Texto
Lucas 14:23
Traducción por IA — pendiente de revisión
En breve
Demasiado impaciente para una introducción: el mandato es obligar, y Spurgeon se propone obedecerlo dentro del sermón mismo. Avanza en dos partes: primero descubre al oyente, nombrando por turno al borracho, al moralista y al desesperado; después lo apremia con todo salvo la fuerza. Termina poniendo el desenlace en manos de su Maestro.
“Fuérzalos á entrar.”—Lucas 14:23.
SIENTO tal premura por salir y obedecer este mandamiento esta mañana, obligando á entrar á los que ahora se demoran en los caminos y en los vallados, que no puedo esperar á que se me haga una introducción, sino que debo ponerme al punto á mi tarea.
Oíd, pues, oh vosotros que sois extraños á la verdad tal como está en Jesús; oíd, pues, el mensaje que tengo que traeros. Habéis caído, caído en vuestro padre Adán; habéis caído también en vosotros mismos, por vuestro pecado diario y vuestra constante iniquidad; habéis provocado la ira del Altísimo; y tan ciertamente como habéis pecado, así de seguro os castigará Dios si perseveráis en vuestra iniquidad, porque el Señor es Dios de justicia, y de ningún modo dará por inocente al culpable. Mas ¿no habéis oído, no se ha proclamado largo tiempo en vuestros oídos, que Dios, en su infinita misericordia, ha ideado un camino por el cual, sin menoscabo alguno de su honra, puede tener misericordia de vosotros, los culpables y los que nada merecéis? Á vosotros hablo; y mi voz es para vosotros, oh hijos de los hombres; Jesucristo, Dios verdadero de Dios verdadero, ha descendido del cielo, y fue hecho á semejanza de carne de pecado. Engendrado por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María; vivió en este mundo una vida de santidad ejemplar y del más hondo sufrimiento, hasta que al fin se entregó á morir por nuestros pecados, “el justo por los injustos, para llevarnos á Dios.” Y ahora el plan de salvación se os declara sencillamente: “Cualquiera que cree en el Señor Jesucristo será salvo.” Para vosotros que habéis violado todos los preceptos de Dios, y habéis desdeñado su misericordia y desafiado su venganza, aún se proclama misericordia, porque “todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo.” “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar á los pecadores, de los cuales yo soy el primero;” “al que á él viene, de ningún modo le echará fuera, porque puede también salvar perpetuamente á los que por él se llegan á Dios, viviendo siempre para interceder por nosotros.” Ahora bien, todo lo que Dios os pide —y esto mismo os lo da— es que sencillamente miréis á su Hijo que sangra y muere, y que confiéis vuestras almas en las manos de aquel cuyo nombre es el único que puede salvar de la muerte y del infierno. ¿No es cosa admirable que la proclamación de este evangelio no reciba el unánime consentimiento de los hombres? Se pensaría que, tan pronto como esto se predicara —“que todo aquel que cree tendrá vida eterna”—, cada uno de vosotros, “arrojando cada cual sus pecados y sus iniquidades”, echaría mano de Jesucristo, y miraría solamente á su cruz. Mas ¡ay! tal es el desesperado mal de nuestra naturaleza, tal la perniciosa depravación de nuestro carácter, que este mensaje es despreciado, la invitación al banquete del evangelio es rechazada, y hay muchos de vosotros que sois en este día enemigos de Dios por las malas obras, enemigos del Dios que hoy os predica á Cristo, enemigos de aquel que envió á su Hijo para dar su vida en rescate por muchos. Extraño es, lo digo, que así sea, y sin embargo tal es el hecho, y de ahí la necesidad del mandato del texto: “Fuérzalos á entrar.”
Hijos de Dios, vosotros que habéis creído, poco ó nada tendré que deciros esta mañana; voy derecho á mi tarea: voy en pos de los que no quieren venir, de los que están en los senderos y en los vallados; y yendo Dios conmigo, es ahora mi deber cumplir este mandato: “Fuérzalos á entrar.”
Primero, debo hallaros; en segundo lugar, me pondré á la obra de obligaros á entrar.
