Texto
Job 29:2
Traducción por IA — pendiente de revisión
En breve
El deseo de Job de volver a ser como en los meses pasados es el clamor que Spurgeon recoge para el creyente que anduvo un día en la luz y ahora no la encuentra. Lo trata primero como una queja digna de ser oída antes que reprendida — el rebaño del Pastor sí atraviesa el desierto — para volverla después hacia la promesa de que el que quiera puede aún venir y beber.
“¡Quién me tornase como en los meses pasados!”—Job 29:2.
POR LO GENERAL el bondadoso Pastor conduce a su pueblo junto a aguas de reposo, y lo hace descansar en verdes prados; pero a veces vagan por un desierto donde no hay agua, y no hallan ciudad donde morar. Hambrientos y sedientos, desfallece su alma dentro de ellos, y claman al Señor en su angustia. Aunque muchos de los suyos viven en gozo casi continuo, y hallan que los caminos de la religión son caminos deleitosos, y que todas sus veredas son paz, con todo hay muchos que pasan por el fuego y por el agua: los hombres cabalgan sobre sus cabezas—soportan toda suerte de aflicción y de dolor. El deber del ministro es predicar a distintos caracteres. A veces amonestamos al confiado, no sea que se vuelva presuntuoso; muchas veces despertamos al que dormita, no sea que duerma el sueño de la muerte. Con frecuencia consolamos a los abatidos, y este es nuestro deber esta mañana—o si no consolarlos, al menos darles alguna exhortación que, con la ayuda de Dios, sea el medio de sacarlos de la triste condición en que han caído, para que no se vean obligados a clamar para siempre—“¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
Vayamos de una vez al asunto. Una queja; su causa y su cura; y luego cerraremos con una exhortación para avivar vuestro entendimiento puro, si os halláis en tal situación.
I. Primero, hay una QUEJA. ¡Cuántos cristianos miran el pasado con placer, el futuro con temor, y el presente con dolor! Hay muchos que recuerdan los días que pasaron en el temor del Señor como los más dulces y los mejores que jamás tuvieron, pero en cuanto al presente, va vestido con un ropaje enlutado de tristeza y desolación. Quisieran volver a sus días de juventud, para vivir cerca de Jesús, pues ahora sienten que se han apartado de él, o que él ha escondido de ellos su rostro, y claman: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
1. Tomemos casos concretos uno por uno. El primero es el de un hombre que ha perdido el resplandor de sus evidencias, y clama: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!” Oíd su soliloquio:—“¡Oh, si pudieran volver mis días pasados! Entonces no dudaba de mi salvación. Si alguien me pedía razón de la esperanza que había en mí, podía responder con mansedumbre y temor. Ninguna duda me afligía, ningún temor me atormentaba; podía decir con Pablo: ‘Yo sé a quién he creído’, y con Job: ‘Yo sé que mi Redentor vive’;
’Mi alma firme ya no temía más
Que la roca sólida cuando braman las olas.’
Me sentía de pie sobre la roca, Cristo Jesús. Yo decía—
’Vengan cuidados como diluvio salvaje,
Y caigan tormentas de dolor;
Seguro llegaré a salvo a mi hogar,
Mi Dios, mi cielo, mi todo.’
Pero ¡ay, cuán cambiado está todo ahora! Donde no había nube alguna, es todo nube; donde podía leer con claridad ‘mi título limpio’, tiemblo al leer mi condenación con igual claridad. Esperaba haber confiado en Cristo, pero ahora se levanta el negro pensamiento de que era un hipócrita, y que me había engañado a mí mismo y a otros. A lo más que puedo llegar es a esto—Me parece que aún esperaré en él; y si no puedo ser reanimado con la luz de su rostro, todavía a la sombra de sus alas confiaré.’ Siento que si me aparto de él no hay otro Salvador; pero ¡oh, qué densas tinieblas me rodean! Como al antiguo Pablo, ha habido días y noches en que ni el sol, ni la luna, ni las estrellas han aparecido. He perdido mi rollo en el Cenador del Descanso; ya no puedo sacarlo de mi seno, ni leerlo para consolarme en mi camino; sino que temo que, al llegar al final de la senda, me nieguen la entrada, porque no entré por la puerta para recibir su gracia y conocer su amor, sino que he sido engañado, he tomado fantasías carnales por las obras del Espíritu, y he atribuido lo que era mera convicción natural a la obra de Dios el Espíritu Santo.”
Esta es una faceta, y muy común. Hallaréis a muchos que claman así—“¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
2. Otra faceta de esta gran queja, que también asume muy a menudo, es aquella en la que nos lamentamos—no tanto porque se hayan marchitado nuestras evidencias como porque no gozamos de una paz perpetua de la mente en cuanto a otros asuntos. “¡Oh!”, dice uno, “¡quién me tornase como en los meses pasados!; porque entonces cualesquiera aflicciones y pruebas que venían sobre mí eran menos que nada. Había aprendido a cantar—
’Padre, tu diaria voluntad espero;
Tú repartirás aún mi porción;
Dame en la tierra lo que mejor te parezca,
Hasta que la muerte y el cielo revelen lo demás.’
