Texto
Jeremías 33:3
Traducción por IA — pendiente de revisión
En breve
Una promesa nacida en la cárcel: 'Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas.' Spurgeon toma la palabra de Jeremías como la llave de oro que abre el tesoro de Dios, e insta a una oración audaz, expectante y perseverante, sobre todo en la aflicción, donde Dios revela al corazón que ora lo que el estudio por sí solo nunca alcanzó.
"Clama á mí, y te responderé, y te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes." Jeremías 33:3.
ALGUNAS de las obras más eruditas del mundo huelen al aceite de la lámpara de medianoche. Pero los libros y las palabras más espirituales y consoladores de los hombres suelen tener cierto aroma a humedad de calabozo. Podría citar muchos ejemplos—el Peregrino de Juan Bunyan bastará en lugar de otros cien. Y este buen texto nuestro, todo enmohecido y frío por la cárcel en que yacía Jeremías, tiene, no obstante, un resplandor y una hermosura que quizá nunca habría tenido si no hubiese llegado como palabra de aliento al prisionero del Señor, encerrado en el patio de la cárcel.
El pueblo de Dios siempre, en su peor condición, ha descubierto lo mejor de su Dios. Él es bueno en todo tiempo, pero parece estar en Su mejor momento cuando ellos están en el peor. "¿Cómo pudisteis soportar tan bien vuestro largo cautiverio?", preguntaron al Landgrave de Hesse, que había sido encarcelado por su adhesión a los principios de la Reforma. Él respondió: "Los consuelos divinos de los mártires estaban conmigo."
Sin duda hay un consuelo más hondo, más fuerte que ningún otro, que Dios reserva para aquellos que, siendo Sus fieles testigos, han de soportar tribulación sumamente grande por la enemistad de los hombres. Hay una gloriosa aurora para la zona helada. Y las estrellas brillan en los cielos del norte con esplendor inusitado. Rutherford tenía un dicho pintoresco: que cuando era arrojado a las bodegas de la aflicción, recordaba que el gran Rey siempre guardaba allí su vino, y al punto comenzaba a buscar las botellas de vino y a beber de los "vinos añejos bien refinados."
Los que se sumergen en el mar de la aflicción sacan a la superficie raras perlas. Vosotros sabéis, compañeros míos en la aflicción, que así es. Vosotros cuyos huesos casi han traspasado la piel por el largo yacer sobre el lecho fatigoso. Vosotros que habéis visto vuestros bienes terrenales llevados lejos de vosotros, quedando reducidos casi a la penuria. Vosotros que habéis ido al sepulcro estas siete veces, hasta temer que vuestro último amigo terrenal fuese arrebatado por la Muerte sin piedad. Todos habéis comprobado que Él es un Dios fiel, y que así como abundan vuestras tribulaciones, así también abundan vuestros consuelos por Cristo Jesús.
Mi oración es, al tomar este texto esta mañana, que a algún otro prisionero del Señor le sea aplicada su gozosa promesa. Que vosotros, que estáis encerrados y no podéis salir a causa de la presente pesadumbre de espíritu, le oigáis decir, como con un suave susurro en vuestros oídos y en vuestros corazones: "Clama á mí, y te responderé, y te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes."
El texto naturalmente se divide en tres distintas partículas de la Verdad de Dios. Sobre estas hablemos según nos capacite Dios el Espíritu Santo. Primero, la oración mandada—"Clama á mí." Segundo, una respuesta prometida—"Y te responderé." Tercero, la fe alentada—"Y te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes."
I. El primer punto es LA ORACIÓN MANDADA. No se nos aconseja ni recomienda meramente que oremos, sino que se nos ordena orar. Esto es gran condescendencia. Se construye un hospital—se considera suficiente que se dé libre admisión a los enfermos cuando la buscan. Pero no se dicta ninguna orden en consejo que obligue a un hombre a entrar por sus puertas. Un comedor de beneficencia queda bien provisto en lo más crudo del invierno. Se promulga un aviso de que los pobres pueden recibir alimento al solicitarlo. Pero a nadie se le ocurre aprobar una Ley del Parlamento que obligue a los pobres a venir y esperar a la puerta para recibir la caridad.
Se estima que basta con ofrecerla sin dictar ningún tipo de mandato de que los hombres la acepten. Y sin embargo, tan extraño es el desatino del hombre, por un lado, que hace que necesite un mandato para ser misericordioso con su propia alma. Y tan admirable es la condescendencia de nuestro Dios de gracia, por el otro—que Él emite un mandato de amor sin el cual ni un solo hombre nacido de Adán participaría del banquete del Evangelio, sino que preferiría morir de hambre antes que venir. En cuanto a la oración, así es también. El propio pueblo de Dios necesita, pues de otro modo no lo recibiría, un mandato de orar.
¿Por qué es esto? Porque, queridos amigos, somos muy propensos a ataques de mundanalidad, si es que no es ese nuestro estado habitual. No olvidamos comer—no olvidamos quitar los postigos de la tienda—no olvidamos ser diligentes en los negocios—no olvidamos ir a nuestras camas a descansar—pero a menudo olvidamos luchar con Dios en oración, y pasar, como debiéramos pasar, largos períodos en consagrada comunión con nuestro Padre y nuestro Dios. En demasiados que profesan la fe, el libro de cuentas es tan voluminoso que no lo puedes mover. Y la Biblia, que representa su devoción, es tan pequeña que casi podríais meterla en el bolsillo del chaleco.
