Sermón · 40 min de lectura· 1855 · Avanzada

Cristo crucificado

Retrato de Charles H. Spurgeon Charles H. Spurgeon

Texto

1 Corintios 1:23-24

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

La cruz confunde la sabiduría del mundo: piedra de tropiezo para la religión del mérito, locura para el intelecto soberbio, y sin embargo, para los llamados, poder de Dios y sabiduría de Dios. Spurgeon defiende la predicación llana de Cristo crucificado frente a cada sustituto de moda, y se gloría en lo que el mundo desprecia.

«Mas nosotros predicamos á Cristo crucificado, á los Judíos ciertamente tropezadero, y á los Gentiles locura; empero á los llamados, así Judíos como Griegos, Cristo potencia de Dios, y sabiduría de Dios.»—1 Corintios 1:23-24.

¡Qué desprecio ha derramado Dios sobre la sabiduría de este mundo! ¡Cómo la ha reducido a la nada, y la ha hecho aparecer como cosa vana! La ha dejado desenvolver sus propias conclusiones, y demostrar su propia necedad. Se jactaban los hombres de ser sabios; decían que podían descubrir a Dios a la perfección; y para que su necedad quedase refutada de una vez para siempre, Dios les concedió la oportunidad de intentarlo. Dijo: «Sabiduría del mundo, te pondré a prueba. Dices que eres poderosa, que tu entendimiento es vasto y comprensivo, que tu ojo es penetrante, y que puedes descubrir todos los secretos; pues bien, mira, te pruebo; te doy un gran problema que resolver. He aquí el universo; las estrellas forman su dosel, los campos y las flores lo adornan, y las aguas ruedan sobre su faz; en él está escrito mi nombre; las cosas invisibles de Dios se ven claramente en las cosas que fueron hechas. Filosofía, te propongo este problema: descúbreme. Aquí están mis obras: descúbreme. Halla, en el mundo maravilloso que he hecho, la manera de adorarme de modo aceptable. Te doy espacio suficiente para lograrlo; hay datos de sobra. Contempla las nubes, la tierra y las estrellas. Te doy tiempo suficiente; te daré cuatro mil años, y no intervendré; sino que harás lo que quieras con tu propio mundo. Te daré hombres en abundancia; porque formaré mentes grandes y vastas, a quienes llamarás señores de la tierra; tendrás oradores, tendrás filósofos. Descúbreme, oh razón; descúbreme, oh sabiduría; descúbreme, si puedes; descúbreme hasta la perfección; y si no puedes, entonces cierra tu boca para siempre, y yo te enseñaré que la sabiduría de Dios es más sabia que la sabiduría del hombre; sí, que lo loco de Dios es más sabio que los hombres.» ¿Y cómo resolvió la sabiduría del hombre el problema? ¿Cómo llevó a cabo su hazaña? Mirad a las naciones paganas; allí veis el fruto de las investigaciones de la sabiduría. En los días de Jesucristo, habríais podido ver la tierra cubierta con el cieno de la corrupción, una Sodoma a gran escala: corrompida, inmunda, depravada; entregada a vicios que no nos atrevemos a nombrar; deleitándose en concupiscencias demasiado abominables para que nuestra imaginación se detenga en ellas un solo instante. Hallamos a los hombres postrándose ante bloques de madera y de piedra, adorando a diez mil dioses más viciosos que ellos mismos. Hallamos, en efecto, que la razón escribió sus renglones con un dedo cubierto de sangre y de inmundicia, y que para siempre se cercenó de toda su gloria por las viles obras que hizo. No quiso adorar a Dios. No quiso inclinarse ante aquel que es «claramente visto», sino que adoró a cualquier criatura: el reptil que se arrastra, la víbora; cualquier cosa podía ser un dios, pero no, en verdad, el Dios del cielo. El vicio podía convertirse en ceremonia, el mayor crimen podía ensalzarse hasta hacerse religión; pero de la verdadera adoración nada supo. ¡Pobre razón! ¡pobre sabiduría! ¡cómo has caído del cielo; como Lucero, hijo de la mañana, estás perdida; escribiste tu conclusión, mas una conclusión de suma necedad! «Porque por no haber el mundo conocido en la sabiduría de Dios á Dios por sabiduría, agradó á Dios salvar á los creyentes por la locura de la predicación.»

La sabiduría había tenido su tiempo, y tiempo de sobra; había hecho todo cuanto podía, y ello fue bien poco; había dejado al mundo peor de lo que estaba antes de poner el pie en él, y «ahora», dice Dios, «la locura vencerá a la sabiduría; ahora la ignorancia, como vosotros la llamáis, barrerá a la ciencia; ahora la humilde fe, semejante a la de un niño, reducirá al polvo todos los colosales sistemas que vuestras manos han levantado». Convoca a sus ejércitos. Cristo lleva la trompeta a su boca, y suben los guerreros, vestidos con ropas de pescadores, con el acento tosco del lago de Galilea: pobres y humildes marineros. Estos son los guerreros, oh sabiduría, que han de confundirte; estos son los héroes que han de vencer a tus altivos filósofos; estos hombres han de plantar su estandarte sobre tus muros derruidos, y han de ordenarles que caigan para siempre; estos hombres y sus sucesores han de exaltar en el mundo un evangelio del cual os podéis reír como de un absurdo, del cual os podéis burlar como de una locura, pero que será exaltado por encima de los montes, y será glorioso hasta los cielos más altos. Desde aquel día, Dios ha levantado siempre sucesores de los apóstoles; no por descendencia de linaje, sino porque yo tengo el mismo título y la misma carta que cualquier apóstol, y estoy tan llamado a predicar el evangelio como el propio Pablo; si no tan honrado con la conversión de pecadores, sí, en cierta medida, bendecido por Dios; y, por tanto, aquí estoy, tan necio como pudo serlo Pablo, tan necio como Pedro, o cualquiera de aquellos pescadores; mas aun así, con el poder de Dios empuño la espada de la verdad, viniendo aquí a «predicar a Cristo y a este crucificado, a los Judíos tropezadero, y a los Griegos locura; empero a los llamados, así Judíos como Griegos, Cristo potencia de Dios, y sabiduría de Dios».

