Sermón · 21 min de lectura · Moderada

El Nuevo Nacimiento

Retrato de Dwight L. Moody Dwight L. Moody

Texto

Juan 3:3

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

La regeneración es la piedra angular, sostiene Moody, y quien esté mal ahí lo está en todo lo demás; por eso va apartando los sustitutos uno a uno: nacer de padres cristianos, estar bautizado, ser admitido en una iglesia, tener buena reputación moral, andar lleno de buenos propósitos. Ninguno de ellos es nacimiento. El cambio es obra de Dios y llega de una vez.

“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”—Juan iii. 3

Mucho menos heredarlo. Ni siquiera puede alcanzar un vislumbre del reino de Dios si no nace de nuevo. Creo que este es el tema más importante que jamás se nos presentará en este mundo. No creo que haya en toda la Biblia una verdad tan importante como la que se expone en el tercer capítulo del Evangelio de Juan.

Es el A B C del alfabeto de Dios. Si un hombre yerra en cuanto a la regeneración, yerra en todo. Esa es en verdad la piedra fundamental; y ha de asentar bien el fundamento. Si no lo hace, ¿de qué sirve intentar construir una casa? Ahora bien, Cristo dice claramente: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Pero aunque la regeneración o el nuevo nacimiento se enseña tan claramente en el tercer capítulo de Juan, no creo que haya en toda la Biblia una verdad rodeada de tanta oscuridad como esta gran verdad. Hay muchísimos que son como aquel hombre que veía a los hombres como árboles que andaban. Muchos cristianos no parecen tener claro este nuevo nacimiento.

NACIDO CRISTIANO.

Esta misma tarde, hallándome en la sala de consulta, entró una persona, y le dije: “¿Es usted cristiana?” “Pues claro que lo soy”, me responde. “Bien —le dije—, ¿y cuánto tiempo hace que lo es?” “¡Ay, señor, nací siéndolo!” “¡Vaya! Entonces me alegro mucho de estrecharle la mano; la felicito; es usted la primera mujer que conozco que haya nacido cristiana; tiene usted más fortuna que los demás, que nacen hijos de Adán.” Ella vaciló un poco, y luego trató de sostener que, por haber nacido en Inglaterra, era cristiana. Hay muchos que tienen la idea de que, por haber nacido en un país cristiano, han nacido del Espíritu. Pues bien, en este tercer capítulo de Juan el nuevo nacimiento se expone con tanta claridad que, si alguien lo lee con cuidado y en oración, creo que pronto se le abrirán los ojos. Lo que es nacido de la carne, carne es, y carne permanece; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es, y espíritu permanece. Así, cuando un hombre nace de Dios, tiene la naturaleza de Dios. Cuando un hombre nace de sus padres, recibe la naturaleza de ellos, y ellos recibieron la naturaleza de sus padres, y así puede rastrearse hasta Adán. Pero cuando un hombre nace de Dios, o nace de lo alto, o nace del Espíritu —así es como lo expresa el Espíritu Santo en aquel tercer versículo—, recibe la naturaleza de Dios, y entonces deja la vida de la carne por la vida del espíritu.

Antes de seguir quiero decir una cosa, y es qué no es este nuevo nacimiento, o el nacer del Espíritu. Muchísimos piensan que han nacido de nuevo porque van a la iglesia. Muchísimos dicen: “¡Ah, sí, soy cristiano; voy a la iglesia todos los días de reposo!” Permítanme decir aquí que en todo Londres no hay nadie que asista a la iglesia con tanta regularidad como Satanás. Siempre está allí antes que el ministro, y es el último en salir de la iglesia. No hay iglesia ni capilla en Londres de la que él no sea asistente asiduo. La idea de que solo anda por los barrios bajos, las callejuelas y los callejones de Londres es una idea falsa. Está dondequiera que se predica la Palabra; su oficio es estar allí y arrebatar la semilla. Está aquí esta noche. Algunos de ustedes tal vez se duerman, pero él no. Algunos tal vez no escuchen el sermón, pero él sí. Estará al acecho, y cuando la semilla apenas esté entrando en algún corazón, irá y la arrebatará.

