Sermón · 32 min de lectura· 1855 · Avanzada
Dulce consuelo para los santos débiles
Charles H. SpurgeonTexto
Mateo 12:20
Traducción por IA — pendiente de revisión
En breve
La fama prefiere a los hombres de bronce y de hierro y pasa de largo ante los demás, empieza Spurgeon, y ese es el suelo sobre el que se levanta su texto. La caña cascada y el pábilo humeante no son solo débiles, sino inservibles, de ningún provecho para nadie salvo para el Cristo que no los quebrará ni los apagará. Acaba defendiendo la fe de los niños pequeños frente a quienes los juzgan demasiado adelantados.
“La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque á victoria el juicio”—Mateo 12:20.
La parlanchina fama siempre gusta de hablar de uno u otro hombre. A algunos pregona su gloria, y ensalza su honra por encima de los cielos. Algunos son sus favoritos, y sus nombres se graban en el mármol, y se oyen en toda tierra y en todo clima. La fama no es juez imparcial; tiene sus favoritos. A unos los ensalza, los exalta y casi los diviniza; a otros, cuyas virtudes son mucho mayores y cuyo carácter es más digno de alabanza, los pasa por alto sin reparar en ellos, y pone el dedo del silencio sobre sus labios. Por lo general hallaréis que las personas amadas por la fama son hombres hechos de bronce o de hierro, y fundidos en un molde tosco. La fama acaricia a César, porque gobernó la tierra con vara de hierro. La fama ama a Lutero, porque con osadía y hombría desafió al Papa de Roma, y con el ceño fruncido se atrevió a reírse de los truenos del Vaticano. La fama admira a Knox, porque fue severo y se mostró el más valiente de los valientes. Por lo común la hallaréis escogiendo a los hombres de fuego y de temple, que se plantaron ante sus semejantes sin temerles; hombres hechos de valor; que eran macizos bloques de intrepidez, y jamás supieron lo que era la timidez. Pero ya sabéis que hay otra clase de personas igualmente virtuosas, e igualmente dignas de estima —quizá aún más— a quienes la fama olvida por completo. No la oís hablar del apacible Melanchthon —dice muy poco de él— y sin embargo hizo tanto, quizá, en la Reforma como el mismo poderoso Lutero. No oís a la fama hablar mucho del dulce y bienaventurado Rutherford, ni de las celestiales palabras que destilaban de sus labios; ni del arzobispo Leighton, de quien se decía que jamás perdió la paciencia en toda su vida. Ella ama los ásperos picos de granito que desafían la nube de tormenta; no le importa la piedra más humilde del valle, sobre la cual descansa el viajero fatigado; quiere algo osado y prominente; algo que corteje la popularidad; algo que sobresalga ante el mundo. No le importan los que se retiran a la sombra. De ahí, hermanos míos, que el bienaventurado Jesús, nuestro adorable Maestro, haya escapado a la fama. Nadie habla mucho de Jesús, sino sus seguidores. No hallamos su nombre escrito entre los grandes y poderosos; aunque, en verdad, es el más grande, el más poderoso, el más santo, el más puro y el mejor de los hombres que jamás vivieron; pero por cuanto fue el “Jesús gentil, manso y apacible”, y fue enfáticamente el hombre cuyo reino no es de este mundo; por cuanto nada tenía de áspero, sino que era todo amor; por cuanto sus palabras eran más suaves que la manteca, y su hablar más blando en su fluir que el aceite; por cuanto jamás hombre alguno habló tan dulcemente como este hombre; por eso es descuidado y olvidado. No vino a ser conquistador con su espada, ni un Mahoma con su ardiente elocuencia; sino que vino a hablar con un “silbo apacible y delicado”, que ablanda el corazón de piedra; que venda al quebrantado de espíritu, y que de continuo dice: “Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados”; “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Jesucristo era toda gentileza; y por eso no ha sido ensalzado entre los hombres como de otro modo lo hubiera sido. ¡Amados! nuestro texto está lleno de gentileza; parece haber sido empapado en amor; y espero poder mostraros algo de la inmensa simpatía y de la poderosa ternura de Jesús, al intentar hablar de él. Hay tres cosas que notar: primero, la fragilidad mortal; segundo, la compasión divina; y tercero, el triunfo seguro—“hasta que saque á victoria el juicio”.
