Capítulo 11 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El examen de sí mismo y la confesión
El examen de sí mismo debe siempre preceder a la confesión. Quienes llegan a este grado deben exponerse a Dios, que no dejará de iluminarlos y de darles a conocer la naturaleza de sus faltas. Este examen ha de hacerse en paz y tranquilidad, esperando el conocimiento de nuestros pecados más de Dios que de nuestra propia indagación.
Cuando nos examinamos con esfuerzo, fácilmente nos equivocamos. “Llamamos al mal bien, y al bien mal”; y el amor propio fácilmente nos engaña. Pero cuando permanecemos expuestos a la mirada escrutadora de Dios, ese Sol divino saca a luz aun los átomos más pequeños. Debemos, pues, para el examen de nosotros mismos, abandonarnos enteramente a Dios.
Cuando estamos en este grado de oración, Dios no tarda en revelarnos todas las faltas que cometemos. Apenas hemos pecado, sentimos un ardiente reproche.
Es Dios mismo quien conduce un examen al que nada escapa, y solo tenemos que volvernos hacia Dios y sufrir el dolor y la corrección que él da. Como este examen por parte de Dios es continuo, ya no podemos examinarnos a nosotros mismos; y si somos fieles a nuestro abandono a Dios, pronto seremos mejor examinados por la luz divina de lo que podríamos serlo por todos nuestros propios esfuerzos. La experiencia lo dará a conocer. Una cosa que a menudo causa asombro al alma es que, cuando es consciente de un pecado y viene a confesarlo a Dios, en lugar de sentir el pesar y la contrición que antes sentía, un amor dulce y suave se apodera de ella.
No habiendo experimentado esto antes, supone que debería salir de esta condición para hacer un acto definido de contrición. Pero no ve que, al hacerlo, perdería la verdadera contrición, que es este amor intuitivo, infinitamente mayor que cualquier cosa que pudiera crear por sí misma. Es una acción más elevada, que incluye a las demás con mayor perfección, aunque estas no se posean de manera distinta.
No debemos buscar hacer nada por nosotros mismos cuando Dios obra más excelentemente en nosotros y por nosotros. Aborrecer el pecado de este modo es aborrecerlo como Dios lo aborrece. Este amor, que es la operación de Dios en el alma, es el más puro de todos los amores. Todo lo que tenemos que hacer, pues, es permanecer como estamos.
Otra cosa notable es que a menudo olvidamos nuestras faltas y nos cuesta recordarlas; pero esto no debe inquietarnos, por dos razones: La primera, que este mismo olvido es prueba de que el pecado ha sido expiado, y es mejor olvidar todo lo que a nosotros mismos concierne, para que recordemos a Dios solo. La segunda razón es que Dios no deja, siempre que la confesión es necesaria, de mostrar al alma sus mayores faltas, pues entonces es él mismo quien la examina.
Sobre la lectura, la oración vocal y las peticiones
La manera propia de leer en este grado es, tan pronto como nos sintamos atraídos a la meditación, dejar de leer y permanecer en reposo.
Apenas el alma es llamada al silencio interior, debe cesar de pronunciar oraciones vocales; diciendo siempre poco, y cuando las diga, si halla alguna dificultad, o se siente atraída al silencio, debe permanecer callada, y no hacer esfuerzo alguno por orar, dejándose a la guía del Espíritu de Dios.
El alma hallará que ya no puede, como antes, presentar peticiones definidas a Dios. Esto no debe sorprenderla, pues ahora es cuando “el Espíritu intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios. Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza; porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; mas el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos viii. 26, 27).
Debemos secundar los designios de Dios, que son despojar al alma de sus propias obras, para poner las suyas en su lugar.
Déjale, pues, obrar, y no te ligues a nada propio. Por bueno que te parezca, no puede serlo si se interpone en el camino de la voluntad de Dios para ti. La voluntad de Dios es preferible a todo otro bien. No busques tus propios intereses, sino vive por el abandono y por la fe.
Es aquí donde la fe comienza a obrar maravillosamente en el alma.