Texto
Oseas 10:12
En breve
«Arad para vosotros barbecho». Los sentimientos no se pueden forzar, dice Finney, pero siguen adonde va la atención. Por eso pone a la iglesia a trabajar con pluma y papel, haciendo la lista de sus pecados uno por uno, desde la ingratitud y el descuido de la Biblia hasta el orgullo y la calumnia, confesándolos y reparando cada agravio: «meted el arado de lleno a través de ellas, hasta el timón».
Arad para vosotros barbecho; porque es el tiempo de buscar al Señor, hasta que venga y os enseñe justicia.
LOS judíos eran una nación de agricultores, y por eso es cosa común en las Escrituras tomar ilustraciones de su oficio y de las escenas que conocen bien los labradores y los pastores. El profeta Oseas se dirige a ellos como a una nación de apóstatas, los reprende por su idolatría y los amenaza con los juicios de Dios. En mi primera conferencia os mostré lo que no es un avivamiento, lo que es y los medios que han de emplearse para promoverlo; y en la segunda, cuándo se necesita, su importancia y cuándo puede esperarse. Mi propósito en esta conferencia es mostrar
CÓMO SE HA DE PROMOVER UN AVIVAMIENTO.
Un avivamiento consta de dos partes: lo que atañe a la iglesia y lo que atañe a los impíos. Esta noche hablaré del avivamiento en la iglesia. Barbecho es la tierra que fue labrada alguna vez, pero que ahora está baldía, y necesita ser roturada y mullida antes de estar en condiciones de recibir la semilla. Mostraré, en lo que respecta a un avivamiento en la iglesia,
1. Qué es romper el barbecho, en el sentido del texto.
2. Cómo ha de hacerse.
I. ¿QUÉ ES ROMPER EL BARBECHO?
Romper el barbecho es quebrantar vuestros corazones: preparar vuestra mente para dar fruto para Dios. En la Biblia se compara a menudo la mente del hombre con la tierra, y la palabra de Dios con la semilla sembrada en ella, y el fruto representa las acciones y los afectos de quienes la reciben. Romper el barbecho, por tanto, es llevar la mente a un estado tal que quede dispuesta para recibir la palabra de Dios. A veces vuestros corazones se apelmazan, duros y secos, y se echan a perder del todo, hasta que no hay manera de sacarles fruto mientras no sean roturados por completo, mullidos y preparados para recibir la palabra de Dios. Es este ablandamiento del corazón, de modo que sienta la verdad, lo que el profeta llama romper vuestro barbecho.
II. ¿CÓMO SE HA DE ROMPER EL BARBECHO?
1. No es mediante esfuerzos directos por sentir. La gente cae en un error en este asunto por no hacer de las leyes de la mente objeto de reflexión. Hay grandes errores acerca de las leyes que gobiernan la mente. La gente habla del sentimiento religioso como si creyera que puede, mediante un esfuerzo directo, suscitar el afecto religioso. Pero no es así como obra la mente. Nadie puede hacerse sentir de esa manera simplemente intentando sentir. Los sentimientos de la mente no están directamente bajo nuestro control. No podemos, por el querer o por un acto directo de la voluntad, suscitar sentimientos religiosos. Tanto valdría pensar en hacer subir espíritus del abismo. Son estados de la mente puramente involuntarios. Existen natural y necesariamente en la mente bajo ciertas circunstancias apropiadas para excitarlos. Pero pueden controlarse indirectamente. De otro modo no habría carácter moral en nuestros sentimientos, si no hubiera manera de controlarlos. No podemos decir: «Ahora voy a sentir esto o aquello hacia tal objeto». Pero sí podemos fijar nuestra atención en él y mirarlo atentamente, hasta que surjan los afectos involuntarios. Que un hombre que está lejos de su familia la traiga a su mente, ¿y no sentirá? Pero no es diciéndose a sí mismo: «Ahora voy a sentir profundamente por mi familia». Un hombre puede dirigir su atención a cualquier objeto acerca del cual debe sentir y desea sentir, y de ese modo despertará las emociones apropiadas. Que un hombre traiga a su enemigo a la mente, y sus sentimientos de enemistad se levantarán. Así, si un hombre piensa en Dios y fija su mente en cualquier aspecto del carácter de Dios, sentirá: las emociones brotarán, por las mismas leyes de la mente. Si es amigo de Dios, que contemple a Dios como un ser lleno de gracia y santo, y se encenderán en su mente emociones de amistad. Si es enemigo de Dios, basta con que ponga delante de su mente el verdadero carácter de Dios, y lo mire, y fije en él su atención, y su enemistad se levantará contra Dios, o bien se quebrantará y entregará su corazón a Dios.
