Sermón · 31 min de lectura · Moderada

Cristo, todo en todos

Retrato de Dwight L. Moody Dwight L. Moody

Texto

Colosenses 3:11

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

Moody recorre Colosenses oficio por oficio — Salvador, Redentor, Libertador, Guía, Luz, Maestro, Pastor, el que lleva la carga —, y cada uno responde a una necesidad que el anterior deja al descubierto: ser sacado del agua todavía no es ser rescatado, e Israel fuera de Egipto aún necesitaba camino por el desierto. Se interrumpe reconociendo que la lista no podría terminarse de este lado de la eternidad.

Léase Colosenses 3:11.

Cristo es todo en todos para cada uno que verdaderamente le ha hallado. Él es nuestro Salvador, Redentor, Libertador, Pastor, Maestro, y además desempeña hacia nosotros muchos más oficios, a los cuales deseo llamar vuestra atención.

1. Si acudimos a Lucas 2:10, 11, hallamos que allí se anuncia a Cristo como nuestro

SALVADOR:

«He aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.» Aprendemos a conocer a Cristo como nuestro Salvador, a encontrarnos con Él en el monte Calvario, a contemplarle como el Cordero de Dios ensangrentado, antes de conocerle como nuestro Redentor, Libertador y Pastor. Ahora bien, al mirar en derredor sobre esta vasta asamblea, yo, que no conozco los corazones de la gente, no puedo saber si podéis decir que Cristo es vuestro Salvador. Hay muchos, así lo espero, que pueden decirlo, y que se regocijan en su salvación; mientras que, sin querer ser poco caritativo, temo que hay muchos que nada saben personalmente de Jesús como su Salvador.

Se os ofrece hoy a cada uno de vosotros como Salvador; «Dios le entregó gratuitamente por todos nosotros», para que todos por Él fuésemos salvos. Si pertenecéis a este mundo, puedo probar que tenéis un Salvador. Si pertenecierais a algún otro planeta, como la luna o cualquiera de las estrellas, entonces no podría deciros que se os ofrece un Salvador; porque no está revelado si los habitantes de esos mundos lejanos, aun si están habitados, necesitan salvación o no. Pero esto sí sé: que a todo hombre sobre este globo se le ofrece un Salvador.

LA SALVACIÓN, GRATUITA PARA TODOS.

No simpatizo con aquellos hombres que tratan de limitar la salvación de Dios a unos pocos. Creo que Cristo murió por todos los que quieran venir. He recibido muchas cartas que me reprochan, diciendo que de seguro no creo en la doctrina de la elección. Sí creo en la elección; pero no me corresponde predicar esa doctrina al mundo en general. El mundo nada tiene que ver con la elección; solo tiene que ver con la invitación: «Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.» Ese es el mensaje para el pecador. Yo soy enviado a predicar el evangelio a todos.

Después que hayáis recibido la salvación, podremos hablar de la elección. Es una doctrina para los cristianos, para la Iglesia, no para el mundo inconverso. Nuestro mensaje es: «nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo; que os ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor.» A todo el pueblo se os ofrece este Salvador. Aceptadle, y Dios os aceptará; rechazadle, y Dios os rechazará. Vuestro destino eterno depende de que rehuséis o no aceptar al Salvador ofrecido. El asunto es sencillamente uno de dar y recibir. Dios da; yo recibo. Debemos, pues, ante todo conocer a Cristo como nuestro Salvador.

2. Mas Él es aún más: Él es nuestro

REDENTOR.

Supongamos que yo viera a un hombre caer a un río, y me lanzara a rescatarle; sería para él un salvador—le habría salvado. Pero cuando lo hubiera sacado a la orilla, probablemente lo dejaría allí y no haría nada más.

Pero el Señor hace más. No solo nos salva, sino que nos redime—esto es, nos vuelve a comprar. Nos rescata del poder del pecado, como si yo prometiera velar por aquel hombre rescatado para siempre, y cuidar de que no volviera a caer al agua. El Señor no solo nos salva de la muerte espiritual, sino que nos redime para siempre, de modo que la muerte jamás pueda tocarnos.

LIBERTAD A LOS CAUTIVOS.

