Sermón · 33 min de lectura· 1859 · Avanzada

Gracia gratuita

Retrato de Charles H. Spurgeon Charles H. Spurgeon

Texto

Ezequiel 36:32

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

La salvación no es por amor de vosotros: Spurgeon desmonta los dos pecados criados en el hueso — la confianza en uno mismo y la exaltación de uno mismo — y muestra que Dios salva por amor de su propio nombre, enteramente de gracia. Por eso el pecador más vil puede venir con las manos vacías, y los salvos no tienen de qué gloriarse sino del corazón tierno de Dios.

“No lo hago por vosotros, dice el Señor Jehová, séaos notorio: avergonzaos y confundíos de vuestras iniquidades, casa de Israel.”—Ezequiel 36:32.

Hay dos pecados del hombre que están arraigados hasta en los huesos, y que continuamente se manifiestan en la carne. Uno es la confianza en sí mismo, y el otro la exaltación de sí mismo. Es muy difícil, aun para los mejores hombres, guardarse del primer error. Los más santos de los cristianos, y los que mejor entienden el evangelio de Cristo, hallan en sí mismos una inclinación constante a mirar al poder de la criatura, en lugar de mirar al poder de Dios, y al poder de Dios solamente. Una y otra vez, la Sagrada Escritura ha de recordarnos lo que nunca debiéramos olvidar: que la salvación es obra de Dios de principio a fin, y no es del hombre, ni por el hombre. Mas así es: este viejo error —que hemos de salvarnos a nosotros mismos, o que hemos de hacer algo en el asunto de la salvación— siempre se levanta, y nos hallamos continuamente tentados por él a apartarnos de la sencillez de nuestra fe en el poder del Señor nuestro Dios. Pues aun el mismo Abraham no estuvo libre del gran error de confiar en su propia fuerza. Dios le había prometido que le daría un hijo: Isaac, el hijo de la promesa. Abraham lo creyó; pero al fin, cansado de esperar, adoptó el recurso carnal de tomar por mujer a Agar, e imaginó que Ismael sería ciertamente el cumplimiento de la promesa de Dios; mas en lugar de ayudar Ismael a cumplir la promesa, trajo dolor al corazón de Abraham, porque Dios no quiso que Ismael habitase con Isaac. “Echa fuera —dijo la Escritura— a la sierva y a su hijo; porque el hijo de la sierva no será heredero con el hijo de la libre.” Ahora bien, nosotros, en el asunto de la salvación, somos propensos a pensar que Dios tarda mucho en el cumplimiento de su promesa, y nos ponemos a obrar por nosotros mismos para hacer algo; y ¿qué hacemos? Hundirnos más hondo en el cieno, y amontonar para nosotros mismos un depósito de futuros afanes y pruebas. ¿No leemos que afligió el corazón de Abraham el enviar lejos a Ismael? ¡Ah! Y muchos cristianos han sido afligidos por aquellas obras de la naturaleza que realizaron con el propósito de ayudar al Dios de la gracia. Oh amados, muy frecuentemente nos hallaremos intentando la necia tarea de asistir a la Omnipotencia y de enseñar al Omnisciente. En lugar de mirar solo a la gracia para que nos santifique, nos hallamos adoptando reglas y principios filosóficos que pensamos han de efectuar la obra divina. No haremos sino estropearla; traeremos aflicción a nuestros propios espíritus. Mas si, en lugar de ello, en toda obra levantamos los ojos al Dios de nuestra salvación en busca de ayuda, y fuerza, y gracia, y socorro, entonces nuestra obra avanzará para gozo y consuelo nuestros, y para gloria de Dios. Ese error, digo, está en nuestros huesos, y siempre morará con nosotros; y de ahí que las palabras del texto se pongan como antídoto contra ese error. En nuestro texto se declara con claridad que la salvación es de Dios. “No lo hago yo por vosotros.” Nada dice de lo que hemos hecho o podemos hacer. Todos los versículos precedentes y todos los siguientes hablan de lo que Dios hace. “Yo os tomaré de las gentes.” “Yo esparciré sobre vosotros agua limpia.” “Yo os daré corazón nuevo.” ”Yo pondré dentro de vosotros mi espíritu.” Todo es de Dios; por tanto, traigamos de nuevo a la memoria esta doctrina, y renunciemos a toda dependencia de nuestra propia fuerza y poder.