—caña cascada y pábilo humeante— dos metáforas muy sugerentes, y muy llenas de significado. Si no fuera demasiado fantasioso —y si lo es, sé que me disculparéis— diría que la caña cascada es emblema del pecador en la primera etapa de su convicción. La obra del Espíritu Santo de Dios comienza magullando. Para ser salvo, el barbecho ha de ser arado; el corazón duro ha de ser quebrantado; la roca ha de ser hendida en pedazos. Dice un antiguo teólogo que no se llega al cielo sin pasar muy cerca de las puertas del infierno —sin mucha tribulación del alma y ejercicio del corazón—. Entiendo, pues, que la caña cascada es retrato del pobre pecador cuando Dios comienza por primera vez su obra sobre el alma; es como una caña cascada, casi enteramente quebrada y consumida; hay muy poca fuerza en él. El pábilo humeante lo concibo como un cristiano descarriado; uno que fue en su día una luz que ardía y alumbraba, pero que por descuidar los medios de gracia, por retirarse el Espíritu de Dios, y por caer en pecado, su luz está casi apagada —no del todo—, nunca puede apagarse, pues Cristo dice: “No lo apagaré”; sino que viene a ser como una lámpara mal provista de aceite —casi inútil—. No está del todo extinguida —humea—; fue una lámpara útil en otro tiempo, pero ahora ha venido a ser como pábilo humeante. Así que creo que estas metáforas muy probablemente describen al pecador contrito como caña cascada, y al cristiano descarriado como pábilo humeante. Con todo, no me detendré en hacer tal división, sino que juntaré ambas metáforas, y espero que podamos extraer de ellas algunos pensamientos.
Y primero, el aliento que ofrece nuestro texto se aplica a los débiles. ¿Qué hay en el mundo más débil que la caña cascada, o el pábilo humeante? Una caña que crece en el pantano o la ciénaga: que se pose sobre ella el pato silvestre, y se rompe; que el pie del hombre la roce, y queda magullada y quebrada; cada viento que viene aullando a través del río la hace estremecer de un lado a otro, y casi la arranca de raíz. No podéis concebir nada más frágil ni quebradizo, ni cuya existencia dependa más de las circunstancias, que una caña cascada. Mirad luego el pábilo humeante —¿qué es? Tiene dentro una chispa, es verdad, pero está casi sofocada; el soplo de un niño podría apagarla; o las lágrimas de una doncella la extinguirían en un momento; nada tiene existencia más precaria que la pequeña chispa oculta en el pábilo humeante. Cosas débiles, ya veis, se describen aquí. Pues bien, de ellas dice Cristo: “El pábilo humeante no apagaré; la caña cascada no quebraré”. Dejadme ir en busca de los débiles. ¡Ah! no tendré que ir lejos. Hay muchos en esta casa de oración esta mañana que son en verdad débiles. A algunos hijos de Dios, bendito sea su nombre, se les hace fuertes para hacer grandes obras por él; Dios tiene aquí y allá sus Sansones que pueden arrancar las puertas de Gaza, y llevarlas a la cumbre del monte; tiene aquí y allá sus poderosos Gedeones, que pueden ir al campamento de los madianitas y derrocar sus huestes; tiene sus hombres valientes, que pueden bajar al foso en invierno y matar a los leones; pero la mayoría de su pueblo es una raza tímida y débil. Son como los estorninos que se asustan de cada transeúnte; una pequeña grey temerosa. Si viene la tentación, caen ante ella; si viene la prueba, quedan abrumados por ella; su frágil esquife es zarandeado arriba y abajo por cada ola; y cuando viene el viento, son arrastrados como un ave marina sobre la cresta de las olas; cosas débiles, sin fortaleza, sin fuerza, sin poder, sin potencia. ¡Ah! queridos amigos, sé que ahora he tomado algunas de vuestras manos, y también vuestros corazones; porque estáis diciendo: “¡Débil! Ah, eso soy. Bien a menudo me veo forzado a decir: querría, pero no puedo cantar; querría, pero no puedo orar; querría, pero no puedo creer”. Estáis diciendo que no podéis hacer nada; vuestras mejores resoluciones son débiles y vanas; y cuando clamáis: “Renueva mi fuerza”, os sentís más débiles que antes. Sois débiles, ¿verdad? ¿Cañas cascadas y pábilo humeante? Bendito sea Dios, entonces este texto es para vosotros. Me alegro de que podáis entrar bajo el nombre de débiles, pues aquí hay una promesa de que él jamás los quebrará ni los apagará, sino que los sostendrá y los mantendrá en pie. Sé que hay aquí algunas personas muy fuertes —quiero decir fuertes en su propia opinión—. A menudo me encuentro con personas que no confesarían semejante debilidad. Son de mente fuerte. Dicen: “¿Cree usted que caemos en pecado, señor? ¿Nos dice que nuestros corazones son corrompidos? No creemos tal cosa; somos buenos, y puros, y rectos; tenemos fortaleza y poder”. A vosotros no os predico esta mañana; a vosotros nada os digo; pero tened cuidado —vuestra fortaleza es vanidad, vuestro poder es un engaño, vuestra fuerza es mentira—; porque por mucho que os jactéis de lo que podéis hacer, ha de pasar; cuando lleguéis al verdadero combate con la muerte, hallaréis que no tenéis fuerza para luchar con ella; cuando venga uno de estos días de fuerte tentación, os asirá, hombre moral, y caeréis; y la gloriosa librea de vuestra moralidad quedará tan manchada, que aunque lavéis vuestras manos con agua de nieve, y os limpiéis cuanto podáis, quedaréis tan contaminados que vuestras propias ropas os abominarán. Creo que es cosa bienaventurada ser débil. El débil es cosa sagrada; el Espíritu Santo lo ha hecho tal. ¿Podéis decir: “Ninguna fuerza tengo”? Entonces este texto es para vosotros.