I. Primero, debo HALLAROS. Si leéis los versículos que preceden al texto, hallaréis una ampliación de este mandato: “Ve presto por las plazas y por las calles de la ciudad, y mete acá los pobres, los mancos, y cojos, y ciegos;” y luego, después, “Ve por los caminos”, meted á los vagabundos, á los salteadores de caminos, “y por los vallados”, meted á los que no tienen dónde recostar la cabeza, y yacen bajo los vallados para descansar; metedlos también, y “fuérzalos á entrar.” Sí, os veo esta mañana, á vosotros que sois pobres. Á vosotros he de obligar á entrar. Sois pobres en circunstancias, mas esto no es barrera para el reino de los cielos, porque Dios no ha exceptuado de su gracia al hombre que tirita entre harapos, y está falto de pan. Es más, si se hace alguna distinción, la distinción está de vuestra parte, y para vuestro provecho: “Á vosotros es enviada la palabra de esta salud”; “Á los pobres es anunciado el evangelio.” Pero especialmente debo hablaros á vosotros que sois pobres, espiritualmente. No tenéis fe, no tenéis virtud, no tenéis buena obra, no tenéis gracia, y —lo que es pobreza peor todavía— no tenéis esperanza. Ah, mi Maestro os ha enviado á vosotros una graciosa invitación. Venid, y sed bienvenidos al banquete de bodas de su amor. “El que quiere, venga, y tome del agua de la vida de balde.” Venid, he de echar mano de vosotros, aunque estéis manchados de la más asquerosa inmundicia, y aunque no tengáis sino harapos sobre las espaldas, aunque vuestra propia justicia se haya vuelto como trapo de inmundicia, aun así he de echar mano de vosotros, é invitaros primero, y hasta obligaros á entrar.
Y ahora os veo de nuevo. No solo sois pobres, sino que estáis mancos. Hubo un tiempo en que pensabais que podíais labrar vuestra propia salvación sin la ayuda de Dios, cuando podíais hacer buenas obras, cumplir ceremonias, y llegar al cielo por vosotros mismos; mas ahora estáis mancos, la espada de la ley os ha cortado las manos, y ya no podéis obrar más; decís, con amarga tristeza—
“Lo mejor que obran mis manos,
no osa comparecer ante tu trono.”
Habéis perdido ahora todo poder para obedecer la ley; sentís que cuando queréis hacer el bien, el mal está presente en vosotros. Estáis mancos; habéis abandonado, como esperanza perdida, todo intento de salvaros á vosotros mismos, porque estáis mancos y vuestros brazos ya no existen. Mas peor aún os hallaréis, pues si no podíais obrar vuestro camino al cielo, sí podíais al menos andarlo por la senda de la fe; pero estáis mancos de los pies tanto como de las manos; sentís que no podéis creer, que no podéis arrepentiros, que no podéis obedecer las estipulaciones del evangelio. Sentís que estáis del todo perdidos, impotentes en todo respecto para hacer nada que pueda agradar á Dios. En verdad, clamáis—
“Oh, si pudiera yo creer,
entonces todo fácil sería,
quisiera, mas no puedo; Señor, socorre,
mi ayuda ha de venir de ti.”
Á vosotros también soy enviado. Ante vosotros he de levantar el estandarte ensangrentado de la cruz, á vosotros he de predicar este evangelio: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo;” y á vosotros he de clamar: “El que quiere, venga, y tome del agua de la vida de balde.”
Hay todavía otra clase. Estáis cojos. Cojeáis entre dos pensamientos. Unas veces os inclináis con seriedad, y otras la alegría mundana os arrastra lejos. El poco progreso que hacéis en la religión no es sino cojear. Tenéis un poco de fuerza, mas es tan poca que avanzáis con doloroso paso. Ah, hermano que cojeas, á ti también es enviada la palabra de esta salvación. Aunque cojeas entre dos pensamientos, el Maestro me envía á ti con este mensaje: “¿Hasta cuándo cojearéis entre dos pensamientos? si el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él.” Considera tus caminos; pon tu casa en orden, porque morirás, y no vivirás. Por cuanto haré esto, disponte para venir al encuentro de tu Dios, oh Israel. No cojees más, sino decídete por Dios y por su verdad.
Y aún veo otra clase: los ciegos. Sí, vosotros que no podéis veros á vosotros mismos, que os creéis buenos cuando estáis llenos de mal, que dais lo amargo por dulce y lo dulce por amargo, las tinieblas por luz y la luz por tinieblas; á vosotros soy enviado. Vosotros, almas ciegas que no podéis ver vuestro estado perdido, que no creéis que el pecado sea tan sobremanera pecaminoso como lo es, y que no os dejáis persuadir de que Dios es un Dios justo y recto, á vosotros soy enviado. Á vosotros también que no podéis ver al Salvador, que no veis en él hermosura para que le deseéis; que no veis excelencia en la virtud, ni glorias en la religión, ni dicha en servir á Dios, ni deleite en ser sus hijos; á vosotros, también, soy enviado. Sí, ¿á quién no soy enviado si tomo mi texto? Porque va más allá aún: no solo da una descripción particular, para que cada caso individual sea alcanzado, sino que después hace un barrido general, y dice: “Ve por los caminos y por los vallados.” Aquí incluimos á todos los rangos y condiciones de los hombres: al señor sobre su caballo en el camino, y á la mujer que trajina en sus quehaceres, al ladrón que acecha al viajero; todos estos están en el camino, y todos han de ser obligados á entrar; y allá, en los vallados, yacen algunas pobres almas cuyos refugios de mentira han sido barridos, y que buscan hallar algún pequeño abrigo para sus cabezas fatigadas; á vosotros, también, somos enviados esta mañana. Este es el mandato universal: fuérzalos á entrar.