Cuando estuve en Richmond, en los Estados Unidos, la gente de color iba a tener una reunión. Era el primer día de su libertad. Fui a la iglesia africana, y nunca antes ni después he oído tales arranques de elocuencia natural. «Madre», dijo uno, «regocíjate hoy. Tu pequeño hijo ha sido vendido de tu lado por última vez; tu posteridad es libre para siempre. ¡Gloria a Dios en las alturas! Jóvenes, habéis oído el látigo del capataz por última vez; ¡hoy sois libres! Doncellas, habéis sido puestas sobre el tablado de subasta por última vez!» Hablaban abiertamente, gritaban de gozo; sus oraciones habían sido respondidas, era el evangelio para ellos. De igual manera Jesucristo proclama libertad a los cautivos. Algunos la han aceptado; algunos, como los pobres negros, apenas creen las buenas nuevas; pero no por ello dejan de ser verdad. Cristo ha venido a redimirnos de la esclavitud del pecado. Ahora bien, ¿quién aceptará esa redención? Había una mujer de color, sirvienta en una posada de los Estados del Sur, que no podía creer que era libre. «¿Soy libre, o no lo soy?», preguntaba a un visitante. Su amo le decía que no lo era, sus hermanos de color le decían que sí. Por dos años había sido libre sin saberlo. Ella representa a muchísimos en la Iglesia de Dios hoy día. Pueden tener libertad, y sin embargo no lo saben.

3. Además, Cristo es nuestro

LIBERTADOR.

Los hijos de Israel no solo fueron salvados y redimidos de la servidumbre de los egipcios, sino que también fueron librados, para que no fueran llevados otra vez a la servidumbre. Muchos temen; piensan que no son capaces de perseverar, y por eso rehúyen hacer profesión de fe. Pero Cristo es poderoso para guardaros de caer; Él es capaz de libraros en la hora oscura de la prueba y la tentación, de todo ardid del maligno, y del lazo del cazador.

En Isaías 49:24 leemos: «¿Será quitada la presa al valiente? ¿o libertará el cautivo justamente tomado? Así dijo Jehová: Cierto, el cautiverio del valiente será quitado, y la presa del robusto será librada; y tu pleito yo lo trataré, y yo salvaré a tus hijos.» Yo le salvaré; yo le libraré. Los hijos de Israel fueron salvados de la cruel servidumbre de Egipto, fueron sacados de la tierra de Gosén; pero aún no estaban plenamente librados. La gran hueste de los egipcios venía atronando tras ellos. No fue sino hasta que hubieron pasado a salvo por el Mar Rojo, el cual, cerrándose tras ellos, tragó a la hueste del enemigo—no fue sino hasta entonces que quedaron libres, que fueron librados.

Y de igual manera, en nuestros tiempos de peligro, hallaremos que es verdad de Cristo: «Libró mi alma»; y otra vez, en Job 33:24: «Que le dijere: Líbrale de descender al sepulcro, que hallé redención. Enternecerase su carne más que de niño, volverá a los días de su mocedad. Orará a Dios, y él le amará; y verá su faz con júbilo: y él restituirá al hombre su justicia. Redimió su alma para que no pasara al sepulcro, y su vida se verá en la luz.»

Aquí tenemos el salvar, el redimir, la liberación del sepulcro. El hombre ha caído en el hoyo profundo, y es allí retenido como cautivo justamente tomado por uno que es poderoso. Si ha de ser sacado de las tinieblas del hoyo para ver la luz, entonces hemos de tener un rescate. Aquí se adelanta Dios, y dice: «Hallé redención.» Cristo es el rescate, y Él nos librará. Proclamad el clamor: «Cristo es nuestro libertador.» Poderoso es para salvar, capaz es para librar.

UN GUÍA.

4. Mas ahora necesitamos algo más. Volved a mirar a los hijos de Israel; cuando hubieron marchado gloriosamente a través del Mar Rojo, habían sido salvados, redimidos y librados; pero ¿era eso todo lo que necesitaban? No; habían sido traídos al desierto. ¿Qué necesitan ahora? Han de tener un camino por donde ir en el desierto sin sendas. Necesitaban un guía. Pues bien, Cristo es el camino y el guía. ¿Estamos en dificultades, en duda, o en perplejidad? Cristo es nuestro camino. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14).

He oído a algunos decir: «Bien, si me convierto y me hago religioso, no sé a qué iglesia iría. Hay tantas iglesias y denominaciones diferentes. Realmente no sé cuál es la verdadera.» De ahí que algunos queden desconcertados, y no sepan cuál es el camino verdadero. Pues bien, yo diría a los tales: Mirad únicamente a Aquel que dice:

«YO SOY EL CAMINO.»

Él es el único camino verdadero, y si queréis alcanzar el reino, solo tenéis que seguirle. Podremos estar en tinieblas, pero Él es capaz de guiarnos por la senda recta. Él es el Pastor de su rebaño. Irá delante de nosotros y nos guiará. Nos llama a que nos levantemos y le sigamos, y nos conducirá por un camino que no conocemos; nos guiará a los pastos delicados, con tal que le miremos a Él.

LA COLUMNA DE NUBE.

Todo lo que los hijos de Israel tenían que hacer era seguir la nube. Si la nube reposaba, ellos reposaban; si la nube avanzaba, entonces ellos se movían. Puedo imaginar que lo primero que hacía Moisés, cuando rompía el gris amanecer, era mirar arriba y ver si la nube seguía sobre el campamento. De noche era una columna de fuego, que alumbraba el campamento y los llenaba del sentir del amparo protector de Dios; de día era una nube que los resguardaba del ardiente calor de los rayos del sol, y los ocultaba de la vista de sus enemigos.