En segundo lugar, las cosas mencionadas en nuestro texto no solo son débiles, sino cosas sin valor. He oído de un hombre que recogía un alfiler al caminar por la calle, por principio de economía; pero jamás he oído de un hombre que se detuviera a recoger cañas cascadas. No vale la pena tenerlas. ¿Quién querría tener una caña cascada —un trozo de junco tendido en el suelo? Todos la despreciamos como cosa sin valor. Y el pábilo humeante, ¿qué vale? Es cosa ofensiva y nociva; pero su valor es nada. Nadie daría un chasquido de dedos ni por la caña cascada ni por el pábilo humeante. Pues bien, amados, a nuestro parecer muchos de nosotros somos cosas sin valor. Hay algunos aquí que, si pudieran pesarse en la balanza del santuario, y poner sus propios corazones en la balanza de la conciencia, aparecerían buenos para nada —sin valor, inútiles—. Hubo un tiempo en que os teníais por las mejores personas del mundo —en que si alguno hubiera dicho que teníais más de lo que merecíais, os habríais rebelado, diciendo: “Creo que soy tan bueno como los demás”—. Os teníais por algo maravilloso —extremadamente dignos del amor y del favor de Dios—; pero ahora os sentís sin valor. A veces imagináis que Dios apenas puede saber dónde estáis, tan despreciable criatura sois —tan sin valor— indignos de su consideración. Podéis comprender cómo puede él mirar a un animálculo en una gota de agua, o a un grano de polvo en el rayo de sol, o al insecto de la tarde de verano; pero apenas podéis decir cómo puede pensar en vosotros, tan sin valor parecéis —un vacío muerto en el mundo, una cosa inútil—. Decís: “¿De qué sirvo? No hago nada. En cuanto a un ministro del evangelio, es de algún servicio; en cuanto a un diácono de la iglesia, es de alguna utilidad; en cuanto a un maestro de escuela dominical, hace algún bien; pero ¿de qué servicio soy yo?”. Mas la misma pregunta podría hacerse aquí. ¿De qué sirve una caña cascada? ¿Puede un hombre apoyarse en ella? ¿Puede un hombre fortalecerse con ella? ¿Será columna en mi casa? ¿Podéis unirla en la flauta de Pan, y hacer que salga música de una caña cascada? ¡Ah! no; no es de servicio alguno. ¿Y de qué sirve el pábilo humeante? El viajero de medianoche no puede ser alumbrado por él; el estudiante no puede leer a su llama. No sirve de nada; los hombres lo arrojan al fuego y lo consumen. ¡Ah! así habláis de vosotros mismos. Sois buenos para nada, y también lo son estas cosas. Pero Cristo no os desechará porque no tengáis valor. No sabéis de qué utilidad podéis ser, ni podéis decir cuánto os estima Jesucristo, después de todo. Hay allí una buena mujer, una madre, quizá, que dice: “Bien, no salgo a menudo —guardo la casa con mis hijos, y me parece que no hago ningún bien”—. Madre, no digas tal cosa: tu posición es alta, elevada y de gran responsabilidad; y al criar hijos para el Señor, haces por su nombre tanto como aquel elocuente Apolos, que con tanto valor predicó la palabra. Y tú, pobre hombre, todo lo que puedes hacer es afanarte de la mañana a la noche, y ganar apenas lo bastante para vivir día a día; nada tienes que dar, y cuando vas a la escuela dominical, apenas puedes leer, no puedes enseñar mucho —bien, pero a aquel a quien poco se da, poco se le exige—. ¿No sabéis que hay tal cosa como glorificar a Dios barriendo un cruce de calle? Si dos ángeles fueran enviados a la tierra, el uno a gobernar un imperio, y el otro a barrer una calle, no tendrían preferencia alguna en el asunto, con tal que Dios se lo ordenara. Así Dios, en su providencia, te ha llamado a trabajar duro por tu pan de cada día; hazlo para su gloria. “Si pues coméis, ó bebéis, ó hacéis otra cosa, hacedlo todo á gloria de Dios”. Pero, ¡ah! sé que hay algunos de vosotros aquí que parecéis inútiles para la Iglesia. Hacéis todo cuanto podéis; pero cuando lo habéis hecho, no es nada; no podéis ayudarnos ni con dinero, ni con talentos, ni con tiempo, y por eso pensáis que Dios ha de desecharos. Pensáis que si fuerais como Pablo o Pedro estaríais seguros. ¡Ah! amados, no habléis así; Jesucristo dice que no apagará el pábilo inútil, ni quebrará la caña cascada sin valor; algo tiene para los inútiles y para los sin valor. Pero notad bien, no digo esto para excusar la pereza —para excusar a los que pueden hacer, y no hacen; eso es cosa muy distinta—. Hay un látigo para el asno, un azote para los perezosos, y a veces han de recibirlo. Hablo ahora de los que no pueden hacerlo; no de Isacar, que es como un asno fuerte, echado entre dos cargas, y demasiado perezoso para levantarse con ellas. Nada digo a favor del holgazán, que no ara a causa del frío, sino de los hombres y mujeres que verdaderamente sienten que pueden ser de poco servicio —que no pueden hacer más—; y a tales, las palabras del texto les son aplicables.
