Texto
Santiago 5:16
En breve
“La oración eficaz del justo puede mucho”. De sus Conferencias sobre los avivamientos de la religión: qué es la oración que prevalece, por qué tan poca oración prevalece, y las señales de la oración que sí lo hace — orar por un objeto definido, en sumisión a la voluntad de Dios, por el Espíritu, con fe, con importunidad. Finney en su faceta más práctica y más escudriñadora.
La oración eficaz del justo puede mucho.
LA última conferencia se refirió principalmente a la confesión del pecado. Esta noche mis observaciones se ceñirán sobre todo al tema de la intercesión, o la oración. Hay dos clases de medios necesarios para promover un avivamiento: uno para influir en los hombres, el otro para influir en Dios. La verdad se emplea para influir en los hombres, y la oración para mover a Dios. Cuando hablo de mover a Dios, no quiero decir que la mente de Dios cambie por la oración, ni que su disposición o su carácter cambien. Pero la oración produce tal cambio en nosotros y cumple tales condiciones que hace congruente que Dios haga lo que de otro modo no sería congruente que hiciera. Cuando un pecador se arrepiente, ese estado de ánimo hace apropiado que Dios lo perdone. Dios siempre ha estado dispuesto a perdonarlo bajo esa condición, de modo que cuando el pecador cambia de actitud hacia Dios, no se requiere ningún cambio de sentimiento en Dios para perdonarlo. Es el arrepentimiento del pecador lo que hace apropiado su perdón, y es la ocasión de que Dios actúe como lo hace. Así, cuando los cristianos ofrecen oración eficaz, su estado de ánimo hace apropiado que Dios les responda. Él siempre estuvo dispuesto a conceder la bendición, con la condición de que ellos sintieran correctamente y ofrecieran la clase correcta de oración. Siempre que este cambio se produce en ellos, y ofrecen la clase correcta de oración, entonces Dios, sin ningún cambio en sí mismo, puede responderles. Cuando ofrecemos oración eficaz y ferviente por otros, el hecho de que ofrezcamos tal oración hace congruente que Él haga aquello por lo que oramos, cuando de otro modo no habría sido congruente.
La oración es un eslabón esencial en la cadena de causas que conducen a un avivamiento, tanto como lo es la verdad. Algunos han usado la verdad con celo para convertir a los hombres, y han puesto muy poco énfasis en la oración. Han predicado, conversado y repartido folletos con gran celo, y luego se han asombrado de tener tan poco éxito. Y la razón era que olvidaron emplear la otra rama de los medios: la oración eficaz. Pasaron por alto el hecho de que la verdad por sí sola nunca producirá el efecto sin el Espíritu de Dios, y ese Espíritu se da en respuesta a la oración ferviente.
A veces sucede que quienes más se dedican a emplear la verdad no son los que más se dedican a la oración. Esto siempre es lamentable. Porque, a menos que ellos, o alguna otra persona, tengan el espíritu de oración, la verdad por sí sola no hará más que endurecer a los hombres en la impenitencia. Probablemente en el día del juicio se hallará que la verdad nunca logra nada, por más celosamente que se emplee, a menos que haya un espíritu de oración en algún lugar, unido a la presentación de la verdad.
Otros yerran por el lado opuesto. No que pongan demasiado énfasis en la oración. Pero pasan por alto el hecho de que la oración podría ofrecerse para siempre, por sí sola, y nada se lograría. Porque los pecadores no se convierten por el contacto directo del Espíritu Santo, sino por la verdad, empleada como medio. Esperar la conversión de los pecadores solo por la oración, sin el empleo de la verdad, es tentar a Dios.
El tema del discurso de esta noche es
LA ORACIÓN QUE PREVALECE.
I. Me propongo mostrar qué es la oración eficaz o que prevalece.
II. Exponer algunos de los atributos más esenciales de la oración que prevalece.
III. Dar algunas razones por las que Dios requiere esta clase de oración.
IV. Mostrar que tal oración puede mucho.
I. Procedo a mostrar qué es la oración que prevalece.
1. La oración eficaz, que prevalece, no consiste meramente en deseos benévolos. Sin duda los deseos benévolos son agradables a Dios. Tales deseos impregnan el cielo y se hallan en todos los seres santos. Pero no son oración. Los hombres pueden tener estos deseos como los tienen los ángeles y los espíritus glorificados. Pero esta no es la oración eficaz, que prevalece, de la que habla el texto. La oración que prevalece es algo más que esto.
2. La oración que prevalece, o eficaz, es aquella oración que obtiene la bendición que busca. Es aquella oración que eficazmente mueve a Dios. La idea misma de la oración eficaz es que logra su objeto.
II. Expondré algunos de los atributos más esenciales de la oración que prevalece. No puedo detallar por completo todas las cosas que componen la oración que prevalece. Pero mencionaré algunas cosas que le son esenciales; algunas cosas que una persona debe hacer para prevalecer en la oración.
1. Debe orar por un objeto definido. No debe esperar ofrecer tal oración si ora al azar, sin ningún objeto claro o definido. Debe tener un objeto claramente ante su mente. Hablo ahora de la oración secreta. Muchas personas se retiran a su aposento porque tienen que decir sus oraciones. Ha llegado la hora en que acostumbran apartarse a solas para orar, por la mañana, o al mediodía, o a cualquier hora del día que sea. Y en lugar de tener algo que decir, algún objeto definido ante su mente, se postran de rodillas y oran por lo primero que les viene a la mente, por todo lo que flota en su imaginación en ese momento, y cuando han terminado, apenas podrían decir una palabra de aquello por lo que han estado orando. Esta no es oración eficaz. ¿Qué pensaríamos de alguien que intentara mover así a una legislatura, y dijera: “Ahora es invierno, y la legislatura está en sesión, y es hora de elevar peticiones”, y se presentara ante la legislatura y peticionara al azar, sin ningún objeto definido? ¿Creéis que tales peticiones moverían a la legislatura?
