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El clamor de los cuervos

Retrato de Charles H. Spurgeon Charles H. Spurgeon

Texto

Salmo 147:9

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

Si Dios alimenta a los cuervos pequeños cuando graznan, ¿negará al alma que clama? Spurgeon aprieta el argumento por seis caminos, notando que la Escritura no nombra a la paloma sino al cuervo — el ave inmunda que nadie estima —, para que nadie alegue su propia negrura como descalificación. Al miedo de orar mal responde con Cristo, que pasa en limpio la petición mal escrita y la firma él mismo.

"El da á la bestia su mantenimiento, y á los hijos de los cuervos que claman." Salmo 147:9.

ABRIRÉ este sermón con una cita. Debo daros, en las propias palabras de Caryl, su comentario acerca de los cuervos. "Los naturalistas nos dicen que cuando el cuervo ha alimentado a sus polluelos en el nido hasta que ya están bien emplumados y pueden volar por sí mismos, los echa fuera del nido y no consiente que permanezcan allí, sino que los saca para que se procuren su propio sustento. Ahora bien, cuando estos pequeñuelos están en su primer vuelo desde el nido y apenas conocen los medios para valerse en busca de alimento, entonces el Señor provee comida para ellos.

"Afirman autoridades dignas de crédito que el cuervo es maravillosamente estricto y severo en esto: tan pronto como sus polluelos son capaces de proveerse por sí mismos, no les trae más alimento. Algunos aseguran que los viejos no permiten que se queden en la misma comarca donde fueron criados, y si es así, entonces han de vagar errantes. Decimos proverbialmente: 'La necesidad hace trotar a la vieja.' Bien podemos añadir: 'y también a los jóvenes.' "

Ha sido, y posiblemente aún sea, la práctica de algunos padres para con sus hijos, quienes, tan pronto como pueden valerse por sí mismos y están en alguna medida en condiciones de ganarse el pan, los echan de casa, como el cuervo echa a sus polluelos del nido. Ahora bien, dice el Señor en el texto, cuando los polluelos del cuervo están en este aprieto, cuando son echados fuera y vagan errantes por falta de sustento, ¿quién provee entonces para ellos? "¿No lo hago yo, el Señor? ¿No proveo yo, que proveo para el cuervo viejo, también para sus polluelos, tanto mientras permanecen en el nido como cuando vagan errantes por falta de sustento?"

¡Salomón envió al perezoso a la hormiga, y él mismo aprendió lecciones de los conejos, de los galgos y de las arañas! Estemos dispuestos a ser instruidos por cualquiera de las criaturas de Dios, y vayamos esta noche al nido de los cuervos para aprender como en una escuela. Para el puro nada es inmundo, y para el sabio nada es trivial. Que el supersticioso tema al cuervo como ave de mal agüero, y que el irreflexivo no vea sino un ser alado de negro reluciente; nosotros estamos dispuestos a ver más, y sin duda no quedaremos sin recompensa si tan solo somos dóciles para aprender.

¡El cuervo de Noé no le trajo ninguna rama de olivo, pero el nuestro sí puede traérnosla! Y hasta puede suceder que los cuervos nos traigan sustento esta noche, como antaño alimentaron a Elías junto al arroyo de Querit. Nuestro bendito Señor sacó una vez un argumento muy poderoso de los cuervos, un argumento destinado a consolar y alentar a aquellos siervos suyos que estaban agobiados por ansiedades innecesarias acerca de sus circunstancias temporales. A tales les dijo: "Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios los alimenta. ¿Cuánto de más estima sois vosotros que las aves?"

Siguiendo la lógica del Maestro —que todos concederéis que ha de haber sido acertada, pues Él nunca fue falso en su razonamiento, como tampoco en sus afirmaciones—, esta noche argumentaré de esta manera: ¡Considerad los cuervos cuando claman! Con notas ásperas, inarticuladas y roncas dan a conocer sus necesidades, ¡y vuestro Padre celestial responde a su oración y les envía alimento! Vosotros también habéis comenzado a orar y a buscar su favor; ¿no sois vosotros de mucha más estima que ellos? ¿Cuida Dios de los cuervos, y no cuidará de vosotros? ¿No presta oído a los clamores de los cuervos aún sin plumas en sus nidos cuando tienen hambre y claman a Él para ser alimentados?

¿Los provee Él, digo, en respuesta a sus clamores, y no os responderá a vosotros, pobres y temblorosos hijos de los hombres que buscáis su rostro y su favor por medio de Cristo Jesús? Toda la tarea de esta noche consistirá sencillamente en desarrollar ese único pensamiento. Me propongo esta noche, bajo la guía del Espíritu Santo, decir algo a aquellos que han estado orando por misericordia y hasta ahora no la han recibido; que han estado de rodillas, quizás durante meses, con un clamor sumamente grande y amargo, pero que hasta ahora no conocen el camino de la paz.

Su pecado todavía cuelga como una piedra de molino en torno a su cuello. Se sientan en el valle de sombra de muerte. Ninguna luz ha amanecido sobre ellos, y retuercen sus manos gimiendo: "¿Se ha olvidado Dios de tener piedad? ¿Ha cerrado su oído a las oraciones de las almas que le buscan? ¿No hará ya más caso de los lastimeros clamores de los pecadores? ¿Caerán a tierra las lágrimas de los penitentes sin conmover ya su compasión?" También Satanás os está diciendo, queridos amigos que ahora os halláis en este estado de ánimo, que Dios nunca os oirá. ¡Que os dejará clamar hasta que muráis! ¡Que exhalaréis vuestra vida entre suspiros y lágrimas, y que al final seréis arrojados al Lago de Fuego!