Haremos ahora otra observación. Las dos cosas aquí mencionadas son cosas ofensivas. Una caña cascada es ofensiva, pues creo que hay aquí una alusión a la flauta de Pan, que todos sabéis son cañas unidas, a lo largo de las cuales un hombre mueve la boca, produciendo así cierta clase de música. Este es el órgano, según creo, que inventó Jubal, y que David menciona, pues es cierto que el órgano que hoy usamos no estaba entonces en uso. La caña cascada, pues, echaría a perder por supuesto la melodía de todas las flautas; un tubo defectuoso dejaría escapar el aire de tal modo que produciría un sonido discordante, o ningún sonido en absoluto, de suerte que el impulso de uno sería sacar el tubo y poner otro nuevo. Y en cuanto al pábilo humeante, el pabilo de una vela o cosa semejante, no necesito deciros que el humo es ofensivo. Para mí ningún olor en todo el mundo es tan abominablemente ofensivo como el pábilo humeante. Pero dicen algunos: “¿Cómo podéis hablar en estilo tan bajo?”. No he descendido más de lo que yo mismo puedo descender, ni más bajo de lo que vosotros podéis descender conmigo; pues estoy seguro de que, si Dios el Espíritu Santo os ha humillado de veras, sois tan ofensivos a vuestras propias almas, y tan ofensivos a Dios, como lo sería una caña cascada entre las flautas, o el pábilo humeante a los ojos y a la nariz. A menudo pienso en el querido y anciano Juan Bunyan, cuando dijo que deseaba que Dios lo hubiera hecho sapo, o rana, o serpiente, o cualquier cosa antes que hombre, pues se sentía tan ofensivo. ¡Oh! puedo concebir un nido de víboras, y pienso que son aborrecibles; puedo imaginar un charco de toda suerte de criaturas repugnantes, engendrando corrupción, pero no hay nada ni la mitad de digno de aborrecimiento que el corazón humano. Dios libra de todos los ojos, salvo de los suyos, esa horrenda visión —un corazón humano—; y si tú y yo pudiéramos ver una sola vez nuestro corazón, seríamos llevados a la locura, tan horrible sería la visión. ¿Te sientes así? ¿Sientes que has de ser ofensivo a los ojos de Dios —que de tal modo te has rebelado contra él, de tal modo te has apartado de sus mandamientos, que de cierto has de serle aborrecible? Si es así, mi texto es tuyo.
Ahora bien, puedo imaginar aquí esta mañana a alguna mujer que se ha desviado de las sendas de la virtud; y mientras está de pie allá arriba en la muchedumbre, o sentada, se siente como si no tuviera derecho a pisar estos atrios sagrados, ni a estar entre el pueblo de Dios. Piensa que Dios casi podría hacer que la capilla se desplomara sobre ella para destruirla, tan gran pecadora es. No importa, ¡caña quebrada y pábilo humeante! Aunque seas el escarnio de los hombres, y repugnante a ti misma, con todo Jesús te dice: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más, para que no te venga alguna cosa peor”. Hay aquí algún hombre que tiene en su corazón algo que yo no sé —que quizá ha cometido en secreto crímenes que no mencionaremos en público—; sus pecados se le pegan como sanguijuela, y le roban todo consuelo. Aquí estás tú, joven, temblando y estremeciéndote, no sea que tu crimen se divulgue ante el alto cielo; estás abatido, magullado como una caña, humeando como el pábilo. ¡Ah! también para ti tengo una palabra. ¡Consuelo! ¡consuelo! ¡consuelo! No desesperes; pues Jesús dice que no apagará el pábilo humeante, ni quebrará la caña cascada.