CRISTIANO POR EL BAUTISMO.

Otra clase dice: “Ah, sí, soy cristiano, porque fui bautizado.” Pues bien, quiero decir aquí que una cosa es el bautismo y otra el nacer de nuevo. Que una persona sea bautizada no puede decirse que eso sea el nuevo nacimiento. ¿Llamaría usted a eso nacer de lo alto? No se puede bautizar a un hombre para meterlo en el reino de Dios. Ahora bien, tengan esto presente. Si yo pudiera salvar a los hombres bautizándolos, no me sorprenderían predicando. Conseguiría agua y los bautizaría; ese sería el camino más rápido. De nada serviría orar y suplicar a los hombres que huyan de la ira de Dios. Pero jamás se los puede introducir en el reino de Dios por el bautismo. El bautismo está muy bien en su lugar. No estoy aquí menospreciando las ordenanzas de la iglesia; hablo del nuevo nacimiento: y hay muchísimos, creo yo, que están siendo engañados en este solo punto: que por haber sido bautizados en algún momento de su vida se han hecho cristianos. Pero eso no es el nuevo nacimiento; eso no es nacer de lo alto y del Espíritu. No dejen que Satanás los engañe, amigos míos, en ese punto, porque es una verdad muy importante; y queremos que todos los aquí presentes lo comprendan, y espero que el Espíritu de Dios aclare la diferencia entre el bautismo y la regeneración, o el nacer del Espíritu.

UNIRSE A LA IGLESIA.

Hay otra clase que dice: “Ah, sí, me hice cristiano cuando me uní a la iglesia.” Eso no es nacer de nuevo. ¿Qué tiene que ver con el nuevo nacimiento el estar unido a la iglesia en la tierra? Hay muchísimos unidos a la iglesia que van camino de la muerte y la ruina. Muchísimos que son miembros de la iglesia no tienen esperanza alguna de vida eterna. Uno de los doce que Cristo escogió para que le siguieran resultó ser un hipócrita y un traidor; en el fondo del corazón no era leal a Cristo. Amigos míos, no funden su esperanza del cielo sobre alguna profesión de su fe, sino tengan presente que han de nacer de Dios. Permítanme ahora detenerme un momento, y piensen, y pregúntense esto: “¿He nacido de nuevo?” Es la pregunta más solemne que jamás se les presentará aquí abajo: “¿He nacido de lo alto? ¿He nacido del Espíritu?” No se trata de tomar algunas nuevas resoluciones. Ya han tomado bastantes. Nunca conocí a nadie que no hubiera hecho algunas buenas resoluciones en su vida. No se trata de esforzarse por hacer el bien. Muchísimos dicen: “Trato de hacer lo mejor que puedo, y creo que todo saldrá bien.” ¿Qué tiene eso que ver con el nuevo nacimiento y la nueva creación? Dios no promete la salvación al que trata de hacer lo mejor que puede, sino al que cree, o al que es nacido del Espíritu; porque “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”

EL NUEVO NACIMIENTO ES INSTANTÁNEO.

Pues bien, yo creo que este nuevo nacimiento es instantáneo. He conocido a muchísimas personas que no pueden decir el día ni la hora de su conversión; pero hubo de haber un momento en que pasaron de muerte a vida, en que nacieron del Espíritu. Hubo de haber un momento en que sus nombres fueron escritos en el Libro de la Vida. Puede que no tengan conciencia del día, ni de la hora, ni de la semana, ni del mes, ni del año; pero, amigos míos, les ruego que se aseguren de haber nacido del Espíritu. No se dejen engañar en cuanto a esta sola verdad, porque el mismo Cristo dice: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”

LA CARNE NO PUEDE SERVIR A DIOS.