Anhelo, esta noche, daros algún consuelo y aliento. ¡Quiero exhortaros a clamar con mayor vehemencia aún! Venid a la Cruz y asíos de ella, y prometed que jamás abandonaréis su sombra hasta hallar el don que vuestra alma anhela. Quiero moveros, si Dios el Espíritu Santo me ayuda, a que digáis dentro de vosotros mismos, como la reina Ester: "Entraré a ver al rey, y si perezco, perezco." Y ojalá añadáis a eso el voto de Jacob: "¡No te dejaré, si no me bendices!" He aquí, pues, la cuestión que tenemos entre manos: DIOS OYE A LOS CUERVOS PEQUEÑOS. ¿NO OS OIRÁ A VOSOTROS?

I. Argumento que sí lo hará, en primer lugar, cuando recuerdo que Él oye el clamor del humilde cuervo, y que vosotros, en cierto sentido, sois de mucha más estima que un cuervo. El cuervo no es sino una pobre ave inmunda cuya muerte instantánea no dejaría ningún vacío doloroso en la creación. Si a millares de cuervos les retorcieran el cuello mañana, no sé que hubiera de haber por ellos ninguna vehemente pena o dolor en el universo. Sencillamente serían unas cuantas pobres aves muertas, y eso sería todo.

¡Pero vosotros sois un alma inmortal! El cuervo desaparece cuando la vida acaba: ya no hay cuervo. Pero cuando vuestra vida presente haya pasado, no habréis dejado de existir: apenas os habréis lanzado al mar de la vida, apenas habréis comenzado a vivir para siempre. ¡Veréis desmoronarse en la nada las canosas montañas de la tierra antes de que expire vuestro espíritu inmortal! La luna habrá palidecido su débil luz, y los más poderosos fuegos del sol se habrán apagado en perpetuas tinieblas, y sin embargo vuestro espíritu seguirá aún marchando en su curso eterno; un curso eterno de miseria, a menos que Dios oiga vuestro clamor.

"¡Oh, verdad inmensa: este mortal ha de vestirse de inmortalidad! El pulso de la mente jamás cesará de latir; despertado por Dios, para siempre palpita, ¡eterno como su propia eternidad! Por encima de los ángeles, o por debajo de los demonios: ascender en gloria, o descender en vergüenza; a la humanidad la aguarda un destino irresistible." ¿Pensáis, entonces, que Dios oirá a la pobre ave que es y no es —que está aquí un instante y luego es borrada de la existencia—, y no os oirá a vosotros, un alma inmortal cuya duración ha de ser co-igual con la suya propia? Creo que sin duda os ha de sorprender que, si Él oye al cuervo que muere, oirá también al hombre que no muere. Los antiguos decían de Júpiter que no tenía tiempo para ocuparse de cosas pequeñas, pero Jehová se digna cuidar de la menor de sus criaturas, ¡y hasta mira dentro de los nidos de las aves! ¿No cuidará misericordiosamente de los espíritus que son herederos de una tremenda eternidad?

Además, jamás he oído decir que los cuervos hayan sido hechos a la imagen de Dios. Pero sí encuentro que, por más manchada, deformada y degradada que esté nuestra raza, sin embargo, en el principio Dios dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen." Hay algo en el hombre que no se halla en las criaturas inferiores, cuyos mejores y más nobles ejemplares están inconmensurablemente por debajo del más humilde hijo de Adán. Se celebró un consejo acerca de la creación del hombre, y en su mente, y aun en la adaptación de su cuerpo para servir a la mente, hay una maravillosa manifestación de la sabiduría del Altísimo.

Traed aquí al más deforme, oscuro y perverso de la raza humana, y —aunque no me atrevo a adular moralmente a la naturaleza humana— hay, sin embargo, una dignidad en el hecho mismo de ser hombre que no se halla en todas las bestias del campo, sean lo que sean. Behemot y Leviatán están puestos en sujeción bajo el pie del hombre. El águila no puede remontarse tan alto como se remonta el alma del hombre, ni el león alimentarse de un manjar tan regio como el que anhela el espíritu del hombre. ¿Y pensáis que Dios oirá a una criatura tan baja y tan vil como un cuervo, y sin embargo no os oirá a vosotros, siendo de la raza que fue formada a su propia imagen?

¡Oh, no penséis tan dura y tan neciamente de Aquel cuyos caminos son siempre rectos! Os lo plantearé a vosotros mismos. ¿No enseña la naturaleza misma que se ha de cuidar del hombre por encima de las aves del cielo? Si oyeseis los clamores de los cuervos pequeños, quizás sentiríais bastante compasión por esas aves como para darles alimento, si supieseis cómo alimentarlas. Pero no puedo creer que ninguno de vosotros socorriese a las aves y no volase, sin embargo, en alas de la compasión al rescate de un niño moribundo cuyos gritos oyeseis desde el lugar donde un cruel abandono lo hubiese arrojado. Si, en la quietud de la noche, oyeseis el lastimero clamor de un hombre que expira enfermo, sin que nadie se compadezca de él en las calles, ¿no os levantaríais para socorrerlo?