Antes de entrar en nuestro texto, permitidme deciros muy brevemente qué creo yo que es predicar a Cristo y a este crucificado. Amigos míos, no creo que sea predicar a Cristo y a este crucificado dar a la gente una ración de filosofía cada domingo por la mañana y por la tarde, descuidando las verdades de este Libro santo. No creo que sea predicar a Cristo y a este crucificado dejar de lado las doctrinas cardinales de la Palabra de Dios, y predicar una religión que no es sino niebla y bruma, sin verdad alguna definida. Doy por cierto que aquel hombre no predica a Cristo y a este crucificado, si logra atravesar un sermón sin mencionar una sola vez el nombre de Cristo; ni tampoco predica a Cristo y a este crucificado aquel que omite la obra del Espíritu Santo, que jamás dice una palabra acerca del Espíritu Santo, de modo que en verdad sus oyentes pudieran decir: «Ni siquiera sabemos si hay Espíritu Santo». Y tengo mi propia opinión particular: que no existe tal cosa como predicar a Cristo y a este crucificado, a menos que se predique lo que hoy en día llaman calvinismo. Tengo mis propias ideas, y las expongo siempre con franqueza. Es un mote llamarlo calvinismo. El calvinismo es el evangelio, y nada más. No creo que podamos predicar el evangelio si no predicamos la justificación por la fe sin obras; ni a menos que prediquemos la soberanía de Dios en su dispensación de la gracia; ni a menos que exaltemos el amor de Jehová: amor que elige, inmutable, eterno, inalterable, vencedor; ni creo, tampoco, que podamos predicar el evangelio si no lo fundamos sobre la redención peculiar que Cristo obró para su pueblo elegido y escogido; ni acierto a comprender un evangelio que deja caer a los santos después de haber sido llamados, y consiente que los hijos de Dios ardan en los fuegos de la condenación después de haber creído. Semejante evangelio lo abomino. El evangelio de la Biblia no es un evangelio así. Nosotros predicamos a Cristo y a este crucificado de otra manera, y a todos los contradictores respondemos: «Mas nosotros no hemos aprendido así a Cristo».

Hay tres cosas en el texto: primero, un evangelio rechazado, «Cristo crucificado, a los Judíos tropezadero, y a los Griegos locura»; segundo, un evangelio triunfante, «empero a los llamados, así Judíos como Griegos»; y tercero, un evangelio admirado; es para los llamados «potencia de Dios y sabiduría de Dios».

I. Primeramente, tenemos aquí UN EVANGELIO RECHAZADO. Cabría imaginar que, cuando Dios envió su evangelio a los hombres, todos los hombres escucharían con mansedumbre, y recibirían con humildad sus verdades. Habríamos pensado que a los ministros de Dios les bastaría con proclamar que la vida ha sido sacada a luz por el evangelio, y que Cristo ha venido a salvar a los pecadores, para que todo oído se pusiese atento, todo ojo se fijase, y todo corazón se abriese de par en par para recibir la verdad. Habríamos dicho, juzgando con benevolencia a nuestros semejantes, que no existiría en el mundo un monstruo tan vil, tan depravado, tan corrompido, que pusiera siquiera una piedra en el camino del progreso de la verdad; no habríamos podido concebir tal cosa; y sin embargo, esa concepción es la realidad. Cuando el evangelio fue predicado, en vez de ser recibido y admirado, un solo y universal silbido de desprecio subió hasta el cielo; los hombres no pudieron soportarlo; a su primer predicador lo arrastraron hasta la cumbre del monte, y de allí lo habrían despeñado; más aún, hicieron algo peor: lo clavaron en la cruz, y allí lo dejaron consumir su vida moribunda en una agonía como ningún hombre ha padecido desde entonces. Todos sus ministros escogidos han sido aborrecidos y detestados por los mundanos; en lugar de ser escuchados, han sido objeto de burla; tratados como si fuesen la escoria de todas las cosas, y la hez misma del género humano. Mirad a los santos varones de otro tiempo, cómo eran arrojados de ciudad en ciudad, perseguidos, afligidos, atormentados, apedreados hasta la muerte, dondequiera que el enemigo tuviese poder para ello. Aquellos amigos de los hombres, aquellos verdaderos filántropos, que venían con el corazón henchido de amor, y las manos llenas de misericordia, y los labios cargados de fuego celestial, y el alma ardiendo de santa influencia; aquellos hombres eran tratados como si fuesen espías en el campamento, como si fuesen desertores de la causa común de la humanidad; como si fuesen enemigos, y no, como en verdad eran, los mejores de los amigos. No supongáis, amigos míos, que a los hombres les agrada hoy el evangelio más de lo que les agradaba entonces. Corre la idea de que vais mejorando. No lo creo. Vais empeorando. En muchos aspectos los hombres pueden ser mejores, mejores por fuera; el corazón interior sigue siendo el mismo. El corazón humano de hoy, disecado, sería igual al corazón humano de hace mil años; la hiel de amargura dentro de ese pecho vuestro es tan amarga como la hiel de amargura que había en el de Simón antiguamente. Tenemos en nuestro corazón la misma oposición latente a la verdad de Dios; y por eso hallamos hombres, hoy como antaño, que desprecian el evangelio.

Al hablar del evangelio rechazado, procuraré señalar las dos clases de personas que por igual desprecian la verdad. Los Judíos hacen de él un tropezadero, y los Griegos lo tienen por locura. Ahora bien, a estos dos muy respetables caballeros —el Judío y el Griego— no voy a hacer de estos personajes antiguos el blanco de mi condenación, sino que los considero como miembros de un gran parlamento, representantes de un vasto electorado, y trataré de mostrar que, si toda la raza de los Judíos fuese exterminada, aún quedaría en el mundo un gran número de gente que respondería al nombre de Judíos, para quienes Cristo es un tropezadero; y que si Grecia fuese tragada por algún terremoto, y dejase de ser nación, aún quedaría el Griego para quien el evangelio sería locura. Simplemente presentaré al Judío y al Griego, y dejaré que os hablen un momento, para que veáis a los caballeros que os representan; los hombres representativos; las personas que están en lugar de muchos de vosotros, que hasta ahora no habéis sido llamados por la gracia divina.