Si queréis romper el barbecho de vuestros corazones y hacer que vuestra mente sienta en lo tocante a la religión, debéis poneros a trabajar exactamente como lo haríais para sentir sobre cualquier otro asunto. En lugar de tener vuestros pensamientos ocupados en todo lo demás, e imaginar luego que asistiendo a unas cuantas reuniones se os despertarán los sentimientos, poneos a trabajar como dicta el sentido común, igual que lo haríais en cualquier otro asunto. Es tan fácil hacer que vuestra mente sienta en lo tocante a la religión como en cualquier otro asunto. Dios ha puesto estos estados de la mente bajo vuestro control. Si la gente fuera tan poco filosófica para mover sus miembros como lo es para regular sus emociones, nunca habríais llegado esta noche a esta reunión.
Si os proponéis romper el barbecho de vuestros corazones, debéis comenzar por mirar vuestros corazones: examinad y notad el estado de vuestra mente, y ved dónde estáis. Muchos parecen no pensar nunca en esto. No prestan ninguna atención a su propio corazón, y nunca saben si van bien en la religión o no, si están ganando terreno o retrocediendo, si son fructíferos o si están baldíos como el barbecho. Ahora bien, debéis apartar vuestra atención de otras cosas y mirar esto. Haced de ello un asunto serio. No tengáis prisa. Examinad a fondo el estado de vuestros corazones, y ved dónde estáis: si andáis con Dios cada día o andáis con el diablo, si servís más a Dios o al diablo, si estáis bajo el dominio del príncipe de las tinieblas o del Señor Jesucristo.
Para hacer todo esto, debéis poneros a considerar vuestros pecados. Debéis examinaros a vosotros mismos. Y con esto no quiero decir que debáis deteneros a mirar directamente hacia dentro para ver cuál es el estado presente de vuestros sentimientos. Esa es precisamente la manera de poner fin a todo sentimiento. Es tan absurdo como lo sería que un hombre cerrara los ojos a la lámpara e intentara volver la mirada hacia dentro para averiguar si hay alguna imagen pintada en la retina. ¡El hombre se queja de que no ve nada! ¿Y por qué? Porque ha apartado los ojos de los objetos de la vista. La verdad es que nuestros sentimientos morales son tan objeto de la conciencia como nuestras sensaciones. Y la manera de excitarlos es seguir actuando y ocupando nuestra mente. Entonces podemos conocer nuestros sentimientos morales por la conciencia, así como yo podría conocer mis sensaciones naturales por la conciencia si pusiera la mano en el fuego.
El examen de uno mismo consiste en mirar vuestra vida, en considerar vuestras acciones, en traer a la memoria el pasado y conocer su verdadero carácter. Repasad vuestra historia pasada. Tomad vuestros pecados particulares uno por uno, y miradlos. No quiero decir que debáis echar solo un vistazo a vuestra vida pasada, ver que ha estado llena de pecados, y luego ir a Dios, hacer una especie de confesión general y pedir perdón. Esa no es la manera. Debéis tomarlos uno por uno. Será bueno tomar pluma y papel mientras los repasáis, y escribirlos a medida que os vengan a la memoria. Repasadlos con tanto cuidado como un comerciante repasa sus libros; y cada vez que un pecado acuda a vuestra memoria, añadidlo a la lista. Las confesiones generales de pecado nunca bastarán. Vuestros pecados fueron cometidos uno por uno; y hasta donde podáis llegar a ellos, debéis revisarlos y arrepentiros de ellos uno por uno. Comenzad ahora; y tomad primero los que comúnmente, pero impropiamente, se llaman vuestros
PECADOS DE OMISIÓN.