Estoy seguro de que sí lo haríais, si sois de los que socorrerían a un cuervo. Si tenéis alguna compasión por un cuervo, ¡sin duda mucho más tendríais piedad de un hombre! Sé que se murmura que hay algunos simples que se preocupan más por los perros sin techo que por los hombres y mujeres sin hogar; y con todo, es mucho más probable que quienes se conmueven por los perros sean los que con mayor ternura cuidan de los hombres. En todo caso, sentiría yo una fuerte presunción a su favor si necesitase ayuda. ¿Y no creéis que Dios, el Todo-Sabio, cuando cuida de estas aves sin plumas en el nido, cuidará con seguridad también de vosotros?

Vuestro corazón dice: "Sí." Entonces, de aquí en adelante, responded a la incredulidad de vuestro corazón volviendo contra ella su propio y justo razonamiento. Pero os oigo decir: "Ah, pero el cuervo no es pecador como yo lo soy. Podrá ser un ave inmunda, pero no puede ser tan inmundo como yo lo soy moralmente. Podrá ser de negro plumaje, ¡pero yo estoy negro de pecado! Un cuervo no puede quebrantar el día de reposo, no puede jurar, no puede cometer adulterio. ¡Un cuervo no puede ser un borracho! No puede mancharse con vicios como aquellos con que yo estoy contaminado."

Todo eso lo sé, amigo, y puede pareceros que vuelve tu caso más desesperado, pero no creo que realmente lo haga. Pensadlo tan solo un momento. ¿Qué prueba esto? Pues que sois una criatura capaz de pecar y, por consiguiente, que sois un espíritu inteligente que vive en un sentido en el que el cuervo no vive. ¡Sois una criatura que se mueve en el mundo del espíritu! Pertenecéis al mundo de las almas, en el cual el cuervo no tiene parte. El cuervo no puede pecar, porque no tiene espíritu, no tiene alma. Pero vosotros sois un agente inteligente cuya mejor parte es vuestra alma. Ahora bien, como el alma es infinitamente más preciosa que el cuerpo, y como el cuervo —hablo ahora de manera popular— no es sino cuerpo, mientras que vosotros sois evidentemente alma tanto como cuerpo —pues de lo contrario no seríais capaces de pecar—, ¡veo aun en ese negro y desalentador pensamiento algún destello de luz!

¿Cuida Dios de la carne, de la sangre, de los huesos y de las negras plumas, y no cuidará de vuestra razón, de vuestra voluntad, de vuestro juicio, de vuestra conciencia, de vuestra alma inmortal? Oh, si tan solo lo pensáis, habéis de ver que no es posible que el clamor de un cuervo alcance audiencia en el oído de la Benevolencia Divina y que vuestra oración sea despreciada y desatendida por el Altísimo.

"El insecto que, con débiles alas, apenas se lanza a lo largo de un rayo estival; la flor a la que el aliento de la primavera despierta a la vida por medio día; la mota más pequeña, el cabello más tenue: todos sienten el cuidado de nuestro Padre celestial." ¡Seguramente, pues, tendrá Él respeto al clamor del humilde, y no rehusará su oración!

Apenas puedo dejar este punto sin hacer notar que la mención de un cuervo debería alentar al pecador. Como escribe un autor antiguo: "Entre las aves no menciona al halcón ni al azor, que son muy apreciados y alimentados por los príncipes. Sino que escoge a esa odiosa y maliciosa ave, el ronco cuervo, a quien ningún hombre valora sino porque devora la carroña que podría molestarle. Contemplad, pues, y admirad la providencia y la bondad de Dios, en que provea alimento para el cuervo, criatura de tono tan sombrío y de voz tan destemplada; criatura tan odiosa para la mayoría de los hombres, y de mal agüero para algunos. Grande es la providencia de Dios que se ve en proveer para la hormiga, que recoge su alimento en verano; pero mayor es en el cuervo, que, aunque se olvida o es descuidado en proveer para sí mismo, Dios provee y hace acopio para él."

Se pensaría que el Señor debería decir de los cuervos: ¡Que se las arreglen por sí mismos o perezcan! No; el Señor Dios no desprecia obra alguna de sus manos. El cuervo tiene su ser de Dios, y por tanto Dios proveerá para el cuervo. No solo la hermosa e inocente paloma, sino también el feo cuervo tiene su sustento de Dios. Lo cual muestra claramente que la falta de excelencia en ti, negro pecador semejante al cuervo, ¡no impedirá que tu clamor sea oído en el Cielo! La indignidad la quitará la sangre de Jesús, y la contaminación Él la lavará por completo. ¡Solo cree en Jesús, y hallarás paz!

II. Luego, en segundo lugar, hay una gran diferencia entre vuestro clamor y el clamor de un cuervo. Cuando los cuervos pequeños claman, supongo que apenas saben lo que quieren. Tienen un instinto natural que los hace clamar por alimento, pero su clamor no expresa, en sí mismo, su necesidad. Pronto averiguaríais, supongo, que se referían al alimento; pero no tienen habla articulada, ¡no pronuncian ni una sola palabra! Es tan solo un clamor constante, ronco y ansioso, y eso es todo.

