Sermón · 31 min de lectura· 1855 · Avanzada

La inmutabilidad de Dios

Retrato de Charles H. Spurgeon Charles H. Spurgeon

Texto

Malaquías 3:6

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

El estudio propio del cristiano es Dios mismo, y aquí Spurgeon se fija en una sola perfección: 'Yo Jehová, no cambio.' Porque la naturaleza, el amor y los propósitos de Dios no se alteran jamás, los hijos de Jacob no son consumidos; y el creyente cuyo mundo se estremece puede anclarse en el único corazón que no puede cambiar.

“Yo Jehová, no me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.”—Malaquías 3:6

Alguien ha dicho que “el estudio propio del género humano es el hombre”. No me opondré a esa idea, pero creo que es igualmente cierto que el estudio propio de los escogidos de Dios es Dios; el estudio propio de un cristiano es la Deidad. La ciencia más alta, la especulación más sublime, la filosofía más poderosa que jamás pueda ocupar la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la persona, la obra, los hechos y la existencia del gran Dios a quien llama su Padre. Hay algo sumamente provechoso para la mente en la contemplación de la Divinidad. Es un tema tan vasto, que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se ahoga en su infinitud. Otros temas podemos abarcarlos y dominarlos; en ellos sentimos cierta clase de satisfacción propia, y seguimos nuestro camino con el pensamiento: “He aquí, yo soy sabio”. Pero cuando llegamos a esta ciencia soberana, y hallamos que nuestra plomada no puede sondear su profundidad, ni nuestros ojos de águila alcanzar su altura, nos volvemos con el pensamiento de que el hombre vano querría ser sabio, aunque es como el pollino del asno montés; y con la solemne exclamación: “Ayer nací, y nada sé”. Ningún tema de contemplación tiende más a humillar la mente que los pensamientos acerca de Dios. Nos veremos obligados a sentir—

“¡Gran Dios, cuán infinito eres,

y cuán viles gusanos somos!”

Pero si bien el tema humilla la mente, también la ensancha. El que piensa a menudo en Dios tendrá una mente más amplia que el hombre que simplemente se arrastra alrededor de este estrecho globo. Podrá ser un naturalista, jactándose de su habilidad para diseccionar un escarabajo, anatomizar una mosca, o clasificar insectos y animales en categorías de nombres casi impronunciables; podrá ser un geólogo, capaz de discurrir sobre el megaterio y el plesiosaurio, y toda clase de animales extintos; podrá imaginar que su ciencia, cualquiera que sea, ennoblece y ensancha su mente. Me atrevo a decir que así es; pero, después de todo, el estudio más excelente para expandir el alma es la ciencia de Cristo, y de éste crucificado, y el conocimiento de la Deidad en la gloriosa Trinidad. Nada ensanchará tanto el entendimiento, nada engrandecerá tanto el alma entera del hombre, como una devota, ferviente y continua investigación del gran tema de la Deidad. Y, a la vez que humilla y ensancha, este tema es eminentemente consolador. Oh, hay, en la contemplación de Cristo, un bálsamo para toda herida; en la meditación sobre el Padre, hay sosiego para toda pena; y en la influencia del Espíritu Santo, hay un ungüento para toda llaga. ¿Quisieras perder tus tristezas? ¿Quisieras ahogar tus cuidados? Entonces ve, y súmete en el mar más profundo de la Deidad; piérdete en su inmensidad; y saldrás como de un lecho de reposo, refrescado y vigorizado. No conozco nada que pueda así consolar el alma; así calmar las crecientes olas de dolor y tristeza; así hablar paz a los vientos de la prueba, como una devota meditación sobre el tema de la Deidad. A ese tema os invito esta mañana. Os presentaremos un solo aspecto de él,—esto es, la inmutabilidad del glorioso Jehová. “Yo soy”, dice mi texto, “Jehová” (pues así debiera traducirse), “yo soy Jehová, no me mudo: y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos”.

Hay tres cosas esta mañana. Primeramente, un Dios inmutable; en segundo lugar, las personas que reciben beneficio de este glorioso atributo, “los hijos de Jacob”; y en tercer lugar, el beneficio que así reciben: “no han sido consumidos”. Pasemos a considerar estos puntos.

I. Primeramente, se nos pone delante la doctrina de LA INMUTABILIDAD DE DIOS. “Yo soy Dios, no me mudo”. Aquí procuraré exponer, o más bien ampliar, este pensamiento, y luego, después, presentar unos cuantos argumentos para probar su verdad.