Ahora, tras haber descrito el carácter, me detengo á mirar la labor hercúlea que tengo por delante. Bien dijo Melanchthon: “El viejo Adán fue demasiado fuerte para el joven Melanchthon.” Tanto valdría que un niñito procurase forzar á un Sansón, como que yo procure llevar á un pecador á la cruz de Cristo. Y sin embargo mi Maestro me envía á este encargo. He aquí, veo delante de mí la gran montaña de la depravación humana y de la impasible indiferencia, mas por la fe clamo: “¿Quién eres tú, oh gran montaña? delante de Zorobabel serás reducida á llanura.” ¿Dice mi Maestro: fuérzalos á entrar? Entonces, aunque el pecador sea como Sansón y yo un niño, le guiaré con un hilo. Si Dios dice: hazlo, si lo intento con fe se hará; y si con un corazón que gime, lucha y llora, busco así en este día forzar á los pecadores á venir á Cristo, las dulces compulsiones del Espíritu Santo acompañarán á cada palabra, y algunos, en efecto, serán obligados á entrar.
II. Y ahora á la obra —derecho á la obra. Hombres y mujeres no convertidos, no reconciliados, no regenerados, he de OBLIGAROS Á ENTRAR. Permitidme, ante todo, abordaros en los caminos del pecado y deciros una vez más mi encargo. El Rey del cielo os envía esta mañana una graciosa invitación. Dice: “Vivo yo, dice el Señor, que no quiero la muerte del que muere, sino que se vuelva á mí, y viva:” “Venid luego, y estemos á cuenta, dice el Señor: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; y si fueren rojos como el carmesí, vendrán á ser como blanca lana.” Amado hermano, hace regocijar mi corazón el pensar que tengo tan buenas nuevas que anunciarte, y sin embargo confieso que mi alma está apesadumbrada porque veo que no las tienes por buenas nuevas, sino que te apartas de ellas, y no les das la debida atención. Permíteme decirte lo que el Rey ha hecho por ti. Conocía tu culpa, previó que te arruinarías á ti mismo. Sabía que su justicia demandaría tu sangre, y para que esta dificultad pudiera evitarse, para que su justicia recibiera todo su derecho, y para que tú aún pudieras ser salvo, Jesucristo ha muerto. ¿Querrás, solo por un momento, dirigir la mirada á este cuadro? Ves á aquel hombre allí, de rodillas en el huerto de Getsemaní, sudando gotas de sangre. Ves lo siguiente: ves á aquel miserable doliente atado á una columna y azotado con terribles látigos, hasta que los huesos de los hombros se ven como islas blancas en medio de un mar de sangre. Ves otra vez este tercer cuadro; es el mismo hombre colgado de la cruz, con las manos extendidas, y con los pies clavados, muriendo, gimiendo, sangrando; me pareció que el cuadro hablaba y decía: “Consumado es.” Ahora bien, todo esto ha hecho Jesucristo de Nazaret, para que Dios, en consonancia con su justicia, pudiera perdonar el pecado; y el mensaje para ti esta mañana es este: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.” Esto es, confía en él, renuncia á tus obras y á tus caminos, y pon tu corazón solamente en este hombre, que se dio á sí mismo por los pecadores.
Pues bien, hermano, te he dicho el mensaje; ¿qué respondes á él? ¿Te apartas? Me dices que nada es para ti; que no puedes escucharlo; que me oirás más adelante; mas que hoy seguirás tu camino y atenderás á tu hacienda y á tu mercadería. Detente, hermano; no se me mandó solamente decírtelo y luego irme á mis asuntos. No; se me manda obligarte á entrar; y permíteme hacerte notar, antes de seguir adelante, que hay una cosa que puedo decir —y de la cual Dios me es testigo esta mañana—, y es que hablo de veras contigo en mi deseo de que cumplas este mandato de Dios. Tú podrás despreciar tu propia salvación, mas yo no la desprecio; tú podrás irte y olvidar lo que oigas, pero te ruego que recuerdes que las cosas que ahora digo me costaron más de un gemido antes de venir aquí á pronunciarlas. Mi alma más íntima te habla, mi pobre hermano, cuando te suplico, por aquel que vive y estuvo muerto, y vive para siempre jamás, que consideres el mensaje de mi Maestro que él me ordena ahora dirigirte.
