Sed llenos del Espíritu
Charles G. Finney

Sermón · 37 min de lectura · Moderada

Sed llenos del Espíritu

Retrato de Charles G. Finney Charles G. Finney

Texto

Efesios 5:18

En breve

El mismo Dios que dice «No os embriaguéis» dice también «Sed llenos de Espíritu». Finney sostiene que vivir sin el Espíritu es desobediencia, no desgracia. Señala lo que contrista y aleja al Espíritu (la falta de sinceridad, la ligereza, la mundanalidad, las faltas no confesadas) y advierte que a los llenos del Espíritu los llamarán excéntricos, pero tendrán paz con Dios y serán muy útiles.

Sed llenos de Espíritu.

VARIAS de mis últimas conferencias han tratado de la oración y de la importancia de tener el espíritu de oración, la intercesión del Espíritu Santo. Siempre que se presentan la necesidad y la importancia de las influencias del Espíritu, no cabe duda de que las personas corren el peligro de abusar de la doctrina y torcerla para su propio daño. Por ejemplo, cuando decís a los pecadores que sin el Espíritu Santo nunca se arrepentirán, son muy propensos a torcer la verdad y entender por ella que no pueden arrepentirse y que, por tanto, no tienen obligación alguna de hacerlo hasta que sientan el Espíritu. A menudo es difícil hacerles ver que todo ese «no puedo» consiste en su falta de voluntad, y no en su incapacidad. Del mismo modo, cuando decimos a los cristianos que necesitan la ayuda del Espíritu en la oración, se inclinan mucho a pensar que no están obligados a hacer la oración de fe hasta que sientan las influencias del Espíritu. Pasan por alto su obligación de ser llenos del Espíritu y esperan a que el espíritu de oración venga sobre ellos sin pedirlo, y así tientan a Dios.

Antes de pasar a considerar el otro apartado de los medios para promover un avivamiento, es decir, los medios que han de usarse con los pecadores, quiero mostraros que, si vivís sin el Espíritu, no tenéis excusa. La obligación de cumplir el deber nunca descansa en la condición de que primero tengamos la influencia del Espíritu, sino en las facultades de la agencia moral. Nosotros, como agentes morales, tenemos el poder de obedecer a Dios y estamos plenamente obligados a obedecerle, y la razón por la que no lo hacemos es que no queremos. Las influencias del Espíritu son enteramente un asunto de gracia. Si fueran indispensables para capacitarnos a cumplir el deber, concederlas no sería un acto de gracia, sino una mera cuestión de justicia común. Los pecadores no están obligados a arrepentirse porque tengan la influencia del Espíritu, o porque puedan obtenerla, sino porque son agentes morales y tienen las facultades que Dios les exige ejercer. Lo mismo sucede con los cristianos. No están obligados a orar con fe porque tengan el Espíritu (salvo en aquellos casos en que sus influencias, al engendrar el deseo, constituyen la evidencia de que es la voluntad de Dios conceder lo deseado), sino porque tienen evidencia. No están obligados en absoluto a orar con fe, salvo cuando tienen evidencia como fundamento de su fe. Deben tener evidencia de las promesas, o de un principio, o de la profecía, o de la providencia. Y donde tienen evidencia independiente de sus influencias, están obligados a ejercer la fe, tengan o no la influencia del Espíritu. Están obligados a ver la evidencia y a creer. El Espíritu se da no para capacitarlos para ver o creer, sino porque sin él no quieren mirar, ni sentir, ni obrar como deben. Me propongo esta noche mostrar a partir del texto:

I. Que los cristianos pueden ser llenos del Espíritu de Dios.

II. Que es su deber ser llenos del Espíritu.

III. Por qué no son llenos del Espíritu.

IV. La culpa de quienes no tienen el Espíritu de Dios para guiar su mente en el deber y en la oración.

V. Las consecuencias que seguirán si son llenos del Espíritu.

VI. Las consecuencias si no lo son.

I. He de mostraros que podéis tener el Espíritu. No porque sea un asunto de justicia que Dios os dé su Espíritu, sino porque él ha prometido darlo a los que lo pidan. «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él?». Si pedís el Espíritu Santo, Dios ha prometido darlo.

Pero además, Dios os ha mandado tenerlo. Dice en el texto: «Sed llenos de Espíritu». Cuando Dios nos manda hacer algo, esa es la mayor evidencia posible de que podemos hacerlo. Que Dios mande equivale a un juramento de que podemos hacerlo. No tiene derecho a mandar a menos que tengamos poder para obedecer. No hay manera de detenerse antes de concluir que Dios es un tirano infinito, si manda lo que es imposible de cumplir.

II. He de mostraros, en segundo lugar, que es vuestro deber.

1. Porque tenéis una promesa de ello.

2. Porque Dios lo ha mandado.

3. Es esencial para vuestro propio crecimiento en la gracia que seáis llenos del Espíritu.

4. Es tan importante como que seáis santificados.

5. Es tan necesario como que seáis útiles y hagáis el bien en el mundo.

6. Si no tenéis en vosotros el Espíritu de Dios, deshonraréis a Dios, avergonzaréis a la iglesia, y moriréis e iréis al infierno.

III. Por qué muchos no tienen el Espíritu. Hay algunos, aun entre los que profesan la religión, que dirán: «Yo no sé nada de esto; nunca he tenido semejante experiencia; o no es verdad, o yo estoy del todo equivocado». Sin duda estás del todo equivocado si no sabes nada de la influencia del Espíritu. Quiero presentaros algunas de las razones que pueden impediros ser llenos del Espíritu.

1. Puede ser que llevéis una vida hipócrita. Vuestras oraciones no son fervientes ni sinceras. No solo vuestra religión es una mera apariencia exterior, sin corazón, sino que sois insinceros en vuestro trato con los demás. Así hacéis muchas cosas que contristan al Espíritu, de modo que él no puede morar con vosotros.