1. Ingratitud. Tomad este pecado, por ejemplo, y escribid debajo todos los casos que podáis recordar en que habéis recibido favores de Dios por los cuales nunca mostrasteis gratitud. ¿Cuántos casos podéis recordar? Alguna providencia notable, algún giro maravilloso de los acontecimientos que os salvó de la ruina. Anotad los casos de la bondad de Dios para con vosotros cuando estabais en pecado, antes de vuestra conversión. Luego, la misericordia de Dios en las circunstancias de vuestra conversión, por la cual nunca habéis estado ni la mitad de agradecidos de lo que debíais. Las numerosas misericordias que habéis recibido desde entonces. ¡Qué largo es el catálogo de casos en que vuestra ingratitud es tan negra que os veis obligados a esconder el rostro avergonzados! Ahora poneos de rodillas, y confesadlos uno por uno a Dios, y pedid perdón. El mismo acto de confesar, por las leyes de la asociación de ideas, os traerá otros a la memoria. Anotadlos también. Repasadlos tres o cuatro veces de esta manera, y hallaréis una cantidad asombrosa de misericordias por las cuales nunca habéis dado gracias a Dios. Luego tomad otro pecado. Que sea
2. Falta de amor a Dios. Escribid eso, y repasad todos los casos que podáis recordar en que no disteis al bendito Dios el amor sincero que debíais.
Pensad cuán afligidos y alarmados estaríais si descubrierais algún decaimiento del afecto hacia vosotros en vuestra esposa, vuestro marido o vuestros hijos; si vierais que otro acaparaba su corazón, sus pensamientos y su tiempo. Quizá, en un caso así, casi moriríais de unos celos justos y virtuosos. Pues bien, Dios se llama a sí mismo Dios celoso; ¿y no habéis entregado vuestro corazón a otros amores, os habéis prostituido y lo habéis ofendido infinitamente?
3. Descuido de la Biblia. Anotad las ocasiones en que durante días, y quizá durante semanas —sí, puede que incluso durante meses enteros—, no tuvisteis placer en la palabra de Dios. Quizá no leísteis un capítulo, o si lo leísteis, fue de una manera que desagradó a Dios todavía más. Muchos leen un capítulo entero de tal manera que, si al terminar se les tomara juramento, no podrían decir qué han estado leyendo. Leen con tan poca atención que no recuerdan de la mañana a la tarde dónde han leído, a menos que pongan un cordón o doblen la esquina de una hoja. Esto demuestra que no tomaron a pecho lo que leyeron, que no lo hicieron objeto de reflexión. Si estuvierais leyendo una novela, o cualquier otro escrito que os interesara mucho, ¿no recordaríais lo último que leísteis? Y el hecho de que dobléis una hoja o pongáis un cordón demuestra que leéis más bien como una tarea que por amor o reverencia a la palabra de Dios. La palabra de Dios es la regla de vuestro deber. ¿Y le prestáis tan poca atención que no recordáis lo que leéis? Si es así, no es de extrañar que viváis tan a la ventura, y que vuestra religión sea un fracaso tan miserable.
4. Incredulidad. Los casos en que prácticamente habéis acusado de mentira al Dios de verdad, por vuestra incredulidad ante sus promesas y declaraciones expresas. Dios ha prometido dar el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él. Ahora bien, ¿lo habéis creído? ¿Habéis esperado que él respondiera? ¿No habéis dicho prácticamente en vuestro corazón, cuando orabais por el Espíritu Santo: «No creo que lo vaya a recibir»? Si no habéis creído ni esperado recibir la bendición que Dios ha prometido expresamente, lo habéis acusado de mentir.
5. Descuido de la oración. Las veces que omitisteis la oración secreta, la oración familiar y las reuniones de oración, o que orasteis de una manera que ofendió a Dios más gravemente que si la hubierais descuidado por completo.
6. Descuido de los medios de gracia. Cuando habéis permitido que excusas triviales os impidieran asistir a las reuniones, y habéis descuidado y despreciado los medios de salvación, simplemente por desgana hacia los deberes espirituales.
7. La manera en que habéis cumplido esos deberes: falta de sentimiento, falta de fe, disposición mundana de ánimo, de modo que vuestras palabras no eran más que la mera cháchara de un miserable que no merecía que Dios se preocupara lo más mínimo por él. Cuando os habéis puesto de rodillas y habéis rezado vuestras oraciones de una manera tan insensible y descuidada que, si se os hubiera tomado juramento cinco minutos después de salir de vuestro aposento, no habríais podido decir por qué habíais estado orando.
8. Vuestra falta de amor por las almas de vuestros semejantes. Mirad a vuestro alrededor, a vuestros amigos y parientes, y recordad cuán poca compasión habéis sentido por ellos. Os habéis quedado mirando cómo iban derecho al infierno, y parece como si no os importara que fueran. ¿Cuántos días ha habido en que no hicisteis de su condición el tema de una sola oración ferviente, ni siquiera de un deseo ardiente por su salvación?