¡Horas para el mundo! ¡Momentos para Cristo! El mundo se lleva lo mejor de nosotros, y nuestro aposento de oración las sobras de nuestro tiempo. Damos nuestra fuerza y nuestra frescura a los caminos de mammón, y nuestra fatiga a los caminos de Dios. Por eso es que necesitamos que se nos ordene atender a aquel acto mismo que debiera ser nuestra mayor felicidad, así como es nuestro más alto privilegio realizar—encontrarnos con nuestro Dios. "Clama á mí", dice Él, porque sabe que somos propensos a olvidarnos de clamar a Dios.
"¿Qué tienes, dormido? Levántate, y clama á tu Dios", es una exhortación que nos es tan necesaria a nosotros como lo fue a Jonás en la tempestad. Él comprende cuán pesados corazones tenemos, a veces, bajo el sentimiento del pecado. Satanás nos dice: "¿Por qué habrías de orar? ¿Cómo puedes esperar prevalecer? En vano dices: 'Me levantaré e iré a mi Padre', porque no eres digno de ser uno de Sus jornaleros. ¿Cómo verás el rostro del Rey después de haber jugado el papel de traidor contra Él? ¿Cómo te atreverás a acercarte al altar cuando tú mismo lo has profanado, y cuando el sacrificio que llevarías allí es uno pobre y contaminado?"
Oh hermanos y hermanas, bien es para nosotros que se nos mande orar, pues de otro modo, en tiempos de pesadumbre, podríamos abandonarlo. Si Dios me lo ordena, por indigno que yo sea, me arrastraré hasta el estrado de la Gracia Divina. Y puesto que Él dice: "Orad sin cesar", aunque me falten las palabras y mi propio corazón divague, aun así balbucearé los deseos de mi alma hambrienta y diré: "Oh Dios, al menos enséñame a orar y ayúdame a prevalecer contigo."
¿No se nos manda orar también a causa de nuestra frecuente incredulidad? La incredulidad susurra: "¿Qué provecho hay en que busques al Señor en tal o cual asunto? Este es un caso enteramente fuera de la lista de aquellos en que Dios ha intervenido y, por tanto, (dice el diablo), si estuvieras en cualquier otra posición podrías descansar sobre el poderoso brazo de Dios. Pero aquí tu oración de nada te servirá. O bien es un asunto demasiado trivial, o está demasiado ligado a lo temporal, o es una cuestión en la que has pecado demasiado, o bien es demasiado alto, demasiado difícil, demasiado complicado un asunto—no tienes derecho a llevar eso delante de Dios." Así sugiere el inmundo Enemigo del infierno.
Por eso está escrito, como precepto de cada día apto para todo caso en que un cristiano pueda hallarse: "Clama á mí." "Clama á mí. ¿Estás enfermo? ¿Quieres ser sanado? Clama á mí, porque yo soy el Gran Médico. ¿Te turba la Providencia? ¿Temes no poder proveer cosas honestas ante la vista de los hombres? ¡Clama á mí! ¿Te afligen tus hijos? ¿Sientes aquello que es más agudo que diente de víbora—un hijo ingrato? ¡Clama á mí! ¿Son tus penas pequeñas, pero dolorosas, como puntas menudas y punzadas de espinas? ¡Clama á mí! ¿Es tu carga pesada, como si fuera a quebrarte la espalda bajo su peso? ¡Clama á mí! Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo."
En el valle—en el monte—sobre la roca estéril—en el mar salado. Sumergido bajo las olas y levantado luego sobre la cresta de las aguas—en el horno cuando arden las brasas—en las puertas de la muerte cuando las fauces del infierno quisieran cerrarse sobre ti—no ceses, porque el mandamiento por siempre te habla, diciendo: "Clama á mí." La oración es aún poderosa y ha de prevalecer con Dios para traerte tu liberación. Estas son algunas de las razones por las cuales el privilegio de la súplica es hablado también en la Santa Escritura como un deber—hay muchas más—pero estas bastarán por esta mañana.
No debemos dejar nuestra primera parte hasta hacer otra observación. Debiéramos alegrarnos mucho de que Dios nos haya dado este mandato en Su Palabra, para que sea firme y perdurable. Podéis acudir a cincuenta pasajes donde se pronuncia el mismo precepto. No leo a menudo en la Escritura: "No matarás." "No codiciarás." Dos veces se da la Ley, pero a menudo leo preceptos del Evangelio, porque si la Ley se da dos veces, el Evangelio se da setenta veces siete. Por cada precepto que no puedo guardar a causa de ser débil por la carne, hallo mil preceptos que me es dulce y agradable guardar por el poder del Espíritu Santo que mora en los hijos de Dios.
Y este mandato de orar se insiste una y otra vez. Puede ser un ejercicio oportuno para algunos de vosotros descubrir cuántas veces en la Escritura se os dice que oréis. Os sorprenderá hallar cuántas veces se dan palabras como estas—"Invócame en el día de la angustia; te libraré." "Vosotros, pueblo, derramad delante de él vuestro corazón."