Como dije antes, cuando nací de mis padres recibí la naturaleza de ellos, recibí la naturaleza de la carne; y no puedo servir a Dios en la carne. “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Y antes de que un hombre pueda adorar a Dios ha de nacer de Dios; ha de nacer del Espíritu. Entonces, con este nuevo nacimiento, con esta nueva vida, puede servir a Dios; entonces el yugo es fácil y ligera la carga. Lo mismo daría que un hombre intentara volar a la luna que servir a Dios antes de haber nacido del Espíritu; es del todo imposible. El hombre natural está en enemistad contra Dios; su corazón natural está en guerra con Dios; siempre lo ha estado y siempre lo estará. Y no solo eso, sino que no se lo puede mejorar. Dios nunca remienda: crea de nuevo; por tanto, no anden tratando de remendar aquella vieja naturaleza de Adán. Dios dice: “Jamás entrará en mi presencia.” Por eso Dios simplemente la ha puesto a un lado. Pero nos dice cómo hemos de llegar a su presencia, y cómo hemos de entrar en su reino. Esto merece tenerse presente. No se puede introducir a los hombres en él por medio de la educación. Eso es lo que el mundo está tratando de hacer. Pero el que sube por otra parte que no sea el camino del Señor, ése es ladrón y salteador. Más te vale nacer en él a la manera de Dios.

En América tenemos una ley según la cual ningún hombre puede ser Presidente de los Estados Unidos si no ha nacido en suelo americano. Muchísimos ingleses vienen a América, y muchísimos hombres de todas partes del mundo, y sin embargo nunca he oído a ninguno quejarse de esa ley. Dicen que América tiene el derecho de decir quién ha de ser Presidente. Yo vengo aquí a su país, y no me quejo porque tengan ustedes una Reina que reine sobre ustedes. ¿Qué derecho tengo yo a quejarme? ¿No tiene Inglaterra derecho a decir quién ha de gobernarla y quién ha de ser su Reina? Los extranjeros no tienen derecho a entrometerse. Y quisiera hacerles esta pregunta: ¿No tiene Dios derecho a decir quién ha de entrar en su reino, y cómo hemos de entrar? Pues bien, amigo mío, Dios nos dice aquí que hemos de entrar en su reino por el nuevo nacimiento. Hemos de nacer de lo alto, nacer del Espíritu, y entonces recibimos una naturaleza que se vuelve hacia Dios. Si tomas a un borracho y lo pones sobre el mismísimo pavimento del cielo, no será feliz allí. El borracho no quiere el cielo. ¿Qué va a hacer él allí? Allí no tiene whisky que beber, ni tiene a ninguno de sus antiguos compañeros. ¿Qué va a hacer? Diría: “Esto es un infierno para mí. No quiero quedarme aquí.” Un hombre que no puede pasar un solo día de reposo en la tierra entre el pueblo de Dios, ¿qué va a hacer con aquel día de reposo eterno, con los que han lavado sus ropas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero? Un hombre ha de tener una naturaleza espiritual antes de querer ir al cielo. El cielo no puede tener atractivo alguno para un hombre hasta que nace del Espíritu.

LOS MORALISTAS NECESITAN EL NUEVO NACIMIENTO.

Volvamos ahora al hombre a quien Cristo dijo estas palabras. Muchas veces me alegro de que no se lo dijera a la mujer junto al pozo, ni a María Magdalena. Si se lo hubiera dicho a ellas, la gente habría dicho: “Ah, esa pobre mujer necesita convertirse; pero yo soy un moralista; yo no necesito convertirme. La regeneración servirá para las rameras, los ladrones y los borrachos, pero nosotros los moralistas no la necesitamos.” Pero ¿a quién se lo dijo Cristo? Se lo dijo a Nicodemo. ¿Quién era él? Pertenecía a la casa de los obispos. Nicodemo ocupaba una posición muy alta; era uno de los dignatarios de la iglesia; estaba tan alto como cualquier hombre en Jerusalén, salvo el sumo sacerdote mismo. Pertenecía a los setenta gobernantes de los judíos; era doctor en teología y enseñaba la ley. No hay una sola palabra de la Escritura contra él; era un hombre que se destacaba ante toda la nación por su carácter puro e intachable. ¿Qué le dice Cristo? “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Puedo ver el ceño fruncido en su frente. Dice: “¿Qué quieres decir con eso de nacer de nuevo, nacer de lo alto, nacer del Espíritu? Ya soy viejo, ¿puedo entrar por segunda vez en el vientre de mi madre y nacer de nuevo?” Jesús dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” No retiró lo que había dicho, sino que lo repitió. Puedo imaginar que Nicodemo era como decenas de miles de hombres en el Londres de hoy. En cuanto se les habla de regeneración o de conversión, se les frunce el ceño. Dicen: “No lo entiendo.” Por supuesto, el hombre natural no entiende las cosas espirituales. Es cuestión de revelación. Muchísimos hombres tratan de investigar y descubrir a Dios. ¿Y si dedicaran un poco de su tiempo a pedirle a Dios que se les revele?