El Pastor de Israel podía guiarlos por el desierto sin sendas. ¿Por qué? Porque Él lo había hecho. Conocía cada grano de arena en él. No podían tener mejor guía a través del desierto que su propio Creador.

Y tú, pecador, ¿puedes, en todas tus dificultades o dudas y temores, tener mejor guía que Jehová? Oh, cuánto me gusta aquel buen y viejo himno:

«Guíame, oh Tú, gran Jehová,

peregrino por esta tierra estéril;

débil soy, mas Tú eres poderoso,

sostenme con tu mano potente.

Pan del cielo,

aliméntame hasta que ya nada me falte.»

Sí, esa es la verdadera oración del pecador desconcertado. Dios es capaz, y aún más, está dispuesto, a guiarnos y a alimentarnos. «Y dísteles pan del cielo en su hambre, y en su sed les sacaste aguas de la piedra» (Nehemías 9:15). Él es aún tan capaz de guiar a cualquiera de nosotros como lo era hace cuatro mil años para guiar a los hijos de Israel: «Porque yo Jehová, no me mudo.» A cada uno de nosotros nos dice: «No temas, yo te guiaré; yo te ayudaré.» ¿No es cosa maravillosa tener a Dios que nos ayude en nuestro camino?

En nuestras tierras del Oeste, cuando los hombres salen de caza a los densos bosques, donde no hay caminos ni sendas de ninguna clase, toman su hacha y cortan una pequeña lasca de la corteza de los árboles a medida que avanzan, y así hallan fácilmente su camino por estas señales. Lo llaman «marcar el camino». Y así, si me permitís la expresión, Cristo ha «marcado el camino». Él mismo ha recorrido el camino, y conociéndolo, nos dice que le sigamos, y Él nos conducirá a salvo a lo alto.

5. Ya hemos visto que Cristo es nuestro Salvador, Redentor, Libertador, Guía, o Camino. Pero Él es más que todo eso;

ÉL ES NUESTRA LUZ.

«Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida.» Tendrá nada menos que la «lumbre de la vida». Sí, es el privilegio de todo cristiano andar bajo un cielo sin nubes.

Pero ¿andamos así, bajo un cielo sin nubes? No; la mayoría de los cristianos están a menudo en tinieblas. Si preguntara a esta congregación si todos andan en la luz, creo que apenas habría uno que, si hablara el verdadero sentir de su corazón, no respondiera: «No, a menudo estoy en tinieblas.» ¿Por qué es esto? Es porque no seguimos a Cristo ni nos mantenemos cerca de Él. Estamos mucho en tinieblas cuando podríamos estar en la luz.

Supongamos que las ventanas de este edificio estuvieran todas cerradas, y nos quejáramos de la oscuridad, ¿qué nos diría cualquiera? Pues nos diría: «Dejad entrar la luz; abrid todas las ventanas en derredor, y pronto tendréis luz en abundancia.» Del mismo modo hemos de dejar entrar a Cristo, que es la luz, y abrir nuestra mente para recibirle, y pronto andaremos en luz. Hay muchísima oscuridad en el tiempo presente, aun en los corazones del propio pueblo de Dios. Pero seguidle a Él, y entonces tendréis luz en abundancia. Entonces Cristo mostrará a cada uno de nosotros que Él es «la Luz»; y hará más aún: nos encenderá con su luz, para que también nosotros resplandezcamos como luces en este mundo tenebroso.

Quiera Dios ayudar a su propio pueblo a

RESPLANDECER CON BRILLO,

a fulgurar en medio de las tinieblas, para que los hombres reconozcan en nosotros que hemos estado con Jesús. Pero recordad: el mundo aborrece la luz. Cristo era la luz del mundo, y el mundo procuró extinguirla en el Calvario. Ahora Él ha dejado a su pueblo para que resplandezca. «Vosotros sois la luz del mundo.» Nos ha dejado aquí para que brillemos. Quiere que seamos «epístolas vivas, conocidas y leídas de todos los hombres». El mundo de seguro nos observará, y os leerá a vosotros y a mí. Si somos inconsecuentes, podéis estar seguros de que el mundo tomará ocasión para tropezar en nosotros.