9. Vuestra falta de interés por los paganos. Quizá no os habéis interesado lo bastante por ellos como para intentar conocer su condición; quizá ni siquiera para suscribiros a una revista misionera. Mirad esto, y ved cuánto os importan de verdad los paganos, y anotad con honradez la medida real de vuestros sentimientos por ellos y de vuestro deseo de su salvación. Medid vuestro deseo de su salvación por la abnegación que practicáis al dar de vuestros bienes para enviarles el Evangelio. ¿Os negáis siquiera los lujos superfluos y dañinos de la vida, como el té, el café y el tabaco? ¿Reducís vuestro tren de vida, y os sometéis realmente a alguna incomodidad para salvarlos? ¿Oráis diariamente por ellos en vuestro aposento? ¿Asistís con regularidad al concierto mensual de oración? ¿Apartáis algo mes tras mes para echarlo en el tesoro del Señor cuando subís a orar? Si no hacéis estas cosas, y si vuestra alma no agoniza por los pobres paganos sumidos en tinieblas, ¿por qué sois tan hipócritas que pretendéis ser cristianos? ¡Vaya, vuestra profesión es un insulto a Jesucristo!
10. Vuestro descuido de los deberes familiares. Cómo habéis vivido delante de los vuestros, cómo habéis orado, qué ejemplo les habéis dado. ¿Qué esfuerzos directos hacéis habitualmente por su bien espiritual? ¿Qué deber no habéis descuidado?
11. Descuido de los deberes sociales.
12. Descuido de la vigilancia sobre vuestra propia vida. Los casos en que habéis cumplido a la ligera vuestros deberes privados, sin pediros cuentas a vosotros mismos ni ajustar honradamente vuestras cuentas con Dios. Cuando habéis descuidado por completo vigilar vuestra conducta, y habéis bajado la guardia, y habéis pecado delante del mundo, delante de la iglesia y delante de Dios.
13. Descuido de velar por vuestros hermanos. ¡Cuántas veces habéis quebrantado vuestro pacto de que velaríais por ellos en el Señor! ¡Qué poco sabéis o os importa el estado de sus almas! Y sin embargo estáis bajo un juramento solemne de velar por ellos. ¿Qué habéis hecho para conocerlos? ¿Por cuántos de ellos os habéis interesado para saber su estado espiritual? Repasad la lista, y dondequiera que halléis que ha habido descuido, escribidlo. ¿Cuántas veces habéis visto a vuestros hermanos enfriarse en la religión y no les habéis hablado de ello? Los habéis visto comenzar a descuidar un deber tras otro, y no los reprendisteis fraternalmente. Los habéis visto caer en pecado, y los dejasteis seguir. Y sin embargo pretendéis amarlos. ¡Qué hipocresía! ¿Veríais a vuestra esposa o a vuestro hijo caer en la deshonra, o en el fuego, y callaríais? No, no lo haríais. ¿Qué pensáis entonces de vosotros mismos, que pretendéis amar a los cristianos y amar a Cristo, mientras podéis verlos caer en la deshonra sin decirles nada?
14. Descuido de la abnegación. Hay muchos profesantes que están dispuestos a hacer casi cualquier cosa en la religión que no requiera negarse a sí mismos. Pero cuando se les llama a hacer algo que les exige negarse a sí mismos, ¡ah, eso es demasiado! Creen que están haciendo mucho por Dios, y casi tanto como él podría razonablemente pedirles, con tal que hagan lo que les da lo mismo hacer o no hacer; pero no están dispuestos a negarse ninguna comodidad o conveniencia, sea la que sea, por servir al Señor. No sufrirán de buena gana el oprobio por el nombre de Cristo. Ni se negarán los lujos de la vida para salvar a un mundo del infierno. Tan lejos están de recordar que la abnegación es una condición del discipulado, que no saben lo que es la abnegación. Nunca se han negado realmente una cinta o un alfiler por Cristo y por el Evangelio. ¡Ay, qué pronto estarán tales profesantes en el infierno! Algunos dan de su abundancia, y dan mucho, y están dispuestos a quejarse de que otros no den más; cuando, en verdad, no dan nada que necesiten, nada que pudieran disfrutar si se lo quedaran. Solo dan de su riqueza sobrante; y quizá aquella pobre mujer que echa doce centavos y medio en el concierto mensual ha ejercido más abnegación que ellos al dar miles.