Sentía que podía entregárselo todo a él; que si me hubiera quitado toda misericordia, habría podido decir—
’Sí, aunque me las quites todas,
Con todo no me quejaré;
Antes de que yo las poseyera,
Enteramente tuyas eran.’
No conocía temor por el futuro. Como un niño en el pecho de su madre dormía seguro; decía: ‘Jehová-jireh, mi Dios proveerá’, ponía mi negocio en sus manos; iba a mi labor diaria; como el pajarillo que despierta por la mañana, y no sabe de dónde vendrá su alimento, pero se posa en la rama, cantando—
’Mortal, cesa del afán y del dolor;
Dios provee para el mañana;’
así era yo. Habría podido confiarle mi propia vida, mi esposa, mis hijos, todo; podía ponerlo todo en sus manos, y decir cada mañana: ‘Señor, no tengo voluntad propia, o si la tengo, con todo, hágase tu voluntad; tu deseo será mi deseo; tu anhelo será mi anhelo.’ Pero ‘¡quién me tornase como en los meses pasados!’ ¡Cuán cambiado estoy ahora! Comienzo a inquietarme por mi negocio; y si ahora pierdo apenas un billete de una libra, me atormento sin cesar; mientras que, si antes hubieran sido mil, habría podido dar gracias al Dios que las quitó con la misma facilidad con que se las daba al Dios que me las dio. ¡Cómo me perturba la menor cosa! La más leve sombra de duda sobre alguna calamidad que pudiera sobrevenirme se posa en mi alma como espesa nube. Estoy perpetuamente lleno de terquedad, deseando siempre tener justo lo que quiero. No puedo decir que sepa entregarlo todo en sus manos; hay cierta cosa a la que no podría renunciar. Enredada en mi corazón hay una mala planta llamada amor propio. Ha entretejido sus raíces en los mismos nervios y tendones de mi alma. Hay algo que amo por encima de mi Dios. No puedo renunciar a todo ahora; pero ‘¡quién me tornase como en los meses pasados!’ Porque entonces mis misericordias eran verdaderas misericordias, porque eran misericordias de Dios. “¡Oh!”, dice él, “‘¡quién me tornase como en los meses pasados!’ No habría tenido que llevar tal aflicción como la que tengo ahora, porque aunque la carga hubiera pesado gravemente, la habría echado sobre el Señor. ¡Oh, si conociera la ciencia celestial de quitar las cargas de mis propios hombros, y ponerlas sobre la Roca que las sostiene todas! ¡Oh, si supiera derramar mis penas y dolores como una vez lo hacía! He sido un necio, un necio rematado, un verdadero necio, por haber huido de aquella dulce confianza que una vez tuve en el Salvador! Solía entonces acudir a su oído, y contarle todas mis penas.
’Mis penas y mis dolores derramé
En el seno de mi Dios;
Él me ayudó en la hora de prueba,
Él me ayudó a llevar la pesada carga.’
Pero ahora, neciamente las llevo yo mismo, y las cargo en mi propio pecho. ¡Ah!
’¡Qué horas de paz gocé entonces!’
¡Ojalá volvieran a mí!”
3. Otro individuo tal vez hable así respecto de su gozo en la casa de Dios y en los medios de gracia. “¡Oh!”, dice uno, “en los meses pasados, cuando subía a la casa de Dios, ¡cuán dulcemente escuchaba! Pues me sentaba con los oídos abiertos, para captar las palabras, como si fuera un ángel el que hablaba; y cuando escuchaba, ¡cómo a veces rodaban las lágrimas por mis mejillas!, ¡y cómo destellaban mis ojos, cuando alguna expresión brillante, llena de gozo para el cristiano, despertaba mi alma! ¡Oh, cómo despertaba en la mañana del Sábado, y cantaba,
’¡Bienvenido, dulce día de reposo,
Que viste al Señor levantarse;
Bienvenido a este pecho que revive,
Y a estos ojos que se regocijan!’