Pero vosotros sabéis lo que necesitáis, y por pocas que sean vuestras palabras, vuestro corazón conoce su propia amargura y su terrible angustia. Vuestros suspiros y gemidos tienen un sentido evidente. Vuestro entendimiento está a la diestra de vuestro hambriento corazón. Sabéis que anheláis paz y perdón. Sabéis que necesitáis a Jesús, su preciosa sangre, su perfecta justicia. Ahora bien, si

Dios oye un clamor tan extraño, tan balbuciente e indistinto como el de un cuervo, ¿no creéis que oirá también la oración racional y expresiva de un alma pobre, necesitada y culpable que clama a Él: "Dios, sé propicio a mí, pecador"? ¡Sin duda vuestra razón os lo dice!

Además, los cuervos pequeños no pueden emplear argumentos, pues no tienen entendimiento. No pueden decir, como vosotros podéis:

"Él sabe qué argumentos yo tomaría para luchar con mi Dios; alegaría por amor de su propia misericordia, y por la sangre de un Salvador."

Ellos tienen un solo argumento, a saber, su terrible necesidad, que les arranca su clamor; pero más allá de esto no pueden ir. Y ni siquiera esto pueden exponerlo con orden, ni describirlo en lenguaje. Pero vosotros tenéis una multitud de argumentos a la mano, y tenéis un entendimiento con que ponerlos en formación y disponerlos para asediar el Trono de la Gracia. Ciertamente, si el mero ruego de la necesidad inexpresada del cuervo prevalece para con Dios, ¡mucho más prevaleceréis vosotros con el Altísimo si podéis alegar vuestra causa ante Él y venir a Él con argumentos en vuestra boca! ¡Venid, desesperados, y probad a mi Señor! Os suplico ahora que dejéis ascender esa lúgubre tonada a los oídos de la misericordia. ¡Abrid ese corazón que estalla y desahogadlo en lágrimas, si las palabras están fuera de vuestro alcance!

Un cuervo, sin embargo, me temo que a veces tiene una gran ventaja sobre algunos pecadores que buscan a Dios en oración, a saber, en esto: los cuervos pequeños ponen más empeño por su alimento que algunos por sus almas. Esto, con todo, no es para desalentaros, sino más bien una razón para que seáis más fervientes de lo que habéis sido. Cuando los cuervos necesitan alimento, no cesan de clamar hasta tenerlo. No hay modo de acallar a un cuervo pequeño hambriento hasta que su boca esté llena, y no hay modo de acallar a un pecador cuando de veras está ferviente hasta que llene su corazón de la misericordia divina. ¡Quisiera que algunos de vosotros orasen con mayor vehemencia! "El reino de los cielos padece violencia, y los violentos lo arrebatan."

Dijo un viejo puritano: "La oración es un cañón asestado a la puerta del Cielo para hacer estallar sus portones." ¡Habéis de tomar la ciudad por asalto si queréis poseerla! No cabalgaréis al Cielo sobre un lecho de plumas. Habéis de ir en peregrinación: no hay modo de ir a la tierra de la Gloria mientras dormís profundamente; ¡los perezosos y soñolientos habrán de despertar en el Infierno! Si Dios os ha hecho sentir en vuestra alma la necesidad de salvación, ¡clamad como quien está despierto y vivo! ¡Sed fervientes! ¡Clamad en alta voz! ¡No os deis tregua! Y entonces creo que hallaréis que mi argumento es del todo justo: que en todos los aspectos una oración razonable, argumentada e inteligente tiene más probabilidad de prevalecer para con Dios que el mero ruido chillón y balbuciente del cuervo; y que si Él oye un clamor como el del cuervo, es mucho más seguro que oirá el vuestro.

III. Recordad que la materia de vuestra oración es más grata al oído de Dios que el clamor del cuervo por su alimento. Todo lo que los cuervos pequeños piden es comida: dadles un poco de carroña y ya han terminado. Vuestro clamor ha de ser mucho más agradable al oído de Dios, pues vosotros suplicáis por el perdón mediante la sangre de su amado Hijo. Es una ocupación más noble para el Altísimo dispensar dones espirituales que naturales. Las corrientes de la Gracia Divina fluyen de los manantiales de lo alto. Sé que Él es tan condescendiente que no se deshonra a sí mismo ni siquiera cuando deja caer alimento en la boca del cuervo pequeño; pero, con todo, hay más honra en la obra de dar paz, perdón y reconciliación a los hijos de los hombres.

El Amor Eterno señaló un camino de misericordia desde antes de la fundación del mundo, y la Sabiduría infinita, con poder ilimitado, se emplea en llevar a cabo el designio divino. ¡Ciertamente el Señor ha de complacerse mucho en salvar a los hijos de los hombres! Si a Dios le place proveer para la bestia del campo, ¿no creéis que se deleita mucho más en proveer para sus propios hijos? Creo que hallaríais una ocupación más grata en enseñar a vuestros propios hijos que en meramente dar forraje a vuestro buey, o esparcir cebada entre las aves a la puerta del granero; porque en la primera obra habría algo más noble, que pondría más plenamente en ejercicio todas vuestras facultades y sacaría a la luz vuestro ser interior.

