Método corto y fácil de oración ·La oración como acción noble

Capítulo 14 · 11 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración como acción noble

Algunas personas, al oír hablar de la oración de silencio, han imaginado erróneamente que el alma permanece inactiva, sin vida y sin movimiento.

Pero la verdad es que su acción es más noble y más extensa que nunca antes de entrar en este grado, puesto que es movida por Dios mismo, y obra sobre ella su Espíritu. San Pablo desea que seamos guiados por el Espíritu de Dios (Rom. viii. 14). No digo que no deba haber acción, sino que debemos obrar en dependencia del movimiento divino. Esto lo expone admirablemente Ezequiel. El profeta vio unas ruedas que tenían el espíritu de vida, y a dondequiera que este espíritu había de ir, ellas iban; avanzaban, se detenían, o se elevaban, según eran movidas, porque el espíritu de vida estaba en ellas: pero jamás retrocedían (véase Ezeq. i. 19–21). Así debería ser con el alma: debería dejarse mover y guiar por el Espíritu viviente que está en ella, siguiendo su dirección, y ninguna otra. Ahora bien, este Espíritu jamás la llevará a ir hacia atrás, es decir, a reflexionar sobre la criatura, o a apoyarse en sí misma, sino siempre a ir hacia adelante, avanzando continuamente hacia la meta.

Esta acción del alma es una acción reposada. Cuando obra por sí misma, obra con esfuerzo; y por eso es más consciente de su acción. Pero cuando obra en dependencia del Espíritu de gracia, su acción es tan libre, tan fácil, tan natural, que ni siquiera parece obrar. “Me sacó a lugar espacioso; me libró, porque se agradó de mí” (Sal. xviii. 19).

Tan pronto como el alma ha comenzado su curso hacia su centro, desde ese momento su acción se vuelve vigorosa—es decir, su curso hacia el centro que la atrae, que sobrepasa infinitamente la velocidad de cualquier otro movimiento.

Es acción, pues, pero una acción tan noble, tan apacible, tan tranquila, que al alma le parece como si no obrara en absoluto; porque reposa, por así decirlo, naturalmente. Cuando una rueda gira solo a velocidad moderada, se la puede distinguir fácilmente; pero cuando gira deprisa, no puede verse con claridad ninguna de sus partes. Así el alma que permanece en reposo en Dios tiene una acción infinitamente noble y elevada, y a la vez muy apacible. Cuanto mayor es su paz, mayor es su velocidad, porque está abandonada al Espíritu, que la mueve y la hace obrar. Este Espíritu es Dios mismo, que nos atrae, y al atraernos nos hace correr hacia Él, como bien lo sabía la Esposa cuando dijo: “Atráeme, correremos” (Cant. i. 4). ¡Atráeme, oh mi Centro Divino, por lo más íntimo de mi corazón: mis potencias y mis sentidos correrán a tu atracción! Esta atracción por sí sola es un bálsamo que me sana, y un perfume que atrae. “Correremos”, dice ella, “por el olor de tus suaves ungüentos”. Esta virtud atrayente es muy fuerte, pero el alma la sigue muy gustosamente; y como es a la vez fuerte y suave, atrae por su fuerza y deleita por su dulzura.

La Esposa dice: “Atráeme, correremos”. Habla de sí misma, y a sí misma: “Atráeme”; ahí está la unidad del objeto que es atraído: “Correremos”; ahí está la correspondencia de todas las potencias y sentidos que siguen en pos del centro del corazón.

No se trata, pues, de permanecer en la ociosidad, sino de obrar en dependencia del Espíritu de Dios, que nos anima, puesto que es en Él que “vivimos, y nos movemos, y somos” (Hech. xvii. 23). Esta dependencia serena del Espíritu de Dios es absolutamente necesaria, y hace que el alma en poco tiempo alcance la sencillez y la unidad en que fue creada. Fue creada una y sencilla, como Dios. Para responder, pues, al fin de nuestra creación, debemos dejar la multiplicidad de nuestras propias acciones, para entrar en la sencillez y la unidad de Dios, a cuya imagen fuimos creados (Gén. i. 27). El Espíritu de Dios es “uno solo”, “y a la vez múltiple” (Sabiduría de Salomón vii. 22), y su unidad no impide su multiplicidad. Entramos en la unidad de Dios cuando estamos unidos a su Espíritu, porque entonces tenemos el mismo Espíritu que Él tiene; y somos multiplicados exteriormente, en cuanto a sus disposiciones, sin salir de la unidad.