El hombre debe tener algún objeto definido ante su mente. No puede orar eficazmente por una variedad de objetos a la vez. La mente del hombre está constituida de tal modo que no puede fijar sus deseos intensamente en muchas cosas al mismo tiempo. Todos los ejemplos de oración eficaz registrados en la Biblia fueron de esta clase. Dondequiera que veáis que la bendición buscada en oración fue alcanzada, hallaréis que la oración ofrecida fue oración por ese objeto definido.
2. La oración, para ser eficaz, debe estar en conformidad con la voluntad revelada de Dios. Orar por cosas contrarias a la voluntad revelada de Dios es tentar a Dios. Hay tres maneras en que la voluntad de Dios se revela a los hombres para guiarlos en la oración.
(1.) Por promesas o predicciones expresas en la Biblia de que dará o hará ciertas cosas. Ya sea por promesas expresas respecto de cosas particulares, o por promesas en términos generales, de modo que podamos aplicarlas a cosas particulares. Por ejemplo, está esta promesa: “Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”.
(2.) A veces Dios revela su voluntad por su providencia. Cuando deja claro que tales y cuales acontecimientos están por suceder, es tanto una revelación como si lo hubiera escrito en su palabra. Sería imposible revelarlo todo en la Biblia. Pero a menudo Dios deja claro a quienes tienen discernimiento espiritual que es su voluntad conceder tales y cuales bendiciones.
(3.) Por su Espíritu. Cuando el pueblo de Dios no sabe qué pedir conforme a su voluntad, su Espíritu a menudo lo instruye. Donde no hay revelación particular, y la providencia lo deja oscuro, y no sabemos qué pedir como conviene, se nos dice expresamente que “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad” y que “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Mucho se ha dicho acerca de orar con fe por cosas no reveladas. Se objeta que esta doctrina implica una nueva revelación. Respondo que, nueva o antigua, es la revelación misma que Jehová dice que hace. Aquí es tan claro como si ahora fuera revelado por una voz del cielo, que el Espíritu de Dios ayuda al pueblo de Dios a orar conforme a la voluntad de Dios, cuando ellos mismos no saben qué cosas deben pedir. “Y el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu”, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos, y guía a los cristianos a orar precisamente por esas cosas, con gemidos indecibles. Cuando ni la palabra ni la providencia les permiten decidir, entonces sean llenos del Espíritu, como Dios les manda que sean. Él dice: “Sed llenos del Espíritu”. Y Él guiará su mente hacia aquellas cosas que Dios está dispuesto a conceder.
3. Para orar eficazmente, debéis orar con sumisión a la voluntad de Dios. No confundáis la sumisión con la indiferencia. No hay dos cosas más diferentes. Conocí una vez a un individuo que llegó a un lugar donde había un avivamiento. Él mismo estaba frío, y no entraba en el espíritu de aquello, y no tenía espíritu de oración; y cuando oyó a los hermanos orar como si no pudieran ser rechazados, se escandalizó de su osadía, e insistía todo el tiempo en la importancia de orar con sumisión; cuando era tan claro como cualquier cosa podría serlo, que confundía la sumisión con la indiferencia
Asimismo, no confundáis la sumisión en la oración con una confianza general de que Dios hará lo que es justo. Es apropiado tener esta confianza de que Dios hará lo que es justo en todas las cosas. Pero esto es algo distinto de la sumisión. Lo que quiero decir por sumisión en la oración es la aquiescencia a la voluntad revelada de Dios. Someterse a cualquier mandamiento de Dios es obedecerlo. La sumisión a algún decreto de Dios supuesto o posible, pero secreto, no es sumisión. Someterse a cualquier disposición de la Providencia es imposible hasta que llega. Porque nunca podemos saber cuál será el suceso hasta que ocurre. Tomemos un caso: David, cuando su hijo estaba enfermo, se angustió, agonizó en oración y rehusó ser consolado. Lo tomó tan a pecho que, cuando el niño murió, sus siervos temían decirle que el niño había muerto, por miedo a que se afligiera aún peor. Pero tan pronto como oyó que el niño había muerto, dejó a un lado su dolor, se levantó, pidió comida, y comió y bebió como de costumbre. Mientras el niño aún vivía, no sabía cuál era la voluntad de Dios, y por eso ayunó y oró, y dijo: “¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y viva el niño?”. No sabía sino que su oración y su agonía fueran precisamente aquello de lo que dependía que el niño viviera o no. Pensó que si se humillaba y suplicaba a Dios, quizá Dios le ahorraría este golpe. Pero tan pronto como se manifestó la voluntad de Dios, y el niño murió, se inclinó como un santo. Parecía no solo aquietarse, sino incluso hallar satisfacción en ello. “Yo voy a él, mas él no volverá a mí”. Esta era la verdadera sumisión. Razonó correctamente en el caso. Mientras no tenía revelación de la voluntad de Dios, no sabía sino que la recuperación del niño dependiera de su oración. Pero cuando tuvo una revelación de la voluntad de Dios, se sometió. Mientras no se conoce la voluntad de Dios, someterse sin orar es tentar a Dios. Quizá, por lo que sabéis, el hecho de que ofrezcáis la clase correcta de oración sea aquello de lo que depende el suceso. En el caso de un amigo impenitente, la condición misma de la que depende que sea salvado del infierno puede ser el fervor y la importunidad de vuestra oración por ese individuo.
4. La oración eficaz por un objeto implica un deseo de ese objeto proporcionado a su importancia. Si una persona desea verdaderamente cualquier bendición, sus deseos guardarán cierta proporción con la grandeza de la bendición. Los deseos del Señor Jesucristo por la bendición que pedía en oración eran asombrosamente intensos, y llegaban incluso a la agonía. Si el deseo de un objeto es intenso, y es un deseo benévolo, y la cosa no es contraria a la voluntad y providencia de Dios, cabe presumir que será concedido. Hay dos razones para esta presunción:
(1.) Por la benevolencia general de Dios. Si es un objeto deseable; si, hasta donde podemos ver, sería un acto de benevolencia por parte de Dios concederlo, su benevolencia general es evidencia presuntiva de que lo concederá.