El primero es un Judío; para él el evangelio es un tropezadero. Un hombre respetable era el Judío en sus días; toda la religión formal se concentraba en su persona; subía al templo con gran devoción; diezmaba de todo cuanto tenía, hasta de la menta y del comino. Lo verías ayunar dos veces por semana, con el rostro marcado de tristeza y de pesar. Si lo mirabas, llevaba la ley entre los ojos; allí estaba la filacteria, y los bordes de sus vestiduras de anchura asombrosa, para que jamás se le tuviera por un perro gentil; para que nadie pudiera imaginar que no fuese hebreo de puro linaje. Tenía una ascendencia santa; procedía de una familia piadosa; era un hombre en verdad bueno. No podía tragar en modo alguno a aquellos saduceos que no tenían religión alguna. Era un hombre cabalmente religioso; defendía su sinagoga; no quería aquel templo del monte Gerizim; no soportaba a los samaritanos, no tenía trato con ellos; era un devoto de primer orden, un hombre del temple más fino; un ejemplar de esos que son moralistas, y que aman las ceremonias de la ley. Por eso, cuando oyó hablar de Cristo, preguntó quién era Cristo. «El hijo de un carpintero.» ¡Ah! «El hijo de un carpintero, y el nombre de su madre era María, y el de su padre José.» «Eso de por sí ya es presunción bastante», dijo él; «prueba positiva, en verdad, de que no puede ser el Mesías.» ¿Y qué dice él? Pues dice: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!». «Eso no puede pasar.» Es más, dice: «No es por las obras de la carne que hombre alguno pueda entrar en el reino de los cielos». Al punto el Judío ató un doble nudo en su filacteria; pensó en hacer los bordes de su vestidura dos veces más anchos. ¡Él inclinarse ante el Nazareno! ¡No, no; y si tan solo un discípulo cruzaba la calle, tenía por contaminado el lugar, y no ponía el pie en sus huellas! ¿Creéis que iba a renunciar a la religión de su viejo padre, la religión que vino del monte Sinaí, aquella antigua religión que reposaba en el arca y bajo los querubines que la cubrían? ¡Renunciar a ella! No él. Un vil impostor: eso era todo cuanto Cristo era a sus ojos. Así lo pensaba. «Un tropezadero para mí; no puedo oír hablar de ello; no lo escucharé.» En consecuencia, hizo oídos sordos a toda la elocuencia del predicador, y no escuchó en absoluto. ¡Adiós, viejo Judío! Duermes con tus padres, y tu generación es una raza errante, que aún anda por la tierra. ¡Adiós! He terminado contigo. ¡Ay! pobre desdichado, aquel Cristo que fue tu tropezadero será tu juez, y sobre tu cabeza caerá aquella terrible maldición: «Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos». Pero voy a buscar al señor Judío aquí, en el Exeter Hall —personas que responden a su descripción— para quienes Jesucristo es un tropezadero. Permitidme presentaros a vosotros mismos, a algunos de vosotros. También vosotros erais de familia piadosa, ¿no es cierto? Sí. Y tenéis una religión que amáis; la amáis en cuanto a su corteza, lo de fuera, la envoltura, la cáscara. No querríais que se alterara una sola rúbrica, ni que se derribara uno solo de aquellos queridos y viejos arcos, ni que se quitaran las vidrieras, por nada del mundo; y a cualquiera que dijese una palabra contra tales cosas, al instante lo tacharíais de hereje. O quizá no acudís a un lugar de culto así, sino que amáis alguna sencilla y vieja capilla, donde adoraron vuestros antepasados, llamada capilla disidente. ¡Ah! es un lugar hermoso y sencillo; lo amáis, amáis sus ritos, amáis su apariencia; y si alguien hablara mal del lugar, ¡cuánto os molestaría! Pensáis que lo que allí se hace, debería hacerse en todas partes; en efecto, vuestra iglesia es un modelo; el lugar al que acudís es exactamente la clase de lugar apropiada para todos; y si os preguntara por qué esperáis ir al cielo, quizá diríais: «Porque soy bautista», o «Porque soy episcopal», o de cualquier otra secta a que pertenezcáis. Ahí estáis vosotros; sé que Jesucristo será para vosotros un tropezadero. Si vengo y os digo que todo vuestro ir a la casa de Dios no sirve de nada; si os digo que todas aquellas veces que habéis cantado y orado no cuentan para nada a los ojos de Dios, porque sois un hipócrita y un formalista; si os digo que vuestro corazón no está recto con Dios, y que, a menos que lo esté, todo lo externo no vale para nada, ya sé lo que diréis: «No volveré a oír a ese joven». Es un tropezadero. Si hubierais entrado en algún sitio donde se ensalzara el formalismo; si os hubieran dicho «esto debéis hacer, y esto otro debéis hacer, y entonces seréis salvos», lo aprobaríais grandemente. Pero ¡cuántos hay externamente religiosos, en cuyo carácter no hallaríais tacha, y que sin embargo jamás han conocido la influencia regeneradora del Espíritu Santo; que jamás fueron postrados sobre su rostro ante la cruz del Calvario; que jamás volvieron un ojo anhelante hacia aquel Salvador crucificado; que jamás pusieron su confianza en aquel que fue inmolado por los hijos de los hombres! Aman una religión superficial, pero cuando un hombre les habla de algo más hondo, lo tienen por hipocresía piadosa. Podéis amar todo lo externo de la religión, así como podéis amar a un hombre por sus vestidos, sin importaros nada el hombre mismo. Si es así, sé que sois de aquellos que rechazan el evangelio. Me oiréis predicar; y mientras hable de lo externo, me escucharéis con atención; mientras abogue por la moralidad, y argumente contra la embriaguez, o muestre lo enorme del pecado de profanar el día de reposo; pero en cuanto diga: «Si no os volviereis, y os hiciereis como niños, de ningún modo entraréis en el reino de Dios»; en cuanto os diga que habéis de ser elegidos de Dios; que habéis de ser comprados con la sangre del Salvador; que habéis de ser convertidos por el Espíritu Santo, decís: «¡Es un fanático! ¡Fuera con él, fuera con él! No queremos oír más eso». Cristo crucificado es, para el Judío —el ceremonialista—, un tropezadero.

