzura, gozo y deleite aun en las cosas más amargas. “Al alma hambrienta todo lo amargo es dulce” (Proverbios xxvii. 7), porque tiene tanta hambre de la cruz como hambre de Dios.

La cruz da a Dios, y Dios da la cruz. El abandono y la cruz van juntos. Tan pronto como percibas que algo te repugna al presentársete bajo la forma del sufrimiento, abandónate en el acto a Dios para esa misma cosa, y ofrécete a él como sacrificio: verás que, cuando la cruz venga, habrá perdido mucho de su peso, porque la desearás. Esto no impedirá que sientas su peso. Algunos imaginan que sentir la cruz no es sufrimiento. El sentimiento del sufrimiento es una de las partes principales del sufrimiento mismo. Jesús mismo quiso padecerlo en toda su intensidad.

A menudo la cruz se lleva con debilidad, otras veces con fortaleza: todo debe ser igual en la voluntad de Dios.

Sobre los misterios: aquí Dios los da en realidad

Se objetará que, por este camino, los misterios no llegarán a conocerse. Es todo lo contrario; se le dan al alma en realidad. Jesucristo, a quien ella está abandonada, y a quien sigue como el Camino, a quien escucha como la Verdad, y que la anima como la Vida, imprimiéndose en ella, le comunica su propia condición.

Llevar los estados de Cristo es algo mucho mayor que meramente considerar esos estados. Pablo llevó los estados de Cristo en su cuerpo. “Yo traigo en mi cuerpo”, dice, “las marcas del Señor Jesús” (Gálatas vi. 17). Pero no dice que razonara sobre ellas.

A menudo Cristo, en este estado de abandono, da visiones de sus estados de manera notable. Debemos recibir por igual todas las disposiciones en que él tenga a bien colocarnos, escogiendo para nosotros permanecer cerca de él y ser anonadados delante de él, pero recibiendo por igual todo lo que nos da: luz o tinieblas, facilidad o sequedad, fortaleza o debilidad, dulzura o amargura, tentaciones o distracciones, tristeza, inquietud, incertidumbre; ninguna de estas cosas debe conmovernos.

Hay algunas personas a quienes Dios revela continuamente sus misterios: sean fieles a ellos. Pero cuando Dios juzgue oportuno retirarlos, dejen que le sean quitados.

Otros se turban porque no se les da a conocer ningún misterio: esto es innecesario, pues una amorosa atención a Dios incluye toda devoción particular, y el alma que está unida a Dios solo, por su reposo en él, es instruida de la manera más excelente en todos los misterios. Quien ama a Dios ama todo lo que procede de él.

Sobre la virtud: todas las virtudes se dan con Dios en este grado de la oración del corazón

Este es el camino corto y seguro para adquirir la virtud; porque, siendo Dios el principio de toda virtud, poseemos toda virtud al poseer a Dios.

Más aún, digo que toda virtud que no se da interiormente es una máscara de virtud, semejante a un vestido que puede quitarse y que se desgastará. Pero la virtud comunicada de manera fundamental es esencial, verdadera y permanente. “Toda gloriosa es por dentro la hija del rey” (Salmo xlv. 13). Y no hay quienes practiquen la virtud con más constancia que los que la adquieren de este modo, aunque la virtud no sea un objeto distinto de su pensamiento.

¡Cuán hambrientos de sufrimiento están estos amantes! No piensan sino en lo que puede agradar a su Amado, y comienzan a descuidarse a sí mismos y a pensar menos en sí. Cuanto más aman a Dios, más se aborrecen a sí mismos.

¡Oh, si todos pudieran aprender este método, tan fácil que es apto para todos, para el más ignorante como para el más docto, cuán fácilmente sería reformada toda la Iglesia! Solo necesitas amar. San Agustín dice: “Ama, y haz lo que quieras”; porque cuando amamos perfectamente, no desearemos hacer nada que pudiera desagradar a nuestro Amado.

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Método corto y fácil de oración Jeanne Guyon

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