(2.) Si os encontráis movidos por deseos benévolos hacia cualquier objeto, hay una fuerte presunción de que el Espíritu de Dios está suscitando esos mismos deseos, y os impulsa a orar por ese objeto, para que sea concedido en respuesta a la oración. En tal caso, ningún grado de deseo o de importunidad en la oración es impropio. El cristiano puede acercarse, por así decirlo, y asir la mano de Dios. Ved el caso de Jacob, cuando exclamó, en una agonía de deseo: “No te dejaré, si no me bendices”. ¿Se disgustó Dios con su osadía e importunidad? En absoluto; sino que le concedió justamente lo que pedía. Así también en el caso de Moisés. Dios dijo a Moisés: “Déjame que los destruya, y borre su nombre de debajo del cielo, y yo te pondré sobre una nación más fuerte y más numerosa que ellos”. ¿Qué hizo Moisés? ¿Se hizo a un lado y dejó que Dios hiciera como había dicho? No; su mente vuelve a los egipcios, y piensa cómo ellos se gloriarían. “¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó?”. Parecía como si asiera la mano alzada de Dios para desviar el golpe. ¿Reprendió Dios su intromisión, y le dijo que no tenía por qué inmiscuirse? No; parecía como si Él no pudiera negar nada a tal importunidad, y así Moisés se puso en la brecha, y prevaleció con Dios.
Se dice de Javier, el misionero, que una vez fue llamado a orar por un hombre que estaba enfermo, y oró tan fervientemente que parecía, por así decirlo, hacer violencia al cielo —así lo expresa el escritor—. Y prevaleció, y el hombre se recuperó.
Tal oración se ofrece a menudo en la actualidad, cuando los cristianos han sido llevados a tal grado de importunidad y a tan santa osadía que después, al recordarlo, se asustaban y se asombraban de sí mismos, al pensar que se atrevieran a ejercer semejante importunidad con Dios. Y sin embargo estas oraciones han prevalecido, y han obtenido la bendición. Y muchas de estas personas, a quienes conozco, están entre las personas más santas que conozco en el mundo.
5. La oración, para ser eficaz, debe ofrecerse desde motivos rectos. La oración no debe ser egoísta, sino dictada por un supremo interés en la gloria de Dios. Mucha oración se ofrece por puro egoísmo. A veces las esposas oran por sus maridos, para que se conviertan, porque dicen: “Sería mucho más agradable que mi marido fuera a la reunión conmigo”, y cosas así. Y parece que jamás elevan sus pensamientos por encima de sí mismas. No parecen pensar en cómo sus maridos deshonran a Dios con sus pecados, y en cómo Dios sería glorificado en su conversión. Así ocurre muy a menudo con los padres. No pueden soportar la idea de que sus hijos se pierdan. Ciertamente oran por ellos con mucho fervor. Pero si vais a hablar con ellos, se muestran muy tiernos, y os cuentan qué buenos son sus hijos, cómo respetan la religión, y piensan que ya casi son cristianos; y así hablan como si temieran que hicierais daño a sus hijos si les dijerais la verdad. No piensan en cómo hijos tan amables y encantadores deshonran a Dios con sus pecados; solo piensan en qué cosa tan terrible será para ellos ir al infierno. ¡Ah! A menos que sus pensamientos se eleven más alto que esto, sus oraciones jamás prevalecerán ante un Dios santo. La tentación de los motivos egoístas es tan fuerte que hay razón para temer que muchísimas oraciones de padres nunca se eleven por encima de los anhelos de la ternura paternal. Y esa es la razón por la que tantas oraciones no son oídas, y por la que tantos padres piadosos y orantes tienen hijos impíos. Mucha de la oración por el mundo pagano parece basarse en ningún principio más alto que la compasión. Los agentes misioneros, y otros, se detienen casi exclusivamente en los seiscientos millones de paganos que van al infierno, mientras poco se dice de que deshonran a Dios. Este es un gran mal; y hasta que la iglesia tenga motivos más altos para la oración y el esfuerzo misionero que la compasión por los paganos, sus oraciones y sus esfuerzos nunca lograrán gran cosa.
6. La oración, para ser eficaz, debe ser por la intercesión del Espíritu. Nunca podéis esperar ofrecer oración conforme a la voluntad de Dios sin el Espíritu. En los dos primeros casos, no es porque los cristianos sean incapaces de ofrecer tal oración, cuando la voluntad de Dios está revelada en su palabra, o indicada por su providencia. Son capaces de hacerlo, así como son capaces de ser santos. Pero el hecho es que son tan perversos que nunca ofrecen tal oración sin ser influidos por el Espíritu de Dios. Debe haber una fe, como la que produce la operación eficaz del Espíritu Santo.
7. Debe ser oración perseverante. Por lo general, los cristianos que se han apartado y han perdido el espíritu de oración no adquieren de inmediato el hábito de la oración perseverante. Su mente no está en el estado correcto, y no pueden fijar la mente y mantenerse hasta que llega la bendición. Si su mente estuviera en ese estado, de perseverar hasta que llega la respuesta, la oración eficaz podría ofrecerse de una vez, tanto como después de haber orado muchísimas veces por un objeto. Pero tienen que orar una y otra vez, porque sus pensamientos son muy dados a divagar, y se desvían con tanta facilidad del objeto hacia otra cosa. Hasta que su mente se impregna del espíritu de oración, no se mantendrán fijos en un punto, ni llevarán su petición a una resolución en el acto. No penséis que estáis preparados para ofrecer la oración que prevalece, si vuestros sentimientos os permiten orar una vez por un objeto y luego dejarlo. La mayoría de los cristianos llegan a la oración que prevalece mediante un proceso prolongado. Su mente se va llenando poco a poco de ansiedad por un objeto, de modo que hasta en sus quehaceres andan suspirando sus deseos a Dios. Igual que la madre cuyo hijo está enfermo anda por su casa suspirando como si el corazón se le fuera a romper. Y si es una madre orante, sus suspiros se exhalan hacia Dios todo el día. Si sale del cuarto donde está su hijo, su mente sigue en él; y si duerme, todavía sus pensamientos están en él, y se sobresalta en sueños, creyendo que se muere. Toda su mente está absorta en ese hijo enfermo. Este es el estado de ánimo en que los cristianos ofrecen la oración que prevalece.