1. Ofreceré alguna exposición de mi texto, diciendo primero que Dios es Jehová, y que no cambia en su esencia. No podemos deciros qué es la Deidad. No sabemos qué es esa sustancia a la que llamamos Dios. Es una existencia, es un ser; pero qué sea eso, no lo sabemos. Sin embargo, sea lo que fuere, lo llamamos su esencia, y esa esencia nunca cambia. La sustancia de las cosas mortales está siempre cambiando. Las montañas, con sus coronas nevadas, deponen sus viejas diademas en el verano, en arroyuelos que descienden por sus laderas, mientras la nube de tormenta les otorga otra coronación; el océano, con sus poderosas mareas, pierde sus aguas cuando los rayos del sol besan las olas y las arrebatan en nieblas hacia el cielo; hasta el sol mismo necesita nuevo combustible de la mano del Infinito Todopoderoso, para reabastecer su horno siempre ardiente. Todas las criaturas cambian. El hombre, especialmente en cuanto a su cuerpo, está siempre sufriendo revolución. Muy probablemente no hay una sola partícula en mi cuerpo que estuviera en él hace pocos años. Este armazón se ha gastado con la actividad, sus átomos han sido removidos por el roce, mientras tanto nuevas partículas de materia se han agregado constantemente a mi cuerpo, y así ha sido reabastecido; pero su sustancia ha sido alterada. El tejido del que está hecho este mundo pasa continuamente; como una corriente de agua, las gotas van huyendo y otras las siguen, manteniendo el río siempre lleno, pero cambiando siempre en sus elementos. Pero Dios es perpetuamente el mismo. No está compuesto de ninguna sustancia ni materia, sino que es espíritu—puro, esencial y etéreo espíritu—y por tanto es inmutable. Permanece eternamente el mismo. No hay surcos en su frente eterna. Ninguna edad lo ha envejecido; ningún año lo ha marcado con los recuerdos de su paso; ve pasar las edades, pero para él es siempre ahora. Él es el gran YO SOY—el gran Inmutable. Notad bien: su esencia no sufrió cambio alguno cuando se unió a la humanidad. Cuando Cristo, en años pasados, se ciñó de barro mortal, la esencia de su divinidad no fue cambiada; la carne no se hizo Dios, ni Dios se hizo carne por un cambio real y efectivo de naturaleza; los dos se unieron en unión hipostática, pero la Deidad seguía siendo la misma. Era la misma cuando era un niño en el pesebre, que cuando extendió las cortinas del cielo; era el mismo Dios que pendió sobre la cruz, y cuya sangre corrió como un río purpúreo, el mismísimo Dios que sostiene el mundo sobre sus hombros eternos, y lleva en sus manos las llaves de la muerte y del infierno. Nunca ha cambiado en su esencia, ni siquiera por su encarnación; permanece eternamente, perpetuamente, el único Dios inmutable, el Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

2. No cambia en sus atributos. Cualesquiera que fueran los atributos de Dios antiguamente, esos mismos son ahora; y de cada uno de ellos podemos cantar: “Como era en el principio, es ahora, y será por todos los siglos de los siglos. Amén”. ¿Era poderoso? ¿Era el Dios fuerte cuando llamó al mundo a salir del seno de la nada? ¿Era el Omnipotente cuando amontonó las montañas y ahuecó los abismos para el mar rugiente? Sí, era poderoso entonces, y su brazo no se ha debilitado ahora; es el mismo gigante en su fortaleza; la savia de su vigor no se ha secado, y la fuerza de su alma permanece la misma para siempre. ¿Era sabio cuando constituyó este poderoso globo, cuando puso los cimientos del universo? ¿Tenía sabiduría cuando trazó el camino de nuestra salvación, y cuando desde toda la eternidad delineó sus tremendos designios? Sí, y es sabio ahora; no es menos diestro, no tiene menos conocimiento; su ojo, que todo lo ve, no se ha oscurecido; su oído, que oye todos los clamores, suspiros, sollozos y gemidos de su pueblo, no se ha vuelto pesado por los años en que ha oído sus oraciones. Es inmutable en su sabiduría; sabe tanto ahora como siempre, ni más ni menos; tiene la misma pericia consumada, y las mismas providencias infinitas. Es inmutable, bendito sea su nombre, en su justicia. Justo y santo fue en el pasado; justo y santo es ahora. Es inmutable en su verdad; ha prometido, y lo lleva a cabo; lo ha dicho, y será hecho. No varía en la bondad, generosidad y benevolencia de su naturaleza. No se ha convertido en un tirano Todopoderoso, siendo así que una vez fue un Padre Todopoderoso; sino que su fuerte amor permanece como una roca de granito, inconmovible ante los huracanes de nuestra iniquidad. Y bendito sea su querido nombre, es inmutable en su amor. Cuando escribió por primera vez el pacto, ¡cuán lleno estaba su corazón de afecto hacia su pueblo! Sabía que su Hijo debía morir para ratificar los artículos de aquel convenio. Sabía muy bien que debía arrancar a su Amado de sus entrañas, y enviarlo a la tierra a sangrar y morir. No vaciló en firmar aquel poderoso pacto; ni rehuyó su cumplimiento. Ama ahora tanto como amaba entonces, y cuando los soles dejen de brillar, y las lunas de mostrar su débil luz, él seguirá amando por siempre jamás. Tomad cualquier atributo de Dios, y sobre él escribiré semper idem (siempre el mismo). Tomad cualquier cosa que se pueda decir de Dios ahora, y no sólo podrá decirse en el oscuro pasado, sino que en el luminoso futuro permanecerá siempre lo mismo: “Yo Jehová, no me mudo”.