Y cuando cantaban en la casa de Dios, ¿qué voz había tan entusiasta como la mía? Cuando me retiraba del culto, era con paso ligero; iba a contar a mis amigos y a mis vecinos las gloriosas nuevas que había oído en el santuario. ¡Aquellos eran dulces Sábados!; y cuando llegaban las reuniones de oración, ¡cómo me hallaba en mi puesto, y las oraciones eran de veras oraciones para mi espíritu; a quienquiera que oía predicar, con tal que fuese el evangelio, ¡cómo se alimentaba y engordaba mi alma bajo su ministerio!, pues me sentaba a un verdadero banquete de gozo. Cuando leía las Escrituras, siempre estaban iluminadas, y la gloria doraba la página sagrada, cada vez que la volvía. Cuando doblaba mi rodilla en oración, podía derramar mi alma delante de Dios, y amaba aquel ejercicio; sentía que no podía ser feliz a menos que pasara mi tiempo de rodillas; amaba a mi Dios, y mi Dios me amaba; pero ¡oh, cuán cambiado todo ahora! ‘¡Quién me tornase como en los meses pasados!’ Subo a la casa de Dios; es la misma voz la que habla, el mismo hombre que tanto amo aún me exhorta; pero no tengo lágrimas que derramar ahora; mi corazón se ha endurecido aun bajo su ministerio; tengo pocas emociones de gozo; entro en la casa de Dios como un niño que va a la escuela, sin mucho amor por ella, y me marcho sin que mi alma haya sido conmovida. Cuando me arrodillo en oración secreta, se le quitan las ruedas a mi carro, y se arrastra pesadamente; cuando me esfuerzo por cantar, todo lo que puedo decir es: ‘Quisiera, pero no puedo’; ‘¡quién me tornase como en los meses pasados!’, ¡cuando la lámpara del Señor resplandecía en torno a mí!”
Confío en que no seáis muchos los que podáis uniros a esto; porque sé que amáis subir a la casa de Dios. Amo predicar a un pueblo que siente la palabra, que da señales de asentir a ella—hombres y mujeres que pueden permitirse una lágrima de vez en cuando durante un sermón—personas cuya sangre parece hervir dentro de ellos cuando oyen el evangelio. No creo que vosotros entendáis mucho de la faceta que describo; pero aun así podéis entender algo de ella. Puede que la palabra no os sea tan dulce y grata como solía serlo; y entonces podéis clamar—“¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
4. Pero os diré un punto que quizá se os escape. Hay algunos de nosotros que lamentamos en extremo que nuestra conciencia no sea tan sensible como solía ser; y por eso clama nuestra alma con amargura: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!” “Cuando conocí por primera vez al Señor”, dices, “casi temía poner un pie delante del otro, no fuera a extraviarme; siempre miraba antes de dar el salto; si había sospecha de pecado en cualquier cosa, la evitaba fielmente; si había el menor rastro del deslizar de la serpiente en ella, me apartaba de inmediato; la gente me llamaba Puritano; vigilaba todo; temía hablar, y algunas prácticas que en verdad eran lícitas las condenaba por completo; mi conciencia era tan sensible, que era como una planta sensitiva; si la tocaba la mano del pecado, mis hojas se enroscaban en un instante; no podía soportar ser tocado, era tan sensible, estaba todo cubierto de heridas, y si alguien me rozaba, gritaba. Temía hacer cualquier cosa, no fuera a pecar contra Dios. Si oía un juramento, mis huesos temblaban dentro de mí; si veía a un hombre quebrantar el Sábado, temblaba y temía; dondequiera que iba, el menor susurro de pecado me sobresaltaba; era como la voz de un demonio cuando oía una tentación, y decía con vehemencia: ‘Quítate de delante de mí, Satanás’; no podía tolerar el pecado; huía de él como de una serpiente; no podía probar ni una gota de él; pero ‘¡quién me tornase como en los meses pasados!’ Es cierto que no he abandonado sus caminos; no he olvidado del todo su ley; es cierto que no he deshonrado mi carácter, no he pecado abiertamente ante los hombres, y nadie sino Dios conoce mi pecado; pero ¡oh, mi conciencia no es lo que una vez fue! Antes tronaba, pero ya no. ¡Oh conciencia, conciencia! Te has dormido demasiado, te he drogado con láudano, y dormitas cuando deberías estar hablando. Eres un centinela; pero ya no anuncias las horas de la noche como una vez lo hacías. ¡Oh conciencia! A veces oía tu matraca en mis oídos, y me sobresaltaba; ahora duermes, y yo sigo pecando. Es poco lo que he hecho; pero aun ese poco muestra el camino. Las pajas dicen hacia dónde sopla el viento; y siento que el haber cometido un solo pequeño pecado revela hacia dónde se inclina mi alma. ¡Oh, si tuviera de nuevo una conciencia sensible! ¡Oh, si no tuviera esta conciencia de rinoceronte, cubierta de un cuero tan duro que las balas de la ley no pueden traspasarlo! ¡Oh, si tuviera una conciencia como la que solía tener! ‘¡Quién me tornase como en los meses pasados!’”
