Método corto y fácil de oración ·El primer grado de oración

Capítulo 4 · 6 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El primer grado de oración

Hay dos medios por los cuales podemos ser conducidos a las formas más elevadas de oración. Uno es la Meditación; el otro, la Lectura meditativa. Por lectura meditativa entiendo tomar algunas verdades, ya doctrinales, ya prácticas —estas más bien que aquellas—, y leerlas de este modo:—Toma la verdad que se te ha presentado, y lee dos o tres líneas, procurando entrar en el pleno sentido de las palabras, y no pases adelante mientras halles satisfacción en ellas; deja el lugar solo cuando se vuelva insípido. Después de esto, toma otro pasaje, y haz lo mismo, sin leer más de media página de una vez.

No es tanto de la cantidad leída de donde sacamos provecho, como del modo de leer. Las personas que recorren tanto no se aprovechan de ello; las abejas solo pueden extraer el jugo de las flores posándose en ellas, no revoloteando a su alrededor. La mucha lectura es más para la ciencia escolástica que para la espiritual; pero, a fin de sacar provecho de los libros espirituales, debemos leerlos de este modo; y estoy segura de que esta manera de leer nos acostumbra poco a poco a la oración, y nos da un deseo más profundo de ella. El otro medio es la Meditación, en la cual debemos ejercitarnos a una hora escogida, y no en la hora dedicada a la lectura. Creo que el modo de entrar en ella es este:—Después de habernos puesto en la presencia de Dios por un acto definido de fe, debemos leer algo sustancioso, no tanto para razonar sobre ello como para fijar la atención, teniendo presente que el ejercicio principal ha de ser la presencia de Dios, y que el tema debe más bien fijar la atención que ejercitar la razón.

Esta fe en la presencia de Dios dentro de nuestros corazones debe llevarnos a entrar dentro de nosotros mismos, recogiendo nuestros pensamientos e impidiendo que divaguen; este es un modo eficaz de librarse de los pensamientos que distraen, y de perder de vista las cosas exteriores, a fin de acercarnos a Dios, que solo puede ser hallado en el lugar secreto de nuestro corazón, que es el sancta-sanctorum en que Él habita.

Él ha prometido que, si alguno guarda sus mandamientos, vendrá a él y hará morada con él (Juan xiv. 23). San Agustín se reprocha a sí mismo el tiempo que perdió por no haber buscado a Dios de este modo desde el principio.

Cuando, pues, estamos así sepultados en nosotros mismos, y profundamente penetrados de la presencia de Dios dentro de nosotros —cuando los sentidos son todos atraídos de la circunferencia al centro, lo cual, aunque no se logra fácilmente al principio, se vuelve del todo natural después—, cuando el alma se recoge así dentro de sí misma, y está dulcemente ocupada con la verdad leída, no razonando sobre ella, sino nutriéndose de ella, y moviendo la voluntad por el afecto más que el entendimiento por la consideración: el afecto, así conmovido, debe dejarse reposar dulcemente y en paz, tragando lo que ha gustado.


Así como quien solo masticase un excelente manjar no se nutriría de él, aunque percibiese su sabor, a menos que cesara este movimiento para tragarlo; así también, cuando el afecto es movido, si buscamos continuamente moverlo, apagamos su fuego, y privamos así al alma de su alimento. Debemos tragar, mediante un reposo amoroso (lleno de respeto y confianza), lo que hemos masticado y gustado. Este método es muy necesario, y haría avanzar al alma en poco tiempo más que cualquier otro en varios años.

Pero como dije que el ejercicio directo y principal ha de ser el sentido de la presencia de Dios, debemos, con la mayor fidelidad, hacer volver los sentidos cuando divaguen.

Este es un modo breve y eficaz de luchar contra las distracciones; porque quienes se empeñan en oponerse a ellas directamente, las irritan y las aumentan; pero perdiéndonos en el pensamiento de un Dios presente, y dejando que nuestros pensamientos sean atraídos hacia Él, las combatimos indirectamente, y sin pensar en ellas, pero de manera eficaz. Y aquí permítaseme advertir a los principiantes que no corran de una verdad a otra, de un tema a otro, sino que se mantengan en uno mientras sientan gusto por él: este es el modo de entrar profundamente en las verdades, de gustarlas, y de que queden impresas en nosotros. Digo que es difícil al principio retirarse así dentro de uno mismo, a causa de los hábitos, que nos son naturales, de estar ocupados con lo exterior; pero cuando nos hemos acostumbrado un poco, se vuelve sumamente fácil; tanto porque hemos formado el hábito de ello, como porque Dios, que solo desea comunicarse a nosotros, nos envía gracia abundante, y un sentido experimental de su presencia, que lo hace fácil.

Apliquemos este método a la Oración del Señor. Decimos “Padre nuestro”, pensando que Dios está dentro de nosotros, y que en verdad será nuestro Padre. Después de haber pronunciado esta palabra, Padre, permanecemos unos momentos en silencio, esperando que este Padre celestial nos dé a conocer su voluntad. Luego pedimos a este Rey de gloria que reine dentro de nosotros, abandonándonos a Él para que lo haga, y cediéndole el derecho que tiene sobre nosotros. Si sentimos aquí una inclinación a la paz y al silencio, no debemos continuar, sino permanecer así mientras dure ese estado; después de lo cual pasamos a la segunda petición: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. Deseamos entonces que Dios cumpla, en nosotros y por nosotros, toda su voluntad; entregamos a Dios nuestro corazón y nuestra libertad, para que disponga de ellos a su placer. Después, viendo que la ocupación de la voluntad debe ser el amor, deseamos amar, y pedimos a Dios que nos dé su amor. Pero todo esto se hace quieta y pacíficamente; y así con lo demás de la oración.

Otras veces nos ponemos en la posición de ovejas junto al Pastor, pidiéndole nuestro verdadero alimento. ¡Oh Pastor divino! Tú apacientas a tus ovejas con tu propia mano, y Tú eres su alimento día tras día. También podemos presentarle nuestros deseos por la familia; pero todo debe hacerse con el recuerdo, por la fe, de la presencia de Dios dentro de nosotros.

No podemos formarnos ninguna imaginación de lo que Dios es: una fe viva en su presencia es suficiente; porque no podemos concebir imagen alguna de Dios, aunque sí de Cristo, considerándole como crucificado, o como niño, o en algún otro estado, con tal que siempre le busquemos dentro de nosotros mismos.

Otras veces venimos a Él como a un Médico, trayéndole nuestras dolencias para que las sane; pero siempre sin esfuerzo, con un breve silencio de cuando en cuando, para que el silencio se mezcle con la acción, alargando poco a poco el silencio y acortando la oración hablada, hasta que al fin, a medida que cedemos a la operación de Dios, Él alcanza la supremacía. Cuando la presencia de Dios es dada, y el alma comienza a gustar del silencio y del reposo, este sentido experimental de la presencia de Dios la introduce en el segundo grado de oración.

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Método corto y fácil de oración Jeanne Guyon

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