No quedo aquí librado a la conjetura. Está escrito: "Se deleita en misericordia." Cuando Dios ejerce su poder no puede estar triste, pues es un Dios feliz. Pero si acaso fuese posible que la Deidad Infinita sea más feliz en un momento que en otro, es cuando está perdonando pecadores mediante la preciosa sangre de Jesús. Ah, pecador, cuando clamas a Dios le das ocasión de hacer aquello que más ama hacer. Se deleita en perdonar, en estrechar a su Efraín contra su pecho, en decir de su hijo pródigo: "Se había perdido, mas es hallado. Estaba muerto, mas ha revivido." Esto es más grato al corazón del Padre que el matar el becerro engordado o apacentar el ganado de mil collados.

Puesto que, entonces, queridos amigos, estáis pidiendo algo que honrará a Dios mucho más al darlo que la mera dádiva de alimento a los cuervos, ¡creo que esta noche cae un golpe muy contundente de mi martillo argumentativo para hacer pedazos vuestra incredulidad! ¡Que Dios el Espíritu Santo, el verdadero Consolador, obre en vosotros poderosamente! Ciertamente el Dios que da alimento a los cuervos no negará paz y perdón a los pecadores que le buscan. ¡Probadle! ¡Probadle en este mismo instante! No, no os mováis. ¡Probadle ahora!

IV. No debemos detenernos en ningún punto cuando todo el asunto es tan fecundo. Hay otra fuente de consuelo para vosotros, a saber, que a los cuervos en ninguna parte se les manda clamar. Cuando claman, su petición no está autorizada por ninguna exhortación específica salida de la boca divina. ¡Pero vosotros tenéis una autorización derivada de exhortaciones divinas para acercaros en oración al Trono de Dios!

Si un hombre rico abriese su casa a los que no fueron invitados, con seguridad recibiría a los que sí lo fueron. Los cuervos vienen sin que se les llame, ¡y sin embargo no son despedidos vacíos! A vosotros se os manda venir como huéspedes invitados; ¿cómo se os habría de negar? ¿Creéis que no se os manda venir? Escuchad esto: "Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo." "Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás." "Id por todo el mundo, y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado." "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo." "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre del Señor Jesús."

Estas son exhortaciones dadas sin ninguna limitación en cuanto al carácter. Os invitan libremente; no, os mandan venir. Oh, después de esto, ¿podéis pensar que Dios os rechazará? La ventana está abierta, el cuervo entra volando, ¡y el Dios de misericordia no lo echa fuera! La puerta está abierta, y la Palabra de la Promesa os manda venir; no penséis que os la negará, sino creed más bien que os "recibirá con bondad, y os amará libremente," y entonces le "ofreceréis la ofrenda de vuestros labios." ¡En todo caso, probadle! ¡Probadle aun ahora!

V. Una vez más, hay todavía otro argumento, y mucho más poderoso. El clamor de un cuervo pequeño no es sino el clamor natural de una criatura; pero vuestro clamor, si es sincero, es el resultado de una obra de la Gracia Divina en vuestro corazón. Cuando el cuervo clama al Cielo, no es sino el cuervo mismo quien clama; pero cuando vosotros clamáis: "Dios, sé propicio a mí, pecador", ¡es Dios el Espíritu Santo quien clama en vosotros!

Es la nueva vida que Dios os ha dado, que clama a la fuente de donde vino, para tener comunión y comunicación con su gran Original. ¡Se necesita a Dios mismo para poner a un hombre a orar en sinceridad y en verdad! Podemos, si lo pensamos, enseñar a nuestros hijos a "recitar sus oraciones", pero no podemos enseñarles a "orar". Podéis hacer un "libro de oraciones", pero no podéis poner ni un grano de "oración" en un libro, pues es asunto demasiado espiritual para encerrarlo entre hojas. Algunos de vosotros, quizás, "leáis oraciones" en familia. No condenaré esa práctica, pero sí diré esto de ella: podéis leer esas "oraciones" durante setenta años y, sin embargo, tal vez no oréis ni una sola vez; porque la oración es cosa muy distinta de las meras palabras.

La verdadera oración es el trato del corazón con Dios, y el corazón nunca entra en comercio espiritual con los puertos del Cielo hasta que Dios el Espíritu Santo pone viento en las velas y lleva la nave a su ancladero. "Os es necesario nacer de nuevo." Si hay alguna oración verdadera en vuestro corazón, aunque tal vez no conozcáis el secreto, ¡Dios el Espíritu Santo está allí! Ahora bien, si Él oye clamores que no proceden de Él mismo, ¡cuánto más oirá los que sí proceden de Él! Quizás os hayáis estado inquietando por saber si vuestro clamor es natural o espiritual. Esto puede parecer muy importante, y sin duda lo es; pero, sea vuestro clamor lo uno o lo otro, ¡continuad buscando al Señor!

Posiblemente dudéis de que los clamores naturales sean oídos por Dios. Permitidme aseguraros que lo son. Recuerdo haber dicho algo sobre este tema en cierta ocasión en un lugar de culto ultra-calvinista. En aquel tiempo predicaba a los niños y los exhortaba a orar. Sucedió que dije que mucho antes de mi conversión propiamente dicha yo había orado por mercedes comunes, y que Dios había oído mis oraciones. ¡Esto no convino a mis buenos hermanos de la escuela superfina! Y después todos vinieron a rodearme, profesando querer saber lo que yo quería decir, pero en realidad para objetar y reprochar, según su naturaleza y su costumbre.