Pero hay otro ejemplar de este Judío que se puede encontrar. Es del todo ortodoxo en sus opiniones. En cuanto a formas y ceremonias, nada le importan. Acude a un lugar de culto donde aprende sana doctrina. No quiere oír sino lo que es verdadero. Le agrada que tengamos buenas obras y moralidad. Es un hombre bueno, y nadie puede hallarle tacha. Ahí lo tenéis, puntual en su banco dominical. En el mercado camina ante los hombres con toda honradez —así lo imaginaríais—. Preguntadle sobre cualquier doctrina, y os hará una disertación sobre ella. En efecto, podría escribir un tratado sobre cualquier cosa de la Biblia, y sobre muchas otras cosas además. Lo sabe casi todo; y aquí, en el oscuro desván de la cabeza, ha tomado morada su religión; tiene un salón principal allá abajo, en el corazón, pero su religión nunca entra en él: le está cerrado. Ahí tiene su dinero —Mamón, mundanalidad—; o tiene alguna otra cosa —amor propio, soberbia—. Quizá le gusta oír una predicación experimental; la admira toda; en verdad ama todo lo que es sano. Pero él mismo no tiene nada de sano en su interior; o más bien, todo es sonido y no hay sustancia. Le gusta oír la verdadera doctrina; pero jamás penetra en su hombre interior. Nunca lo veréis llorar. Predicadle acerca de Cristo crucificado, tema glorioso, y jamás veréis rodar una lágrima por su mejilla; habladle del poderoso influjo del Espíritu Santo —os admira por ello, pero jamás tuvo la mano del Espíritu Santo sobre su alma—; habladle de la comunión con Dios, de sumergirse en el mar más profundo de la Deidad, y perderse en su inmensidad —al hombre le encanta oírlo, pero jamás lo experimenta, jamás ha tenido comunión con Cristo—; y por eso, en cuanto empezáis a herir de veras; en cuanto lo tendéis sobre la mesa, sacáis vuestro bisturí, comenzáis a abrirlo, y le mostráis su propio corazón, le dejáis ver lo que es por naturaleza, y lo que ha de llegar a ser por la gracia —el hombre se sobresalta, no puede soportarlo; no quiere nada de eso—: a Cristo recibido en el corazón, y aceptado. Aunque lo ame bastante en la cabeza, es para él un tropezadero, y lo desecha. ¿Os veis aquí, amigos míos? ¿Os veis como Dios os ve? Porque así es: hay aquí muchos para quienes Cristo es hoy tan tropezadero como jamás lo fue. ¡Oh formalistas! a vosotros hablo; ¡oh vosotros que tenéis la cáscara, pero aborrecéis la almendra; oh vosotros que amáis los adornos y el ropaje, pero no os importa aquella hermosa virgen que con ellos se viste; oh vosotros que amáis la pintura y el oropel, pero aborrecéis el oro macizo, a vosotros hablo! Os pregunto: ¿os da vuestra religión un consuelo sólido? ¿Podéis con ella mirar la muerte cara a cara, y decir: «Yo sé que mi Redentor vive»? ¿Podéis cerrar los ojos por la noche, cantando como himno de vísperas:

«Hasta el fin he de perseverar,

tan cierto como se ha dado la prenda»?

¿Podéis bendecir a Dios por la aflicción? ¿Podéis lanzaros al agua, tal como sois, y nadar a través de todas las crecientes de la prueba? ¿Podéis marchar triunfantes por el foso de los leones, reíros de la aflicción, y desafiar al infierno? ¿Podéis? ¡No! Vuestro evangelio es cosa afeminada, cosa de palabras y sonidos, y no de poder. Arrojadlo lejos de vosotros, os lo ruego; no vale la pena conservarlo; y cuando comparezcáis ante el trono de Dios, veréis que os falla, y os fallará de tal modo que jamás hallaréis otro; porque, perdidos, arruinados, destruidos, hallaréis que aquel Cristo que ahora es «un tropezadero», será vuestro Juez.