Y con todo, queridos amigos, hay un pensamiento más antes de apartarme de este punto. Ambas cosas, por muy sin valor que sean, pueden aún ser de algún servicio. Cuando Dios pone su mano sobre un hombre, si antes era inútil y sin valor, puede hacerlo muy valioso. Sabéis que el precio de un artículo no depende tanto del valor de la materia prima con que se comienza —cañas cascadas y pábilo humeante—; pero por la obra divina ambas cosas llegan a ser de maravilloso valor. Me decís que la caña cascada no sirve para nada; yo os digo que Cristo tomará esa caña cascada y la reparará, y la ajustará en las flautas del cielo. Entonces, cuando la gran orquesta lance su música, cuando los órganos de los cielos hagan resonar sus profundos acordes, preguntaremos: “¿Qué fue aquella dulce nota que allí se oyó, mezclada con las demás?”. Y alguno dirá: “Fue una caña cascada”. ¡Ah! la voz de María Magdalena en el cielo, imagino, suena más dulce y cristalina que ninguna otra; y la voz de aquel pobre ladrón que dijo “Señor, acuérdate de mí”, si es voz de bajo profundo, es más suave y más dulce que la voz de cualquier otro, porque amó mucho, pues mucho le fue perdonado. Esta caña puede aún ser de utilidad. No digas que no sirves para nada; aún has de cantar allá en el cielo. No digas que no tienes valor; al fin estarás ante el trono entre la compañía lavada en la sangre, y cantarás la alabanza de Dios. ¡Sí! y también el pábilo humeante, ¿de qué puede servir? Pronto os lo diré. Hay una chispa en aquel pábilo, en alguna parte; está casi apagada, pero aún queda una chispa. ¡Contemplad la pradera en llamas! ¿Veis venir las llamas rodando? ¿Veis torrente tras torrente de fuego ardiente inundando el llano, hasta que todo el continente queda quemado y abrasado —hasta que el cielo se enrojece con la llama? El negro rostro de la antigua noche queda marcado por el incendio, y las estrellas parecen espantadas ante la conflagración. ¿Cómo se encendió aquella masa? Por un trozo de pábilo humeante dejado caer por algún viajero, avivado por el viento suave, hasta que toda la pradera prendió en llamas. Así, un solo pobre hombre, un hombre ignorante, un hombre débil, aun un hombre descarriado, puede ser el medio de la conversión de una nación entera. ¿Quién sabe si tú, que ahora no eres nada, puedas ser de más utilidad que aquellos de nosotros que parecemos estar mejor ante Dios, porque tenemos más dones y talentos? Dios puede hacer que una chispa incendie un mundo —puede alumbrar toda una nación con la chispa de una sola pobre alma que ora—. Aún puedes ser útil; por tanto, ten buen ánimo. El musgo crece sobre las lápidas; la hiedra se aferra a la mole que se desmorona; el muérdago crece sobre la rama muerta; y así también la gracia, y la piedad, y la virtud, y la santidad, y la bondad, saldrán del pábilo humeante y de las cañas cascadas.
II. Así, pues, queridos amigos, he procurado descubrir las personas para quienes está destinado este texto, y os he mostrado algo de la fragilidad mortal;
“La caña cascada no quebrará, el pábilo humeante no apagará”.
Notad lo que primero se afirma, y luego dejadme deciros que Jesucristo quiere decir mucho más de lo que dice. Ante todo, ¿qué dice? Dice bien claramente que no quebrará la caña cascada. Hay una caña cascada delante de mí —un pobre hijo de Dios bajo un profundo sentido del pecado—. Parece como si el azote de la ley nunca fuera a detenerse. Sigue y sigue: golpe, golpe, golpe; y aunque digáis: “Señor, detenlo, y dame un poco de respiro”, aún desciende la cruel correa: golpe, golpe, golpe. Sentís vuestros pecados. ¡Ah! sé lo que estáis diciendo esta mañana: “Si Dios continúa esto un poco más, mi corazón se quebrará; pereceré en la desesperación; casi me tiene enloquecido mi pecado; si me acuesto de noche, no puedo dormir; parece como si hubiera espectros en la habitación —espectros de mis pecados—; y cuando despierto a medianoche, veo la negra figura de la muerte mirándome fijamente, y diciendo: ‘Tú eres mi presa, te tendré’; mientras detrás el infierno parece arder”. ¡Ah! pobre caña cascada, no te quebrará; la convicción será muy fuerte; será bastante grande para ablandarte, y para hacerte ir a los pies de Jesús; pero no será tan fuerte como para quebrar del todo tu corazón, de modo que mueras. Jamás serás llevado a la desesperación; sino que serás librado; saldrás del fuego, pobre caña cascada, y no serás quebrada.
Así, hay aquí esta mañana un descarriado; es como el pábilo humeante. En años pasados hallabas tal felicidad en los caminos del Señor, y tal deleite en su servicio, que decías: “Aquí me quedaría para siempre.
”¡Qué horas de paz gocé entonces;
cuán dulce es aún su memoria!
Mas han dejado un vacío doliente,
que el mundo jamás podrá llenar.’”