El otro error al que el hombre es muy propenso es el de confiar en su propio mérito. Aunque no hay justicia en ningún hombre, con todo, en todo hombre hay una propensión a confiar en algún mérito imaginado. Extraño es que así sea, pero los caracteres más réprobos tienen todavía, según imaginan, alguna virtud en la cual se apoyan. Hallaréis que el borracho más perdido se enorgullece de no ser blasfemo. Hallaréis que el borracho blasfemo se enorgullece de que, al menos, es honrado. Hallaréis hombres sin ninguna otra virtud en el mundo, que exaltan lo que imaginan ser una virtud: el hecho de que no pretenden tener ninguna; y se tienen por sumamente excelentes, porque tienen la honradez, o más bien el descaro, de confesar que son enteramente viles. De algún modo la mente humana se aferra al mérito humano; siempre se asirá de él, y cuando le quitáis todo aquello en que pensáis que podría apoyarse, en menos de un instante se forja de sí misma otro fundamento de confianza. La naturaleza humana, en cuanto a su propio mérito, es como la araña: lleva su sostén en sus propias entrañas, y parece como si fuera a seguir hilando por toda la eternidad. Podéis barrer una tela, pero pronto forma otra; podéis quitar el hilo de un lugar, y lo hallaréis pegado a vuestro dedo; y cuando procuráis sacudirlo con una mano, lo halláis prendido a la otra. Es difícil librarse de él; siempre está pronto a hilar su tela y a atarse a algún falso fundamento de confianza. Es contra todo mérito humano que voy a hablar esta mañana, y siento que ofenderé a muchas personas aquí presentes. Estoy a punto de predicar una doctrina que es hiel y vinagre para la carne y la sangre, una que hará crujir los dientes a los moralistas justos, y hará que otros se vayan declarando que soy un antinomiano, y quizá apenas digno de vivir. Con todo, esa consecuencia no la lamentaré mucho, si unida a ella hubiere en otros corazones un rendirse a esta gloriosa verdad, y un entregarse al poder y a la gracia de Dios, quien nunca nos salvará a menos que estemos dispuestos a dejarle a Él toda la gloria.

Primero, procuraré exponer ampliamente la doctrina contenida en este texto; en segundo lugar, procuraré mostrar su fuerza y su veracidad; y luego, en tercer lugar, buscaré al Espíritu Santo de Dios para aplicar las útiles y prácticas lecciones que de él han de sacarse.

I. Procuraré EXPONER ESTE TEXTO. “No lo hago por vosotros, dice el Señor Jehová.” El motivo para la salvación del linaje humano ha de hallarse en el pecho de Dios, y no en el carácter o condición del hombre. Dos linajes se han rebelado contra Dios: uno angélico, el otro humano. Cuando una parte de este linaje angélico se rebeló contra el Altísimo, la justicia los alcanzó prontamente; fueron barridos de sus asientos estrellados en el cielo, y desde entonces han sido reservados en tinieblas para el gran día de la ira de Dios. Nunca se les presentó misericordia alguna, ni jamás se ofreció sacrificio por ellos; sino que quedaron sin esperanza y sin misericordia, para siempre entregados al abismo del tormento eterno. El linaje humano, muy inferior en orden de inteligencia, pecó tan atrozmente; en todo caso, si los pecados de la humanidad de que hemos oído se juntan y se pesan debidamente, apenas puedo entender cómo aun los pecados de los demonios pudieran ser mucho más negros que el pecado de los hombres. Sin embargo, el Dios que en su infinita justicia pasó de largo a los ángeles, y los dejó expiar para siempre sus ofensas en los fuegos del infierno, tuvo a bien poner sus ojos en el hombre. Aquí hubo elección a gran escala: la elección de la humanidad, y la reprobación de la angelidad caída. ¿Cuál fue la razón de ello? La razón estaba en la mente de Dios, una razón inescrutable que no conocemos, y que, si la conociéramos, probablemente no podríamos comprender. Si a vosotros y a mí se nos hubiera puesto a elegir cuál debía ser perdonado, tengo por probable que habríamos elegido que los ángeles caídos fuesen salvados. ¿No son los más resplandecientes? ¿No tienen la mayor fuerza mental? Si hubieran sido redimidos, ¿no habría glorificado más a Dios, según nuestro juicio, que la salvación de gusanos como nosotros? Aquellos seres resplandecientes —Lucifer, hijo de la mañana, y aquellas estrellas que anduvieron en su séquito—, si hubieran sido lavados en su sangre redentora, si hubieran sido salvados por la misericordia soberana, ¡qué cántico habrían elevado al Dios Altísimo y eterno! Pero Dios, que hace lo que quiere con lo suyo, y no da cuenta de sus asuntos, sino que trata a sus criaturas como el alfarero trata su barro, no tomó sobre sí la naturaleza de los ángeles, sino que tomó sobre sí la simiente de Abraham, y escogió a los hombres para ser los vasos de su misericordia. Este hecho lo sabemos, pero ¿dónde está su razón? Ciertamente no en el hombre. “No lo hago por vosotros. Oh casa de Israel, avergonzaos y confundíos de vuestras iniquidades.”

