Texto
Hechos 16:23-40
Traducción por IA — pendiente de revisión
En breve
Ni siquiera un sermón, según se dice a sí mismo, sino solo una respuesta a la pregunta del carcelero; y todo el discurso gira en torno a la distinción de Moody entre creer acerca de Cristo y recibirlo, apretada mediante la figura del matrimonio, donde hay que dar el consentimiento, y mediante la elección de Rut frente a la de Orfa. Termina ante la puerta donde Cristo está llamando.
Lea Hechos xvi. 23, 40
No voy a predicar un sermón; tengo un solo pensamiento, y es decirle a toda alma angustiada lo que debe hacer «para ser salva». Esa es la primera pregunta de todo el que sincera y verdaderamente busca «el camino de salvación», y, con la ayuda de Dios, procuraré esta noche hacérselo claro a todos.
CREER.
Si os digo: «Cree en el Señor Jesucristo», me responderéis: «¡Ah, creer! He oído esa palabra hasta cansarme y hartarme de ella. Apenas pasa una semana sin que la oiga en la iglesia, o en una reunión de oración, o en algún encuentro de salón». Todos la habéis oído una y otra vez; no creo que haya aquí un niño mayor de cinco años que no pueda repetir ese texto. Lo que necesitáis es saber cómo creer, qué es creer.
Algunos de vosotros decís: «Todos creemos que Cristo vino al mundo a buscar y a salvar lo que se había perdido, y que el que cree será salvo». Pero los demonios creen, y no son salvos. ¡Sí, creen y tiemblan! Debéis creer en el Señor Jesucristo, y no meramente acerca de Él, y entonces sabréis lo que es la salvación.
RECIBIR.
Pues bien, tomemos otra palabra que significa lo mismo; quizá la comprendáis mejor. «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». Fijaos bien: «le recibieron a Él». En eso está; no en recibir una doctrina o una creencia, sino en recibirle a Él. Es a una persona a quien debemos recibir.
Ahora bien, mi experiencia de estos últimos años es que todos queremos tener la potestad antes de recibir a Cristo. Es decir, queremos sentir que estamos en Cristo antes de recibirle. Pero no podemos amar a Dios ni sentir su presencia hasta haberle recibido en nuestros corazones. Es como un muchacho con una pelota; te la lanza. Pues bien, tienes que atraparla antes de poder devolvérsela. Ese es el verdadero sentido de «creer»: es «recibir», recibir a Cristo como vuestro. No conozco versículo alguno en la Biblia que Dios haya usado para bendición de más almas que Juan i. 12: «A todos los que le recibieron, les dio potestad».
No sé de mejor ilustración que la del matrimonio; porque cualquier otra falla en algún punto; pero creo que esta es una de las mejores que podría usar. Algunos de vosotros sonreís ante esta ilustración, pero la Biblia la usa, y si Dios la usa en su palabra, ¿por qué no habría de usarla yo?
En el Antiguo Testamento la usa: «Yo soy vuestro esposo» (Jer. iii. 14). El mismo Jesús la usa, cuando habla de la esposa en Juan iii. 29. Pablo la usa en sus epístolas, como en Romanos vii. 4, como ilustración de la unión entre Cristo y su iglesia.
Ahora bien, es una ilustración que todos podéis entender; no hay nadie aquí que no sepa lo que significa. Cuando un hombre se ofrece a sí mismo, la mujer debe hacer una de dos cosas: recibirle o rechazarle. Así también, toda alma en este salón debe hacer una de estas dos cosas: «recibir» o «rechazar» a Cristo. Pues bien, si le recibís, eso es todo cuanto tenéis que hacer; Él ha prometido la potestad.
EL ESPOSO RICO.
Había una dependienta en Chicago, hace algunos años; un día no habría podido comprar ni una libra de nada; al día siguiente podía ir y comprar mil libras de lo que quisiera. ¿Qué hizo la diferencia? Pues que se había casado con un esposo rico; eso fue todo. Le había recibido, y por supuesto todo lo que él tenía pasó a ser de ella. Así también podemos tener potestad, con solo recibir a Cristo. Recordad, no podéis tener potestad alguna sin Él; fracasaréis, fracasaréis constantemente, hasta que le recibáis en vuestro corazón; y tengo autoridad de la Escritura para decir que Cristo recibirá a toda alma que solo venga a Él.