He descubierto al Judío, y ahora me toca descubrir al Griego. Es persona de aspecto muy distinto del Judío. En cuanto a la filacteria, para él es todo basura; y en cuanto a la vestidura de anchos bordes, la desprecia. No le importan las formas de la religión; siente, en verdad, una intensa aversión hacia los sombreros de ala ancha, o hacia todo cuanto tenga aire de ostentación exterior. Le gusta la elocuencia; admira un dicho ingenioso; ama una expresión pintoresca; le gusta leer el último libro que ha salido; es un Griego, y para él el evangelio es locura. El Griego es un caballero que se halla hoy en todas partes; fabricado a veces en las universidades, producido de continuo en las escuelas, engendrado por doquier. Está en la bolsa, en el mercado; tiene una tienda, va en carruaje; es noble, es un caballero; está en todas partes, hasta en la corte. Es del todo sabio. Preguntadle cualquier cosa, y la sabe. Pedidle una cita de cualquiera de los viejos poetas, o de cualquier otro, y os la dará. Si sois mahometano, y alegáis los títulos de vuestra religión, os escuchará con mucha paciencia. Pero si sois cristiano, y le habláis de Jesucristo, os dice: «Basta de vuestra beatería; no quiero oír nada de eso». Este caballero griego cree en toda filosofía menos en la verdadera; estudia toda sabiduría menos la sabiduría de Dios; le gusta todo saber menos el saber espiritual; ama todo menos aquello que Dios aprueba; le gusta todo lo que el hombre hace, y nada de lo que viene de Dios; para él es locura, rematada locura. No tenéis más que discurrir sobre una sola doctrina de la Biblia, y cierra los oídos; no desea ya vuestra compañía: es locura. He tropezado con este caballero muchas veces. Una vez, cuando lo vi, me dijo que no creía en religión alguna; y cuando yo le dije que sí creía, y que tenía la esperanza de ir al cielo cuando muriese, me contestó que suponía que era muy consolador, pero que él no creía en la religión, y que estaba seguro de que lo mejor era vivir como dicta la naturaleza. En otra ocasión habló bien de todas las religiones, y creía que eran muy buenas en su lugar, y todas verdaderas; y no dudaba de que, si un hombre era sincero en cualquier clase de religión, al final le iría bien. Le dije que yo no lo pensaba así, y que creía que no había sino una sola religión revelada de Dios: la religión de los elegidos de Dios, la religión que es don de Jesús. Entonces dijo que yo era un fanático, y me deseó buenos días. Para él era locura. No quería tener nada que ver conmigo. O no le gustaba ninguna religión, o le gustaban todas. Otra vez lo tomé por el botón de la levita, y discutí con él un poco acerca de la fe. Dijo: «Todo está muy bien, creo que esa es verdadera doctrina protestante». Pero al momento dije algo acerca de la elección, y respondió: «Eso no me gusta; muchos han predicado eso y lo han torcido para mal». Después insinué algo sobre la gracia gratuita; mas eso no lo pudo soportar, era para él locura. Era un Griego refinado, y pensaba que, si no había sido escogido, debería haberlo sido. Nunca le gustó aquel pasaje: «Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar á los sabios; y lo que no es, para deshacer lo que es». Pensaba que era muy poco honroso para la Biblia, y que, cuando el libro fuese revisado, no dudaba de que aquello sería suprimido. A tal hombre —pues es muy probable que esté aquí esta mañana, venido a oír a esta caña sacudida por el viento— tengo que decirle esto: ¡Ah! tú, sabio, lleno de sabiduría mundana; tu sabiduría te sostendrá aquí, ¿pero qué harás en las crecientes del Jordán? La filosofía bien puede servirte de apoyo mientras andas por este mundo; pero el río es hondo, y necesitarás algo más que eso. Si no tienes el brazo del Altísimo para sostenerte en la inundación y alentarte con promesas, te hundirás, hombre; con toda tu filosofía, te hundirás; con todo tu saber, te hundirás, y serás arrastrado a aquel espantoso océano de tormento eterno, donde estarás para siempre. ¡Ah, Griegos! puede que para vosotros sea locura, pero veréis al hombre convertido en vuestro juez, y entonces lamentaréis el día en que dijisteis que el evangelio de Dios era locura.

II. Habiendo hablado hasta aquí del evangelio rechazado, hablaré ahora brevemente del EVANGELIO TRIUNFANTE. «Empero a nosotros los llamados, así Judíos como Griegos, es potencia de Dios, y sabiduría de Dios.» Aquel hombre rechaza el evangelio, desprecia la gracia, y se ríe de ella como de un engaño. He aquí otro hombre que también se reía de ella; pero Dios lo hará caer de rodillas. Cristo no morirá en vano. El Espíritu Santo no luchará en balde. Dios ha dicho: «Mi palabra no volverá á mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié». «Del trabajo de su alma verá, y será plenamente saciado.» Si un pecador no es salvo, otro lo será. El Judío y el Griego jamás despoblarán el cielo. Los coros de la gloria no perderán un solo cantor por toda la oposición de Judíos y Griegos; porque Dios lo ha dicho: algunos serán llamados; algunos serán salvos; algunos serán rescatados.

«Perezca la virtud, como es justo, aborrecida,

y con ella el necio, que insulta a su Señor.

La expiación que obró el amor de un Redentor

no es para ti: los justos no la han menester.

¿Ves a aquella ramera que corteja a cuantos halla,

gastada plaga de las calles públicas,

de la mañana a la noche, de la noche a la mañana,

abominación de sí misma, y no menos desprecio tuyo?

La lluvia de gracia, sin límite y sin precio,

caerá sobre ella, cuando el cielo te la niegue a ti.

De todo cuanto la sabiduría enseña, este es el sentido:

que el hombre está muerto en pecado, y la vida es un don.»

Si los justos y buenos no son salvos, si rechazan el evangelio, hay otros que han de ser llamados, otros que han de ser rescatados; porque Cristo no perderá el mérito de sus agonías, ni el precio de su sangre.