Un ministro se hospedaba una vez en cierta familia, y la señora de la casa se quejaba constantemente de que no tenía paz en su alma y de que nada parecía ayudarla. Un día vinieron a visitarla unas señoras, y ella protestó que estaba muy ofendida porque no la habían visitado antes, les insistió en que se quedaran a pasar el día y declaró que no podía consentir en dejarlas marchar. Ellas, sin embargo, se excusaron y salieron de la casa, y en cuanto se fueron, dijo a su criada que no entendía cómo esa gente tenía tan poco juicio como para estar siempre molestándola y quitándole el tiempo. El ministro lo oyó, la reprendió inmediatamente y le dijo que ahora podía ver por qué no gozaba de la religión. Era porque tenía el hábito diario de una insinceridad que equivalía a mentir descaradamente. Y el Espíritu de verdad no podía morar en un corazón así.

2. Otros tienen tanta liviandad que el Espíritu no quiere morar con ellos. El Espíritu de Dios es solemne y serio, y no morará con quienes se entregan a una liviandad irreflexiva.

3. Otros son tan orgullosos que no pueden tener el Espíritu. Son tan aficionados a los vestidos, a la vida de alta sociedad, a los carruajes, a la moda, etc., que no es de extrañar que no sean llenos del Espíritu. ¡Y sin embargo tales personas fingirán no saber por qué no gozan de la religión!

4. Algunos son de mente tan mundana, aman tanto los bienes y se esfuerzan tanto por enriquecerse, que no pueden tener el Espíritu. ¿Cómo puede él morar con ellos, cuando todos sus pensamientos están puestos en las cosas del mundo y todas sus facultades absorbidas en procurarse riquezas? Y cuando las consiguen se aferran a ellas, y les duele que la conciencia los apremie a hacer algo por la conversión del mundo. Muestran cuánto aman el mundo en todo su trato con los demás. Las cosas pequeñas lo revelan. Al pobre que les hace un pequeño trabajo le apretarán hasta el último centavo. Si negocian en gran escala, es muy probable que sean generosos y justos, porque les conviene. Pero si se trata de alguien que no les importa, un jornalero, un artesano o un criado, lo exprimirán hasta la última fracción, sin importar lo que el trabajo realmente valga; y hasta pretenden hacer de ello un caso de conciencia, diciendo que de ningún modo pueden dar más. Ahora bien, se avergonzarían de tratar así a personas de su propia clase, porque se sabría y dañaría su reputación. Pero Dios lo sabe, y lo tiene todo escrito: que son codiciosos e injustos en sus tratos y que no obran con rectitud sino cuando les conviene. ¿Cómo pueden, pues, tales profesantes tener el Espíritu de Dios? Es imposible.

Hay una multitud de cosas así con las que se contrista al Espíritu de Dios. La gente las llama pecados pequeños, pero Dios no los llamará pequeños. Me impresionó este pensamiento cuando vi un pequeño aviso en el Evangelist. Los editores declaraban que tenían muchos miles de dólares en manos de los suscriptores, justamente debidos, y que les costaría tanto como valían enviar un agente a cobrarlos. Supongo que así ocurre con todos los demás periódicos religiosos: los suscriptores o bien obligan al editor a la molestia y el gasto de enviar un agente a cobrar lo que se le debe, o bien lo estafan. Sin duda hay no sé cuántos miles de dólares retenidos de esta manera por los que profesan la religión, solo porque se trata de sumas tan pequeñas, o porque están tan lejos que no se les puede demandar. ¡Y sin embargo esas personas orarán, parecerán muy piadosas y se preguntarán por qué no pueden gozar de la religión y tener el Espíritu de Dios! Es esta laxitud de principios morales, esta falta de conciencia en las cosas pequeñas, que prevalece en la iglesia, lo que ahuyenta al Espíritu Santo. Pues sería una deshonra para Dios morar y tener comunión con tales personas, que se aprovechan de su prójimo y lo defraudan en lo que le corresponde porque pueden hacerlo sin quedar deshonradas.

5. Otros no confiesan plenamente ni abandonan sus pecados, y por eso no pueden gozar de la presencia del Espíritu. Confesarán sus pecados en términos generales, quizá, y siempre están dispuestos a reconocer que son pecadores. O confesarán parcialmente algunos pecados concretos. Pero lo hacen con reservas, con orgullo, con cautela, como si temieran decir un poco más de lo necesario; es decir, cuando confiesan a los hombres los agravios que les han hecho. Lo hacen de un modo que muestra que la confesión, en vez de brotar de un corazón franco, les es arrancada por la mano de la conciencia que los aprieta. Si han agraviado a alguien, harán una retractación parcial, dura de corazón, cruel e hipócrita, y luego preguntarán: «Bueno, hermano, ¿estás satisfecho?». Y sabéis que sería muy difícil para una persona decir que no está satisfecha, aunque la confesión sea fría y sin corazón. Pero yo os digo que Dios no está satisfecho. Él sabe si habéis llegado hasta el final de una confesión honesta y habéis tomado toda la culpa que os corresponde. Si vuestras confesiones han sido forzadas y arrancadas de vosotros, ¿pensáis que podéis engañar a Dios? «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia». «El que se humilla será ensalzado». A menos que os humilléis del todo, confeséis honestamente vuestros pecados y reparéis el daño donde lo hayáis causado, no tenéis derecho a esperar el espíritu de oración.

