Sermón · 36 min de lectura· 1866 · Avanzada

Orden y argumento en la oración

Retrato de Charles H. Spurgeon Charles H. Spurgeon

Texto

Job 23:3,4

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

El clamor de Job no pide alivio sino audiencia: '¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!' Spurgeon lo toma como lección en el oficio de orar — ordena tu causa como el sacerdote disponía el sacrificio, y pide con llaneza, diciendo Ismael si es Ismael lo que quieres — y luego cataloga los alegatos que han prevalecido: los atributos de Dios, sus promesas, su gran nombre, las misericordias pasadas, incluso nuestra propia indignidad.

“¡Quién me diera el saber dónde hallar á Dios! yo iría hasta su silla. Ordenaría juicio delante de él, y henchiría mi boca de argumentos.”—Job 23:3,4

En su extrema angustia clamó Job en pos del Señor. El anhelante deseo de un hijo de Dios afligido es ver una vez más el rostro de su Padre. Su primera oración no es: “¡Oh, que fuese yo sanado de la enfermedad que ahora supura en cada parte de mi cuerpo!”, ni siquiera: “¡Oh, que viese yo á mis hijos rescatados de las fauces del sepulcro, y mi hacienda arrancada de nuevo de la mano del despojador!”; sino que el primero y más alto clamor es: “¡Oh, si supiese dónde hallar á AQUEL que es mi Dios! ¡que pudiese llegar hasta su silla!” Los hijos de Dios corren á casa cuando estalla la tormenta. Es el instinto celestial de un alma llena de gracia buscar abrigo de todos los males bajo las alas de Jehová. “El que ha hecho de Dios su refugio” bien podría servir de título al verdadero creyente. El hipócrita, cuando siente que ha sido afligido por Dios, se ofende del castigo, y, como un esclavo, huiría del amo que lo ha azotado; mas no así el verdadero heredero del cielo: éste besa la mano que lo hirió, y busca abrigo de la vara en el seno de aquel mismo Dios que le frunció el ceño. Notaréis que el deseo de comunión con Dios se aviva por el fracaso de todas las demás fuentes de consuelo. Cuando Job vio por primera vez á sus amigos á lo lejos, quizá abrigó la esperanza de que su bondadoso consejo y su compasiva ternura embotarían el filo de su dolor; mas no habían hablado mucho cuando exclamó con amargura: “Consoladores molestos sois todos vosotros.” Echaron sal en sus heridas, amontonaron leña en la llama de su pena, añadieron la hiel de sus reproches al ajenjo de sus dolores. En el sol de su sonrisa habían anhelado antes calentarse, y ahora se atreven á arrojar sombras sobre su reputación, de la manera más mezquina é inmerecida. ¡Ay del hombre cuando su copa de vino le escarnece con vinagre, y su almohada le punza con espinas! El patriarca se apartó de sus tristes amigos y alzó los ojos al trono celestial, así como el viajero se aparta de su odre vacío y se dirige á toda prisa al pozo. Se despide de las esperanzas nacidas de la tierra, y clama: “¡Oh, si supiese dónde hallar á mi Dios!” Hermanos míos, nada nos enseña tanto la preciosidad del Creador como cuando aprendemos la vaciedad de todo lo demás. Cuando hayáis sido traspasados de parte á parte con la sentencia: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo”, entonces sacaréis dulzura inefable de la divina certeza: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.” Apartándoos con amargo desdén de las colmenas de la tierra, donde no hallasteis miel, sino muchos agudos aguijones, os gozaréis en Aquel cuya palabra fiel es más dulce que la miel y que el panal.

Es de notar, además, que aunque el hombre bueno se apresura á Dios en su tribulación, y corre con tanta mayor prisa á causa de la crueldad de sus semejantes, con todo á veces el alma llena de gracia queda sin la consoladora presencia de Dios. Éste es el peor de todos los dolores; el texto es uno de los hondos gemidos de Job, mucho más hondo que ninguno que le arrancaran la pérdida de sus hijos y de su hacienda: “¡Oh, si supiese dónde hallar á AQUEL!” La peor de todas las pérdidas es perder la sonrisa de mi Dios. Gustaba ahora un anticipo de la amargura del clamor de su Redentor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” La presencia de Dios está siempre con su pueblo en un sentido, en cuanto los sostiene secretamente; mas de su presencia manifiesta no siempre gozan. Como la esposa del cantar, buscan á su amado de noche sobre su lecho, le buscan y no le hallan; y aunque velen y anden por la ciudad, quizá no le descubran, y podrá preguntarse tristemente una y otra vez: “¿Habéis visto al que ama mi alma?” Puedes ser amado de Dios y, con todo, no tener en tu alma conciencia de ese amor. Puedes ser tan caro á su corazón como Jesucristo mismo, y, con todo, por un breve momento podrá desampararte, y con un poco de ira podrá esconderse de ti. Mas, amados, en tales tiempos el deseo del alma creyente cobra intensidad aún mayor por el hecho de serle retenida la luz de Dios. En vez de decir con labio soberbio: “Bien, si me deja, habré de arreglármelas sin él; si no puedo tener su consoladora presencia, habré de luchar lo mejor que pueda”, el alma dice: “No, él es mi vida misma; he de tener á mi Dios. Perezco, me hundo en cieno profundo donde no hay pie firme, y sólo el brazo de Dios puede librarme.” El alma llena de gracia se aplica con doble celo á hallar á Dios, y envía sus gemidos, sus ruegos, sus sollozos y suspiros al cielo con mayor frecuencia y fervor. “¡Oh, si supiese dónde hallar á Dios!” La distancia ó el esfuerzo no son nada; si el alma tan sólo supiese á dónde ir, pronto salvaría la distancia. No pone condición alguna acerca de montañas ó ríos, sino que jura que, si supiese dónde, llegaría hasta su silla. Mi alma, en su hambre, rompería muros de piedra, ó escalaría las almenas del cielo para alcanzar á su Dios; y aunque hubiera siete infiernos entre él y yo, con todo afrontaría la llama con tal de alcanzarle, sin arredrarme, si tan sólo tuviese la perspectiva de estar al fin en su presencia y sentir la delicia de su amor. Tal me parece ser el estado de ánimo en que Job pronunció las palabras que tenemos delante.