EN BUSCA DE UNA ESPOSA.
Sabéis que Abraham envió a su siervo Eliezer en un largo viaje a buscar esposa para su hijo Isaac. Cuando Eliezer hubo obtenido a Rebeca, quiso partir enseguida con la joven esposa; pero su madre y su hermano dijeron: «No, que espere un poco». Cuando Eliezer estaba resuelto a marchar, dijeron: «Preguntaremos a la doncella». Y cuando Rebeca compareció, le dijeron: «¿Irás tú con este varón?». Aquel fue un momento decisivo en su vida. No habría podido decir «No». Sin duda le costó un esfuerzo; sería, por supuesto, una lucha. Tenía que dejar a sus padres, su hogar, sus compañeras, todo lo que amaba, e irse con aquel extraño. Pero mirad su respuesta; dijo: «Sí, iré».
He venido esta noche a buscar una esposa para mi Maestro. «¿Irás tú con este varón?». Puedo deciros una cosa que Eliezer no pudo decir a Rebeca; él no pudo decir: «Isaac te ama». Isaac nunca había visto a su esposa. Pero yo sí puedo decir: «¡Mi Maestro te ama!».
SE ENTREGÓ A SÍ MISMO POR TI.
¡Ah, eso es amor! Pero tened presente, amigos míos, que en el momento en que Rebeca se decidió a aceptar a Isaac, él llegó a serlo todo para ella, de modo que no sintió que estuviera renunciando a nada por él. ¡Ah, qué error cometen algunas personas! Dicen: «Me gustaría hacerme cristiano si no tuviera que renunciar a tanto». Volveos y mirad el otro lado. No tenéis que renunciar a nada; solo tenéis que recibir; y cuando hayáis recibido a Cristo, todo lo demás se desvanece muy pronto. Cristo os llena, de modo que ya no juzgáis esas cosas dignas de un solo pensamiento.
Cuando una novia se casa con un hombre, por lo general es el amor lo que la mueve. Si hay aquí alguna que de veras ame a un hombre, ¿piensa acaso en cuánto tendrá que renunciar? No; eso no sería amor. El amor no se alimenta de sí mismo, se alimenta de la persona amada. Así también, amigos míos, no es mirando lo que tendréis que dejar, sino mirando lo que recibiréis, como seréis capaces de aceptar al Salvador.
¿QUÉ ES CRISTO PARA TI?
¿Qué está dispuesto a ser para vosotros, si queréis tenerle? ¿No seréis hechos herederos del cielo, coherederos con Cristo, para reinar con Él por los siglos de los siglos, para ser suyos, para estar con Él donde Él está, para ser lo que Él es? Pensad, pues, en lo que Él es, y en lo que da. No necesitáis inquietaros por ahora acerca de lo que habéis de dejar. Recibidle, y todas esas cosas parecerán del todo insignificantes.
Yo solía pensar en lo que tendría que dejar. Amaba entrañablemente muchos de los placeres de esta tierra; pero ahora antes saldría a vuestras calles a comer el polvo que hacer aquellas cosas. Dios no dice: «Renuncia a esto y a aquello». Dice: «Aquí está el Hijo de mi seno; recíbele». Cuando de veras le recibís, todo lo demás se va. Dejad esa cháchara sobre renunciar; dejad que Cristo os salve, y todas esas cosas se irán como nada.
Notad las palabras: «A todos los que le recibieron, les dio potestad». Ahora, amigos míos, ¿iréis con este varón? A menudo habéis oído hablar de Cristo; sabéis de Él tanto como cualquiera en esta plataforma, quizá; pero ¿conocisteis jamás a hombre o mujer que se arrepintiera de haberle recibido?
Ningún hombre se arrepintió jamás de recibir a Cristo; pero he oído de millares que han sido seguidores del diablo, y lo han lamentado amargamente. Y observo que siempre son los más fieles seguidores del diablo quienes más lo lamentan.
TOMAD A JESÚS.
Amigos míos, aceptad mi consejo, y llevaos a Jesús cuando salgáis de este salón. Recordad, Él es el don de Dios ofrecido a todo aquel que quiera. Vosotros pertenecéis a esa clase, ¿no es cierto? Solo tomadle a Él; eso es lo primero que tenéis que hacer. Cuando vais a cortar un árbol, no tomáis el hacha y os ponéis a talar las ramas. No, comenzáis justo abajo, en la raíz. Así también aquí, debéis tomar a Cristo, y entonces recibiréis potestad para resistir al mundo, a la carne y al diablo.