LA RAZÓN NO PUEDE COMPRENDER ESTE NUEVO NACIMIENTO.

Hace algún tiempo oí de unos viajantes de comercio que fueron a oír predicar a un hombre. Volvieron al hotel y, sentados en el salón de fumar conversando, dijeron que el ministro no apelaba a su razón, y que ellos no creerían nada que no pudieran razonar. Había allí sentado un anciano que escuchaba, y les dijo: “¿Dicen ustedes que no creerán nada que no puedan razonar?” “No, no lo creeremos.” El anciano dijo: “Cuando venía ayer en el tren, vi unas ovejas, y reses, y cerdos, y gansos, todos comiendo hierba. Ahora bien, ¿pueden decirme mediante qué proceso esa misma hierba se convirtió en plumas, pelo, cerdas y lana?” “Pues, no, eso no se lo podemos decir así como así.” “¿Creen que es un hecho?” “Ah, sí, es un hecho.” “Creí que habían dicho que no creerían nada que no pudieran razonar.” “Bueno, no podemos menos que creer eso; es un hecho que vemos ante nuestros ojos.” “Pues bien —dijo el anciano—, yo no puedo menos que creer en la regeneración y en que un hombre sea convertido, aunque no pueda explicar cómo lo convirtió Dios.”

LA ILUSTRACIÓN DE CRISTO.

Pues bien, la ilustración que Cristo empleó con Nicodemo fue el viento. “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va.” Ahora bien, ustedes no pueden ver obrar al Espíritu de Dios en este auditorio; pero espero y ruego que esté obrando ahora en el corazón de muchos, convenciéndolos de pecado. ¿Creen más que nunca que son pecadores? Pues eso es obra del Espíritu Santo. El diablo nunca les dijo que son pecadores; él trata de hacerles creer que ya son bastante buenos. Si esta noche creen que han pecado contra Dios, eso es obra del Espíritu Santo. Él está aquí obrando. No podemos verlo, pero hay muchísimos que saben que está aquí. Supongan que yo dijera: “No creo en el viento; debe de ser todo imaginación; he vivido treinta y siete años y nunca he visto el viento. Es locura que los hombres hablen del viento.” Puedo imaginar a aquel muchacho de allí diciendo: “¡Vaya, yo sé más que ese hombre; yo sé que hay viento, pues hoy mismo me arrancó el sombrero y lo echó al barro, y muchas veces lo he sentido soplar en mi cara!” Amigos míos, ustedes no han sentido el viento más de lo que yo he sentido el Espíritu de Dios. Ustedes no han visto los efectos del viento más de lo que yo he visto los efectos del Espíritu de Dios y de la obra del Espíritu Santo, y hay aquí centenares de testigos que atestiguarían lo mismo. Y sin embargo, este poder invisible hace su obra en la creación, y el poderoso e invisible poder de Dios hace su obra con eficacia en la esfera espiritual.

La nueva vida en Cristo significa el romperse de las viejas cadenas.

DIOS PUEDE CAMBIAR AL BORRACHO.