Mas no podemos detenernos en este punto, porque el objeto del discurso de esta mañana nos llama adelante. Parece que el fin de Job, al desear la presencia de Dios, era poder orar á él. Había orado, pero quería orar como en la presencia de Dios. Deseaba suplicar como ante Aquel que sabía que le oiría y le ayudaría. Anhelaba exponer su propia causa ante el asiento del Juez imparcial, ante el rostro mismo del Dios de toda sabiduría; apelaría de los tribunales inferiores, donde sus amigos juzgaban con juicio injusto, á la Corte del Rey —el Alto Tribunal del cielo—; allí, dice, “Ordenaría juicio delante de él, y henchiría mi boca de argumentos.”

En este último versículo Job nos enseña cómo se proponía suplicar é interceder con Dios. Descubre, por así decir, los secretos de su aposento, y desvela el arte de la oración. Somos aquí admitidos en el gremio de los suplicantes; se nos muestra el arte y misterio del interceder; se nos enseña aquí el bendito oficio y ciencia de la oración, y si podemos quedar por aprendices de Job esta mañana, durante la próxima hora, y recibir una lección del Maestro de Job, adquiriremos no poca destreza en interceder con Dios.

Dos cosas se presentan aquí como necesarias en la oración: el ordenar nuestra causa, y el henchir nuestra boca de argumentos. Hablaremos de estas dos cosas, y luego, si hemos aprendido bien la lección, seguirá un bendito resultado.

I. Primero, ES NECESARIO QUE NUESTRA CAUSA SEA ORDENADA DELANTE DE DIOS.

Hay una noción vulgar de que la oración es cosa muy fácil, una especie de negocio corriente que puede hacerse de cualquier manera, sin cuidado ni esfuerzo. Algunos piensan que basta con descolgar un libro y pasar por cierto número de palabras muy excelentes, y ya han orado y pueden volver á guardar el libro; otros suponen que usar un libro es superstición, y que más bien se deben repetir frases improvisadas, frases que acuden en tropel á la mente, como una piara de puercos ó una jauría de perros, y que cuando las han pronunciado con alguna leve atención á lo que han dicho, ya han orado. Ahora bien, ninguno de estos modos de orar fue adoptado por los antiguos santos. Parece que pensaban mucho más seriamente en la oración de lo que muchos hacen hoy día. Parece haber sido para ellos un asunto grande, un ejercicio largamente practicado, en el cual algunos de ellos alcanzaron gran eminencia, y por ello fueron singularmente bendecidos. Segaban grandes cosechas en el campo de la oración, y hallaban que el propiciatorio era una mina de tesoros incontables.