5. Una forma más de esta triste condición. Hay algunos de nosotros, amados míos, que no tenemos tanto celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres como solíamos tener. Hace meses, si veíamos un alma yendo a la perdición, nuestros ojos se llenaban de lágrimas en un instante; con solo ver a un hombre inclinado al pecado, corríamos ante él con lágrimas en los ojos, y deseábamos sacrificarnos por salvarlo; no podíamos andar por la calle sin dar a alguien un tratado, o reprender a alguno; pensábamos que debíamos hablar sin cesar del Señor Jesús; si había algún bien que hacer, siempre éramos los primeros y los más adelantados en ello: deseábamos por todos los medios salvar a algunos, y en aquel tiempo pensábamos que podríamos entregarnos a la muerte, con tal de arrebatar un alma del infierno. Tan profundo, tan ardiente era nuestro amor por nuestros semejantes, que por el amor que teníamos al nombre de Cristo, nos habríamos contentado con ser escarnecidos, silbados y perseguidos por el mundo entero, con tal de hacer algún bien en él. Nuestra alma ardía de intenso anhelo por las almas, y teníamos todo lo demás por vil y sin valor; pero ¡ay!, ahora las almas pueden condenarse, y no hay una lágrima; los pecadores pueden hundirse en el hirviente pozo del infierno, y no hay un gemido; miles pueden ser arrebatados cada día, y hundirse en la aflicción sin fondo, y sin embargo, ni una emoción. Podemos predicar sin lágrimas; podemos orar por ellos sin nuestro corazón. Podemos hablarles sin sentir sus necesidades; pasamos junto a los antros de la infamia—deseamos a sus moradores algo mejor, y eso es todo. Aun nuestra compasión se ha extinguido. Antes estábamos cerca del borde del infierno, y pensábamos cada día que oíamos los alaridos y aullidos de los espíritus condenados resonar en nuestros oídos; y entonces decíamos: “¡Oh Dios, ayúdame a salvar a mis semejantes de descender al pozo!” Pero ahora lo olvidamos todo. Tenemos poco amor por los hombres, no tenemos ni la mitad del celo y la energía que una vez tuvimos. ¡Oh, si ese es tu estado, amado mío; si puedes unirte a eso, como tu pobre ministro, ¡ay!, puede hacerlo en cierta medida, entonces bien podemos decir: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
II. Pero ahora vamos a tomar estos distintos caracteres, y deciros la CAUSA Y LA CURA.
1. Una de las causas de este lamentable estado de cosas es el defecto en la oración; y por supuesto la cura está en algún lugar contiguo a la causa. Estás diciendo: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!” Ven, hermano mío; vamos a la raíz misma del asunto. Una razón por la que no te va como en los meses pasados es esta: no oras como una vez orabas. Nada trae tal flaqueza al alma de un hombre como la falta de oración. Bien se ha dicho que un aposento descuidado es la cuna de todo mal. Todo bien nace en el aposento, todo bien brota de él; allí lo obtiene el cristiano; pero si descuida su aposento, entonces todo mal viene de ello. Ningún hombre puede progresar en la gracia si abandona su aposento. No me importa cuán fuerte sea en la fe. Se dice que los hombres gordos pueden por un tiempo vivir de la carne que han acumulado; pero no hay cristiano tan lleno de carne que pueda vivir de la gracia vieja. Si engorda, cocea, pero no puede vivir de su gordura. Los que son fuertes y poderosos en sí mismos no pueden existir sin oración. Aunque un hombre tuviera en sí la fuerza espiritual de cincuenta de los cristianos más selectos de Dios, ha de morir, si no continúa arando. Hermano mío, ¿no puedes mirar atrás y decir: “Hace tres o cuatro meses mis oraciones eran más regulares, más constantes, más fervientes que ahora; pero ahora son débiles, no son sinceras, no son fervorosas, no son ardientes”? Oh hermano, no preguntes a nadie cuál es la causa de tu pesar; es tan clara como puede ser; no necesitas hacer una pregunta al respecto. Ahí está la causa; ¿y dónde está el remedio? Pues en más oración, amado. Fue la poca oración la que te derribó; será la mucha oración la que te levante. Fue la falta de oración la que te trajo a la pobreza, ha de ser el aumento de oración lo que te traiga de nuevo a las riquezas. Donde no hay bueyes, limpio está el pesebre. No hay nada que comer donde no hay bueyes que aren; y donde no hay oraciones que aren el suelo, poco tienes de qué alimentarte. Hemos de ser más fervientes en la oración. ¡Oh, amado!, ¿no clamaría contra nosotros la viga del muro? Nuestros aposentos polvorientos bien podrían dar testimonio de nuestro descuido de la devoción secreta; y esa es la razón por la que no nos va como en los meses pasados. Amigos míos: si comparaseis al cristiano con una máquina de vapor, tendríais que hacer de sus oraciones, alimentadas por el Espíritu Santo, el fuego mismo que sostiene su movimiento. La oración es el vehículo escogido de gracia de Dios, y necio es quien la descuida. Permitidme ser doblemente serio en este asunto, y permitidme dar una estocada directa a algunos. Querido amigo, ¿dices lo que sientes, y crees lo que dices—que el descuido de la oración traerá tu alma a una condición sumamente peligrosa? Si es así, no te diré más; porque fácilmente adivinarás el remedio para tu lamentable clamor: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!” Cierto mercader desea ser tan rico como solía serlo:—acostumbraba enviar sus naves al país del oro, para que le trajeran a casa cargamentos de oro, pero ni una nave ha salido del puerto últimamente, ¿y por eso puede admirarse de no haber tenido ningún cargamento de oro? Así, cuando un hombre ora, envía una nave al cielo, y regresa cargada de oro; pero si deja de suplicar, entonces su nave queda detenida por el mal tiempo y se queda en casa, y no es de extrañar que llegue a ser un hombre pobre.