Mas ¿lo desdeñas? ¿Todavía lo rehúsas? Entonces debo cambiar mi tono por un momento. No me limitaré á decirte el mensaje, y á invitarte como lo hago con todo fervor y sincero afecto: iré más lejos. Pecador, en el nombre de Dios te mando que te arrepientas y creas. ¿Me preguntas de dónde viene mi autoridad? Soy un embajador del cielo. Mis credenciales, algunas de ellas secretas, y en mi propio corazón; y otras de ellas abiertas ante ti en este día en los sellos de mi ministerio, sentados y de pie en este salón, donde Dios me ha dado muchas almas por mi recompensa. Como Dios el eterno me ha dado comisión de predicar su evangelio, te mando que creas en el Señor Jesucristo; no por mi propia autoridad, sino por la autoridad de aquel que dijo: “Id por todo el mundo, y predicad el evangelio á toda criatura;” y luego añadió esta solemne sanción: “El que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere será condenado.” Rechaza mi mensaje, y recuerda: “El que menospreciare la ley de Moisés, por el testimonio de dos ó de tres testigos muere sin ninguna misericordia: ¿cuánto pensáis que será más digno de mayor castigo, el que hollare al Hijo de Dios?” Un embajador no ha de ponerse por debajo del hombre con quien trata, pues estamos más altos. Si el ministro escoge tomar su debido rango, ceñido con la omnipotencia de Dios, y ungido con su santa unción, ha de mandar á los hombres, y hablar con toda autoridad obligándolos á entrar: “manda, exhorta, reprende con toda longanimidad.”
Mas ¿te apartas y dices que no serás mandado? Entonces, de nuevo cambiaré mi tono. Si eso no aprovecha, se probarán todos los demás medios. Hermano mío, vengo á ti con habla sencilla, y te exhorto á huir á Cristo. Oh hermano mío, ¿sabes cuán amoroso es este Cristo? Déjame decirte, desde mi propia alma, lo que de él sé. Yo también un tiempo lo desprecié. Llamó á la puerta de mi corazón y yo rehusé abrirla. Vino á mí, veces sin número, mañana tras mañana, y noche tras noche; me reconvino en mi conciencia y me habló por su Espíritu, y cuando, al fin, los truenos de la ley prevalecieron en mi conciencia, pensé que Cristo era cruel y desamorado. Oh, jamás podré perdonarme el haber pensado tan mal de él. Mas ¡qué amorosa acogida tuve cuando fui á él! Pensé que me heriría, mas su mano no estaba cerrada en ira, sino abierta de par en par en misericordia. Tuve por muy cierto que sus ojos lanzarían sobre mí relámpagos de furor; pero, en lugar de ello, estaban llenos de lágrimas. Se echó sobre mi cuello y me besó; me quitó mis harapos y me vistió con su justicia, é hizo que mi alma cantase á voz en cuello de gozo; mientras que en la casa de mi corazón y en la casa de su iglesia había música y danzas, porque su hijo que había perdido fue hallado, y el que estaba muerto revivió. Te exhorto, pues, á mirar á Jesucristo y á ser alumbrado. Pecador, jamás te arrepentirás —seré fiador ante mi Maestro de que jamás te arrepentirás de ello—, no tendrás suspiro alguno por volver á tu estado de condenación; saldrás de Egipto, y entrarás en la tierra prometida, y la hallarás que mana leche y miel. Pesadas hallarás las pruebas de la vida cristiana, mas hallarás que la gracia las hará ligeras. Y en cuanto á los gozos y deleites de ser hijo de Dios, si miento en este día, me lo reprocharás en los días venideros. Si gustas y ves que el Señor es bueno, no temo sino que hallarás que él no solo es bueno, sino mejor de lo que labios humanos jamás pueden describir.