De estos pasamos ahora a los
PECADOS DE COMISIÓN.
1. Mundanalidad. ¿Cuál ha sido el estado de vuestro corazón con respecto a vuestros bienes terrenales? ¿Los habéis mirado como realmente vuestros, como si tuvierais derecho a disponer de ellos como propios, según vuestra propia voluntad? Si es así, escribidlo. Si habéis amado los bienes y los habéis buscado por sí mismos, o para satisfacer la concupiscencia o la ambición, o un espíritu mundano, o para atesorarlos para vuestras familias, habéis pecado, y debéis arrepentiros.
2. Orgullo. Recordad todos los casos que podáis en que os habéis sorprendido ejerciendo el orgullo. La vanidad es una forma particular del orgullo. ¿Cuántas veces os habéis sorprendido consultando a la vanidad en cuanto a vuestro vestido y apariencia? ¿Cuántas veces habéis pensado más, y os habéis tomado más trabajo, y habéis gastado más tiempo en adornar vuestro cuerpo para ir a la iglesia que en preparar vuestra mente para la adoración de Dios? Habéis ido a la casa de Dios preocupándoos más de cómo aparecéis exteriormente a la vista de los hombres mortales que de cómo aparece vuestra alma a la vista del Dios que escudriña los corazones. De hecho, os habéis erigido a vosotros mismos para ser adorados por ellos, en lugar de prepararos para adorar vosotros a Dios. Vinisteis a dividir la adoración de la casa de Dios, a desviar la atención del pueblo de Dios para que mirara vuestra linda apariencia. Es inútil pretender ahora que no os importa nada que la gente os mire. Sed honrados en esto. ¿Os tomaríais todo este trabajo con vuestro aspecto si todo el mundo fuera ciego?
3. Envidia. Mirad los casos en que tuvisteis envidia de aquellos que creíais que estaban por encima de vosotros en algún aspecto. O quizá habéis envidiado a los que han tenido más talento o han sido más útiles que vosotros. ¿No habéis envidiado a algunos de tal manera que os dolía oír que los alababan? Os ha resultado más agradable deteneros en sus faltas que en sus virtudes, en sus fracasos que en sus éxitos. Sed honrados con vosotros mismos, y si habéis albergado este espíritu del infierno, arrepentíos profundamente delante de Dios, o nunca os perdonará.
4. Espíritu censurador. Los casos en que habéis tenido un espíritu amargo y habéis hablado de los cristianos de una manera totalmente desprovista de caridad y amor; caridad que os exige esperar siempre lo mejor que el caso admita, y dar la mejor interpretación a cualquier conducta ambigua.
5. Calumnia. Las veces que habéis hablado a espaldas de la gente acerca de sus faltas, reales o supuestas, de miembros de la iglesia o de otros, innecesariamente o sin buena razón. Eso es calumnia. No hace falta mentir para ser culpable de calumnia: decir la verdad con el propósito de dañar es calumnia.
6. Ligereza. ¿Cuántas veces habéis tomado a la ligera las cosas delante de Dios como no os habríais atrevido a hacerlo en presencia de un soberano terrenal? O habéis sido ateos y olvidado que había un Dios, o habéis tenido menos respeto por él y por su presencia del que habríais tenido por un juez terrenal.
7. Mentira. Entended ahora qué es mentir. Cualquier clase de engaño intencionado por un motivo egoísta es mentira. Si el engaño no es intencionado, no es mentira. Pero si os proponéis causar una impresión contraria a la verdad desnuda, mentís. Anotad todos los casos que podáis recordar. No los llaméis con ningún nombre suave. Dios los llama MENTIRAS, y os acusa de MENTIR, y más vale que os acuséis vosotros mismos con exactitud.
¡Cuán innumerables son las falsedades que se cometen cada día en los negocios y en el trato social, con palabras, miradas y acciones, destinadas a causar en otros una impresión contraria a la verdad por motivos egoístas!
