Sermón · 34 min de lectura· 1865 · Avanzada

Consolación en el horno

Retrato de Charles H. Spurgeon Charles H. Spurgeon

Texto

Daniel 3:25

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

La cuarta figura que camina en el horno de Nabucodonosor le da a Spurgeon su asunto, y va contando los hornos en que puede meterse a un creyente: el que encienden los hombres, el que Satanás sopla con sus tres fuelles y el que Dios mismo calienta. A los jóvenes se les dice que lo pierdan todo antes que su integridad. Cierra en el Cristo que pisó primero las brasas.

"Respondió él y dijo: He aquí que yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego, y ningún daño hay en ellos: y el parecer del cuarto es semejante á hijo de los dioses." Daniel 3:25.

EL relato de la gloriosa valentía y la maravillosa liberación de los tres santos jóvenes, o más bien campeones, está muy bien dispuesto para despertar en la mente de los creyentes firmeza y constancia en sostener la Verdad de Dios frente a la tiranía y en las mismas fauces de la muerte. Aprendan los jóvenes en particular, puesto que estos eran jóvenes, de su ejemplo, tanto en asuntos de fe en la religión como en asuntos de integridad en los negocios, a no sacrificar jamás su conciencia. Piérdelo todo antes que perder tu integridad, y cuando todo lo demás se haya ido, aférrate todavía a una conciencia limpia como la joya más rara que pueda adornar el pecho de un mortal.

No sería tiempo perdido para el predicador dedicar media docena de mañanas a insistir una y otra vez en la necesidad de que el cristiano sea universal y constantemente obediente a los dictados de su conciencia, porque esta es una época que requiere una recia independencia y una firme adhesión a la verdad. En cuanto a si la más severa exactitud de integridad resultará ser la mejor política o no, no me detendré a disputarlo. Hablo ahora, no a hombres guiados por el fuego fatuo de la conveniencia, sino por la estrella polar de la luz Divina, y les ruego que sigan lo recto a toda costa. Cuando no veas ninguna ventaja presente, entonces anda por fe y no por vista.

Os ruego, amados en el Señor Jesucristo, honrad a mi Dios confiando en Él cuando se trate de asuntos de pérdida por causa de un principio. ¡Ved si Él quedará deudor vuestro! Ved si no prueba, aun en esta vida, su Palabra de que "la piedad es gran ganancia", y que quienes "buscan primeramente el reino de Dios y su justicia, tendrán todas estas cosas añadidas". Notad bien: si en la Providencia de Dios sucediera que fuerais y siguierais siendo perdedores por causa de la conciencia, hallaréis que si el Señor no os paga en la plata de la prosperidad terrenal, cumplirá su promesa en el oro de lo espiritual. Y quisiera que recordaseis que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.

Tener una conciencia limpia, llevar un espíritu sin engaño, tener un corazón libre de ofensa, es mayor riqueza que la que las minas de Ofir podrían rendir o el comercio de Tiro podría ganar. Mejor es una comida de legumbres donde hay amor, que un buey engordado y contienda por dentro. Una onza de sosiego del corazón vale más que una tonelada de oro. Y una gota de inocencia es mejor que un mar de lisonja. Arde, cristiano, si a eso se llega, ¡pero nunca te apartes del camino recto! Muere, pero nunca niegues la Verdad. ¡Piérdelo todo para comprar la Verdad de Dios! No la vendas, aunque el precio fuera el tesoro y la honra del mundo entero, porque "¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?"

Pero mi propósito particular al referirme al relato esta mañana no era usarlo todo como incentivo para los jóvenes cristianos a modo de sincero consejo, aunque confieso que me siento muy inclinado a hacerlo. Tengo, sin embargo, presente en la mente este solo versículo, donde el asombrado déspota vio a sus recientes víctimas sobrevivir tranquilamente a las llamas que él había destinado para su destrucción instantánea. Deseo usar su exclamación como consolación para los cristianos afligidos en todas partes. Concentrad, pues, vuestros pensamientos en las palabras que tenemos delante, y sea el Espíritu Santo nuestro Instructor.

I. Comenzaremos contemplando el lugar DONDE EL PUEBLO DE DIOS SUELE ESTAR. En el texto hallamos a tres de ellos en un horno de fuego ardiendo, y por singular que esto pueda ser, literalmente, no es cosa extraordinaria espiritualmente, porque, a decir verdad, es el lugar habitual donde se encuentra a los santos. Los antiguos fabularon de la salamandra que vivía en el fuego. Lo mismo puede decirse del cristiano, ¡y sin fábula alguna!

La Iglesia antigua, en una metáfora predilecta, se describía a sí misma como un navío. ¿Dónde había de estar el navío, sino en el mar? Ahora bien, el mar es un elemento inestable, con frecuencia agitado por tempestades. Es un mar turbulento que no puede reposar. Y así el cristiano halla que esta vida mortal está lejos de ser apacible y rara vez está en calma. Más bien es de admirar cuando un cristiano no está en prueba, porque para los peregrinos en un desierto, la incomodidad y la necesidad serán naturalmente la regla y no la excepción. Es por medio de "muchas tribulaciones" que heredamos el reino. No hay vida tan gozosa como la de un hombre que se dirige a la Ciudad Celestial. Y, por otro lado, no hay vida que implique tanto conflicto como la vida de un peregrino hacia los cielos.