"Me rodearon como abejas; sí, como abejas me rodearon." Al cabo de un rato, como yo esperaba, cayeron en su acostumbrado pasatiempo de poner motes. Comenzaron a decir qué craso arminianismo era aquel. Y otra expresión con que se dignaron honrarme fue el título de "fulerista"; título, por cierto, tan honroso que de todo corazón podría haberles dado las gracias por adjudicárselo a lo que yo había expuesto. ¡Pero decir que Dios oyese la oración de los hombres naturales era para ellos algo peor que el arminianismo, si es que en verdad algo podía ser peor! Citaron aquel pasaje espurio: "La oración del impío es abominación al Señor", al cual respondí prontamente preguntándoles si me hallarían ese texto en la Palabra de Dios, pues me atreví a afirmar que el diablo era el autor de aquel dicho y que no estaba en la Biblia en absoluto.

"El sacrificio del impío es abominación al Señor" sí está en la Biblia, pero eso es cosa muy distinta de la "oración del impío". Y además hay una decidida diferencia entre la palabra impío allí referida y el hombre natural acerca de quien discutíamos. No creo que a un hombre que empieza a orar en algún sentido pueda considerársele del todo entre "los impíos" a que se refería Salomón, y ciertamente no está entre aquellos que apartan su oído para no oír la Ley, de quienes está escrito que su oración es abominación.

"Bien, pero," dijeron, "¿cómo podría ser que Dios oyese una oración natural?" Y mientras yo me detenía un momento, una anciana de capa roja se abrió paso hacia el pequeño círculo que me rodeaba y les dijo de manera muy enérgica, como madre en Israel que era: "¿Por qué suscitáis esta cuestión, olvidando lo que Dios mismo ha dicho? ¿Qué es esto que decís, que Dios no oye la oración natural? Pues bien, ¿no oye Él a los cuervos pequeños cuando claman a Él? ¿Y creéis vosotros que ellos ofrecen oraciones espirituales?"

Al instante los hombres de guerra pusieron pies en polvorosa; ninguna derrota fue más completa; y por una vez en su vida han de haber sentido que quizás pudiesen errar. ¡Sin duda, hermanos, esto puede alentaros y consolaros! No voy a poneros ahora en la tarea de averiguar si vuestras oraciones son naturales o espirituales, si proceden del Espíritu de Dios o si no, porque eso, quizás, pudiera desalentaros. Si la oración procede de vuestro mismísimo corazón, nosotros sabemos cómo llegó allí, aunque vosotros no lo sepáis. Dios oye a los cuervos, y creo firmemente que os oirá a vosotros; y creo, además, aunque no quiero suscitar ahora la cuestión en vuestro corazón, que Él oye vuestra oración, porque —aunque tal vez no lo sepáis— hay una obra secreta del Espíritu de Dios operando dentro de vosotros que os está enseñando a orar.

VI. Pero tengo argumentos más poderosos y más cercanos al blanco. Cuando los cuervos pequeños claman, claman solos. Pero cuando vosotros oráis, ¡tenéis a Uno más poderoso que vosotros orando con vosotros! ¿Oís a ese pecador clamar: "Dios, sé propicio a mí, pecador"? ¡Escuchad! ¿Oís ese otro clamor que asciende junto con el suyo? No, no lo oís, porque vuestros oídos son torpes y pesados; pero Dios lo oye. Hay otra voz, mucho más fuerte y dulce que la primera, y mucho más prevaleciente, que asciende en ese mismo instante y suplica: "Padre, perdónalos por mi preciosa sangre."

¡El eco al susurro del pecador es tan majestuoso como el estruendo del trueno! ¡Jamás ora de veras un pecador sin que Cristo ore al mismo tiempo! No podéis verle ni oírle, pero nunca conmueve Jesús las profundidades de vuestra alma por su Espíritu sin que su alma sea conmovida también. Oh, pecador, vuestra oración, cuando llega ante Dios, es cosa muy distinta de lo que es cuando sale de vosotros.

A veces vienen a nosotros personas pobres con peticiones que desean enviar a alguna Compañía o a algún gran Personaje. Traen la petición y nos piden que se la presentemos por ellos. Está muy mal escrita, redactada de manera muy extraña, y apenas alcanzamos a comprender lo que quieren decir. Pero, con todo, hay lo suficiente para hacernos saber qué necesitan. Ante todo, les hacemos una copia en limpio, y luego, habiendo expuesto su caso, ponemos nuestro propio nombre al pie. Y si tenemos alguna influencia, por supuesto obtienen lo que desean por el poder del nombre firmado al pie de la petición.

¡Esto es precisamente lo que hace el Señor Jesucristo con nuestras pobres oraciones! Hace de ellas una copia en limpio, las sella con el sello de su propia sangre expiatoria, pone su propio nombre al pie, y así suben al Trono de Dios. ¡Es vuestra oración, pero oh, es también la SUYA! Y es el hecho de ser la suya lo que la hace prevalecer. Ahora bien, este es un argumento de martillo pilón: si los cuervos prevalecen cuando claman completamente solos, si su pobre balbuceo les trae lo que necesitan por sí mismos, ¡cuánto más prevalecerán las lastimeras peticiones del pobre pecador tembloroso que puede decir "por amor de Jesús", y que puede rematar todos sus propios argumentos con el bendito alegato: "¡El Señor Jesucristo lo merece! Oh Señor, dámelo por amor de Él"!