8. Hacer trampa. Anotad todos los casos en que habéis tratado con alguien y le habéis hecho lo que no os gustaría que os hicieran a vosotros. Eso es hacer trampa. Dios ha dado una regla para el caso: «Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos». Esa es la regla; y ahora, si no lo habéis hecho así, sois unos tramposos. Fijaos: la regla no es que debáis hacer lo que razonablemente podríais esperar que ellos os hicieran. Esa es una regla que admitiría todo grado de maldad. Sino que es: «Como QUISIERAIS que ellos hiciesen con vosotros».
9. Hipocresía. Por ejemplo, en vuestras oraciones y confesiones a Dios. Anotad los casos en que habéis orado por cosas que realmente no queríais. Y la prueba es que, cuando terminabais de orar, no podíais decir por qué habíais orado. ¿Cuántas veces habéis confesado pecados que no teníais intención de abandonar, y cuando no teníais ningún propósito solemne de no repetirlos? Sí, habéis confesado pecados sabiendo que esperabais tanto ir a repetirlos como esperabais seguir vivos.
10. Robar a Dios. Los casos en que habéis malgastado vuestro tiempo, y derrochado horas que Dios os dio para servirle y salvar almas, en diversiones vanas o conversaciones necias, leyendo novelas o sin hacer nada; los casos en que habéis empleado mal vuestros talentos y facultades mentales; en que habéis derrochado dinero en vuestros deseos, o lo habéis gastado en cosas que no necesitabais y que no contribuían ni a vuestra salud, ni a vuestra comodidad, ni a vuestra utilidad. Quizá algunos de vosotros que estáis aquí esta noche habéis gastado el dinero de Dios en TABACO. No hablaré del ron, porque supongo que no hay aquí esta noche ningún profesante de la religión que beba ron. Espero que no haya nadie que use ese veneno inmundo, el tabaco. ¡Pensad en un profesante de la religión que usa el dinero de Dios para envenenarse con tabaco!
11. Mal genio. Quizá habéis maltratado a vuestra esposa, o a vuestros hijos, o a vuestra familia, o a los criados, o a los vecinos. Escribidlo todo.
12. Impedir que otros sean útiles. Quizá habéis debilitado su influencia con insinuaciones contra ellos. No solo habéis robado a Dios vuestros propios talentos, sino que habéis atado las manos de otro. ¡Qué siervo tan malvado es el que holgazanea él mismo y estorba a los demás! Esto se hace a veces quitándoles el tiempo sin necesidad; a veces destruyendo la confianza cristiana en ellos. Así le habéis hecho el juego a Satanás, y no solo os habéis mostrado como vagabundos ociosos, sino que habéis impedido que otros trabajen.
Si halláis que habéis cometido una falta contra alguien, y esa persona está a vuestro alcance, id y confesadla inmediatamente, y quitad eso de en medio. Si la persona a quien habéis agraviado está demasiado lejos para ir a verla, sentaos y escribidle una carta, confesad el agravio, pagad el franqueo, y echadla al correo inmediatamente. Digo que paguéis el franqueo, porque de otro modo solo empeoraréis las cosas. Añadiréis al agravio anterior haciéndole cargar con un gasto. El hombre que escribe una carta sobre sus propios asuntos y la envía a otro sin pagar el franqueo es deshonesto, y lo ha defraudado en esa cantidad. Y si es capaz de defraudar a un hombre en seis peniques o un chelín, cuando la tentación es tan pequeña, ¿qué no haría si la tentación fuera mayor y tuviera la perspectiva de quedar impune? Si habéis defraudado a alguien, enviadle el dinero, la cantidad completa y los intereses.
Poneos a trabajar a fondo en todo esto. Id ahora. No lo dejéis para después; eso solo empeorará las cosas. Confesad a Dios los pecados que se han cometido contra Dios, y a los hombres los pecados que se han cometido contra los hombres. No penséis en salir del paso rodeando las piedras de tropiezo. Quitadlas del camino. Al romper vuestro barbecho, debéis quitar todo obstáculo. Puede que queden cosas que os parezcan pequeñeces, y quizá os preguntéis por qué no sentís en la religión como quisierais, cuando la razón es que vuestra mente orgullosa y carnal ha encubierto algo que Dios os pedía confesar y quitar. Romped toda la tierra y volvedla del revés. No dejéis franjas sin arar, como dicen los labradores; no os desviéis por pequeñas dificultades; meted el arado de lleno a través de ellas, hasta el timón, y volved toda la tierra, para que quede toda mullida y blanda, y dispuesta para recibir la semilla y dar fruto a ciento por uno.