Humeas, y piensas que Dios te apagará. Si yo fuera arminiano, te diría que sí lo haría; pero siendo creyente en la Biblia, y en nada más, te digo que no te apagará. Aunque humeas, no morirás. Cualquiera que haya sido tu crimen, dice el Señor: “Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones”. No te desechará, pobre Efraín; solo vuelve a él —no te despreciará, aunque te hayas hundido en el fango y el lodo, aunque estés cubierto de pies a cabeza de inmundicia—; vuelve, pobre pródigo, vuelve, ¡vuelve! Tu padre te llama. ¡Escucha, pobre descarriado! Ven al punto a aquel cuyos brazos están prontos para recibirte.
Dice que no apagará —que no quebrará—. Pero hay más encubierto de lo que vemos a primera vista. Cuando Jesús dice que no quebrará, quiere decir más que eso; quiere decir: “Tomaré esa pobre caña cascada; la plantaré junto a corrientes de aguas, y (milagro de milagros) la haré crecer hasta ser árbol cuya hoja no caerá; la regaré a cada momento; velaré sobre ella; habrá en ella frutos celestiales; apartaré de ella las aves de rapiña; mas las aves del cielo, los dulces cantores del paraíso, harán su morada en sus ramas”. Cuando dice que no quebrará la caña cascada, quiere decir más; quiere decir que la nutrirá, que la ayudará, y la fortalecerá, y la sostendrá, y la glorificará —que cumplirá en ella su comisión, y la hará gloriosa para siempre—. Y cuando dice al descarriado que no lo apagará, quiere decir más que eso —quiere decir que lo avivará hasta convertirlo en llama—. Algunos de vosotros, me atrevo a decir, habéis vuelto a casa desde la capilla y hallado que vuestro fuego casi se había apagado; sé cómo lo tratáis; sopláis suavemente sobre la única chispa, si la hay, y para no soplar con demasiada fuerza, ponéis el dedo delante de ella; y si estuvierais a solas y tuvierais un solo fósforo, o una sola chispa en la yesca, ¡con cuánta suavidad soplaríais! Así, descarriado, obra contigo Jesucristo; no te apaga; sopla suavemente; dice: “No te apagaré”; quiere decir: “Seré muy tierno, muy cauto, muy cuidadoso”; pondrá material seco, para que poco a poco una pequeña chispa venga a ser llama, y se alce hacia el cielo, y grande sea el fuego de ella.
Ahora quiero decir una o dos cosas esta mañana a los de Poca-Fe. Los pequeños hijos de Dios que aquí se mencionan como cañas cascadas o pábilo humeante están tan seguros como los grandes santos de Dios. Deseo por un momento desarrollar este pensamiento, y luego terminaré con el otro punto. Estos santos de Dios que se llaman cañas cascadas y pábilo humeante están tan seguros como los que son poderosos para su Maestro, y grandes en fuerza, por varias razones. Ante todo, el pequeño santo es tan elegido de Dios como el gran santo. Cuando Dios escogió a su pueblo, los escogió a todos de una vez, y en conjunto; y eligió al uno tanto como al otro. Si escojo cierto número de cosas, una puede ser menor que las demás, pero la una está tan escogida como la otra; y así la señora Temerosa y la señorita Desanimada están tan elegidas como Gran-Corazón, o el viejo Padre Honesto. Además: los pequeños son redimidos igualmente que los grandes. Los santos débiles costaron a Cristo tanto sufrimiento como los fuertes; el más pequeño hijo de Dios no pudo ser comprado con menos que la preciosa sangre de Jesús; y el más grande hijo de Dios no le costó más. Pablo no costó más que Benjamín —estoy seguro de que no—, pues leo en la Biblia que “no hay diferencia”. Además, cuando antiguamente venían a pagar el dinero de su rescate, cada persona traía un siclo. El pobre no traería menos, y el rico no traería más que un siclo. El mismo precio se pagó por el uno que por el otro. Ahora bien, pequeño hijo de Dios, lleva ese pensamiento a tu alma. Ves a algunos hombres muy prominentes en la causa de Cristo —y es muy bueno que lo sean—; pero no le costaron a Jesús ni un cuarto más que tú; el mismo precio pagó por ti que pagó por ellos. Recuerda otra vez: eres tan hijo de Dios como el más grande santo. Algunos de vosotros tenéis cinco o seis hijos. Hay un hijo vuestro, quizá, muy alto y hermoso, y que tiene, además, dotes de entendimiento; y tenéis otro hijo que es el más pequeño de la familia, quizá de poco intelecto y comprensión. Pero ¿cuál es más hijo vuestro? “¡Más!”, decís; “ambos por igual son mis hijos, ciertamente, el uno tanto como el otro”. Y así, queridos amigos, podéis tener muy poca instrucción, podéis estar muy a oscuras acerca de las cosas divinas, podéis no ver sino “hombres como árboles que andan”, pero sois tan hijos de Dios como los que han llegado a la estatura de varones en Cristo Jesús. Recordad entonces, pobre santo probado, que estáis tan justificados como cualquier otro hijo de Dios. Sé que estoy completamente justificado.