Los antiguos santos solían, con Job, ordenar su causa delante de Dios; es decir, así como el peticionario que comparece ante el tribunal no llega allí sin haber pensado exponer su caso en el momento, sino que entra en la sala de audiencia con su causa bien preparada, habiendo aprendido, además, cómo debe comportarse en la presencia de aquel Grande á quien apela. Bien está acercarse al asiento del Rey de reyes con toda la premeditación y preparación posibles, sabiendo lo que hacemos, dónde estamos, y qué es lo que deseamos obtener. En tiempos de peligro y angustia podemos volar á Dios tal como estamos, como la paloma se mete en la hendidura de la peña, aunque tenga el plumaje revuelto; mas en tiempos ordinarios no debemos venir con espíritu desprevenido, así como el niño no se llega á su padre por la mañana hasta que se ha lavado el rostro. Mirad á aquel sacerdote; tiene un sacrificio que ofrecer, mas no se precipita al atrio de los sacerdotes á despedazar el novillo con la primera hacha que halle á mano, sino que, cuando se levanta, se lava los pies en la fuente de bronce, se pone sus vestiduras y se adorna con sus ornamentos sacerdotales; luego se acerca al altar con su víctima debidamente dividida conforme á la ley, y tiene cuidado de hacer según el mandamiento, aun en cosa tan sencilla como el colocar el sebo, y el hígado, y los riñones, y toma la sangre en un tazón y la derrama en el lugar apropiado al pie del altar, sin arrojarla como se le ocurra, y enciende el fuego, no con llama común, sino con el fuego sagrado tomado del altar. Ahora bien, todo este rito ha sido abolido, mas la verdad que enseñaba permanece igual: nuestros sacrificios espirituales deben ofrecerse con santo esmero. No permita Dios que nuestra oración sea un mero saltar de la cama y arrodillarse y decir lo primero que venga á mano; antes bien, esperemos en el Señor con santo temor y sagrado pavor. Ved cómo oraba David cuando Dios le había bendecido: entró delante del Señor. Entendedlo: no se quedó fuera á distancia, sino que entró delante del Señor y se sentó —pues sentarse no es mala postura para la oración, diga lo que diga quien quiera contra ello—, y sentándose quieta y sosegadamente delante del Señor, comenzó entonces á orar, mas no hasta haber meditado primero en la divina bondad, alcanzando así el espíritu de la oración. Luego, con el auxilio del Espíritu Santo, abrió su boca. ¡Oh, que buscásemos más á menudo al Señor de esta manera! Abraham puede servirnos de modelo: se levantó de mañana —ahí estuvo su prontitud—; anduvo tres días de camino —ahí estuvo su celo—; dejó á sus criados al pie del monte —ahí estuvo su recogimiento—; llevó consigo la leña y el fuego —ahí estuvo su preparación—; y por último, edificó el altar y compuso la leña por orden, y luego tomó el cuchillo —ahí estuvo el devoto esmero de su adoración. David lo expresa así: “De mañana enderezaré mi oración á ti, y esperaré”; lo cual os he explicado muchas veces que significa que ordenaba sus pensamientos como hombres de guerra, ó que apuntaba sus oraciones como saetas. No tomaba la saeta y la ponía en la cuerda del arco y disparaba, y disparaba, y disparaba á cualquier parte; sino que, después de haber sacado el dardo escogido y ajustádolo á la cuerda, tomaba deliberada puntería. Miraba —miraba bien— al blanco del hito; mantenía en él fijo el ojo, enderezando su oración, y entonces tendía su arco con toda su fuerza y dejaba volar la saeta; y luego, cuando el dardo había salido de su mano, ¿qué dice? “Esperaré.” Alzaba los ojos á ver á dónde iba la saeta, á ver qué efecto había tenido; pues esperaba respuesta á sus oraciones, y no era como muchos que apenas piensan en sus oraciones después de haberlas pronunciado. David sabía que tenía delante un empeño que requería todas sus fuerzas mentales; ordenaba sus facultades y acometía la obra como buen obrero, como quien creía en ella y se proponía triunfar. Debemos arar con cuidado y orar con cuidado. Cuanto mejor la obra, tanta más atención merece. Estar solícito en la tienda y descuidado en el aposento es poco menos que blasfemia, porque es insinuar que cualquier cosa sirve para Dios, mientras que el mundo ha de llevarse lo mejor de nosotros.

Si alguno pregunta qué orden ha de guardarse en la oración, no voy á daros un esquema como muchos han trazado, en que la adoración, la confesión, la petición, la intercesión y la alabanza se disponen en sucesión. No estoy persuadido de que orden semejante sea de autoridad divina. No es á mero orden mecánico á lo que me he referido, porque nuestras oraciones serán igualmente aceptables, y posiblemente igualmente propias, en cualquier forma; pues hay ejemplos de oraciones, de todas las hechuras, en el Antiguo y el Nuevo Testamento. El verdadero orden espiritual de la oración me parece que consiste en algo más que la mera disposición. Lo más conveniente es sentir primero que estamos ahora haciendo algo que es real; que vamos á dirigirnos á Dios, á quien no podemos ver, pero que está realmente presente; á quien no podemos tocar ni oír, ni aprehender por nuestros sentidos, pero que, no obstante, está tan verdaderamente con nosotros como si habláramos con un amigo de carne y hueso semejante á nosotros mismos. Sintiendo la realidad de la presencia de Dios, nuestra mente será llevada por la divina gracia á un estado humilde; nos sentiremos como Abraham cuando dijo: “He comenzado á hablar á mi Señor, aunque soy polvo y ceniza.” Por consiguiente, no soltaremos nuestra oración como niños que repiten sus lecciones, por mera rutina, ni mucho menos hablaremos como si fuéramos rabinos instruyendo á nuestros discípulos, ó como he oído hacer á algunos, con la grosería de un salteador que detiene á una persona en el camino y le exige la bolsa; sino que seremos peticionarios humildes y á la vez atrevidos, importunando humildemente la misericordia por la sangre del Salvador. No tendremos la reserva de un esclavo, sino la amorosa reverencia de un hijo; mas no un hijo insolente é impertinente, sino un hijo dócil y obediente, que honra á su Padre, y que por tanto pide con ahínco, pero con deferente sumisión á la voluntad de su Padre. Cuando siento que estoy en la presencia de Dios, y tomo mi legítimo lugar en esa presencia, lo siguiente que querré reconocer es que no tengo derecho á lo que busco, y no puedo esperar obtenerlo sino como don de gracia; y he de recordar que Dios limita el canal por el cual me dará misericordia: me la dará por su amado Hijo. Póngame yo, pues, bajo el patrocinio del gran Redentor. Sienta yo que ahora ya no soy yo quien habla, sino Cristo quien habla conmigo, y que mientras suplico, alego sus heridas, su vida, su muerte, su sangre, á él mismo. Esto es verdaderamente ponerse en orden.

