Método corto y fácil de oración ·El reposo en la presencia de Dios

Capítulo 10 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El reposo en la presencia de Dios

El alma, llegada a este lugar, no necesita más preparación que la del reposo: pues la presencia de Dios durante el día, que es el gran fruto de la oración, o más bien la oración misma, empieza a ser intuitiva y casi continua. El alma es consciente de una profunda felicidad interior, y siente que Dios está en ella más verdaderamente que ella misma. No tiene sino una cosa que hacer para hallar a Dios: retirarse dentro de sí. Tan pronto como se cierran los ojos, se encuentra en oración.

Se asombra de esta felicidad infinita; se lleva a cabo dentro de ella una conversación que las cosas exteriores no pueden interrumpir. Podría decirse de este método de oración, como se dijo de la Sabiduría: “Todos los bienes me vinieron juntamente con ella” (Sabiduría de Salomón vii. 11), pues la virtud fluye naturalmente en el alma, y se practica con tanta facilidad, que le parece del todo natural. Tiene en sí un germen de vida y fecundidad, que le da facilidad para todo bien e insensibilidad para todo mal. Permanezca, pues, fiel, y no busque otra disposición de ánimo que la del simple reposo. Solo tiene que dejarse llenar de esta divina efusión.

“Jehová está en su santo templo: calle delante de él toda la tierra” (Habacuc ii. 20). La razón por la cual el silencio interior es tan necesario es que Cristo, siendo el Verbo eterno y esencial, para ser recibido en el alma, requiere que haya en ella una disposición correspondiente a lo que él es. Ahora bien, es cierto que para recibir palabras debemos escuchar. El oído es el sentido que se nos ha dado para capacitarnos a recibir las palabras que se nos comunican. El oído es un sentido más pasivo que activo, que recibe y no comunica. Siendo Cristo el Verbo que ha de comunicarse, el alma debe estar atenta a este Verbo que habla dentro de ella.

Por esto se nos exhorta tan a menudo a escuchar a Dios y a estar atentos a su voz. Podrían citarse muchos pasajes. Me contentaré con mencionar unos pocos: “Estadme atentos, pueblo mío, y oídme, nación mía” (Isaías li. 4). “Oídme, casa de Jacob, y todo el resto de la casa de Israel” (Isaías xlvi. 31). “Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida también tu pueblo y la casa de tu padre; y deseará el rey en gran manera tu hermosura” (Salmo xlv. 10, 11).

Debemos escuchar a Dios y estar atentos a él, olvidándonos de nosotros mismos y de todo interés propio. Estas dos acciones, o más bien pasiones —pues esta condición es esencialmente pasiva—, despiertan en Dios un “deseo” hacia la “hermosura” que él mismo ha comunicado.

El silencio exterior es sumamente necesario para el cultivo del silencio interior, y es imposible adquirir el silencio interior sin tener amor al silencio y a la soledad.

Dios nos dice por boca de su profeta: “Yo la atraeré, y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón” (lectura marginal de Oseas ii. 14).


Estar interiormente ocupado con Dios, y exteriormente ocupado con innumerables bagatelas, esto es imposible.

De poco servirá orar y retirarnos dentro de nosotros por media hora o una hora, si no conservamos la unción y el espíritu de oración durante el día.

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Método corto y fácil de oración Jeanne Guyon

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