Aquí muy pocos hombres objetan. Notamos que si hablamos de la elección de los hombres y de la no-elección de los ángeles caídos, no hay ni un reparo por un momento. Todo hombre aprueba el calvinismo hasta que siente que él sale perdiendo con ello; pero cuando comienza a tocarle su propio hueso y su propia carne, entonces cocea contra ello. Vengamos, pues; hemos de ir más allá. La única razón por la cual un hombre es salvo, y no otro, no reside, en ningún sentido, en el hombre salvado, sino en el seno de Dios. La razón por la cual hoy se os predica el evangelio a vosotros y no a los paganos de lejos, no es porque, como raza, seamos superiores a los paganos; no es porque merezcamos más de la mano de Dios; su elección de Bretaña, en la elección del privilegio externo, no es causada por la excelencia de la nación británica, sino enteramente por su propia misericordia y su propio amor. No hay razón en nosotros por la cual se nos deba predicar el evangelio más que a cualquier otra nación. Hoy, algunos de nosotros hemos recibido el evangelio, y hemos sido cambiados por él, y hemos venido a ser herederos de la luz y de la inmortalidad, mientras que otros quedan aún por ser herederos de la ira. Pero no hay razón en nosotros por la cual hayamos sido tomados y otros dejados.

“Nada había en nosotros que mereciera estima,

ni que diera al Creador deleite.

Fue «¡Así es, Padre!» lo que siempre hemos de cantar,

porque así pareció bien ante tus ojos.”

Y ahora, repasemos esta doctrina detenidamente. Se nos enseña en la Sagrada Escritura que, mucho antes de que este mundo fuese hecho, Dios conoció y previó de antemano a todas las criaturas que se proponía formar; y allí y entonces, previendo que el linaje humano caería en pecado y merecería su ira, determinó, en su propia mente soberana, que una inmensa porción del linaje humano fuese sus hijos, y fuese llevada al cielo. En cuanto a los demás, los dejó a su propio merecido, a sembrar viento y segar torbellino, a esparcir crimen y heredar castigo. Ahora bien, en el gran decreto de la elección, la única razón por la cual Dios seleccionó los vasos de misericordia hubo de ser porque así lo quiso. Nada había en ninguno de ellos que moviese a Dios a escogerlos. Todos éramos iguales, todos perdidos, todos arruinados por la caída; todos sin el menor derecho a su misericordia; todos, en verdad, merecedores de su suma venganza. Su elección de cualquiera, y su elección de todo su pueblo, son sin causa, en cuanto a algo que hubiera en ellos. Fue efecto de su soberana voluntad, y de nada que ellos hicieran, pudieran hacer, o siquiera quisieran hacer; porque así dice el texto: “No lo hago por vosotros, oh casa de Israel.”

En cuanto al fruto de nuestra elección, a su debido tiempo Cristo vino a este mundo, y compró con su sangre a todos aquellos a quienes el Padre ha escogido. Venid ahora a la cruz de Cristo; traed con vosotros esta doctrina, y recordad que la única razón por la cual Cristo entregó su vida para ser rescate por sus ovejas fue porque amaba a su pueblo; mas no había nada en su pueblo que le hiciera morir por ellos. Iba yo pensando cuando venía aquí esta mañana: si algún hombre imaginase que el amor de Dios hacia nosotros fue causado por algo en nosotros, sería como si un hombre mirase dentro de un pozo para hallar las fuentes del océano, o cavase en un hormiguero para hallar un Alpe. El amor de Dios es tan inmenso, tan ilimitado y tan infinito, que no podéis concebir por un momento que hubiera podido ser causado por algo en nosotros. El poco bien que hay en nosotros —el ningún bien que hay en nosotros, pues no hay ninguno— no podría haber causado el amor sin límites, sin fondo, sin orillas y sin cima que Dios manifiesta a su pueblo. Poneos al pie de la cruz, vosotros los traficantes de méritos, vosotros que os deleitáis en vuestras propias obras; y responded a esta pregunta: ¿Pensáis que el Señor de la vida y de la gloria pudo haber sido traído del cielo, pudo haber sido formado como hombre, y llevado a morir por algún mérito vuestro? ¿Habrían de abrirse estas sagradas venas con alguna lanceta menos aguda que su propio amor infinito? ¿Concebís que vuestros pobres méritos, tales como son, pudieran ser tan eficaces como para clavar al Redentor en el madero, y hacerle inclinar sus hombros bajo la enorme carga de la culpa del mundo? No podéis imaginarlo. La consecuencia es tan grande, comparada con lo que suponéis ser el caso, que vuestra lógica falla en un instante. Podéis concebir que un insecto de coral levanta una roca por su multitud, y por sus muchos años de labor; pero no podéis concebir que todos los méritos acumulados de la humanidad, si tales cosas existieran, hubieran podido traer al Eterno del trono de su majestad, e inclinarle a la muerte de la cruz: eso es cosa tan claramente imposible para toda mente reflexiva, cuanto lo imposible puede serlo. No; de la cruz viene el clamor: “No lo hago por vosotros, oh casa de Israel.”