Puede que esté hablando ahora a algún pobre borracho aquí presente. Cuando entra en su casa, sus hijos aguzan el oído y, por el sonido de las pisadas, saben que su padre viene borracho, y las criaturitas huyen y se esconden de él como si fuera algún horrible demonio. Su esposa empieza a temblar. Muchas veces ha caído aquel brazo grande y fuerte sobre el cuerpo débil e indefenso de ella. Muchos días ha llevado ella las marcas de la violencia de ese hombre. Él debería ser su protector, su sostén y su amparo; pero se ha convertido en su verdugo. Su hogar es como un infierno en la tierra; no hay allí gozo alguno. Puede que haya aquí esta noche alguno así, que oye la buena nueva de que puede nacer de nuevo, y recibir una naturaleza del cielo, y recibir el Espíritu de Dios. Dios puede darle poder para arrojar lejos de sí la copa infernal. Dios le dará gracia para hollar a Satanás bajo sus pies, y el borracho llegará entonces a ser un hombre sobrio. Vayan a aquella casa dentro de tres meses, y la hallarán pulcra y limpia. Al acercarse a aquel hogar oirán cantos; no el canto del borracho, que ya no está: todas las cosas han sido hechas nuevas. Ha nacido de Dios, y canta uno de los cánticos de Sion:

“Roca de la eternidad, abierta para mí,

déjame esconderme en ti.”

O quizá esté cantando aquel viejo y buen himno que su madre le enseñó cuando era niño:

“Hay una fuente llena de sangre,

brotada de las venas de Emanuel;

y los pecadores sumergidos bajo aquel raudal

pierden todas sus manchas de culpa.”

Se ha convertido en un hijo de Dios, un heredero del cielo. Sus hijos trepan a su rodilla, y él los rodea con sus brazos. Aquel hogar sombrío se ha transformado ahora en un pequeño Betel sobre la tierra. Dios mora allí ahora. Sí; Dios ha hecho todo eso, y eso es la regeneración.

EL VALOR DE LOS BUENOS PROPÓSITOS.

Puede que algunos de ustedes hayan estado diciendo: “Quisiera que el señor Moody nos dijera cómo hemos de llegar a ser cristianos, pues dice que no podemos ser cristianos esforzándonos por hacer el bien ni tomando nuevas resoluciones.” Muchas veces han estado en una reunión como esta y han resuelto pasar página, y ahora quizá formen otra buena resolución. Si lo hacen, la quebrantarán. ¿Qué van a hacer? Si lo que han de tener es un nuevo nacimiento, no pueden crear vida. ¿Pueden dar vida a los muertos? Todos los sabios de Londres no pueden hacerlo. Solo Dios es el autor de la vida; y si tienen el nuevo nacimiento, ha de ser obra de Dios. Cuando los Jubilee Singers estuvieron en el norte de Inglaterra, mi familia fue a verlos, y mi hijito preguntó por qué no se lavaban lo negro de la cara. Le dije que era porque habían nacido negros. El etíope no puede mudar su piel, ni el leopardo sus manchas. Ustedes no pueden salvarse a sí mismos. Hay un hombre muriéndose: ¿pueden poner en él nueva vida? ¿O pueden levantar un cuerpo muerto diciendo: “Joven, a ti te digo, levántate”? Esa es la obra de Dios. Sus almas están muertas en delitos y pecados, y solo el Señor Jesucristo puede pronunciar vida.

EL MENDIGO Y EL PRÍNCIPE.

Me imagino que algunos de ustedes dirán: “¿No tengo yo nada que hacer?” Pues no. La salvación ha sido obrada por otro en favor de ustedes. Muchos recorren el mundo entero en busca de honra o de posesiones. La salvación vale miles de veces más que cualquier cosa que la tierra pueda producir; pero no se obtiene de ese modo. Dios tiene un solo precio para la salvación. ¿Quieren saber cuál es? Es sin dinero y sin precio. Rowland Hill decía que a la mayoría de los subastadores les costaba mucho trabajo subir a la gente hasta su precio, pero que a él le costaba mucho trabajo bajar a la gente hasta el suyo. “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna.” ¿Quién la recibirá ahora? Te digo a ti, joven: ¿recibirás este don? Supongan que yo iba cruzando el Puente de Londres y vi a un pobre mendigo miserable, descalzo, sin abrigo, sin sombrero, sin apenas harapos con que cubrir su desnudez, y justo detrás de él, a solo unos pasos, estaba el Príncipe de Gales con una bolsa de oro, y el pobre mendigo huía de él como si huyera de un demonio, y el Príncipe de Gales le gritaba: “¡Eh, mendigo, aquí tienes una bolsa de oro!” Pues bien, diríamos que el mendigo se había vuelto loco al huir del Príncipe de Gales con la bolsa de oro. Pecador, esa es tu condición. El Príncipe del Cielo quiere darte vida eterna, y tú huyes de Él.