Confío en que estos que buscan, a quienes he estado hablando, que han estado clamando tanto tiempo y sin embargo temen no ser oídos jamás, no tengan que esperar mucho más, sino que pronto reciban una graciosa respuesta de paz. Y si aún no obtienen el deseo de sus corazones, espero que se sientan alentados a perseverar hasta que amanezca el día de la Gracia. Tenéis una promesa que los cuervos no tienen, y eso podría constituir otro argumento si el tiempo nos permitiese detenernos en él. Tembloroso, teniendo una promesa que alegar, ¡jamás temas que no serás oído en el Trono de la Gracia!

Y ahora, permitidme decir al pecador, al concluir: SI HAS CLAMADO SIN ÉXITO, SIGUE CLAMANDO AÚN. "Vuelve otras siete veces", sí, ¡y setenta veces siete! ¡Recuerda que la misericordia de Dios en Cristo Jesús es tu única esperanza!

Aférrate a ella, pues, como un hombre que se ahoga se aferra a la única cuerda a su alcance. Si pereces orando por misericordia mediante la preciosa sangre, ¡serás el primero que jamás haya perecido así! ¡Sigue clamando! ¡Sencillamente sigue clamando! Pero oh, cree también, porque el creer trae el lucero de la mañana y el despuntar del día.

Cuando Betty, la esposa de John Ryland, yacía moribunda, se hallaba en gran angustia de alma, aunque había sido cristiana durante muchos años. Su marido le dijo, a su manera peculiar pero sabia: "Bien, Betty, ¿qué te aflige?" "¡Oh, John, me estoy muriendo, y no tengo esperanza, John!" "Pero, querida mía, ¿adónde vas, entonces?" "¡Voy al Infierno!" fue la respuesta. "Bien," dijo él, encubriendo su honda angustia con su acostumbrado humor, y con la intención de asestar un golpe que diera de lleno en el clavo y pusiera en rápida fuga las dudas de ella: "¿Qué piensas hacer cuando llegues allí, Betty?" La buena mujer no supo qué responder, y el señor Ryland continuó: "¿Crees que orarás cuando llegues allí?"

"Oh, John," dijo ella, "yo oraría en cualquier parte. ¡No puedo dejar de orar!" "Pues bien, entonces," dijo él, "dirán: 'Aquí está Betty Ryland orando. ¡Echadla fuera! ¡No queremos a nadie orando aquí! ¡Echadla fuera!'" Esta extraña manera de plantearlo trajo luz a su alma, y ella vio al instante lo absurdo de la mera sospecha de que un alma que verdaderamente busca a Cristo pudiera ser desechada para siempre de su Presencia. ¡Sigue clamando, alma! ¡Sigue clamando! Mientras el niño puede llorar, vive. Y mientras puedas asediar el Trono de la Misericordia, ¡hay esperanza para ti! Pero oye tanto como clamas, y cree lo que oyes, porque es creyendo como se obtiene la paz.

Pero aguardad un poco, tengo algo más que decir. ¿Será posible que ya hayáis obtenido la misma bendición por la cual clamáis? "Oh," decís, "¡yo no pediría una cosa que ya tuviese! Si supiera que la tengo, dejaría de clamar y empezaría a alabar y a bendecir a Dios." Ahora bien, no sé si todos vosotros, los que buscáis, os halláis en un estado tan seguro; pero estoy persuadido de que hay algunas almas que buscan y que ya han recibido la misericordia que están pidiendo. El Señor, en lugar de deciros esta noche: "Buscad mi rostro", os dice: "¿Por qué clamáis a mí? En hora aceptable os he oído, y en tiempo aceptable os he socorrido. He disipado como una nube vuestras rebeliones, y como niebla vuestros pecados. Os he salvado. Míos sois. Os he limpiado de todos vuestros pecados. Id vuestro camino y regocijaos."

En tal caso, la alabanza creyente es más apropiada que la oración angustiosa. "Oh," decís, "pero no es probable que yo tenga la misericordia mientras todavía la estoy buscando." Bien, no lo sé. La misericordia a veces cae en un desmayo fuera de la puerta. ¿No es posible que sea llevada dentro mientras está desmayada, y que ella crea todo el tiempo que aún está afuera? Todavía puede oír al perro ladrando; pero ah, pobre alma, cuando vuelva en sí, ¡hallará que está dentro del postigo y a salvo!

Así, algunos de vosotros quizás hayáis caído en un desvanecimiento de desánimo justo cuando estáis viniendo a Cristo. Si es así, que la Gracia Soberana os restaure, y quizás yo sea el medio, esta noche, de lograrlo. ¿Qué es lo que buscáis? Algunos de vosotros esperáis ver visiones brillantes, pero espero que jamás os sean concedidas, porque no valen un ardite el millar. Todas las visiones del mundo desde los días de los milagros, juntas, no son sino meros sueños, al fin y al cabo; ¡y los sueños no son sino vanidad! La gente cena demasiado y luego sueña; es indigestión, o una actividad morbosa del cerebro, ¡y eso es todo! Si esa es toda la evidencia que tenéis de conversión, haréis bien en dudar de ella. Os ruego que jamás os deis por satisfechos con ella; es miserable basura sobre la cual edificar vuestras esperanzas eternas.