Cuando hayáis repasado así toda vuestra historia, a fondo, si luego recorréis el terreno una segunda vez, y le prestáis una atención solemne y fija, hallaréis que las cosas que habéis anotado os sugerirán otras de las que habéis sido culpables, relacionadas con ellas o cercanas a ellas. Luego repasadlo una tercera vez, y recordaréis otras cosas relacionadas con estas. Y al final hallaréis que podéis recordar una parte de vuestra historia, y de acciones particulares, aun en esta vida, que no creíais que fuerais a recordar en la eternidad. A menos que toméis vuestros pecados de esta manera y los consideréis en detalle, uno por uno, no podéis formaros idea de la magnitud de vuestros pecados. Debéis repasarlo tan a fondo, con tanto cuidado y con tanta solemnidad como lo haríais si os estuvierais preparando para el juicio.
Al repasar el catálogo de vuestros pecados, aseguraos de resolver una reforma inmediata y completa. Dondequiera que halléis algo malo, resolved en seguida, en la fuerza de Dios, no pecar más de esa manera. De nada servirá examinaros a vosotros mismos si no os decidís a enmendaros en cada detalle que halléis malo en el corazón, el carácter o la conducta.
Si halláis, al proseguir con este deber, que vuestra mente sigue a oscuras, mirad a vuestro alrededor y hallaréis que hay alguna razón para que el Espíritu de Dios se aparte de vosotros. No habéis sido fieles ni minuciosos. En el curso de semejante obra tenéis que haceros violencia a vosotros mismos, y aplicaros como seres racionales a esta obra, con la Biblia delante, y probar vuestro corazón hasta que sintáis de verdad. No esperéis que Dios obre un milagro para romper vuestro barbecho. Ha de hacerse por medios. Fijad vuestra atención en el tema de vuestros pecados. No podéis mirar vuestros pecados largamente y a fondo, y ver cuán malos son, sin sentir, y sentir profundamente. La experiencia prueba abundantemente el beneficio de repasar así nuestra historia. Poneos a la obra ahora; resolved que nunca os detendréis hasta que halléis que podéis orar. Nunca tendréis el espíritu de oración hasta que os examinéis, y confeséis vuestros pecados, y rompáis vuestro barbecho. Nunca tendréis al Espíritu de Dios morando en vosotros hasta que hayáis desenredado todo este misterio de iniquidad y extendido vuestros pecados delante de Dios. Que haya esta obra profunda de arrepentimiento, y confesión completa, este quebrantamiento delante de Dios, y tendréis tanto espíritu de oración como vuestro cuerpo pueda soportar. La razón por la que tan pocos cristianos saben algo del espíritu de oración es que nunca quisieron tomarse el trabajo de examinarse debidamente, y por eso nunca supieron lo que era tener el corazón completamente roturado de esta manera.
Ya veis que esta noche solo he comenzado a exponer este tema. Quiero desplegarlo delante de vosotros en el curso de estas conferencias, de modo que, si comenzáis y seguís haciendo lo que os digo, los resultados serán tan seguros como lo son cuando el labrador rompe un barbecho, lo mulle y siembra su grano. Así será, con tal que comencéis de esta manera y perseveréis hasta que todos vuestros corazones endurecidos y encallecidos se quebranten.
OBSERVACIONES.
1. De nada sirve predicaros mientras vuestros corazones estén en este estado endurecido, baldío y de barbecho. Lo mismo daría que el labrador sembrara su grano sobre la roca. No dará fruto. Esta es la razón por la que hay tantos profesantes infructuosos en la iglesia, y por la que hay tanta maquinaria exterior y tan poco sentimiento profundo en la iglesia. Mirad la escuela dominical, por ejemplo, y ved cuánta maquinaria hay y qué poco del poder de la piedad. Si seguís así, la palabra de Dios os seguirá endureciendo, y os iréis volviendo cada vez peores, así como la lluvia y la nieve sobre un viejo campo en barbecho hacen más espeso el césped y más duros los terrones.
2. Ved por qué tanta predicación se desperdicia, y peor que se desperdicia. Es porque la iglesia no quiere romper su barbecho. Un predicador puede gastar su vida y hacer muy poco bien, mientras haya tantos oyentes de terreno pedregoso que nunca han roto su barbecho. Solo están medio convertidos, y su religión es más un cambio de opinión que un cambio de los sentimientos del corazón. Hay bastante religión mecánica, pero muy poco que se parezca a una obra profunda del corazón.