«A nosotros los llamados.» Recibí esta semana una nota pidiéndome que explicara aquella palabra, «llamados»; porque en un pasaje dice: «Muchos son llamados, mas pocos escogidos», mientras que en otro parece que todos los que son llamados han de ser escogidos. Ahora bien, permitidme observar que hay dos llamamientos. Como dice mi viejo amigo, Juan Bunyan, la gallina tiene dos llamados: el cloqueo común, que da cada día y a toda hora, y el especial, que reserva para sus polluelos. Así hay un llamamiento general, un llamamiento hecho a todo hombre; todo hombre lo oye. Muchos son llamados por él; todos vosotros sois llamados esta mañana en ese sentido, mas muy pocos son escogidos. El otro es un llamamiento especial, el llamamiento de los hijos. Ya sabéis cómo suena la campana sobre el taller, para llamar a los obreros al trabajo: ese es un llamamiento general. El padre va a la puerta y grita: «Juan, es la hora de comer»: ese es el llamamiento especial. Muchos son llamados con el llamamiento general, pero no son escogidos; el llamamiento especial es solo para los hijos, y eso es lo que se entiende en el texto: «Empero a los llamados, así Judíos como Griegos, potencia de Dios y sabiduría de Dios». Ese llamamiento es siempre especial. Mientras estoy aquí llamando a los hombres, nadie viene; mientras predico a los pecadores en general, ningún bien se hace; es como el relámpago difuso que a veces veis en una tarde de verano, hermoso, grandioso; pero ¿quién ha oído jamás que algo fuese herido por él? Mas el llamamiento especial es el rayo bifurcado del cielo; da en el blanco; es la flecha que entra por entre las junturas de la coraza. El llamamiento que salva es como el de Jesús, cuando dijo «María», y ella le respondió «Rabboni». ¿Sabéis algo de ese llamamiento especial, amados míos? ¿Os llamó Jesús alguna vez por vuestro nombre? ¿Podéis recordar la hora en que susurró vuestro nombre a vuestro oído, cuando dijo: «Ven a mí»? Si es así, admitiréis la verdad de lo que voy a decir en seguida acerca de él: que es un llamamiento eficaz; no hay quien lo resista. Cuando Dios llama con su llamamiento especial, no hay modo de resistir. ¡Ah! bien sé que yo me reía de la religión; la despreciaba, la aborrecía; ¡pero aquel llamamiento! Oh, yo no quería venir. Mas Dios dijo: «Vendrás. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí». «Señor, no quiero.» «Pero vendrás», dijo Dios. Y a veces he ido a la casa de Dios casi con la resolución de no escuchar, pero escuchar debía. ¡Oh, cómo entró la palabra en mi alma! ¿Hubo poder para resistir? No; fui derribado; cada hueso parecía quebrantado; fui salvo por gracia eficaz. Apelo a vuestra experiencia, amigos míos. Cuando Dios os tomó de la mano, ¿pudisteis resistirle? Bastantes veces os resististeis a vuestro ministro. La enfermedad no os quebrantó; la dolencia no os llevó a los pies de Dios; la elocuencia no os convenció; pero cuando Dios pone su mano a la obra, ¡ah! entonces, ¡qué mudanza! Como Saulo, cuando iba con sus caballos camino de Damasco, aquella voz del cielo dijo: «Yo soy Jesús á quien tú persigues». «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» No cabía ya ir más lejos. Aquel fue un llamamiento eficaz. Como aquel otro, también, que Jesús dió a Zaqueo, cuando estaba subido en el árbol; poniéndose bajo el árbol, dijo: «Zaqueo, desciende, porque hoy me conviene posar en tu casa». Zaqueo quedó preso en la red; oyó su propio nombre; el llamamiento se hundió en su alma; no pudo quedarse en el árbol, porque un impulso todopoderoso lo hizo bajar. Y podría contaros algunos casos singulares de personas que, yendo a la casa de Dios, oyeron descrito su carácter, retratado a la perfección, hasta el punto de decir: «Me está pintando, me está pintando». Así como podría decir a aquel joven que está aquí, que ayer robó los guantes de su amo, que Jesús lo llama al arrepentimiento. Bien puede que esté aquí tal persona; y cuando el llamamiento alcanza a un carácter singular, suele llegar con un poder singular. Dios da a sus ministros un pincel, y les muestra cómo usarlo para pintar retratos vivos, y así el pecador oye el llamamiento especial. Yo no puedo dar el llamamiento especial; solo Dios puede darlo, y a él se lo dejo. Algunos han de ser llamados. El Judío y el Griego bien pueden reírse, mas aun así hay algunos que son llamados, así Judíos como Griegos.

Y luego, para cerrar este segundo punto, es una gran misericordia que a muchos Judíos se les haya hecho soltar su propia justicia; a muchos legalistas se les haya hecho soltar su legalismo, y venir a Cristo; y muchos Griegos han doblado su genio ante el trono del evangelio de Dios. Tenemos unos pocos así. Como dice Cowper:

«Nos gloriamos de algunos ricos a quienes el evangelio rige,

y de uno que ciñe corona y ora;

como el rebusco de un olivo se muestran,

acá y allá uno, en la rama más alta.»

III. Llegamos ahora a nuestro tercer punto, UN EVANGELIO ADMIRADO; para nosotros los llamados de Dios, es potencia de Dios, y sabiduría de Dios. Ahora bien, amados, esto ha de ser asunto de pura experiencia entre vuestras almas y Dios. Si esta mañana sois llamados de Dios, lo sabréis. Sé que hay ocasiones en que un cristiano ha de decir:

«Es un punto que anhelo conocer,

y a menudo me causa ansioso pensar:

¿amo al Señor o no?

¿Soy suyo, o no lo soy?»

Pero si un hombre jamás en su vida se supo cristiano, jamás fue cristiano. Si jamás tuvo un momento de confianza, en que pudiera decir: «Ahora sé a quién he creído», creo que no digo cosa dura al afirmar que ese hombre no puede haber nacido de nuevo; porque no comprendo cómo un hombre pueda ser muerto y luego vuelto a la vida, y no saberlo; cómo un hombre pueda pasar de muerte a vida, y no saberlo; cómo un hombre pueda ser sacado de las tinieblas a una libertad admirable sin saberlo. Bien seguro que yo lo sé cuando entono a voz en cuello mi viejo verso:

«Libre ya del pecado, camino en anchura,

la sangre de mi Salvador es mi plena absolución;

a sus queridos pies, contento me postro,

pecador salvado, y rindo homenaje.»

Hay momentos en que los ojos brillan de gozo y podemos decir: «Estamos persuadidos, confiados, ciertos». No quisiera afligir a nadie que se halle bajo la duda. A menudo prevalecerán sombrías dudas; hay tiempos en que temeréis no haber sido llamados, en que dudaréis de vuestra parte en Cristo. ¡Ah! ¡qué misericordia es que no sea vuestro asirse de Cristo lo que os salva, sino el asirse él de vosotros! ¡Qué dulce verdad, que no sea cómo asís vosotros su mano, sino cómo ase él la vuestra, lo que os salva! Con todo, pienso que en algún momento u otro debierais saber si sois llamados de Dios. Si lo sois, me seguiréis en la próxima parte de mi discurso, que es asunto de pura experiencia: para nosotros los salvos, es «Cristo potencia de Dios, y sabiduría de Dios».