Lo siguiente es considerar: ¿qué he de pedir? Es muy propio, en la oración, aspirar á gran distinción en la súplica. Hay mucha razón para quejarse de algunas oraciones públicas, en que quienes las ofrecen no piden realmente á Dios cosa alguna. He de reconocer que temo haber orado yo mismo así, y ciertamente haber oído muchas oraciones de esa clase, en las cuales no sentí que se buscara nada de Dios: mucha materia doctrinal y experimental muy excelente, pronunciada, mas poca verdadera petición, y ésa en una especie de estado nebuloso, caótico é informe. Mas me parece que la oración debe ser distinta, el pedir algo definida y distintamente porque la mente ha comprendido su distinta necesidad de tal cosa, y por tanto ha de suplicarla. Bien está no andar con rodeos en la oración, sino ir directamente al grano. Me gusta aquella oración de Abraham: “¡Ojalá Ismael viva delante de ti!” Ahí están el nombre y la persona por quien se ora, y la bendición deseada, todo puesto en pocas palabras: “¡Ismael viva delante de ti!” Muchos habrían usado una expresión rebuscada de este jaez: “¡Oh, que nuestra amada descendencia sea mirada con el favor que muestras á aquellos que”, etc. Di “Ismael”, si es “Ismael” lo que quieres decir; ponlo en palabras llanas delante del Señor. Algunos ni siquiera pueden orar por el ministro sin usar descripciones tan enrevesadas que pensaríais que se trata del alguacil de la parroquia, ó de alguien á quien no conviene mencionar con demasiada precisión. ¿Por qué no ser distintos, y decir lo que queremos decir así como querer decir lo que decimos? El ordenar nuestra causa nos llevaría á mayor distinción de mente. No es necesario, hermanos míos, en el aposento pedir toda cosa buena imaginable; no es necesario recitar el catálogo de toda necesidad que tengáis, hayáis tenido, podáis tener ó hayáis de tener. Pedid lo que ahora necesitáis, y, por regla general, ateneos á la necesidad presente; pedid vuestro pan cotidiano —lo que ahora queréis—, pedid eso. Pedidlo llanamente, como delante de Dios, que no atiende á vuestras finas expresiones, y para quien vuestra elocuencia y oratoria serán menos que nada y vanidad. Estás delante del Señor; sean pocas tus palabras, mas sea ferviente tu corazón.

No habéis completado del todo el orden cuando habéis pedido lo que queréis por Jesucristo. Debe haber un mirar en torno de la bendición que deseáis, para ver si es de cierto cosa conveniente que pedir; pues algunas oraciones jamás se ofrecerían si los hombres pensaran. Un poco de reflexión nos mostraría que algunas cosas que deseamos mejor fuera dejarlas estar. Podemos, además, tener en el fondo de nuestro deseo un motivo que no es semejante á Cristo, un motivo egoísta, que olvida la gloria de Dios y sólo atiende á nuestra propia comodidad y regalo. Ahora bien, aunque podamos pedir cosas que son para nuestro provecho, con todo nunca debemos dejar que nuestro provecho estorbe en modo alguno la gloria de Dios. Ha de mezclarse con la oración aceptable la santa sal de la sumisión á la voluntad divina. Me gusta el dicho de Lutero: “Señor, esta vez tendré mi voluntad de ti.” “¡Cómo!”, diréis, “¿te gusta expresión semejante?” Sí, á causa de la cláusula que sigue, que fue: “Tendré mi voluntad, porque sé que mi voluntad es tu voluntad.” Bien dicho, Lutero; pero sin las últimas palabras habría sido perversa presunción. Cuando estamos seguros de que lo que pedimos es para la gloria de Dios, entonces, si tenemos poder en la oración, podemos decir: “No te dejaré si no me bendices”: podemos llegar á estrechos tratos con Dios, y como Jacob con el ángel, podemos aun ponerlo á la lucha y procurar derribar al ángel antes que ser despedidos sin la bendición. Mas hemos de tener bien claro, antes de llegar á tales términos, que lo que buscamos es realmente para la honra del Maestro.

Juntad estas tres cosas: la profunda espiritualidad que reconoce la oración como verdadera conversación con el Dios invisible; mucha distinción, que es la realidad de la oración, el pedir lo que sabemos que necesitamos; y con todo mucho fervor, creyendo que la cosa es necesaria, y por tanto resueltos á obtenerla si puede alcanzarse por la oración; y, sobre todas éstas, completa sumisión, dejándola aún á la voluntad del Maestro; mezclad todas éstas, y tendréis clara idea de lo que es ordenar tu causa delante del Señor.

Con todo, la oración misma es un arte que sólo el Espíritu Santo puede enseñarnos. Él es el dador de toda oración. Orad por la oración —orad hasta que podáis orar—; orad para ser ayudados á orar, y no dejéis de orar porque no podáis orar, pues es cuando piensas que no puedes orar cuando más estás orando; y á veces, cuando no tienes consuelo alguno en tus súplicas, es entonces cuando tu corazón, todo quebrantado y abatido, está realmente luchando y venciendo de veras con el Altísimo.

II. La segunda parte de la oración es HENCHIR LA BOCA DE ARGUMENTOS —no henchir la boca de palabras, ni de buenas frases, ni de lindas expresiones, sino henchir la boca de argumentos, que son los golpes del llamador con que se abre la puerta.