Tras la muerte de Cristo viene, en segundo lugar, la obra del Espíritu Santo. A aquellos que el Padre ha escogido, y que el Hijo ha redimido, a su debido tiempo el Espíritu Santo los llama “de las tinieblas a su luz admirable.” Ahora bien, el llamamiento del Espíritu Santo es sin consideración alguna a mérito en nosotros. Si en este día el Espíritu Santo llamare de esta congregación a cien hombres, y los sacare de su estado de pecado a un estado de justicia, traeríais a estos cien hombres, y los haríais desfilar en revista; y si pudierais leer sus corazones, os veríais obligados a decir: “No veo razón alguna por la cual el Espíritu de Dios hubiera de obrar sobre estos. No veo absolutamente nada que hubiera podido merecer tal gracia como esta; nada que hubiera podido causar las operaciones y mociones del Espíritu para obrar en estos hombres.” Porque, mirad esto. Por naturaleza, se dice que los hombres están muertos en pecado. Si el Espíritu Santo vivifica, no puede ser por poder alguno en los muertos, ni por mérito alguno en ellos, porque están muertos, corruptos y podridos en el sepulcro de su pecado. Si entonces el Espíritu Santo dice: “Salid y vivid”, no es por nada que haya en los huesos secos; ha de ser por alguna razón en su propia mente, mas no en nosotros. Por tanto, sabed esto, varones y hermanos: que todos estamos en un mismo plano. Ninguno de nosotros tiene nada que pueda recomendarnos a Dios; y si el Espíritu escoge obrar en nuestros corazones para salvación, ha de ser movido a hacerlo por su propio amor supremo, porque no puede ser movido a hacerlo por ninguna buena voluntad, buen deseo, o buena obra que more en nosotros por naturaleza.

Para ir un poco más allá: esta verdad, que se mantiene firme hasta aquí, se mantiene firme hasta el fin. El pueblo de Dios, después de ser llamado por gracia, es preservado en Cristo Jesús; son “guardados por el poder de Dios mediante la fe para la salvación;” no se les permite perder por el pecado su herencia eterna, sino que, conforme surgen las tentaciones, se les da fuerza con que enfrentarlas; y conforme el pecado los ennegrece, son lavados de nuevo, y otra vez limpiados. Pero notad: la razón por la cual Dios guarda a su pueblo es la misma que los hizo su pueblo: su propia gracia soberana y gratuita. Si tú, hermano mío, has sido librado en la hora de la tentación, detente y recuerda que no fuiste librado por causa tuya. No había nada en ti que mereciese la liberación. Si has sido alimentado y provisto en tu hora de necesidad, no es porque hayas sido un siervo fiel de Dios, ni porque hayas sido un cristiano dado a la oración; es simple y únicamente por la misericordia de Dios. No es movido a nada de lo que hace por ti por cosa alguna que tú hagas por Él; su motivo para bendecirte reside total y enteramente en las profundidades de su propio seno. Bendito sea Dios: su pueblo será guardado.

“Ni la muerte, ni el infierno jamás apartarán

a sus predilectos de su pecho;

En el amado seno de su amor

para siempre han de descansar.”

Mas ¿por qué? ¿Porque son santos? ¿Porque están santificados? ¿Porque sirven a Dios con buenas obras? No, sino porque Él, en su gracia soberana, los ha amado, los ama, y los amará, aun hasta el fin.

Y para concluir mi exposición de este texto: esto se mantendrá firme en el cielo mismo. Viene el día en que todo hijo de Dios, comprado por la sangre y lavado en la sangre, andará por las calles de oro vestido de blanco. Pronto nuestras manos llevarán la palma; nuestros oídos se deleitarán con melodías celestiales, y nuestros ojos se llenarán con las arrebatadoras visiones de la gloria de Dios. Pero notad: la única razón por la cual Dios nos llevará al cielo será su propio amor, y no porque lo mereciéramos. Hemos de pelear la batalla, pero no ganamos la victoria porque la peleamos; hemos de trabajar, pero el salario al fin del día será un salario de gracia, y no una deuda. Hemos de honrar a Dios aquí, esperando la recompensa del galardón; pero esa recompensa no se dará sobre un fundamento legal, porque la mereciéramos, sino que se nos dará enteramente porque Dios nos ha amado, por ninguna razón que hubiera en nosotros. Cuando vosotros y yo, y cada uno de nosotros, entremos en el cielo, nuestro cántico será: “No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre sea toda la gloria;” y eso será verdad, no será una mera exageración de gratitud. Será verdad; nos veremos obligados a cantarlo, porque no podríamos cantar otra cosa. Sentiremos que nada hicimos, y que nada éramos, sino que Dios lo hizo todo; que nada había en nosotros que fuese el motivo de su obrar, sino que su motivo residía en Él mismo; por tanto, suya será cada partícula de la honra por los siglos de los siglos.

Ahora bien, este, entiendo, es el sentido del texto; desagradable es para la gran mayoría, aun de los que profesan ser cristianos en esta época. Es una doctrina que requiere mucha sal, o de lo contrario pocos la recibirán. Les resulta muy desabrida. Con todo, allí está. “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.” Su verdad hemos de predicar, y esto hemos de proclamar. La salvación es “no de los hombres, ni por hombre; no de la voluntad de la carne, ni de sangre,” ni de nacimiento, sino de la soberana voluntad de Dios, y de Dios solamente.