Los hornos en que son arrojados los cristianos son de diversas clases. Quizá podamos dividirlos en tres grupos. Primero, está el horno que los hombres encienden. Como si no hubiera bastante miseria en el mundo, los hombres son los mayores atormentadores de sus semejantes. Los elementos en toda su furia, las fieras en toda su ferocidad, y el hambre y la peste en todos sus horrores apenas han sido enemigos tan grandes del hombre como lo han sido los hombres mismos.

La animosidad religiosa es siempre el peor de todos los odios e incita a las obras más diabólicas. La persecución es tan implacable como la muerte y tan cruel como el sepulcro. El creyente en Jesús, que es de un pueblo del cual en todas partes se habla mal, debe esperar ser arrojado al horno de la persecución por sus semejantes. "Si el mundo os aborrece", dice nuestro Señor, "a mí me aborreció antes que a vosotros". "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece". Algunos suponen que estas palabras están anticuadas —palabras a la antigua— palabras que se refieren solo a los tiempos apostólicos. Respondo: estáis fuera de la fe apostólica, pues de otro modo dolorosamente las hallaríais aún en pie con toda su fuerza.

A veces el cristiano siente el calor del horno de la persecución abierta. ¿Cuántas multitudes de santos han subido al Cielo como Elías en un carro de fuego? Sus espíritus seráficos hallaron un camino seguro al Cielo a través de las llamas, porque estaban guardados por espíritus ministradores a quienes Dios ha hecho llamas de fuego. Millares de los preciosos hijos de Sion han sido dejados a pudrirse en calabozos, o han sido muertos en la ladera de los montes, o han perecido en penuria y necesidad. Y hasta el día de hoy hay muchos que soportan pruebas de crueles escarnios y son, de diversas maneras dolorosas, hechos llevar la cruz, porque si alguno quiere vivir píamente en Cristo Jesús, ha de padecer persecución.

Otro horno es el de la opresión. En el horno de hierro de Egipto se hizo a los hijos de Israel servir en dura servidumbre con barro y con ladrillo. Y sin duda muchos del pueblo de Dios están en situaciones en que son poco mejores que esclavos. La opresión está lejos de haber muerto: bajo la forma más libre de gobierno siempre existe la posibilidad de que los cabezas de familia y los amos de los establecimientos practiquen la más irritante opresión hacia aquellos que les desagradan. Y sin duda muchos espíritus escogidos siguen siendo pisoteados como se pisotea la paja para el muladar. Está también el horno de la calumnia. La fruta más madura es la más picoteada por las aves. Aquellos que tengan más de la imagen de Dios tendrán más del desprecio del mundo. No esperéis que el mundo hable bien de vosotros, porque nunca dio a vuestro Maestro una buena palabra. "¿Será el discípulo por encima de su maestro, o el siervo por encima de su Señor?"

Espera ser mal entendido: esa es la flaqueza del hombre. Espera ser tergiversado: ese es su odio deliberado. Se está haciendo justo ahora un esfuerzo muy tenaz por marcar a nuestra denominación con las famosas "S. S.", que era el viejo mote puritano de "Sembrador de Sedición". Esta calumnia es muy antigua, porque en los días de Nehemías corría la acusación: "Esta ciudad de Jerusalén desde tiempos antiguos se rebela contra los reyes". Y esta es ahora la acusación contra nuestros misioneros y, en verdad, contra todos nosotros: que somos cómplices de aquellos que incitan al pueblo a la sedición. Señores, no negaremos el hecho de que somos siempre prontos a reivindicar las libertades de todos los hombres y poco dados a lisonjear a los tiranos, sea en Jamaica o en cualquier otra parte. Por el contrario, nuestro testimonio es muy alto y claro: que hay un Señor que ejecutará justicia y juicio por todos los que son oprimidos.

Aborrecemos el pisoteo del menesteroso y detestamos la matanza en masa tanto cuando la perpetran los ingleses como cuando se atribuye a los turcos o a los rusos. Y por más impopular que pueda ser, mantenemos la opinión de que la libertad es el derecho de nacimiento de todo hombre, no solo la libertad que permite a su cuello quedar libre de una cadena, sino la libertad que permite el ejercicio de los derechos de la hombría. La humanidad que sufre ha de ser socorrida aun cuando lleve el color del ébano, ¡y el agravio despótico ha de ser denunciado aun cuando el tan despreciado negro sea su víctima! Nunca podrá lamentarse demasiado que las terribles pasiones excitadas por años de agravio hayan conducido a un motín tan feroz y cruel.

Pero debemos recordar que la opresión enloquece aun a los sabios, y en justicia debemos poner la carga del estallido no solo a cuenta de aquellos hombres infelices e incultos que fueron aguijoneados a esta apasionada demostración de ira, sino que debemos atribuir la mayor medida de culpa a los hombres de posición, riqueza y educación que han cargado gravosas cargas sobre este pueblo y se han negado a oír sus sinceros clamores y a conceder sus justas demandas. La infernal venganza tomada por sus enemigos casi me exime aun de esta palabra de disculpa, porque ella sola es prueba suficiente del espíritu que ha dominado sobre la raza negra y ha compelido a las infelices víctimas a levantarse contra él.