El mundo halla dificultades de sobra en el camino; procuremos que nosotros los cristianos no añadamos más tropiezos con nuestro andar poco semejante a Cristo. ¡Ayúdenos Dios a mantener nuestras luces ardiendo claras y brillantes! Allá en el Oeste, un amigo mío iba caminando por una de las calles una noche oscura, y vio venir hacia él a un hombre con un farol. Al acercarse a él, notó por la luz brillante que el hombre no tenía ojos. Pasó de largo, pero le asaltó el pensamiento: «De seguro ese hombre es ciego.» Se volvió y le dijo: «Amigo, ¿no es usted ciego?» «Sí.» «Entonces, ¿para qué lleva el farol?» «Llevo el farol para que la gente no tropiece conmigo, por supuesto», dijo el ciego. Tomemos una lección de aquel ciego, y alcemos en alto nuestra luz, ardiendo con el claro resplandor del cielo, para que los hombres no tropiecen con nosotros.

6. Los que objetan han dicho que todo es «luz de luna» eso de que el pueblo de Cristo sean luces en el camino. Pues bien, eso es justamente lo que creemos; reflejamos la luz de Cristo.

LUZ REFLEJADA.

Tal como la luz de la luna, nuestra luz es luz prestada. Cuando vivimos en la luz de nuestro Salvador, resplandecemos con su luz: algo así como el rostro de Moisés, que resplandeció después de haber estado en el monte con Dios. Vivamos en una atmósfera de cielo, y no podremos menos que resplandecer. Pero siempre que nos abatimos y flaqueamos en la fe, de seguro perdemos nuestra luz.

Recuerdo que durante la guerra americana estuve en una reunión de oración. Todos estábamos muy oscuros y sombríos. Las cosas nos habían ido en contra por algún tiempo. Al fin se levantó un anciano y dijo: «¿Qué nos pasa, que estamos desanimados y tristes? Es simplemente nuestra falta de fe.» Moisés, Josué y David fueron hombres fuertes en la fe. Creyeron, y por eso Dios los honró. ¿De dónde viene nuestra falta de fe? Dios no ha muerto. Es tan poderoso, tan dispuesto a ayudar hoy como lo fue siempre. ¿Por qué, entonces, no estamos llenos de fe en Él? Deshonra a Dios olvidar que Él aún tiene poder, aunque nuestros ejércitos sean derrotados y todo parezca oscuro y sombrío.

ELEVARSE SOBRE LAS NUBES.

Os contaré lo que me sucedió hace algún tiempo cuando estaba en el Oeste. Quería alcanzar la cumbre de una de las montañas del Oeste. Me habían dicho que el amanecer era muy hermoso visto desde la cumbre. Llegamos una tarde a la casa de descanso a mitad de camino, donde habíamos de reposar hasta la medianoche, y luego partir hacia la cima. Pronto un pequeño grupo de nosotros emprendió la marcha con un buen guía. Al poco rato comenzó a llover, y luego se desató una verdadera tormenta de truenos y relámpagos. Pensé que de poco servía seguir adelante, y dije al guía: «Me parece que más nos vale volver atrás; no veremos nada esta mañana, con todas estas nubes.» «Oh», dijo el guía, «espero que pronto atravesaremos estas nubes, y nos elevaremos sobre ellas, y entonces tendremos una vista gloriosa.» Así que seguimos adelante, mientras los truenos retumbaban junto a nuestros oídos. Pero pronto empezamos a elevarnos por encima de la nube de tormenta; el aire estaba del todo despejado, y cuando salió el sol tuvimos una espléndida vista de sus rayos al teñir las cumbres de los cerros; y entonces, cuando el glorioso resplandor del sol comenzó a irrumpir donde estábamos, pudimos ver la nube oscura muy por debajo de la altura de nuestra montaña. Eso es lo que el pueblo de Dios necesita—elevarse al aire despejado por encima de las nubes tempestuosas, y

SUBIR MÁS ALTO

muy arriba, hasta el pico de la montaña. Allí recibiréis los primeros rayos del Sol de justicia, muy por encima de las nubes y las brumas. Algunos de vosotros tal vez estéis en gran oscuridad y tristeza; pero no temáis, subid más alto, acercaos más al Maestro, y pronto recibiréis sus rayos brillantes sobre vuestra propia alma, y ellos resplandecerán de vuelta sobre los demás.

MANTENED ENCENDIDAS LAS LUCES DE ABAJO.