II. Y ahora, en segundo lugar, he de ILUSTRAR Y CORROBORAR ESTE TEXTO.

Considerad por un momento el carácter del hombre. Nos humillará, y tenderá a confirmar esta verdad en nuestras mentes. Permitidme tomar una ilustración. Consideraré al hombre como un criminal. Ciertamente lo es a los ojos de Dios, y no lo calumniaré. Suponed ahora que algún gran criminal es al fin sorprendido en su pecado, y encerrado en Newgate. Ha cometido alta traición, homicidio, rebelión, y toda posible iniquidad. Ha quebrantado todas las leyes del reino, todas y cada una. El clamor público está por todas partes: “Este hombre ha de morir; las leyes no pueden mantenerse a menos que se le haga ejemplo de su rigor. El que no lleva en vano la espada, esta vez ha de dejar que la espada guste sangre. El hombre ha de morir; abundantemente lo merece.” Examináis su carácter: no podéis ver un solo rasgo redentor. Es un delincuente antiguo; ha perseverado tanto tiempo en su iniquidad que os veis obligados a decir: “El caso de este hombre es desesperado; sus crímenes tienen tal agravante que no podemos excusarle, aunque lo intentáramos. Ni la misma astucia jesuítica podría idear pretexto alguno de excusa, ni esperanza de alegato para este miserable perdido; ¡que muera!” Ahora bien, si Su Majestad la Reina, teniendo en sus manos el soberano poder de la vida y de la muerte, escoge que este hombre no muera, sino que sea perdonado, ¿no veis, tan claro como la luz del día, que la única razón que puede moverla a perdonar a ese hombre ha de ser su propio amor, su propia compasión? Pues, como ya he supuesto, no hay nada en el carácter de ese hombre que pueda ser alegato para la misericordia, sino que, por el contrario, todo su carácter clama a gritos por venganza contra su pecado. Nos guste o no, esta es precisamente la verdad acerca de nosotros mismos. Este es exactamente nuestro carácter y posición delante de Dios. ¡Ah, oyente mío! Puedes volverte sobre tus talones, disgustado y ofendido; pero hay algunos aquí que lo sienten solemnemente verdadero en su propia experiencia, y por tanto beberán esta doctrina, porque es el único camino por el cual pueden ser salvos. Oyente mío, tu conciencia quizá te dice esta mañana que has pecado tan atrozmente que no hay resquicio para un solo rayo de esperanza en tu carácter. Has añadido a tus pecados este gran pecado: que te has rebelado contra el Altísimo desenfrenada y perversamente. Si no has cometido todos los pecados del calendario del crimen, ha sido porque la providencia ha detenido tu mano; tu corazón ha sido bastante negro para todos ellos. Sientes que la vileza de tu imaginación y de tus deseos ha alcanzado la consumación de la culpa humana, y más allá no podrías ir. Tus pecados han prevalecido contra ti, y han pasado sobre tu cabeza. Ahora bien, hombre, el único fundamento sobre el cual Dios puede salvarte es su propio amor. No puede salvarte porque lo merezcas, pues no lo mereces, porque no hay excusa que pueda hacerse por tu pecado. No, estás sin excusa alguna, y lo sientes. ¡Oh! Bendito sea su amado nombre, porque ha ideado este camino por el cual puede salvarte sobre la base de su propio amor soberano y de su gracia sin límites, sin nada en ti. Quiero que volváis de nuevo a Newgate, a este criminal. Suponemos ahora que este criminal es visitado por Su Majestad en persona. Ella va a él, y le dice: “Rebelde, traidor, homicida, tengo en mi corazón compasión por ti; no la mereces; pero he venido a ti este día para decirte que si te arrepientes hallarás misericordia de mi mano.” Suponed que este hombre, levantándose de un salto, la maldijese —maldijese a este ángel de misericordia en su propio rostro—, escupiese sobre ella, y profiriese blasfemias, e imprecara maldiciones sobre su cabeza. Ella se retira; se ha ido; mas tan grande es su compasión, que al día siguiente envía un mensajero; y días, y semanas, y meses, y años, envía continuamente mensajeros, y estos van a él, y le dicen: “Si te arrepientes de tus transgresiones, hallarás misericordia; no porque la merezcas, sino porque Su Majestad es compasiva, y de su alma bondadosa desea tu salvación. ¿Te arrepentirás?” Suponed que este hombre maldijese al mensajero, cerrase sus oídos al mensaje, escupiese sobre él, le dijese que no le importa en absoluto. O, por suponer un caso mejor, suponed que se vuelve en su asiento y dice: “No me importa si me ahorcan o no; correré mi suerte con los demás; no os haré caso alguno.” Y suponed aún más: que, levantándose de su asiento, se entrega de nuevo a todos los crímenes por los cuales ya ha sido condenado, y se lanza de cabeza otra vez a los mismos pecados que han puesto su cuello bajo la soga del patíbulo. Ahora bien, si Su Majestad hubiera de perdonar a un hombre tal como ese, ¿en qué términos podría hacerlo? Decís: “Pues no puede, a menos que lo haga por amor; no puede por mérito alguno en él, porque tal bestia como esa debiera morir.” Y ahora bien, ¿qué somos vosotros y yo por naturaleza sino semejantes a esto? Y tú, oyente mío no convertido, ¿qué es esto sino un retrato de ti? ¿No ha visitado Dios mismo tu conciencia? ¿Y no te ha dicho: “¡Pecador! Venid ahora, y estemos a cuenta; aunque vuestros pecados sean como la grana, vendrán a ser como blanca lana”? ¿Y qué has hecho? Cerrar tu oído a la voz de la conciencia; maldecir y jurar contra Dios, blasfemar su santo nombre, despreciar su Palabra, y denostar a sus ministros. Y en este día, otra vez, con lágrimas en los ojos, un siervo de Dios ha venido a ti, y su mensaje es: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo; vivo yo, dice el Señor, que no me complazco en la muerte del que muere, sino que prefiero que se vuelva a mí y viva.” ¿Y qué harás? Pues, si se os deja a vosotros mismos, os reiréis del mensaje, lo despreciaréis. Rebotará de vosotros como una flecha de un hombre ceñido de cota de malla, y os iréis a despreciar a Dios de nuevo, como habéis hecho antes. ¿No veis, pues, que si Dios alguna vez os salva, no puede ser por causa vuestra, sino que ha de ser por su propio amor infinito? No puede ser por ninguna otra razón, puesto que habéis rechazado a Cristo, despreciado su evangelio, pisoteado la sangre de Jesús, y rehusado ser salvos. Si os salva, ha de ser gracia gratuita, y gracia gratuita solamente.