Pero por supuesto se seguirá insistiendo en que los bautistas están en el fondo del estallido, y así la Iglesia de Dios será el chivo expiatorio de los transgresores. Somos amigos de la libertad, pero nunca enseñamos la rebelión. Nos esforzamos por implantar principios varoniles de independencia y libertad, ¡pero ponemos al lado los tiernos preceptos del amoroso Jesús! Con todo, esperamos recibir escándalos de toda clase, y no los tenemos por cosa extraña cuando nos suceden.

En segundo lugar, está un horno que Satanás sopla con tres grandes fuelles; algunos de vosotros habéis estado en él. Es difícil de soportar, porque el príncipe de la potestad del aire tiene gran dominio sobre los espíritus humanos. Conoce nuestros puntos débiles y puede herir de modo que nos hiera hasta lo más vivo. Aviva el fuego con el soplo de la tentación. El Maligno conoce nuestros pecados que nos asedian, las flaquezas de nuestro temperamento, y cómo podemos ser más fácilmente provocados. Sabe adaptar su cebo a su pez y su trampa a su ave.

A veces el cristiano más ferviente se verá obligado a clamar: "¡Casi se deslizaron mis pasos! ¡Por poco resbalaron mis pies!" El Salvador pasó por este horno en el desierto y fue tentado tres veces por el diablo. Y en el desierto de esta vida el pueblo de Dios experimenta con frecuencia tentaciones de la clase más horrible. Entonces él acciona el segundo fuelle de la acusación. Susurra al oído: "¡Tus pecados te han destruido! ¡El Señor te ha abandonado del todo! ¡Tu Dios no será más benigno!" Nos dice que somos hipócritas, que nuestra experiencia ha sido fantasía, que nuestra fe es mera presunción. Nos dice que nuestra gloria ha sido jactancia, y los mismos pecados que, como tentador, él mismo nos incitó a cometer, nos los echa en cara cuando asume su carácter favorito de "el acusador de los hermanos".

A menos que seamos graciosamente consolados bajo los ataques del león rugiente, estaremos casi prontos a abandonar toda esperanza.

Luego nos asediará con sugestiones de blasfemia. Mientras nos atormenta con insinuaciones, tiene un modo de proferir cosas inmundas contra Dios y luego arrojarlas en nuestros corazones como si fueran nuestras. Puede sembrar la infernal semilla de la blasfemia en nuestras almas y luego decirnos que estas son las plantas nativas de nuestros propios corazones. Deja su negra prole a nuestra puerta como si fueran nuestros propios hijos nacidos en casa. Y esto a veces es muy difícil de soportar, cuando maldiciones contra Dios y contra su Cristo atraviesan nuestra alma. Y aunque las aborrecemos con odio perfecto, no podemos librarnos de ellas.

Y en tercer lugar, está un horno que Dios mismo prepara para su pueblo. Está el horno del dolor físico. ¡Cuán pronto es abatido el hombre fuerte! Los que nos regocijábamos en la salud somos en pocos momentos hechos gemir y lamentarnos, no solo en debilidad, sino en dolor y angustia. Solo tiene en poco el dolor quien es extraño a él. Un horno aún peor, quizá, es el del duelo. El hijo enferma, la esposa va declinando gradualmente, el marido es derribado por un golpe. Amigo tras amigo se aleja como estrella tras estrella se va apagando. Amargamente clamamos con Job: "Has alejado de mí al amigo y al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas".

Luego, añadidos a esto, se agolparán sobre nosotros pérdidas y sufrimientos temporales. El negocio que pensábamos nos enriquecería, nos empobrece. Edificamos la casa, pero la Providencia la derriba con ambas manos. Izamos la vela y buscamos avanzar, pero somos arrastrados lejos del puerto deseado por un viento contrario. "Si el Señor no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican". No puedo multiplicar la descripción de estas cruces que nuestro Padre celestial, en su misteriosa Providencia, pone sobre sus amados. Cierto es que, como las olas del mar, las gotas de lluvia, las arenas del desierto y las hojas del bosque, los pesares del pueblo del Señor son innumerables. Al calor central del fuego arroja el Señor a sus santos, y notad esto: los arroja allí porque son su propio pueblo amado y entrañablemente querido.

No veo al orfebre poner escoria en el horno; ¿de qué serviría? Sería un desperdicio de combustible y de trabajo. Pero mete el crisol lleno de oro en la parte más caliente del fuego y amontona carbones hasta que el calor es terrible. Algunos de vosotros no tenéis cruces; sois como Moab, "asentado sobre sus heces", "no vaciado de vaso en vaso", porque sois reprobados y Dios no se cuida de vosotros. Pero el oro puro es puesto en el horno para hacerlo más puro todavía. Como la plata se purifica en un horno de tierra siete veces, sencillamente porque es plata, así son afligidos los santos a causa de su preciosidad a los ojos del Señor. Los hombres no se tomarán tantas molestias para purificar el hierro como se las toman con la plata, porque cuando el hierro se lleva a un grado tolerable de pureza, trabaja bien. Pero la plata ha de ser doblemente refinada, hasta que no quede escoria alguna.