¿Por qué han de usarse siquiera argumentos? es la primera pregunta; y la respuesta es: ciertamente no porque Dios sea tardo en dar, ni porque podamos mudar el propósito divino, ni porque Dios necesite ser informado de circunstancia alguna acerca de nosotros ó de cosa alguna relativa á la misericordia pedida: los argumentos que han de usarse son para nuestro propio bien, no para el suyo. Él requiere que supliquemos con él, y que saquemos nuestras fuertes razones, como dice Isaías, porque esto mostrará que sentimos el valor de la misericordia. Cuando un hombre busca argumentos para una cosa, es porque da importancia á lo que busca. Además, nuestro uso de argumentos nos enseña el fundamento sobre el cual obtenemos la bendición. Si un hombre viniera con el argumento de su propio mérito, jamás lograría nada; el argumento que prevalece se funda siempre en la gracia, y de ahí que el alma que así suplica sea hecha entender intensamente que es por gracia, y sólo por gracia, que un pecador obtiene cosa alguna del Señor. Por otra parte, el uso de argumentos está destinado á avivar nuestro fervor. El hombre que usa un argumento con Dios cobrará más fuerza al usar el siguiente, y usará el siguiente con mayor poder aún, y el otro con más fuerza todavía. Las mejores oraciones que jamás he oído en nuestras reuniones de oración han sido las más llenas de argumento. A veces mi alma ha quedado del todo enternecida al escuchar á hermanos que han venido delante de Dios sintiendo que la misericordia era realmente necesaria, y que habían de tenerla, pues suplicaban á Dios que la diera primero por esta razón, y luego por una segunda, y luego por una tercera, y luego por una cuarta y una quinta, hasta despertar el fervor de toda la asamblea. Hermanos míos, no hay necesidad alguna de oración en cuanto á Dios toca, ¡mas qué necesidad hay de ella por nuestra propia cuenta! Si no fuéramos constreñidos á orar, dudo que pudiéramos siquiera vivir como cristianos. Si las misericordias de Dios nos llegaran sin pedirlas, no serían ni la mitad de útiles de lo que ahora son, cuando han de buscarse; pues ahora recibimos doble bendición, una bendición en el obtener, y una bendición en el buscar. El acto mismo de orar es una bendición. Orar es como bañarse en un fresco arroyo murmurante, y escapar así de los calores del sol veraniego de la tierra. Orar es remontarse en alas de águila sobre las nubes y entrar en el cielo despejado donde Dios mora. Orar es entrar en el tesoro de Dios y enriquecerse de un almacén inagotable. Orar es abrazar el cielo entre los brazos, estrechar á la Deidad dentro del alma, y sentir el cuerpo hecho templo del Espíritu Santo. Aparte de la respuesta, la oración es en sí misma una bendición. Orar, hermanos míos, es echar de sí las cargas, es rasgar los harapos, es sacudir las enfermedades, es henchirse de vigor espiritual, es alcanzar el más alto grado de salud cristiana. Dénos Dios ejercitarnos mucho en el santo arte de argumentar con Dios en la oración.

Queda la parte más interesante de nuestro tema; es un rapidísimo resumen y catálogo de unos pocos de los argumentos que se han usado con gran éxito con Dios. No puedo daros una lista completa; eso requeriría un tratado como el que el maestro Juan Owen pudiera producir. Bien está en la oración alegar á Jehová sus atributos. Así lo hizo Abraham cuando echó mano de la justicia de Dios. Había que interceder por Sodoma, y Abraham comienza: “Quizá hay cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por cincuenta justos que estén dentro de él? Lejos de ti el hacer tal cosa, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo como el impío; lejos de ti sea: el Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” Aquí comienza la lucha. Fue un poderoso argumento con que el patriarca asió la mano izquierda del Señor, y la detuvo justo cuando el rayo iba á caer. Mas vino á ello una respuesta. Se le dio á entender que aquello no perdonaría á la ciudad, y notáis cómo el buen hombre, cuando se vio duramente apremiado, se retiró palmo á palmo; y al fin, cuando ya no pudo echar mano de la justicia, asió la mano derecha de la misericordia de Dios, y ésta le dio un asidero maravilloso cuando pidió que si había allí tan sólo diez justos, la ciudad fuese perdonada. Así también tú y yo podemos echar mano en todo tiempo de la justicia, la misericordia, la fidelidad, la sabiduría, la longanimidad, la ternura de Dios, y hallaremos que todo atributo del Altísimo es, por así decir, un gran ariete con que podemos abrir las puertas del cielo.

Otra poderosa pieza de artillería en la batalla de la oración es la promesa de Dios. Cuando Jacob estaba al otro lado del arroyo de Jaboc, y su hermano Esaú venía con hombres armados, suplicó á Dios que no permitiese que Esaú destruyera á la madre con los hijos, y como razón capital alegó: “Y tú dijiste: Ciertamente yo te haré bien.” ¡Oh la fuerza de aquel alegato! Tenía á Dios asido á su palabra: “Tú dijiste.” El atributo es un espléndido cuerno del altar de que asirse; mas la promesa, que tiene en sí el atributo y algo más, es asidero aún más poderoso. “Tú dijiste.” Recordad cómo lo expresó David. Después que Natán hubo hablado la promesa, David dijo al cerrar su oración: “Haz como has dicho.” Ése es argumento legítimo con todo hombre honrado; y si él lo ha dicho, ¿no lo hará? “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.” ¿No será él veraz? ¿No guardará él su palabra? ¿No estará firme y se cumplirá toda palabra que sale de sus labios? Salomón, en la dedicación del templo, usó este mismo poderoso alegato. Suplica á Dios que recuerde la palabra que había hablado á su padre David, y que bendiga aquel lugar. Cuando un hombre da un pagaré, su honor queda comprometido. Firma de su mano, y ha de satisfacerlo cuando llegue el plazo, ó de lo contrario pierde el crédito. Nunca se dirá que Dios deshonra sus letras. El crédito del Altísimo jamás fue tachado, ni jamás lo será. Es puntual al momento; nunca se adelanta á su tiempo, mas nunca se retrasa de él. Registrad este Libro entero, y comparadlo con la experiencia del pueblo de Dios, y ambos concuerdan del principio al fin; y más de un cano patriarca ha dicho con Josué en su vejez: “No ha faltado una sola cosa buena de todas las que el Señor Dios había prometido: todo ha acontecido.” Hermano mío, si tienes una promesa divina, no necesitas alegarla con un “si” dentro; puedes alegarla con certeza. Si para la misericordia que ahora pides tienes la palabra solemnemente empeñada de Dios, apenas habrá lugar para la cautela acerca de la sumisión á su voluntad. Conoces su voluntad: esa voluntad está en la promesa; alégala. No le des reposo hasta que la cumpla. Se propuso cumplirla, ó de lo contrario no la habría dado. Dios no da su palabra meramente para acallar nuestro ruido, y tenernos esperanzados por un tiempo, con intención de despedirnos al cabo; sino que cuando habla, habla porque se propone obrar.