Pero figuraos ahora un poco más acerca de este criminal en Newgate. No contento con haber añadido pecado a pecado, y con haber rechazado la misericordia para sí mismo, este miserable se emplea afanosamente en ir por todas las celdas donde otros están confinados, endureciendo también sus corazones contra la misericordia de la Reina. Apenas puede ver a una persona sin comenzar a contaminarla con la blasfemia de su propio corazón; profiere cosas injuriosas contra la majestad que le perdona, y se esfuerza por hacer a otros tan viles como él mismo. Ahora bien, ¿qué dice la justicia? Si este hombre no debiera morir por su propia cuenta, con todo debiera morir por causa de los demás; y si es perdonado, ¿no está tan claro como la luz que no puede ser perdonado por razón alguna en él? Ha de ser a causa de la invencible compasión del Soberano. Y ahora, mirad esto: ¿no es este el caso de algunos aquí presentes? ¿No solo pecáis vosotros mismos, sino que lleváis a otros al pecado? Sé que esto fue una de mis plagas y tormentos, cuando por primera vez Dios me trajo a sí: el haber llevado a otros a la tentación. ¿No hay aquí hombres que han enseñado a otros a jurar? ¿No hay aquí padres que han ayudado a destruir las almas de sus propios hijos? ¿No hay algunos de vosotros que sois como el mortífero árbol Upas? Extendéis vuestras ramas, y de cada hoja gotea veneno sobre los que se acercan bajo su alcance mortal. ¿No hay aquí algunos que han seducido a los virtuosos, que han extraviado a los que parecían piadosos, y que están quizá tan endurecidos que aun se glorían en ello? No contentos con estar condenados vosotros mismos, procuráis llevar también a otros al abismo. Pensando que no es bastante estar vosotros mismos en enemistad con Dios, queréis imitar a Satanás arrastrando a otros con vosotros. Oh oyente mío, ¿no es este tu caso? ¿No lo confiesa tu corazón? ¿Y no corre la lágrima por tu mejilla? Recuerda, pues, que esto ha de ser verdad: si Dios te salva, ha de ser porque Él quiere hacerlo. No puede ser porque haya algo bueno en ti, pues ahora mismo mereces morir; y si Él te perdona, ha de ser amor soberano y gracia soberana.

Usaré solo otra ilustración, y entonces creo que habré aclarado el texto lo suficiente. No hay tanta diferencia entre el negro y un matiz más oscuro de negro como la hay entre el blanco puro y el negro. Todos pueden ver eso. Pues bien, no hay tanta diferencia entre el hombre y el diablo como la hay entre Dios y el hombre. Dios es la perfección; nosotros somos negros de pecado. El diablo es solo un matiz más oscuro de negro; y por grande que sea la diferencia entre nuestro pecado y el pecado de Satanás, con todo no es tan grande como la diferencia entre la perfección de Dios y la imperfección del hombre. Ahora, imaginad por un minuto que en algún lugar de África viviese una tribu de diablos, y que vosotros y yo tuviéramos en nuestro poder salvar a estos diablos de alguna ira amenazante que hubiera de alcanzarlos. Si vosotros o yo fuéramos allá y muriéramos para salvar a esos diablos, ¿cuál podría ser nuestro motivo? Por lo que sabemos del carácter de un diablo, el único motivo que podría hacernos obrar así habría de ser el amor. No podría haber ningún otro. Habría de ser simplemente porque tuviéramos corazones tan grandes que pudiéramos abrazar dentro de ellos aun a los demonios. Pues bien, ahora, no hay tanta diferencia entre el hombre y el diablo como entre Dios y el hombre. Si, pues, el único motivo que podría hacer que los hombres salvasen a un diablo ha de ser el amor del hombre, ¿no se sigue con fuerza irresistible que el único motivo que podría llevar a Dios a salvar a los hombres ha de ser el propio amor de Dios? En todo caso, si esa razón no fuere concluyente, el hecho es indisputable: “No lo hago por vosotros, oh casa de Israel.” Dios nos ve, perdidos, malos, perversos, y merecedores de su ira; si nos salva, es su amor sin límites e insondable el que le lleva a hacerlo; nada en absoluto en nosotros.