No sé qué argumentos emplear contigo. Apelo á tus propios intereses. Oh mi pobre amigo, ¿no sería mejor para ti estar reconciliado con el Dios del cielo, que ser su enemigo? ¿Qué ganas oponiéndote á Dios? ¿Eres más feliz por ser su enemigo? Responde, buscador de placeres: ¿has hallado deleites en esa copa? Respóndeme, hombre que te tienes por justo: ¿has hallado reposo para la planta de tu pie en todas tus obras? Oh tú que andas procurando establecer tu propia justicia, te conjuro á que dejes hablar á la conciencia. ¿Has hallado que sea una senda feliz? Ah, amigo mío: “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no harta? oídme atentamente, y comed del bien, y deléitese vuestra alma con grosura.” Te exhorto por todo lo que es sagrado y solemne, por todo lo que es importante y eterno: huye por tu vida, no mires atrás, no te detengas en toda la llanura, no te detengas hasta que hayas probado y hallado tu parte en la sangre de Jesucristo, esa sangre que nos limpia de todo pecado. ¿Sigues frío é indiferente? ¿No dejará el ciego que yo le guíe al banquete? ¿No pondrá mi hermano manco su mano sobre mi hombro y me dejará ayudarle á llegar al convite? ¿No permitirá el pobre que yo camine á su lado? ¿He de usar palabras más fuertes? ¿He de usar alguna otra compulsión para obligarte á entrar? Pecadores, en esto he resuelto esta mañana: si no sois salvos, quedaréis sin excusa. Vosotros, desde el de canas hasta la tierna edad de la niñez, si en este día no echáis mano de Cristo, vuestra sangre será sobre vuestra propia cabeza. Si hay poder en el hombre para traer á su semejante (como lo hay cuando el hombre es ayudado por el Espíritu Santo), ese poder será ejercido esta mañana, ayudándome Dios. Ven, no me haré á un lado por tus desaires; si mi exhortación falla, he de recurrir á algo más. Hermano mío, te ruego, te ruego que te detengas y consideres. ¿Sabes lo que estás rechazando esta mañana? Estás rechazando á Cristo, tu único Salvador. “Nadie puede poner otro fundamento;” “no hay otro nombre dado á los hombres, en que podamos ser salvos.” Hermano mío, no puedo soportar que hagas esto, porque recuerdo lo que tú olvidas: viene el día en que necesitarás un Salvador. No pasará mucho antes que se acaben los fatigosos meses, y tus fuerzas comiencen á declinar; tu pulso te faltará, tu vigor se irá, y tú y el torvo monstruo —la muerte— habréis de miraros cara á cara. ¿Qué harás en las crecientes del Jordán sin un Salvador? Los lechos de muerte son cosas duras como piedra sin el Señor Jesucristo. Terrible cosa es morir de cualquier modo; el que tiene la mejor esperanza y la fe más triunfante halla que la muerte no es cosa de que reírse. Terrible cosa es pasar de lo visible á lo invisible, de lo mortal á lo inmortal, del tiempo á la eternidad, y hallarás duro atravesar las puertas de hierro de la muerte sin las dulces alas de los ángeles que te conduzcan á los pórticos de los cielos. Dura cosa será morir sin Cristo. No puedo dejar de pensar en ti. Te veo esta mañana obrando como un suicida, y me imagino de pie junto á tu lecho, oyendo tus clamores, y sabiendo que mueres sin esperanza. No puedo soportarlo. Me imagino ahora de pie junto á tu ataúd, mirando tu rostro frío como el barro, y diciendo: “Este hombre despreció á Cristo y descuidó la gran salvación.” Pienso qué amargas lágrimas verteré entonces, si pienso que te he sido infiel, y cómo aquellos ojos cerrados firmemente en la muerte parecerán reprenderme y decir: “Ministro, asistí á la sala de música, pero no hablaste de veras conmigo; me entretuviste, me predicaste, mas no me imploraste. No supiste lo que quiso decir Pablo cuando dijo: ‘Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os rogase por medio nuestro: os rogamos en nombre de Cristo, reconciliaos con Dios.’”
Te ruego que dejes entrar este mensaje en tu corazón por otra razón. Me imagino de pie ante el tribunal de Dios. Vive el Señor, que el día del juicio viene. ¿Lo crees? No eres un infiel; tu conciencia no te permitiría dudar de la Escritura. Quizá hayas fingido hacerlo, mas no puedes. Sientes que ha de haber un día en que Dios juzgue al mundo con justicia. Te veo de pie en medio de aquella muchedumbre, y el ojo de Dios está fijo en ti. Te parece que no mira á ningún otro lugar, sino solamente á ti, y te llama ante sí; y lee tus pecados, y clama: “¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno del infierno!” Oyente mío, no puedo soportar el pensarte en aquella posición; parece como si cada cabello de mi cabeza se erizara al pensar que algún oyente mío fuese condenado. ¿Querrás imaginarte en aquella posición? La palabra ha salido: “Apartaos de mí, malditos.” ¿Ves el abismo cuando se abre para tragarte? ¿Escuchas los alaridos y los aullidos de los que te han precedido á aquel eterno lago de tormento? En lugar de pintar la escena, me vuelvo á ti con las palabras del profeta inspirado, y digo: “¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿quién de nosotros habitará con las llamas eternas?” ¡Oh! hermano mío, no puedo dejar que apartes así la religión; no, pienso en lo que ha de venir después de la muerte. Estaría falto de toda humanidad si viese á una persona á punto de envenenarse, y no arrojase lejos la copa; ó si viese á otra á punto de lanzarse desde el puente de Londres, y no ayudase á impedírselo; y sería peor que un demonio si no te suplicara ahora, con todo amor, bondad y fervor, que “eches mano de la vida eterna”, que “trabajes no por la comida que perece, sino por la comida que á vida eterna permanece.”