Hemos de vivir como hijos de la luz, no como hijos de las tinieblas. Si estamos oscuros y afligidos, ¿cómo ha de saber el mundo que somos hijos de paz, de gozo y de alegría? Nuestra determinación ha de ser mantener nuestras luces ardiendo. Hace algunos años, a la entrada del puerto de Cleveland había dos luces, una a cada lado de la bahía, llamadas la luz de arriba y la luz de abajo; y para entrar al puerto con seguridad de noche, las naves debían avistar ambas luces. Estos lagos del Oeste son a veces más peligrosos que el gran océano. Una noche salvaje y tempestuosa, un vapor trataba de abrirse paso hacia el puerto. El capitán y el piloto vigilaban ansiosos en busca de las luces. Al cabo se oyó al piloto decir: «¿Ves las luces de abajo?» «No», fue la respuesta; «pero temo que ya las hemos pasado.» «¡Ah, allí están las luces!», dijo el piloto, «y han de ser, por el peñasco sobre el que se alzan, las luces de arriba. Hemos pasado las luces de abajo, y hemos perdido la oportunidad de entrar al puerto.» ¿Qué había de hacerse? Miraron atrás, y vieron el tenue perfil del faro de abajo contra el cielo. Las luces se habían apagado. «¿No puedes virar la proa?» «No; la noche está demasiado brava para eso. No obedece al timón.» La tormenta era tan espantosa que nada podían hacer. Intentaron de nuevo dirigirse al puerto, pero fueron a estrellarse contra las rocas, y se hundieron hasta el fondo. Muy pocos escaparon; la gran mayoría halló una tumba en las aguas. ¿Por qué? Sencillamente porque las luces de abajo se habían apagado.

Y en cuanto a nosotros, las luces de arriba están bien. Cristo mismo es la luz de arriba, y nosotros somos las luces de abajo, y el clamor para nosotros es: mantened encendidas las luces de abajo; eso es lo que tenemos que hacer. En el lugar donde Dios nos ha puesto, Él espera que resplandezcamos, que seamos testigos vivientes, que seamos una luz clara y resplandeciente. Mientras estemos aquí, nuestra obra es resplandecer para Él, y Él nos conducirá a salvo a la ribera bañada de sol de Canaán, donde ya no hay más noche.

7. Pero Cristo es más que nuestra Luz en el camino; porque Él es

NUESTRO MAESTRO.

¡Qué cosa maravillosa tener un maestro enviado del cielo! «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada» (Santiago 1:5).

«Si alguno tiene falta de sabiduría»: temo que hay muchísimos de nosotros que tenemos falta de sabiduría, y aun los mejores de entre nosotros estaremos a veces en perplejidad. Hay momentos en la vida de todos nosotros en que parecemos estar en un aprieto; nos quedamos parados y decimos: «¿Qué haré? No sé cuál es el mejor camino.» Oh, dejadlo con Dios, ¡Él mismo será nuestro maestro!

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí.» He aquí un maestro maravilloso. Ha tenido una escuela por muchos miles de años; ha tenido a los mejores hombres en su escuela; pero todavía hay lugar para otro discípulo. Su colegio aún no está demasiado lleno, y el maestro es Aquel enviado del cielo. Cualquiera, cada uno en esta asamblea, puede unirse a esta escuela. Jesús os dará allí la bienvenida. ¿Estáis en duda acerca de algo? Preguntad a Jesús; Él os lo dirá.

Pecador angustiado, busca al buen maestro, como lo hizo Nicodemo: «Maestro, sabemos que has venido de Dios por maestro.» Si le buscas así, Él te dirigirá. Te guardará, y te llevará a delicados pastos y junto a aguas de reposo. El otro día encontré a una mujer que estaba llena de dudas y fantasías de incredulidad. No podía creer. La lectura, durante largo tiempo, de obras incrédulas había echado un manto oscuro y sombrío sobre su mente. Me entristeció verla en tal estado. Algunos de vosotros tal vez seáis como ella. Quisiera que tomarais a Cristo por vuestro maestro, y entonces toda la oscuridad huiría.

Cristo es capaz de enseñarnos. Ved cómo enseñó a los discípulos. Nunca se cansó de que aprendieran de Él. Así también nos enseñará a nosotros, con tal que le escuchemos.

EL VIEJO JUEZ CONVERTIDO.

Recuerdo que, al salir de la reunión de oración diaria en una de nuestras ciudades americanas hace algunos años, una dama dijo que deseaba hablar conmigo; su voz temblaba de emoción, y al punto vi que algo la agobiaba pesadamente. Dijo que hacía mucho que oraba por su marido, y quería saber si yo iría a verle; pensaba que podría hacerle algún bien. ¿Cómo se llama? «El juez ---», y mencionó a uno de los políticos más eminentes del Estado. «He oído de él», dije; «me temo que no necesito ir; es un incrédulo declarado; no puedo discutir con él.» «No es eso lo que él necesita», dijo la dama. «Ya ha tenido demasiada discusión. Vaya y háblele de su alma.» Dije que iría, aunque no estaba muy esperanzado. Fui a su casa, se me hizo pasar a su cuarto, y me presenté diciendo que había venido a hablarle de la salvación. «Entonces ha venido usted en un recado muy necio», dijo; «de nada sirve atacarme, se lo digo. Estoy a prueba contra todas estas cosas, no creo en ellas.»