Los hombres no tallan guijarros comunes en la rueda del lapidario, pero el diamante ha de ser vejado una y otra y otra vez con cortes agudos, y así también debe serlo el creyente. El contexto nos recuerda que a veces el cristiano queda expuesto a pruebas muy peculiares. El horno fue calentado siete veces más; ya estaba bastante caliente cuando se calentaba una vez, pero supongo que Nabucodonosor mandó echar pez y alquitrán y toda clase de combustibles para que ardiera con mayor vehemencia.

En verdad, a veces el Señor parece tratar así a su pueblo. Es un calor peculiarmente feroz el que los rodea, y ellos claman: "Ciertamente yo soy el hombre que ha visto aflicción; puedo tomar precedencia sobre todos los demás en el reino del dolor".

No es así, recordadlo, porque príncipes se han sentado a la puerta del rey con las cabezas cubiertas de ceniza, y los mejores hombres que comen pan a la mesa de Jehová en este día han tenido que decir: "Me has llenado de amargura y me has quebrado los dientes con cascajo". La senda del dolor está muy frecuentada, hollada y pisada por huestes de los escogidos de Dios, que han hallado que la senda del dolor, y esa senda sola, conduce al lugar donde el dolor es desconocido.

No quiero dejar este punto sin observar, también, que estos santos campeones estaban indefensos al ser arrojados al horno. Fueron arrojados atados. Y muchos de nosotros también hemos sido arrojados atados, de modo que no podíamos levantar mano ni pie para ayudarnos. Cayeron, se dice, en medio del horno. Y a menudo una especie de desmayo sobreviene a los santos de Dios al comienzo de su tribulación —la misma tribulación en la cual después pueden regocijarse— porque el presente los llena de pesadumbre y caen atados en medio del horno.

¡Bonito trance en que hallarse! ¿Quién no se estremece ante él? Ciertamente ninguno de nosotros lo escogería. Pero no tenemos la elección, y como hemos dicho con David: "Tú escogerás mi heredad por mí". Si el Señor determina escogerla para nosotros entre los carbones de fuego —es el Señor— hágase lo que le parezca bien. Donde Jehová coloca a sus santos, están en realidad seguros, aunque en apariencia expuestos a la destrucción. Ese es, pues, el primer punto: dónde el pueblo de Dios suele estar.

II. Pasamos al segundo: LO QUE PIERDEN ALLÍ. Mirad el texto y os quedará claro que perdieron algo. Sadrach, Mesach y Abed-nego perdieron algo en el fuego: no sus turbantes, ni sus túnicas, ni su calzado, ni un cabello de sus cabezas o barbas; no, ¿qué entonces? Pues bien, ¡allí perdieron sus ataduras! Observad: "¿No echamos tres varones atados en medio del fuego? He aquí que yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego".

El fuego no les hizo daño, pero rompió sus ataduras. ¡Bendita pérdida, esta! Las pérdidas de un verdadero cristiano son ganancias de otra forma. Ahora, amados, observad esto con cuidado: que muchos de los siervos de Dios nunca conocen la plenitud de la libertad espiritual hasta que son arrojados en medio del horno. Muchos de ellos están atados y aprisionados hasta que llegan a la llama, y la llama consume las ataduras en que habían estado dispuestos a permanecer cautivos. ¡Como el oro puro que no pierde nada sino su escoria en el fuego! Como el hierro que no pierde nada sino su herrumbre bajo la lima, así es el cristiano: pierde lo que se alegra de perder, y su pérdida es bendita ganancia.

¿Os mostraré algunas de las ataduras que Dios suelta para su pueblo cuando están en el fuego del odio humano? A veces rompe las cuerdas del temor al hombre y del deseo de agradar al hombre. Martín Lutero, me atrevo a decir, como otros hombres, tenía cierto respeto por su propia reputación y cierta reverencia por la opinión pública. Podría haber estado dispuesto a rendir alguna deferencia a la erudición y autoridad de la época —ambas prestaban su ayuda al antiguo sistema de Roma— pero en una hora dichosa el Papa excomulgó al alborotador alemán. ¡Todo va bien para Lutero ahora! ¡Su camino está claro y llano delante de su rostro! Por tanto, jamás debe conciliar ni soñar con la paz.

¡Ahora sus ataduras están rotas! Quema la bula del Papa y truena: "El Papa de Roma excomulga a Martín Lutero, y yo, Martín Lutero, excomulgo al Papa de Roma. El mundo me aborrece y no hay amor perdido entre nosotros, porque lo estimo tanto como él me estima a mí. ¡Guerra a cuchillo!", dice. El hombre nunca estuvo despejado hasta que el mundo lo echó fuera. Es cosa espléndida correr entre baquetas de tanto desprecio, que el alma se endurece a él bajo una fuerte conciencia de que lo recto no es más despreciable porque su amigo pueda ser despreciado. "Cómo", dices, "¿así se me trata por declarar la verdad? Estaba inclinado a conciliar y ceder, pero después de esto, ¡jamás! Habéis soltado mis ataduras".