De modo que, como Dios obra infinitamente, y nosotros somos de un mismo espíritu con Él, obramos mucho más de lo que podríamos por nuestra propia acción. Debemos dejarnos guiar por la Sabiduría. Esta “Sabiduría” es más móvil que todo movimiento (Sabiduría de Salomón vii. 24). Permanezcamos, pues, en dependencia de su acción, y nuestra acción será en verdad vigorosa.

“Todas las cosas por él (el Verbo) fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho” (Juan i. 3). Dios, al crearnos, nos creó a su imagen, conforme a su semejanza (Gén. i. 26). Nos dio el Espíritu del Verbo por el soplo de vida (Gén. ii. 7), que sopló en nosotros cuando fuimos creados a imagen de Dios, por la participación de la vida del Verbo, que es la imagen de su Padre. Ahora bien, esta vida es una, sencilla, pura, íntima y fecunda.

Habiendo el diablo desfigurado esta hermosa imagen, se hizo necesario que este mismo Verbo, cuyo aliento había sido soplado en nosotros en nuestra creación, viniera a restaurarla. Era necesario que fuese Él, porque Él es la imagen del Padre; y una imagen desfigurada no puede ser reparada por su propia acción, sino por la acción de aquel que busca restaurarla. Nuestra acción, pues, debería ser ponernos en disposición de sufrir la acción de Dios, y de permitir que el Verbo vuelva a trazar su imagen en nosotros. Una imagen, si pudiera moverse, impediría con su movimiento que el escultor la perfeccionara. Todo movimiento nuestro estorba la obra del Escultor Celestial, y produce rasgos falsos.

Debemos, pues, permanecer en silencio, y movernos solo según Él nos mueve. Jesucristo tiene vida en sí mismo (Juan v. 26), y debe comunicar vida a todos los que viven.

Que esta acción es la más noble no puede negarse. Las cosas solo tienen valor en la medida en que el principio del cual proceden es noble, grande y elevado. Las acciones realizadas por un principio divino son acciones divinas; mientras que las acciones de la criatura, por buenas que parezcan, son acciones humanas, o a lo sumo acciones virtuosas, si se hacen con la ayuda de la gracia.

Jesús dice que tiene vida en sí mismo; todos los demás seres no tienen sino una vida prestada, pero el Verbo tiene vida en sí mismo; y como es comunicativo, desea comunicar esta vida a los hombres. Debemos, pues, dar lugar a esta vida, para que fluya en nosotros, lo cual solo puede hacerse por el vaciamiento, y la pérdida de la vida de Adán y de nuestra propia acción, como nos asegura san Pablo: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. v. 17). Esto solo puede lograrse por la muerte de nosotros mismos y de nuestra propia acción, para que la acción de Dios la sustituya. No pretendemos, pues, estar sin acción, sino solo obrar en dependencia del Espíritu de Dios, dejando que su acción tome el lugar de la nuestra. Jesús nos muestra esto en el evangelio. Marta hacía cosas buenas, pero porque las hacía por su propio espíritu, Cristo la reprendió por ellas. El espíritu del hombre es turbulento y agitado; por eso hace poco, aunque parece hacer mucho. “Marta, Marta”, dijo Jesús, “cuidadosa estás, y con las muchas cosas estás turbada: pero una cosa es necesaria; y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada” (Luc. x. 41, 42).

¿Qué había escogido esta Magdalena? Paz, tranquilidad y reposo. Aparentemente dejó de obrar, para ser movida por el Espíritu de Dios; dejó de vivir, para que Cristo viviera en ella.

Por esto es tan necesario renunciar a nosotros mismos y a todas nuestras propias obras para seguir a Jesús; porque no podemos seguirle a menos que estemos animados con su Espíritu. Para que el Espíritu de Cristo more en nosotros, nuestro propio espíritu debe cederle el lugar. “El que se une al Señor”, dice san Pablo, “un espíritu es” (1 Cor. vi. 17). “Para mí el acercarme a Dios es el bien: he puesto en el Señor Jehová mi confianza” (Sal. lxxiii. 28). ¿Qué es este “acercarse”? Es el comienzo de la unión.