Pues bien, vi que de nada servía discutir con él; así que dije: «Oraré por usted, y quiero que me prometa que, cuando se convierta, me lo hará saber.» «Oh, sí, se lo haré saber», dijo en tono de sarcasmo. «¡Oh, sí, le haré saber cuándo me convierta!» Le dejé, pero seguí orando por él. Algún tiempo después supe que el viejo juez se había convertido. Estaba yo predicando de nuevo en aquella ciudad un tiempo después, y cuando hube terminado de hablar, el juez mismo se acercó a mí y dijo: «Prometí que le haría saber cuándo me convirtiera; he venido a decírselo. ¿No lo ha oído?» «Sí; pero me gustaría oír de usted mismo cómo sucedió.»

«Pues bien», dijo el juez, «una noche, algún tiempo después de que usted me visitó, mi esposa había ido a la reunión; no había nadie en la casa salvo los sirvientes. Estaba yo sentado junto al fuego de la sala, y comencé a pensar: Supongamos que mi esposa tiene razón, que hay un cielo y un infierno; y supongamos que ella va por el buen camino al cielo, ¿adónde voy yo? Simplemente deseché el pensamiento. Pero vino un segundo pensamiento: De seguro Aquel que me creó es capaz de enseñarme. Sí, pensé, así es. Entonces, ¿por qué no pedírselo? Luché contra ello, pero al fin, aunque era demasiado orgulloso para ponerme de rodillas, simplemente dije: ‹Padre, todo está oscuro; Tú que me creaste puedes enseñarme.›

De algún modo, cuanto más oraba, peor me sentía. Estaba muy triste. No quería que mi esposa volviera a casa y me hallara así, de modo que me escabullí a la cama, y cuando ella entró en el cuarto fingí estar dormido. Se puso de rodillas y oró. Sabía que oraba por mí, y que por muchos largos años lo había estado haciendo. Sentí como si hubiera podido levantarme de un salto y arrodillarme a su lado; pero no, mi corazón orgulloso no me lo permitía, así que me quedé quieto, fingiendo estar dormido. Pero no dormí aquella noche. Pronto cambié mi oración; ahora era: ‹Oh Dios, sálvame; quita esta terrible carga.›

Aún no creía en Cristo. Pensé que iría derecho al Padre mismo. Pero cuanto más oraba, más miserable me volvía; mi carga se hacía más pesada. A la mañana siguiente no quería ver a mi esposa, así que dije que ‹no me sentía bien, y que no esperaría al desayuno›. Fui a la oficina, y cuando llegó el muchacho lo mandé a casa de asueto. Cuando llegaron los empleados les dije que podían irse por el día. Cerré las puertas de la oficina: quería estar a solas con Dios. Estaba casi frenético en la agonía de mi corazón. Clamé a Dios que quitara esta carga de pecado. Al fin caí de rodillas, y clamé: ‹Por amor de Jesucristo, quita esta carga de pecado.› Por último fui al pastor de mi esposa, que había estado orando con ella por mi conversión durante años, el mismo ministro que había orado con mi madre antes de que ella muriera. Mientras caminaba calle abajo, vino a mi mente el versículo que mi madre me había enseñado: ‹Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá.› Pues bien, pensé, he pedido a Dios, y aquí voy a pedir a un hombre. No iré. Creo que soy cristiano. Me volví y fui a casa. Encontré a mi esposa en el zaguán al entrar. Le tomé la mano y dije: ‹Ahora soy cristiano.› Se puso muy pálida; había estado orando por mí durante veintiún años, y sin embargo no podía creer que la respuesta hubiera llegado. Entramos en nuestro cuarto, y nos arrodillamos junto a la misma cama donde ella tantas veces se había arrodillado para orar por su marido. Allí erigimos nuestro altar familiar; y por primera vez nuestras voces se unieron en oración. Y solo puedo decir que los últimos tres meses han sido los más felices que jamás pasé en mi vida.»

Desde entonces aquel juez ha vivido una vida cristiana consecuente; y todo porque vino a Dios pidiendo dirección.

Si hay alguno aquí hoy cuya mente esté llena de tales pensamientos de incredulidad, id honradamente a Dios, y Él os enseñará el camino recto a través del oscuro desierto de la incredulidad. No os dejará en tinieblas ni en duda. Es obra propia del diablo llevar a los hombres a tales dudas; bien sabe él que una vez que los tiene allí, los tiene bastante seguros.

Es obra de Satanás manteneros en ignorancia o duda. Es obra de Dios enseñaros. El maestro es Cristo; Él ha sido designado por Dios para esta obra. Ayúdenos Dios a todos a aceptarle como nuestro maestro.

8. Ya hemos visto a Cristo como nuestro Salvador, Redentor, Libertador, Guía, Luz y Maestro. Pero Él es aún más; Él es también

NUESTRO PASTOR.

Un pensamiento muy dulce es para mí: «Jehová es mi pastor; nada me faltará.»