RUT Y ORFA.
Veamos otro caso: Rut y Orfa. Muchos son como estas dos jóvenes viudas. Una crisis había llegado a sus vidas; habían perdido a sus maridos, y habían estado viviendo allá arriba, en los montes de Moab. A menudo habían visitado las tumbas de sus seres queridos, y quizá plantado allí algunas flores, y regádolas con sus lágrimas. Ahora Noemí está por volver a su tierra natal, y ellas piensan acompañarla un trecho del camino. Es una despedida triste; pero he aquí que llega la crisis. Allá en el valle se abrazan una a otra, y se dan el beso de despedida. Entonces ambas dicen que irán con Noemí, pero ella les advierte de las dificultades y las pruebas que podrían aguardarlas. Así que Orfa dice: «Volveré a mi pueblo»; pero Rut no puede dejar a su suegra, y dice que irá con ella.
Orfa se vuelve sola, y puedo verla en la cima del cerro; se detiene, y se vuelve para una última mirada. Y Noemí dice a Rut: «He aquí tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses; vuélvete tú tras ella». ¿Qué dice Rut? «No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios». Su decisión estaba tomada. Pobreza aquí, o padecimiento y necesidad allá, ella compartiría la suerte de Noemí.
UNA DECISIÓN BENDITA.
Orfa amaba a Noemí, pero no lo bastante para dejarlo todo por ella; mientras que Rut amaba tanto a su suegra que dejar a su pueblo le pareció nada. ¡Oh, quiera Dios atraer todos vuestros corazones, para que lo dejéis todo y le sigáis! Nunca más volvemos a saber de Orfa; el telón cae sobre su vida. Quizá murió allá arriba, en los montes de Moab, sin Dios y sin esperanza. ¡Pero cuán distinto con Rut! Llega a ser célebre en la historia; es una de las pocas mujeres cuyos nombres han descendido por el rollo de las edades; y es introducida en el linaje real del cielo. Tengo la idea de que Dios la bendijo por aquella decisión. Y a vosotros os bendecirá si os decidís de igual manera. ¿Quién dirá esta noche, como Rut lo dijo: «Te seguiré, y tu Dios será mi Dios»? ¿Habrá alguien que haga suyo el lenguaje de Rut? ¿No hay aquí una Rut? Si la hay, el Maestro la está llamando.
Tomaré otra palabra. He estado hablando de «recibir»; la siguiente palabra a la que quiero atraer vuestra atención es
CONFIAR.
Muchos se asen de esta cuando no logran asirse de «creer» o «recibir». Todos sabéis lo que es confiar. Si no fuera por la confianza, habría esta noche un tremendo alboroto en este edificio.
Si no pudierais confiar en que el techo está firmemente puesto, saldríais bien pronto; y si no pudierais confiar en que estas sillas os sostienen, ¿cuánto tiempo os sentaríais en ellas? Vaya, ni siquiera habríais venido aquí si no confiarais en nuestra palabra de que habría una alocución. Pues bien, es justo esa misma confianza la que Dios quiere. No es una confianza o fe milagrosa, sino de la misma clase, solo que el objeto es distinto. En lugar de confiar en estas cosas terrenales, o en un brazo de carne, se os pide confiar en el Hijo de Dios.
EL COMERCIANTE DE DUBLÍN.
En Dublín estaba yo hablando con una dama en la sala de consulta, cuando noté a un caballero que iba y venía frente a la puerta. Me adelanté y le dije: «¿Es usted cristiano?». Se enojó mucho, giró sobre sus talones y me dejó. La noche del domingo siguiente predicaba yo acerca de «recibir», y planteé la pregunta: «¿Quién le recibirá ahora?». Aquel joven estaba presente, y la pregunta se le hundió en el corazón. Al día siguiente vino a verme —era comerciante en aquella ciudad— y dijo: «¿Me recuerda?». «No, no le recuerdo». «¿Recuerda al joven que le respondió tan bruscamente la otra noche?». «Sí, lo recuerdo». «Pues bien, he venido a decirle que soy salvo». «¿Cómo ocurrió?». «Verá, estaba escuchando su sermón anoche, y cuando usted preguntó: “¿Quién le recibirá ahora?”, Dios puso en mi corazón decir: “Yo”; y Él ha abierto mis ojos para ver ahora a su Hijo». No sé por qué no habrían de hacer lo mismo aquí millares esta noche. Si alguna vez habéis de ser salvos, ¿por qué no ahora?