"Buscad á Jehová mientras puede ser hallado; llamadle en tanto que está cercano." "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá." "Velad y orad, para que no entréis en tentación." "Orad sin cesar." "Lleguémonos confiadamente al trono de la gracia." "Allegaos á Dios, y él se allegará á vosotros." "Perseverad en la oración."
No necesito multiplicar allí donde no podría de ningún modo agotar. Escojo dos o tres de este gran costal de perlas. Ven, cristiano, jamás deberías cuestionar si tienes derecho a orar—nunca deberías preguntar: "¿Se me permitirá entrar en Su Presencia?" Cuando tienes tantos mandatos, (y los mandatos de Dios son todos promesas y todos capacitaciones), puedes llegarte confiadamente al trono de la gracia por el camino nuevo y vivo a través del velo rasgado. Pero hay ocasiones en que Dios no sólo manda a Su pueblo orar en la Biblia—también les manda orar directamente por los impulsos de Su Espíritu Santo.
Vosotros que conocéis la vida interior me comprendéis al instante. Sentís de pronto, quizás en medio de los negocios, el pensamiento apremiante de que debéis retiraros a orar. Puede ser que al principio no prestéis particular atención a esa inclinación, pero vuelve una y otra y otra vez—"¡Retírate y ora!" Hallo que, en cuanto a la oración, yo mismo soy muy semejante a una rueda de agua que gira bien cuando hay abundancia de agua, pero que gira con muy poca fuerza cuando el arroyo va menguando. O como el barco que vuela sobre las olas desplegando todo su velamen cuando el viento es favorable, pero que ha de bordear con gran trabajo cuando hay poca brisa favorecedora.
Ahora bien, me parece que siempre que nuestro Señor os da la especial inclinación a orar, debierais redoblar vuestra diligencia. Siempre debierais orar y no desmayar—pero cuando Él os da el especial anhelo de oración y sentís una peculiar aptitud y deleite en ella, tenéis, por encima del mandato que os obliga de continuo, otro mandato que debiera compeleros a la gozosa obediencia. En tales momentos creo que podemos hallarnos en la posición de David, a quien el Señor dijo: "Cuando oyeres un estruendo que irá por las copas de los morales, entonces te moverás."
Aquel andar por las copas de los morales pudo haber sido el pisar de los ángeles que se apresuraban en socorro de David, y entonces David había de herir a los filisteos. Y cuando las misericordias de Dios están por llegar, su pisar son nuestros deseos de orar. Y nuestros deseos de orar debieran ser al punto una señal de que ha llegado el tiempo señalado para favorecer a Sion. ¡Siembra abundantemente ahora, porque puedes sembrar en esperanza! ¡Ara gozosamente ahora, porque tu cosecha es segura! ¡Lucha ahora, Jacob, porque estás a punto de ser hecho príncipe que prevalece, y tu nombre será llamado Israel! ¡Ahora es tu tiempo, mercaderes espirituales! El mercado está en alza, comerciad mucho—vuestra ganancia será grande. Cuidad de aprovechar muy bien la hora dorada y de segar vuestra cosecha mientras brilla el sol.
Cuando gozamos de visitaciones de lo alto, debiéramos ser peculiarmente constantes en la oración. Y si algún otro deber menos apremiante hubiera de tener el primer lugar por un tiempo, no estará mal, y en nada saldremos perdiendo—porque cuando Dios nos ordena orar de manera especial por los avisos de Su Espíritu, entonces debiéramos avivarnos en la oración.
II. Tomemos ahora el segundo punto—UNA RESPUESTA PROMETIDA. No debiéramos tolerar ni por un minuto el espantoso y penoso pensamiento de que Dios no responderá a la oración. Su Naturaleza, tal como se manifiesta en Cristo Jesús, lo exige. Él se ha revelado en el Evangelio como un Dios de amor, lleno de gracia y de verdad. ¿Y cómo podría negarse a ayudar a aquellas de Sus criaturas que humildemente, en Su propio camino señalado, buscan Su rostro y Su favor? En cierta ocasión, cuando el senado ateniense halló más conveniente reunirse al aire libre, mientras estaban sentados en sus deliberaciones, un gorrión, perseguido por un halcón, voló en dirección al senado.
Estando muy acosado por el ave de rapiña, buscó refugio en el seno de uno de los senadores. Él, siendo hombre de índole tosca y vulgar, tomó el ave de su seno, la estrelló contra el suelo y así la mató. Ante lo cual todo el senado se alzó en alboroto y, sin una sola voz que disintiera, lo condenó a muerte, por ser indigno de un asiento en el senado con ellos, o de ser llamado ateniense, si no prestaba socorro a una criatura que confiaba en él. ¿Podemos suponer que el Dios del cielo, cuya Naturaleza es amor, pudiera arrancar de Su seno a la pobre paloma temblorosa que huye del águila de la Justicia hacia el seno de Su Misericordia?