2. Quizá, de nuevo, estás diciendo: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”, no tanto por culpa tuya como por culpa de tu ministro. Existe tal cosa, queridos amigos, como el que lleguemos a una condición terriblemente mala a causa del ministerio al que asistimos. ¿Puede esperarse que los hombres crezcan en gracia cuando nunca son regados con las corrientes que alegran la ciudad de nuestro Dios? ¿Puede suponerse que se fortalezcan en el Señor Jesús, cuando no se alimentan de comida espiritual? Conocemos a algunos que refunfuñan, Sábado tras Sábado, y dicen que no pueden oír a tal o cual ministro. ¿Por qué no os compráis entonces una trompetilla para el oído? ¡Ah, pero quiero decir que no puedo oírlo para provecho de mi alma! Entonces no vayas a oírlo, si lo has intentado por mucho tiempo y no sacas provecho alguno. Siempre pienso que a un hombre que refunfuña al salir de la capilla no se le debe compadecer, sino azotar, porque puede quedarse en casa si quiere, e ir adonde le agrade. Hay muchos lugares donde las ovejas pueden pacer a su propia manera; y cada uno está obligado a ir adonde halle el pasto más apto para su alma; pero no estás obligado a huir en cuanto muere tu ministro, como hicisteis muchos de vosotros antes de venir aquí. No debes huir del barco en cuanto llega la tormenta, y se ha ido el capitán, y ves que no está del todo en condiciones de navegar; permanece junto a él, empieza a calafatearlo, Dios te enviará un capitán, vendrá buen tiempo poco después, y todo saldrá bien; pero muy a menudo un mal ministro deja a los hijos de Dios hambrientos hasta convertirlos en esqueletos andantes, de modo que se les pueden contar todos los huesos; ¿y quién se admira de que dejen a su ministro hambriento, cuando no reciben alimento ni nutrición alguna de su ministerio? Esta es una segunda razón por la que los hombres frecuentemente claman: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
3. Pero hay una razón aún mejor, que llegará más de cerca a algunos de vosotros. No es tanto lo malo del alimento, como lo rara vez que venís a comerlo. Sabéis, queridos amigos, que de vez en cuando encontramos a un hombre que venía dos veces al día a la casa de Dios en el Sábado. El lunes por la noche estaba muy ocupado en el trabajo; pero se enrollaba el delantal, y si no podía estar presente todo el tiempo, venía al final. El jueves por la tarde venía, de ser posible, al santuario, a oír un sermón de algún ministro del evangelio, y se quedaba levantado hasta tarde y se levantaba temprano por la mañana, para recuperar el tiempo que había pasado en estos ejercicios religiosos; pero poco después pensó: “Trabajo demasiado duro; esto es agotador; queda muy lejos para ir a pie.” Y así renuncia primero a un culto, y luego a otro, y luego empieza a clamar: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!” Pues, hermanos, no debéis admiraros de ello. El hombre no come tanto como solía comer. Poco y a menudo es como debe alimentarse a los niños, aunque os he dado mucho esta mañana. Con todo, poco y a menudo es una regla muy buena. De veras pienso que, cuando la gente renuncia a los cultos entre semana, a menos que les sea del todo imposible asistir a ellos, adiós a la religión. “Adiós a la piedad práctica”, dice Whitefield, “cuando los hombres no adoran a Dios entre semana.” Los cultos entre semana son con frecuencia la crema de todo. Dios da a su pueblo cubos llenos de leche en el Sábado, pero a menudo desnata la crema para el día de entre semana. Si se quedan en casa, ¿es de extrañar que tengan que decir: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”? No os culpo, amados; solo deseo “despertar vuestro entendimiento puro por vía de recuerdo.” Un tipo muy llano, este—¿no es cierto? Sí, siempre os dice lo que quiere decir, y siempre se propone hacerlo. ¡Firmes junto a vuestras banderas, hombres míos! ¡Manteneos cerca del estandarte si queréis ganar la batalla! Y cuando parece haber la más leve deserción, es sencillamente nuestro deber exhortaros, no sea que de algún modo os apartéis de la firmeza de vuestra fe.