Pero hay otro punto que debéis recordar:
LA SALVACIÓN ES UN DON GRATUITO,
y es un don gratuito para nosotros. ¿Podéis comprarlo? Es un don gratuito, ofrecido a «todo aquel» que quiera. Supongamos que yo dijera: daré esta Biblia a «todo aquel» que la quiera; ¿qué tenéis que hacer? Pues nada, sino tomarla. Pero un hombre se adelanta y dice: «Me gustaría mucho esa Biblia». «Pues bien, ¿no dije “todo aquel”?». «Sí; pero me gustaría que dijera mi nombre». «Bueno, aquí lo tiene». Aun así, sigue con los ojos fijos en la Biblia, y diciendo: «Me gustaría tener esa Biblia; pero quisiera darle algo por ella. No me gusta tomarla de balde». «Bueno, no estoy aquí para vender Biblias; tómela, si la quiere». «Bueno, la quiero; pero quisiera darle algo por ella. Déjeme darle un penique por ella; aunque, a decir verdad, vale veinte o treinta chelines». Pues bien, supongamos que tomé el penique; el hombre toma la Biblia, y marcha a su casa con ella. Su esposa dice: «¿Dónde conseguiste esa Biblia?». «Ah, la compré». Notad el punto: cuando da el penique, deja de ser un don. Así también con la salvación. Si pagarais lo más mínimo, ya no sería un don.
LA INUTILIDAD DE INTENTAR.
El hombre siempre está intentando hacer algo. Esa miserable palabra «intentar» está manteniendo a millares fuera del cielo. Cuando oigo a los hombres hablar de «intentar», por lo común les digo que es el camino que baja a la muerte y al infierno. Creo que más almas se pierden por «intentar» que por cualquier otro camino. A menudo lo habéis intentado, y otras tantas habéis fracasado; y mientras sigáis intentando, fracasaréis. Dejad, pues, esa palabra, y tomad como vuestro firme apoyo para la eternidad la palabra «confiar». «Aunque él me matare, en él esperaré»: esa es la clase correcta de confianza. ¡Quisiera Dios que todos dijerais: «Confiaré en Él ahora, esta noche»! ¿Oísteis jamás de alguien que descendiera al infierno confiando en Jesús? Yo nunca. Esta misma noche, si os encomendáis a Él, la batalla estará ganada.
Os quejáis de que no os sentís mejor. Pues bien, recordad, el niño debe nacer antes de poder ser enseñado. Así también, no podemos aprender de Dios hasta recibirle. Debemos nacer —nacer de nuevo—, es decir, el nuevo nacimiento, antes de poder sentir. Cristo debe estar en nosotros la esperanza de gloria. ¿Cómo puede estar en nosotros si no le recibimos y confiamos en Él?
SALVACIÓN PRESENTE.
Otro versículo que se ha usado muchísimo durante estos dos últimos años, y sobre el cual siento que reposa mi propia salvación, es Juan v. 24. Confío en que Dios lo escriba en vuestros corazones, y lo grabe hondo en vuestras almas. «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna». Gracias a Dios por ese «tiene».
Tenía yo a unos cuantos hombres en la sala de consulta la otra noche que no lograban hallar paz. Les dije: «¿Creéis la Biblia?». «Sí, señor». «Creo que os probaré que no. Abrid en Juan v. 24». La abrieron. «Leed el versículo». «“El que oye mi palabra…”». «¿Creéis eso?». «Sí, señor». «“Y cree al que me envió…”». «¿Creéis que Dios envió a Jesús?». «Sí». «Bien, seguid leyendo». «“Tiene vida eterna”». «¿Creéis que tenéis vida eterna?». «No, no lo creemos». «¡Ah, pues yo pensaba que no creíais en la Biblia!». ¿Qué derecho tenéis a partir en dos un versículo, y decir que creéis la mitad, pero no la otra? Dice claramente que el que cree «tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». Vaya, si creéis las palabras de Dios, podéis decir: «He pasado de las tinieblas a la luz». Con solo reposar en esa pequeña palabra en tiempo presente, podemos tener «seguridad» ahora. No necesitamos esperar a morir, ni al gran día del juicio, para descubrirlo.