Algún hipercalvinista me diría que hago mal en obrar así. No puedo evitarlo. He de hacerlo. Puesto que al fin he de comparecer ante mi Juez, siento que no daré plena prueba de mi ministerio á menos que ruegue con muchas lágrimas que seáis salvos, que miréis á Jesucristo y recibáis su gloriosa salvación. Mas ¿no aprovecha esto? ¿Se pierden en vosotros todos nuestros ruegos? ¿Volvéis un oído sordo? Entonces de nuevo cambio mi tono. Pecador, he rogado contigo como un hombre ruega á su amigo, y aunque fuese por mi propia vida, no podría hablar esta mañana con más fervor del que hablo por la tuya. Bien sentí fervor por mi propia alma, mas ni un ápice más del que siento por las almas de mi congregación esta mañana; y por tanto, si apartáis estos ruegos, tengo algo más: he de amenazaros. No siempre tendréis advertencias como estas. Viene un día en que enmudecerá la voz de todo ministro del evangelio, al menos para ti; porque tu oído estará frío en la muerte. Ya no habrá más amenaza; será el cumplimiento de la amenaza. No habrá promesa, ni proclamaciones de perdón y de misericordia; ni sangre que hable paz, sino que estarás en la tierra donde el sábado queda del todo absorbido en eternas noches de miseria, y donde las predicaciones del evangelio están prohibidas porque serían en vano. Te conjuro, pues: escucha esta voz que ahora se dirige á tu conciencia; porque si no, Dios te hablará en su ira, y te dirá en su ardiente enojo: “Yo llamé, y no quisisteis; extendí mi mano, y no hubo quien atendiese; por tanto también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis.” Pecador, te amenazo de nuevo. Recuerda que es solo un corto tiempo el que quizá tengas para oír estas advertencias. Te imaginas que tu vida será larga, mas ¿sabes cuán corta es? ¿Has procurado alguna vez pensar cuán frágil eres? ¿Viste alguna vez un cuerpo cuando ha sido descuartizado por el anatomista? ¿Viste jamás cosa tan admirable como la estructura humana?
“Extraño, que un arpa de mil cuerdas,
se mantenga tanto tiempo afinada.”
Basta con que una de esas cuerdas se retuerza, basta con que un bocado de comida vaya por mal camino, para que mueras. La más leve casualidad, según la tenemos, puede enviarte veloz á la muerte, cuando Dios lo quiere. Hombres fuertes han sido muertos por el más pequeño y leve accidente, y así puedes serlo tú. En la capilla, en la casa de Dios, hombres han caído muertos. ¡Cuán á menudo oímos de hombres que caen en nuestras calles, rodando del tiempo á la eternidad, por algún golpe repentino! ¿Y estás seguro de que ese corazón tuyo esté del todo sano? ¿Circula la sangre con toda exactitud? ¿Estás bien seguro de ello? Y aun siendo así, ¿por cuánto tiempo será? Oh, quizá haya algunos de vosotros aquí que jamás vean el día de Navidad; puede que el mandato haya salido ya: “Pon tu casa en orden, porque morirás, y no vivirás.” De entre esta vasta congregación, yo podría con exactitud decir cuántos estarán muertos dentro de un año; mas cosa cierta es que jamás nos reuniremos todos de nuevo en una misma asamblea. Algunos de entre esta vasta multitud, quizá unos dos ó tres, partirán antes que el año nuevo sea recibido. Te recuerdo, pues, hermano mío, que ó bien la puerta de la salvación quedará cerrada, ó bien tú estarás fuera del lugar donde la puerta de la misericordia se halla. Ven, pues; deja que la amenaza tenga poder contigo. No amenazo porque quisiera alarmar sin causa, sino con la esperanza de que la amenaza de un hermano te lleve al lugar donde Dios ha preparado el banquete del evangelio. Y ahora, ¿debo apartarme sin esperanza? ¿He agotado todo cuanto puedo decir? No, vendré á ti otra vez. Dime qué es, hermano mío, lo que te aparta de Cristo. Oigo á uno decir: “Oh, señor, es porque me siento demasiado culpable.” Eso no puede ser, amigo mío, eso no puede ser. “Pero, señor, yo soy el primero de los pecadores.” Amigo, no lo eres. El primero de los pecadores murió y fue al cielo hace muchos años; su nombre era Saulo de Tarso, después llamado Pablo el apóstol. Él era el primero de los pecadores; sé que dijo la verdad. “No”, mas todavía dices, “soy demasiado vil.” No