3. Además, Dios no cambia en sus planes. Aquel hombre comenzó a edificar, mas no pudo acabar, y por tanto cambió su plan, como todo hombre sabio haría en tal caso; edificó sobre un cimiento más pequeño y comenzó de nuevo. Pero ¿se ha dicho jamás que Dios comenzó a edificar y no pudo acabar? De ningún modo. Cuando tiene a su disposición tesoros ilimitados, y cuando su propia diestra crearía mundos tan numerosos como las gotas del rocío de la mañana, ¿acaso se detendrá por no tener poder?, ¿y revocará, o alterará, o desordenará su plan, porque no pueda llevarlo a cabo? “Pero”, dicen algunos, “quizá Dios nunca tuvo un plan”. ¿Pensáis, pues, que Dios es más necio que vosotros mismos, señor? ¿Emprendéis vosotros una obra sin plan? “No”, decís, “yo siempre tengo un designio”. Así también Dios. Cada hombre tiene su plan, y Dios tiene un plan también. Dios es una mente soberana; dispuso todas las cosas en su gigantesco entendimiento mucho antes de hacerlas; y una vez que lo ha resuelto, notad bien, jamás lo altera. “Esto se hará”, dice él, y la mano de hierro del destino lo consigna, y así se cumple. “Éste es mi propósito”, y permanece firme, sin que la tierra ni el infierno puedan alterarlo. “Éste es mi decreto”, dice él; promulgadlo, ángeles; arrancadlo de la puerta del cielo, vosotros demonios; pero no podéis alterar el decreto; se cumplirá. Dios no altera sus planes; ¿por qué habría de hacerlo? Es Todopoderoso, y por tanto puede realizar lo que le plazca. ¿Por qué habría de hacerlo? Es el todo-sabio, y por tanto no puede haber planeado mal. ¿Por qué habría de hacerlo? Es el Dios eterno, y por tanto no puede morir antes de que su plan se cumpla. ¿Por qué había de cambiar? ¡Vosotros, átomos indignos de la existencia, efímeros del día! ¡Vosotros, insectos que os arrastráis sobre esta hoja de laurel de la existencia! Vosotros podréis cambiar vuestros planes, pero él jamás, jamás cambiará los suyos. ¿Me ha dicho, entonces, que su plan es salvarme? Si es así, estoy seguro.

“Mi nombre, de las palmas de sus manos,

la eternidad no borrará;

grabado en su corazón permanece,

con marcas de gracia indeleble.”

4. Y una vez más, Dios es inmutable en sus promesas. ¡Ah! nos deleita hablar de las dulces promesas de Dios; pero si alguna vez pudiéramos suponer que una de ellas pudiera cambiar, no hablaríamos más de ellas. Si yo pensara que los billetes del Banco de Inglaterra no podrían cobrarse la próxima semana, me negaría a aceptarlos; y si pensara que las promesas de Dios nunca se cumplirían—si pensara que Dios juzgaría conveniente alterar alguna palabra de sus promesas—¡adiós, Escrituras! Yo quiero cosas inmutables: y hallo que tengo promesas inmutables cuando abro la Biblia; porque, “por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta”, ha firmado, confirmado y sellado cada una de sus promesas. El evangelio no es “sí y no”; no es prometer hoy y negar mañana; sino que el evangelio es “sí, sí”, para la gloria de Dios. ¡Creyente! Había una promesa deliciosa que tuviste ayer; y esta mañana, cuando abriste la Biblia, la promesa no fue dulce. ¿Sabes por qué? ¿Piensas que la promesa había cambiado? ¡Ah, no! cambiaste; ahí está el asunto. Habías comido algunas de las uvas de Sodoma, y con ello se te había estragado el paladar, y no pudiste percibir la dulzura. Pero allí estaba la misma miel, tenlo por seguro, la misma preciosura. “¡Oh!”, dice un hijo de Dios, “yo había edificado mi casa firmemente sobre algunas promesas estables; vino un viento, y dije: Oh Señor, estoy abatido y me perderé”. ¡Oh! las promesas no fueron abatidas; los cimientos no fueron removidos; fue tu pequeña choza de “madera, heno y hojarasca” la que habías estado edificando. Fue ella la que se derrumbó. fuiste sacudido sobre la roca, no la roca debajo de ti. Pero déjame decirte cuál es la mejor manera de vivir en el mundo. He oído que un caballero dijo a un negro: “No comprendo cómo es que tú estás siempre tan feliz en el Señor, y yo a menudo estoy abatido”. “Pues, mi amo”, dijo él, “yo me arrojo tendido sobre la promesa—y allí me quedo; usted se para sobre la promesa—tiene poco que ver con ella, y cae cuando viene el viento, y entonces clama: ‘¡Oh! me he caído’; mientras que yo me echo de una vez tendido sobre la promesa, y por eso no temo caída alguna”. Digamos, pues, siempre: “Señor, ahí está la promesa; a ti te toca cumplirla”. ¡Me echo tendido sobre la promesa! Nada de estar en pie para mí. Ahí es donde debes ir—postrado sobre la promesa; y recuerda, cada promesa es una roca, una cosa inmutable. Por tanto, arrójate a sus pies, y reposa allí para siempre.