EL SOLDADO MORIBUNDO.

Entonces dices: “Si no es esforzándome de veras, ¿cómo he de ser salvo?” Te lo diré; mejor aún, te lo dirá la Escritura. Toma la ilustración que Cristo empleó con Nicodemo; no podrías tener otra mejor. Lo llevó al remedio: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan iii. 14, 15). Ahí está el remedio. ¿Cómo he de ser salvo? Mirando a Cristo; solo con mirar. Es muy barato, ¿verdad? Muy sencillo, ¿verdad? No hay más que mirar ahora al Cordero de Dios y ser salvo. ¿Qué dice el gran predicador del desierto? “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Podría decirse que todo el plan de salvación cabe en dos palabras: Dar; Recibir. Dios da; yo recibo.

Recuerdo que, después de una de las terribles batallas de la Guerra Civil estadounidense —yo estaba en el ejército, atendiendo a los soldados—, acababa de acostarme una noche, pasada la medianoche, para descansar un poco, cuando vino un hombre y me dijo que un soldado herido quería verme. Fui adonde el moribundo. Me dijo: “Quisiera que me ayudara a morir.” Le dije: “Lo ayudaría a morir si pudiera. Lo cargaría sobre mis hombros y lo llevaría al reino de Dios si pudiera; pero no puedo. Puedo hablarle de Uno que sí puede.” Y le hablé de que Cristo estaba dispuesto a salvarlo, y de cómo Cristo dejó el cielo y vino al mundo a buscar y salvar lo que se había perdido. No hice más que citar promesa tras promesa, pero todo estaba oscuro, y casi parecía como si las sombras de la muerte eterna se fueran reuniendo en torno a su alma. No podía dejarlo, y al fin me acordé de este tercer capítulo de Juan, y le dije: “Mire, voy a leerle ahora una conversación que Cristo tuvo con un hombre que acudió a Él cuando estaba en el mismo estado de ánimo que usted, y le preguntó qué debía hacer para ser salvo.” Le leí sin más aquella conversación al moribundo, y él permanecía allí tendido con los ojos clavados en mí, y cada palabra parecía llegar hasta su corazón, que estaba abierto para recibir la verdad. Cuando llegué al versículo donde dice: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, el moribundo exclamó: “Deténgase, señor. ¿Está eso ahí?” “Sí, todo está aquí.” Entonces dijo: “¿Tendría la bondad de leérmelo otra vez?” Se lo leí por segunda vez. El moribundo juntó las manos y dijo: “Bendito sea Dios por eso. ¿Tendría la bondad de leérmelo otra vez?” Le leí el capítulo entero, pero mucho antes de llegar al final él había cerrado los ojos. Pareció perder todo interés en el resto del capítulo, y cuando terminé, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una dulce sonrisa en el rostro; el remordimiento y la desesperación habían huido. Le temblaban los labios, y me incliné sobre él y lo oí susurrar débilmente con sus labios moribundos: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Abrió los ojos, fijó en mí su mirada serena y mortecina, y dijo: “Ah, eso basta; eso es todo lo que quiero”; y a las pocas horas reclinó su cabeza moribunda sobre la verdad de aquellos dos versículos, y partió en uno de los carros del Salvador, y tomó su asiento en el reino de Dios.

¡Oh, pecador, puedes ser salvo ahora mismo si quieres! Mira y vive. Que Dios ayude a todo perdido aquí presente a mirar al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Escritura en este sermón Juan 3:3

Dominio público. Texto original de la edición original.