No hay aquí uno solo, salvo los muy pequeñitos, que no entienda la labor de un pastor. Vela por su rebaño, lo protege del peligro, lo alimenta, lo conduce a los mejores pastos. En verdad, el Salmo 23 no es sino una declaración de los deberes de un buen pastor: «Jehová es mi pastor; nada me faltará», etcétera.

Deseáis ser alimentados; ¿vais a andar vagando en busca de algo que satisfaga los anhelos de vuestra alma? Entonces os digo que jamás hallaréis nada que satisfaga los anhelos de vuestro corazón. El mundo no puede, ni jamás pudo, satisfacer a un alma hambrienta. El Señor Jesús sí puede—Él es el verdadero Pastor. Busca restaurar vuestra alma, y llevaros de vuelta a las sendas de justicia. Aun hasta la muerte os conducirá, y a salvo por su sombra os guiará a una tierra mejor. Madre, padre, ¿le reclamaréis como vuestro Pastor?

Joven, muchacha, ¿le tendréis como vuestro Pastor?

Hijito mío, ¿tendrás a Jesús como tu Pastor? Él te conducirá con seguridad y suavidad.

Podéis, todos vosotros, si queréis. Porque «Dios le entregó gratuitamente por todos nosotros», para tenernos por su rebaño. Nos conducirá por la vida, hasta las riberas del Jordán; nos hará pasar el río oscuro hasta su reino. Es un Pastor tierno y amoroso.

A veces encuentro personas en la sala de los angustiados que abrigan sentimientos duros y amargos contra Dios, generalmente porque han sido afligidas. Una madre me dijo el otro día: «Ah, señor Moody, Dios ha sido injusto conmigo; ha venido y se ha llevado a mi hijo.» Queridas madres afligidas, ¿no ha trasladado Dios a vuestros hijos a una vida pura y feliz? Tal vez no lo entendáis ahora, pero lo entenderéis con el tiempo. Él quiere conduciros allá arriba.

EL PASTOR DE ORIENTE.

Un amigo mío, que había estado en tierras de Oriente, me contó que vio a un pastor que quería que su rebaño cruzara un río. Él mismo se metió en el agua y los llamó; pero no, no querían seguirle al agua. ¿Qué hizo? Pues se ciñó los lomos y tomó un corderito bajo cada brazo, y se lanzó de lleno a la corriente, y la cruzó sin siquiera volver la vista. En cuanto alzó los corderos, las ovejas viejas levantaron la mirada a su rostro y comenzaron a balar por ellos; pero cuando él se lanzó al agua, las madres se lanzaron tras él, y entonces todo el rebaño le siguió. Cuando llegaron al otro lado, dejó en tierra los corderos, y pronto se les unieron sus madres, y hubo un feliz reencuentro.

Mi amigo dice que notó que los pastos del otro lado eran mucho mejores y los campos más verdes; y por esta razón el pastor los conducía a cruzar. Nuestro gran Pastor de Palestina hace eso. Ese hijo que Él ha tomado de la tierra no está sino trasladado a los verdes pastos de Canaán, y el Pastor se propone atraer tras él vuestros corazones, para enseñaros a «poner la mira en las cosas de arriba». Cuando Él ha tomado a vuestra pequeña María, Edith o Julia, aceptadlo como un llamado a mirar hacia arriba y más allá. Tú, madre, ¿lloras amargas lágrimas por tu pequeñita? ¡No llores! Tu hijo ha ido al lugar donde no hay ni llanto ni tristeza. ¿Querrías que volviera? De seguro que nunca.

Cristo es nuestro Pastor—fiel y amoroso. Aunque la enfermedad, o la aflicción, o aun la muerte misma, venga a nuestra casa y reclame a nuestros seres más queridos, no por eso están perdidos, sino solo idos delante. Ayúdenos Dios a cada uno de nosotros a tenerle como nuestro Pastor.

Si el tiempo lo permitiera, quisiera tratar el tema de Cristo como nuestra Justificación, nuestra Sabiduría, nuestra Justicia, el Amigo más conjunto que un hermano; pero tomaría toda una eternidad contar lo que Cristo es para su pueblo, y lo que hace por ellos.

Recuerdo que, cuando predicaba sobre este tema en Escocia, después de haber terminado, dije a un hombre que «lamentaba no poder acabar el tema por falta de tiempo». «¿Acabar el tema?», dijo el escocés, «vaya, eso requeriría toda la eternidad, y aun entonces no quedaría completo; será la ocupación del cielo.»

9. Una vez más, miremos a Cristo como

EL QUE LLEVA NUESTRAS CARGAS.

Oh, cómo me gusta pensar en Él como el portador de nuestras cargas, tanto como el portador de nuestro pecado. Él lleva nuestros pecados, aunque son más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza. Por grandes y terribles que sean estas cargas, Dios las ha puesto todas sobre Jesús.

«Oh Cristo, ¡qué cargas inclinaron tu cabeza!