Su sangre y su justicia
son mi hermosura, mi glorioso vestido.
No quiero otras vestiduras, sino la obra de Jesús, y su justicia imputada.
El más osado hijo de Dios no quiere más; y yo, que soy “menos que el más pequeño de todos los santos”, no puedo contentarme con menos, y no tendré menos. Oh Presto-á-Cojear, estás tan justificado como Pablo, Pedro, Juan el Bautista, o el más excelso santo del cielo. No hay diferencia en ese asunto. ¡Oh! cobra ánimo y regocíjate.
Y una cosa más. Si tú te perdieras, la honra de Dios quedaría tan empañada como si se perdiera el más grande. Cosa curiosa leí una vez en un libro antiguo acerca de que los hijos y el pueblo de Dios son parte de Cristo y están en unión con él. Dice el autor: “Un padre está sentado en su aposento, y entra un forastero; el forastero toma a un niño sobre su rodilla, y el niño tiene un dedo lastimado; y le dice: ‘Hijo mío, tienes un dedo lastimado’; ‘¡Sí!’; ‘Pues bien, déjame quitártelo, y darte uno de oro’. El niño lo mira y dice: ‘No iré más a ese hombre, pues habla de quitarme el dedo; amo mi propio dedo, y no quiero uno de oro en su lugar’”. Así dice el santo: “Soy uno de los miembros de Cristo, pero soy como un dedo lastimado, y él me quitará y me pondrá uno de oro”. “No”, dice Cristo, “no, no; no puedo consentir que se me quite ninguno de mis miembros; si el dedo está lastimado, lo vendaré; lo fortaleceré”. Cristo no puede permitir una palabra acerca de cortar sus miembros. Si Cristo perdiera a uno de los suyos, ya no sería un Cristo entero. Si el más humilde de sus hijos pudiera ser desechado, a Cristo le faltaría una parte de su plenitud; sí, Cristo estaría incompleto sin su Iglesia. Si uno de sus hijos hubiera de perderse, mejor sería que fuera uno grande, y no uno pequeño. Si se perdiera uno pequeño, Satanás diría: “¡Ah! salvas a los grandes, porque tenían fuerza y podían valerse por sí mismos; pero al pequeño que no tiene fuerza, a ese no pudiste salvarlo”. Ya sabéis lo que diría Satanás; pero Dios cerraría la boca de Satanás, proclamando: “Todos están aquí, Satanás, a pesar de tu malicia, todos están aquí; cada uno está seguro; ahora échate en tu guarida para siempre, y queda atado eternamente con cadenas, y humea en el fuego”. Así él sufrirá tormento eterno, pero jamás ninguno de los hijos de Dios.
Un pensamiento más, y habré terminado con este punto. La salvación de los grandes santos depende a menudo de la salvación de los pequeños. ¿Lo entendéis? Sabéis que mi salvación, o la salvación de cualquier hijo de Dios, mirando a las causas segundas, depende en gran manera de la conversión de algún otro. Suponed que vuestra madre es el medio de vuestra conversión: diríais, hablando a la manera de los hombres, que vuestra conversión dependió de la suya; pues el haber sido ella convertida la hizo instrumento para traeros a vosotros. Suponed que tal o cual ministro sea el medio de vuestro llamamiento: entonces vuestra conversión, en cierto sentido, aunque no de modo absoluto, depende de la suya. Así sucede a menudo que la salvación de los más poderosos siervos de Dios depende de la conversión de los pequeños. Hay una pobre madre; nadie sabe jamás nada de ella; va a la casa de Dios, su nombre no está en los periódicos, ni en ninguna otra parte; enseña a su hijo, y lo cría en el temor de Dios; ora por aquel niño; lucha con Dios, y sus lágrimas y oraciones se mezclan juntas. El niño crece. ¿Qué es? Un misionero —un William Knibb—, un Moffat, un Williams. Pero nada oís de la madre. ¡Ah! pero si la madre no hubiera sido salva, ¿dónde estaría el niño? Que esto anime a los pequeños; y ojalá os regocijéis de que él os nutrirá y os cuidará, aunque seáis como cañas cascadas y pábilo humeante.
“Hasta que saque á victoria el juicio”.