Cuando el hombre ha hecho lo peor, como Nabucodonosor hizo en este caso, entonces Sadrach, Mesach y Abed-nego podían decir: "¿Qué más podría hacer? Nos ha arrojado a un horno de fuego calentado siete veces más. Ha hecho lo peor, y ahora ¿qué tenemos que temer?" Cuando la persecución arrecia, ¡es admirable qué libertad da al hijo de Dios! ¡Nunca hubo lengua más libre que la de Lutero! ¡Nunca boca más valiente que la de John Knox! ¡Nunca discurso más audaz que el de Juan Calvino! ¡Nunca corazón más valeroso que el que latió bajo las costillas de Wiclef! ¡Nunca hubo hombre que pudiera enfrentar con más denuedo al papado que John Bradford o Hugh Latimer! Pero, bajo Dios, estos hombres debían su libertad de palabra y libertad de conciencia al hecho de que el mundo los echó fuera de toda esperanza de su favor, ¡y así soltó sus ataduras!

Además, cuando Satanás nos pone en el horno, a menudo es el medio de romper ataduras. ¿Cuántos cristianos están atados con las ataduras de los estados de ánimo y los sentimientos —con las ataduras de la dependencia de algo interior— en lugar de descansar sobre

Cristo, el gran Sacrificio? Cuando el diablo viene con sus agudas tentaciones, brama: "No sois hijos de Dios". Pues bien, ¿qué entonces? Pues entonces vamos directamente a Cristo para contemplar y mirar el fluir de su preciosa sangre, y confiar en Él tal como lo hicimos al principio. ¿Y ahora, qué de los estados de ánimo y los sentimientos? ¿Qué de las emociones internas? Pues estamos tan satisfechos con aquella obra consumada sobre la Cruz que ya no sentimos más las ataduras de la duda y el temor. ¡Ahora somos libres, porque hemos llegado a vivir de Cristo y no de nosotros mismos!

Las tentaciones feroces pueden ser como olas que arrojan al marinero sobre una roca: pueden empujarnos más cerca de Cristo. Es un mal viento el que a nadie hace bien. ¡Pero el peor viento que Satanás puede enviar le hace bien al cristiano, porque lo apresura más cerca de su Señor! La tentación es una gran bendición cuando suelta nuestras ataduras de confianza propia y de dependencia de estados de ánimo y sentimientos. En cuanto a las aflicciones que Dios envía, ¿no sueltan acaso nuestras ataduras? Amados hermanos, las dudas y los temores nos son mucho más comunes en medio del trabajo y los negocios que cuando estamos apartados por la enfermedad. No sé cómo lo habréis hallado vosotros, pero así es: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte".

Muchos creyentes cantan con más dulzura cuando la Providencia les corta las alas o los pone en una jaula. Están muy mudos y su corazón hacia el Señor está muy pesado hasta que se ven envueltos en tribulación. ¡Y entonces su fe revive! ¡Su esperanza vuelve! ¡Su amor arde y cantan las alabanzas de Dios en el fuego! ¿No habéis experimentado con frecuencia, queridos amigos, que la tribulación corta las cuerdas que nos atan a la tierra? Cuando el Señor se lleva un hijo, hay un lazo menos que nos sujeta al mundo y un vínculo más que nos atrae hacia el Cielo. Dios te ha soltado de las ataduras de la idolatría al quitarte a tu predilecto. Ya no puedes idolatrar a tu pequeño, porque te ha sido quitado.

Cuando el dinero se desvanece y el negocio todo va mal, frecuentamos más la reunión de oración y más el aposento, y leemos más la Biblia; toda tribulación nos aparta de la tierra. Si todo nos fuera bien, comenzaríamos a decir: "Alma, repósate". Pero cuando las cosas nos van mal, entonces queremos partir. Cuando el árbol se sacude, el ave no se queda en el nido, sino que emprende el vuelo y remonta. ¡Feliz tribulación la que suelta nuestro apego a la tierra! Dadte unos días de agudo dolor en un lecho de enfermedad, ¡y no amarás la vida tanto como ahora! Comenzarás a decir: "Déjame partir".

Pues aun el egoísmo te hace desear eso. Entonces podrás comprender lo que David quiso decir cuando dijo que su corazón y su carne clamaban por Dios. Es difícil hacer que la carne clame por Dios; pero si la pellizcas bien, aprietas el tornillo un poco más, la estiras en el potro un poco más, la muda y terrenal carne comenzará a clamar que quiere partir y dejar atrás el dolor y la enfermedad. Así, creo, os he mostrado, aunque muy brevemente, porque el tiempo nos falta, que los santos pierden en el horno algo que se alegran de perder: son arrojados atados, pero entre los carbones encendidos son puestos en libertad.