3. Los profesantes de la religión nunca deberían darse por satisfechos ni esperar un avivamiento simplemente por despertar de su sueño, alborotar, hacer ruido y hablar a los pecadores. Deben romper su barbecho. Es completamente contrario a la razón pensar en entregarse a la religión de esta manera. Si vuestro barbecho está roto, entonces la manera de sentir más es salir a ver a los pecadores que van camino del infierno, y hablarles, y guiar a las almas que buscan, y sentiréis más. Podéis entrar en una excitación sin este rompimiento; podéis mostrar una especie de celo, pero no durará mucho, y no hará mella en los pecadores, a menos que vuestros corazones estén quebrantados. La razón es que lo hacéis mecánicamente, y no habéis roto vuestro barbecho.
4. Y ahora, finalmente, ¿romperéis vuestro barbecho? ¿Emprenderéis el camino que ahora os he señalado, y perseveraréis hasta estar plenamente despiertos? Si fracasáis aquí, si no hacéis esto y os preparáis, no podréis seguir adelante conmigo en esta serie de conferencias. He ido con vosotros tan lejos como sirve de algo ir, hasta que vuestro barbecho esté roto. Ahora debéis hacer una obra completa en este punto, o todo lo que me queda por decir os hará poco bien. Más aún, solo os endurecerá y os hará peores. Si el próximo viernes por la noche os encuentra con el corazón sin quebrantar, no esperéis sacar provecho de lo que diga. Si no os ponéis a esta obra inmediatamente, daré por sentado que no queréis ser avivados, que habéis abandonado a vuestro ministro y que pensáis dejarlo subir solo a la batalla. Si no hacéis esto, os acuso de haber abandonado a Cristo, de negaros a arrepentiros y a hacer vuestras primeras obras. Pero si estáis dispuestos a emprender la obra, me propongo, Dios mediante, el próximo viernes por la noche, conduciros a la obra de salvar a los pecadores.
Preguntas para reflexionar
- ¿Qué quiere decir Finney con «romper vuestro barbecho» en Oseas 10:12?
- Finney explica que el barbecho es tierra que fue labrada alguna vez pero que ahora está baldía, y que en la Biblia se compara a menudo la mente del hombre con la tierra en la que se siembra la palabra de Dios. Romperlo es ablandar el corazón de modo que sienta la verdad y quede dispuesto para recibir la palabra de Dios y dar fruto.
- ¿Por qué dice Finney que el sentimiento religioso no se produce intentando sentir directamente?
- Sostiene que los sentimientos son estados de la mente involuntarios que no pueden suscitarse por un acto directo de la voluntad, pero que pueden controlarse indirectamente fijando la atención en un objeto hasta que surjan los afectos. Así, uno debe mirar el carácter de Dios y sus propios pecados, no quedarse mirando hacia dentro a sus sentimientos, lo cual, dice Finney, es «precisamente la manera de poner fin a todo sentimiento».
- ¿Cómo indica Finney a los cristianos que examinen sus pecados?
- Dice que «las confesiones generales de pecado nunca bastarán»: los pecados fueron cometidos uno por uno y deben revisarse uno por uno, de ser posible escribiéndolos con pluma y papel con tanto cuidado como un comerciante repasa sus libros. Enumera pecados de omisión, como la ingratitud y el descuido de la Biblia y de la oración, y pecados de comisión, como el orgullo, la envidia, la calumnia, la mentira y hacer trampa, y exhorta a repasar la lista dos o tres veces.
- ¿Qué dice Finney sobre reparar el mal hecho a otras personas?
- Exhorta a que, si habéis agraviado a alguien que está a vuestro alcance, vayáis a confesarlo inmediatamente, y si está lejos, le escribáis una carta y paguéis el franqueo para no añadir al agravio. Quien haya defraudado a otro debe enviarle el dinero, «la cantidad completa y los intereses», quitando todo obstáculo del camino en lugar de rodear las piedras de tropiezo.
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- Finney, Charles G. “Rompiendo el barbecho.” Sermon. Ochorus, https://ochorus.com/es/sermons/breaking-up-the-fallow-ground/.
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- Charles G. Finney, “Rompiendo el barbecho,” sermon, Ochorus, https://ochorus.com/es/sermons/breaking-up-the-fallow-ground/.
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