El evangelio es, para el verdadero creyente, cosa de poder. Es Cristo, potencia de Dios. Sí, hay en el evangelio de Dios un poder que sobrepasa toda descripción. Una vez, yo, como Mazeppa, atado sobre el caballo salvaje de mi concupiscencia, atado de pies y manos, incapaz de resistir, galopaba con los lobos del infierno tras de mí, aullando por mi cuerpo y por mi alma, como por su justa y legítima presa. Vino una mano poderosa que detuvo aquel caballo salvaje, cortó mis ataduras, me puso en tierra, y me trajo a la libertad. ¿Hay poder, señor? Sí, hay poder, y quien lo ha sentido ha de reconocerlo. Hubo un tiempo en que yo moraba en el fuerte y viejo castillo de mis pecados, y descansaba en mis obras. Vino un trompetero a la puerta, y me mandó abrirla. Con enojo lo reprendí desde el pórtico, y dije que jamás entraría. Vino un personaje hermoso, de amoroso semblante; sus manos estaban marcadas con cicatrices, donde fueron clavados los clavos, y sus pies tenían también las huellas de los clavos; alzó su cruz, usándola como martillo; al primer golpe, la puerta de mi prejuicio se estremeció; al segundo, tembló más; al tercero, cayó, y él entró; y dijo: «Levántate, y ponte sobre tus pies, porque con amor eterno te he amado». ¡Cosa de poder! ¡Ah! es cosa de poder. Lo he sentido aquí, en este corazón; tengo el testimonio del Espíritu dentro, y sé que es cosa de fuerza, porque me ha vencido; me ha hecho postrar.

«Su gracia gratuita, del principio al fin,

ha ganado mi afecto, y tiene firme mi alma.»

El evangelio es, para el cristiano, cosa de poder. ¿Qué es lo que hace que el joven se consagre como misionero a la causa de Dios, deje padre y madre, y se vaya a tierras lejanas? Cosa de poder es lo que lo hace: es el evangelio. ¿Qué es lo que constriñe a aquel ministro, en medio del cólera, a subir aquella crujiente escalera, y detenerse junto al lecho de alguna criatura moribunda aquejada de esa terrible enfermedad? Cosa de poder ha de ser la que lo lleva a arriesgar la vida; es el amor de la cruz de Cristo lo que le manda hacerlo. ¿Qué es lo que capacita a un hombre para levantarse ante una multitud de sus semejantes, quizá del todo sin preparar, pero resuelto a no hablar sino de Cristo y a este crucificado? ¿Qué es lo que le da fuerza para clamar, como el caballo de guerra de Job en la batalla, «¡Ea!», y avanzar glorioso en poder? Cosa de poder es lo que lo hace: es Cristo crucificado. ¿Y qué es lo que da ánimo a aquella tímida mujer para recorrer aquel oscuro callejón en la lluviosa tarde, a fin de ir a sentarse junto a la víctima de una fiebre contagiosa? ¿Qué la fortalece para atravesar aquel antro de ladrones, y pasar junto al disoluto y al profano? ¿Qué la mueve a entrar en aquel osario de muerte, y allí sentarse y susurrar palabras de consuelo? ¿La hace el oro? Son demasiado pobres para darle oro. ¿La hace la fama? Jamás será conocida, ni escrita entre las mujeres ilustres de esta tierra. ¿Qué la hace? ¿Es amor al mérito? No; sabe que no tiene mérito alguno ante el alto cielo. ¿Qué la impulsa a ello? Es el poder del evangelio en su corazón; es la cruz de Cristo; la ama, y por eso dice:

«Si todo el reino de la naturaleza fuera mío,

fuera ofrenda por demás pequeña;

amor tan pasmoso, tan divino,

demanda mi alma, mi vida, mi todo.»

Mas contemplo otra escena. Un mártir va a la hoguera; los alabarderos lo rodean; las multitudes se burlan, pero él marcha con paso firme. Ved, lo atan con una cadena a la cintura, al poste; amontonan haces de leña en torno suyo; se enciende la llama; escuchad sus palabras: «Bendice, alma mía, á Jehová, y todo mi ser bendiga su santo nombre». Las llamas prenden en torno a sus piernas; el fuego lo abrasa hasta el hueso; vedlo alzar las manos y decir: «Yo sé que mi Redentor vive, y aunque el fuego devore este cuerpo, en mi carne he de ver al Señor». Vedlo aferrar el poste y besarlo, como si lo amara, y oídlo decir: «Por cada cadena de hierro con que el hombre me ciñe, Dios me dará una cadena de oro; por todos estos haces de leña, y esta ignominia y vergüenza, aumentará el peso de mi gloria eterna». Ved cómo se consumen todas las partes bajas de su cuerpo; aún vive en el tormento; al fin se inclina, y la parte superior de su cuerpo se desploma; y al caer, le oís decir: «En tus manos encomiendo mi espíritu». ¿Qué prodigioso encanto obraba en él, señores? ¿Qué hizo fuerte a aquel hombre? ¿Qué le ayudó a soportar aquella crueldad? ¿Qué lo mantuvo inmóvil entre las llamas? Fue la cosa de poder; fue la cruz de Jesús crucificado. Porque «a nosotros los salvos, es potencia de Dios».

Mas contemplad otra escena muy distinta. No hay allí muchedumbre; es un aposento silencioso. Hay un pobre jergón, un lecho solitario; un médico de pie al lado. Hay una joven muchacha: su rostro está descolorido por la tisis; largo tiempo ha roído el gusano su mejilla, y aunque a veces asomaba el rubor, era el rubor de muerte de la engañosa tisis. Allí yace, débil, pálida, macilenta, consumida, moribunda; y sin embargo, ved una sonrisa en su rostro, como si hubiera visto un ángel. Habla, y hay música en su voz. La Juana de Arco de antaño no era ni la mitad de fuerte que esta muchacha. Lucha con dragones en su lecho de muerte; pero ved su serenidad, y oíd el soneto de su agonía:

«Jesús, amante de mi alma,

déjame a tu seno huir,

mientras ruedan más cerca las aguas,

mientras aún brama la tempestad.

Escóndeme, oh Salvador mío, escóndeme,

hasta que pase la tormenta de la vida;

guíame seguro hasta el puerto,

¡oh, recibe al fin mi alma!»

Y con una sonrisa cierra los ojos a la tierra, y los abre en el cielo. ¿Qué la capacita para morir así? Es la cosa de poder; es la cruz; es Jesús crucificado.

Me queda poco tiempo para discurrir sobre el otro punto, y lejos esté de mí fatigaros con un sermón largo y prosaico, pero hemos de considerar la otra afirmación: Cristo es, para los llamados, la sabiduría de Dios tanto como la potencia de Dios. Para el creyente, el evangelio es la perfección de la sabiduría; y si no lo parece a los impíos, es a causa de la perversión de juicio consiguiente a su depravación.