5. Pero ahora viene una nota discordante que echa a perder el tema. Para algunos de vosotros, Dios es inmutable en sus amenazas. Si toda promesa se mantiene firme, y todo juramento del pacto se cumple, ¡escucha, pecador!—atiende a la palabra—oye el toque de difuntos de tus esperanzas carnales; contempla el entierro de tus confianzas de la carne. Toda amenaza de Dios, tanto como toda promesa, se cumplirá. ¡Habláis de decretos! Yo os diré de un decreto: “El que no creyere, será condenado”. Ése es un decreto, y un estatuto que jamás puede cambiar. Sé todo lo bueno que quieras, sé todo lo moral que puedas, sé todo lo honrado que desees, anda tan rectamente como sepas,—ahí está en pie la amenaza inmutable: “El que no creyere, será condenado”. ¿Qué respondes a eso, moralista? Oh, quisieras poder alterarla, y decir: “El que no viva una vida santa, será condenado”. Eso sería cierto; pero no dice tal cosa. Dice: “El que no creyere”. Aquí está la piedra de tropiezo y la roca de escándalo; pero no puedes alterarla. Has de creer o ser condenado, dice la Biblia; y nota que esa amenaza de Dios es tan inmutable como Dios mismo. Y cuando hayan pasado mil años de los tormentos del infierno, mirarás a lo alto, y verás escrito en ardientes letras de fuego: “El que no creyere será condenado”. “Pero, Señor, yo estoy condenado”. No obstante, sigue diciendo “será”. Y cuando hayan transcurrido un millón de edades, y estés agotado por tus dolores y agonías, alzarás los ojos y todavía leerás: “SERÁ CONDENADO”, inmutable, inalterable. Y cuando hayas pensado que la eternidad ha de haber hilado su última hebra—que cada partícula de eso que llamamos eternidad ha de haberse consumido—todavía lo verás escrito allá en lo alto: “SERÁ CONDENADO”. ¡Oh, pensamiento aterrador! ¿Cómo me atrevo a pronunciarlo? Pero debo hacerlo. Debéis ser advertidos, señores, “para que no vengáis también vosotros a este lugar de tormento”. Se os han de decir cosas ásperas; porque si el evangelio de Dios no es una cosa áspera, la ley sí es una cosa áspera; el monte Sinaí es una cosa áspera. ¡Ay del atalaya que no amonesta al impío! Dios es inmutable en sus amenazas. Guárdate, oh pecador, porque “horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo”.

6. Sólo hemos de insinuar un pensamiento antes de seguir adelante, y es éste—que Dios es inmutable en los objetos de su amor—no sólo en su amor, sino en los objetos de él.

“Si alguna vez llegara a suceder

que las ovejas de Cristo cayeran,

mi alma voluble y débil, ¡ay!,

caería mil veces al día.”

Si un solo santo amado de Dios pereciera, todos podrían perecer; si uno de los del pacto se perdiera, todos podrían perderse, y entonces ninguna promesa del evangelio sería verdadera; sino que la Biblia sería una mentira, y no habría en ella nada digno de mi aceptación. Me haré infiel al instante, cuando pueda creer que un santo de Dios puede caer definitivamente. Si Dios me ha amado una vez, entonces me amará para siempre.

“Si Jesús una vez sobre mí resplandeció,

entonces Jesús es para siempre mío.”

Los objetos del amor eterno nunca cambian. A los que Dios llamó, los justificará; a los que ha justificado, los santificará; y a los que santifica, los glorificará.

1. Así, habiendo empleado, quizá, demasiado tiempo en simplemente ampliar el pensamiento de un Dios inmutable, procuraré ahora probar que Él es inmutable. No soy muy dado a la predicación argumentativa, pero un argumento que mencionaré es éste: la existencia misma, y el ser de un Dios, me parecen implicar la inmutabilidad. Déjenme pensar un momento. Hay un Dios; este Dios rige y gobierna todas las cosas; este Dios formó el mundo: él lo sostiene y lo conserva. ¿Qué clase de ser ha de ser? Me parece que no puede uno concebir un Dios mudable. Concibo que el pensamiento es tan repugnante al sentido común, que si por un momento piensas en un Dios que cambia, las palabras parecen contradecirse, y te ves obligado a decir: “Entonces ha de ser una especie de hombre”, y a formarte una idea mormónica de Dios. Imagino que es imposible concebir un Dios que cambia; a mí me lo es. Otros quizá sean capaces de tal idea, pero yo no podría abrigarla. No podría pensar en un Dios que cambia, como tampoco podría pensar en un cuadrado redondo, o en cualquier otro absurdo. La cosa me parece tan contradictoria, que una vez que digo Dios, me veo obligado a incluir la idea de un ser inmutable.