Un tercer argumento que ha de usarse es el empleado por Moisés: el gran nombre de Dios. ¡Cuán poderosamente arguyó con Dios en cierta ocasión sobre este fundamento! “¿Qué harás por tu gran nombre? Los Egipcios dirán: Porque no pudo Jehová meter este pueblo en la tierra, por eso los mató en el desierto.” Hay ocasiones en que el nombre de Dios está muy estrechamente ligado á la historia de su pueblo. A veces, confiado en una promesa divina, un creyente será llevado á tomar cierto rumbo de acción. Ahora bien, si el Señor no fuese tan bueno como su promesa, no sólo queda engañado el creyente, sino que el mundo impío, mirando, diría: “¡Ea, ea! ¿Dónde está vuestro Dios?” Tomad el caso de nuestro respetado hermano, el señor Müller, de Bristol. Estos muchos años ha declarado que Dios oye la oración, y firme en esa convicción, ha seguido edificando casa tras casa para el sostenimiento de huérfanos. Ahora bien, muy bien puedo concebir que, si se viese llevado á un punto de falta de medios para el sostenimiento de aquellos mil ó dos mil niños, muy bien podría usar el alegato: “¿Qué harás por tu gran nombre?” Y tú, en algún grave apuro, cuando hayas recibido de veras la promesa, puedes decir: “Señor, tú has dicho: ‘En seis tribulaciones estaré contigo, y en la séptima no te desampararé.’ He dicho á mis amigos y vecinos que pongo en ti mi confianza, y si no me libras ahora, ¿dónde está tu nombre? Levántate, oh Dios, y haz esto, no sea que tu honra sea echada al polvo.” Junto con esto, podemos emplear el argumento adicional de las cosas duras dichas por los ultrajadores. Bien hizo Ezequías cuando tomó la carta de Rabsaces y la extendió delante del Señor. ¿Le ayudará esto? Está llena de blasfemia, ¿le ayudará esto? “¿Dónde están los dioses de Arfad y de Sefarvaim? ¿Dónde están los dioses de las ciudades que he destruido? No os engañe Ezequías, diciendo que Jehová os librará.” ¿Tiene esto algún efecto? ¡Oh, sí! Fue cosa bendita que Rabsaces escribiese aquella carta, porque provocó al Señor á ayudar á su pueblo. A veces el hijo de Dios puede gozarse cuando ve á sus enemigos perder del todo la paciencia y darse á ultrajar. “Ahora”, dice, “han ultrajado al Señor mismo; no á mí solo han asaltado, sino al Altísimo mismo. Ahora ya no es el pobre é insignificante Ezequías con su pequeña banda de soldados, sino Jehová, el Rey de los ángeles, quien ha salido á pelear contra Rabsaces. Ahora, ¿qué harás, oh jactancioso soldado del soberbio Senaquerib? ¿No serás del todo destruido, ya que Jehová mismo ha entrado en la refriega?” Todo el avance que hace el papismo, todas las cosas erradas dichas por los ateos especulativos y demás, deben ser usadas por los cristianos como argumento con Dios, de por qué ha de ayudar al evangelio. ¡Señor, mira cómo vituperan el evangelio de Jesús! ¡Saca de tu seno tu diestra! ¡Oh Dios, te desafían! El anticristo se entromete en el lugar donde tu Hijo fue una vez honrado, y desde los púlpitos mismos donde antaño se predicaba el evangelio, ahora se proclama el papismo. Levántate, oh Dios, despierta tu celo, ardan tus sagradas pasiones. Tu antiguo enemigo prevalece de nuevo. ¡Mira la ramera de Babilonia otra vez sobre su bestia de color de escarlata cabalgar en triunfo! ¡Ven, Jehová, ven, Jehová, y muestra una vez más lo que tu brazo desnudo puede hacer! Éste es un modo legítimo de suplicar con Dios, por amor de su gran nombre.