Largo tiempo ha dominado la mente pública la idea de que un hombre religioso apenas puede ser un hombre sabio. Ha sido costumbre hablar de los infieles, ateos y deístas como hombres de pensamiento profundo y de vasto entendimiento; y temblar por el polemista cristiano, como si de seguro hubiera de caer bajo la mano de su enemigo. Pero esto es puro error; porque el evangelio es la suma de la sabiduría; un compendio del conocimiento; un tesoro de la verdad; y una revelación de secretos misteriosos. En él vemos cómo pueden desposarse la justicia y la misericordia; aquí contemplamos la ley inexorable enteramente satisfecha, y el amor soberano que arrebata en triunfo al pecador. Nuestra meditación sobre él ensancha la mente; y a medida que se abre a nuestra alma en sucesivos destellos de gloria, quedamos pasmados ante la profunda sabiduría que en él se manifiesta. ¡Ah, queridos amigos! si buscáis la sabiduría, la veréis desplegada en toda su grandeza; no en el equilibrio de las nubes, ni en la firmeza de los cimientos de la tierra; no en la marcha acompasada de los ejércitos del cielo, ni en el movimiento perpetuo de las olas del mar; no en la vegetación con todas sus formas de hadesca belleza; ni en el animal con su maravilloso tejido de nervio, vena y tendón; ni siquiera en el hombre, esa última y más excelsa obra del Creador. Mas volveos y contemplad esta gran visión: ¡un Dios encarnado sobre la cruz; un sustituto que expía la culpa mortal; un sacrificio que satisface la venganza del Cielo, y libra al pecador rebelde! Aquí está la sabiduría esencial; entronizada, coronada, glorificada. Admirad, hombres de la tierra, si no estáis ciegos; y vosotros que os gloriáis en vuestro saber, inclinad la cabeza con reverencia, y confesad que toda vuestra destreza no habría podido idear un evangelio a la vez tan justo para con Dios, y tan seguro para con el hombre.

Recordad, amigos míos, que si bien el evangelio es en sí mismo sabiduría, también confiere sabiduría a los que lo estudian; enseña a los jóvenes prudencia y discreción, y da entendimiento a los sencillos. El hombre que es admirador creyente y amante de corazón de la verdad tal como es en Jesús, está en el lugar justo para proseguir con provecho cualquier otra rama de la ciencia. Confieso que ahora tengo en la cabeza un estante para cada cosa. Cualquier cosa que lea, sé dónde ponerla; cualquier cosa que aprenda, sé dónde guardarla. Antes, cuando leía libros, amontonaba todo mi conocimiento en glorioso desorden; pero desde que conozco a Cristo, he puesto a Cristo en el centro como mi sol, y cada ciencia gira en torno a él como un planeta, mientras las ciencias menores son satélites de esos planetas. Cristo es para mí la sabiduría de Dios. Ahora puedo aprenderlo todo. La ciencia de Cristo crucificado es la más excelente de las ciencias; ella es para mí la sabiduría de Dios. Oh joven, ¡edifica tu estudio en el Calvario! allí levanta tu observatorio, y escudriña por fe las cosas altas de la naturaleza. Tómate una celda de ermitaño en el huerto de Getsemaní, y baña tu frente con las aguas de Siloé. Sea la Biblia tu clásico por excelencia, tu última apelación en los asuntos de disputa. Sea su luz tu lumbre, y llegarás a ser más sabio que Platón, más verdaderamente docto que los siete sabios de la antigüedad.

Y ahora, queridos amigos míos, solemne y encarecidamente, como en la presencia de Dios, apelo a vosotros. Estáis aquí reunidos esta mañana, bien lo sé, por diversos motivos; algunos de vosotros habéis venido por curiosidad; otros sois mis oyentes habituales; unos han venido de un lugar, y otros de otro. ¿Qué me habéis oído decir esta mañana? Os he hablado de dos clases de personas que rechazan a Cristo: el religioso, que tiene una religión de forma y nada más; y el hombre del mundo, que llama locura a nuestro evangelio. Ahora bien, poned la mano sobre vuestro corazón, y preguntaos esta mañana: «¿Soy yo uno de estos?». Si lo sois, andad entonces por la tierra en toda vuestra soberbia; salid como entrasteis; pero sabed que, por todo esto, el Señor os traerá a juicio; sabed que vuestros gozos y deleites se desvanecerán como un sueño, y, «como la fábrica sin cimiento de una visión», serán barridos para siempre. Sabed además esto, oh hombre: que un día, en las salas de Satanás, allá abajo en el infierno, quizá te vea yo entre aquellas miríadas de espíritus que giran para siempre en círculo perpetuo con las manos sobre el corazón. Si tu mano fuere transparente, y tu carne transparente, miraré a través de tu mano y de tu carne, y veré tu corazón por dentro. ¿Y cómo lo veré? ¡Puesto en un estuche de fuego, en un estuche de fuego! Y allí girarás para siempre, con el gusano royendo dentro de tu corazón, gusano que jamás morirá, un estuche de fuego en torno a tu corazón que nunca muere, eternamente atormentado. ¡Gran Dios! no permitas que estos hombres sigan rechazando y despreciando a Cristo; antes sea este el tiempo en que sean llamados.

A los demás de vosotros que sois llamados, nada necesito decir. Cuanto más viváis, más poderoso hallaréis el evangelio; cuanto más profundamente enseñados por Cristo estéis, cuanto más viváis bajo la influencia constante del Espíritu Santo, más conoceréis que el evangelio es cosa de poder, y más comprenderéis también que es cosa de sabiduría. Que toda bendición repose sobre vosotros; ¡y que Dios se encuentre con nosotros al caer la tarde!

«Caven los hombres o los ángeles las minas

donde brilla el áureo tesoro de la naturaleza;

puesto junto a la doctrina de la cruz,

todo el oro de la naturaleza parece escoria.

Si viles blasfemos, con desdén,

declaran vanas las verdades de Jesús,

haremos frente al escándalo y a la afrenta,

y cantaremos y triunfaremos en su nombre.»

Escritura en este sermón 1 Corintios 1:23-24

Dominio público. Texto original de la edición original.