¡Victoria! Hay algo hermoso en esa palabra. La muerte de Sir John Moore, en la guerra de la Península, fue muy conmovedora; cayó en los brazos del triunfo; y por triste que fuera su suerte, no dudo que sus ojos se encendieron de brillo al oír el grito de victoria. Así también, supongo, dijo una verdad Wolfe cuando exclamó: “Muero feliz”, habiendo oído poco antes el grito: “¡Huyen, huyen!”. Sé que la victoria, aun en ese mal sentido —pues no tengo por cosa de valor las victorias terrenas—, ha de haber alegrado al guerrero. Pero ¡oh! ¡cuánto se alegra el santo cuando sabe que la victoria es suya! Combatiré durante toda mi vida, pero escribiré “vici” en mi escudo. Seré “más que vencedor por medio de aquel que me amó”. Cada santo débil ganará el día; cada hombre sobre sus muletas; cada cojo; cada uno lleno de flaqueza, dolor, enfermedad y debilidad, alcanzará la victoria. “Vendrán con cantos á Sión; los ciegos, y los cojos, y la mujer encinta, todos juntos”. Así dice la Escritura. Ni uno solo quedará fuera; sino que él “sacará á victoria el juicio”. ¡Victoria! ¡victoria! ¡victoria! Esta es la suerte de cada cristiano; triunfará por el nombre de su amado Redentor.
Ahora una palabra acerca de esta victoria. Hablo primero a los ancianos y ancianas. Queridos hermanos y hermanas, a menudo, lo sé, sois como la caña cascada. Los acontecimientos venideros proyectan su sombra por delante; y la muerte proyecta sobre vosotros la sombra de la vejez. Sentís que la langosta os es carga; os sentís llenos de flaqueza y decadencia; vuestro cuerpo apenas se sostiene. ¡Ah! aquí tenéis una promesa especial. “La caña cascada no quebraré”. “Yo te fortaleceré”. “Cuando tu corazón y tu carne desfallezcan, yo seré la roca de tu corazón y tu porción para siempre”.
Aun hasta la ancianidad, todo mi pueblo probará
mi amor soberano, eterno e inmutable;
y cuando las canas adornen sus sienes,
como corderos serán aún llevados en mi seno.
Tambaleándote sobre tu báculo, apoyado, endeble, débil y macilento; no temas la última hora; esa última hora será la mejor; tu último día será una consumación devotamente anhelada. Por débil que seas, Dios acomodará la prueba a tu debilidad; hará menor tu dolor si es menor tu fuerza; pero cantarás en el cielo: ¡Victoria! ¡victoria! ¡victoria! Hay algunos de nosotros que quisiéramos cambiar de lugar con vosotros, por estar tan cerca del cielo —tan cerca del hogar—. Con todas vuestras flaquezas, vuestras canas son corona de gloria para vosotros; pues estáis cerca del fin, así como en el camino de la justicia.
Una palabra con vosotros, hombres de edad madura, que combatís en la áspera tormenta de esta vida. A menudo sois cañas cascadas; vuestra religión está tan cargada por vuestras ocupaciones mundanas, tan cubierta por el estruendo diario de los negocios, negocios, negocios, que parecéis pábilo humeante; es cuanto podéis hacer servir a vuestro Dios, y no podéis decir que sois “ardientes en espíritu” a la par que “solícitos en la obra”. Hombre de negocios, que te afanas y esfuerzas en este mundo, él no te apagará cuando seas como pábilo humeante; no te quebrará cuando seas como la caña cascada, sino que te librará de tus congojas, y cruzarás a nado el mar de la vida, y te pondrás en pie sobre la feliz ribera del cielo, y cantarás: “¡Victoria!” por medio de aquel que te amó.
¡Jóvenes y doncellas! A vosotros hablo, y tengo derecho a hacerlo. Vosotros y yo sabemos muchas veces lo que es la caña cascada, cuando la mano de Dios marchita nuestras bellas esperanzas. Estamos llenos de ligereza y terquedad; solo la vara de la aflicción puede sacar de nosotros la necedad, pues mucha de ella hay en nosotros. Resbaladizas son las sendas de los jóvenes, y peligrosos los caminos de la juventud, pero Dios no nos quebrará ni nos destruirá. Los hombres, por su excesiva cautela, nos mandan no dar jamás un paso, no sea que caigamos; pero Dios nos manda andar, y hace nuestros pies como pies de cierva, para que hollemos las alturas. Servid a Dios en los primeros días; dadle vuestros corazones, y entonces jamás os desechará, sino que os nutrirá y os cuidará.
No terminaré sin decir una palabra a los niños pequeños. A vosotros, que nunca habéis oído de Jesús, él os dice: “La caña cascada no quebraré; el pábilo humeante no apagaré”. Creo que hay muchos pequeñuelos parlanchines, que no llegan a los seis años, que conocen al Salvador. Nunca desprecio la piedad infantil; la amo. He oído a niños pequeños hablar de misterios que hombres de canas no conocían. ¡Ah! niños pequeños que habéis sido criados en las escuelas dominicales, y amáis el nombre del Salvador: si otros dicen que sois demasiado atrevidos, no temáis, amad a Cristo todavía.
Jesús gentil, manso y apacible,
aún mirará a un niño;
se apiadará de tu sencillez,
y te dejará venir a él.
No te desechará; pues el pábilo humeante no apagará, y la caña cascada no quebrará.
Dominio público. Texto original de la edición original.