¿Cuál fue la razón por la que Jacob luchó toda la noche en oración con Dios? Sabía que había hecho a su hermano Esaú un gran agravio, al arrebatarle la primogenitura mucho tiempo atrás. Y ahora le informaban de que su hermano agraviado venía a su encuentro con una fuerza armada del todo demasiado poderosa para que él pudiera resistirla. Y había gran razón para suponer que venía con propósito de venganza. Había entonces dos razones para que estuviera angustiado. La primera, que había cometido este gran agravio, y nunca había hecho reparación alguna. La otra, que Esaú venía con una fuerza suficiente para aplastarlo. Ahora bien, ¿qué hace? Pues primero dispone todo del mejor modo que puede para encontrarse con su hermano, enviando primero su presente, luego sus bienes, luego su familia, poniendo a los que más amaba lo más atrás posible. Y para entonces su ánimo estaba tan agitado que no podía contenerse. Se aparta a solas al otro lado del arroyo, y derrama su alma misma en una agonía de oración toda la noche. Y justo al despuntar el día, el ángel del pacto dijo: “Déjame”; y todo su ser, por así decirlo, se angustió ante la idea de rendirse, y clamó: “No te dejaré, si no me bendices”. Su alma fue llevada a una agonía, y obtuvo la bendición, pero siempre llevó las marcas de ello, y mostró que su cuerpo había sido grandemente afectado por esta lucha del alma. Esto es la oración que prevalece.
Ahora bien, no os engañéis pensando que ofrecéis oración eficaz, a menos que tengáis este intenso deseo de la bendición. No lo creo. La oración no es eficaz a menos que se ofrezca con una agonía de deseo. El apóstol Pablo la describe como un dolor de parto del alma. Jesucristo, cuando oraba en el huerto, estaba en tal agonía que sudaba como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Nunca he conocido a una persona que sudara sangre; pero he conocido a una persona orar hasta que la sangre le brotaba de la nariz. Y he conocido a personas orar hasta quedar empapadas de sudor, en el frío más crudo del invierno. He conocido a personas orar durante horas, hasta que toda su fuerza se agotaba con la agonía de su alma. Tales oraciones prevalecieron con Dios.
Esta agonía en la oración era común en los días del presidente Edwards, en los avivamientos que entonces tuvieron lugar. Uno de los grandes tropiezos en aquellos días, para las personas que se oponían al avivamiento, era que la gente solía orar hasta que sus cuerpos quedaban vencidos por sus emociones. Leeré un párrafo de lo que el presidente Edwards dice sobre el tema, para que veáis que esto no es algo nuevo en la Iglesia, sino que siempre ha prevalecido dondequiera que los avivamientos prevalecieron con poder. Es de sus Pensamientos sobre los avivamientos.
“No podemos determinar que Dios nunca dará a persona alguna tal revelación de sí mismo que no solo debilite su cuerpo, sino que le quite la vida. Teólogos muy doctos y juiciosos suponen que la vida de Moisés fue quitada de esta manera; y también se ha supuesto que este fue el caso de algunos otros santos. Más aún, no veo que nadie tenga fundamento sólido y seguro para determinar que Dios nunca hará impresiones tan fuertes en la mente por su Espíritu que sean ocasión de dañar de tal modo la constitución del cuerpo, y en particular esa parte del cuerpo, el cerebro, que las personas queden privadas del uso de la razón. Como dije antes, si es demasiado para nosotros determinar que Dios no traerá una calamidad externa al conceder bendiciones espirituales y eternas, también es demasiado para nosotros determinar cuán grande será la calamidad externa que traiga. Si Dios da un gran aumento de revelaciones de sí mismo, y de amor hacia él, el beneficio es infinitamente mayor que la calamidad, aunque la vida fuera quitada poco después; más aún, aunque el alma no fuera llevada de inmediato al cielo, sino que yaciera algunos años en un sueño profundo, y luego fuera llevada al cielo; o, lo que viene a ser casi lo mismo, si fuera privada del uso de sus facultades, e inactiva e inservible, como si yaciera en un sueño profundo por algunos años, y luego pasara a la gloria. No podemos determinar cuán grande calamidad es la locura, considerada con todas sus consecuencias, y con todo lo que pudo haberse seguido si la locura no hubiera ocurrido; ni tampoco, en verdad, si (así considerada) es calamidad alguna, o si más bien no es una misericordia, al impedir algún gran pecado, o alguna cosa más terrible que de otro modo habría sucedido. Sería una gran falta en nosotros poner límite a un Dios soberano y sapientísimo, cuyos juicios son un gran abismo, y sus caminos inescrutables, allí donde él no se ha puesto límite a sí mismo, y en cosas acerca de las cuales no nos ha dicho cuál será su proceder. Es notable, considerando en cuántos casos, y en cuán gran grado, la constitución del cuerpo ha sido vencida últimamente, que las vidas de las personas, no obstante, hayan sido preservadas, y que los casos de quienes han sido privados de la razón hayan sido tan pocos, y esos, quizá todos ellos, personas bajo la peculiar desventaja de una complexión débil y vaporosa. Una mano Divina misericordiosa y cuidadosa se manifiesta muy claramente en que, en tantos casos donde la nave ha comenzado a hundirse, sin embargo ha sido sostenida, y no se ha hundido del todo. Los casos de quienes han sido privados de la razón son tan pocos que ciertamente no bastan para causarnos ningún sobresalto, como si esta obra que se ha llevado a cabo en el país fuera de influencia funesta; a menos que estemos dispuestos a recoger todo lo que podamos para oscurecerla, y presentarla con colores espantosos.