4. Pero frecuentemente esta queja surge de la idolatría. Muchos han dado su corazón a alguna otra cosa fuera de Dios, y han puesto su afecto en las cosas de la tierra, en lugar de las cosas del cielo. Es difícil amar al mundo y amar a Cristo, es imposible: eso es más; pero es difícil no amar a la criatura; es difícil no entregarse a la tierra; casi diría que es imposible no hacerlo; es difícil, y solo Dios puede capacitarnos; solo él puede guardarnos con el corazón plenamente puesto en él; pero notad, cada vez que hacemos un becerro de oro para adorarlo, tarde o temprano vendrá a esto—veremos nuestro becerro de oro molido y echado en nuestra agua para que lo bebamos, y entonces tendremos que decir: “Él me embriagó con ajenjo.” Nunca hace un hombre un ídolo para adorarlo sin que este se le derrumbe encima y le quiebre algunos huesos. Nunca hubo hombre que acudiera a cisternas rotas a buscar agua, sin que en su lugar hallara allí criaturas repugnantes, y quedara amargamente engañado. Dios quiere que su pueblo viva de él, y de ningún otro, y si viven de cualquier otra cosa que no sea él, se encargará de darles de las aguas de Mara, para amargarles la bebida, y llevarlos a la Roca de las corrientes más puras. ¡Oh, amados, cuidemos de que nuestro corazón sea enteramente suyo, solo de Cristo, únicamente de Cristo! Si es así, no tendremos que clamar: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
5. Apenas necesitamos, sin embargo, detallar más razones. Añadiremos solo una más, y es la más común de todas. Nos hemos vuelto, quizá, confiados en nosotros mismos y propios en justicia. Si es así, esa es una razón por la que no nos va como en los meses pasados. ¡Ah, amigos míos, ese viejo bribón de la propia justicia, jamás os libraréis de él mientras viváis! Bien se representó al diablo bajo la forma de una serpiente, porque una serpiente puede colarse por cualquier parte, aun por la grieta más pequeña. La propia justicia es una serpiente; pues entrará por dondequiera. Si tratas de servir a tu Dios, “¡Qué buen sujeto eres!”, dice el diablo. “¡Ah, cuán bien sirves a tu Dios! Siempre estás predicando. Eres un noble sujeto.” Si vas a una reunión de oración, Dios te da un pequeño don, y eres capaz de derramar tu corazón. Al momento hay una palmadita en la espalda de parte de Satanás. “¿No oraste dulcemente? Sé que los hermanos te amarán; estás creciendo mucho en la gracia.” Si viene una tentación, y eres capaz de resistirla, “¡Ah!”, dice él de inmediato, “eres un verdadero soldado de la cruz; mira al enemigo que has derribado; tendrás una corona brillante poco después; ¡eres un valiente sujeto!” Sigues confiando implícitamente en Dios; entonces dice Satanás: “tu fe es muy fuerte: ninguna prueba puede vencerte: mira, ese hermano débil, ¡no es ni la mitad de fuerte que tú!” Y allá vas, y riñes a tu hermano débil, porque no es tan grande como tú, y todo el tiempo Satanás te anima, diciendo: “¡Qué poderoso guerrero eres! tan fiel—siempre confiando en Dios, no tienes ninguna propia justicia.” El ministro predica al fariseo: pero el fariseo no es ni pariente lejano tuyo; según tu propia opinión no eres nada propio en justicia, y todo el tiempo eres la criatura más propia en justicia que existe. ¡Ah, amados, justo cuando nos creemos humildes, seguro que somos soberbios; y cuando gemimos por nuestra soberbia, generalmente somos los más humildes! Podéis leer al revés vuestra propia estimación. Justo cuando imaginamos que somos los peores, a menudo somos los mejores, y cuando nos concebimos los mejores, a menudo somos los peores. Es esa vil propia justicia la que se cuela en nuestras almas, y nos hace murmurar: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!” Tu vela ha cobrado el pábilo de la propia justicia; necesitas que te lo quiten, y entonces arderás bien. Estás remontando demasiado alto; necesitas algo que te haga bajar de nuevo a los pies del Salvador, como un pobre pecador perdido y culpable—nada en absoluto; entonces ya no clamarás: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”
III. Y ahora, el cierre ha de ser una EXHORTACIÓN. Una exhortación, ante todo, al consuelo. Uno está diciendo: “¡Oh! Jamás estaré en un estado más feliz que aquel en que ahora me hallo; he perdido la luz de su rostro; se ha ido del todo de mí, y pereceré.” Recordáis, en “El Progreso del Peregrino” de Juan Bunyan, la descripción del hombre encerrado en la jaula de hierro. Uno le dice: “¿Nunca saldrás de esta jaula?” “No, nunca.” “¿Estás condenado para siempre?” “Sí, lo estoy.” “¿Por qué fue esto?” “Pues contristé al Espíritu, y se ha ido; una vez pensé que lo amaba, pero lo he tratado a la ligera y se ha marchado. Me aparté de las sendas de justicia, y ahora estoy encerrado aquí, y no puedo salir.” Sí, pero ¿acaso Juan Bunyan te dice que el hombre nunca salió? Ha habido algunos en aquella jaula de hierro que han salido. Puede que haya uno aquí esta mañana, que ha estado largo tiempo sentado en esa jaula de hierro, sacudiendo los barrotes, tratando de romperlos, tratando de limarlos con su propia poca fuerza y vigor. ¡Oh, querido amigo, jamás limarás los barrotes de hierro de esa terrible jaula; jamás escaparás por ti mismo! ¿Qué has de hacer? Has de empezar a cantar como canta el pájaro en la jaula; entonces el bondadoso amo vendrá y te dejará salir. Clama a él para que te libre; y aunque clames y grites, y él cierre el paso a tu oración, poco después te oirá; y como Jonás exclamarás en días venideros: “Del vientre del infierno clamé al Señor, y él me oyó.” Hallarás el rollo debajo del escaño, aunque lo dejaste caer por la Colina de la Dificultad; y cuando lo tengas, lo pondrás de nuevo en tu seno, y lo sostendrás con más fuerza aún, porque lo perdiste por una breve temporada.