puedes ser más vil que el primero de los pecadores. Cuando menos, has de ser el segundo peor. Aun suponiendo que seas el peor de los que ahora viven, eres el segundo peor, porque él fue el primero. Mas supón que seas el peor: ¿no es esa la razón misma por la que debieras venir á Cristo? Cuanto peor está un hombre, más razón tiene de ir al hospital ó al médico. Cuanto más pobre eres, más razón tienes de aceptar la caridad de otro. Ahora bien, Cristo no quiere mérito alguno tuyo. Da de balde. Cuanto peor eres, más bienvenido eres. Mas déjame hacerte una pregunta: ¿Piensas que jamás mejorarás por mantenerte lejos de Cristo? Si así piensas, poco sabes todavía del camino de la salvación. No, señor: cuanto más te quedes, peor te pondrás; tu esperanza se hará más débil, tu desesperación más fuerte; el clavo con que Satanás te ha sujetado quedará más firmemente remachado, y estarás con menos esperanza que nunca. Ven, te ruego; recuerda que nada hay que ganar con la demora, mas con la demora todo puede perderse. “Pero”, clama otro, “siento que no puedo creer.” No, amigo mío, y jamás creerás si miras primero á tu creer. Recuerda, no he venido á invitarte á la fe, sino á invitarte á Cristo. Mas dices: “¿Qué diferencia hay?” Pues justamente esta: si primero de todo dices: “Quiero creer una cosa”, nunca lo haces. Sino que tu primera indagación ha de ser: “¿Qué es esta cosa que he de creer?” Entonces vendrá la fe como consecuencia de esa búsqueda. Nuestro primer asunto no tiene que ver con la fe, sino con Cristo. Ven, te ruego, al monte del Calvario, y mira la cruz. Contempla al Hijo de Dios, aquel que hizo los cielos y la tierra, muriendo por tus pecados. Mírale: ¿no hay en él poder para salvar? Mira su rostro tan lleno de piedad. ¿No hay amor en su corazón que le pruebe dispuesto á salvar? De cierto, pecador, la vista de Cristo te ayudará á creer. No creas primero, y vayas después á Cristo, pues de otro modo tu fe será cosa sin valor; ve á Cristo sin fe alguna, y arrójate sobre él, húndete ó nada. Mas oigo á otro clamar: “Oh, señor, no sabes cuántas veces he sido invitado, cuánto tiempo he rechazado al Señor.” No lo sé, y no quiero saberlo; todo lo que sé es que mi Maestro me ha enviado á obligarte á entrar; así que ven ahora conmigo. Podrás haber rechazado mil invitaciones; no hagas de esta la mil y una. Has subido á la casa de Dios, y solo te has endurecido bajo el evangelio. Mas ¿no veo una lágrima en tu ojo? Ven, hermano mío, no te endurezcas con el sermón de esta mañana. ¡Oh, Espíritu del Dios vivo, ven y derrite este corazón, porque jamás ha sido derretido, y fuérzalo á entrar! No puedo dejarte ir con excusas tan vanas como esa; si has vivido tantos años menospreciando á Cristo, hay otras tantas razones por las que ahora no debieras menospreciarle. Mas ¿te oí susurrar que este no era momento oportuno? Entonces, ¿qué he de decirte? ¿Cuándo vendrá ese momento oportuno? ¿Vendrá cuando estés en el infierno? ¿Será oportuno aquel momento? ¿Vendrá cuando estés en tu lecho de muerte, y el estertor de la muerte esté en tu garganta? ¿vendrá entonces? ¿Ó cuando el sudor ardiente abrase tu frente; y luego, cuando el frío y viscoso sudor esté allí, serán aquellos momentos oportunos? ¿Cuando los dolores te atormenten, y estés en los bordes del sepulcro? No, señor: esta mañana es el momento oportuno. Que Dios lo haga así. Recuerda, no tengo autoridad para pedirte que vengas á Cristo mañana. El Maestro no te ha dado invitación de venir á él el próximo martes. La invitación es: “Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la provocación”, porque el Espíritu dice “hoy”. “Venid ahora, y estemos á cuenta”; ¿por qué habrías de dejarlo para después? Puede ser la última advertencia que jamás tengas. Déjalo para después, y quizá jamás vuelvas á llorar en la capilla. Quizá jamás se te dirija un discurso tan fervoroso. Quizá no se te implore como yo te imploraría ahora. Podrás irte, y Dios podrá decir: “Entregado es á los ídolos; déjalo.” Echará las riendas sobre tu cuello; y entonces, nota bien: tu curso es seguro, mas es segura condenación y veloz destrucción.