6. Otros descuidan algún deber conocido, y esa es la razón por la que no tienen el Espíritu. Uno no ora con su familia, aunque sabe que debe hacerlo, ¡y sin embargo trata de obtener el espíritu de oración! Hay más de un joven que siente en su corazón que debe prepararse para el ministerio, y no tiene el espíritu de oración porque tiene a la vista algún objetivo mundano que le impide dedicarse a la obra. Ha conocido su deber y se niega a cumplirlo, y ahora ora pidiendo dirección al Espíritu de Dios. No puede tenerla. Otro ha descuidado hacer profesión de fe. Conoce su deber, pero se niega a unirse a la iglesia. Una vez tuvo el espíritu de oración, pero al descuidar su deber contristó al Espíritu y lo alejó. Y ahora piensa que, si pudiera gozar una vez más de la luz del rostro de Dios y ver renovadas sus evidencias, cumpliría su deber y se uniría a la iglesia. Y así ora de nuevo por ello, tratando de traer a Dios a sus condiciones para que le conceda su presencia. No tienes por qué esperarlo. Vivirás y morirás en tinieblas, a menos que estés dispuesto a cumplir primero tu deber, antes de que Dios se manifieste reconciliado contigo. Es en vano decir que darás el paso si Dios te muestra primero la luz de su rostro. Nunca lo hará mientras vivas; te dejará morir sin ella si te niegas a cumplir tu deber.

He conocido mujeres que sentían que debían hablar a sus maridos inconversos y orar con ellos, pero lo descuidaron, y así cayeron en tinieblas. Conocían su deber y se negaron a cumplirlo; le dieron un rodeo, y allí perdieron el espíritu de oración.

Si habéis descuidado algún deber conocido, y así habéis perdido el espíritu de oración, sois vosotros quienes debéis ceder primero. Dios tiene un pleito con vosotros; os habéis negado a obedecer a Dios, y debéis retractaros. Puede que lo hayáis olvidado, pero Dios no, y debéis poneros a traerlo a la memoria y arrepentiros. Dios nunca cederá ni os concederá su Espíritu hasta que os arrepintáis. Si yo tuviera ahora un ojo omnisciente, podría nombrar a las personas de esta congregación que han descuidado algún deber conocido, o cometido algún pecado del que no se han arrepentido, y ahora oran pidiendo el espíritu de oración, pero no logran obtenerlo.

Para ilustrar esto os contaré un caso. Un hombre bueno de la parte occidental de este estado había sido durante mucho tiempo un cristiano comprometido, y solía exhortar a la iglesia dormida a la que pertenecía. Con el tiempo la iglesia se ofendió y perdió la paciencia, y muchos le dijeron que desearían que los dejara en paz, que no creían que pudiera hacerles ningún bien. Él los tomó al pie de la letra, y todos se durmieron juntos, y así permanecieron dos o tres años. Al cabo llegó un ministro entre ellos y comenzó un avivamiento, pero este anciano parecía haber perdido su espiritualidad. Antes solía estar al frente en toda buena obra, pero ahora se quedaba atrás. Todos lo encontraban inexplicable. Finalmente, una noche, mientras volvía a casa, la verdad de su situación le iluminó de golpe la mente, y cayó por unos minutos en absoluta desesperación. Al fin sus pensamientos se dirigieron a aquella resolución pecaminosa de dejar a la iglesia en sus pecados. Sintió que ningún lenguaje podía describir la negrura de aquel pecado. Comprendió en ese momento lo que era estar perdido y descubrir que Dios tenía un pleito con él. Vio que había sido un mal espíritu el que causó aquella resolución: el mismo que hizo decir a Moisés: «Oíd ahora, rebeldes». Se humilló allí mismo, y Dios derramó su Espíritu sobre él. Quizá algunos de los que me oís estáis exactamente en esta situación. Habéis dicho algo hiriente o poco amable a alguna persona. Quizá fue un arranque de mal genio con un criado que era cristiano. O quizá fue hablar con censura de un ministro o de alguna otra persona. Quizá os habéis enojado porque no se aceptaron vuestras opiniones o porque se atropelló vuestra dignidad. Escudriñad a fondo y ved si podéis descubrir el pecado. Quizá lo hayáis olvidado. Pero Dios no lo ha olvidado, y nunca perdonará vuestra conducta impropia de un cristiano hasta que os arrepintáis. Dios no puede pasarlo por alto. De nada serviría que lo hiciera. ¿De qué serviría perdonar mientras el pecado sigue enconado en vuestro corazón?

7. Quizá habéis resistido al Espíritu de Dios. Quizá tenéis el hábito de resistir al Espíritu. Resistís la convicción. En la predicación, cuando se ha dicho algo que tocaba vuestro caso, vuestro corazón se ha levantado contra ello y lo ha resistido. Muchos están dispuestos a oír una predicación clara y escrutadora mientras puedan aplicarla toda a los demás; un espíritu misantrópico les hace complacerse en oír cómo se examina y reprende a otros; pero si la verdad los toca a ellos, enseguida protestan que es algo personal y ofensivo. ¿Es este vuestro caso?

8. El hecho es que no deseáis el Espíritu a fin de cuentas. Esto es cierto en todos los casos en que no tenéis el Espíritu. Que no se me entienda mal aquí. Quiero que distingáis con cuidado. Nada es más común que desear una cosa en algunos aspectos y no elegirla a fin de cuentas. Una persona puede ver en una tienda un artículo que desea comprar; entra, pregunta el precio, lo piensa un poco y, a fin de cuentas, decide no comprarlo. Desea el artículo, pero no le gusta el precio, o no quiere hacer el gasto, de modo que, a fin de cuentas, prefiere no comprarlo. Esa es la razón por la que no lo compra. Así también las personas pueden desear el Espíritu de Dios en algunos aspectos, por consideración al consuelo y al gozo del corazón que trae. Si sabéis por experiencia pasada lo que es tener comunión con Dios, y cuán dulce es deshacerse en arrepentimiento y ser llenos del Espíritu, no podéis menos que desear que vuelvan aquellos gozos. Y podéis poneros a orar fervientemente por ello y a orar por un avivamiento de la religión. Pero, a fin de cuentas, no queréis que venga. Tenéis tanto que hacer que no podéis atenderlo. O exigirá tantos sacrificios que no soportáis la idea de tenerlo. Hay algunas cosas que no estáis dispuestos a dejar. Descubrís que, si queréis que el Espíritu de Dios more con vosotros, debéis llevar una vida diferente, debéis renunciar al mundo, debéis hacer sacrificios, debéis romper con vuestros compañeros mundanos y confesar vuestros pecados. Y así, a fin de cuentas, no elegís que él venga, a menos que consienta en morar con vosotros y dejaros vivir como os plazca. Pero eso nunca lo hará.