¿Nos hará Él la invitación de buscar Su rostro, y cuando nosotros, como Él sabe, con tanta trepidación de temor, reunimos, no obstante, valor suficiente para volar a Su seno—será entonces tan injusto e ingrato como para olvidarse de oír nuestro clamor y de respondernos? No pensemos tan duramente del Dios del cielo. Recordemos luego Su vasto Carácter, así como Su Naturaleza. Me refiero al Carácter que Él se ha ganado por Sus pasadas obras de gracia. Considerad, hermanos y hermanas míos, aquel estupendo despliegue de generosidad—si mencionara mil no podría dar mejor ilustración del Carácter de Dios que aquella sola obra—"El que aun á su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros." Y no es sólo inferencia mía, sino la conclusión inspirada de un Apóstol—"¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?"
Si el Señor no rehusó escuchar mi voz cuando yo era un pecador culpable y enemigo, ¿cómo podrá desatender mi clamor ahora que estoy justificado y salvo? ¿Cómo es que oyó la voz de mi miseria cuando mi corazón no la conocía ni quería buscar alivio, si después de todo no me oyera ahora que soy Su hijo, Su amigo? Las heridas manantes de Jesús son la segura garantía de la oración respondida. George Herbert representa, en aquel pintoresco poema suyo, "El Zurrón", al Salvador diciendo—
"Si algo tienes que enviar o escribir (No tengo zurrón, mas aquí hay lugar) A las manos y la vista de mi Padre, (Créeme) seguro llegará. Que yo atenderé lo que confíes Mira, muy cerca lo puedes poner De mi corazón, o si en adelante alguno de mis amigos me usare de este modo, la puerta seguirá abierta; lo que él envíe yo lo presentaré y algo más No para su daño."
Ciertamente el pensamiento de George Herbert era que la Expiación en sí misma era garantía de que la oración ha de ser oída—que la gran herida abierta cerca del corazón del Salvador, que dejó entrar la luz hasta las mismas profundidades del corazón de la Deidad—era prueba de que Aquel que se sienta en el cielo oiría el clamor de Su pueblo. Lees mal el Calvario si piensas que la oración es inútil. Pero, amados, tenemos la propia promesa del Señor para ello, y Él es un Dios que no puede mentir—"Invócame en el día de la angustia; te libraré." ¿No ha dicho: "Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá"? En verdad no podemos orar a menos que creamos esta doctrina—"porque es menester que el que á Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan."
Y si tenemos alguna duda siquiera acerca de si nuestra oración será oída, somos comparables a aquel que vacila—"porque el que duda es semejante á la onda de la mar, que es movida del viento, y echada de una parte á otra. No piense pues el tal hombre que recibirá cosa alguna del Señor." Además, aunque no es necesario, puede fortalecer el punto si añadimos que nuestra propia experiencia nos lleva a creer que Dios responderá a la oración. No debo hablar por vosotros, pero puedo hablar por mí. Si hay algo que sepa, algo de lo cual esté plenamente seguro más allá de toda duda, es que el aliento de la oración jamás se gasta en vano. Si ningún otro hombre aquí puede decirlo, yo me atrevo a decirlo, y sé que puedo probarlo.
Mi propia conversión es fruto de la oración—larga, afectuosa, ferviente, importuna. ¡Mis padres oraron por mí! Dios oyó sus clamores y aquí estoy para predicar el Evangelio. Desde entonces me he aventurado en algunas cosas que estaban muy por encima de mi capacidad, según yo pensaba. Pero nunca he fracasado, porque me he echado sobre el Señor. Sabéis, como iglesia, que no he tenido reparo en dar rienda suelta a grandes ideas de lo que podríamos hacer por Dios. Y hemos logrado todo lo que nos propusimos. He buscado la ayuda, la asistencia y el auxilio de Dios en todas mis múltiples empresas. Y aunque no puedo contar aquí la historia de mi vida privada en la obra de Dios, si se escribiera sería prueba permanente de que hay un Dios que responde a la oración.
Él ha oído mis oraciones, no de vez en cuando, ni una o dos veces, sino tantas veces que ha llegado a ser en mí un hábito exponer mi caso ante Dios con la absoluta certeza de que todo lo que pida a Dios, Él me lo dará. Ya no es un "quizás" ni una posibilidad—sé que mi Señor me responde, y no me atrevo a dudarlo. Sería, en verdad, necedad si lo hiciera. Así como estoy seguro de que cierta cantidad de palanca levantará un peso, así sé que cierta cantidad de oración obtendrá cualquier cosa de Dios. Como la nube de lluvia trae el aguacero, así la oración trae la bendición. Como la primavera esparce flores, así la súplica asegura misericordias. En toda labor hay provecho, pero sobre todo en la obra de la intercesión—de esto estoy seguro—porque lo he cosechado.
Así como pongo mi confianza en la moneda de la reina y jamás he fallado aún en comprar lo que quiero cuando presento el efectivo, así pongo mi confianza en las promesas de Dios, y pienso hacerlo hasta que descubra que Él me diga tan sólo una vez que son monedas falsas y que no sirven para comerciar en el mercado del cielo. Pero ¿por qué habría de hablar? Oh hermanos y hermanas, todos sabéis en vuestro propio interior que Dios oye la oración. Si no, ¿dónde está vuestro cristianismo? ¿Dónde está vuestra religión? Necesitaréis aprender cuáles son los primeros elementos de la Verdad de Dios, porque todos los santos, jóvenes o ancianos, dan por cierto que Él sí oye la oración.