“Hay una clase particular de ejercicio y preocupación de la mente por la que muchos han sido vencidos, que ha sido especialmente motivo de tropiezo para algunos; y es la profunda preocupación y angustia en que han estado por las almas de otros. Lamento que alguien nos obligue a hacer lo que parece tan innecesario, como defender una cosa como esta. Parece mera frivolidad, en un caso tan claro, entrar en un debate formal y minucioso para determinar si hay algo en la magnitud e importancia del caso que corresponda y guarde proporción con la grandeza de la preocupación que algunos han manifestado. Se puede admitir que los hombres, por ningún principio más alto que la común sensibilidad y humanidad, se preocupen muy profundamente y se conmuevan mucho al ver a otros en gran peligro de una calamidad no mayor que ahogarse, o ser consumidos en una casa en llamas. Y si es así, entonces sin duda se admitirá que es igualmente razonable, si los vieran en peligro de una calamidad diez veces mayor, preocuparse mucho más aún; y tanto más todavía, si la calamidad fuera aún inmensamente mayor. ¿Y por qué, entonces, habría de tenerse por irrazonable, y mirarse con ojo muy suspicaz, como si tuviera que provenir de alguna mala causa, cuando las personas se preocupan en extremo al ver a otros en muy gran peligro de sufrir la severidad y la ira del Dios Todopoderoso por toda la eternidad? Y además, sin duda se admitirá que quienes tienen muy altos grados del Espíritu de Dios, esto es, un espíritu de amor, bien puede suponerse que tengan muchísimo más amor y compasión hacia sus semejantes que quienes son influidos solo por la común humanidad. ¿Por qué habría de parecer extraño que quienes están llenos del Espíritu de Cristo sean, proporcionalmente, en su amor a las almas, semejantes a Cristo, quien tuvo un amor tan fuerte por ellas y tal preocupación por ellas que estuvo dispuesto a beber las heces de la copa del furor de Dios por ellas; y al mismo tiempo que ofreció su sangre por las almas, ofreció también, como su sumo sacerdote, gran clamor y lágrimas, con una agonía extrema, cuando el alma de Cristo estaba, por así decirlo, en dolores de parto por las almas de los elegidos; y, por tanto, al salvarlas, se dice de él que verá el fruto de la aflicción de su alma. Como tal espíritu de amor y preocupación por las almas era el espíritu de Cristo, así es el espíritu de la iglesia; y, por tanto, la iglesia, al desear y buscar que Cristo sea manifestado en el mundo y en las almas de los hombres, es representada, en Apocalipsis 12, como ‘una mujer que clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento’. El espíritu de quienes han estado en angustia por las almas de otros, hasta donde puedo discernir, no parece diferente del del apóstol, que sufría dolores de parto por las almas, y estaba dispuesto a desear ser él mismo anatema, separado de Cristo, por otros. Y del del salmista, Salmo 119:53: ‘Horror se apoderó de mí a causa de los inicuos que dejan tu ley’. Y del versículo 136: ‘Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley’. Y del del profeta Jeremías, Jeremías 4:19: ‘¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi corazón se agita dentro de mí; no callaré; porque sonido de trompeta has oído, oh alma mía, pregón de guerra!’. Y así también, en el capítulo 9:1, y 13:17, e Isaías 22:4. Leemos de Mardoqueo, cuando vio a su pueblo en peligro de ser destruido con una destrucción temporal, en Ester 4:1, que ‘rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio y de ceniza, y se fue por en medio de la ciudad clamando con grande y amargo clamor’. ¿Y por qué, entonces, habría de pensarse que las personas están fuera de sí, cuando no pueden contenerse de clamar ante la consideración de la miseria de aquellos que van a la destrucción eterna?”
He leído esto para mostrar que esto era común en los grandes avivamientos de aquellos días. Siempre ha sido así en todos los grandes avivamientos, y ha sido más o menos común en proporción a la grandeza, la extensión y la profundidad de la obra. Así fue en los grandes avivamientos de Escocia, y multitudes solían quedar vencidas, y algunos casi murieron, por la profundidad de su agonía.
9. Si os proponéis orar eficazmente, debéis orar mucho. Se decía del apóstol Santiago que, después de muerto, se halló que sus rodillas estaban callosas como las de un camello, de tanto orar. ¡Ah! Aquí estaba el secreto del éxito de aquellos ministros primitivos. Tenían las rodillas callosas.
10. Si pretendéis que la oración sea eficaz, debe ofrecerse en el nombre de Cristo. No podéis venir a Dios en vuestro propio nombre. No podéis alegar vuestros propios méritos. Pero podéis venir en un nombre que siempre es aceptable. Todos sabéis lo que es usar el nombre de un hombre. Si fuerais al banco con un giro o pagaré avalado por John Jacob Astor, eso sería daros su nombre, y sabéis que podríais obtener el dinero del banco tan bien como él mismo. Pues bien, Jesucristo os da el uso de su nombre. Y cuando oráis en el nombre de Cristo, el significado de ello es que podéis prevalecer tan bien como él mismo, y recibir tanto como recibiría el Hijo muy amado de Dios si él mismo orara por las mismas cosas. Pero debéis orar con fe. Su nombre tiene en vuestros labios toda la virtud que tiene en los suyos, y Dios está tan dispuesto a otorgaros bendiciones, cuando pedís en el nombre de Cristo y con fe, como lo estaría a otorgárselas a Cristo si él las pidiera.
11. No podéis prevalecer en la oración sin renunciar a todos vuestros pecados. No solo debéis traerlos a la memoria, sino que debéis renunciar realmente a ellos, y abandonarlos, y en el propósito de vuestro corazón renunciar a todos ellos para siempre.
12. Debéis orar con fe. Debéis esperar obtener las cosas que pedís. No debéis esperar respuesta a la oración si oráis sin la expectativa de obtenerla. No habéis de formar tales expectativas sin razón alguna para ellas. En los casos que he supuesto, hay una razón para la expectativa. En el caso de que la cosa esté revelada en la palabra de Dios, si oráis sin la expectativa de recibir las bendiciones, no hacéis sino tener a Dios por mentiroso. Si la voluntad de Dios está indicada por su providencia, debéis apoyaros en ella, según la claridad de la indicación, hasta el punto de esperar la bendición si oráis por ella. Y si sois guiados por su Espíritu a orar por ciertas cosas, tenéis tanta razón para esperar que la cosa se haga como si Dios la hubiera revelado en su palabra.