Nuestro fardo fue puesto sobre Ti.»

Ese aspecto de su llevar cargas ya lo hemos considerado en su obra como Salvador y Redentor. Deseo ahora tomar el dulce pensamiento que ha sido un gran consuelo para mí.

«Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.» ¿No es glorioso saber que tenemos tal Salvador? ¿Podéis sentir que Él ha alzado vuestra carga de vuestros hombros para ponerla sobre los suyos? Entonces sentiréis liviano el corazón.

UN CORAZÓN LIVIANO.

En cierta ocasión, después de haber hablado de esta manera, una mujer se adelantó y dijo: «Oh, señor Moody, muy bien está que usted hable así, de un corazón liviano. Pero usted es un hombre joven, y si tuviera una carga pesada como la mía, hablaría de otro modo. Yo no podría hablar de esa manera; mi carga es demasiado grande.» Respondí: «Pero no es demasiado grande para Jesús.» «Oh», dijo ella, «no puedo echarla sobre Él.» «¿Por qué no? De seguro no es demasiado grande para Él. No es que Él sea débil. Sino que es porque usted no quiere dejársela. Es usted como muchos otros. No quieren dejársela a Él. Andan abrazando su carga, y sin embargo clamando contra ella. Lo que el Señor quiere es que usted se la deje a Él, que le permita llevarla por usted. Entonces tendrá un corazón liviano, la tristeza huirá, y no habrá más gemidos. ¿Cuál es su carga, amiga mía, que no puede dejar con Cristo?» Ella respondió: «Tengo un hijo que anda errante sobre la faz de la tierra. Nadie sino Dios sabe dónde está.» «¿No puede Cristo hallarle, y traerle de vuelta?» «Supongo que puede.» «Entonces vaya y dígaselo a Jesús, y pídale que la perdone por dudar de su poder y su buena voluntad; usted no tiene derecho a desconfiar de Él.» Ella se marchó muy consolada, ¡y creo que finalmente le fue restituido su muchacho errante!

LA ORACIÓN DE UNA MADRE RESPONDIDA.

Esta circunstancia me recuerda a un padre y una madre piadosos de nuestro país, cuyo hijo mayor había ido a Chicago a un empleo. Un vecino suyo estaba en la ciudad por algún asunto, y encontró al joven tambaleándose por las calles, borracho. Pensó: «¿Cómo he de decírselo a sus padres?» Cuando volvió a su aldea, fue y llamó aparte al padre, y se lo dijo. Fue un golpe terrible para aquel padre, pero no dijo nada a la madre hasta que los pequeños se hubieron ido todos a descansar; los sirvientes se habían retirado, y todo estaba en calma en aquella pequeña granja de las praderas del Oeste. Acercaron sus sillas a la mesita de la sala, y entonces él le dio la triste noticia. «Han visto a nuestro hijo borracho en las calles de Chicago—borracho.» Ah, aquella madre quedó hondamente herida; no durmieron mucho aquella noche, sino que pasaron las horas en fervientes oraciones por su hijo. Hacia el amanecer, la madre sintió una íntima certeza de que todo iría bien. Le dijo al padre «que lo había echado sobre el Señor, que había dejado a su hijo con Jesús, y que sentía que Él lo salvaría». Una semana después, el joven salió de Chicago, hizo un viaje de trescientas millas hacia el interior; y cuando llegó a su hogar, entró y dijo: «Madre, he vuelto a casa para pedirte que ores por mí.» Ah, su oración había llegado al cielo; ella había echado su carga sobre Jesús, y Él la había llevado por ella. Él tomó la carga, presentó su oración rociada con la sangre expiatoria, y logró que fuera respondida. A los dos días aquel joven regresó a Chicago gozándose en el Salvador. ¡Qué cosa tan maravillosa es tener a Cristo como el que lleva nuestras cargas! ¡Cuán fáciles, cuán livianos se vuelven nuestros cuidados cuando se echan sobre Él!

¿Dices que Cristo no es nada para ti? Si es así, es solo porque no quieres tenerle. Él es, para todos los que quieran aceptarle, un Salvador de la muerte, un Redentor del poder del pecado, un Libertador de nuestros enemigos, un Guía a través del desierto; Él es el Camino mismo, es la Luz en las tinieblas, es Maestro para su pueblo, es el Pastor de su rebaño, nuestra Justificación, Sabiduría, Justicia, Hermano Mayor, el que lleva nuestras cargas. Él es, en efecto, «nuestro todo en todos».

Ven, pues, a Cristo; oh, ven hoy,

el Padre, el Hijo y el Espíritu dicen,

la Esposa repite el llamado,

porque Él limpiará tus culpables manchas,

su amor aliviará tus fatigados dolores,

porque Cristo es Todo en todos.

Escritura en este sermón Colosenses 3:11Job 33:24

Dominio público. Texto original de la edición original.