Quizás estéis buscando sentimientos muy extraños; no exactamente una descarga eléctrica, pero algo muy singular y peculiar. Creedme, no tenéis por qué sentir jamás esas extrañas emociones que tanto apreciáis. Todos esos extraños sentimientos de que algunos hablan en relación con la conversión pueden serles de algún provecho o no, ¡pero estoy seguro de que en realidad nada tienen que ver con la conversión, de modo que en absoluto son necesarios para ella!

Os haré una pregunta o dos. ¿Creéis ser pecadores? "Sí," decís. Pero, suponiendo que aparte esa palabra "pecador", ¿queréis decir que creéis haber quebrantado la Ley de Dios, que sois un ofensor bueno para nada contra el gobierno de Dios? ¿Creéis que habéis, en vuestro corazón al menos, quebrantado todos los Mandamientos, y que merecéis castigo en consecuencia? "Sí," decís, "¡no solo lo creo, sino que lo siento! Es una carga que llevo conmigo cada día."

Ahora algo más: ¿creéis que el Señor Jesucristo puede quitar todo este pecado vuestro? Sí, eso lo creéis. Entonces, ¿podéis confiar en que Él os salve? Necesitáis ser salvos. No podéis salvaros a vosotros mismos. ¿Podéis confiar en que Él os salve? "Sí," decís, "eso ya lo hago." Pues bien, mi querido amigo, si de veras confías en Jesús, es seguro que estás salvo, ¡porque tienes la única evidencia de salvación que es constante en cualquiera de nosotros! Hay otras evidencias que vienen después, tales como la santidad y las gracias del Espíritu, pero la única evidencia que es constante en el mejor de los hombres que viven es esta:

"Nada en mis manos traigo,
a tu Cruz tan solo me aferro."

¿Podéis usar el verso de Jack el buhonero?

"Soy un pobre pecador y nada en absoluto,
pero Jesucristo es mi Todo en todo."

Espero que lleguéis mucho más lejos en la experiencia de algunos puntos que esto, con el tiempo; pero no quiero que avancéis ni una pulgada más en cuanto al fundamento de vuestra evidencia y la razón de vuestra esperanza. Deteneos justo ahí, y si ahora apartáis la mirada de todo lo que hay dentro de vosotros o fuera de vosotros para fijarla en Jesucristo, y confiáis en sus padecimientos en el Calvario y en toda su obra expiatoria como el fundamento de vuestra aceptación ante Dios, ¡estáis salvos! ¡No necesitáis nada más! Habéis pasado de muerte a vida. "El que en Él cree, no es condenado." "El que cree tiene vida eterna."

Si me encontrase dentro de poco con un ángel en aquel pasillo, al salir de mi puerta hacia la sacristía, y me dijese: "Charles Spurgeon, he venido del Cielo a decirte que estás perdonado", yo le respondería: "¡Eso lo sé sin que me lo digas! Lo sé por una autoridad mucho mejor que la tuya." Y si me preguntase cómo lo sé, yo replicaría: "La Palabra de Dios es para mí mejor que la palabra de un ángel, y Él lo ha dicho: 'El que en Él cree, no es condenado.' Yo sí creo en Él, y por tanto no soy condenado; y lo sé sin que un ángel me lo diga."

No andéis vosotros, los atribulados, en pos de ángeles, de señales, de evidencias y de prodigios. Si descansáis en la obra consumada de Jesús, ¡ya tenéis la mejor evidencia de vuestra salvación que hay en el mundo! Tenéis la Palabra de Dios para ello; ¿qué más se necesita? ¿No podéis fiaros de la Palabra de Dios? Podéis fiaros de la palabra de vuestro padre. Podéis fiaros de la palabra de vuestra madre; ¿por qué no podéis fiaros de la palabra de Dios? Oh, ¡qué viles corazones hemos de tener para sospechar de Dios mismo!

Quizás digáis que vosotros no haríais tal cosa. Oh, pero dudáis de Dios si no confiáis en Cristo; porque "el que no cree, ha hecho a Dios mentiroso." Si no confiáis en Cristo, en efecto decís que Dios es mentiroso. No queréis decir eso, ¿verdad? Oh, ¡creed en la veracidad de Dios! Que el Espíritu de Dios os constriña a creer en la misericordia del Padre, en el poder de la sangre del Hijo, y en la buena voluntad del Espíritu Santo de traer pecadores a sí mismo.

Venid, mis queridos oyentes, uníos conmigo en la oración de que seáis guiados por la Gracia Divina a ver en Jesús todo lo que necesitáis.

"La oración es la fuerza de la criatura, su aliento y su ser mismos.
La oración es la llave de oro que puede abrir el postigo de la misericordia.
La oración es el sonido mágico que dijo al destino: hágase así.
La oración es el delicado nervio que mueve los músculos de la Omnipotencia;
por tanto, ora, oh criatura, porque muchas y grandes son tus necesidades.
Tu mente, tu conciencia y tu ser, tus necesidades te encomiendan a la oración,
la cura de todos los cuidados, la gran panacea para todos los dolores,
destructora de la duda, remedio de la ruina, antídoto de todas las ansiedades."

Escritura en este sermón Salmo 147:9

Dominio público. Texto original de la edición original.