2. Bien, creo que ese argumento bastará, pero otro buen argumento puede hallarse en el hecho de la perfección de Dios. Creo que Dios es un ser perfecto. Ahora bien, si es un ser perfecto, no puede cambiar. ¿No lo veis? Suponed que yo soy perfecto hoy; si me fuera posible cambiar, ¿sería perfecto mañana, después de la alteración? Si cambiara, tendría que cambiar o bien de un estado bueno a otro mejor—y entonces, si pudiera mejorar, no podría ser perfecto ahora—o bien de un estado mejor a otro peor—y si empeorara, no sería perfecto entonces. Si soy perfecto, no puedo ser alterado sin volverme imperfecto. Si soy perfecto hoy, he de permanecer el mismo mañana para ser perfecto entonces. Así, si Dios es perfecto, ha de ser el mismo; porque el cambio implicaría imperfección ahora, o imperfección entonces.

3. De nuevo, está el hecho de la infinitud de Dios, que descarta el cambio por completo. Dios es un ser infinito. ¿Qué queréis decir con eso? No hay hombre que pueda deciros qué quiere decir con un ser infinito. Pero no puede haber dos infinitos. Si una cosa es infinita, no hay lugar para ninguna otra; porque infinito significa todo. Significa no limitado, no finito, sin fin alguno. Pues bien, no puede haber dos infinitos. Si Dios es infinito hoy, y luego cambiara y fuera infinito mañana, habría dos infinitos. Pero eso no puede ser. Suponed que es infinito y luego cambia; tendría que volverse finito, y no podría ser Dios; o bien es finito hoy y finito mañana, o infinito hoy y finito mañana, o finito hoy e infinito mañana—suposiciones todas igualmente absurdas. El hecho de ser un ser infinito de una vez aplasta el pensamiento de que sea un ser mudable. La infinitud lleva escrita en su misma frente la palabra “inmutabilidad”.

4. Pero, entonces, queridos amigos, miremos el pasado: y allí recogeremos algunas pruebas de la naturaleza inmutable de Dios. “¿Él dijo, y no lo hará? ¿Habló, y no lo cumplirá?” ¿No puede decirse de Jehová: “Ha hecho toda su voluntad, y ha cumplido todo su propósito?” Volveos hacia Filistea; preguntad dónde está. Dios dijo: “Aúlla, Asdod, y vosotras, puertas de Gaza, porque caeréis”; ¿y dónde están? ¿Dónde está Edom? Preguntad a Petra y a sus muros arruinados. ¿No os devolverán como eco la verdad de que Dios ha dicho: “Edom será presa, y será destruido?” ¿Dónde está Babel, y dónde Nínive? ¿Dónde Moab y dónde Amón? ¿Dónde están las naciones que Dios dijo que destruiría? ¿No las ha desarraigado, y ha echado de la tierra su memoria? ¿Y ha desechado Dios a su pueblo? ¿Se ha olvidado una sola vez de su promesa? ¿Ha quebrantado una sola vez su juramento y pacto, o se ha apartado una sola vez de su plan? ¡Ah, no! ¡Señalad un solo caso en la historia en que Dios haya cambiado! No podéis, señores; porque a lo largo de toda la historia se levanta el hecho de que Dios ha sido inmutable en sus propósitos. Me parece oír a alguien decir: “¡Yo puedo recordar un pasaje de la Escritura en que Dios cambió!” Y así lo pensaba yo también en otro tiempo. El caso al que me refiero es el de la muerte de Ezequías. Isaías entró y dijo: “Ezequías, has de morir, tu enfermedad es incurable, ordena tu casa”. Él volvió su rostro hacia la pared y comenzó a orar; y antes de que Isaías llegara al atrio de afuera, se le mandó volver y decir: “Vivirás quince años más”. Podréis pensar que eso prueba que Dios cambia; pero realmente no puedo ver en ello la más mínima prueba del mundo. ¿Cómo sabéis que Dios no lo sabía? ¡Oh! pero Dios sí lo sabía; sabía que Ezequías viviría. Entonces no cambió, pues si eso sabía, ¿cómo pudo cambiar? Eso es lo que quiero saber. Pero ¿sabéis una pequeña cosa?—que Manasés, el hijo de Ezequías, no había nacido aún en aquel tiempo, y que, de haber muerto Ezequías, no habría habido Manasés, ni Josías, ni Cristo, porque Cristo vino de aquella misma línea. Hallaréis que Manasés tenía doce años cuando murió su padre; de modo que debió de nacer tres años después de esto. ¿Y no creéis que Dios decretó el nacimiento de Manasés, y lo previó de antemano? Ciertamente. Entonces decretó que Isaías fuera y dijera a Ezequías que su enfermedad era incurable, y luego dijera también en el mismo aliento: “Pero yo la sanaré, y vivirás”. Lo dijo para mover a Ezequías a la oración. Habló, en primer lugar, como hombre: “Según toda probabilidad humana, tu enfermedad es incurable, y has de morir”. Luego esperó hasta que Ezequías oró; entonces vino un pequeño “pero” al final de la frase. Isaías no había terminado la frase. Dijo: “Ordena tu casa, porque no hay cura humana; pero” (y entonces salió. Ezequías oró un poco, y luego él entró de nuevo, y dijo) “Pero yo te sanaré”. ¿Dónde hay ahí contradicción alguna, sino en el cerebro de los que combaten contra el Señor, y desean hacer de él un ser mudable?