Y ahora de nuevo, ¿es todo en vano? ¿No vendrás ahora á Cristo? Entonces, ¿qué más puedo hacer? No me queda sino un recurso más, y ese se ha de probar. Se me puede permitir llorar por ti; se me puede conceder orar por ti. Despreciarás el discurso si quieres; te reirás del predicador; le llamarás fanático si te place; él no te reprenderá, no traerá acusación alguna contra ti ante el gran Juez. Tu ofensa, en lo que á él toca, está perdonada antes de ser cometida; mas recordarás que el mensaje que rechazas esta mañana es un mensaje de uno que te ama, y te es dado también por los labios de uno que te ama. Recordarás que puedes jugarte el alma con el diablo, que puedes con indiferencia tenerlo por asunto de ninguna importancia; pero vive al menos uno que se afana de veras por tu alma, y uno que antes de venir aquí luchó con su Dios por fuerzas para predicarte, y que cuando se haya ido de este lugar no olvidará á sus oyentes de esta mañana. Digo otra vez: cuando las palabras nos faltan, podemos dar lágrimas; porque las palabras y las lágrimas son las armas con que los ministros del evangelio obligan á los hombres á entrar. No sabes, y supongo que no podrías creer, cuán ansioso se siente por su congregación, y especialmente por algunos de ellos, un hombre á quien Dios ha llamado al ministerio. No hace mucho supe de un joven que asistió aquí largo tiempo, y la esperanza de su padre era que fuese traído á Cristo. Se relacionó, sin embargo, con un infiel; y ahora descuida su negocio, y vive en un diario curso de pecado. Vi el pobre rostro macilento de su padre; no le pedí que él mismo me contara la historia, porque sentí que era remover una pena y abrir una llaga; temo, á veces, que las canas de aquel buen hombre desciendan con dolor á la sepultura. Jóvenes, vosotros no oráis por vosotros mismos, mas vuestras madres luchan por vosotros. No pensaréis en vuestras propias almas, mas la ansiedad de vuestros padres se ejerce por vosotros. He estado en reuniones de oración, en que he oído orar allí á hijos de Dios, y no habrían podido orar con más fervor y más intensa angustia si cada uno de ellos hubiera estado buscando la salvación de su propia alma. ¿Y no es extraño que estemos dispuestos á mover cielo y tierra por vuestra salvación, y que aún así vosotros no tengáis pensamiento para vosotros mismos, ni consideración por las cosas eternas?
Ahora me vuelvo por un momento á algunos aquí presentes. Hay algunos de vosotros aquí que sois miembros de iglesias cristianas, que hacéis profesión de religión, mas —si no me engaño en cuanto á vosotros, y feliz seré si me engaño— vuestra profesión es una mentira. No vivís conforme á ella, la deshonráis; podéis vivir en la perpetua práctica de ausentaros de la casa de Dios, si no en pecados peores que ese. Ahora pregunto á aquellos de vosotros que no adornáis la doctrina de Dios vuestro Salvador: ¿os imagináis que podéis llamarme vuestro pastor, y que sin embargo mi alma no puede temblar por vosotros y en secreto llorar por vosotros? De nuevo, digo que quizá os importe muy poco cómo manchéis las vestiduras de vuestra cristiandad, mas mucho les importa á los escondidos de Dios, que suspiran, y claman, y gimen por las iniquidades de los que profesan en Sión.
Ahora bien, ¿le queda al ministro alguna otra cosa además del llanto y la oración? Sí, hay una cosa más. Dios ha dado á sus siervos no el poder de la regeneración, mas les ha dado algo afín á él. Imposible es que hombre alguno regenere á su prójimo; y sin embargo, ¿cómo son los hombres engendrados para Dios? ¿No dice el apóstol de uno de ellos que fue engendrado por él en sus prisiones? Ahora bien, el ministro tiene un poder que Dios le da, para ser considerado á la vez el padre y la madre de los que nacen para Dios, pues dijo el apóstol que él sufría dolores de parto por las almas hasta que Cristo fuese formado en ellas. ¿Qué podemos hacer, pues? Podemos ahora apelar al Espíritu. Sé que he predicado el evangelio, que lo he predicado con fervor; desafío á mi Maestro á que honre su propia promesa. Ha dicho que no volverá á mí vacía, y no volverá. Está en sus manos, no en las mías. Yo no puedo forzarte, mas tú, oh Espíritu de Dios que tienes la llave del corazón, tú puedes forzar. ¿Notaste alguna vez, en aquel capítulo del Apocalipsis donde dice: “He aquí, yo estoy á la puerta, y llamo”, que unos pocos versículos antes el mismo personaje es descrito como aquel que tiene la llave de David? De modo que, si el llamar no aprovechara, él tiene la llave, y puede entrar y entrará. Ahora, si el llamar de un ministro fervoroso no prevalece contigo esta mañana, queda todavía aquella secreta apertura del corazón por el Espíritu, para que seas forzado.
Tuve por mi deber trabajar con vosotros como si yo debiera hacerlo; ahora lo pongo en las manos de mi Maestro. No puede ser su voluntad que suframos dolores de parto, y sin embargo no demos á luz hijos espirituales. Es cosa de Él; él es señor del corazón, y el día lo declarará: que algunos de vosotros, constreñidos por la gracia soberana, os habéis vuelto los cautivos voluntarios del todo-conquistador Jesús, y habéis inclinado vuestros corazones á él por el sermón de esta mañana.
[El Sr. Spurgeon concluyó con una anécdota muy interesante, mas como su inserción haría el sermón demasiado largo para un número de á penique, los editores han decidido imprimirla como uno de los “Tratados de New Park Street”.]
Dominio público. Texto original de la edición original.