9. Quizá no oráis pidiendo el Espíritu; u oráis y no usáis ningún otro medio, u oráis y no actuáis de acuerdo con vuestras oraciones. O usáis medios propios para resistir sus influencias. O pedís, y en cuanto él viene y comienza a obrar en vuestra mente, lo contristáis de inmediato y no queréis andar con él.

IV. He de mostraros la gran culpa de no tener el Espíritu de Dios.

1. Vuestra culpa es tan grande como grande es la autoridad de Dios, que os manda ser llenos del Espíritu. Dios lo manda, y no tenerlo es tanto una desobediencia a los mandamientos de Dios como jurar profanamente, o robar, o cometer adulterio, o quebrantar el día de reposo. Pensad en ello. Y sin embargo hay muchas personas que no se culpan en absoluto por no tener el Espíritu. Hasta se consideran cristianos bastante piadosos porque van a las reuniones de oración, participan de la santa cena y todo eso, aunque viven año tras año sin el Espíritu de Dios. Ahora bien, ya veis que el mismo Dios que dice: «No os embriaguéis», dice también: «Sed llenos de Espíritu». Todos decís que, si un hombre es un asesino habitual, o un ladrón, no es cristiano. ¿Por qué? Porque vive en desobediencia habitual a Dios. Así también, si jura, no tenéis caridad con él. No le permitiréis alegar que su corazón es recto y que las palabras no son nada, que a Dios no le importan nada las palabras. Os parecería escandaloso tener a un hombre así en la iglesia, o que un grupo de tales personas pretendiera llamarse iglesia de Cristo. Y sin embargo no viven ni un ápice más en desobediencia a Dios que vosotros, que vivís sin el espíritu de oración y sin la presencia de Dios.

2. Vuestra culpa equivale a todo el bien que podríais hacer si tuvierais el Espíritu de Dios en la medida en que es vuestro deber tenerlo y en que podríais tenerlo. ¡Vosotros, ancianos de esta iglesia! Cuánto bien podríais hacer si tuvierais el Espíritu. Y vosotros, maestros de escuela dominical, cuánto bien podríais hacer; y vosotros también, miembros de la iglesia: si fuerais llenos del Espíritu, podríais hacer un bien inmenso, un bien infinito. Pues bien, vuestra culpa es igual de grande. He aquí una bendición prometida, y podéis tenerla cumpliendo vuestro deber. Sois enteramente responsables ante la iglesia y ante Dios de todo este bien que podríais hacer. Un hombre es responsable de todo el bien que puede hacer.

3. Vuestra culpa se mide además por todo el mal que hacéis como consecuencia de no tener el Espíritu. Sois una deshonra para la religión. Sois piedra de tropiezo para la iglesia y para el mundo. Y vuestra culpa se agrava por todas las diversas influencias que ejercéis. Y así se demostrará en el día del juicio.

V. Las consecuencias de tener el Espíritu.

1. Os llamarán excéntricos; y probablemente lo mereceréis. Probablemente seréis de verdad excéntricos. Nunca he conocido a una persona llena del Espíritu a quien no llamaran excéntrica. Y la razón es que son distintos de los demás. Este es siempre un término de comparación. Hay, pues, la mejor de las razones para que tales personas parezcan excéntricas. Actúan bajo influencias distintas, tienen puntos de vista distintos, se mueven por motivos distintos, las guía un espíritu distinto. Debéis esperar tales comentarios. ¡Cuántas veces he oído decir de tal o cual persona: «Es un hombre muy bueno, pero es algo excéntrico»! A veces he preguntado por los detalles: ¿en qué consiste su excentricidad? Oigo la lista, y lo que se resume es que es espiritual. Haceos a la idea de esto: de ser excéntricos. Existe la excentricidad afectada. ¡Horrible! Pero existe también el estar tan profundamente impregnados del Espíritu de Dios que debéis actuar, y actuaréis, de un modo que parezca extraño y excéntrico a quienes no pueden entender las razones de vuestra conducta.

2 Si tenéis mucho del Espíritu de Dios, no es improbable que muchos os tengan por trastornados. Juzgamos que los hombres están trastornados cuando obran de manera distinta de lo que nos parece prudente y conforme al sentido común, y cuando llegan a conclusiones para las que no vemos buenas razones. A Pablo lo acusaron de estar trastornado quienes no entendían el modo de ver las cosas bajo el cual él obraba. Sin duda Festo pensó que aquel hombre estaba loco, y que las muchas letras lo habían vuelto loco. Pero Pablo dijo: «No estoy loco, excelentísimo Festo». Su conducta era tan extraña, tan nueva, que Festo pensó que tenía que ser locura. Pero la verdad es que él simplemente veía el asunto con tanta claridad que ponía en él toda su alma. Ellos estaban enteramente a oscuras respecto al motivo que lo impulsaba. Esto no es en modo alguno infrecuente. Multitudes les han parecido trastornadas a quienes no tenían espiritualidad alguna. Y sin embargo ellas veían buenas razones para obrar como obraban. Dios guiaba su mente a obrar de tal manera que los que no eran espirituales no podían ver las razones. Tenéis que haceros a la idea de esto, y tanto más cuanto más viváis por encima del mundo y andéis con Dios.