Así también podemos alegar las tristezas de su pueblo. Esto se hace con frecuencia. Jeremías es el gran maestro de este arte. Dice: “Sus Nazareos fueron más puros que la nieve, más blancos que la leche; más rubios de cuerpo que las piedras preciosas, su talle más hermoso que el zafiro: oscura más que la negrura es su forma.” “Los hijos preciosos de Sión, estimables como el oro puro, ¡cómo son tenidos por vasos de barro, obra de manos de alfarero!” Habla de todas sus penas y angustias en el asedio. Llama al Señor á que mire á su afligida Sión; y no tarda en ser oído su lamento. Nada tan elocuente para el padre como el llanto de su hijo; sí, hay una cosa más poderosa aún, y es un gemido —cuando el niño está tan enfermo que ya no puede llorar, y yace gimiendo con aquel género de gemido que denota extremo sufrimiento é intensa debilidad. ¿Quién puede resistir aquel gemido? ¡Ah!, y cuando el Israel de Dios sea traído tan bajo que apenas pueda clamar, y sólo se oigan sus gemidos, entonces llega el tiempo de la liberación del Señor, y de cierto mostrará que ama á su pueblo. Amados, siempre que también vosotros seáis traídos á la misma condición, podéis alegar vuestros gemidos; y cuando veáis á una iglesia traída muy bajo, podéis usar sus tristezas como argumento de por qué Dios debe volver y salvar el resto de su pueblo.

Hermanos, bien está alegar con Dios el pasado. ¡Ah, vosotros, experimentado pueblo de Dios, sabéis cómo hacer esto! He aquí el ejemplo de David: “Tú has sido mi ayuda. No me dejes, ni me desampares.” Alega la misericordia de Dios para con él desde su juventud. Habla de haber sido arrojado sobre su Dios desde su mismo nacimiento, y luego suplica: “Ahora también, cuando soy viejo y cano, oh Dios, no me desampares.” También Moisés, hablando con Dios, dice: “Tú sacaste á este pueblo de Egipto.” Como si dijera: “No dejes tu obra sin acabar; has comenzado á edificar, complétala. Has librado la primera batalla; ¡Señor, acaba la campaña! Sigue adelante hasta que alcances completa victoria.” ¡Cuántas veces hemos clamado en nuestra tribulación: “Señor, tú me libraste en tal ó cual dura prueba, cuando parecía que no había socorro cerca; nunca me has desamparado hasta ahora. He alzado mi Ebenezer en tu nombre. Si hubieras querido dejarme, ¿por qué me has mostrado tales cosas? ¿Has traído á tu siervo á este lugar para avergonzarlo?”! Hermanos, tenemos que habérnoslas con un Dios inmutable, que hará en lo por venir lo que ha hecho en lo pasado, porque nunca se aparta de su propósito, ni puede ser frustrado en su designio; el pasado se vuelve así medio muy poderoso de alcanzar bendiciones de él.

Podemos aun usar nuestra propia indignidad como argumento con Dios. “Del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura.” David en un lugar suplica así: “Señor, ten misericordia de mi iniquidad, porque es grande.” Ése es un modo muy singular de razonar; mas, interpretado, significa: “Señor, ¿por qué habías de andar haciendo cosas pequeñas? Tú eres un gran Dios, y he aquí un gran pecador. Hay en mí aptitud para el despliegue de tu gracia. La grandeza de mi pecado me hace tablado para la grandeza de tu misericordia. Sea vista en mí la grandeza de tu amor.” Moisés parece tener lo mismo en la mente cuando pide á Dios que muestre su gran poder en perdonar á su pecador pueblo. El poder con que Dios se refrena es grande en verdad. ¡Oh hermanos y hermanas, hay tal cosa como arrastrarse al pie del trono, agacharse muy bajo y clamar: “¡Oh Dios, no me quebrantes —caña cascada soy. ¡Oh, no pises mi menuda vida, que no es ahora sino como el pábilo humeante. ¿Me cazarás? ¿Saldrás, como dijo David, ‘tras un perro muerto, tras una pulga’? ¿Me perseguirás como á hoja arrebatada en la tempestad? ¿Me acecharás, como dice Job, como si yo fuese vasto mar, ó gran ballena? No; antes, porque soy tan pequeño, y porque la grandeza de tu misericordia puede mostrarse en uno tan insignificante y á la vez tan vil, por eso, oh Dios, ten misericordia de mí.”

Hubo una vez una ocasión en que la Deidad misma de Jehová hizo un triunfante alegato á favor del profeta Elías. En aquella augusta ocasión, cuando había mandado á sus adversarios ver si su dios podía responderles por fuego, mal podéis imaginar la excitación que debió de haber aquel día en la mente del profeta. ¡Con qué severa ironía dijo: “Gritad en alta voz, que dios es; quizá está departiendo, ó tiene algún empeño, ó va de camino; acaso duerme, y despertará!” Y mientras ellos se sajaban con cuchillos, y saltaban sobre el altar, ¡oh, con qué desdén debió de mirar aquel varón de Dios sus impotentes esfuerzos, y sus fervientes pero inútiles clamores! Mas pensad cómo debió de palpitar su corazón, á no ser por la fuerza de su fe, cuando reparó el altar de Dios que estaba derribado, y compuso la leña por orden, y mató el novillo. Oídle clamar: “Derramad agua sobre él. No sospechéis que oculto fuego; derramad agua sobre la víctima.” Cuando lo hubieron hecho, les manda: “Hacedlo segunda vez”; y lo hicieron segunda vez; y luego dice: “Hacedlo tercera vez.” Y cuando todo estuvo cubierto de agua, empapado y saturado del todo, entonces se pone en pie y clama á Dios: “Oh Dios, sea sabido que tú solo eres Dios.” Aquí todo fue puesto á prueba. La existencia misma de Jehová quedaba ahora, por así decir, en juego, á los ojos de los hombres, por obra de este intrépido profeta. ¡Mas cuán bien fue oído el profeta! Descendió el fuego y devoró no sólo el sacrificio, sino aun la leña, y las piedras, y hasta el agua misma que había en las zanjas, porque Jehová Dios había respondido á la oración de su siervo. A veces podemos hacer lo mismo, y decirle: “¡Oh, por tu Deidad, por tu existencia, si en verdad eres Dios, muéstrate ahora en socorro de tu pueblo!”