III. En tercer lugar, LO QUE LOS SANTOS HACEN ALLÍ. "He aquí que yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego". ¡Se pasean! ¿Veis esos jardines tan deliciosamente trazados con paisajes variados? Tienen fuentes murmurantes, flores ruborosas y hierbas fragantes. Hay quietos emparrados aquí y allá y blandos asientos para reclinarse, y allí, con voz de alegría, jóvenes y doncellas se pasean. ¡Ved aquella hermosa perspectiva! Volveos aquí: un horno llameante, tan fieramente calentado que los ojos sienten como si se abrasaran en sus cuencas al mirarlo. Y el ardiente calor sale a raudales como si el viejo Sol hubiera hallado morada en la tierra. ¡Con todo, hay cuatro varones paseándose en aquel horno, paseándose a sus anchas!

Y hay mayor gozo mientras se pasean entre aquellas llamas sulfúreas, mayor regocijo en sus espíritus que en aquellos jóvenes y doncellas que se pasean entre las flores. Se pasean —símbolo de gozo, de holgura, de paz, de reposo— no revoloteando como fantasmas inquietos, como si fueran espíritus incorpóreos atravesando la llama. No, se pasean con pasos reales, hollando carbones encendidos como si fueran rosas y aspirando las llamas sulfúreas como si no exhalaran sino aromático perfume. Enoc "anduvo con Dios". Es el paso del cristiano, es su paso general: a veces corre, pero su paso general es andar con Dios, andar en el Espíritu.

Y notaréis que estos buenos hombres no apresuraron su paso ni lo aflojaron: siguieron paseándose como solían. Tenían la misma santa calma y paz de espíritu que gozaban en otra parte. Su paseo muestra no solo su libertad y su holgura y su placer y su calma, sino que muestra su fuerza. Sus tendones no fueron quebrados: se paseaban. A veces el pueblo de Dios, como Jacob en el arroyo de Jaboc, cojea de su muslo; pero creo que solo una tribulación pequeña deja cojos a los creyentes: una prueba mayor los pondrá derechos otra vez. Un arroyo de tribulación casi puede volcar a un creyente, pero una inundación de pruebas lo hará subir como subió el arca, más cerca del Cielo. Estos hombres no tenían andar renqueante: se paseaban, ¡se paseaban en medio del fuego!

Ahora, para la explicación de todo esto, acudid a las biografías de cualquiera de los santos de Dios. Hay un viejo volumen escocés titulado "Naftalí": son las vidas de aquel pueblo de Dios que arriesgó su vida hasta la muerte en los lugares altos del campo. Ahora bien, si leéis "Naftalí", hallaréis que el mayor gozo que jamás pudiera haberse conocido en esta vida mortal fue gozado por los Covenanters entre los pantanos y riberas y en las laderas de Escocia. Hay otro bendito libro antiguo que solía estar encadenado en las iglesias al lado de la Biblia: me refiero al "Libro de los mártires" de Foxe. Toda familia debería tener un ejemplar de él, ilustrado con láminas para que los niños las miren. Y si leéis el "Libro de los mártires" de Foxe, veréis claramente que hubo más gozo en la carbonera del viejo Bonner y en la torre de los lolardos que el que han conocido los palacios de los reyes.

¡Los mártires sintieron un Cielo de gozo mientras sufrían un Infierno de dolor! A un tal Samuel lo tuvieron hambriento durante semanas, dándole pan y agua alternadamente: tres o cuatro bocados de pan un día y nada de agua. Y al día siguiente unas pocas cucharadas de agua y nada de pan. Después de haber estado un poco de tiempo en tal estado, cayó en un perfecto Elíseo de deleite. Le pareció oír a un ángel decirle: "Samuel, así has sufrido dolorosamente y has ayunado por amor de tu Señor. Pronto festejarás con Él arriba; entretanto festejarás con Él aquí abajo en tu alma". Muchos y muchos hijos de Dios han tenido una experiencia que manifiesta con igual claridad la bondad amorosa del Señor. ¡Sí, se paseaban en medio del horno!

Ved a Pablo y a Silas con sus pies en el cepo y sus pobres espaldas ensangrentadas sobre el suelo húmedo de piedra del calabozo romano de Filipos, ¡y con todo cantan, y los presos los oyen! Pues, creo que tan pronto habría estado con Pablo y Silas como con Pedro cuando estaba en el monte. En todo caso, los tres santos jóvenes podrían haber dicho al cuarto, que era su Consolador y Compañero, lo que Pedro dijo a su Señor: "Señor, ¡bueno es estarnos aquí! Hagamos tres tabernáculos y moremos bajo el techo ardiente de estas ramas de llama, porque es dichoso estar donde Tú estás, aunque sea en el horno de Nabucodonosor".

IV. En cuarto lugar, ¿QUÉ NO PERDIERON ALLÍ? El texto dice: "Y ningún daño hay en ellos". No perdieron nada allí. Pero podemos decir de ellos, primero, que sus cuerpos no fueron dañados. El hijo de Dios no pierde en el horno nada de sí mismo que valga la pena conservar. No pierde su vida espiritual: esa es inmortal. No pierde sus Gracias Divinas: las obtiene refinadas y multiplicadas, y su brillo se ve mejor a la luz del horno. Los dones que Dios el Espíritu Santo da al cristiano no le son quitados por las manos ardientes de la llama. El cristiano no pierde allí sus vestiduras. Ved que sus tocados y su calzado y sus túnicas no fueron chamuscados, ni había olor de fuego en ellos.

