Capítulo 6 · 2 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El abandono en Dios
Es aquí donde deben comenzar el verdadero abandono y la consagración a Dios, al estar profundamente convencidos de que todo lo que nos sucede momento a momento es la voluntad de Dios, y por tanto todo lo que nos es necesario.
Esta convicción nos hará estar contentos con todo, y nos hará ver los sucesos más comunes en Dios, y no en la criatura.
Os ruego, quienesquiera que seáis, que deseáis entregaros a Dios, que no os retiréis una vez que os hayáis dado a Él, y que recordéis que una cosa, una vez regalada, ya no está a vuestra disposición. El abandono es la llave de la vida interior: quien está enteramente abandonado pronto será perfecto.
Debes, pues, mantenerte firme en tu abandono, sin escuchar a la razón ni a la reflexión. Una gran fe hace un gran abandono; debes confiar enteramente en Dios, contra esperanza creyendo en esperanza (Rom. iv. 18). El abandono es el desprendimiento de todo cuidado de nosotros mismos, para dejarnos guiar enteramente por Dios.
A todos los cristianos se exhorta al abandono, pues a todos se dice: “No os congojéis por el día de mañana; porque vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas tenéis necesidad” (Mat. vi. 32, 34). “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Prov. iii. 6). “Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados” (Prov. xvi. 3). “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él lo hará” (Sal. xxxvii. 5).
El abandono, pues, ha de ser un dejarnos por entero, tanto exterior como interiormente, en las manos de Dios, olvidándonos de nosotros mismos, y pensando solo en Dios. Por este medio el corazón se mantiene siempre libre y contento.
En la práctica, debe ser una continua pérdida de nuestra propia voluntad en la voluntad de Dios, una renuncia a todas las inclinaciones naturales, por buenas que parezcan, a fin de que quedemos libres para elegir solo como Dios elige: debemos ser indiferentes a todas las cosas, sean temporales o espirituales, para el cuerpo o para el alma; dejando el pasado en el olvido, el futuro a la providencia, y dando el presente a Dios; contentos con el momento presente, que trae consigo la eterna voluntad de Dios para nosotros; no atribuyendo a la criatura nada de lo que nos sucede, sino viendo todas las cosas en Dios, y considerándolas como venidas infaliblemente de su mano, con la sola excepción de nuestro propio pecado.
Dejaos, pues, guiar por Dios como Él quiera, sea en lo que respecta a la vida interior o a la exterior.