“Vuelve, oh caminante, vuelve,
Y busca el rostro de un Padre agraviado;
Aquellos cálidos deseos que en ti arden
Fueron encendidos por la gracia que reclama.”
Y ahora otra exhortación, no tanto para consolaros como para avivaros cada vez más a buscar ser lo que debéis ser. ¡Oh cristianos, hombres y mujeres, hermanos y hermanas míos en la fe de Jesucristo! ¡Cuántos hay de vosotros que os contentáis con solo ser salvos, y meramente entrar en el cielo! ¡A cuántos hallamos que dicen: “¡Oh, si tan solo pudiera entrar por la puerta—si tan solo pudiera ser hijo de Dios!”, y llevan a cabo sus deseos literalmente, pues son tan poco cristianos como es posible! ¡Quisieran moderación en la religión! Pero ¿qué es moderación en la religión? Es una mentira; es una farsa. ¿Pide una esposa a su esposo que la ame moderadamente? ¿Espera un padre que su hijo sea moderadamente obediente? ¿Buscas que tus siervos sean moderadamente honrados? ¡No! Entonces, ¿cómo puedes hablar de ser moderadamente religioso? Ser moderadamente religioso es ser irreligioso. Tener una religión que no penetra en el corazón mismo ni influye en la vida es virtualmente no tener religión alguna. A veces tiemblo, cuando pienso en algunos de vosotros que sois meros profesantes. Os contentáis, sepulcros blanqueados; porque estáis hermosamente blanqueados, descansáis satisfechos, sin mirar el osario que hay debajo. ¡A cuántos de vosotros limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; y porque la iglesia no puede imputaros nada, y el mundo no puede acusaros, pensáis que lo de afuera del vaso será suficiente! ¡Atención! ¡Atención! El juez mirará algún día lo de adentro del vaso y del plato; y si está lleno de maldad, quebrará ese plato, y los fragmentos serán para siempre esparcidos en el pozo del tormento. ¡Oh, que Dios os conceda ser verdaderos cristianos! ¡Profesantes de alas de cera! podéis volar muy bien aquí; pero cuando, como Ícaro, voléis hacia arriba, el poderoso sol de Jesús derretirá vuestras alas, y caeréis al pozo de la destrucción. ¡Ah, cristianos dorados, hermosamente pintados, barnizados, pulidos, ¿qué haréis cuando al fin se descubra que erais metal sin valor? Cuando la madera, el heno y la hojarasca sean sepultados y consumidos, ¿qué haréis si no sois la genuina moneda del cielo, si no habéis sido fundidos en el horno, si no habéis sido acuñados desde lo alto? Si no sois oro verdadero, ¿cómo resistiréis el fuego en aquel “grande y terrible día del Señor”? ¡Ah!, y hay algunos de vosotros que sí podéis resistir el fuego, confío. Sois hijos de Dios, pero, amados, ¿os acuso injustamente cuando digo que muchos de nosotros sabemos que somos hijos de Dios, pero nos contentamos con ser como niños enanos, siempre clamando: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”? Esa es una marca de enanismo. Si hemos de hacer grandes cosas en el mundo, no debemos proferir a menudo este clamor. Debemos cantar con frecuencia
“El mayor de los pecadores soy; pero Jesús murió por mí;”
y con rostro alegre debemos poder decir que “sabemos a quién hemos creído.” ¿Deseáis ser útiles? ¿Anheláis honrar a vuestro Maestro? ¿Ansiáis llevar una pesada corona al cielo, para ponerla en la cabeza del Salvador? Si es así—y sé que lo es—entonces buscad sobre todas las cosas que vuestra alma prospere y tenga salud—que vuestro hombre interior no esté simplemente en estado de vida, sino que seáis un árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, cuya hoja nunca se marchita, y todo lo que hacéis prospera. ¡Ah!, ¿queréis ir al cielo, y llevar allí una corona sin estrellas—una corona que será una corona verdadera, pero que no tendrá estrella alguna, porque ningún alma ha sido salvada por vosotros? ¿Deseáis sentaros en el cielo con un vestido de Cristo puesto, pero sin una sola joya que Dios os haya dado como salario aquí abajo? ¡Ah, no! Me parece que deseáis ir al cielo en plena gala, y entrar en la plenitud del gozo del Señor. Cinco talentos bien aprovechados, cinco ciudades; y que nadie se contente con su único talento a secas, sino que procure ponerlo a interés; “porque a todo el que tiene se le dará, y tendrá en abundancia.”