Y así con el cristiano: su vestidura es el hermoso ropaje que Cristo mismo obró en su vida y que tiñó en la púrpura de su propia sangre. Este es envuelto en torno al cristiano como su manto imperecedero de gloria y de hermosura—

"Este sacro manto siempre dura
Cuando la ruina la naturaleza hunde.
Ninguna edad muda su gloriosa tez,
El manto de Cristo por siempre es nuevo."

Como no es dañado por la edad, ni por la polilla, ni por el gusano, ni por el moho, tampoco puede ser tocado por el fuego. Cuando el santo suba al Cielo, vistiendo la justicia de Cristo, y se haga la pregunta "¿Quiénes son estos?", mientras los espíritus se reúnan en torno a ellos, no habrá sobre ellos vestigio alguno de ninguna de las persecuciones o sufrimientos por los cuales han sido hechos pasar. El cristiano nunca pierde un grano de su tesoro cuando pasa por el horno; en efecto, para resumirlo en una palabra: no pierde nada.

La emperatriz amenazó con desterrar a Crisóstomo. "Eso no podéis hacerlo", dijo él, "porque mi patria está en toda región". "Pero os quitaré vuestros bienes". "No", dijo él, "eso no podéis hacerlo, porque soy un pobre ministro de Cristo, y no tengo ninguno". "Entonces", dijo ella, "os quitaré vuestra libertad". "Eso no podéis hacerlo, porque las barras de hierro no pueden confinar a un espíritu libre". "Os quitaré la vida", dijo ella. "Eso podéis hacerlo", dijo él, "en un sentido, pero tengo una vida eterna que no podéis tocar". La emperatriz pensó que más le valía dejar en paz al hombre: ¡no podía hacerle ningún daño! Así también es mejor para el enemigo dejar en paz al hijo de Dios, porque quien cocea contra el pueblo de Dios, solo cocea con los pies desnudos contra el aguijón. Y como el buey herido con la aguijada solo se daña a sí mismo cuando cocea contra ella, así será con todos los que toquen a los santos del Dios vivo. No son dañados, ni lo serán jamás.

Ahora bien, es difícil para algunos de vosotros pensar que así será, pero así será con todos vosotros los que verdaderamente ponéis vuestra confianza en Jesucristo. Hermanos míos, sé que teméis aquel horno; ¿quién no? ¡Pero ánimo, ánimo, ánimo! El Señor, que permite que aquel horno se caliente, os preservará en él; ¡por tanto, no os desaniméis! Desearíais vivir de tal modo que tuvierais alguna historia que contar cuando subáis al Cielo; ¡no querríais estar mudos allí! ¿Llegar a la Gloria sin ninguna aventura que narrar ante el trono? Ahora bien, no podéis ser ilustres sin conflicto; ¡no podéis ser vencedores sin pelear! No podéis de ningún modo tener nada que testificar para la Gloria de Dios a menos que probéis y ensayéis las promesas y la fidelidad del Altísimo. ¿Y dónde podéis hacer esto sino en el horno de la aflicción? Tened, pues, buen ánimo—

"Las llamas no te dañarán,
Solo pretendo consumir tu escoria y refinar tu oro."

V. La última, y quizá la parte más agradable del texto, es: ¿QUIÉN ESTABA CON ELLOS EN EL HORNO? Había un cuarto, y era tan resplandeciente y glorioso que aun los ojos paganos de Nabucodonosor pudieron discernir un lustre sobrenatural en torno a Él. "El cuarto", dijo, "es semejante al Hijo de Dios". Qué apariencia había tomado Cristo, que fuera reconocible para aquel monarca pagano, no puedo decirlo, pero supongo que apareció en cierto grado de aquella Gloria en que se mostró a su siervo Juan en el Apocalipsis. Tal era el excesivo esplendor y brillo —el aire divino que lo rodeaba, el fulgor de sus ojos y el esplendor de su porte al pasearse en el fuego con los otros tres— que aun Nabucodonosor no pudo menos que decir que era semejante al Hijo de Dios.

Amados, ¡debéis entrar en el horno si queréis tener los tratos más cercanos y entrañables con Cristo Jesús! Siempre que el Señor aparece, es a su pueblo cuando está en postura militante. Moisés vio a Dios en Horeb, pero fue en una zarza ardiendo. Josué lo vio, pero fue con una espada desenvainada en su mano, para mostrar que su pueblo es todavía un pueblo militante. Y aquí, donde los santos vieron a su Salvador, fue como Él mismo en el horno. El pensamiento más rico del que un cristiano quizá pueda vivir es este: ¡Cristo está en el horno con él! Cuando tú sufres, Cristo sufre. Ningún miembro del cuerpo puede ser adolorido sin que la cabeza soporte su parte.