3. Si tenéis el Espíritu de Dios, debéis esperar sentir gran angustia a la vista del estado de la iglesia y del mundo. Algunos epicúreos espirituales piden el Espíritu porque creen que los hará perfectamente felices. Algunos piensan que los cristianos espirituales son siempre muy felices y están libres de pesar.

Jamás hubo error más grande que este. Leed vuestras Biblias, y ved cómo los profetas y los apóstoles estaban siempre gimiendo y angustiados a la vista del estado de la iglesia y del mundo. El apóstol Pablo dice que llevaba siempre en su cuerpo la muerte del Señor Jesús. Os aseguro, dice, que cada día muero. Sabréis lo que es compadecerse con el Señor Jesucristo, y ser bautizados con el bautismo con que él fue bautizado. ¡Oh, cómo agonizaba él a la vista del estado de los pecadores! ¡Cómo sufría dolores de parto en su alma por la salvación de ellos! Cuanto más tengáis de su Espíritu, con tanta más claridad veréis el estado de los pecadores, y tanto más profundamente os angustiaréis por ellos. Muchas veces sentiréis como si no pudierais vivir a la vista de su situación; vuestra angustia será indecible. Pablo dice, en Romanos 9:1-3: «Verdad digo en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, apartado de Cristo, por mis hermanos, los que son mis parientes según la carne».

4. A menudo os afligirá el estado del ministerio. Hace algunos años conocí a una mujer que pertenecía a una de las iglesias de esta ciudad. Le pregunté por el estado de la religión aquí. Parecía poco dispuesta a decir mucho sobre ello; hizo algunas observaciones generales, y luego se le hizo un nudo en la garganta, se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo: «¡Ay, la mente de nuestro pastor parece estar muy a oscuras!». Los cristianos espirituales sienten esto a menudo, y a menudo lloran por ello. Lo he visto mucho, y con frecuencia he hallado cristianos que lloraban y gemían en secreto al ver las tinieblas que hay en la mente de los ministros en cuanto a la religión, su apego a lo terrenal y su temor de los hombres; pero no se atrevían a hablar de ello, por miedo a ser denunciados y amenazados, y quizá expulsados de la iglesia. No digo estas cosas con ánimo de censura, para reprochar a mis hermanos, sino porque son verdad. Y los ministros deben saber que nada es más común que el que los cristianos espirituales se sientan agobiados y angustiados por el estado del ministerio. No quisiera despertar ningún sentimiento indebido hacia los ministros, pero ya es hora de que se sepa que los cristianos a menudo alcanzan una visión espiritual de las cosas, y su alma se enciende, y entonces descubren que su pastor no entra en sus sentimientos, que está muy por debajo de la norma de lo que debiera ser, y en espiritualidad muy por debajo de algunos de los miembros de su iglesia. Este es uno de los males más notorios y más profundamente deplorables de nuestros días. La piedad del ministerio, aunque real, es en muchos casos tan superficial, que la parte espiritual de la iglesia siente que los ministros no pueden simpatizar con ellos, y de hecho no lo hacen. Su predicación no satisface sus necesidades, no los alimenta, no responde a su experiencia. El ministro no tiene suficiente profundidad de experiencia religiosa para saber cómo escudriñar y despertar a la iglesia; cómo ayudar a los que están bajo tentación, sostener a los débiles, dirigir a los fuertes y guiarlos por todos los laberintos y vericuetos que puedan cercar su camino. Cuando un ministro ha acompañado a una iglesia hasta donde llega su experiencia en el ejercicio espiritual, allí se detiene; y hasta que tenga una experiencia renovada, hasta que sea reconvertido, su corazón quebrantado de nuevo, y sea impulsado adelante en la vida divina y en la experiencia cristiana, no los ayudará más. Puede predicar sana doctrina, y también puede hacerlo un ministro no convertido; pero, al fin y al cabo, a su predicación le faltará esa agudeza escrutadora, esa aplicación práctica, esa unción, que es lo único que llegará al caso de un cristiano de mente espiritual. Es un hecho por el cual la iglesia gime, que la piedad de los jóvenes sufre tanto en el curso de su formación que, cuando entran en el ministerio, por mucho bagaje intelectual que posean, se hallan en un estado de infancia espiritual. Necesitan que se los críe y se los cuide, y más bien precisan ser alimentados que emprender la tarea de alimentar a la iglesia de Dios.

5. Si tenéis mucho del Espíritu de Dios, debéis haceros a la idea de tener mucha oposición, tanto en la iglesia como en el mundo. Muy probablemente los hombres principales de la iglesia se os opondrán. Siempre ha habido oposición en la iglesia. Así fue cuando Cristo estaba en la tierra. Si estáis muy por encima del estado de sentimiento de ellos, los miembros de la iglesia se os opondrán. Todo el que quiera vivir píamente en Cristo Jesús debe esperar persecución. A menudo los ancianos, y aun el pastor, se os opondrán si estáis llenos del Espíritu de Dios.

6. Debéis esperar conflictos muy frecuentes y angustiosos con Satanás. Satanás tiene muy poco trabajo con los cristianos que no son espirituales, sino tibios, perezosos y de mente mundana. Y estos no entienden lo que se dice de los conflictos espirituales. Quizá sonrían cuando se mencionan tales cosas. Y así el diablo los deja en paz. Ellos no lo molestan a él, ni él a ellos. Pero él entiende muy bien que los cristianos espirituales le están haciendo un daño inmenso, y por eso se pone contra ellos. Tales cristianos tienen a menudo conflictos terribles. Tienen tentaciones en que nunca antes habían pensado: pensamientos blasfemos, ateísmo, sugestiones de cometer actos de maldad, de quitarse la vida, y cosas semejantes. Y si sois espirituales, podéis esperar estos terribles conflictos.