Pero algunos dicen: “¿No llevará esta visión de las direcciones del Espíritu de Dios a la gente al fanatismo?”. Respondo que bien pudiera ser que muchos se engañen respecto de este asunto. Multitudes se han engañado respecto de todos los demás puntos de la religión. Y si algunas personas creyeran que son guiadas por el Espíritu de Dios, cuando no es más que su propia imaginación, ¿es eso razón alguna para que quienes saben que son guiados por el Espíritu no lo sigan? Muchas personas se suponen convertidas cuando no lo están. ¿Es eso razón alguna para que no nos aferremos al Señor Jesucristo? Supongamos que algunas personas se engañan al pensar que aman a Dios, ¿es eso razón alguna para que el santo piadoso, que sabe que el amor de Dios ha sido derramado en su corazón, no dé rienda suelta a sus sentimientos en cantos de alabanza? Así, supongo que algunos pueden engañarse al pensar que son guiados por el Espíritu de Dios. Pero no hay necesidad de ser engañado. Si la gente sigue impulsos, es culpa suya. No quiero que sigáis impulsos. Quiero que seáis de mente sobria, y que sigáis las sobrias y racionales direcciones del Espíritu de Dios. Hay quienes entienden lo que quiero decir, y que saben muy bien lo que es entregarse al Espíritu de Dios en la oración.
III. Expondré algunas de las razones por las que estas cosas son esenciales para la oración eficaz. ¿Por qué requiere Dios tal oración, deseos tan intensos, súplicas tan agonizantes?
1. Estos deseos intensos ilustran vívidamente la fuerza de los sentimientos de Dios. Son semejantes a los verdaderos sentimientos de Dios por los pecadores impenitentes. Cuando he visto, como a veces he visto, la asombrosa fuerza del amor por las almas que han sentido algunos cristianos, he quedado maravillosamente impresionado por el asombroso amor de Dios y sus deseos por la salvación de ellos. El caso de cierta mujer, de quien leí, en un avivamiento, causó la mayor impresión en mi mente. Tenía tal compasión y amor inefables por las almas que llegaba a jadear por aire casi hasta la asfixia. ¡Cuán intenso debe de ser el deseo que Dios siente, cuando su Espíritu produce en los cristianos tan asombrosa agonía, tales dolores del alma, tal parto! —Dios ha escogido la mejor palabra para expresarlo— es un parto, un dolor de parto del alma.
He visto a un hombre de tanta fuerza de intelecto y de músculo como cualquiera en la comunidad caer postrado, absolutamente vencido por sus inefables deseos por los pecadores. Sé que esto es un tropiezo para muchos; y siempre lo será mientras queden en la iglesia tantos que profesan la religión de manera ciega y necia. Pero no puedo dudar de que estas cosas son obra del Espíritu de Dios. ¡Ojalá toda la iglesia pudiera estar tan llena del Espíritu como para sufrir dolores de parto en oración, hasta que una nación naciera en un día!
Se dice en la palabra de Dios que, tan pronto “como Sion estuvo de parto, dio a luz”. ¿Qué significa eso? Una vez le hice esta pregunta a alguien que profesaba la religión. Ponía reparos a nuestras ideas sobre la oración eficaz, y le pregunté qué suponía que significaba el que Sion estuviera de parto. “Ah”, dijo, “significa que, en cuanto la iglesia ande unida en la comunión del Evangelio, entonces se dirá que Sion anda. Ese andar juntos es lo que se llama caminar”. No es el mismo término, ya veis. Eso era todo lo que sabía.
2. Estos deseos intensos que he descrito son el resultado natural de una gran benevolencia y de una clara visión del peligro de los pecadores. Es perfectamente razonable que así sea. Si las mujeres que están en esta casa mirasen allá arriba, y vieran a una familia consumiéndose en el fuego, y oyeran sus gritos, y contemplaran su agonía, se angustiarían, y es muy probable que muchas de ellas se desmayaran de angustia. Y nadie se asombraría de ello, ni diría que eran necias o locas por angustiarse tanto ante espectáculo tan espantoso. Les parecería extraño que no hubiera algunas expresiones de sentimiento poderoso. ¿Por qué habría de asombrar, entonces, que los cristianos sientan como he descrito, cuando tienen una clara visión del estado de los pecadores y del terrible peligro en que se hallan? El hecho es que aquellos individuos que nunca han sentido así jamás han sentido mucha benevolencia real, y su piedad ha de ser de un carácter muy superficial. No pretendo juzgar con dureza, ni hablar sin caridad. Pero lo afirmo como un simple hecho; y la gente puede hablar de ello como quiera, pero yo sé que tal piedad es superficial. Esto no es censura mordaz, sino simple verdad.
A veces la gente se asombra de que los cristianos tengan tales sentimientos. ¿Asombrarse de qué? Pues del resultado natural, filosófico y necesario de una profunda piedad hacia Dios, y de una profunda benevolencia hacia el hombre, en vista del gran peligro en que ven a los pecadores.