III. Y ahora, habiendo predicado así esta doctrina, y habiéndola corroborado, llego a una muy solemne APLICACIÓN PRÁCTICA. ¡Y aquí, que Dios el Espíritu Santo me ayude a trabajar con vuestros corazones!

Primero, siendo verdadera esta doctrina, cuán humilde debe ser un cristiano. Si eres salvo, nada has tenido que ver en ello; Dios lo ha hecho. Si eres salvo, no lo has merecido. Es misericordia inmerecida la que has recibido. A veces me he deleitado al ver la gratitud de caracteres perdidos hacia cualquiera que los haya ayudado. Recuerdo haber visitado una casa de refugio. Había allí una pobre muchacha que había caído en el pecado hacía mucho, y cuando se vio tratada con bondad y reconocida por la sociedad, y vio a un ministro cristiano anhelando el bien de su alma, se le quebrantó el corazón. ¿Qué le importaría a un hombre de Dios de ella? Tan vil era. ¿Cómo podía ser que un cristiano le hablase? ¡Ah! Pero, ¿cuánto más debiera ese sentimiento levantarse en nuestros corazones? ¡Dios mío! Me he rebelado contra ti, y con todo me has amado, ¡a mí, indigno! ¿Cómo puede ser? No puedo enaltecerme con orgullo; he de postrarme ante ti en muda gratitud. Recordad, amados hermanos, que no solo la misericordia que vosotros y yo hemos recibido es inmerecida, sino que ni siquiera fue pedida. Verdad es que orasteis, pero no hasta que la gracia gratuita os hizo orar. Habríais estado, hasta el día de hoy, endurecidos de corazón, sin Dios y sin Cristo, si la gracia gratuita no os hubiera salvado. ¿Podéis, pues, enorgulleceros? ¿Enorgulleceros de una misericordia que, si puedo usar el término, os ha sido impuesta? ¿Enorgulleceros de una gracia que os ha sido dada contra vuestra voluntad, hasta que vuestra voluntad fue cambiada por la gracia soberana? Y pensad otra vez. Toda la misericordia que tenéis, una vez la rechazasteis; Cristo cena con vosotros: no os enorgullezcáis de su compañía. Recordad que hubo un día en que Él llamó, y vosotros rehusasteis; cuando vino a la puerta y dijo: “Mi cabeza está llena de rocío, y mis cabellos de las gotas de la noche; ábreme, amada mía;” y vosotros se la cerrasteis en el rostro, y no le dejasteis entrar. No te enorgullezcas, pues, de lo que tienes, cuando recuerdas que una vez le rechazaste. ¿Te abraza Dios en sus brazos de amor? Recuerda que una vez levantaste tu mano de rebelión contra Él. ¿Está tu nombre escrito en su libro? ¡Ah! Hubo un tiempo en que, si hubiera estado en tu poder, habrías borrado las sagradas líneas que contenían tu propia salvación. ¿Podemos, osamos, levantar con orgullo nuestra malvada cabeza, cuando todas estas cosas debieran hacernos inclinar la cabeza en la más profunda humildad? Esa es una lección: aprendamos otra.

Esta doctrina es verdadera, y por tanto debiera ser motivo de la mayor gratitud. Cuando ayer meditaba en este texto, el efecto que tuvo en mí fue de arrobamiento y gozo. ¡Oh! —pensé—, ¿bajo qué otra condición podría yo haber sido salvo? Y volví la mirada a mi estado pasado; me vi criado y educado piadosamente, pero rebelándome contra todo aquello. Vi las lágrimas de una madre derramadas sobre mí en vano, y la amonestación de un padre perdida en mí; y con todo me hallé salvado por gracia, y solo pude decir: “Señor, te bendigo porque es por gracia, pues si hubiera sido por mérito, jamás habría sido salvo. Si hubieras esperado hasta que hubiera algo bueno en mí, habrías esperado hasta que me hundiera en la desesperada perdición del infierno, pues bien en el hombre nunca lo habría habido, si tú no lo hubieras puesto allí primero.” Y entonces pensé de inmediato: “¡Oh, cómo podría ir y predicar eso al pobre pecador!” ¡Ah! Permitidme intentarlo, a ver si puedo. ¡Oh pecador! Dices que no te atreves a venir a Cristo porque no tienes nada que te recomiende. Él no quiere nada que te recomiende; no te salvará si tienes algo que te recomiende, porque dice: “No lo hago por causa tuya.” Ve a Cristo con zarcillos en tus orejas, y joyas sobre ti; lávate el rostro, y adórnate con oro y plata, y preséntate ante Él y di: “Señor, sálvame; me he lavado y me he vestido; ¡sálvame!” “¡Apártate! No lo haré por vuestra causa.” Ve a Él de nuevo, y di: “Señor, he puesto una soga alrededor de mi cuello, y cilicio sobre mis lomos; mira cuán arrepentido estoy, mira cómo siento mi necesidad; ¡ahora sálvame!” “No —dice Él—, no te salvaría por causa de tus ostentosas vestiduras, y ahora tampoco te salvaré por causa de tus harapos; no te salvaré por nada que haya en ti; si te salvo, será por algo en mi corazón, no por nada que tú sientas. ¡Apartaos!” Pero si hoy vas a Cristo y dices: “Señor Jesús, no hay razón alguna en el mundo por la cual yo deba ser salvo; la hay en el cielo; Señor, no puedo alegar nada, merezco perderme, no tengo excusa que ofrecer por todos mis pecados, ni disculpa que dar; Señor, lo merezco, y no hay en mí razón por la cual deba ser salvo, pues si me salvaras, no sería, al fin, sino un pobre cristiano; temo que mis obras futuras no serán honra para ti; quisiera que lo fueran, pero tu gracia ha de hacerlas buenas, o de lo contrario seguirán siendo malas. Pero, Señor, aunque nada tengo que traer, y nada que decir en mi favor, esto sí digo: he oído que has venido al mundo para salvar a los pecadores; ¡oh Señor, sálvame!