No obstante, recordad que la oración siempre ha de ofrecerse en sumisión a la voluntad de Dios. Cuando decimos "Dios oye la oración", no queremos con ello dar a entender que siempre nos da literalmente lo que pedimos. Queremos decir, sin embargo, esto—que nos da lo que es mejor para nosotros. Y que si no nos da en plata la misericordia que pedimos, nos la concede en oro. Si no quita el aguijón de la carne, sin embargo dice: "Bástate mi gracia", y eso viene a ser lo mismo al fin. Lord Bolingbroke dijo a la condesa de Huntingdon: "No puedo comprender, Señoría, cómo puede usted conciliar la oración ferviente con la sumisión a la voluntad Divina."
"Milord", dijo ella, "eso no es cosa difícil. Si yo fuera cortesana de algún rey generoso, y él me diera permiso de pedirle cualquier favor que quisiera, seguramente lo plantearía así: 'Se dignará Su Majestad concederme graciosamente tal o cual favor—pero al mismo tiempo, aunque lo deseo mucho, si en algo detrajera del honor de Su Majestad, o si a juicio de Su Majestad pareciera mejor que yo no tuviese este favor, quedaré tan contenta de pasar sin él como de recibirlo.' Así que, ya veis, podría ofrecer fervientemente una petición y, con todo, dejarla sumisamente en manos del rey."
Así con Dios. Nunca ofrecemos oración sin insertar esa cláusula, ya sea en espíritu o en palabras: "Empero no como yo quiero, sino como tú. No se haga mi voluntad, sino la tuya." Sólo podemos orar sin un "si" cuando estamos bien seguros de que nuestra voluntad ha de ser la voluntad de Dios, porque la voluntad de Dios es plenamente nuestra voluntad. Un muy calumniado poeta ha dicho bien—"Hombre, considera tus oraciones como un propósito de amor para tu alma. Estima la Providencia que a ellas condujo como señal de la buena voluntad de Dios. Así orarás rectamente y tus palabras hallarán aceptación. También, al interceder por otros, sé agradecido por la plenitud de tu oración. Porque si tú estás presto a pedir, el Señor está más que presto a conceder. La sal preserva el mar, y los santos sostienen la tierra. Sus oraciones son los mil pilares que apuntalan el dosel de la Naturaleza.
"En verdad, una hora sin oración, de alguna mente terrenal, sería una maldición en el calendario del tiempo, una mancha de la negrura de las tinieblas. Quizás el terrible día en que el mundo haya de desplomarse en ruinas, será uno no blanqueado por la oración—¿hallará fe en la tierra? Porque hay una economía de misericordia, como de sabiduría, de poder y de medios. Ni se concede una sola bendición no pedida del tesoro del bien—y el corazón caritativo del Ser, de quien depender es felicidad, jamás retiene un don, mientras Su súbdito ora. Sí, pide lo que quieras, hasta el segundo trono del cielo, tuyo es, pues para ti fue destinado. No hay límite para la oración—pero si dejas de pedir, tiembla, criatura suspendida de ti misma, porque tu fuerza es cortada como lo fue la de Sansón—y ha llegado la hora de tu condenación."
III. Llego a nuestro tercer punto, que a mi juicio está lleno de aliento para todos los que ejercitan el santo arte de la oración—ALIENTO PARA LA FE. "Te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes." Notemos tan sólo que esto fue dicho originalmente a un Profeta en la cárcel, y por tanto se aplica, en primer lugar, a todo maestro, y, en verdad, como todo maestro ha de ser un aprendiz, tiene relación con todo aprendiz de la Verdad Divina.
La mejor manera por la cual un profeta, un maestro y un aprendiz pueden conocer las Verdades reservadas de Dios—las Verdades más altas y misteriosas de Dios—es esperando en Dios en oración. Noté muy especialmente ayer, al leer el Libro del Profeta Daniel, cómo Daniel descubrió el sueño de Nabucodonosor. Los adivinos, los magos, los astrólogos de los caldeos sacaron sus libros curiosos y sus instrumentos de extraño aspecto y comenzaron a mascullar su abracadabra y toda suerte de conjuros misteriosos, pero todos fallaron.
¿Qué hizo Daniel? Se dispuso a la oración, y sabiendo que la oración de un cuerpo unido de hombres tiene más eficacia que la oración de uno solo, hallamos que Daniel convocó a sus compañeros y les mandó unirse con él en ferviente oración para que Dios se dignara, en Su infinita misericordia, revelar la visión. "Fuése luego Daniel á su casa, y declaró el negocio á Ananías, Misael, y Azarías, sus compañeros, para demandar misericordias del Dios del cielo sobre este misterio, y que Daniel y sus compañeros no pereciesen con los otros sabios de Babilonia."