II. Ahora, en segundo lugar, permitidme decir una palabra sobre LAS PERSONAS PARA QUIENES ESTE DIOS INMUTABLE ES UN BENEFICIO. “Yo soy Dios, no me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos”. Ahora bien, ¿quiénes son “los hijos de Jacob”, que pueden regocijarse en un Dios inmutable?

1. Primero, son los hijos de la elección de Dios; porque está escrito: “A Jacob amé, y a Esaú aborrecí, no habiendo aún nacido los hijos, ni habiendo hecho bien ni mal”. Fue escrito: “El mayor servirá al menor”. “Los hijos de Jacob”—

“son los hijos de la elección de Dios,

que por gracia soberana creen;

por eterno destino,

gracia y gloria reciben.”

Aquí se entiende por “los hijos de Jacob” a los escogidos de Dios,—aquellos a quienes conoció de antemano y predestinó a la salvación eterna.

2. Por “los hijos de Jacob” se entienden, en segundo lugar, personas que gozan de derechos y títulos peculiares. Jacob, como sabéis, no tenía derechos por nacimiento; pero pronto los adquirió. Cambió un plato de potaje con su hermano Esaú, y así obtuvo la primogenitura. No justifico los medios; pero también obtuvo la bendición, y así adquirió derechos peculiares. Por “los hijos de Jacob” se entienden aquí las personas que tienen derechos y títulos peculiares. A los que creen, les ha dado el derecho y la potestad de ser hechos hijos de Dios. Tienen participación en la sangre de Cristo; tienen derecho a “entrar por las puertas en la ciudad”; tienen título a honores eternos; tienen promesa de gloria sempiterna; tienen derecho a llamarse hijos de Dios. ¡Oh! hay derechos y privilegios peculiares que pertenecen a los “hijos de Jacob”.

3. Pero, luego, en seguida, estos “hijos de Jacob” eran hombres de manifestaciones peculiares. Jacob tuvo manifestaciones peculiares de su Dios, y así fue altamente honrado. Una vez, de noche, se acostó y durmió; tenía los setos por cortinas, el cielo por dosel, una piedra por almohada, y la tierra por lecho. ¡Oh! entonces tuvo una manifestación peculiar. Había una escalera, y vio a los ángeles de Dios subir y descender. Tuvo así una manifestación de Cristo Jesús, como la escalera que llega desde la tierra hasta el cielo, por la cual los ángeles bajaban y subían para traernos misericordias. ¡Y qué manifestación hubo luego en Mahanaim, cuando los ángeles de Dios le salieron al encuentro; y otra vez en Peniel, cuando luchó con Dios, y le vio cara a cara! Aquéllas fueron manifestaciones peculiares; y este pasaje se refiere a los que, como Jacob, han tenido manifestaciones peculiares.

Ahora bien, ¿cuántos de vosotros habéis tenido manifestaciones personales? “¡Oh!” decís, “eso es entusiasmo; eso es fanatismo”. Pues bien, es un entusiasmo bendito, también, porque los hijos de Jacob han tenido manifestaciones peculiares. Han hablado con Dios como habla un hombre con su amigo; han susurrado al oído de Jehová; Cristo ha estado con ellos para cenar con ellos, y ellos con Cristo; y el Espíritu Santo ha resplandecido en sus almas con tan poderoso fulgor, que no podían dudar de las manifestaciones especiales. Los “hijos de Jacob” son los hombres que gozan de estas manifestaciones.

