Capítulo 15 · 6 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Acciones interiores y exteriores
Las acciones de los hombres son exteriores o interiores. Las exteriores son las que aparecen por fuera, y tienen un objeto sensible, y no poseen cualidades buenas ni malas, sino en cuanto las reciben del principio interior del cual proceden. No es de estas de las que quiero hablar, sino solo de las acciones interiores, que son aquellas acciones del alma por las cuales se aplica interiormente a algún objeto, o se aparta de algún otro.
Cuando, estando aplicada a Dios, deseo realizar una acción de naturaleza distinta de las que Él inspiraría, me aparto de Dios, y me vuelvo hacia las cosas creadas más o menos según la fuerza o la debilidad de mi acción. Si, estando vuelta hacia la criatura, deseo volver a Dios, debo realizar la acción de apartarme de la criatura, y volverme hacia Dios; y así, cuanto más perfecta sea esta acción, más completa será la conversión.
Hasta que esté perfectamente convertida, necesito varias acciones para volverme hacia Dios. Algunas se hacen de una sola vez, otras gradualmente; pero mi acción debe llevarme a volverme a Dios, empleando toda la fuerza de mi alma por Él, como está escrito: “Por eso pues ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón” (Joel ii. 12). “Y te volverás a Jehová tu Dios … con todo tu corazón y con toda tu alma” (Deut. xxx. 2). Dios solo pide nuestro corazón: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Prov. xxiii. 26). Dar el corazón a Dios es tener su mirada, su fuerza y su vigor todos centrados en Él, para seguir su voluntad. Debemos, pues, después de habernos aplicado a Dios, permanecer siempre vueltos hacia Él.
Pero como la mente del hombre es débil, y el alma, acostumbrada a volverse hacia las cosas terrenales, se aparta fácilmente de Dios, debe, tan pronto como percibe que se ha vuelto hacia las cosas exteriores, recobrar su posición anterior en Dios por un simple acto de retorno a Él.
Y como varios actos repetidos forman un hábito, el alma contrae un hábito de conversión, y de la acción pasa a una condición habitual.
El alma, pues, no debe buscar acercarse a Dios por medio de esfuerzos u obras propias; esto es procurar realizar una acción por medio de otras, en lugar de, por una acción sencilla, permanecer unida a Dios solamente.
Si creemos que no debemos realizar ninguna acción, nos equivocamos, porque siempre estamos obrando; pero cada uno debe obrar según su grado.
Procuraré aclarar este punto, pues, por falta de comprenderlo, presenta una dificultad a muchos cristianos.
Hay acciones pasajeras y distintas, y acciones continuas; actos directos y actos reflejos. No todos pueden realizar las primeras, y no todos están en condición de realizar las otras. Las primeras acciones deben ser realizadas por aquellos que están apartados de Dios. Deben volverse a Él por una acción distinta, más o menos fuerte según su distancia de Él.
Por una acción continua entiendo aquella por la cual el alma está completamente vuelta hacia su Dios por una acción directa, que no renueva, a menos que haya sido interrumpida, pero que existe. El alma, estando así enteramente vuelta, está en amor, y permanece allí: “Y el que vive en amor, vive en Dios” (1 Juan iv. 16). Entonces puede decirse que el alma está en un acto habitual, reposando aun en esta acción. Pero su reposo no es ocioso, porque tiene una acción siempre vigente, a saber, un suave hundirse en Dios, en el cual Dios la atrae cada vez con más fuerza; y, siguiendo esta atracción, y reposando en el amor, se hunde cada vez más en este amor, y tiene una acción infinitamente más fuerte, más vigorosa y más pronta que aquella acción que constituye solo el retorno. Ahora bien, el alma que está en esta acción profunda y fuerte, estando vuelta hacia su Dios, no percibe esta acción, porque es directa, y no refleja; de modo que las personas en esta condición, no sabiendo describirla rectamente, dicen que no tienen acción. Pero se equivocan; nunca estuvieron más activas. Sería mejor decir que no distinguen ninguna acción, que decir que no realizan ninguna.
El alma no obra por sí misma, lo admito; pero es atraída, y sigue el poder que la atrae. El amor es el peso que la hunde, como se hunde una persona que cae en el mar, y que se hundiría hasta el infinito si el mar fuera infinito; y sin percibir su hundimiento, se hundiría hasta las más profundas honduras con una velocidad increíble. Es, pues, incorrecto decir que no se realiza ninguna acción. Todos realizan acciones, pero no todos las realizan de la misma manera; y el abuso surge del hecho de que quienes saben que la acción es inevitable quieren que sea distinta y sensible. Pero la acción sensible es para los principiantes, y la otra para los más adelantados. Detenerse en la primera sería privarnos de la última; y querer realizar la última antes de haber pasado por la primera sería un abuso igual.
Todo debe hacerse en su tiempo; cada estado tiene su comienzo, su progreso y su fin. No hay acto que no tenga su principio. Al principio debemos trabajar con esfuerzo, pero después gozamos del fruto de nuestro trabajo.
Cuando un navío está en el puerto, los marineros tienen dificultad para llevarlo a mar abierto; pero una vez allí, lo giran fácilmente en la dirección en que desean navegar. Así, cuando el alma está en pecado, se necesita un esfuerzo para sacarla; deben aflojarse las cuerdas que la atan; luego, por medio de una acción fuerte y vigorosa, debe ser atraída hacia su interior, dejando poco a poco el puerto, y siendo vuelta hacia dentro, que es el lugar hacia el cual debe dirigirse su travesía.
Cuando el navío está así girado, a medida que avanza en el mar, deja la tierra tras de sí, y cuanto más se aleja de la tierra, menos esfuerzo se necesita para llevarlo. Al fin comienza a navegar suavemente, y el navío avanza tan rápidamente que los remos se vuelven inútiles. ¿Qué hace entonces el piloto? Se contenta con desplegar las velas y sentarse al timón.
Desplegar las velas es simplemente ponernos delante de Dios, para ser movidos por su Espíritu. Sentarse al timón es impedir que nuestro corazón deje el buen camino, gobernándolo suavemente, y conduciéndolo según el movimiento del Espíritu de Dios, que gradualmente toma posesión de él, como el viento llena gradualmente las velas, e impulsa el navío hacia adelante. Mientras el navío navega con el viento a favor, los marineros descansan de su trabajo. Avanzan más en una hora, mientras descansan de esta manera y dejan que el viento lleve la nave, de lo que avanzarían en mucho más tiempo por sus propios esfuerzos; y si quisieran remar, además de la fatiga que de ello resultaría, su trabajo sería inútil, y solo serviría para retrasar el navío.
Esta es la conducta que deberíamos seguir en nuestra vida interior, y obrando así avanzaremos más en poco tiempo por la guía Divina, de lo que jamás podríamos por nuestros propios esfuerzos. Con solo que ensayes este camino, lo hallarás el más fácil posible.
Cuando el viento es contrario, si el viento y la tempestad son violentos, debe echarse el ancla al mar para detener el navío. Esta ancla es la confianza en Dios y la esperanza en su bondad, esperando con paciencia a que cese la tempestad, y a que vuelva un viento favorable, como hizo David: “Pacientemente esperé a Jehová”, dice, “y se inclinó a mí” (Sal. xl. 1).