«¡TOMA, TOMA!»
Una dama en Glasgow vino a mí, y dijo: «Sr. Moody, usted siempre está diciendo “¡Toma, toma!”. ¿Hay algún lugar en la Biblia donde diga “Toma”, o es solo una palabra que usted usa? La he estado buscando en la Biblia, pero no la encuentro». «Vaya», dije, «la Biblia está sellada con ella; es casi la última palabra de la Biblia. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”». «Bien», dijo, «nunca lo había visto antes. ¿Es eso todo lo que tengo que hacer?». «Sí, así lo dice la Biblia». Y allí mismo lo tomó. Dios dice: «El que quiera, tome»; ¿quién puede detenernos si Dios lo dice? Todos los demonios del infierno no pueden impedir que un alma pobre tome, si Dios dice «Toma». Amigos míos, ¿vais a «Tomar» esta noche? ¿Vais a dejar que pasen estas preciosas reuniones sin alcanzar a Cristo, sin poder alzar la mirada y decir: «Cristo es mi Salvador, Dios es mi Padre, el cielo es mi hogar»?
UN INQUIRIDOR ANGUSTIADO.
Una dama vino a mi casa la otra noche, angustiada por su alma; pero tras alguna conversación se marchó, sin hallar paz. Volvió otra vez, y le pregunté: «¿Cuál es el problema?». «No tengo paz». La llevé a este versículo: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan iii. 36). Le sostuve en alto aquella pequeña palabra «tiene», y me volví a Juan v. 24, y vi. 47. Allí estas palabras fueron pronunciadas por Jesús, y todas están ligadas al creer en el Hijo. Después de hablar un rato, me miró con fervor al rostro, y dijo: «¡Ya lo tengo!», y se marchó gozándose en el amor del Salvador.
Si buscáis la vida, podéis tenerla ahora, sentados en vuestro asiento. La palabra «cargó» aparece de nuevo en Isa. liii. 6: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas… mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros». Nuestra iniquidad ha sido cargada sobre Cristo, y el Señor no va a exigir el pago dos veces. «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero».
LA DEUDA PAGADA.
Supongamos que yo debiera al Sr. Wanamaker mil libras, y cayera en la bancarrota; no tendría con qué pagar, de modo que él podría enviarme a la cárcel. Pero supongamos que el Sr. Stone lo oyera, y dijera: «No quiero ver a Moody llevado a la cárcel». Así que paga la deuda por mí, y obtiene el recibo. Cuando veo el recibo, sé que estoy libre. Pero el Sr. Wanamaker se entera de que no pagué, y hace que me lleven a los tribunales. Dice que he de pagarle yo mismo, o he de ir a la cárcel. Yo muestro el recibo. «Vaya», dice el juez, «la deuda está pagada».
El Sr. Wanamaker dice: «Moody no la pagó». ¿Le respaldaría algún juez del país? No; está pagada, y no puede exigirse de nuevo. Pues bien, si el hombre no reclama el pago dos veces, ¿lo hará Dios? No, ¡ciertamente que no! El caso es este: la deuda ha sido pagada, nuestros pecados han sido expiados. Cristo mismo nos ha redimido, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con su sangre preciosa; por tanto, somos libres.
Pero recordad, aunque la salvación es tan gratuita para nosotros, a Dios le costó muchísimo redimirnos. Tenía un Hijo unigénito, y lo entregó libremente por nosotros. ¡Qué don tan maravilloso! Si tenéis en poco tan grande salvación, ¿cómo escaparéis de la condenación del infierno?
LA GRAN PREGUNTA.
Ahora, una pregunta: ¿Qué vais a hacer con Cristo? Tenéis que resolver esa cuestión. Podéis enojaros, como cierto hombre hace poco, que salió de una iglesia diciendo: «¿Qué derecho tiene ese americano a hacer semejante afirmación?». Pero es verdad; debéis resolverlo. Pilato quiso eludir la responsabilidad, y envió a Jesús a Herodes; pero fue forzado a una decisión. Cuando los judíos lo forzaron a decidir, se lavó las manos, y dijo que estaba «limpio de la sangre de este justo». Pero ¿le quitó eso su culpa? No.