4. Luego, de nuevo, son hombres de pruebas peculiares. ¡Ah, pobre Jacob! Yo no escogería la suerte de Jacob si no tuviera la perspectiva de la bendición de Jacob; porque dura fue su suerte. Tuvo que huir de la casa de su padre a la de Labán; y luego aquel viejo huraño de Labán lo engañó todos los años que estuvo allí—lo engañó en cuanto a su mujer, lo engañó en su salario, lo engañó en sus rebaños, y lo engañó a lo largo de toda la historia. Al poco tiempo tuvo que huir de Labán, que lo persiguió y lo alcanzó. Después vino Esaú con cuatrocientos hombres para exterminarlo de raíz y rama. Luego hubo un tiempo de oración, y después luchó, y tuvo que andar toda su vida con el muslo descoyuntado. Pero un poco más adelante, Raquel, su querida amada, murió. Luego su hija Dina es seducida, y sus hijos asesinan a los siquemitas. Poco después, su querido José es vendido a Egipto, y viene un hambre. Entonces Rubén sube a su lecho y lo profana; Judá comete incesto con su propia nuera; y todos sus hijos se le vuelven una plaga. Por fin le es quitado Benjamín; y el anciano, casi con el corazón destrozado, clama: “José no aparece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis”. Nunca hombre alguno fue más probado que Jacob, todo por el único pecado de engañar a su hermano. A lo largo de toda su vida, Dios lo castigó. Pero creo que hay muchos que pueden compadecerse del querido y viejo Jacob. Han tenido que pasar por pruebas muy semejantes a las suyas. Pues bien, ¡portadores de cruz! Dios dice: “No me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos”. ¡Pobres almas probadas! No habéis sido consumidas a causa de la naturaleza inmutable de vuestro Dios. Ahora bien, no os pongáis a lamentaros, diciendo, con la presunción de la miseria: “Yo soy el hombre que ha visto aflicción”. Pues bien, “el Varón de dolores” fue afligido más que tú; Jesús fue en verdad un doliente. Tú sólo ves las orillas del manto de la aflicción. Nunca has tenido pruebas como las suyas. No entiendes lo que significan los sufrimientos; apenas has sorbido la copa de la tribulación; sólo has probado una gota o dos, pero Jesús bebió las heces. No temáis, dice Dios, “Yo Jehová, no me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob”, hombres de pruebas peculiares, “no habéis sido consumidos”.

5. Y un pensamiento más acerca de quiénes son los “hijos de Jacob”, pues quisiera que averiguarais si vosotros mismos sois “hijos de Jacob”. Son hombres de carácter peculiar; porque aunque había algunas cosas en el carácter de Jacob que no podemos alabar, hay una o dos que Dios sí encomia. Estaba la fe de Jacob, por la cual Jacob tuvo su nombre escrito entre los poderosos héroes que no alcanzaron las promesas en la tierra, pero las alcanzarán en el cielo. ¿Sois hombres de fe, amados? ¿Sabéis lo que es andar por fe, vivir por fe, obtener por fe vuestro sustento temporal, vivir del maná espiritual—todo por fe? ¿Es la fe la regla de vuestra vida? Si es así, sois los “hijos de Jacob”.

Además, Jacob fue un hombre de oración—un hombre que luchó, y gimió, y oró. Hay un hombre allá arriba que no oró esta mañana, antes de subir a la casa de Dios. ¡Ah! tú, pobre pagano, ¿no oras? ¡No! dice él, “nunca pensé en tal cosa; hace años que no oro”. Pues bien, espero que ores antes de morir. Vive y muere sin oración, y ya orarás bastante cuando llegues al infierno. Hay una mujer: no oró esta mañana; estaba tan ocupada mandando a sus hijos a la Escuela Dominical, que no tuvo tiempo de orar. ¿No tuvo tiempo de orar? ¿Tuviste tiempo de vestirte? Hay tiempo para todo lo que se quiere debajo del cielo, y si te hubieras propuesto orar, habrías orado. Los hijos de Dios no pueden vivir sin oración. Son Jacobs que luchan. Son hombres en quienes el Espíritu Santo obra de tal modo, que no pueden vivir sin oración, como tampoco yo puedo vivir sin respirar. Han de orar. Señores, notad bien: si vivís sin oración, vivís sin Cristo; y muriendo así, vuestra porción será en el lago que arde con fuego. ¡Que Dios os redima, que Dios os rescate de tal suerte! Pero vosotros que sois “los hijos de Jacob”, consolaos, porque Dios es inmutable.