Y así tú, un miembro del cuerpo de Cristo, en cada dolor que sientes, adoloras a la cabeza, Cristo Jesús. Como dice Baxter: "Cristo no nos lleva por cuartos más oscuros que los que Él atravesó antes". Y podría mejorarse y decir: "No nos lleva por cuartos tan oscuros sin que Él mismo esté allí en la oscuridad, y con su Presencia hace luz esa oscuridad, animando y alegrando nuestros corazones". Sé que para el mundano esto parece un consuelo muy pobre, pero es que si nunca has bebido este vino, no puedes juzgar su sabor. Si el Rey nunca te ha llevado a su casa del banquete y su bandera sobre ti nunca ha sido amor. Si nunca te ha besado con los besos de su boca. Si nunca te ha dicho: "Yo soy tuyo y tú eres mío", pues no se puede esperar que sepas lo que no has experimentado.

¡Pero quien una vez ha bebido del pozo de Belén arriesgaría su vida por conseguir otra vez un sorbo de él! ¡Estaría dispuesto a pasar por el horno aunque fuera calentado setenta mil veces más, con tal de poder ver una vez más a aquel Hijo de Dios, el cuarto Resplandeciente que holló los carbones encendidos! ¡La Presencia de Cristo es el gozo más brillante bajo las estrellas! Oh, cristiano, ¡búscalo! No te contentes sin él, ¡y lo tendrás!

Un pensamiento muy triste surge y reclama expresión antes de que cerremos nuestro discurso. No me gusta cerrar con él, y sin embargo la fidelidad me exige proferirlo: ¡qué debe ser ser arrojado a aquel horno de fuego sin Cristo en él! ¡Qué debe ser morar con ardores eternos! El corazón de uno palpita fuerte ante el pensamiento de los tres pobres hombres arrojados a aquel horno de Nabucodonosor, con su pez llameante y sus llamas que se alzaban hacia arriba como si fueran a incendiar los cielos. Con todo, aquel fuego no pudo tocar a los tres jóvenes: no era un fuego consumidor. Pero, oyentes míos, quedad advertidos: hay Uno que es "fuego consumidor", y una vez que Él llamee en ira, ¡ninguno podrá libraros!

"Nuestro Dios", se nos dice, "nuestro Dios es fuego consumidor". Viene el día que arderá como un horno, y los soberbios y los que hacen maldad serán como estopa, y toda alma en la tierra que no crea en Cristo Jesús será arrojada a aquel horno de fuego: esta es la muerte segunda. Guardaos, los que os olvidáis de Dios, no sea que los fuegos eternos de Tofet se enciendan sobre vosotros, porque su llama escudriña las coyunturas y los tuétanos y pone el alma en llamas de tormento. Para vosotros, oyentes míos, que habéis escuchado el Evangelio a menudo, pero lo habéis oído en vano, para vosotros el horno de la ira Divina será calentado siete veces más, y caeréis atados en medio de él, para nunca ser sueltos.

Y en lugar de tener entonces a Cristo con vosotros para consolaros, lo veréis sentado sobre su Trono, ¡y su mirada de relámpago hará perpetuamente que aquella llama arda más terrible y aún más terrible! Si fuerais arrojados al horno de Nabucodonosor, todo terminaría en un momento, ¡ni siquiera se hallarían vuestros huesos! Pero el alma nunca muere. El castigo de los impíos es de la misma duración que la recompensa de los justos. La justicia existirá siempre en la mente Divina y tendrá siempre objetos sobre los cuales desplegarse. Si el alma muriera, el Infierno no sería Infierno, porque entonces habría esperanza. Y así el elemento más terrible de la desesperanza quedaría suprimido.

Pecador, no sueñes con ser aniquilado, sino teme el fuego que nunca será apagado, el gusano que nunca muere. Está escrito en la Palabra de Dios que Él "es poderoso para destruir el alma y el cuerpo en el Infierno", una destrucción que no equivale a aniquilación, una destrucción de todo lo que es verdadera vida, pero que deja intacta la existencia—

"¿Qué? ¿Ser desterrado por mi vida, languidecer en dolor eterno, y con todo tener prohibido morir, y con todo morir para siempre!"

¡Espantosa, en verdad, es tal suerte! Hay una muerte segunda que pasará sobre todos los impíos, ¡pero no es aniquilación! Como la muerte no aniquila el cuerpo, tampoco la muerte espiritual aniquila el alma: ¡perderéis la vida, pero nunca la existencia! ¡Languideceréis en muerte perpetua!

Pero allí está el Salvador, y como estuvo con su pueblo en el horno, así está cerca de ti en este día en misericordia, ¡para librarte de tus pecados! Te llama a que dejes tus pecados y mires a Él, y entonces nunca morirás, y tampoco sobre ti se encenderá la llama de la ira, ¡porque su poder fue gastado en Él! Él sintió el horno de la ira Divina y holló los carbones encendidos por cada alma que cree en Él. Dios dé su bendición por amor de Jesús. Amén.

PORCIÓN DE LAS ESCRITURAS LEÍDA ANTES DEL SERMÓN—Daniel 3

Escritura en este sermón Daniel 3:25

Dominio público. Texto original de la edición original.