Y en el caso de Juan, que fue el Daniel del Nuevo Testamento, recordáis que vio un libro en la mano derecha de Aquel que estaba sentado en el Trono—un libro sellado con siete sellos que ninguno fue hallado digno de abrir ni de mirar. ¿Qué hizo Juan? El libro fue luego abierto por el León de la Tribu de Judá, que había prevalecido para abrir el libro. Pero está escrito, primero, antes de que el libro fuese abierto: "Y yo lloraba mucho." Sí, y las lágrimas de Juan, que eran sus oraciones líquidas, fueron, en lo que a él tocaba, las sagradas llaves con que fue abierto el libro plegado.
Hermanos en el ministerio, vosotros que sois maestros en la escuela dominical, y todos vosotros que sois aprendices en el colegio de Cristo Jesús, os ruego recordéis que la oración es vuestro mejor medio de estudio—como Daniel, entenderéis el sueño y la interpretación cuando hayáis buscado a Dios. Y como Juan, veréis desatados los siete sellos de la preciosa Verdad de Dios después de haber llorado mucho. "Sí, si clamares á la inteligencia, y á la prudencia dieres tu voz; si como á la plata la buscares, y la escudriñares como á tesoros; entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios."
Las piedras no se quiebran sino por el uso diligente del martillo. Y el picapedrero suele ponerse de rodillas. Usa el martillo de la diligencia y ejerza también las rodillas de la oración, y no hay doctrina pétrea en la Revelación que te sea útil comprender que no salte hecha añicos bajo el ejercicio de la oración y la fe. "Bene orasse est bene studuisse" fue una sabia sentencia de Lutero que ha sido tan a menudo citada que apenas nos atrevemos sino a insinuarla. "Haber orado bien es haber estudiado bien."
Puedes abrirte paso por todo con la palanca de las oraciones. Los pensamientos y los razonamientos pueden ser como las cuñas de acero que abren un camino hacia la Verdad de Dios. Pero la oración es la palanca que fuerza la apertura del cofre de hierro del sagrado misterio, para que podamos alcanzar el tesoro que allí está escondido para quienes pueden abrirse paso hasta él. El reino de los cielos aún padece violencia, y los violentos lo arrebatan. Cuida de trabajar siempre con el poderoso instrumento de la oración, y nada podrá resistirte.
No debemos, sin embargo, detenernos ahí. Hemos aplicado el texto a un solo caso—es aplicable a cien. Escogemos otro. El santo puede esperar descubrir una experiencia más honda y conocer más de la vida espiritual superior por estar mucho en oración. Hay diferentes traducciones de mi texto. Una versión lo vierte así: "Te enseñaré cosas grandes y fortificadas que tú no sabes." Otra lee: "Cosas grandes y reservadas que tú no sabes." Ahora bien, no todos los desarrollos de la vida espiritual son de igual fácil alcance. Están los estados y sentimientos comunes de arrepentimiento, de fe, de gozo y de esperanza que disfruta toda la familia—pero hay un reino superior de arrobamiento, de comunión y de consciente unión con Cristo—que dista mucho de ser la morada común de los creyentes.
Todos los creyentes ven a Cristo, pero no todos los creyentes meten sus dedos en las marcas de los clavos, ni meten su mano en Su costado. No tenemos el alto privilegio de Juan de recostarnos sobre el pecho de Jesús, ni el de Pablo de ser arrebatados al tercer cielo. En el arca de la salvación hallamos un piso bajo, un segundo y un tercero. Todos están en el arca, pero no todos están en el mismo piso. La mayoría de los cristianos, en cuanto al río de la experiencia, sólo están hasta los tobillos. Algunos otros han vadeado hasta que la corriente les llega a las rodillas. Unos pocos la hallan hasta el pecho. Y unos pocos—¡oh, cuán pocos!—la hallan un río en que nadar, cuyo fondo no pueden tocar.
Hermanos míos, hay alturas en el conocimiento experimental de las cosas de Dios que el ojo de águila de la agudeza y el pensamiento filosófico jamás han visto. Y hay sendas secretas que el cachorro de león de la razón y del juicio no ha aprendido aún a recorrer. Sólo Dios puede llevarnos allá, pero el carro en que Él nos sube, y los ígneos corceles que arrastran ese carro, son las ORACIONES que prevalecen. La oración que prevalece es victoriosa sobre el Dios de Misericordia. "Con su fortaleza venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó: en Bet-el le halló, y allí habló con nosotros." La oración que prevalece lleva al cristiano al Carmelo y le capacita para cubrir el cielo de nubes de bendición y la tierra de raudales de misericordia.
La oración que prevalece eleva al cristiano al Pisga y le muestra la heredad reservada. Sí, y le eleva al Tabor y le transfigura, hasta que, a la semejanza de su Señor, como Él es, así somos nosotros. En este mundo, si quieres alcanzar algo más alto que la ordinaria experiencia rastrera, mira a la Roca que es más alta que tú, y mira con el ojo de la fe por las ventanas de la oración importuna. Para crecer entonces en experiencia, ha de haber mucha oración.
Habéis de tener paciencia conmigo mientras aplico este texto a dos o tres casos más. Es ciertamente verdad respecto del que sufre bajo la prueba—si espera en Dios en oración recibirá liberaciones mucho mayores de las que jamás ha soñado—"cosas grandes y dificultosas que tú no sabes." He aquí el testimonio de Jeremías—"Acercástete el día que te invoqué: dijiste: No temas. Abogaste, Señor, la causa de mi alma; redimiste mi vida." Y el de David es el mismo—"En la angustia invoqué á Jehová, y Jehová me respondió, y púsome en anchura... Alabarte he, porque me has oído, y me fuiste por salud."