III. En tercer lugar, sólo puedo decir una palabra acerca del otro punto—EL BENEFICIO QUE ESTOS “HIJOS DE JACOB” RECIBEN DE UN DIOS INMUTABLE. “Y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos”. ¿“Consumidos”? ¿Cómo? ¿Cómo puede el hombre ser consumido? Pues bien, hay dos maneras. Podríamos haber sido consumidos en el infierno. Si Dios hubiera sido un Dios mudable, los “hijos de Jacob” aquí presentes esta mañana podrían haber sido consumidos en el infierno; pero, a no ser por el amor inmutable de Dios, yo habría sido un tizón en el fuego. Pero hay una manera de ser consumido en este mundo; hay tal cosa como ser condenado antes de morir—“ya condenado”; hay tal cosa como estar vivo, y sin embargo estar absolutamente muerto. Podríamos haber sido abandonados a nuestros propios designios, ¿y entonces dónde estaríamos ahora? Deleitándonos con el borracho, blasfemando del Dios Todopoderoso. ¡Oh! si él te hubiera abandonado, amadísimo, si hubiera sido un Dios mudable, estarías entre los más inmundos de los inmundos, y los más viles de los viles. ¿No puedes recordar en tu vida ocasiones semejantes a las que yo he sentido? He llegado hasta el mismo borde del pecado; alguna fuerte tentación se ha apoderado de mis dos brazos, de modo que no podía luchar con ella. He sido empujado, arrastrado como por un espantoso poder satánico hasta el mismísimo borde de algún horrendo precipicio. He mirado abajo, abajo, abajo, y he visto mi porción; me estremecía al borde de la ruina. He quedado horrorizado, cuando, con los cabellos erizados, he pensado en el pecado que estaba a punto de cometer, en la horrible fosa en que estaba a punto de caer. Un brazo fuerte me ha salvado. He retrocecido de un salto y he clamado: ¡Oh Dios! ¿pude haber llegado tan cerca del pecado, y con todo volver atrás? ¿Pude haber caminado hasta el mismo horno y no haber caído, como los hombres fuertes de Nabucodonosor, devorado por el mismísimo calor? ¡Oh! ¿es posible que yo esté aquí esta mañana, cuando pienso en los pecados que he cometido, y en los crímenes que han cruzado mi perversa imaginación? Sí, aquí estoy, sin ser consumido, porque el Señor no se muda. ¡Oh! si él hubiera cambiado, habríamos sido consumidos de una docena de maneras; si el Señor hubiera cambiado, tú y yo habríamos sido consumidos por nosotros mismos; porque, después de todo, el señor Yo es el peor enemigo que tiene un cristiano. Nos habríamos suicidado en cuanto a nuestras propias almas; habríamos mezclado la copa de veneno para nuestros propios espíritus, si el Señor no hubiera sido un Dios inmutable, y no hubiera arrancado la copa de nuestras manos cuando estábamos a punto de beberla. Luego habríamos sido consumidos por Dios mismo, si él no hubiera sido un Dios inmutable. Llamamos a Dios Padre; pero no hay padre en este mundo que no hubiera matado a todos sus hijos hace mucho tiempo, tan provocado habría estado con ellos, si hubiera sido atribulado ni la mitad de lo que Dios ha sido con su familia. Tiene la familia más molesta del mundo entero—incrédula, ingrata, desobediente, olvidadiza, rebelde, errante, murmuradora y de dura cerviz. Bien está que sea sufrido, pues de lo contrario habría tomado, no sólo la vara, sino la espada contra algunos de nosotros hace mucho tiempo. Pero no había nada en nosotros que amar al principio, así que no puede haber menos ahora. John Newton solía contar una historia curiosa, y reírse de ella también, de una buena mujer que dijo, para probar la doctrina de la Elección: “¡Ah! señor, el Señor debió de amarme antes de que yo naciera, pues de otro modo no habría visto nada en mí que amar después”. Estoy seguro de que es verdad en mi caso, y verdad respecto de la mayoría del pueblo de Dios; porque hay tan poco que amar en ellos después de nacer, que si él no los hubiera amado antes de entonces, no habría visto razón alguna para escogerlos después; pero, puesto que los amó sin obras, los ama sin obras todavía; puesto que sus buenas obras no ganaron su afecto, las malas obras no pueden romper ese afecto; puesto que su justicia no ató su amor a ellos, tampoco su maldad puede quebrar los eslabones de oro. Los amó por pura gracia soberana, y los amará todavía. Pero habríamos sido consumidos por el diablo, y por nuestros enemigos—consumidos por el mundo, consumidos por nuestros pecados, por nuestras pruebas, y de otras cien maneras, si Dios hubiera cambiado alguna vez.

Pues bien, ahora nos falta el tiempo, y poco puedo decir. Sólo he tocado el texto de pasada. Ahora os lo entrego. Que el Señor os ayude, “hijos de Jacob”, a llevaros a casa esta porción de vianda; digeridla bien, y alimentaos de ella. ¡Que el Espíritu Santo aplique dulcemente las gloriosas cosas que están escritas! Y que tengáis “un banquete de manjares suculentos, de vinos refinados sobre las heces”. Recordad que Dios es el mismo, sea lo que fuere lo que se quite. Vuestros amigos podrán quedar disgustados, vuestros ministros podrán ser apartados, todo podrá cambiar, pero Dios no. Vuestros hermanos podrán cambiar, y desechar vuestro nombre como cosa vil: pero Dios os amará todavía. Que vuestra condición en la vida cambie, y vuestros bienes desaparezcan; que toda vuestra vida sea sacudida, y os volváis débiles y enfermizos; que todo huya—hay un lugar donde el cambio no puede poner su dedo; hay un nombre sobre el cual jamás podrá escribirse la mutabilidad; hay un corazón que nunca puede alterarse; ese corazón es el de Dios—ese nombre, Amor.

“Confía en él, jamás te engañará,

aunque poco de él te parezca;

nunca, nunca te dejará,

ni permitirá que del todo le dejes.”

Escritura en este sermón Malaquías 3:6

Dominio público. Texto original de la edición original.