Por último, el gran argumento cristiano es los sufrimientos, la muerte, el mérito, la intercesión de Cristo Jesús. Hermanos, temo que no comprendemos lo que tenemos á nuestra disposición cuando se nos permite suplicar con Dios por amor de Cristo. Di el otro día con este pensamiento: me era algo nuevo, mas creo que no debiera haberlo sido. Cuando pedimos á Dios que nos oiga, alegando el nombre de Cristo, solemos querer decir: “Oh Señor, tu amado Hijo merece esto de ti; hazme esto por lo que él merece.” Mas, si lo supiéramos, podríamos ir á la ciudad: “Señor, pase por mi despacho, y use mi nombre, y diga que le den tal cosa.” Yo entraría y usaría vuestro nombre, y obtendría lo que pido como cosa de derecho y de necesidad. Esto es virtualmente lo que Jesucristo nos dice: “Si necesitas algo de Dios, todo lo que el Padre tiene me pertenece; ve y usa mi nombre.” Supón que dieras á un hombre tu libro de cheques firmado con tu propio nombre y dejado en blanco, para ser llenado como él quisiera; eso sería muy cerca de lo que Jesús ha hecho en estas palabras: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.” Si yo tuviera un buen nombre al pie del cheque, estaría seguro de que me lo pagarían cuando fuese con él al banquero; así, cuando tienes el nombre de Cristo, de quien la justicia misma de Dios se ha hecho deudora, y cuyos méritos tienen títulos con el Altísimo, cuando tienes el nombre de Cristo no hay necesidad de hablar con temor y temblor y aliento contenido. ¡Oh, no vaciles, y no titubee tu fe! Cuando alegas el nombre de Cristo, alegas aquello que estremece las puertas del infierno, y á lo cual obedecen las huestes del cielo, y Dios mismo siente el sagrado poder de aquel divino alegato.

Hermanos, obraríais mejor si á veces pensarais más, en vuestras oraciones, en las penas y gemidos de Cristo. Presentad delante del Señor sus heridas, hablad al Señor de sus clamores, haced que los gemidos de Jesús clamen de nuevo desde Getsemaní, y que su sangre hable otra vez desde aquel helado Calvario. Hablad claro, y decid al Señor que con tales penas, y clamores, y gemidos que alegar, no podéis aceptar una negativa: argumentos como éstos os harán prosperar.

III. Si el Espíritu Santo nos enseña á ordenar nuestra causa, y á henchir nuestra boca de argumentos, el resultado será que TENDREMOS LA BOCA LLENA DE ALABANZAS. El hombre que tiene la boca llena de argumentos en la oración, pronto tendrá la boca llena de bendiciones en respuesta á la oración. Amado amigo, ¿tienes esta mañana la boca llena? ¿De qué? ¿Llena de quejas? Ruega al Señor que te enjuague la boca de esa negra materia, porque poco te aprovechará, y amarga te será en las entrañas uno de estos días. ¡Oh, ten la boca llena de oración, llena de ella, tan llena de argumentos que no haya cabida para otra cosa! Ven entonces con esta bendita boca llena, y pronto te irás con cualquier cosa que hayas pedido á Dios. Sólo deléitate en él, y él te concederá los deseos de tu corazón.

Se dice —no sé con cuánta verdad— que la explicación del texto: “Ensancha tu boca, y yo la henchiré”, puede hallarse en una costumbre oriental muy singular. Se dice que no hace muchos años —recuerdo haber sido referido el caso— el rey de Persia mandó al principal de sus nobles, que había hecho algo que le agradó en gran manera, que abriese la boca, y cuando lo hubo hecho, comenzó á poner en su boca perlas, diamantes, rubíes y esmeraldas, hasta que la llenó cuanto pudo caber, y luego le mandó irse. Se dice que esto se hacía á veces en las cortes orientales con los grandes favoritos. Ahora bien, sea esto ó no explicación del texto, ciertamente es ilustración de él. Dios dice: “Ensancha tu boca con argumentos”, y entonces él la henchirá de misericordias sin precio, de joyas de inefable valor. ¿No abriría un hombre la boca de par en par cuando había de llenársela de tal manera? De cierto el más sencillo de entre vosotros sería bastante sabio para eso. ¡Oh, ensanchemos, pues, la boca cuando hayamos de suplicar con Dios! Grandes son nuestras necesidades, sean grandes nuestras peticiones, y grande será también la provisión. No estáis estrechados en él; estáis estrechados en vuestras propias entrañas. Déos el Señor grandes bocas en la oración, gran potencia, no en el uso del lenguaje, sino en el empleo de argumentos.

Lo que he estado hablando al cristiano es aplicable en gran medida al hombre inconverso. Déte Dios ver su fuerza, y volar en humilde oración al Señor Jesucristo, y hallar en él la vida eterna.

PORCIÓN DE LA ESCRITURA LEÍDA ANTES DEL SERMÓN—Números 14:1-21.

Escritura en este sermón Job 23:3,4

Dominio público. Texto original de la edición original.