Y otra vez más—"Habiendo empero clamado á Jehová en su angustia, librólos de sus aflicciones: y encaminólos por camino derecho, para que viniesen á ciudad de población." "Mi marido ha muerto", dijo la pobre mujer, "y el acreedor viene a tomar a mis dos hijos por siervos." Ella esperaba que Eliseo tal vez dijera: "¿Cuáles son tus deudas? Yo las pagaré." En vez de eso, él le multiplica el aceite hasta que está escrito: "Ve, vende el aceite, y paga á tus acreedores; y tú y tus hijos"—¿cuál era el "y tú y tus hijos"?—"vivid de lo que quedare." Así sucederá a menudo que Dios no sólo ayudará a Su pueblo a pasar por los lugares cenagosos del camino de modo que apenas queden en pie al otro lado del tremedal—sino que los llevará seguros mucho más adelante en la jornada.
Aquel fue un milagro notable, cuando en medio de la tempestad Jesucristo vino andando sobre el mar. Los discípulos le recibieron en la nave, y no sólo se calmó el mar, sino que está escrito: "Y luego la nave llegó á la tierra donde iban." Aquella fue misericordia por encima de lo que pidieron. A veces os oigo orar y hacer uso de una cita que no está en la Biblia—"El es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o aun pensamos." No está así escrito en la Biblia. No sé lo que podemos pedir ni lo que podemos pensar. Pero sí se dice: "El es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos."
Digamos, pues, queridos amigos, cuando estemos en gran prueba, tan sólo esto: "Ahora estoy en la cárcel. Como Jeremías oraré como él lo hizo, porque tengo el mandato de Dios de hacerlo. Y velaré como él veló, esperando que Él me muestre misericordias reservadas de las que nada sé al presente." Él no sólo traerá a Su pueblo a través de la batalla, cubriendo sus cabezas en ella, sino que los sacará con banderas ondeantes para repartir el despojo con los fuertes y reclamar su porción con los poderosos. ¡Esperad grandes cosas de un Dios que da promesas tan grandes como estas!
De nuevo, he aquí aliento para el obrero. La mayoría de vosotros estáis haciendo algo por Cristo. Me alegra poder decir esto, sabiendo que no os adulo. Queridos amigos míos, esperad mucho en Dios en oración y tenéis la promesa de que Él hará por vosotros cosas mayores de las que sabéis. No sabemos cuánta capacidad de utilidad puede haber en nosotros. Aquella quijada de asno que yace allí sobre la tierra—¿qué puede hacer? Nadie sabe lo que puede hacer. Llega a las manos de Sansón—¿qué no puede hacer? ¡Nadie sabe lo que ahora no puede hacer, cuando un Sansón la empuña! Y tú, amigo, a menudo te has creído tan despreciable como aquel hueso, y has dicho: "¿Qué puedo yo hacer?" Sí, pero cuando Cristo, por Su Espíritu, te aferra—¿qué no podrás hacer?
En verdad puedes adoptar el lenguaje de Pablo y decir: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece." Sin embargo, no dependas de la oración sin esfuerzo. En cierta escuela había una niña que conocía al Señor. Era una niña muy llena de gracia, de corazón sencillo y confiado. Como de costumbre, la Gracia Divina se desarrolló en la niña conforme a la posición de la niña. Sus lecciones eran siempre las mejor recitadas de la clase. Otra niña le dijo: "¿Cómo es que tus lecciones están siempre tan bien dichas?" "Le pido a Dios que me ayude", dijo ella, "a aprender mi lección." "Pues bien", pensó la otra, "entonces yo haré lo mismo." A la mañana siguiente, cuando se levantó en la clase, no sabía nada. Y cuando se halló en desgracia, se quejó a la otra: "Le pedí a Dios que me ayudara a aprender mi lección y no sé nada de ella. ¿De qué sirve la oración?"
"Pero ¿te sentaste y trataste de aprenderla?" "Oh, no", dijo ella, "ni siquiera miré el libro." "Ah, entonces", dijo la otra, "yo pedí a Dios que me ayudara a aprender mi lección—pero luego me senté a ella con aplicación, y seguí en ella hasta saberla bien, y la aprendí con facilidad, porque mi ferviente deseo, que había expresado a Dios, era: ayúdame a ser diligente en procurar cumplir con mi deber." Así es con algunos que vienen a las reuniones de oración y oran, y luego cruzan los brazos y se van, esperando que la obra de Dios siga adelante. Como aquella mujer negra que cantaba: "Vuela por el mundo, poderoso Evangelio", pero sin poner un centavo en el plato—de modo que su amiga la tocó y le dijo: "Pero ¿cómo va a volar si no le das alas con qué volar?"