Un ángel puede hallarse aquí, cerniéndose sobre este auditorio, y está escuchando lo que se dice. Alguno podrá decir: «Le recibiré; no me demoraré más». Al instante el ángel emprenderá el vuelo hacia las puertas de perla, y llevará la nueva de que otro pecador ha sido salvo. Habrá un cántico nuevo resonando por los atrios del cielo por los pecadores que se arrepienten. Dios dará la orden de escribir sus nombres en el libro de la vida, y de preparar aposentos para ellos en la nueva Jerusalén, donde todos pronto estaremos.
CULPABLE, PERO A SALVO.
Un hombre estaba siendo juzgado en cierta ocasión por un crimen cuyo castigo era la muerte. Los testigos entraban uno a uno, y declaraban su culpa; pero allí estaba él, del todo sereno e inconmovible. El juez y el jurado quedaron muy sorprendidos por su indiferencia; no podían comprender cómo podía tomar tan calmadamente un asunto tan grave. Cuando el jurado se retiró, no tardó muchos minutos en decidir el veredicto de «culpable»; y cuando el juez estaba pronunciando la sentencia de muerte sobre el reo, le dijo cuán sorprendido estaba de que pudiera permanecer tan inconmovible ante la perspectiva de la muerte.
Cuando el juez hubo terminado, el hombre metió la mano en su seno, sacó un documento, y salió del banquillo hombre libre. ¡Ah, así era como podía estar tan sereno; era un indulto pleno de su rey, que había tenido en el bolsillo todo el tiempo. El rey le había indicado que dejara proseguir el juicio, y que presentara el indulto solo cuando estuviese condenado. No es de extrañar, pues, que se mostrara indiferente al resultado del juicio. Ahora bien, eso es justo lo que nos hará gozosos en el gran día del juicio; tenemos un indulto del Gran Rey, y está sellado con la sangre de su Hijo.
EL INCENDIO DE CHICAGO.
Después de que ocurrió el incendio de Chicago, nos enviaron muchísimas cosas de todas partes del mundo. Las cajas en que venían llevaban la etiqueta «Para los que quedaron sin hogar por el fuego», y todo cuanto un hombre tenía que hacer era probar que había quedado sin hogar por el fuego, y recibía su parte. Así también aquí, no tenéis sino que probar que sois pobres y miserables pecadores, y hay auxilio para vosotros. Si todo hombre que está arruinado y perdido se aferra a «intentar», no hay esperanza; pero si lo abandona todo como cosa perdida, entonces Cristo lo salvará. La ley nos condena, pero Cristo nos salva.
EL ALUMNO PERDIDO.
El superintendente de una escuela dominical en Edimburgo iba caminando por la calle un día, cuando se encontró con un policía que llevaba de la mano a un niñito que lloraba amargamente. Se detuvo, y preguntó al policía qué le pasaba al niño. «Ah», dijo el agente, «se ha perdido». El superintendente pidió mirarlo. Fueron hasta un farol, y alzaron al pequeñuelo. Vaya, en un instante el niño reconoció a su superintendente, y voló a sus brazos. El caballero lo tomó del policía, y el niño quedó consolado. La ley nos tiene atrapados, pero huyamos a los brazos de Jesús, y estaremos a salvo.
Un amigo mío del norte me habló de una pobre muchacha escocesa, que estaba muy angustiada por su alma. Él le dijo que leyera Isaías liii. Ella respondió: «No sé leer, ni sé orar; ¡Jesús, tómame como estoy!». Ese era el verdadero camino; y Jesús la tomó tal como estaba. Dejad que Él os tome esta noche, tal como estáis, y os recibirá en sus brazos.
TRES AÑOS BUSCANDO A JESÚS.
Una noche, predicando en Filadelfia, justo al lado del púlpito había una joven cuyos ojos estaban clavados en mí como si bebiera cada palabra. Es precioso predicar a personas así; por lo general reciben provecho, aunque el sermón sea pobre.
Me interesé por ella, y cuando hube terminado de hablar, fui y le hablé. «¿Es usted cristiana?». «No, ojalá lo fuera; llevo tres años buscando a Jesús». Dije: «Debe de haber algún error». Me miró de manera extraña, y dijo: «¿No me cree?». «Bueno, sin duda usted pensaba que estaba buscando a Jesús; pero a un pecador angustiado no le toma tres años encontrarse con un Salvador anhelante». «¿Qué he de hacer, entonces?». «El asunto es que usted está intentando hacer algo; solo debe creer en el Señor Jesucristo».