La unión tiene su comienzo, su continuación, su perfección y su consumación. El comienzo de la unión es una inclinación hacia Dios. Cuando el alma se convierte de la manera que he descrito, tiene una inclinación hacia su centro, y una fuerte tendencia a la unión: esta tendencia es el comienzo. Luego se adhiere, lo cual ocurre cuando se acerca más a Dios; luego se une a Él, y finalmente se hace uno con Él—es decir, se hace un mismo espíritu con Él; y es entonces cuando este espíritu, que procedió de Dios, vuelve a Él como a su fin.

Es, pues, necesario que entremos en este camino, que es el movimiento divino, y el Espíritu de Jesucristo. San Pablo dice: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él” (Rom. viii. 9). Para ser de Cristo, pues, debemos dejarnos llenar de su Espíritu, y vaciar del nuestro: nuestros corazones deben ser vaciados. San Pablo, en el mismo lugar, nos prueba la necesidad de este movimiento divino: dice: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios” (Rom. viii. 14).

El Espíritu impartido divinamente es el Espíritu de la filiación divina; por eso, el mismo apóstol continúa: “No habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre” (Rom. viii. 15). Este espíritu no es otro que el Espíritu de Cristo, por quien participamos de su filiación; y este “mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios”.

Tan pronto como el alma se deja mover por el Espíritu de Dios, experimenta el testimonio de esta filiación divina; y este testimonio sirve tanto más para aumentar su gozo, cuanto que le hace saber que es llamada a la libertad de los hijos de Dios, y que el espíritu que ha recibido no es un espíritu de servidumbre, sino de libertad.

El Espíritu del movimiento divino es tan necesario para todas las cosas, que Pablo funda esta necesidad en nuestra ignorancia de las cosas que pedimos. “El Espíritu”, dice, “ayuda nuestra flaqueza; porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles”. Esto es concluyente: si no sabemos qué pedir, ni cómo hemos de pedir como conviene lo que nos es necesario, y si es preciso que el Espíritu que está en nosotros, a cuyo movimiento nos abandonamos, lo pida por nosotros, ¿no deberíamos dejarle hacerlo? Él lo hace “con gemidos indecibles”.

Este Espíritu es el Espíritu del Verbo, que siempre es oído, como Él mismo dice: “Yo sé que siempre me oyes” (Juan xi. 42). Si dejamos que el Espíritu que está en nosotros pida y ore, siempre seremos oídos. ¿Por qué? ¡Oh gran apóstol, maestro místico, tan profundamente instruido en la vida interior! enséñanos por qué. “Es”, añade, “porque el que escudriña los corazones sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios demanda por los santos”; es decir, este Espíritu solo pide aquello que es la voluntad de Dios dar. Es la voluntad de Dios que seamos salvos y que seamos perfectos. Pide, pues, todo lo que es necesario para nuestra perfección. ¿Por qué, después de esto, habríamos de cargarnos con cuidados superfluos, y fatigarnos en la grandeza de nuestro camino, sin decir jamás: No hay esperanza en nosotros mismos, y por tanto reposar en Dios? Dios mismo nos invita a echar todo nuestro cuidado sobre Él, y se queja, con bondad inconcebible, de que empleemos nuestra fuerza, nuestras riquezas y nuestro tesoro en innumerables cosas exteriores, aunque tan poco gozo se halle en todas ellas. “¿Por qué gastáis el dinero no en pan, y vuestro trabajo no en hartura? Oídme atentamente, y comed del bien, y deleitaráse vuestra alma con grosura” (Isa. lv. 2).

¡Oh, si se conociera qué felicidad hay en escuchar así a Dios, y cómo el alma se fortalece por ello! Calle toda carne delante de Jehová (véase Zac. ii. 13). Todo esfuerzo propio debe cesar cuando Él aparece. Para inducirnos aún más a abandonarnos a Él sin reserva, Dios nos asegura que nada tenemos que temer de tal abandono, porque tiene un cuidado especial e individual sobre cada uno de nosotros. Dice: “¿Olvidaráse la mujer de lo que parió, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ella se olvide, yo no me olvidaré de ti” (Isa. xlix. 15). ¡Ah, palabras llenas de consuelo! ¿Quién, al oírlas, puede temer abandonarse enteramente a la guía de Dios?

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Método corto y fácil de oración Jeanne Guyon

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