7. Tendréis conflictos con vosotros mismos mayores de lo que jamás imaginasteis. A veces hallaréis que vuestras propias corrupciones avanzan de manera extraña contra el Espíritu. «La carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne». Un cristiano así queda a menudo consternado ante el poder de sus propias corrupciones. Uno de los comodoros de los Estados Unidos era, según me han dicho, un hombre espiritual; y su pastor me contó que había visto a aquel hombre tendido en el suelo, gimiendo gran parte de la noche, en lucha con sus propias corrupciones, y clamando a Dios en agonía que quebrantara el poder de la tentación. Parecía como si el diablo estuviera resuelto a arruinarlo; y sus propios sentimientos, por el momento, estaban casi aliados con el diablo.

8. Pero tendréis paz con Dios. Si la iglesia, y los pecadores, y el diablo se os oponen, habrá uno con quien tendréis paz. Los que sois llamados a estas pruebas, y conflictos, y tentaciones, y gemís, y oráis, y lloráis, y se os quebranta el corazón, recordad esta consideración: vuestra paz, en lo que toca a vuestros sentimientos hacia Dios, correrá como un río.

9. Tendréis asimismo paz de conciencia, si sois guiados por el Espíritu. No estaréis constantemente aguijoneados y puestos en el potro por una conciencia culpable. Vuestra conciencia estará en calma y sosiego, serena como un lago en verano.

10. Si estáis llenos del Espíritu, seréis útiles. No podréis evitar ser útiles. Aunque estuvierais enfermos e incapaces de salir de vuestro cuarto, o de conversar, y no vierais a nadie, seríais diez veces más útiles que cien de esos cristianos del montón que no tienen espiritualidad. Para daros una idea de esto, os contaré una anécdota. Un hombre piadoso de la parte occidental de este estado estaba enfermo de tisis. Era un hombre pobre, y estuvo enfermo durante años. Un comerciante no convertido de aquel lugar tenía buen corazón, y solía enviarle de vez en cuando algo para su alivio, o para su familia. Él se sentía agradecido por la bondad, pero no podía corresponderle como deseaba. Al fin resolvió que la mejor correspondencia que podía darle sería orar por su salvación; comenzó a orar, y su alma se encendió, y se asió de Dios. No había avivamiento allí, pero al cabo de un tiempo, para asombro de todos, aquel comerciante se puso abiertamente y sin reservas del lado del Señor. El fuego prendió por todo el lugar, siguió un poderoso avivamiento, y multitudes se convirtieron.

Este pobre hombre siguió así durante varios años, y murió. Después de su muerte visité el lugar, y su viuda puso en mis manos su diario. Entre otras cosas, dice en su diario: «Conozco a unos treinta ministros e iglesias». Luego pasa a apartar ciertas horas del día y de la semana para orar por cada uno de esos ministros e iglesias, y también ciertos tiempos para orar por las distintas estaciones misioneras. Seguían después, bajo diferentes fechas, hechos como estos: «Hoy», y nombra la fecha, «se me ha concedido ofrecer lo que llamo la oración de fe por el derramamiento del Espíritu sobre la iglesia de ——, y confío en Dios que pronto habrá un avivamiento allí». Bajo otra fecha: «Hoy he podido ofrecer lo que llamo la oración de fe por tal iglesia, y confío en que pronto habrá un avivamiento allí». Así había recorrido un gran número de iglesias, dejando constancia de que había orado por ellas con fe para que pronto prevaleciera entre ellas un avivamiento. De las estaciones misioneras, si mal no recuerdo, menciona en particular la misión de Ceilán. Creo que el último lugar mencionado en su diario, por el cual ofreció la oración de fe, fue el lugar donde vivía. No mucho después de las fechas en que anotó estos hechos en su diario, comenzó el avivamiento, y recorrió la región, casi, creo, si no exactamente, en el orden en que habían sido mencionados en su diario; y a su debido tiempo llegaron noticias de Ceilán de que allí había un avivamiento de la religión. El avivamiento en su propio pueblo no comenzó sino después de su muerte. Su comienzo fue en el tiempo en que su viuda puso en mis manos el documento al que me he referido. Ella me dijo que él estaba tan ejercitado en oración durante su enfermedad que a menudo temía que se matara orando. El avivamiento fue extraordinariamente grande y poderoso en toda la región; y el hecho de que estaba a punto de extenderse no le había sido oculto a este siervo del Señor. Conforme a su palabra, el secreto del Señor es para los que le temen. Así este hombre, demasiado débil de cuerpo para salir de su casa, fue sin embargo más útil al mundo y a la iglesia de Dios que todos los profesantes sin corazón del país. Puesto entre Dios y las desolaciones de Sion, y derramando su corazón en oración creyente, como príncipe tuvo poder con Dios, y venció.

11. Si estáis llenos del Espíritu, no os hallaréis angustiados, ni irritados, ni inquietos cuando la gente hable contra vosotros. Cuando veo personas irritadas y que se impacientan por cualquier pequeñez que les toca, estoy seguro de que no tienen el Espíritu de Cristo. A Jesucristo podían decirle todo lo que la malicia pudiera inventar, y sin embargo no se turbaba en lo más mínimo. Si queréis ser mansos bajo la persecución, y mostrar el carácter del Salvador, y honrar así la religión, necesitáis ser llenos del Espíritu.