«Ah, estoy cansada y harta de la palabra “¡Cree, cree, cree!”. No sé lo que es». «Bien», dije, «cambiaremos la palabra; tome “confiar”». «Si digo que confiaré en Él, ¿me salvará?». «No, no digo eso; usted puede decir mil cosas, pero solo si de veras confía en Él». «Bueno», dijo, «sí confío en Él; pero», añadió en el mismo aliento, «no me siento nada mejor». «¡Ah, ahora lo tengo! Ha estado buscando sentimientos durante tres años, en lugar de a Jesús. La fe está allá arriba, no aquí abajo».
La gente siempre está buscando sentimientos. Están preparando aquí una nueva traducción de la Biblia, y si los hombres que la traducen pusieran simplemente sentimientos en lugar de fe, ¡qué avalancha habría por esa Biblia! Pero si miráis desde el Génesis hasta el Apocalipsis, no hallaréis sentimientos ligados a la salvación. Debemos elevarnos por encima de los sentimientos. Así que dije a esta dama: «Usted no puede gobernar sus sentimientos; si pudiera, ¡qué de cosas haría! Sé que yo nunca tendría dolor de muelas ni dolor de cabeza».
LOS SENTIMIENTOS, LA ESTRATAGEMA DEL DIABLO.
«Los sentimientos» son la última tabla que el diablo os tiende, justo cuando vuestros pies están alcanzando la «Roca de la eternidad». Ve al pobre pecador tembloroso que apenas halla el camino al Salvador, cuando le empuja esta tabla, y el pobre pecador cree que «ya está todo bien». Algún sermón que habéis oído os conmueve, pero luego os sentís del todo bien cuando os subís a esta tabla. Seis meses después, quizá, estáis muriendo, y el diablo llega justo cuando os creéis del todo a salvo. «Ah», os dice, «aquello fue obra mía; yo te hice sentir bien». ¿Y dónde estáis entonces? Ah, plantad vuestro pie sobre la palabra de Dios, y entonces no podréis fracasar. Su palabra ha sido probada durante seis mil años, y no ha fallado.
Así que dije a la dama: «No tenga nada más que ver con los sentimientos; sino, como Job, diga: “Aunque él me matare, en él esperaré”». Me miró unos minutos, y luego, extendiendo la mano para tomar la mía, dijo: «Sr. Moody, confío en que el Señor Jesucristo salve mi alma esta noche». Luego fue a los ancianos y dijo las mismas palabras. Al salir se encontró con uno de los oficiales de la iglesia, y, estrechándole la mano, dijo de nuevo: «Confío en que el Señor Jesús salve mi alma».
A la noche siguiente estaba de nuevo justo delante de mí. Jamás olvidaré su rostro radiante; ¡la luz de la eternidad brillaba en sus pupilas! Entró en la sala de consulta. Me preguntaba a qué iría allí; pero cuando llegué, la hallé con los brazos rodeando a una amiga, diciendo: «Solo es confiar en Él. Así lo he descubierto». Desde aquella noche fue una de las mejores obreras en la sala de consulta, y siempre que yo topaba con un caso difícil, hacía que ella hablara con la persona, y con seguridad la ayudaba.
«DIGNA DE SER RECIBIDA POR TODOS.»
Seguramente podéis confiar en Dios esta noche. Debéis de tener una opinión muy pobre de Dios si no podéis confiar en Él. No tenéis sino que venir a Él así: recibirle, confiar en Él. ¿Qué más podéis hacer, y qué menos podéis hacer, que confiar en Él? ¿No es Él digno de ello? Ahora, quedémonos perfectamente quietos un momento, y mientras la voz del hombre calla, pensemos en un pasaje de la Escritura: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo». Es Cristo de pie a la puerta de vuestro corazón, llamando; y dice: «Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo». ¿Habrá alguien esta noche que descorra los cerrojos, y diga: «Entra, Tú, bienvenido, tres veces bienvenido. Bendito Salvador, entra»? ¡Dios conceda que todos los que están aquí lo hagan!
Dominio público. Texto original de la edición original.