«Yo soy el primero de los pecadores.»

Confieso que no lo siento como debiera, no lo lloro como debiera; no tengo arrepentimiento que me recomiende; es más, Señor, tampoco tengo fe que me recomiende, pues no creo tu promesa como debiera; pero ¡oh!, me aferro a este texto. Señor, tú has dicho que no lo harás por causa mía. Te doy gracias por haberlo dicho. No podrías hacerlo por causa mía, pues no tengo razón alguna por la cual debieras. Señor, reclamo tu graciosa promesa. ‘Sé propicio a mí, pecador.’” ¡Ah, vosotros los buenos! Esta doctrina no conviene a algunos de vosotros; es demasiado humillante, ¿no es así? Vosotros que habéis frecuentado con regularidad vuestras iglesias, y asistido tan piadosamente a las reuniones, vosotros que nunca quebrantasteis el día de reposo, ni jamás jurasteis un juramento, ni hicisteis nada malo, esto no os conviene. Decís que estará muy bien predicarla a rameras, y borrachos, y blasfemos, pero que no conviene a gente tan buena como nosotros. ¡Ah! Pues bien, este es vuestro texto: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.” Vosotros estáis “sanos”, sí; vosotros “no tenéis necesidad de médico, sino los que están enfermos.” Seguid vuestro camino. Cristo vino a salvar a tales como vosotros. Pensáis que podéis salvaros a vosotros mismos. Hacedlo, y pereced al hacerlo. Pero yo siento que el mismo evangelio que conviene a una ramera me conviene a mí, y que aquella gracia gratuita que salvó a Saulo de Tarso ha de salvarme a mí, o de lo contrario nunca soy salvo. Venid, vayamos todos juntos. Todos somos culpables; unos más, otros menos, pero todos irremediablemente culpables. Vayamos juntos al estrado de su misericordia, y aunque no osemos mirar hacia arriba, postrémonos allí en el polvo, y suspiremos otra vez: “Señor, ten misericordia de nosotros, por quienes Jesús murió.”

“Tal como soy, sin más argumento

que tu sangre por mí vertida,

y que tú me mandas venir a ti,

oh Cordero de Dios, a ti voy, a ti voy.”

Pecador, ven ahora; ven ahora, te lo suplico; te lo ruego, ven ahora. ¡Oh Espíritu del Dios vivo, atráelos ahora! Sean estas débiles y flacas palabras el medio de atraer almas a Cristo. ¿Rechazaréis de nuevo a mi Maestro? ¿Saldréis de esta casa endurecidos una vez más? Puede que nunca más tengáis sentimientos como los que ahora se despiertan en vuestra alma. Venid ahora, recibid su misericordia; inclinad ahora vuestros cuellos dispuestos a su yugo; y entonces sé que os iréis a gustar su fiel amor, y al fin a cantar en el cielo el cántico de los redimidos: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre, a él sea la gloria para siempre. Amén.”

“Oh tú, gran Jesús eterno,

alto y poderoso Príncipe de Paz,

cómo resplandecen tus maravillas,

en las maravillas de tu gracia:

tu rico evangelio desdeña condiciones,

respira salvación libre como el aire;

solo respira misericordia triunfante,

que confunde a la culpa y a toda desesperación.

“Oh, la grandeza del evangelio,

cómo proclama la sangre que limpia;

muestra las entrañas de un Salvador,

muestra el tierno corazón de Dios.

Solo trata del amor eterno,

engrandece la gracia sobreabundante,

nada conoce sino vida y perdón,

plena redención, paz sin fin.”

Escritura en este sermón Ezequiel 36:32

Dominio público. Texto original de la edición original.