Y finalmente, para muchos de vosotros lo que he predicado no tiene interés alguno. Quizá digáis: “‘¡Quién me tornase como en los meses pasados!’, pues entonces estaba bien sano y era un tipo alegre. Entonces podía beber con el bebedor más empedernido de cualquier lugar. Entonces podía correr alegremente al pecado, pero ya no puedo. He dañado mi cuerpo. He perjudicado mi mente. No me va como solía irme, me he gastado todo mi dinero. ¡Quisiera ser como solía ser!” ¡Ah, pobre pecador, tienes buena razón para decir: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”! Pero espera cuatro o cinco meses, y entonces lo dirás con más énfasis, y hasta tendrás por mejor el día de hoy que aquel día; y cuanto más avances, más desearás volver atrás; porque la senda al infierno va abajo, abajo, abajo, abajo—siempre abajo—y siempre estarás diciendo: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!” Mirarás atrás, al tiempo en que la oración de una madre te bendecía, y la reprensión de un padre te advertía—cuando ibas a una escuela sabática, y te sentabas sobre las rodillas de tu madre, para oírla hablarte de un Salvador; y cuanto más largo sea el retrospecto de bondad, más te dolerá aquella bondad. ¡Ah, amigos míos, algunos de vosotros tenéis necesidad de volver atrás! Recordad cuán lejos habéis caído—cuánto os habéis apartado; pero ¡oh, no necesitáis retroceder! En lugar de mirar atrás y clamar: “¡Quién me tornase como en los meses pasados!”, decid algo distinto. Decid: “¡Oh, si fuera un hombre nuevo en Cristo Jesús!”—De nada os serviría empezar de nuevo en vuestro estado presente; pronto seríais tan malos como sois ahora; sino decid: “¡Oh, si fuera un hombre nuevo en Cristo Jesús; oh, si pudiera comenzar una vida nueva!” Algunos de vosotros quisierais comenzar una vida nueva—algunos de vosotros, réprobos, que os habéis ido muy lejos. Pues bien, pobre mortal, puedes. “¿Cómo?”, dices. Pues, si eres un hombre nuevo en Cristo Jesús, comenzarás de nuevo. Un cristiano es tan hombre nuevo como si antes no hubiera sido hombre alguno; la vieja criatura es destronada, es una nueva criatura, nacida de nuevo, y comenzando una nueva existencia. ¡Pobre alma! Dios puede hacerte un hombre nuevo. Dios el Espíritu Santo puede edificar una casa nueva de ti, sin ni palo ni piedra del viejo hombre en ella, y puede darte un corazón nuevo, un espíritu nuevo, placeres nuevos, felicidad nueva, perspectivas nuevas, y al fin darte un cielo nuevo. “Pero”, dice uno, “siento que deseo estas cosas; ¿mas puedo tenerlas?” Adivina si puedes tenerlas, cuando te digo—“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores.” No dice que sea digna de alguna aceptación, sino que es digna de toda la aceptación que jamás le des. Si ahora dices: “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, ¡creo que sí lo hizo! Sé que lo hizo; vino a salvarme a mí”, la hallarás “digna de ser recibida por todos.” Aún dices: “¿Pero me salvará a mí?” Te daré otro pasaje: “Al que a mí viene, no le echo fuera de ningún modo.” ¡Ah!, pero no sé si yo pueda venir. “Al que”, dice. “Al que a mí viene, no le echo fuera de ningún modo.” “El que quiera, venga”, está escrito. ¿Quieres tú? Solo hablo a los que quieren, que conocen su necesidad de un Salvador. ¿Quieres tú? Entonces Dios el Espíritu Santo dice: “El que quiera, venga, y tome del agua de la vida gratuitamente.”
El débil, el culpable, el flaco, el desamparado,
Al venir a Jesús no hallará desprecio;
Sino que él los recibirá, y los bendecirá, y los salvará
De la muerte y la destrucción, del infierno y la tumba;
y él los levantará a su reino de gloria. Que Dios así lo conceda; por amor de su nombre.
Dominio público. Texto original de la edición original.