3. El alma del cristiano, cuando así está cargada, debe tener alivio. Dios hace rodar este peso sobre el alma del cristiano con el propósito de acercarlo a sí mismo. A menudo los cristianos son tan incrédulos que no ejercen la debida fe en Dios hasta que él hace rodar sobre ellos esta carga, tan pesada que no pueden vivir bajo ella, y entonces han de acudir a Dios en busca de alivio. Es como el caso de muchos pecadores convictos. Dios está dispuesto a recibirlo de inmediato, si viene directamente a él con fe en Jesucristo. Pero el pecador no quiere venir. Se resiste, forcejea, y gime bajo la carga de sus pecados, y no quiere arrojarse sobre Dios, hasta que su carga de convicción se hace tan grande que ya no puede vivir; y cuando es llevado, por así decirlo, a la desesperación, y siente como si estuviera a punto de hundirse en el infierno, da un gran salto, y se arroja sobre la misericordia de Dios como su única esperanza. Su deber había sido venir antes. Dios no se deleitaba en su angustia por sí misma. Fue solo la obstinación del pecador lo que creó la necesidad de toda esta angustia. No quería venir sin ella. Así, cuando quienes profesan la religión quedan cargados con el peso de las almas, a menudo oran una y otra vez, y sin embargo la carga no se va, ni su angustia disminuye, porque nunca la han arrojado toda sobre Dios con fe. Pero no pueden librarse de la carga. Mientras dure su benevolencia, permanecerá y aumentará, y a menos que resistan y apaguen al Espíritu Santo, no pueden hallar alivio, hasta que al fin, llevados al extremo, hacen un esfuerzo desesperado, hacen rodar la carga sobre el Señor Jesucristo, y ejercen en él una confianza como de niño. Entonces se sienten aliviados; entonces sienten como si el alma por la que oraban fuera a ser salvada. La carga se ha ido, y Dios parece, en su bondad, sosegar la mente para que sienta una dulce seguridad de que la bendición será concedida. A menudo, después de que un cristiano ha tenido esta lucha, esta agonía en la oración, y ha obtenido alivio de este modo, hallaréis que brotan los más dulces y celestiales afectos —el alma descansa dulce y gloriosamente en Dios, y se regocija “con gozo inefable y glorioso”.
¿Piensa alguno de vosotros ahora que no existen tales cosas en la experiencia de los creyentes? Os digo que, si tuviera tiempo, podría mostraros, del presidente Edwards y de otros escritores acreditados, casos y descripciones exactamente como este. ¿Preguntáis por qué nunca tenemos tales cosas aquí en Nueva York? Os digo que no es en absoluto porque seáis mucho más sabios que los cristianos del campo, ni porque tengáis mucha más inteligencia o ideas más amplias sobre la naturaleza de la religión, o una piedad más estable y bien regulada. Os digo que no; en lugar de enorgulleceros de estar libres de tales extravagancias, deberíais esconder la cabeza, porque los cristianos de Nueva York son tan mundanos, y tienen tanta rigidez, orgullo y afán de moda, que no pueden rebajarse a una espiritualidad como esta. Ojalá pudiera ser así. ¡Ojalá hubiera tal espíritu en esta ciudad y en esta iglesia! Sé que causaría escándalo si tales cosas ocurrieran aquí. Pero eso no me importaría. Que digan, si les place, que la gente de la Capilla de Chatham se está trastornando. No tendríamos por qué temer eso, si pudiéramos vivir lo bastante cerca de Dios para gozar de su Espíritu de la manera que he descrito.
4. Estos efectos del espíritu de oración sobre el cuerpo no son en sí mismos parte de la religión. Solo sucede que el cuerpo a menudo es tan débil que los sentimientos del alma lo vencen. Estos efectos corporales no son en absoluto esenciales para la oración que prevalece, sino solo un resultado natural o físico de emociones de la mente muy exaltadas. No es nada raro que el cuerpo se debilite e incluso quede vencido por cualquier emoción poderosa de la mente, en otros asuntos además de la religión. El portero del Congreso, en tiempos de la revolución, cayó muerto al recibir una noticia sumamente jubilosa. Conocí a una mujer en Rochester que estaba en gran agonía de oración por la conversión de su yerno. Una mañana él estaba en una reunión de ansiosos, y ella se quedó en casa orando por él. Al terminar la reunión, él llegó a casa convertido, y ella se regocijó tanto que cayó y murió allí mismo. No es más extraño que estos efectos los produzca la religión que un sentimiento fuerte sobre cualquier otro asunto. No es esencial para la oración, sino el resultado natural de un gran esfuerzo de la mente.
5. Sin duda una gran razón por la que Dios requiere el ejercicio de esta oración agonizante es que forma un vínculo de unión tan estrecho entre Cristo y la Iglesia. Crea entre ellos tal comunión de sentimiento. Es como si Cristo viniera y derramara los desbordamientos de su propio corazón benévolo en su iglesia, y la llevara a compenetrarse y a cooperar con él, como nunca lo hace de ninguna otra manera. Sienten tal como Cristo siente —tan llenos de compasión por los pecadores que no pueden contenerse. Así ocurre a menudo con aquellos ministros que se distinguen por su éxito al predicar a los pecadores; a menudo tienen tal compasión, tales deseos desbordantes de su salvación, que se manifiesta en su hablar y en su predicación, como si Jesucristo hablara a través de ellos. Las palabras salen de sus labios frescas y cálidas, como del corazón mismo de Cristo. No quiero decir que él les dicte las palabras; sino que suscita los sentimientos que les dan expresión. Entonces veis un movimiento en los oyentes, como si Cristo mismo hablara por labios de barro.
6. Este sufrir dolores de parto por las almas crea también un notable vínculo de unión entre los cristianos de corazón ardiente y los nuevos convertidos. Los que se convierten resultan muy queridos para los corazones que han tenido este espíritu de oración por ellos. El sentimiento es como el de una madre por su primogénito. Pablo lo expresa hermosamente cuando dice: “¡Hijitos míos!”. Su corazón era cálido y tierno hacia ellos. “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto”. Se habían apartado, y él siente todas las agonías de un padre por un hijo descarriado. “Vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros, la esperanza de gloria”. En un avivamiento, he notado a menudo cómo aquellos que han tenido el espíritu de oración aman a los nuevos convertidos. Sé que esto es todo álgebra para quienes nunca lo han sentido. Pero para quienes han experimentado la agonía de la oración luchadora y que prevalece, por la conversión de un alma, podéis estar seguros de que esa alma, después de convertirse, resulta tan querida como lo es un hijo para la madre que lo ha dado a luz con dolor. Ha agonizado por ella, y la ha recibido en respuesta a la oración, y puede presentarla ante el Señor Jesucristo, diciendo: “He aquí yo y los hijos que me diste”.