12. Seréis sabios en el uso de medios para la conversión de los pecadores. Si el Espíritu de Dios está en vosotros, él os guiará a usar los medios sabiamente, de un modo adecuado al fin, y a evitar hacer daño. Ningún hombre que no esté lleno del Espíritu de Dios es apto para ser empleado en dirigir las medidas que se adoptan en un avivamiento. Serán torpes de manos, como si todos sus dedos fueran pulgares, incapaces de asir nada, y obrarán como si no tuvieran sentido común. Pero el hombre que es guiado por el Espíritu de Dios sabrá escoger el momento oportuno para sus medidas, y cómo distribuir la verdad divina en su justa medida, de modo que surta el mayor efecto posible.

13. Estaréis en calma bajo la aflicción; no caeréis en confusión ni consternación cuando veáis venir la tormenta sobre vosotros. Los que os rodean se asombrarán de vuestra calma y alegría en medio de pruebas pesadas, sin conocer los sostenes interiores de los que están llenos del Espíritu.

14. Estaréis resignados ante la muerte; os sentiréis siempre preparados para morir, y sin miedo a morir, y después de la muerte seréis proporcionalmente más felices para siempre en el cielo.

VI. Consecuencias de no estar llenos del Espíritu.

1. Dudaréis a menudo, y con razón, de si sois cristianos. Tendréis dudas, y debéis tenerlas. Los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios. Y si no sois guiados por el Espíritu, ¿qué razón tenéis para pensar que sois hijos? Trataréis de hacer que un poco de evidencia rinda mucho para apuntalar vuestras esperanzas, pero no podréis hacerlo, a menos que vuestra conciencia esté cauterizada como con hierro candente. No podréis evitar hundiros a menudo en dudas e incertidumbre dolorosas acerca de vuestro estado. Romanos 8:9: «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él». 2 Corintios 13:5: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a no ser que seáis reprobados?».

2. Estaréis siempre inseguros en vuestras opiniones acerca de la oración de fe. La oración de fe es algo tan espiritual, tan propio de la experiencia y no de la especulación, que a menos que vosotros mismos seáis espirituales no la entenderéis plenamente. Podréis hablar mucho de la oración de fe, y por un tiempo quedar plenamente convencidos de ella. Pero nunca os sentiréis tan firmes en ella como para conservar la misma disposición de ánimo al respecto, y dentro de poco estaréis llenos de incertidumbre. Conocí un caso curioso en un hermano ministro. Me dijo: «Cuando tengo el Espíritu de Dios y gozo de su presencia, creo firmemente en la oración de fe; pero cuando no lo tengo, me encuentro dudando de si existe tal cosa, y mi mente pone objeciones». Sé por experiencia propia lo que es esto, y cuando oigo a personas que ponen objeciones a esa idea de la oración que he presentado en estos discursos, entiendo muy bien cuál es su dificultad, y a menudo me ha resultado imposible satisfacer su mente mientras están tan lejos de Dios; cuando, al mismo tiempo, ellos mismos lo entenderían sin argumentos en cuanto lo hubieran experimentado.

3. Si no tenéis el Espíritu, seréis muy propensos a tropezar con los que lo tienen. Dudaréis de la conveniencia de su conducta. Si parecen sentir mucho más que vosotros, probablemente lo llamaréis sentimiento animal. Quizá dudéis de su sinceridad cuando dicen que tienen tales sentimientos. Diréis: «No sé qué pensar del hermano fulano; parece muy piadoso, pero no lo entiendo; creo que tiene mucho sentimiento animal». Así estaréis tratando de censurarlos con el fin de justificaros a vosotros mismos.

4. Gozaréis de buena reputación entre los impenitentes y entre los profesantes carnales. Os alabarán como cristianos racionales, ortodoxos y consecuentes. Estaréis precisamente en la disposición de ánimo adecuada para andar con ellos, porque estáis de acuerdo.

5. Os inquietarán mucho los temores al fanatismo. Siempre que haya avivamientos, veréis en ellos una fuerte tendencia al fanatismo, y estaréis llenos de temores y ansiedad, o más bien de oposición a ellos.

6. Os perturbarán mucho las medidas que se usan en los avivamientos. Si se adoptan medidas decididas y directas, pensaréis que todas son «nuevas», y tropezaréis con ellas justo en proporción a vuestra falta de espiritualidad. No veis lo apropiadas que son. Os quedaréis poniendo reparos a las medidas, porque estáis tan ciegos que no podéis ver su idoneidad, mientras todo el cielo se regocija en ellas como medios de salvar almas.

7. Seréis un oprobio para la religión. Los impenitentes a veces os alabarán porque os parecéis tanto a ellos, y a veces se reirán de vosotros porque sois tan hipócritas.

8. Sabréis muy poco de la Biblia.

9. Si morís sin el Espíritu, caeréis en el infierno. No puede haber duda de esto. Sin el Espíritu nunca estaréis preparados para el cielo.

OBSERVACIONES.

1. Los cristianos son tan culpables por no tener el Espíritu como los pecadores por no arrepentirse.

2. Lo son aún más. Como tienen más luz, son tanto más culpables.

3. Todos los seres tienen derecho a quejarse de los cristianos que no están llenos del Espíritu. No estáis haciendo la obra de Dios, y él tiene derecho a quejarse. Él ha puesto su Espíritu a vuestra disposición, y si no lo tenéis, tiene derecho a mirar hacia vosotros y a haceros responsables de todo el bien que podríais hacer si lo poseyerais. Estáis pecando contra todo el cielo, porque deberíais estar engrosando sus felices filas. Los pecadores, la iglesia, los ministros, tienen derecho a quejarse.