Hay muchos que parecen ser muy poderosos en la oración, ¡admirables en las súplicas! Pero luego exigen que Dios haga lo que ellos mismos pueden hacer, y por eso Dios no hace nada en absoluto por ellos. "Dejaré mi camello desatado", dijo cierta vez un árabe a Mahoma, "y confiaré en la providencia." "Átalo", dijo Mahoma, "y luego confía en la providencia." Así que tú, que dices: "Oraré y confiaré mi iglesia, o mi clase, o mi obra a la bondad de Dios", oye más bien la voz de la Experiencia y de la Sabiduría que dice: "Haz lo mejor que puedas. Trabaja como si todo dependiera de tu afán—como si tu propio empeño hubiera de traer tu salvación. Y cuando lo hayas hecho todo, échate sobre Aquel sin el cual en vano es madrugar y velar hasta tarde y comer el pan de la congoja. Y si Él te da éxito, dale la alabanza."
No os detendré muchos minutos más, pero quiero notar que esta promesa debiera ser útil para consuelo de los que interceden por otros. Vosotros que estáis clamando a Dios para que salve a vuestros hijos, para que bendiga a vuestros vecinos, para que se acuerde con misericordia de vuestros esposos o de vuestras esposas, podéis tomar consuelo de esto. "Te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes." Un célebre ministro del siglo pasado, un tal señor Bailey, era hijo de una madre piadosa. Esta madre casi había cesado de orar por su marido, que era hombre de la más impía condición y amargo perseguidor.
La madre oraba por su hijo, y cuando este tenía aún once o doce años, la misericordia eterna se encontró con él. Tan dulcemente fue instruido el niño en las cosas del reino de Dios que la madre le pidió—y por algún tiempo siempre lo hizo—que dirigiera el culto familiar en la casa. Mañana y tarde este pequeño abría la Biblia. Y aunque el padre no se dignaba detenerse para el culto familiar, en cierta ocasión sintió curiosidad por saber "qué tal se las arreglaría el muchacho", de modo que se detuvo al otro lado de la puerta, ¡y Dios bendijo la oración de su propio hijo, menor de trece años, para la conversión del padre!
Dijo la madre: "Bien pude haber leído mi texto con los ojos anegados en lágrimas y haber dicho: 'Sí, Señor, me has mostrado cosas grandes y dificultosas que yo no sabía. No sólo has salvado a mi niño, sino que por medio de mi niño has traído a mi marido a la Verdad.'" No podéis imaginar cuán grandemente os bendecirá Dios. Sólo id y estad a Su puerta—no podéis decir qué hay en reserva para vosotros. Si no pedís nada, nada obtendréis. Pero si pedís, tal vez no sólo os dé, por así decirlo, los huesos y las sobras, sino que diga al siervo de Su mesa: "Toma ese manjar exquisito y ponlo delante del pobre."
Rut fue a espigar. Esperaba conseguir unas cuantas buenas espigas—pero Booz dijo: "Aun entre las gavillas la dejaréis espigar, y no la avergoncéis." Le dijo además: "A la hora de comer allégate aquí, y come del pan, y moja tu bocado en el vinagre." Halló un marido donde sólo esperaba hallar un puñado de cebada. Así, en la oración por otros, Dios puede darnos tales misericordias que quedemos atónitos ante ellas, cuando esperábamos poco. Oíd lo que se dice de Job y aprended su lección: "Y mi siervo Job orará por vosotros; porque de cierto á él atenderé para no trataros afrentosamente, por cuanto no habéis hablado por mí lo recto, como mi siervo Job... Y mudó Jehová la aflicción de Job, orando él por sus amigos: y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job."
Ahora, esta palabra para concluir. Algunos de vosotros sois buscadores de vuestra propia conversión. Dios os ha avivado a la solemne oración por vuestras propias almas. No os contentáis con ir al infierno. Queréis el cielo. Queréis ser lavados en la sangre preciosa—queréis la vida eterna. Queridos amigos, os ruego que toméis este texto—Dios mismo os lo dice—"Clama á mí, y te responderé, y te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes." Tomad al punto a Dios en Su Palabra. Id a casa—entrad en vuestro aposento, cerrad la puerta y ¡probadle!
Joven, te digo, ¡prueba al Señor! Joven mujer, pruébale—¡ve si es verdadero o no! Si Dios es verdadero, no puedes buscar misericordia de Su mano por medio de Jesucristo y recibir una respuesta negativa. Él ha de hacerlo—porque Su propia promesa y Su Carácter le obligan a ello—¡abrir la puerta de la Misericordia a ti que llamas con todo tu corazón! Dios te ayude a que, creyendo en Cristo Jesús, clames en alta voz a Dios, ¡y Su respuesta de paz ya viene en camino a tu encuentro! Le oirás decir: "Tus muchos pecados te son todos perdonados." El Señor te bendiga por amor de Su amor. Amén.
[NOTA—En un sermón anterior, al denunciar el error de la "no confesión del pecado por los creyentes", imputamos equivocadamente esa gruesa herejía a los Hermanos de Plymouth. Desde entonces hemos sabido que las personas a quienes aludíamos han sido expulsadas de ese cuerpo, y por tanto deseamos exonerar a la comunidad de una falta de la que no son culpables. Lamentamos haber hecho esta acusación, pues lejos está de nuestro deseo hablar mal de nadie, mas no teníamos conocimiento de la expulsión de las personas culpables.]
Dominio público. Texto original de la edición original.