7. Otra razón por la que Dios requiere esta clase de oración es que es la única manera en que la iglesia puede quedar debidamente preparada para recibir grandes bendiciones sin resultar perjudicada por ellas. Cuando la iglesia está así postrada en el polvo ante Dios, y en lo hondo de la agonía en oración, la bendición le hace bien. Mientras que, al mismo tiempo, si hubieran recibido la bendición sin esta profunda postración del alma, los habría envanecido de orgullo. Pero tal como es, aumenta su santidad, su amor, su humildad.
IV. He de mostrar que tal oración como la que he descrito puede mucho. Pero me falta tiempo para entrar en un detalle minucioso de las pruebas que pensaba presentar bajo este punto.
El profeta Elías se lamentaba por las decadencias de la casa de Israel, y cuando vio que no era probable que ningún otro medio fuera eficaz para impedir un continuo desvío hacia la idolatría, oró para que los juicios de Dios cayeran sobre la nación culpable. Oró para que no lloviera, y Dios cerró los cielos por tres años y seis meses, hasta que el pueblo fue llevado al último extremo. Y cuando vio que era hora de ceder, ¿qué hace? Vedlo subir al monte e inclinarse en oración. Deseaba estar solo; y mandó a su criado ir siete veces, mientras él agonizaba en oración. La última vez, el criado le dijo que había aparecido una pequeña nube, como la palma de la mano de un hombre, y al instante se levantó de sus rodillas —la bendición estaba obtenida. Había llegado el momento de que la calamidad fuera revertida. “Ah, pero”, decís, “Elías era un profeta”. Ahora bien, no hagáis esta objeción. La hacían en los días del apóstol, ¿y qué dice el apóstol? Pues presentó este mismo ejemplo, y el hecho de que Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, como un caso de oración que prevalece, e insistió en que ellos también oraran así.
Juan Knox era un hombre famoso por su poder en la oración, hasta el punto de que la sanguinaria reina María solía decir que temía sus oraciones más que a todos los ejércitos de Europa. Y los acontecimientos mostraron que tenía razón para hacerlo. Solía estar en tal agonía por la liberación de su patria que no podía dormir. Tenía un lugar en su jardín adonde solía ir a orar. Una noche él y varios amigos oraban juntos, y mientras oraban, Knox habló y dijo que la liberación había llegado. No podía decir qué había ocurrido, pero sentía que algo había sucedido, porque Dios había oído sus oraciones. ¿Qué era? Pues la siguiente noticia que tuvieron fue que ¡María había muerto!
Tomad un hecho que un ministro relató en mi presencia. Dijo que en cierto pueblo no había habido avivamiento durante muchos años; la iglesia estaba casi extinguida, los jóvenes todos sin convertir, y la desolación reinaba sin interrupción. Vivía en una parte apartada del pueblo un anciano, herrero de oficio, y de lengua tan tartamuda que resultaba penoso oírlo hablar. Un viernes, mientras trabajaba solo en su taller, su mente se agitó grandemente por el estado de la iglesia y de los impenitentes. Su agonía se hizo tan grande que se sintió impulsado a dejar su trabajo, cerrar con llave la puerta del taller, y pasar la tarde en oración.
Prevaleció, y el día de reposo fue a ver al ministro, y le pidió que convocara una reunión de conferencia. Tras cierta vacilación, el ministro consintió, observando, sin embargo, que temía que asistieran solo unos pocos. La convocó para esa misma noche, en una gran casa particular. Cuando llegó la noche, se reunieron más de los que podían caber en la casa. Todo estuvo en silencio por un rato, hasta que un pecador prorrumpió en lágrimas, y dijo que, si alguien podía orar, le rogaba que orara por él. Le siguió otro, y otro, y aún otro, hasta que se halló que personas de todos los rincones del pueblo estaban bajo profunda convicción. Y lo notable fue que todos fechaban su convicción en la hora en que el anciano oraba en su taller. Siguió un poderoso avivamiento. Así este anciano tartamudo prevaleció, y, como un príncipe, tuvo poder con Dios. Podría nombrar multitud de casos semejantes, pero, por falta de tiempo, debo concluir con unos pocos.
OBSERVACIONES.
1. Mucha oración se pierde, y muchas personas nunca prevalecen en la oración, porque, cuando tienen deseos de bendiciones particulares, no les dan continuidad. Pueden haber tenido deseos, benévolos y puros, suscitados por el Espíritu de Dios; y cuando los tienen, deberían perseverar en la oración, porque si desvían su atención hacia otros objetos, apagarán al Espíritu. Decimos a los pecadores que no aparten su mente del único objeto, sino que mantengan su atención fija en él hasta ser salvos. Cuando halléis estos santos deseos en vuestra mente, cuidad de dos cosas:
(1.) No apaguéis al Espíritu.
(2.) No os dejéis desviar hacia otros objetos.
Seguid las direcciones del Espíritu, hasta que hayáis ofrecido esa oración eficaz y ferviente que puede mucho.
2. Sin el espíritu de oración, los ministros harán muy poco bien. Un ministro no debe esperar mucho éxito, a menos que ore por él. A veces otros pueden tener el espíritu de oración, y obtener una bendición sobre sus labores. Por lo general, sin embargo, los predicadores más fructíferos son los que tienen en sí mismos más del espíritu de oración.
3. No solo los ministros deben tener el espíritu de oración, sino que es necesario que la iglesia se una para ofrecer esa oración eficaz y ferviente que puede prevalecer con Dios. No debéis esperar una bendición, a menos que la pidáis. “Aún seré solicitado por la casa de Israel, para hacerles esto”.
Ahora, hermanos míos, solo tengo que preguntaros, respecto de lo que os he predicado esta noche: “¿Lo haréis?”. ¿Habéis hecho lo que os prediqué el viernes pasado por la noche? ¿Habéis repasado vuestros pecados, y los habéis confesado, y los habéis apartado todos del camino? ¿Podéis orar ahora? ¿Y os uniréis para ofrecer la oración que prevalece, a fin de que el Espíritu de Dios descienda aquí?
Dominio público. Texto original de la edición original.
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