4. Os interponéis de lleno en el camino de la obra del Señor. Es en vano que un ministro trate de obrar por encima de vuestras cabezas. Los ministros a menudo gimen y luchan, y se desgastan en vano, tratando de hacer el bien donde hay una iglesia que vive de tal manera que no tiene el Espíritu de Dios. Si el Espíritu es derramado en algún momento, la iglesia lo contristará enseguida. Así podéis atar las manos y quebrantar el corazón de vuestro pastor, y abatirlo, y quizá matarlo, porque no queréis ser llenos del Espíritu.

5. Veis la razón por la que los cristianos necesitan el Espíritu, y el grado de su dependencia. Esto no puede exponerse con demasiada fuerza.

6. No tentéis a Dios esperando su Espíritu sin usar ningún medio para procurar su presencia.

7. Si queréis tener el Espíritu, debéis ser como niños, y ceder a sus influencias—tan dóciles y flexibles como el aire. Si él os atrae a la oración, debéis dejarlo todo para ceder a sus suaves requerimientos. Sin duda a veces habéis sentido deseo de orar por algún objeto, y lo habéis aplazado y habéis resistido, y Dios os dejó. Si queréis que permanezca, debéis ceder a sus más suaves y delicados impulsos, y velar para saber qué quiere que hagáis, y entregaros a su dirección.

8. Los cristianos deben estar dispuestos a hacer cualquier sacrificio por gozar de la presencia del Espíritu. Una dama de la alta sociedad, que profesaba la religión, dijo: «O dejo de oír predicar a tal ministro (nombrándolo), o tengo que dejar mi alegre compañía». Dejó la predicación y no volvió más. ¡Qué diferente de otro caso!

Una mujer del mismo rango social oyó predicar al mismo ministro, y volvió a casa resuelta a abandonar su manera de vivir frívola y mundana—despidió a la mayoría de sus sirvientes—cambió por completo su modo de vestir, su carruaje, su manera de vivir y su conversación; de modo que sus amigos frívolos y mundanos pronto estuvieron dispuestos a dejarla gozar de la comunión con Dios, y libre para dedicar su tiempo a hacer el bien.

9. Veis por esto que debe de ser muy difícil para los que viven en la alta sociedad ir al cielo. ¡Qué calamidad estar en tales círculos! ¿Quién puede gozar de la presencia de Dios en ellos?

10. Ved qué locos están los que se afanan por subir a esos círculos, agrandando sus casas, cambiando su estilo de vida, su mobiliario, etc. Es como trepar a lo alto del mástil para ser arrojado al océano. Para gozar de Dios, tenéis que bajar, no subir allí. Dios no está allí, entre todo el almidón y la adulación de la alta sociedad.

11. Muchos que profesan la religión son tan ignorantes de la espiritualidad como lo era Nicodemo del nuevo nacimiento. Son ignorantes y, me temo, no convertidos. Si alguien les habla del espíritu de oración, para ellos es todo álgebra. El caso de tales profesantes es terrible. ¡Qué distinto era el carácter de los apóstoles! Leed la historia de su vida, leed sus cartas, y veréis que siempre fueron espirituales y andaban diariamente con Dios. ¡Pero cuán poco hay ahora de tal religión! «Cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?». Poned a algunos de estos profesantes a trabajar en un avivamiento, y no saben qué hacer; no tienen energía ni destreza, y no causan impresión alguna en nadie. ¿Cuándo se pondrán a trabajar los que profesan la religión, llenos del Espíritu? Si pudiera ver a esta iglesia llena del Espíritu, no pediría nada más para mover toda esta inmensa masa de mentes. No pasarían dos semanas antes de que el avivamiento se extendiera por toda esta ciudad.

Preguntas para reflexionar

¿Por qué sostiene Charles Finney que ser lleno del Espíritu es un deber del cristiano?
Finney dice que los cristianos pueden tener el Espíritu porque Dios ha prometido dar el Espíritu Santo a los que se lo piden, y que deben tenerlo porque Dios manda: «Sed llenos de Espíritu». Razona que «Que Dios mande equivale a un juramento de que podemos hacerlo», y añade que el Espíritu es esencial para crecer en la gracia, para la santificación y para ser útiles.
¿Qué razones da Finney de por qué muchos cristianos no están llenos del Espíritu?
Enumera la hipocresía y la falta de sinceridad, la ligereza, el orgullo, la mundanalidad y las pequeñas deshonestidades, confesar los pecados solo a medias, descuidar algún deber conocido y resistir la convicción del Espíritu. Debajo de todo esto, dice, está que «no deseáis el Espíritu a fin de cuentas», porque no estáis dispuestos a hacer los sacrificios ni a llevar la vida distinta que él exige.
¿Qué consecuencias dice Finney que seguirán para los que están llenos del Espíritu?
Advierte que los llamarán excéntricos o incluso trastornados, que sentirán gran angustia por la iglesia y el mundo, y que enfrentarán oposición y fieros conflictos con Satanás y con sus propias corrupciones. Pero tendrán paz con Dios y paz de conciencia, estarán en calma bajo la aflicción y sin miedo a morir, y serán útiles, como el enfermo cuyo diario registraba oraciones de fe por iglesias que luego vieron avivamiento.
¿Cómo mide Finney la culpa de los cristianos que viven sin el Espíritu?
Dice que su desobediencia al mandato «Sed llenos de Espíritu» es tan real como desobedecer el mandato de no embriagarse, de no robar o de no jurar, y que su culpa equivale a todo el bien que podrían hacer y a todo el mal que causan como piedra de tropiezo. Concluye que los cristianos son tan culpables por no tener el Espíritu como los pecadores por no arrepentirse, y aún más, porque tienen más luz.
Escritura en este sermón Efesios 5:18

Dominio público. Texto original de la edición original.

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Finney, Charles G. “Sed llenos del Espíritu.” Sermon. Ochorus, https://ochorus.com/es/sermons/be-filled-with-the-spirit/.
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